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sábado, 27 de junio de 2026

Las dos muertes del Mariscal - No me importa que pasemos a la historia como unos bárbaros

Del reportaje del corto.

Y la recreación dramática del mismo, de un fragmento de la película citada de 1998.


Ésta y las demás fotos, del largometraje.

Les dos películas del programa doble de ayer en el ciclo dedicado a Radu Jude estaban bien emparentadas, pues venían a hablar de lo mismo: cómo las generaciones actuales están blanqueando la imagen de los dictadores y las barbaridades que cometieron. Es decir: parece que ahora está bien hablar y criticar como se debe a los Hitler o Stalin, pero no a los de casa, sobre los que se aplica toda una capa de disculpas, cuando no se niega frontalmente lo que hicieron.
Es el caso del líder rumano Antonescu, al que prácticamente se le trata de héroe, y hasta salvador de los judíos a los que abiertamente expulsó y aniquiló..
En el cortometraje “Las dos muertes del Mariscal” (2028), que ya había visto, Jude compara las imágenes rodadas en el momento de su ajusticiamiento en 1946 con esas mismas escenas recreadas, con insufrible coda final para los amantes de la verdad, en una película rumana rodada por Sergiu Nicolanescu en 1994.
Del film de Nicolanescu también habla despectivamente la protagonista de “No me importa que pasemos a la historia como unos bárbaros” (2018), quien está empeñada en presentar una recreación histórica que habla del papel de Antonescu y su gente en la masacre de judíos que hubo en la Odesa ocupada.
Si la primera es uno de esos dispositivos ideados por Radu Jude para enfrentar al público con su historia y su tergiversación, la segunda entra de lleno en la forma que imprime a sus películas en sus ficciones. El tema histórico está presente continuamente, en la pieza que quiere representar y en las distendidas conversaciones con novios, amigos o colegas.
Escenas atropelladas, cámara en mano, para trasmitir todo el follón presente, en escenas exteriores. Encuadres íntimos (ella en la bañera o con su pareja en la cama) deshinibidas que se codean con largas lecturas de textos o imágenes documentales que, pasando en un monitor de trabajo, también se mantienen largo rato en pantalla, como dando tiempo a la reflexión.
De vez en cuando, discusiones humorísticas que no creo hagan reír a más allá del círculo íntimo de Jude.
Y lo que queda claro de todo el proceso es que la gran mayoría de la gente responde sin pensarlo a impulsos elementales, pero en general no está dispuesta a que le agüen la fiesta con una historia propia bochornosa.






 

miércoles, 24 de junio de 2026

La nación muerta



Sales de ver “La nación muerta” (Radu Jude, 2017; ayer en la Filmoteca) con una molesta sensación de “déjà vu” y del poder cíclico y extensible de los acontecimientos.
En buena parte porque Jude la hace empezar y acabar con una misma imagen de un paisaje bien difuso y porque regresan a la banda sonora unas marchas militares, proclamas patrióticas y de loa al líder sospechosamente parecidas a las del principio.
Lo del “déjà vu” porque esa presencia constante en las imágenes de las armas, de la defensa de nuestros valores a base de la creación de ejércitos imbatibles y ese buscar un chivo expiatorio de todos los males son temas que llenan últimamente las noticias…
Jude montó su película, como acostumbra, definiendo un esquema que sigue a rajatabla, lanzándose hasta las últimas consecuencias a ello. Aquí ese esquema supone:
-Las fotografías de un retratista rumano de 1937 a 1946, acompañadas por proclamas, músicas y discursos llenos de retótica de cada época… y elocuentes silencios.
-La lectura de las notas del diario de un médico judio que habita en Bucarest y sigue, desesperado, todo el proceso histótico de la subida (y luego caída y sustitución por el comunismo) del fascismo rumano, su poder irradiador y su acoso acelerado a la población judia.
Cuando tiene un tema así de serio en el que mostrar tal cual sin dejar de aplicar su ironía, Radu Jude es brutal… y bien convincente.





 

jueves, 18 de junio de 2026

Corazones cicatrizados



La película se suma a las que ya han representado el “Cristo muerto” de Mantegna.



Unos retratos dibujados y -sobre todo- unas pocas fotografías que pasan con los títulos de crédito nos vienen a informar que la historia contada a continuación tiene una base bien real. Las fotografías se tornan en unos dibujos tirando a grotescos y la cámara se acerca a su firma: M. Blecher. Un rótulo informa que la película está “inspirada vagamente en unos cuantos relatos de Max Blecher”.
La escena posterior ya nos introduce por completo en “una película de época”, como denuncian el sombrero de paja del protagonista y esas maletas que hacen ver que están llenas pero de las que, como es habitual para no fatigar a los actores, su balanceo dice lo contrario.. y, un poco después, entramos en el escenario principal del resto del film, un sanatorio antituberculoso (pero éste de tuberculosis ósea) digno de Wes Anderson.
Estoy hablando de “Corazones cicatrizados” (Radu Jude, 2016; ayer en la Filmoteca, dentro de su retrospectiva).
Los tratamientos, situaciones y perspectivas de muchos de los pacientes, incluido el protagonista, son tirando a trágicos -como corroboraría ese plano calcado al “Cristo muerto” de Mantegna que he pescado, sorprendido de lo numerosas que son ya las películas que lo hacen suyo-, pero el tratamiento que le da Jude es, aparentemente, otro, y de ahí esa citada estética que recuerda a Wes Anderson.
Las películas de Radu Jude no se suelen parecer entre sí, y ésta no es una excepción, pero quizás sí lo hace respecto a otras suyas posteriores esos intertítulos, se supone que extractos de los diarios de Blecher o pensamientos suyos, que aparecen pautando la trama, y resultan siempre bastante insospechados.
Y luego están alguna escena que parece rodada por Julia Ducornau, ese volver a “la realidad” en el epílogo y, sobre todo, los años treinta de su país -Rumania-, que nos hace seguir constantemente, por varios medios.
No me suele entusiasmar al cine de Radu Jude, ahora tan de moda, pero esta suya me ha parecido una buena película, digna de mucha atención.


Un sanatorio alocado que me llevó a pensar en ciertas películas de Wes Anderson.



Las continuas bromas (el protagonista no hace sino citar continuamente a diversos autores, de forma muy graciosa) ocultan una poética muy intensa.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Kontinental ‘25




Siempre me intriga por donde va a salir Radu Jude en su última película. En “Kontinental ‘25” (2025; ahora en Filmin) esa intriga se acrecienta para saber a dónde nos van a llevar los recorridos del día a día del indigente que protagoniza la larga introducción del film.
Luego, todo cambia. De los continuos desplazamientos del indigente se pasa a los de la funcionaria que va a llevar a continuación toda la acción, centrándose en sus conversaciones -la mayoría con planos estáticos, pero llenos de diálogos de esos en que parece que uno no escuche lo que le dice el otro, yendo a la suya- con miembros de su familia, del trabajo, una amiga, un antiguo y divertido alumno obsesionado con las historias del zen, un sacerdote ortodoxo que al principio parece una continuación del estudiante- buscando desesperadamente una salida a sus tormentos.
Por ahí asoman, además de esa falta de empatía y ese a mi déjame con lo mío tranquilo, las obsesiones nacionalistas y la máquina destructora que se cierne imparable sobre Europa, evidenciados con una ironía discreta pero punzante por Jude pero, además, entre una y otra conversación, completando el panorama, surgen planos que muestran la avidez inmobiliaria invadiendo el entorno, como quizas único motor y sentido de todo.









 

sábado, 23 de diciembre de 2023

Potemkinistii


Pues me he divertido e instruído mucho con “Potemkinistii” (Radu Jude, 2022; en Mubi).
Se ve que, en contra de la benévola mentira con que Eisenstein finalizó “El acorazado Potemkin” (1925), en verdad el famoso barco de guerra, perseguido por la flota rusa, se refugió en el puerto rumano de Constanza, donde sus rebeldes marineros obtuvieron refugio político.
En la trama de este cortometraje, un escultor sube penosamente junto a una funcionaria las escaleras que conducen a las ruinas de un monumento soviético hoy abandonado, erigido en honor de los potemkinistas, que fue como se les llamó a esos marineros que rehicieron su vida en Rumanía. Quiere convencerla para actualizar y poner de nuevo en vigor el monumento.
La película consigue, muy amenamente, dos o tres cosas: por un lado, recordarnos excelentes escenas de la película de Eisenstein, que se reproducen a lo largo de su metraje, por otro lado, ofrecer una irónica revisión de la historia reciente… y de la situación política y artista actual.
No es poca cosa.


 

viernes, 15 de julio de 2022

Aferim!


Desde que pesqué una entrevista muy sólida en la que uno decía que el director rumano en el que confiar era Radu Jude, acudo siempre que puedo a ver sus películas, aunque cada una es completamente diferente de la anterior, sin que les vea mucho trazo común.
Me ha convencido su “Aferim!” (2015), que anoche pasaron en la Filmoteca, muy apropiadamente, en el ciclo que dedican este verano al western.
Blanco y negro, pantalla panorámica, premio a la mejor dirección en el festival de Berlín, narra la partida emprendida por un sherif y su ayudante en busca y captura de un maleante. Solo que el sherif es un alguacil de la Valaquia de 1835, su ayudante es su hijo en formación y ambos siguen órdenes de un boyardo que ordena le lleven al gitano, justificándolo con una serie de argumentos más que dudosos.
Con brutales diferencias de clases, con esclavos trabajando hasta para los más modestos, la primera constatación es la diversidad de etnias y grupos en juego: otomanos, rusos, gitanos, judíos,… Una constatación clara: los problemas que tiene el pueblo llano, sin instrucción alguna, exprimido por todos lados, para sobrevivir.
Vemos en el periplo una feria llena de atracciones, tabernas, una posada con sus “facilities” todo confort y recorridos por bosques que recuerdan a Botticcelli o paisajes inundados al “Lousiana story” de Flaherty, siempre ofreciendo el ambiente -de hacerse cruces- de una época.
Pero por muy bestia que se viera la cosa en ese terrible primer tercio del siglo XIX en esa región, no causa tanto pavor como el bochornoso calor y el ambiente del Los Ángeles 2019 que te encuentras al salir de la Filmoteca cerca de las 23h para intentar encaminarte hacia casa.


 

domingo, 9 de enero de 2022

La chica más feliz del mundo


La primera escena ya sitúa perfectamente la situación. Una familia -unos padres clase media con apuros y su hija- van en coche por la autopista. En una gasolinera la madre viste y maquilla a su hija, algo indispuesta, mientras el padre limpia los cristales del coche, para luego ponerse una camisa, corbata y chaqueta sobre la camiseta imperio con la que iba. Por fin ponen en marcha el coche, se dirigen y llegan a la gran ciudad, a donde les llamaba una actividad que un cierto suspense mantiene incógnita un tiempo.
En Mubi han formado un apartado con los primeros largometrajes de unos cuantos realizadores y ayer colgaron “La chica más feliz del mundo” (2009), el primer largo de Radu Jude, considerado por varios cineastas rumanos el actualmente de más interés de su país.
La actividad que ha conducido a la familia a Bucarest lleva a entrar en eso del cine dentro del cine, pudiéndose deducir:
-Que no todo en el cine es glamour, y menos en los rodajes.
-Que en los rodajes coexisten gentes de diferentes clases y surgen bonitos conflictos
-Que la familia es… la molécula básica de nuestra forma social. ¡Qué vamos a decir de la familia!
Con esta “La chica más feliz del mundo” pasa lo que con otras cuantas de las buenas películas rumanas que nos han llegado: te enteras de su argumento y escenarios y te dices que de eso no puede resultar ninguna maravilla. Pero empiezas a verla, vas siguiendo y entrando en sus situaciones, te ríes con alguna de ellas y acabas admirándote de cómo saben dibujar un estado de las cosas que, por muy centrado que esté en un pequeño grupo, te hace sospechar que está expandido a toda una sociedad, a todo un país.