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miércoles, 27 de noviembre de 2024

Paul Sánchez est revenu!

La novata y el veterano comandante de la comisaría en un momento de represión del segundo al primero. Tras la ventana, una habitante que viene a denunciar algo sin que le hagan caso.

La alegre muchachada de la comisaría.

El alterado hombre a batir.

Salvo una sobre caballos -la primera suya que vi- que para mí no tiene salvación y me dejó sin entender nada sobre su fama en ciertos ambientes críticos, cada nueva película que veo de Patricia Mazuy me explica las razones que antes no me alcanzaban.
Anoche fue la visión de “Paul Sánchez est revenu!” (2018), una rareza cuyo género cuesta hasta discernir. ¿Será un polar? ¿Una comedia? ¿Una sátira? ¿Quizás un acertado apunte sobre el nivel de tensión de nuestra sociedad? Seguramente una mezcla de todo eso, pues varios aspectos apoyarían cada una de esas asignaciones, y otros más.
La localización de la acción de la película es importante. Se trata de una zona alrededor de una carretera de servicio que conduce de la Provenza a la Costa Azul. La primera escena tiene lugar en el aparcamiento de una estación de servicio en la que hay una pelea, porque un tipo cree haber reconocido en su adversario a Paul Sánchez, fugitivo desde hace diez años de la comarca, tras haber matado a su mujer e hijos.
Está claro que Paul Sánchez es la asignatura pendiente en la comisaría de la zona, protagonista en buena parte de la función. Por momentos la película toma cartas como parodia del grupo de policías claramente “de provincias”. En ella se cruzan diferentes habitantes que denuncian cosas diversas, a los que nadie hace caso debido al permanente lío organizativo. Aparte de otros números que hacen bulto y ayudan al follón residente de forma perpetua en la comisaría, dos destacan: el experimentado comandante, que se cree de gran astucia, y la novata, que lleva varios asuntos gafados en su haber y quiere resarcirse.
Luego está ese hombre absolutamente pirado, que llama al periodista local presentándose como Paul Sánchez y sembrando la comunicación y la zona de despropósitos. Tras sus fechorías se refugiará en una bauma de una montaña calcárea con un río a sus pies, lo que más tarde dará por momentos, por si no fuera suficiente, consistencia de western a la película.
Lo que queda claro es que lo que la película consigue es, primero, despistar, y luego, arrastrar, hasta dejarte con la cabeza dando vueltas, ya totalmente convencido de haber asistido a la singular pieza de la que hablaba al principio.


Ascensión hacia la bauma.

En la colina, en uno de los momentos western
 

martes, 16 de julio de 2024

Peaux de vaches


Tiene Patricia Mazuy mucho prestigio, y se le considera de las más interesantes directoras francesas. No había tenido yo suerte en mis aproximaciones previas, y ponía en duda la justicia de esta valoración.
Pero anoche vi “Peaux de vaches” (1989; en TV5Monde VOSE) y me dio un decidido empujón para entrar a formar parte de sus aduladores.
Suerte, no obstante, que aguanté su preámbulo, toda la secuencia anterior a la aparición del título, que me pareció horrenda y estuvo a punto de hacerme abandonar. Habría sido un error mayúsculo, porque lo que sigue es una sorprendente película, que mantiene la tensión hasta su final, al menos con un servidor boquiabierto.
Jean-François Stévenin regresa a la granja de su hermano después de diez años del acontecimiento del prólogo. Su hermano se ha casado (Sandrine Bonnaire hace de su mujer) y ha tenido una niña.
El personaje de Stevenin es el de un tío pirado, desagradable con todos, y desencadena una serie de reacciones que me han recordado, aunque en un registro totalmente diferente, a las que provoca el del “Teorema” de Pasolini.
He situado la granja y el pueblo de la película, no sé si acertadamente, porque Mazuy veo que es de Dijon, en le Nord (por la televisión se oye nombrar a Lille). Casi todo lo que aparece en la película (decoraciones caseras o del coche, fiestas,…) es de una fealdad llamativa. Todos los personajes tropiezan entre sí, tiran cosas continuamente, pero los dos hermanos, especialmente, andan abrazándose y peleándose alternativamente. Parecen pertenecer a un mundo atrasado, algo embrutecido -el de la payesía-, que no queda precisamente bien en la película. Y quizás, como dice el título, al menos ellos dos no pueden salir de él, tienen pelo de vaca.
Y, entre escena y escena, Patricia Mazuy sitúa un plano de cielos, que suelen aparecer con unos oscuros nubarrones surcándolos.
Da gusto haber descubierto el nervio desarrollado de principio al fin del film por la realizadora, de quien seguiré probando si otros de los suyos, después de este primer largometraje, mantienen el nivel.