Jesús Franco no gana para desengaños en “El extraño viaje” desde la muerte de sus padres. Invoca al tiempo pasado continuamente: “¡Con lo buenas que estaban las peras del huerto de papá!” ¿Cuáles podrían ser esas riquísimas peras del huerto de papá, a conservar en la memoria? Aquí –Cine- se intenta recopilar y dejar visibles las impresiones a vuelapluma, en general sin documentación ni análisis previos, de la reciente visión de alguna película que me haya causado buenas vibraciones.
sábado, 27 de abril de 2024
Érice sobre El Sur
jueves, 31 de marzo de 2022
El Sur y las penalidades
De nuevo, El Sur
—¿Otra vez, García?
Me veo reflejado en unas viñetas de un periódico que vi hará la bonita cifra de unos cincuenta años y que los que me conocen saben que saco a menudo a colación.
En la primera viñeta se ve frontalmente a un pobre oficinista en su mesa de trabajo. Está reflexionando filosóficamente, con esa mirada hacia el techo, útil para estos menesteres. No es, desde luego, la primera vez que entra en un trance de este estilo.
—Siempre las eternas preguntas —se dice.
Y entonces, a viñeta por pregunta, se extiende:
—¿Quién soy?
—¿De dónde vengo?
—¿A dónde voy?
Es el momento en que, desde el interfono situado en su mesa, en la última viñeta se oye un grito —evidentemente de su jefe, que ha oído la múltiple reflexión previa y ya está harto de la misma— que espanta a nuestro oficinista:
—¡Usted es García, ha venido de la calle y se vuelve a la calle inmediatamente!
Pues bien: pasa que me identifico con ese probo tocayo. No por sus reflexiones filosóficas, que yo he sido siempre muy tocho para pescar como se debe la cosa filosófica, pero sí por su reiteración, en mi caso mentando una y otra vez esa película.
Y es que, en una muy reciente nueva visión, como por otra parte siempre pasa, una escena en la que nunca había reparado demasiado me ha sorprendido percutiéndome de lo lindo, encontrándome a mí particularmente sensible.
Estamos en “La gaviota”, la casa de por el norte de España en la que viven Estrella (Sonsoles Aranguren) y su familia. La niña está nerviosa porque del sur, de donde es originario Agustín, el padre, llegan por fin unos visitantes muy especiales.
Esos visitantes tan especiales son su abuela, la madre de Agustín, y sobre todo Rafaela, la mujer que ha criado realmente a Agustín y que, siguiendo una costumbre muy arraigada en Victor Érice (recuérdese a Ana -Torrent-, Isabel -Tellería-, Teresa -Gimpera- y Fernando -Fernán Gómez- de El espíritu de la colmena) lleva el nombre de la actriz que la encarna, Rafaela Aparicio, que tanto me recuerda por su físico y carácter extrovertido, en ocasiones avasallador, a mi abuela.
Frente a la distante y hasta fría reacción de la madre de Agustín en el encuentro, que en seguida marca su posición social dando instrucciones a la muchacha de servicio de los que la reciben, todo es proximidad y calor en Rafaela, quien, tras abrazar a Agustín, le dirige, pero de una forma que es más bien una reflexión que se hace a sí misma en voz alta, la frase que me cogió desprevenido en esta ocasión:
—¡Cuántos años y cuánta desgracia por todas partes!
Evidentemente, ahí, detrás de esa reflexión, uno intuye el dolor que proporciona una guerra, seguido, en ese caso, del atroz destino para muchos de la consecuente postguerra.
Y, con todo esto, está visto que no ganamos para desgracias.
domingo, 13 de febrero de 2022
El Sur completo
martes, 28 de septiembre de 2021
La arboleda del Sur
jueves, 20 de febrero de 2020
Ombres Mestres: raccords
martes, 12 de abril de 2016
El sur
El Sur
El Sur
En er mundo
Cuando mis hijas eran muy crías les pasé varias veces medio El Sur (Víctor Erice, 1983).
Digo medio, no por esa historia, ya muy conocida, de que Querejeta dio por terminada la película antes de que su protagonista viajase en busca de los lugares de su padre hacia el país de la luz al que aludía el nombre de la película. Eso iba a posibilitar que Víctor Erice, rodándolo, dejase atrás definitivamente todo un ambiente de oscuridad que tenía muchas ganas de olvidar. Encalló, pues, en su mitad el asunto, pero no voy por ahí.
Digo medio, en realidad, porque cuando llegábamos a la escena central, con la niña Estrella saliendo de su casa, cogiendo su bicicleta y alejándose seguida de su cachorro por la carretera que pasa justo delante de la casa de la veleta para, a continuación, en una de las más hermosas elipsis del cine español y universal, regresar por la misma carretera ya en otoño, hecha toda una adolescente, en una bicicleta de tamaño adecuado a su edad y acompañada por el perro lobo ya muy crecido, en ese preciso momento, digo, las enviaba a dormir. Les decía que ya verían por su cuenta la segunda parte de la película, con Estrella mayor, cuando fueran ellas también mayores. Aguantaba estoicamente, pero inflexible, el consecuente berrinche porque la querían seguir viendo: ni la acabarían de entender —les decía— ni tenía ningunas ganas de pasarles una segunda parte en que Estrella ya no guardaba con su padre esa relación ideal, llena de admiración y adoración, que había mostrado hasta ese momento.
Poco antes, yo creo que sabiendo lo poco de iglesia que era su padre, habían disfrutado viendo conmigo unas de las más emocionantes escenas de la película, motivo de este relato. Estrella va a hacer su Primera Comunión. Está en la iglesia y, por el rabillo del ojo, ve como su padre —agnóstico reconocido— se ha acercado hasta la puerta. Corre hacia él, loca de alegría del detalle que ha tenido para con ella, y le dice que se quede fuera si quiere, pero que no se vaya. A continuación enlazamos con la fiesta pagana en casa, donde padre e hija bailan el pasodoble En er mundo, al son de un acordeón de un vecino y las palmas de su familia.
Ellas ya no veían, pues, la escena complementaria, en la que también suena En er mundo, como repara y se lo hace notar su padre a Estrella, ya mayor. Ambos están en una mesa de un hotel intercambiando una conversación desencantada. Estrella lo deja ahí y, al irse, echa un vistazo de refilón al salón vecino, donde se celebra una boda con esa música. Pero acaba yéndose del todo, lanzando un saludo con la mano que su padre responde desde lo lejos, ahí solo, detrás de la mesa. También emocionante, pero desolador.
Señores jueces: Sean Vds. magnánimos. Actué de esa forma únicamente para retrasar el descrédito que sabía que, tarde o temprano, iba a llegar.
lunes, 2 de noviembre de 2015
El río
sábado, 29 de septiembre de 2012
Arboleda del Sur
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| La emoción aumenta al distinguir un caserón entre la vegetación. |
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| Aquí "El carioco" escribió su declaración. |
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| Y, por fin, se ve la veleta. |
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| Hasta juraría que Rafaela Aparicio pasa bajo una glorieta como ésta... |
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| Cuando me iba, vi llegar a un ciclista, pero ni iba por el medio ni era Estrella... |

























