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domingo, 9 de marzo de 2025

¿Dónde está esta calle?

“Los verdes años” y “Onde fica esta rua?”

“Los verdes años” (Paulo Rocha, 1963) es la película a la que muchos atribuyen el inicio del Nuevo Cine Portugués. Rodada en buena parte durante periodos de restricciones por la pandemia de Covid-19, “¿Dónde está esta calle?” (Joao Pedro Rodrígues y Joao Rui Guerra da Mata,1962; en Filmin) intenta su continua evocación.
Así, unas escenas iniciales (que se complementan más adelante) muestran, con una viveza grande -con la ayuda de patinadores- los terrenos entonces del extrarradio de Lisboa donde paseaban los personajes de aquella película, con fondo las nuevas construcciones de la ciudad. Por cierto que, tras mostrar las aún más nuevas construcciones que han saturado la zona, la cámara nos desvela la escalofriante existencia, bajo los matorrales, de trozos de un cadáver: una mano, una pierna,…
Pero que nadie crea que la evocación se efectúa casando escenarios de entonces y ahora como indicaría la primera imagen que cuelgo… Se ha de tener muy interiorizada “Los verdes años” para llegar a descubrir otros escenarios (que el plano de la segunda imagen tiene equivalencia directa con otra del film actual no lo he sabido hasta buscar por internet fotogramas del film de Rocha; sí en cambio he recordado, al verla, la portería de la casa donde servía la criada venida del pueblo y de donde sale Isabel Ruth, la que la interpretaba, cantando una canción), como par descifrar las razones de las escenas que se nos presentan.
Aunque quizás no importe en ocasiones tanto como me temo: también puede verse como un curioso documental sobre Lisboa, lo que permanece y el paso del tiempo por ella. Hasta me ha parecido detectar un par de escenarios de Joao César Monteiro…

Los verdes años



El mirador de Santa Justa, que aparece también.


 

domingo, 8 de diciembre de 2024

Cinzento e negro

En los prados de la isla de Pico, contemplando la de Faial.

El Peter’s Café y Faial, la isla de Pico, hasta el queso de Sao Jorge tienen un gran protagonismo e infieren carácter a “Cinzento e negro” (Luis Filipe Rocha, 2015; en Filmin), que se convierte, con sus citas literarias (Homero, Pavese y creo recordar que Brandão) en una especie de cine negro-literario.
Una primera parte, la más literaria, con un singular viajero y su extraña pareja perseguidora. Una segunda, más policiaca, en un barrio de Lisboa, para aclarar de dónde viene todo, si bien sembrando alguna otra intriga más profunda y la de qué final se les dará a las historias desencadenadas en la tercera parte, si bien por algún indicio previo, algo ya se intuía.
Quizás, aunque el marco y el tono requieran calma en toda su exposición, las más de dos horas, una vez captada la naturaleza del asunto, puedan resultar algo excesivas, pero en cualquier caso da gusto encontrarse con una película que, como ésta, denota su trabajo previo de preparación de personajes y situaciones y filmación. ¿Se deberán estos aspectos que tanto me han gustado a los casi veinte años que ya han pasado desde que se hizo?

El Peter’s Café de Horta, en Faial. Me fijé en su existencia por un relato de Vila Matas, quien, a su vez, hacía referencia,creo, a Tabucchi.

Porto Pim.

Y el barrio de Lisboa.

De fondo, el volcán que da nombre a Pico. 

viernes, 11 de agosto de 2023

Os verdes anos


No me descubro engañado por mis propios errores, porque ya me conozco desde hace tiempo y sé desde siempre que me cuesta dar una a derechas. Y eso se agrava con la edad.
Desde que se produjo por parte de la Cinemateca Portuguesa la restauración de las películas de Paulo Rocha y su reposición, y en especial de su primer largometraje, “Os verdes anos” (1963), respondo a todo el mundo que alaba esta película diciendo que sí, que ya la había visto hace mucho tiempo, que impresionante su aire de nueva ola cinematográfica, y tan pancho.
Ayer, volviendo de una comida en la que se había vuelto a hablar de la película y en la que yo había vuelto a la mía, un poco escamado por las caras de extrañeza a lo que decía, me puse a lo que yo pensaba era volver a verla (en Filmin).
Sí que aparecen un momento los adoquines mojados y relucientes de una ciudad, lo único que creía recordar del film, pero es algo casi anecdótico, y desde luego no marca en absoluto su tono.
En abril (?) de 1977, seguramente para conmemorar el entonces bastante reciente 25 de abril (que hice aparecer en el titular del artículo que escribí para Cinema 2002), la Filmoteca programó un hasta entonces y por mucho tiempo insólito ciclo de cine portugués. Allí pude ver películas de, entre otros, Fernando Lopes, Antonio de Macedo, Alberto Seixas Santos, Antonio Reis o Rui Simoes y, desde ese momento, cuando me preguntaban de qué país me interesaría más ver películas, siempre contestaba que de Portugal.
Pues bien. No hubo en ese ciclo, o por lo menos yo no la vi, ninguna película de Paulo Rocha, y no fue hasta hace seis meses, cuando la pasaron en la Filmoteca dentro del ciclo de Pedro Costa, cuando pude ver y admirar su segundo largometraje, “Mudar de vida” (1966).
Lo más seguro es que en mi cabeza confundiera, inverosímilmente, el nombre de Rocha con el de Lopes, y “Os verdes anos” con “Bellarmino”, una historia sobre un boxeador que no tiene nada que ver.
Porque “Os verdes anos” es ya una película que nada en eso que se ha dado a llamar “cine moderno”, en el que no prima tanto revelar la acción como el pensamiento de los personajes. Y eso se consigue, las más de las veces, a base de ver recorridos por aquí y por allá de los mismos.
Hay dos secuencias en particular en el film que recogen sendos recorridos de los que hablo, que me han parecido especialmente felices. Son recorridos de domingo, el día de asueto de la semana.
En el primero de ellos, el tío del chico de 19 años que ha ido a trabajar a Lisboa lleva a ver la nueva ciudad aún a medio construcción a su sobrino y a la novia de éste -que trabaja de sirvienta en una de esas casas-, y luego los mismos sitios a los que iban siempre los visitantes de esa época -en mi caso fue en el un poco posterior 1970-: subir a ver las vistas desde arriba del Elevador de Santa Justa y a cruzar el Tajo en una barcaza. En el barco, mientras los novios hablan de sus cosas, uno que ha estado de cháchara con el tío, quien le efectuaba todo un posible programa prospero de vida a base de ir a vivir al extranjero, le justifica sus dudas: “Cuando uno se acostumbra al bacalao cocido…”.
El segundo es un recorrido en interior: la criada enseñando a su novio, admirada, pero con dominio, la casa en la que sirve.

Y así, circulando por uno y otro lado de Lisboa mientras suena incesante la nostálgica música de la canción de los verdes años, van pasando los domingos y van acabando sin resolver las escenas, hasta el final, que sí se resuelven y vaya si se resuelven. 

sábado, 21 de enero de 2023

Mudar de vida




Durante todo el inicio de “Mudar de vida” (Paulo Rocha, 1966, ayer en la Filmoteca, ya sin Pedro Costa guiando a sus espectadores) casi sólo atendía y esperaba las escenas que demostraban lo que tiene de imprescindible documental etnográfico.
Así, observaba una y otra vez, entre las escenas más de ficción del drama, de resonancias míticas, las casas construidas con tablones de madera en una playa que el mar va comiéndose paulatinamente, los trabajos de los pescadores de la cofradía, sacando la barca y las pesadas redes con la ayuda de una junta de bueyes, así como, sobre todo, dispensando una energía bárbara para conducir las traineras, los acarreos de arena de las mujeres para intentar recuperar la superficie de la que se había apresado el mar o bien los bailes de las fiestas populares o, en un orden más urbano, la llegada del autocar de línea al pueblo costero.
Pero, llegado un momento, que corresponde con el cambio de trabajo del protagonista del mar al río (donde quizás notaría con más fuerza la verdad de esa indicación de Pedro Costa sobre la influencia del cine de Mizoguchi en Rocha), me he interesado también en la ficción. La película me ha dado la impresión entonces de efectuar un salto hacia la modernidad, que llega hasta en la trama (la chica, más joven, que aparece, trabaja de obrera en una fábrica), y vence el dramón al que en un principio verías condenada.
Se produce, realmente, una muda de vida.




La parte que, quizás, más me remitió a Mizoguchi.