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viernes, 26 de mayo de 2023

Ciné-bijou


Hace dos años me pasó por la cabeza que aún se podía reescribir la historia del cine, porque se había dejado olvidados a varios cineastas de interés. Fue la recuperación de los films iniciales de Guy Gilles, muy en sintonía con la Nouvelle Vague. Pero poco después ya había tachado su nombre, después de ver algunos títulos posteriores de su carrera.
Pero va esta mañana y Miguel Martin nos brinda una pieza suya que me ha parecido muy buena, “Ciné-bijou” (1965), apunte autobiográfico sobre la desaparición de los cines de barrio, con una sabia utilización de los sonidos de ambiente que proporcionaban.

A partir de ahí, rastreando en el mismo YouTube, un poco de todo. Me ha parecido interesante el reflejo del deseo de escapar en “Le partant” (1969), aunque ya apunta a los vicios que acabaron hundiendo el cine de Gilles, haciéndole perder su frescor inicial. Quizás destacar también que he visto otra minucia impresionista sobre la provincia, que te traslada al ambiente la mar de bien: los 6 minutos de “Un dimanche à Aurillac” (1967). 

https://www.youtube.com/watch?v=_71Azi2AdP8

miércoles, 19 de abril de 2023

Cine y pintura


Àlex Mitrani, entre otras cosas nombre asociado a lo más nuevo del MNAC, demostró ayer que se toma las cosas en serio. Debía presentar en la Filmoteca una sesión del ciclo “Per amor a les Arts” dedicado nada menos que a la relación “Cinema i pintura” y, donde otros se limitan a recoger información del director, película y/o obra de arte sobre los que versa la cosa y trasmitirla -a veces de forma inacabable- al auditorio, ha ofrecido, por el mismo precio, dos por uno.
Ahí estaban los datos que había podido recabar sobre los films -no demasiados, porque se trataba de cortometrajes, el pariente pobre del cine-, pero previamente vertió una serie de reflexiones en voz alta sobre el tema de la sesión, esto es: ¿cómo debe enfrentarse, o de qué formas afronta el cine a la pintura? Quizás tenga precisamente -se dijo-, el papel de animar, de dar vida a la obra de arte.
Para concretar un poco las ideas dispuso de un programa de películas cortas de lo más variado (que volverá a pasarse el próximo viernes, pero ya sin Alex Mitrani para preparar un poco el camino), tanto por sus años de producción como por cómo responden a esa pregunta.
Yo había visto los nombres de Pialat, Resnais, Pollet, Gilles… e, impreciso, había apuntado en la agenda “17h F- Cortos NV”. Sï que los cuatro primeros pueden verse así, pero el quinto y último (Dutta) se escapa de la Nouvelle Vague, de Francia y de los años 60 para alcanzar hasta la India y el 2015. Para más confusión, creía que el corto que se pasaba sobre “Van Gogh” era el de Resnais, y no el de Pialat, y tuve un diálogo de besugos previo a la película en la que coincidimos en señalar el gran valor de los cortos iniciales de Resnais y le comenté a Mitrani la bronca que me echó un amigo que por la época iba para pintor a la salida del cineclub porque pasamos su “Van Gogh” sin el preceptivo color tratándose de ese pintor.
Sobre ese tema del color empezó él su exposición, explicando haber estudiado toda la carrera viendo las obras en el Summa Artis, impreso en blanco y negro. Y una aseveración: que puede resultar mucho más fiable que cientos de reproducciones por la red o incluso impresas que tergiversan los colores de mala manera.
Esbozó otro posible tema de reflexión: cuál es el mejor espacio para ver una pintura: ¿el museo? ¿El taller del artista? …
Siguió luego con el tema de la mirada, pero será mejor que no me extienda demasiado, para no tergiversarlo, poniendo en su boca cosas que nunca dijo pero que yo me situé, a partir de sus explicaciones, por mi cabeza.
Sólo decir que pasó una panorámica clasificatoria sobre películas que idealizan hasta extremos increíbles las obras de arte, películas que intentan construir una mirada neutral -por definición cosa imposible-, otras que actúan de forma académica, otras que se toman hasta el fondo eso de dar vida al cuadro.
Sobre las películas de la sesión,
A/ Señalar lo que dijo sobre la de Pialat (que personalmente me entusiasmó, y forma un doblete de una fuerza casi explosiva con su largometraje de ficción de 1991 rodado en el mismo sitio -Auvers- y del mismo título). Concretamente: que describe la pintura de Van Gogh como si fuera un paisaje
B/ Que creo le debió pasar lo mismo que a mí con la de Gilles (llena de efectismos): me ha parecido detestable, perpetuando el sentimiento adquirido al descubrir, recientemente, su obra, yendo del entusiasmo inicial al desengaño. Claro que tampoco me interesaba la pintura de su artista representado…
C/ Una única disparidad de criterios. Es verdad, como señaló, que posiblemente ahora la película de Pollet sería criticada con esa idealización de la esencia de la mujer, centrada en su belleza, pero la verdad es que me sentó la mar de bien, con la música de Antoine Duhamel haciéndote sentir en un Truffaut y recuperar a marchas forzadas los buenos momentos de la NV.
D/ Por último, hizo notar la culminación de la sesión con el documental “Chitrashala” (“House of paintings”, Amit Dutta, 2015), en el que finalmente elementos de las preciosas pinturas de la región del Himalaya (coetáneas de las de Fragonar, indicó) son finalmente animadas. Pude ver recientemente alguna otra película de Dutta y en ella ya no salen las pinturas, sino que son representadas sus disposiciones por personajes reales.





 

viernes, 2 de diciembre de 2022

Proust - l’art et la douleur


Quizás la desconcertante idea que más te asalta viendo “Proust, l’art et la douleur” (Guy Gilles, 1971, ayer en la Filmoteca) sea que en 1971, un año que tengo por muy presente y vivo, era aún posible hablar con gente que había conocido al escritor.
Ese es, quizás, el punto más atractivo de la película, pues en ella aparece entrevistada Celeste (que por entonces cuidaba de la casa museo de Ravel) y, sobre todo, el hijo del notario de Illers (hoy Illiers-Combray), que explica que su hermano era amigo de Proust y muestra diferentes detalles de la casa vividos por él que evocan directamente el mundo del escritor, reflejados en “La recherche”.
Si quitamos eso, aparece la pelicula de Guy Gilles, con su actor fetiche, Patrick Jouané abstraído o paseando por Cabourg y, sobre todo, Venecia, de la que Gilles dice que intenta sacar “un perfume de Proust, mientras Emmanuelle Riva recita en off fragmentos de su obra.
Mañana sábado se volverá a pasar. Una sesión, diría yo, que habría de interesar sin ninguna duda al círculo proustiano barcelonés.



 

viernes, 13 de agosto de 2021

Le clair de terre

En el Paris inicial, por el Marais.

Las fotografías de un pasado que se escapa.

La tercera película ahora visible de Guy Gilles, “Le clair de terre” (1970), aún sin renovar la sorpresa producida por su “L’amour à la mer” (1964), confirma la línea estética de este director nacido en Argelia, iniciado como cineasta con la Nouvelle Vague y muerto prematuramente, de sida, en 1996.
Sus títulos de crédito se insertan entre escenas de una visita guiada a la Plaza de los Vosgos y otros espacios de un barrio del Marais entonces muy vacío, popular y medio abandonado, que empezaba a restaurarse… Así, junto a la presentación de postales turísticas del norte de África, se introduce el auténtico tema de la película: el paso del tiempo, los recuerdos,…
Pierre, trasunto de Guy Gilles, emprende desde París un viaje a sus orígenes, a Túnez. Pasada una escala y encuentro en Deauville, la llegada a la ciudad y más tarde a otros puntos del país, donde aun viven conocidos de sus padres, le supondrá un auténtico reencuentro sensorial: colores, rótulos, antiguos espacios de la ciudad, entonces aún muy presentes, inundan la pantalla, aunque es casi imposible dar por internet con alguna captura de pantalla que los refleje, pese a ser éste de los planos cortos de imágenes pintorescas una de las características más interesantes de lo que llevo visto del cine de este director.
En búsqueda de su camino, Pierre recorre el interior del país, pero sobre todo la costa -donde tiene casa una antigua maestra, quien llena de nostalgia le habla durante largos encuentros de su vida y de sus recuerdos de sus padres- o la playa, donde, cual el ahora de nuevo famoso Tadzio, con camiseta de rayas, contempla el horizonte, preguntándose por su futuro.


La travesía.




 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Au pan coupé





No, pues no se me ha hundido del todo el siguiente largometraje de Guy Gilles, “Au pan coupé” (1968; también en Mubi) con respecto a su primer “L’amour à la mer” (1964). Sólo que posiblemente sea más lánguida, resulte más repetitiva, por cuando su trama apenas avanza tras ese comunicado inicial del narrador, con lo que todo queda en muestra de sensibilidad a flor de piel.
Aquí también son todo planos muy estudiados, cámara fija (apenas si hay un zoom de aproximación y unos con movimiento por tomados desde una barca), iniciándose incluso por una descomposición de la acción en fotografías y luego en planos estáticos, que hacen las veces.
De nuevo el color y el blanco y negro, dominando el primero, porque prácticamente todo se reduce a los recuerdos que Jeanne tiene de Jean (en color) desde un presente que le resulta gris, sin fuerza (blanco y negro) tras su marcha. Aunque se podría contradecir esta explicación semántica preguntándose por qué las escenas iniciales, en un teórico presente con él, son también en blanco y negro o por qué entonces las fotos de la infancia de ambos también se recogen en los títulos de crédito en blanco y negro y no en color…
Con respecto a la primera película también he encontrado menos picados y una línea de interpretación de los actores más cercana a los “modelos” de Bresson, aunque a veces les traicione una sonrisa, algún sentimiento.
Ella está interpretada por Macha Méril. ¿Quien se acuerda de Macha Méril? Aparece con su cabello de siempre, con los vestidos de finales de los 60 que llevaba la hija mayor, Dominique, del matrimonio que me acogió en su casa en Paris, en 1968…



“Wall engravings” es el título inglés de la película, que ayuda a entender ese “Au pan coupé”. En Filmaffinity le han asignado como título espańol un explicativo, por sí no quedaba claro, “Siempre en el recuerdo”.

 

martes, 10 de agosto de 2021

L’amour à la mer

Los protagonistas, al principio del film.

Los marineros por Brest, una de las ciudades mártir de la guerra, siempre base naval.

Demostración clara de que queda mucha cosa de interés por ver. Ésta se indica que es de 1964, aunque se ve que estuvo unos tres años haciéndose.
Se trata de “L’amour à la mer”, de un cineasta de la Nouvelle Vague -Guy Gilles- de quien no sabía nada. Éste fue su primer largometraje, tras varios cortos, y me entero que en 1976 aún no se había presentado en Francia. ¿Qué debió pasar?
Le veo como tres partes, con un pequeño preámbulo donde se plantea la trama, el encuentro amoroso de Daniel, enrolado en la marina por cinco años hace cuatro con Geneviève, una secretaria parisina.
La segunda parte es la que considero más lograda, rodada toda ella, como la primera parte, mediante planos de corta duración siempre mostrando encuadres muy estudiados y fotogénicos, en color o en blanco y negro, sin que haya deducido la razón para utilizar uno u otros. Está estructurada como el intercambio de la correspondencia entre los dos amantes, lo que sirve a Guy Guilles para retratar un Paris muy próximo y un Brest (a donde ha sido destinado él) al que, como ciudad destruida durante la guerra mundial y reconstruida por completo, le es mas difícil encontrar su belleza. Me parece muy bueno ese trozo, sin embargo, por el valor documental que presentan unas escenas que muestran las viviendas provisionales en las que aún seguían viviendo gente.
Hay un travelling inicial por Paris que recuerda el de Rozier en Adieu Philippine. Aparecen marineros paseando por Brest, pero no remite a Demy, salvo por la aparición de una cierta Lola en un local portuario…
La conexión con la Nouvelle Vague es inequívoca. Protagonizan una pequeña escena Jean-Pierre Leaud y otra Jean-Claude Brisly. Las cartas y la voz del narrador son muy de ese movimiento. Aunque quizás a mí, sobre todo al mostrar esas dudas sobre el camino futuro a tomar o bien por el retrato de esas solitarias Navidades, la cinta me ha remitido sobre todo a ciertas prácticas de la EOC.
Guy Gilles tiene el papel de otro marinero, compañero del protagonista y un poco Pepito Grillo. En una escena en una cafetería (muy mal interpretada, por cierto), le explica toda una historia personal por Paris (cuya escenificación abre un capítulo interior en el film) y al final vemos que su personaje -Guy, precisamente-, es el receptor de la última carta que escribe Daniel.
El otro día decía que había que ir mirando de tanto en tanto qué había de nuevo por Mubi, pues siempre surgen sorpresas y anoche, revisando con paciencia su catálogo, doy con ésta. Hay también un par de películas posteriores suyas, a las que echaré un vistazo, pero no creo que resulten el chorro de aire fresco que supone ésta, según se ve oculta mucho tiempo.


Ejemplo de uno de los encuadres pictóricos, éste en color y en Paris.

Guy Gilles recrimina a Daniel.

Ésta me resulta entre una foto de Saúl Leiter y un cuadro de Amalia Avia. En el desgarro de lo que cubre el vidrio se ve, reflejado, la cara de la protagonista.

Una pareja en escena de pareja en café parisino.