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viernes, 6 de diciembre de 2024

Szerelmem Elektra


Después de bastantes películas que hablaban de revoluciones o revueltas y sus correspondientes represiones, le debió resultar a Miklós Jancsó ya demasiado explotada la historia reciente, y echó mano de los mitos.
“Szerelmem, Elektra” (1974; anoche en la Filmoteca) sería una versión del de Electra, aunque no me acaben sus peripecias de casar del todo.
Su primer plano secuencia se inicia con el sonido de los cascos de caballos sobre tierra. No es su típico rondó porque, cuando la niebla que lo invade todo nos permite distinguir a los jinetes, éstos se dirigen en columna a una única dirección, la del escenario -una enorme planicie- en el que se desarrollará toda la película. Es ahí donde ya galoparan alrededor de todos los otros figurantes de esta colosal organización.
Quizás se distingue de las anteriores por su mayor número de danzantes, por sus coreografías más rítmicas y por unos vaivenes menos bruscos de los personajes.
El plano más espectacular, sin lugar a dudas, el del helicóptero rojo que se lleva y retorna a Electra y Orestes. Un anacronismo óptimo para dejar claras las intenciones de Jancsó, quien aprovecha para soltar una bella proclama -aunque se la lleve el viento- sobre el continuo reinicio de la historia.




El tirano, haciendo equilibrios encima de la enorme bola.



 

lunes, 2 de diciembre de 2024

Salmo rojo

Esta foto me la han censurado y eliminado en FB. Para nuestra tranquilidad, han añadido una pantalla con comentarios para los de la Unión Europea, en la que nos dicen que podemos recurrir a la medida ante los tribunales.


“Salmo rojo” (1972; ayer en la Filmoteca), una de las películas más famosas de Miklós Jancsó, se programaba en las sesiones de los 70 al otro lado de los Pirineos. Por aquí no podía verse por esa explosiva combinación entre canciones y proclamas revolucionarias cundiendo entre la población y jóvenes campesinas mostrando su torso desnudo a las tropas que habían ido a reprimir su rebelión, para que se sumaran a su causa.
Planos secuencias, danzas, soldados y propietarios a caballo, sacerdotes tomando partido, fuego, … Un Jancsó por antonomasia, con sus avances y retrocesos de la historia. Quizás más combativo y expansivo que nunca.
Hoy en día, con todas esas bellas canciones y esas proclamas en desuso, la película me sigue pareciendo de una belleza inusual.




 

domingo, 1 de diciembre de 2024

Siroco de invierno


Seguramente me habré descontado, pero anoche, en la Filmoteca, vi diez cambios de plano en “Siroco de invierno” (Miklós Jancsó, 1970). En cualquier caso por ahí andará. Eso quiere decir que, excepción hecha de las fotos del principio, todo el metraje de la película está resuelto en once o pocos más planos-secuencias, con la cámara moviéndose sin parar. Excuso decir lo que supone eso de trabajo preparatorio y ensayos de actores y técnicos.
Quizás fue la co-producción francesa (primera con Jancsó, creo) la que obligó a añadir a la introducción documental histórica a base de fotografías (un procedimiento ya utilizado en ocasiones anteriores por el director) unos rótulos explicativos, que informan del asesinato, en 1934, en Marsella, del rey Alejandro I de Yugoslavia, tras su fuerte represión a los nacionalistas de los diferentes países unificados tras la I Guerra Mundial, y avisan de la existencia de terroristas dispersos por todos lados dispuestos a atentar.
Quien suponga que con esa explicación del principio ya todo es claro y diáfano, es que no ha visto ninguna película de Jancsó, donde las contradicciones, los cambios de perspectiva, dirección y de bando están a la orden del día. Digamos únicamente que en la película Marko, un héroe nacionalista, se refugia en una casa de la frontera, dónde parece preparar con sus hombres el atentado.
Aún compuesta por únicamente esos pocos planos secuencia, al no ser éstos, salvo en la gran llanura nevada del principio, planos generales tan amplios como en otras películas, posiblemente Miklos Jancsó nos quiere hacer partícipes a los espectadores visualmente de los líos y obstáculos que se entrecruzaban en la época, pero presenta una película que, para mí, pierde muchos enteros respecto a las bellas virguerías que entregó por esa misma época.


 

sábado, 23 de noviembre de 2024

Agnus dei


En la primera escena de “La confrontación” (1969, que con sus repetitivas y muchas sosas canciones no me acabó de convencer pese a sus coreografías y monumental escenario), Miklós Jancsó puso un primer plano de la nuca, a lo Hitchcock, de una chica. A partir de ahí la cámara se ponía en movimiento para seguirla y luego ya iba en libertad en búsqueda de otros puntos de interés.
En “Agnus dei” (1971, anoche en la Filmoteca, donde volverá a pasarse el viernes 29) la cámara ya se pone inicialmente en movimiento sin necesidad de nadie a quien seguir, para no parar en todo el tiempo. Como siempre en Jancsó, seguirá entonces al primer personaje o grupo de personajes de su interés, hasta que se cruce con otro u otros que le suscitan más aún y seguirá sin parar su movimiento con ellos. Y así sucesivamente, hasta el final.
Estas coreografías dan juego aquí a un relato alegórico, con elementos muy simbólicos, sobre una rebelión -se supone que de “rojos”- que tuvo lugar en Hungría en 1919. Llegamos a ver en la trama su final, cómo se sofoca y fracasa, el triunfo de los realistas que dicen han alcanzado ya la paz para siempre (así lo explica una canción que entonan) y la subida de un nuevo líder que parecía más humano pero que acaba con todo en una orgía de violencia y de sangre.
En cada fase de este proceso vemos en cada bando, que van mostrando alternativamente su dominio sobre el otro, en un vaivén constante, a personajes exaltados y a otros conciliadores.
Tres sacerdotes, de diferente carácter, aparecen, pero hay uno, especialmente, que se erige en eje central de todo. Se trata de un cura ultramontano, fanático es poco, totalmente repulsivo, que atemoriza e incita a las mayores salvajadas, temeroso de Dios. De tan acentuado que está mostrado su carácter, me hizo anoche bastante gracia. Cuando ésta muy acalorado, sabiéndose que eso le provoca una crisis no sé si epiléptica, corre a remojarse.
Estoy siguiendo el ciclo Jancsó hasta ver en qué momento el interés de su cine caía en picado, hasta llegar a ciertos esperpentos del final de su filmografía. Creía que eso iba a pasar a partir de “La confrontación”, por lo que ya no confiab






 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Silencio y grito

Encuentros clandestinos en la llanura.

Cuando vi “Silencio y grito” (Miklós Jancsó, 1967) por vez primera (no sé si fue en una sesión del Cineclub Informe 35 conducida por Romà Gubern), me aburrí un montón y no entendí nada.
Vista anoche en la Filmoteca, si bien sin considerarla a la altura de otras de esta época, la he seguido con un interés que no ha resultado insatisfecho. Eso sí: su misma depuración, reducción a sus formas esenciales hasta la exageración, la convierten en una película que no recomendaría nunca a quienes no conocieran previamente a su autor.
Cuesta, desconocedores de los detalles de la Historia reciente de Hungría como somos, hacerse cargo de la situación que, más bien alegóricamente, nos presenta. Por los trajes y uniformes deducimos que la trama figura estar datada acabada la primera guerra mundial. Vemos a unos fugitivos del que se nombra una vez era el Batallón Lenin -por lo tanto comunistas-, que se mezclan entre los campesinos del lugar. Y a unos soldados que emprenden una represión feroz, liquidándolos mediante un claro precedente de la Ley de Fugas u obligándolos a ridículos castigos -como “el salto del conejo”- y, de paso, manteniendo en un continuo temor a la población que, de tanto en tanto, les da refugio, ellos también sometidos a las arbitrariedades de los militares.
Toda la película obedece, entonces, a lo que preconiza su título: un largo silencio (asumiendo y aguantando como sea la represión) y un corto, muy escueto grito liberador.
Pero todo eso presentado con las siempre identificables maneras de Jancsó. Tras un desfile de fotografías de paradas militares con una música que yo diría algo bufa, empiezan una serie de planos por el paisaje rural abierto típico de sus films. En este caso, los campos, algún reducido bosque y un par de granjas -una de ellas haciendo de acuartelamiento- y los terrenos que las rodean son todos los escenarios de las acciones que se nos presentan, seguidas siempre por una cámara en perpetuo movimiento, yendo de unos personajes a otros, que toman el relevo, pero además con ese eterno sentido circular que hace que una acción se dé una y otra vez, se haga y se deshaga.
Como pasa en otras, una cosa buena de estas retrospectivas: los actores, recurrentes, se te acaban por hacer familiares, y descubres, film tras film, que siempre encarnan idénticos personajes, con la única variación de la época, ya sea en el campo de los rebeldes, ya cansados, perseguidos, ya sea en el de los represores.

En la granja en medio de la llanura ocupada y vigilada por las tropas.

Granjas con visitas constantes de los militares.

En el lugar en el que los militares han instalado su cuartel. Lugar de denuncias y burocracia represora.


 

sábado, 2 de noviembre de 2024

Los desesperados

Una mujer llega al establecimiento militar de reclusión.

Donde se hacinan los reclusos, “los desesperados”, todos hombres del mundo rural, que se rebelaron ante su situación de pobreza.

Comida en el patio, con grilletes.

Aunque algún preso se escapara, sería blanco seguro de los disparos de los soldados en la amplia llanura, sin ningún obstáculo para refugiarse de las balas.


Me suelo colocar por las primeras filas de la sala para, captando toda la pantalla, tener una relación más intensa con la película. Anoche, en la Filmoteca, me sorprendí al ver que “Los desesperados” (Miklos Jancsó, 1966) ocupaba toda la amplia superficie de la pantalla de la sala grande, cuando no recordaba su formato tremendamente panorámico, que habría requerido una cierta distancia adicional.
Quiere eso decir que he vivido en mi persona con tensión todo el rebuscado sistema de represión empleado en un centro especializado localizado en medio de una enorme planicie húngara, donde sucede el trajín de los reclusos conducidos de un lado a otro, incitados individualmente a la delación, todo para descubrir y ajusticiar a los cabecillas de una revuelta contra la pobreza rural que se dio en el país en 1867.
Visualmente la película es impresionante, iniciándose con (no he encontrado por internet la imagen) una composición casi abstracta, con tres capas horizontales -cielo, los soldados alineados en la lejanía ocupando todo el ancho, y tierra-, y luego salidas a la amplia llanura donde evolucionan rondós de jinetes militares, las mujeres que vienen a traer comida para los reclusos y estos mismos. Pero ese tono machacón de represión y delación continuas, sin ventana alguna hacia aunque fuera una mínima esperanza, me acabaron pasando factura.
Claro está, cada uno puede interpretar sin ningún esfuerzo mental ese episodio histórico de revuelta y represión con la vista puesta en la situación húngara previa al periodo del rodaje





 

Mi camino a casa



Si “Cantata” era una muy estimable película de los nuevos cines de la Europa del Este, pero no recordaba especialmente los marcados trazos del cine de Miklós Jancsó, su dos años posterior “Mi camino a casa” (1965), segunda pieza de la estupenda retrospectiva, pasada también ayer en la Filmoteca, ya entra de lleno, especialmente en su primera parte, en lo que todos recordamos de Jancsó: ese poder para mover masas corales de gente, e ir sucesivamente de lo colectivo a lo individual y al revés.
Se está llegando al final de la II Guerra Mundial. El ejército rojo ya ha penetrado largamente en la Hungría aliada con los alemanes, y un variado y variopinto número de personas vagan por los campos, huyendo o regresando a sus casas.
Uno de estos es un estudiante de 17 años, que al iniciarse la película vemos gracias a una cámara en continuo movimiento ir con un grupito de ex-soldados por bosques y prados. Con la habilidad del Jancsó posterior, vamos pasando de una acción a otra, de un grupo a otro, con la particularidad que en esta película es siempre para seguir las peripecias de ese único personaje. Hecho prisionero por los cosacos del ejército rojo, que cabalgan con sus caballos de un lado a otro, está a punto de ser fusilado, entra y sale por fortuna de entre un grupo formal de prisioneros, etc.
Por momentos cruza por paisajes deslavazados, post-bélicos, otros por amplios campos de una belleza increíble, que en ocasiones vemos desde helicóptero.
Cuando, transcurrida ya toda su mitad, la acción de la película se estabiliza un poco, localizándose en un único punto, para centrarse en su encuentro y convivencia con otro chico -éste del ejército rojo- al que le asignan como ayudante para cuidar y sacar leche de vacas en un punto aislado y rodeado de minas, aún manteniendo escenas, encuadres y acciones de impacto, para mí la película pierde algo de su altísimo interés, pero en seguida surge un momento de belleza que te resitúa.




 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Cantata

El joven médico, en plena crisis de crecimiento

El doctor de viejos métodos, al que creía haber derrotado.

En el café de moda de Budapest.

Me había planteado dejar un tiempo de publicar cosas, al menos hasta que finalizase esa desesperación de ir viendo incrementarse la brutal cifra de fallecidos que han ocasionado las crecidas de los ríos pero, dado que no puedo hacer nada para solucionar eso y el terrible dolor que se va expandiendo, desesperándome por mi parte ante la constatación de que
-en vez de intentar paliar los efectos de los desastres naturales, la humanidad está empeñada en añadir por su cuenta desastres de todo tipo.
-en vez de apostar por buscar vías de actuación ante los peligros, se incide, con la acción humana, en agravarlos.
-da la impresión de que la contemplación y mostración del dolor y el azuce del odio sean la primera prioridad ante unos hechos como los acaecidos.
-los medios de comunicación parecen revivir con la reiteración de imágenes y relatos del drama.
pues he decido seguir actuando como hasta ahora, en mi burbuja.
En este sentido, este mes en la Filmoteca están previstos tres ciclos de cineastas de los que no me quisiera perder sus películas que aún desconozco… y unas cuantas más de las que ya he visto anteriormente. Son los de:
-Miklos Jancsò
-Ermano Olmi
-Nicolás Pereda (en sesiones de L’Alternativa).
Y ayer empezó el primero, con la proyección de “Cantata” (1963), reafirmándome tras verla en mi decisión de intentar ver lo máximo posible de la estupenda y muy loable retrospectiva programada.
No es “Cantata” representativa del cine que más fama dio a Miklos Jancsò, al que ahora la gente acude, según he constatado, porque Bela Tarr lo ha señalado en varias ocasiones como su maestro. No hay en ella esos movimientos rítmicos de masas, esa cámara en continuo movimiento entremezclándose con unos personajes que poco a poco se fueron convirtiendo en modelos.
Sí es, en cambio, una estimable muestra de los nuevos cines de los años 60 de los países del este europeo, abiertos a las modas que llegaban de Occidente (no por casualidad la película empieza con un personaje leyendo un libro francés y otro contemplando un libro de arte contemporáneo, como después vemos y oímos ambientes y músicas nacidas a este lado de lo que se llamó el telón de acero) pero con sus propias características específicas, con una fotografía en blanco y negro muy característica y notable.
Tres entornos -tres ambientes- se suceden en el metraje:
-el de un hospital aislado, con sus jardines, en el que asistimos a la angustiosa tensión por una operación a corazón abierto pero, sobre todo, a las diferencias entre dos generaciones de médicos.
-el de una enorme modernidad artística y social. Es impresionante el salto que da la narración desde el hospital a un restaurante en el que un pianista toca al piano una pieza de jazz de lo más dinámica. Como también destaca la entrada en el interior de un café que podría ser de película de la Nouvelle Vague… de no ser que a través de sus vidrieras se distingue el muy típico tranvía circulando por el exterior.
-el de un entorno rural, en el que todo da la impresión de desarrollarse como antaño, aunque más desolado.
El nexo de unión entre los tres entornos es un médico de 32 años, introducido en los medios artísticos de Budapest, que va a ver al final a su padre a la casa del mundo rural en el que nació. Y que vive en un momento de despiste total sobre el rumbo que dar a su vida.
Sólo ese último escenario ondulante de un paisaje cerealista se acerca al icónico de las más famosas películas de Jancsó. Pero aún tenemos todo un ciclo por delante para acercarnos.

Proyecciones de cine experimental y de vanguardia, con música improvisada en directo




 

miércoles, 9 de julio de 2014

Los rojos y los blancos


Sobre el papel era el pase de una película más del ciclo de la Filmoteca sobre la primera guerra mundial, presentando un episodio no muy conocido de la guerra entre rusos blancos y bolcheviques, éstos últimos ayudados por un batallón de voluntarios húngaros. Pero la sesión de esta noche de “Los rojos y los blancos” (1967) albergaba en realidad una de las más bellas películas de Miklós Jancsó, con una cámara en continuo movimiento que no para de registrar cargas y avances de caballería gracias a largos travelling desde un coche o helicóptero, ejecuciones sumarias, idas y venidas –avances y retrocesos- de rusos blancos y rojos en persecución mutua, y amplios paisajes a orillas del Volga y algún afluente, sin olvidar desde un heroico –e inútil- martirio grupal coreando la Internacional hasta una delicada secuencia con banda de música interpretando el “Señorita, deme un beso…”, que deriva en un baile entre los abedules con toques de Botticelli.
No obstante, la belleza innegable del film, como me decía un colega, no viene acompañada en esta ocasión de una fuerza explicativa, de una base teórica, a su nivel. Sales convencido, eso sí, de que se trató de una larga y desordenada contienda en la que se cometieron sanguinarios desaguisados por ambos lados (en plan aristocrático por uno de ellos, con masacres similares a elegantes cacerías, pero también con ejecuciones ejemplarizantes que a la vez dejan clara la diferencia de clase entre blancos y mongoles; evitándose in extremis las muertes o en off cuando son provocadas por el otro bando). Pero no queda clara mucha cosa más. Lo que aquí son dos fugaces apariciones del campesinado alcanzará en películas posteriores de Jancsó, quizás dolido por eso, rango de protagonismo.