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martes, 3 de junio de 2025

La pecadora. (María de Magdala)



De acuerdo que obedecía a un contrato más que sospechoso de casi exclusividad con Enrique Cerezo, pero me entristeció que acabase aquella época en que La 2 de Televisión Española no hiciera sino pasar cine español de todas las épocas. Era una forma de hacerse una idea, sobre todo, de un cine de postguerra que de otra manera no había casi forma de ver.
Ahora ese papel lo hace por aquí un poco Betevé, con su programa Barcelona… i acció. Y de un pase suyo es de donde he podido ver ahora “La pecadora. (María de Magdala)” (Ignacio F. Iquino, 1956).
Iquino era de los que pensaba que, si se ofrecía un final de acuerdo con la moral del régimen, había la posibilidad de hacer pasar cosas inusitadas. Y, en cierta forma, eso lo consiguió con esta película.
Viéndola te regocijas del arrojo de Iquino mostrando la vida depravada de María Magdalena antes de su conversión y seguimiento de Jesucristo, y haciendo tan pancho el correlato con una mujer de la época, ambas, claro está, interpretadas por la misma actriz, Carmen del Lirio.
Ni que decir tiene que es esa parte la que se ve mejor hoy en día, mientras que todo el arrepentimiento de Magdala y ese arreglo de la situación social conflictiva gracias a la resignación cristiana y al buen hacer de un tonsurado joven curilla con ágil sotana y sus sermones en directo o subido al púlpito, todo acompañado de música de semana santa, has de seguirlo con un ojo en el monitor y otro en otra cosa.
Pero vaya, ahí queda para la posteridad Saza tocando los congos en una fiesta alocada o rumiando por lo bajinis un “¡olé, olé!”, o la perversa Magdala del siglo I dando un cachete a su apocado marido cuando, en una bacanal, dirige su vista a una esclava de buen ver, que pasa a suplantar ella, que quiere ser la única visión de sus ojos.
Rodada en Cervera y en lo que creo eran el Miracle cercano a Solsona (de ahí el agradecimiento al Sr. Arzobispo) y las barracas de Montjuic, no encuentro, como pasa en casi todo este cine, casi ninguna imagen significativa de la película por Internet, y las que encuentro tienen copados los derechos y suelen corresponder a la representación de semana santa de la vida y dichos mde Jesús, machacados en el teatro municipal, para escandalosa burla por parte de la Magdala pervertida y tormento posterior a la conciencia de la Magdala ya tirando a convertida.
Por eso pongo algún cartel que contiene alguno de los fotogramas de secuencias pecaminosas.




 

jueves, 11 de agosto de 2022

Un enredo de familia


Poco a poco he ido entendiendo a Berlanga, quien decía que con su cine “de escuela” habían matado a un cine español popular, que era de lo más rico. Pero antes, si me llegan a decir que iba a confesar habérmelo pasado bien viendo una película de Iquino, quien hacía el cine más zafio que se pudiera esperar durante mi juventud, no lo podría haber admitido.
Y es que las comedias de Iquino de la inmediata postguerra, como esta “Un enredo de familia” (1943; en Canal Somos), voy viendo que son de un humor de lo más blanco y tonto, con actuaciones en general de aquellas desganadas, de oficio, rodadas principalmente en decorados artificiales de lo más visibles, plagadas de tópicos,… pero con elementos muy defendibles.
Burda recuperación de los amores de Romeo y Julieta, pero adaptados a la irrespetuosa burla de los espectáculos de revista (sus familias pasan a ser los Capitestos y Tontescos), y doblados y redoblados a base de gemelos separados para volverlos a unir en previsible comedia de enredos, permite chistes que de tan tontos hasta hacen gracia:
-El novio que dice aquello de “Te amo, como el ruiseñor a la ruiseñora, como la trucha al trucho,…”
-Cuando una de la familia rural no entiende una cosa, al Capitesto se le escapa decir que hay que ver, qué “Tontesca que es”.
Todo se desarrolla a grito pelado, está llena de trompazos gratuitos o mal montados y de canciones y bailes desenfadados, lo que permite una sobremesa que su levedad (¡67 minutos!) no indigesta. Eso sí: pone nervioso que en su pase no respeten el formato cuadrado y corten de vez en cuando las cabezas en algún plano.
Aparece, como en otras comedias de Iquino, con o sin CIFESA, de la época, Mary Santpere, y sólo por la pelea con un mequetrefe que tiene en una escena, haciendo valer toda su corpulencia, ya valdría la pena la película.
Eso, o el descubrir al pianista, Azarola, que lleva el alocado ritmo de la escena, zafarrancho final, con la que acaba la película. Una escena que ha tenido su introducción con esta otra pieza:




Azarola

 

sábado, 15 de enero de 2022

El sistema Pelegrín


José María Nunes aprendió cine trabajando en películas como esta “El sistema Pelegrín” (Ignacio F. Iquino, 1951; en La 2) y eso le permitió luego sostener técnicamente a los miembros de la Escuela de Barcelona, que acudían a él para que no se desmadrase el rodaje, que una cosa son los planteamientos rompedores y otra que salga todo del revés.
La película, ni que decir tiene, le debe casi todo lo bueno a Fernando Fernán Gómez, quien en la ficción ve su salvación económica vendiéndose como profesor de educación física a una escuela, y a Wenceslao Fernández Flórez, autor de la novela en que se basa, que llena la boca del actor con exclamaciones como la siguiente:
-Mmm. ¡Aire de ricos! ¡Lo mejor que hay para el deporte!
Y está curioso buscar ante qué casas nuevas de Barcelona se rodaron sus escenas de calle. Yo, tras pensar en la calle Mandri, apuesto por las de la parte alta (ma non troppo) de la calle Balmes.




 

jueves, 28 de octubre de 2021

Fuego en la sangre


La película está llena de escenas espectaculares, pero la verdad es que no recuerdo haber visto ésta en particular…

El 2CR es el Centre de Conservació i Restauració de la Filmoteca y anoche demostró fehacientemente lo imprescindible de su trabajo.
Como cada año en celebración del Día del Patrimonio Audiovisual, su jefa, Mariona Bruzzo, nos trajo su última restauración, “Fuego en la sangre” (Ignacio F. Iquino, 1953) y, mira por dónde, me condujeron a hacer entrar en mi particular historia del cine español que vale la pena nada menos que a su por otra parte (y ganado a pulso) denostado productor y realizador.
Ella misma nos presentó a componentes del equipo que, durante dos años y medio, han llevado a término el expléndido trabajo.
Ferran Alberich, que ya nos tiene acostumbrados a cosas así (hay que recordar por ejemplo la restauración de “Vida en Sombras”), fue quien escogió la película al ver determinadas y sorprendentes escenas en la copia guardada en el archivo de la Filmoteca. Anoche procedió a efectuar una justificación de su elección muy detallada, además de que fue ampliamente demostrado luego su acierto con los hechos.
Algún detalle biográfico que explicó sobre Iquino define a éste muy bien. Se ve que le explicó en una entrevista que pudo llegar a hacerle que había destrozado muchas de sus propias películas para recuperar la minúscula parte de plata que contenían sus soportes, mientras que con lo que no era la plata hacían una pasta que servía para obtener betún. Con alguna determinada había llegado a hacer lentejuelas para coristas del paralelo, su gran pasión.
El mismo Alberich, Andrea Campillo, Clara Martín y luego Manel Almiñana (recordar su colaboración en “Tren de sombras”) en el aspecto del sonido, explicaron las dificultades para llegar a la copia restaurada, en un proceso que Alberich definió como construcción digital más que restauración, que no podría haberse efectuado en tiempos del analógico. Se partió, como digo, de una copia de 35 mm incompleta (70 min) y en muy mal estado del propio archivo fílmico, que debió completarse con tres copias de 16 mm -de muy menor calidad- procedentes de la Filmoteca Española. Tras reconstruir el metraje original (90 min), se procedió mediante una serie de software especiales a una laboriosa fusión de las copias de los diferentes formatos y a la sincronización y filtro de las bandas sonoras de las de 16 mm, las únicas que lo conservaban.
Alberich explicó que originalmente el argumento de Antonio Guzmán Merino, un dramón de rivalidades amorosas y amores prohibidos ambientado en el mundo de los ganaderos de toros andaluces, iba a dirigirla Juan Lladó, pero Iquino cambió radicalmente de idea y, con guión suyo y de Lladó, decidió dirigirla el mismo. Pasó a ser una gran producción, pero alejada del tópico, mostrando claramente toda la escala de clases sociales que componen ese mundo. Fue rodada casi entera en escenarios naturales, con un cortijo y sus campos colindantes y luego las marismas del Guadalquivir como puntos principales. La entrada del protagonista en Sevilla a caballo, por la calle Betis, y su llegada a la plaza de la Maestranza, así como la visión del muelle lleno de carbón descargado junto a la Torre del Oro, seguro que dejará patidifusos a los sevillanos, en cuyo festival se va a pasar la copia restaurada próximamente.
Ferran Alberich también señaló que, por una vez, Iquino se olvidó de ser el innoble pesetero que le caracterizaba y pensó como cineasta y, realmente, una muy completa serie de recursos de puesta en escena resaltan en la película.
Así, al poco de su inicio, una separación entre Marisa de Leza con camisa de lunares y Antonio Vilar a caballo en traje campero de capataz por mediación de unos alambres de espinos una vez le ha abierto éste y vuelto a cerrar una valla con un “¡paso a la niña!”, ya nos habla de la fuerza de las barreras que habrá entre ambos. Las rejas de las ventanas andaluzas acentúan esta impresión a lo largo del film, jugando con el agua y la sed, como el más significativo cactus que vuelve a interponerse entre los dos eventualmente fogosos amantes. Mucho más adelante, la apertura de una cerca por donde sale la protagonista parece llevarla a la felicidad, aunque todos sabemos que será a la condena.
Pero hay muchas más escenas que delatan una buena mano para la puesta en escena, como esa sombra que tapa medio ojo del acechador, o el retrato de la Virgen de la Macarena que se cae al suelo, roto en pedazos. También la pugna de poderíos mostrado por sendos potentes contrapicados, que en otra escena preludian su enfrentamiento.
Si en sus otras películas Iquino actúa siempre con un espíritu ahorrativo (Alberich explicó una de las leyendas sobre él que existen al respecto: se decía que, para ahorrar película, en vez del habitual “¡Acción!” soltaba un más corto “¡Va!”), aquí se ven transiciones, que podría haber resuelto con un sencillo cambio de plano, en las que intercala otro, como por ejemplo con Marisa de Leza saliendo bajo un arco, simplemente por el gusto del encuadre y ofrecer el hermoso significado de animal que se cree libre.
Todo ello inmerso en el mundo del cortijo, con las panorámicas de los vaqueros tentando a los animales, en unas secuencias que la convierten en un western de grandes panoramas, pero andaluz, con escenas de masas con actores no profesionales (empleados del cortijo) y hasta enormes coreografías (el baile de sevillanas en el patio del lujoso cortijo). O en una película de esas de amor más allá de la muerte.
Un descubrimiento, oigan.
(Por no haber de la película, no hay ni imágenes suyas por la red, o al menos no las he encontrado, y he debido contentarme con poner alguna de esas cartulinas que en el cine anunciaban la película y además italianas)