viernes, 26 de mayo de 2017

El hombre erótico


Jorgen Leht contempla en la cubierta de un barco que remonta el Amazonas a una bella desconocida, y piensa lo que podría hacer con ella, mientras se pone a diluviar. Es la escena del prólogo de "El hombre erótico" ("Det Erotiske Menneske", 2010) y quizás la que realmente trasmite ese sentimiento erótico que quiere investigar y definir. Dándole vueltas llego a la conclusión de que es porque es la única en la que se le plantea una posibilidad erótica de futuro, mientras que todas las demás no hacen sino buscar un teórico reflejo de lo ya vivido muchos años antes.
La chica del barco por el Amazonas, antes de la lluvia.
El interesante juego cinematográfico que surgía de esas "Cinco condiciones" (2003) impulsaba a ir a conocer las películas de este extraño personaje (cineasta, poeta, seguidor del Tour de France,...), y este prólogo era prometedor. Previamente, en la presentación, ha explicado que le propusieron hacer un film sobre el sentimiento erótico, que le llevó doce años pensar en momentos sensuales que había vivido, y que finalmente se puso a reflejarlos en el film -aunque luego, en realidad, no se viera ninguno de ellos, más allá de variadas imágenes "de qualité". Y también ha leído un texto en el que se preguntaba si era erotismo esto o aquello, y la última pregunta que se ha hecho era si era erotismo cuando ella hace una tortilla.
La mujer de Dakar, con un vestido de elegante colorido.
Pero no ha aparecido luego en la película nadie haciendo una tortilla, ni nada parecido. Se ha visto a Leth recorrer medio mundo, haciendo un casting tras otro para ver quién podía reproducir mínimamente las sensaciones que tuvo cuarenta años atrás. Se han visto escenas con mucho grano, otras con una definición perfecta, en otros momentos la pantalla dividida en todo un mosaico de pantallas,... Pero siempre chicas en poses resultonas, sin poner inconveniente en salir desnudas, mucha imagen en resumen como de papel couché, en una completo viaje por habitaciones de hotel de Asia, África y América Latina.
Cuando se ha puesto poético repetitivo algún que otro espectador se desesperaba, pero él se ha quedado para mirarse a sí mismo y su obra atentamente, de principio hasta el final, un final que se le ha echado encima de sopetón, cuando iba rápido a pasar por el lavabo, porque la edad no perdona. He aprovechado el momento para escaparme, escaleras mecánicas arriba.

martes, 23 de mayo de 2017

Esquizo


He confirmado vía internet, antes de salir de casa, que realmente hicieran en la Filmoteca esta tarde “Esquizo” (Ricardo Bofill, 1970), con la anunciada presentación de Antoni de Moragas y Serena Vergano, no fuera a ser que desde el momento de imprimir el programa algo se hubiera movido. Pero resulta que, en el último momento, Moragas ha imitado a uno de sus queridos toreros históricos (él dirá cuál) y ha dado la espantá. Y ha sido una verdadera lástima, al margen de toda una jugada, porque según me ha comentado luego Esteve Riambau, había preparado un pen-drive con fotografías que hizo durante el rodaje, en calidad de miembro del Taller de Arquitectura, y podría haber comentado con su siempre divertido tono y acertado criterio lo que se cocía por detrás de todo lo que finalmente se ve.
Por suerte Serena Vergano sí ha acudido a la cita, y nos ha explicado lo que íbamos a ver como surgido de un proyecto del Taller de Arquitectura para el barrio de Moratalaz de Madrid, “La ciudad en el espejo”. Ella y otros actores evolucionaban haciendo una performance en la oficina del proyecto en Madrid, como medio de atraer al público que se acercase, y esa performance constituye buena parte del metraje. Ha centrado también el tema del film (ese “Reportaje de ficción sobre la arquitectura de un cerebro” que señala el título inicial), explicando que es una indagación sobre la esquizofrenia, aportada por muchas voces y figuras era el centro de todo. “Nunca como actriz –ha finalizado- se me exigió más a mi cuerpo”.

Que Serena Vergano –guapísima entonces y ahora- creyó y sigue creyendo en la película, para la que lo entregó todo, está claro. Lo que yo no tengo tan claro es si ese entusiasmo y honradez existía también en el proyecto cinematográfico de Bofill. La película –dura, difícil de aguantar en su misma performance de cuerpos que se entrelazan, parecen subir y bajar paredes, mientras coros de voces en off van desarrollando pensamientos asociados, la mayor parte de las veces inconexos- tiene –un efecto muy de la época- varias imágenes choque (la apertura de un cráneo hasta aparecer un cerebro, un niño con prótesis en vez de piernas, enormes tijeras cortando unas uñas, escenas de manicomio y de matarifes y desguazadores en un matadero de cerdos), que uno se pregunta si no están ahí, más que nada, para impresionar. También se distingue la voz de José Agustín Goytisolo en una parte inicial en la que se entiende más su participación, y hasta me ha parecido descubrir la del propio Bofill.

lunes, 22 de mayo de 2017

The train goes East

Perdido tontamente el tren en una estación, deben emprender un azaroso viaje, por varios medios.
Cansado de ir de aquí para allá, estaba tentado anoche de olvidarme de “Poezd idiot na vostok” (“The Train Goes East”, 1948), que hacían en la Filmoteca, cuando he leído que Georges Sadoul, no muy proclive a estas cosas, decía genéricamente de Yuli Raizman, su director, que “Demasiado poco conocido fuera de su país, es con el americano Frank Borzage uno de los rarísimos cineastas que ha sabido traducir a la pantalla la intimidad amorosa, la calurosa confianza de una pareja”. Con estos mimbres (que dice hoy el increíble editorial de un medio en otra época tan ponderado como El País), había que ir a verla.
La fiesta en el vagón restaurante para celebrar el fin de la guerra y la victoria.
Quizás las miradas de intimidad definitivas entre la pareja, pese a que se intuyen desde un primer momento, no se dan hasta durante una de las canciones del film: Los y las que han sido aplicados estudiantes hasta hace poco, se dirigen en tren, joviales e ilusionados, a tomar posesión de su primer trabajo, y se dan cuenta que entre la pizpirreta siempre alegre y rubia y el apuesto, uniformado y cuando no lleva su gorra lacado capitán de la marina, hay algo.
Estamos en 1945 y todo el film muestra una URSS pletótica por su victoria en la guerra, que les va a dejar ya ponerse definitivamente a construir un estado que ven como suyo, siempre dentro del respeto por los líderes (brindis y pancartas al camarada Stalin), superiores jerárquicos y ancianos.
Un número cómico, que empieza en una estación con unos ininteligibles altavoces, a la manera de los de "Les vacances de Mr. Hulot" de Tati.
Ya en los títulos iniciales avisan de que veremos una “comedia lírica”, por las dos o tres canciones que pautan el accidentado viaje de Moscú a Vladivostock de la pareja protagonista. Predominan, con alguna transparencia por el bosque y siempre con unos vivos colores de lo más contrastados, las maquetas de trenes, barcos y potentes fábricas, sobre todo a medianoche, pero también se ven a plena luz del día muchas locomotoras, trenes, fábricas en reconstrucción y abarrotadas estaciones, porque todo el país –pletórico como el día- está reubicándose tras el trastorno de la guerra.
Para acabar de guisar todo, ella está siempre –pese a unos lagrimones delatores- risueña, como todo el país y película, con sus personajes cómicos o entrañables, y todo se sigue la mar de bien.
La vuelven a hacer el martes 30. En un ciclo (“De los Romanov a Putin”) que nos proporciona una buena manera de recuperar parte de un cine sólido, popular, que nunca habíamos podido ver.

viernes, 19 de mayo de 2017

El cine Los Ángeles de Santander

Recuerdo haber tenido algo así como una extraña visión al cruzar una calle. En una bocacalle vi un cine de esos de antes, bastante especial, con anuncio de neón, y que además parecía en activo. Le hice una foto rápida, que con los nervios salió borrosa. Al día siguiente, en una tienda vendían un dibujo del cine Los Ángeles, que así se llamaba, como un icono más de la ciudad... Cuando volví a pasar, más de día, le hice otra foto, de más lejos, aunque ya no presentaba la magia de la primera visión.


Esta semana el diario traía una noticia, tras un laborioso estudio: el cine más barato de España era el Los Ángeles de Santander. Queda dicho.

Louis Malle le rebelle


Vi hace poco "Louis Malle, le rebelle" (Pierre-Henri Gibert, 2016), un documental sobre el director francés, centrado únicamente en su biografía como cineasta, dejando al margen a sus Candice Bergen y demás.
No es que fuera precisamente una maravilla, empezando por su mismo título, pero sí que hacía pensar en su tesis: que siempre planteó su cine -quizás excepción hecha de "¡Viva María!"- buscando un tema con el que sacudir un poco al espectador. ¿Hay que recordar que su "Lacombe Lucien" fue la primera película en enseñar una Francia de la resistencia con visos de realidad? ¿Que su film autobiográfico hablaba directamente del incesto? ¿Que su "Adiós, muchachos" no era, como confesión, nada complaciente? Etc.
Salió de una de las familias más adineradas de Francia, pero se aplicó a remover las costumbres y consciencias, a base, además, de un cine extraordinariamente popular. No es mal empeño, y no estaría mal contar ahora con unos cuantos Louis Malle.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Liza (La cagna)


Lo ha dicho, como siempre divertido, el mismo Jean-Claude Carrière en la presentación de “Liza” (“La cagna”, 1972) en la Filmoteca, en homenaje a los ya 20 años de la muerte de Marco Ferreri: Escribió el guión sin saber nunca de qué iba. Si se lo preguntaba a Ferreri, sólo obtenía silencios, o sonidos guturales, por respuesta. Sólo en una ocasión se avino Ferreri a dar explicaciones, aunque fue únicamente una palabra, muy bien deletreada: “Bestialità”.
De lo que tienen las personas de comportamientos animales sí que va “Liza”, pues Catherine Deneuve sustituye a la perra de Marcello Mastroianni en la isla desierta a la que va a parar ella durante un rodaje, sientiéndose atraida por ese dibujante de cómics alejado de todo, que se presenta como Robisnon Crusoe. Pero sobre todo lo que tiene la película (además de un cierto aspecto visual algo descuidado, con sus flous, movientos de óptica, etc) es ese aire de los primeros años setenta, que parecían que iban a acabar con la familia, las relaciones humanas tradicionales, todo. Claro que lo que cuenta la crónica rosa es todo lo contrario: Ahí arrancó la relación sentimental (así se dicen estas cosas) de la pareja...
Hay un par de escenas no rodadas en la Isla de Cavallo, sino en París. Una es precisamente en el ya entonces cerrado mercado de Les Halles, cuyo agujero sería el escenario de la próxima película de Ferreri, “No tocar a la mujer blanca”, siendo la mujer blanca, precisamente....Catherine Deneuve. La otra, mucho más significativa de una época, es en el Café de Flore. Michel Piccoli le está hablando a Mastroinanni de la China (el gran tema político del momento) y de su preocupación por el “después”. No ha acabado aún la frase que encadena con otra: “¿Tú has visto lo bien que está esta negra?”


viernes, 12 de mayo de 2017

Fai bei sogni


Siempre me gustó Bellocchio. Esos mamporros a la familia, la iglesia, la institución militar, me parecían bien dados, y me hacían poner de su parte con energía. Pero en sus últimas películas, él ya cercano a octogenario, viéndolo como uno de los pocos cineastas de mi juventud felizmente activo, y todavía haciendo ir a ver con interés sus películas, el vínculo se acrecentó. En su última estrenada, "Fai bei sogni", descubrí las razones profundas por las que me pasaba. E intenté escribirlas a partir de una escena que me llegó al alma. Hoy aparece en "La Charca Literaria" el artículo que me salió.

La tabla de salvación de Massimo

«Non si può vívere senza Rossellini», dicho así, categóricamente. Y uno, que ya había pasado por Roma città aperta, Paisa y Germania anno zero, se sentía súbitamente tocado por una verdad inapelable, sin saber cómo no había oído a nadie proclamar antes así, a los cuatro vientos, lo tan evidente. Lo decía un personaje de Prima della revoluzione, una película sobre la que, cuando alguien mencionaba su título, me gustaba subrayar, poniendo cara de placer (falsamente) recordado y ya perdido, aquello de que «quien no ha vivido antes de la revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir».


Pero todo esto es sólo para poner una nota de ambiente y situarnos. Estaba arrancando la década de los 60. En Francia había surgido la Nouvelle Vague. Por los demás países, siguiendo el ejemplo, había hecho eclosión un nuevo cine que traía aires nuevos y decía mucho más. En Italia, ese nuevo cine tenía además un marcado carácter político y, como tal, a España sólo pudo llegar años más tarde, gracias a la mayor tolerancia de las salas de arte y ensayo. Así lo hicieron los primeros films de los hermanos Taviani con Valentino Orsini, de Francesco Rosi,… Pero sobre todo los de Bernardo Bertolucci y Marco Bellocchio.


De este último eran las películas más virulentas. Leo Castel iba en plan insolente con I pugni in tasca, y en otra película se nos advertía que La Cina é vicina. Siempre, en éstas y en las siguientes (que llegaron a pasarse hasta en salas S para, a continuación, dejar de llegarnos), Bellocchio hacía un alegato visceral contra la familia, el ejército, la iglesia y todas las instituciones y costumbres burguesas. Por eso sorprende un poco ver ahora una película suya en la que todo gira alrededor de la bestial hendidura producida en un niño cuando muere súbitamente su madre. Una herida que vemos que no cicatrizó ni de adolescente, ni de joven, ni de hombre bien maduro, como apreciamos en los tiempos pasado y presente de esta Felices sueños (2016). Quizás Bellocchio, ya con bastantes más años encima, aborda últimamente los temas con más comprensión, con una notoria tolerancia hacia la humanidad.


Pues bien, pasemos a los lloros o, para ser más precisos, a la pugna por controlar un poco esa emoción que empuja por salirte por los ojos cuando te alcanza la escena, una escena que, por lo demás, es hasta divertida. Massimo ha ido a ver a una doctora de guardia que previamente le ha resuelto, vía un teléfono de emergencias médicas, un estado de ansiedad gordo. Tras un pequeño diálogo tranquilizador, ella le receta:


— Si vuelve a sentirse mal, llame a un amigo de confianza.

— ¿Puede ser Vd.? — le pregunta rápidamente un preocupado (pero, a la vez, viendo ahí el cielo) Massimo. A lo que la guapa doctora no puede más que responder mediante una risa espontánea, mostrando su espléndida dentadura.


La película podría llegar a ser, si se entra en ella, «de mucho llorar». Emociona reconocer en una escena a Roberto Herlitzka, el magnífico actor que hacía de Aldo Moro secuestrado en Buenos días, noche, dando una clase sobre el Universo. O podría uno ponerse a llorar a moco tendido, si no sonase un poco excesiva, la lectura ficcionada de esa carta al lector que Máximo escribe finalmente en el diario, recordando el gesto de su madre de pasar por su cama para taparlo, despidiéndose así de él. O al ver la felicidad trasmitida en esos grandes momentos del aprendizaje del baile con su madre. Pero a mí ha sido en ese preciso instante, con ese diálogo, cuando, pequeña sonrisa tirando de los labios superiores hacia la nariz, un efluvio de ternura casi se lleva por delante mi compostura debida a una sala de estreno.


Por un momento he pensado que por fin esa doctora, esa chica tan agradable, va a sacar a Massimo de ese pozo tan negro en el que le dejó la desaparición de su madre, y me he regocijado sinceramente, alegrándome por él, con toda la ilusión del mundo. De la misma forma que me reconforta que desde la última vuelta del camino, que diría Baroja, Marco Bellocchio tenga claro y haga ver que lo que hicieron con Aldo Moro esos estudiantes fue una salvajada, o que se descubra a sí mismo, tan combativo como era, con un cierto fondo sentimental, que ya no se esfuerza en ocultar.

jueves, 11 de mayo de 2017

Mirades del cine. L'altre cara dels festivals

La fotografía del cartel.
Pases de prensa, corresponsales...


En el Institut Français de Barcelona, “Mirades de cine. L’altre cara dels festivals”. Fotografías de Agustí Argelich sobre “les coulises” de varios festivales de cine, franceses y españoles: Salas y ruedas de prensa, todas esas cosas. Pero también fotografías de actores de todo pelaje en la alfombra roja o, simplemente retratos más o menos personales de bastantes actores. Apresurados unos, del momento. Más calmados, con mayor disponibilidad de tiempo, en algún certamen español.
Invitados.
Y retratos de actores.
No siempre del rostro.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cruce de caminos

Los cuatro amigotes
Hice cambiar a Teresa la fecha del teatro para poder ver esta película, que intuía podía ser de lo mejor del ciclo “Inéditos chinos en femenino” que hoy se iniciaba en la Filmoteca, y ahora me veo obligado a justificar el interés de la sesión. ¿Cómo decirlo? “Cruce de caminos” (“Shi zi jie tou”, Shen Xiling, 1937) viene a ser como un “El séptimo cielo”, pero rodado e interpretado no por Borzage, Janet Gaynor y Charles Farrell, sino por un tronado grupo amateur.
Rlla, en tranvía

Oscila entre el dramón desatado (como correspondería a unos estudiantes que, acabada su carrera, no encuentran empleo en el convulso Shanghai de los años 30) y la comedia burlesca más tirada (con amigo tonto para encauzar las escenas cómicas) y vuelta a empezar, sin solución de continuidad. Tiene planos deslumbrantes, y hasta algún encuadre, sobreimpresión o movimiento de cámara interesante, sí, pero luego todo se echa a perder por la tontería y exceso en el que se refocilan sus actores.
Em la fábrica, como supervisora

Si tuviera que quedarme con algo, yo lo haría indudablemente con sus cortas escenas documentales en exteriores. Las modernas casas años 30 que van apareciendo en los títulos de crédito iniciales, la bulliciosa Nanking Road –repleta de tranvías- de Shanghai, su Bund –por el que, en un momento, se ve entrar, causando un cierto estremecimiento, un barco de guerra-, algún chino diríase que salido de “El Loto Azul” del Tintín. Pero es posible que casi todas esas escenas, muy alejadas de los pobretones interiores de estudio, hasta tengan otro origen. Sólo una de ellas puede asegurarse que está efectuada por el equipo de la película: la protagonista se pasea por entre las modernas máquinas de una fábrica de hilo.
No es una imagen de la película, pero para dar una idea...

También, en otro orden de cosas, me quedaría con cosas que hablan de un sistema cinematográfico popular, con una cierta estructura. Justo tras los títulos de crédito aparecen presentados muy graciosamente, uno a uno, los actores; o bien luego, que hay un par de canciones. Ricard Planas, que parece ser quien ha seleccionado los 16 títulos que se presentarán en esta tanda de copias restauradas por la Cinemateca de Beijing, ha comentado que esas dos canciones eran obligadas en todas las producciones de la época, porque era con lo que sacaban más dinero. Para entender lo populares que llegaban a ser –ha seguido- baste decir que el himno nacional chino actual procede de una película de esa época.

sábado, 6 de mayo de 2017

A severe young man

El encuentro tras la reja, fuera de la gran casa.
No sólo de D’A Film Festival vive el hombre: ¡También están los films soviéticos de la Filmoteca! Y el de hoy (“A severe young man”, “Strogiy yunosha“, Abram Room, URSS, 1935) era en verdad singular. Singularidad por la que, en parte, ha causado desconcierto al público, entre el que me encontraba.
No es una de esas muestras del gran arte del montaje soviético, y así damos en seguida con unas escenas, que parecerían de cine mudo, con planos cortados abruptamente, sin mucha progresión. En contraposición, cuenta –sobre todo inicialmente, casi siempre en exteriores- con unas imágenes soberbias. Lo sorprendente (y es la segunda película del ciclo en que pasa) es que son imágenes de lujo y sofisticación. Baste pensar en las mesas llenas de manjares y en la suntuosa escalera de acceso a la casa, que la película utiliza más que frecuentemente.
La suntuosa escalera.

En la trama, un famoso cirujano, al que el gobierno le cede una lujosa mansión junto al mar, que disfruta disfruta junto a su joven –y, entre nosotros, muy corpulenta- esposa, acompañados ambos por una especie de impresentable Charlot gordo de ayudante. Reciben a un joven técnico que está analizando y publicando las virtudes que deben acopiar los soviéticos, y éste queda prendado de ella.
El primer encuentro ente esa posible nueva pareja es significativo. La cámara lo recoje desde dentro del terreno de la mansión, a través de una enorme verja modernista. Quedan ambos fuera de la reja, con todo un mundo de libertad para ellos.
Algo así como la Academia, pero en la URSS.
Luego ella ya no se baña en el mar, casi no aparece esa paradisíaca casa, y todo suele suceder en interiores. En dos ocasiones en una especie de escenario de teatro, con un ballet cogido desde arriba y con una operación del cirujano como espectáculo. Las otras, en escenas que ligan con la Grecia Clásica, que difuminan posiblemente para que tengan el tono onírico –algo enojoso- requerido.
El cirujano, que aquí se parece a Stalin. A ver si ese fue el real motivo de la prohibición...
La película fue prohibida en la URSS porque parecía comportar influencias occidentales. Pero yo más bien creo que, con buen criterio, no acabaron de ver muy claro ese discurso final sobre el poder a ceder a los sabios en la sociedad sin clases, y esa necesidad de igualar a los mejores, por mucho texto de Marx sobre el amor no recíproco que, como salvoconducto, insertara.

viernes, 5 de mayo de 2017

Bitter money

Los balcones corridos de los pisos.
Cuesta muy pocos minutos de los 152 del metraje de “Bitter Money” (“Dinero amargo”, “Ku Qian”, Wang Bing, 2016; hoy en el D’A Film Festival) para saber las razones por las que la han titulado así.
Wang Bing, como tiene por costumbre, hace seguir con una nerviosa cámara en mano –llevada por él mismo o por otros tres- a una serie de personajes, desplazados en un largo viaje que tiene su última etapa en un moderno pero atiborrado tren desde su pueblo -donde han dejado familia, quizás hijos-, hasta uno de los 180.000 talleres de confección –que se dice pronto- de una ciudad.
Los talleres y la especie de pisos pateras donde duermen son relativamente nuevos, pero elementales, destartalados y sucios. No tienen apenas mobiliario, ni el más mínimo armario o estantería. Todo está y circula en bolsas de plástico por ahí. Sí que el taller dispone de máquinas de coser modernas –bastante trotadas también- y de contar billetes, y sus obreros -de ambos sexos- están dotados del último modelo de móvil y escuchan música moderna a todo trapo. Por su parte, el piso, al que se asciende por una rudimentaria escalera exterior, es todo pasillo, con unas cuantas habitaciones -que más parecen pequeños almacenes- cerradas con una plancha con candado. En su interior colchones y bolsas por el suelo, y algún que otro trasto útil, como un secador. Por único espacio de socialización en todo el piso, únicamente un balcón corrido, como de corrala. Una ducha (“¡Mejor la del garaje!”, comenta un personaje por teléfono) completa el panorama.
La única pareja que aparece –también con los hijos en el pueblo- no está tampoco para demasiadas alegrías. Él, dueño de una tienda, maltrata, sin que apenas intervengan los que lo ven, a su mujer, quien no encuentra otra salida que humillarse y aguantar.
Un amigo intenta ayudar a la mujer maltratada (que volverá al trabajo con el marido maltratador).
Para obtener unos míseros billetes –para lo que hay que trabajar sin respiro con rapidez y destreza, so pena de ser despedido- suponen disponer en el desorganizado taller todas las horas, desde buena mañana hasta la medianoche. Ahí, a parte de esa música-droga que ponen a sonar incesantemente, comen, trabajan y comentan. La única y excepcional atracción parece ser el atropello que ha tenido lugar, casualmente, a los pies del edificio.
Con estos durísimos moldes, la sordidez, lo precario de esa situación que puede ser la de toda una vida (el “jefe” no parece estar mucho mejor que sus obreros, y lo de ir a trabajar a una fábrica grande, que todo el mundo invoca como medio para cobrar más, no parece sino una improbable quimera), se te va colando poco a poco a ti, como espectador. Wang Bing lo recoge todo, entra en todos los sitios (bueno: su cámara estaba significativamente en el exterior del local cuando el tendero golpeaba a su mujer). En una ocasión, al verlo de madrugada registrando cómo entra en su habitación, un obrero le sonríe y mirando a cámara le dice de dejarlo ya, soltándole un “¡Tiempo de dormir!”
Uno de los ocupantes del piso patera, dado a la bebida, en su habitación.
Quizás sea esa no-vida de tanta gente el precio de entrada de la China comunista en el modo de vida occidental. Viendo la película, uno se pregunta cómo puede permitirse toda esa miseria y exclavismo. Cómo pueden admitirse vidas así, apenas vividas. Y parece que nos vamos acercando a ello.

jueves, 4 de mayo de 2017

Correspondências


Hoy, una gran (en todos los sentidos) película en el D’A Film Festival. Que se podría degustar mucho mejor, entiendo, si uno no fuera un ignorante absoluto de la vida y poesía de Jorge de Sena y de Sophia de Mello, que la envuelven de principio a fin a toda ella. Hablo de “Correspondências” (Rita Azevedo Gomes, 2016). Era su pase único (quizás debido a sus 145 minutos) en el Festival, pero el hecho de que tenga distribución de Numax permite esperar que pueda estrenarse por aquí en algún cine.

La película es una amalgama de materiales de todo formato (película panorámica de alta definición, trozos con subformato inflado, pantallas parciales insertadas en la pantalla global) y tipo: reportajes antiguos (en ocasiones con banda de sonido persuasiva actual, que hace que las sensaciones del material antiguo se acentúen) y nuevos, entrevistas muy pertinentes sobre la PIDE, o escenas de teatralización, rodaje y lecturas, siguiendo muy libremente el eje marcado por las cartas intercambiados entre estos dos escritores, quizás las glorias poéticas más altas de Portugal tras Pessoa.

La de un patio de una casa (¿de uno de los dos poetas?) en el pasado, con un coumpio balanceándose, o en el presente, con conversaciones y magníficos recitados –como en todo el metraje, muy bien dichos versos y otros fragmentos- es uno de los espacios reincidentes de la película, que se quiere universal o, cuando menos, mediterránea. Surgen escenas –al margen de en portugués- en inglés, francés, italiano,… En un momento dado aparece una ventana que se abre al mar, que recuerda poderosamente la imagen que periódicamente Blanca cuelga por aquí desde su retiro veraniego griego. Y sí: los personajes leen o recitan entonces en esa lengua.

Película para los amantes de la poesía y la literatura, con citas ad-hoc para recordar (como esa necesidad de la poesía, al unísono, del vacío y de la comunicación; o esa caracterización de Delfos, a la vez, como lugar de ascensión y abismo de sepultura), una película así, tan sugerente, sólo puede proceder hoy en día –y que dure- de Portugal.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Robert Cahen en la Virreina

En la pantalla de primer término ese rostro recogido durante un loop de tres minutos quizás no marca un instante, sino toda una vida. Al fondo, una subyugante sensación, adentrándonos en un bosque. Sus sonidos y las imágenes de dos pantallas paralelas aproximadamente sincronizadas.

"La traverse du rail" (2014). Foto sacada de la hoja de la galería.
Apartarse un poco del bullicio de las Ramblas y entrar en la Virreina. Arriba, la exposición de Tres habla de captar el silencio. Pero antes, en la planta baja, las pantallas de Robert Cahen (hasta el 25 de junio) muestran las cosas fugazmente entrevistas, las visiones de instantes, en ocasiones visiones (y sonidos) subyugantes, que pueden captarse por cualquier lado.
En “Traverses” (2002), entre la niebla se van dibujando una serie de personajes. En esta foto he captado a un padre y su hijo.

“Entrevoir” presenta una sucesión de imágenes eso, entrevistas: La gente que se ve en unos muelles en el instante que nuestra barca pasa por su lado, el interior de los compartimientos de un tren desde otro que circula en paralelo. Como he tomado la foto de la pantalla justo en el momento en que el tren aceleraba, me ha salido totalmente borrosa la imagen, pero no me disgusta el resultado. Lo hace más volátil todo.

Al salir de la sala, todo lo veía como visiones instantáneas, fugitivas.

martes, 2 de mayo de 2017

Tsirk


Nunca me gustó el circo: payasos sin gracia o repitiéndose hasta la saciedad, tristes o cansados animales obligados a actuar, acróbatas en continuo riesgo de dañarse seriamente. Posiblemente influyó que lo cogí ya en su época de decadencia. El tiro de gracia fue el de una nefasta última sesión en la que un vendedor de almendras garrapiñadas no hacía más que pasar por nuestra grada ofreciendo su mercancía, y olía a mierda que no era normal.

Pero quizás en la época de Aleksandrov y su “Tsirk” (1936), que hoy se ha visto en la Filmoteca, y se podrá volver a ver el jueves por la noche, era otra cosa, algo así como “el más grande espectáculo del mundo” con el que tanto se anunciaba.

Leía que Aleksandrov tuvo un éxito enorme haciendo comedias musicales, y no me lo acababa de imaginar. Pues bien: aquí hay una de ellas, y queda claro que con estos mimbres debió ser una película extremadamente popular, pues es en ocasiones espectacular, narra un melodrama desatado que acaba muy bien, tiene notas humorísticas,… Todo eso y más.

Su trama: Una cantante americana tiene un desliz con un negro y, para enorme escándalo –divulgado en la prensa cuando arranca la película- da a luz un niño de esa raza. Perseguida por las masas, que le recriminan su comportamiento, huyendo cae en manos de un desaprensivo, que la lleva a Moscú convertida en una máxima atracción mundial: la mujer bala de cañón (ocasión para muy curiosos planos cenitales…). Ni que decir tiene que en la URSS quieren hacer un número, un “vuelo a la estratosfera” aún más arriesgado que el americano, y que ella encontrará en un valeroso militar el amor y su salvación, entre otras cosas porque en esa gran nación que fue la URSS eso de que un niño sea de otra raza no importa lo más mínimo, pues como dice una canción, tarareada en ruso, georgiano, tártaro y hebreo, no se conoce ningún otro país en el que se respire más libremente.

Es una película llena de dinamismo, con unos cuantos racords entre planos muy originales, canciones melódicas, números musicales (uno de ellos, al estilo Burby Berlkeley) y marcha final triunfante, llena de sobreimpresiones exultantes. Y, como documento, al margen de toda la parafernalia futurista del número del circo, aparecen en ella varias espléndidas localizaciones de Moscú: el metro, la plaza Roja, el teatro Bolshoi. Éstos dos últimos en dos impresionantes secuencias, vistos desde el balcón del hotel o desde una sofisticada terraza elevada, donde la pareja protagonista está tomando unas copas.

lunes, 1 de mayo de 2017

El futuro perfecto


Salgo hoy del D'A Film Festival la mar de contento tras la breve (65 min) pero atinada "El futuro perfecto" (Nele Wohlatz, Argentina, 2016). Por lo divertida que es la película y por la habilidad de su creadora para pintar y trasmitir todo un estado de la cuestión.
La protagonista es Xiaobin (más tarde convertida en Beatriz o Sabrina), que comienza explicando las primeras palabras en español que ha aprendido a su llegada a Buenos Aires y empezar a trabajar: "Cosas, fiambrería". Lo explica a la que (aunque nunca se le ve) será su profesora en las clases de español a las que asiste junto a otros alumnos como ella.
En planos casi siempre medios, vamos siguiendo la (liviana) evolución de Xiaobin en su idioma, trabajo y vida en la ciudad, con el eje en sus clases de idioma. Ella habla con mucho esfuerzo, pero se da cuenta de las cosas (su mirada a los entristecidos ocupantes del metro) y demuestra tener una visión muy cuerda sobre su situación y opciones (su elaborado razonamiento -es verdad que en un chino imposible de transmitir- respondiendo al programador indio que le pide sorprendentemente casarse con él).
Por si faltara algo, tiene el film su dosis de meta-cine, con el actor que les explica a los alumnos trucos para simular llorar (en seguida, evidentemente, dan con ello), o con la incorporación como imágenes de escenas de cine familiar.
Pronto se ponen a estudiar en clase el condicional, "también llamado futuro hipotético". Hipótesis de futuro muy encauzadas, las de Xiaobin. Y las de muchos como ella.