Fue Marcel Ophuls -al leer sus“Mémoires d’un fils à papa”, en las que casi hablaba más de su padre que de sí mismo- quien me dio la pista de la existencia de las memorias de su padre, Max Ophuls, esto es: “Vida en escena” (Cult Books, 2024).
Estoy aproximadamente en su mitad, que es por donde empieza a hablar de sus actividades cinematográficas, habiendo dejado en toda su parte anterior tan sólo alguna mención muy aislada en frase circunstancial. Y de sus iniciales acotaciones sobre cine vengo a hablar aquí.
Antes, sin embargo, me gustaría decir que admira cómo de modestamente afronta Ophuls su referencia a toda su experiencia teatral previa. Siendo aún extremadamente joven, fue el director escénico de buena parte de los mejores teatros centroeuropeos, pero despacha globalmente esa experiencia diciendo que tuvo que aceptarlo, pero que lo que en realidad le gustaba era interpretar, y cada una de las experiencias particulares -coronadas siempre con éxitos espectaculares- las liquida con una frase, dedicando más tiempo a hablar de otras personas o, como máximo, dejando entrever alguna aventura amorosa. Un muy loable recato que parece haberse perdido, vaya.
Pero vayamos ya al encuentro de Ophuls con el trabajo en el cine, explicado por el mismo:
“El cine me atraía y al mismo tiempo me asustaba. De hacer caso a los profesionales, era un oficio terriblemente difícil. Había que aprender mil cosas, problemas técnicos que nunca se acababan, sin hablar del guion técnico, del montaje,… Todo era muy diferente a lo que se hacía en el teatro, iba a verme obligado a volver a empezar desde cero. En resumen, un verdadero espanto. Como siempre, había una chica (se llamaba Ina). Era de una fragilidad turbadora, muy rubia y figurante en la UFA. (…)”
“Yo dudaba, pero como Ina decía que entonces podríamos comer juntos todos los días, supe echarle valor y me presenté. Veinticuatro horas después fui nombrado asistente de Anatole Litvak, quien rodaba ‘Nunca más amor’ .”
Y, más adelante: (Fui) convocado al despacho del administrador presidente director general (…). Me dijo que nunca hasta entonces los actores habían hablado con tanta naturalidad y que sí quería encargarme yo sólo de la dirección de otra película de la UFA, estaría dispuesto a confiarme algunos cortometrajes.”
“(…) Me habían permitido elegir una historia de mi gusto. (Cerca de mí otro joven hojeaba una montaña de papeles. Le conocía vagamente. Se llamaba Billy Wilder. (…) Le habría tomado más bien por un bailarín de claqué. (…) Ese mismo día descubrí un cuento poético de Kästner, el autor del inmortal ‘Emilio y los detectives”. (…) Me cité con Kästner. Llevó a un amigo que se ocuparía del guión. Fue así como conocí a Pressburger”.

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