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domingo, 12 de enero de 2025

Botín cinematográfico parisino


Ya de regreso, mi pequeño botín parisino. Para que no resultara todo demasiado en la línea Positif, me compré un Cahiers du Cinema. El de diciembre, que parecía más atractivo que el de enero.
 

viernes, 19 de julio de 2024

La divine croisière

El plante de los marineros ante el armador.

Un pueblo exhausto.

Ella y el patrón del barco. Él, sutilmente separado de ella por una red.

Marín Karmitz, a través de su “Mk2 Curiosity” tiene la buena costumbre de ofrecer la visión gratuita de películas olvidadas. Es el caso ahora de “La divine croisière” (1929), una película de Julien Duvivier que se pensaba perdida, hasta que se descubrió y restauró en 2021.
Película de ambiente marino, como señala esa primera imagen de unos veleros sobre los que están sobreimpresionados sus títulos de crédito, un rótulo te informa de la situación de partida: en un castillo (veremos su exterior e imágenes interiores de sus grandilocuentes arcos neogóticos y bellos picados sobre su adamascado pavimento) de un pueblo costero vive un armador que ha enriquecido con malas artes y es odiado por todos y su hija, que conserva, en cambio, la amistad con los de su antigua clase.
La sesión se estructura en dos navegaciones, una primera expedición en un barco en malas condiciones, al que ha obligado a zarpar el armador, y una segunda la de otro barco que sale, pasado el tiempo, en busca de la tripulación del primero, cuando la hija del armador ha tenido una visión, trasmitida por la Virgen, de que siguen vivos.
Todo eso da para una serie de momentos bellos de ver, como el del primer barco saliendo del puerto, tras la bendición del cura, sólo propulsado por el viento, que tensa sus velas, o la procesión de las mujeres del pueblo, con ropas tradicionales, en rogativa por los ausentes.
Y, desde luego, por una serie de vistosas aportaciones de Duvivier, en forma de escenas paralelas (como las del plante de los marineros, negándose a embarcar, frente a los perros persiguiendo a quien, desesperado, ha atentado contra la vida del armador), pantallas multiimpresionadas (ver foto) para dar a entender la mente perdida de ella por la desesperación de sentir a su amado perdido, travellings como el que muestra la magnificencia de la mesa de un banquete en el castillo siguiendo el acto de ir un camarero escanciando vino copa tras copa.
También planos muy bien calculados, como el de la pareja, él tras una red (ver foto) separado de ella, por prohibición del padre y premonición de la futura separación y naufragio. O hasta las imágenes del segundo velero, viradas en azul para simular ser nocturnas, que casi recuerdan al barco de Nosferatu.
Pero lo que más destaca en la película, en mi opinión, es la proliferación de primeros planos de rostros muy ortodoxos, es decir, para tomados para captar y hacer ver su más mínimo matiz psicológico, de acuerdo con la escena de que se trate.
La única lastima es que la historia, muy lineal, parezca propia de sesión parroquial, con transfiguración de cuadro de la virgen, devociones, agradecimientos divinos y hasta eso de querer hacer simpático al emprendedor y algo rechoncho cura que acoge a niños huérfanos, que me ha recordado sobremanera -en lo físico y en sus acciones- a un famoso rector poeta que era la fuerza viva número uno de Tona por los años 60 y 70.

De entre el festival de primerísimos primeros planos.

La mente de ella descompuesta, ilustrada con una serie de multiimpresiones.

Un marinero con cara de pocos amigos…



La hija ya no tolera a su padre.

Y pintando la virgen de la “Stella Maris” que le trasmitirá una visión.

La procesión.




Mr. le curé.
 

sábado, 22 de octubre de 2022

Marie-Octobre


Si tengo endiosado a Julien Duvivier es, sobre todo, por su “Au bonheur des dames” (1930). Pero teniendo la oportunidad de ver su “Marie-Octobre” (“Cena de acusados”, 1959; en TV5Monde) no le hice ascos, aunque sólo fuera para seguir las performances de algún renombrado actor de la troupe del film.
Ahí están, por ejemplo, Danielle Darrieux (en gran dama del mundo de la costura, dando su personaje nombre a la película), Bertrand Blier, Paul Meurise (imponiendo su imponente presencia), Serge Reggiani (que casi canta junto a un piano) o Lino Ventura (en el papel de un propietario de una sala de striptease que había hecho lucha libre…), todos ellos y otros cuantos reunidos en un Chateau aparentemente para conmemorar quince años después la muerte de su líder en el grupo de la resistencia del que formaban parte.
Es el título español, sin embargo, el que explica mejor de qué va la película, porque si se reúnen 15 años después los once miembros de la red de resistentes deshecha en 1944 es para desentrañar cuál de ellos fue quien cometió la traición que llevó a la muerte de su líder…
La película entra dentro, pues, de ese grupo de films, en general muy apreciados por el público, que comportan, según se dice, la fijación del carácter psicológico de cada uno de sus personajes. Pero aquí, sin verse demasiado la lección moral que quiere destacarse, como en las tramas basadas en Ágata Christie, todos parecen, en uno u otro momento, tener posibilidades de ser el traidor.
Y es en este punto en el que llego a entender los reproches de los cineastas que formarían parte de la Nouvelle Vague respecto a Julien Duvivier. No es que no destaque la puesta en escena de la película. Al contrario: salvo unos títulos de crédito muy “langianos”, en los que se ve el recorrido de un coche al anochecer por una carretera bordeada de árboles, todo se desarrolla en el decorado que figura ser una elegante sala, enorme, con techo, mostrado éste por una cámara situada en una posición muy baja, que obtiene planos en contrapicado de los personajes muy peculiares. Y todo el film se convierte en una laboriosa coreografía con sus actores en evolución uno a uno (grupo expectante los demás), desplazándose mucho, atrayendo el movimiento de la cámara.
Hay, entonces, puesta en escena hasta en exceso, pero -o así lo veo yo ahora-, es todo lo contrario a esa espontaneidad buscada por los de la NV, que se exprimían las meninges para obtener una sensación de realidad… que aquí se busca mediante el completo artificio.


 

martes, 7 de diciembre de 2021

Julien Duvivier habla en 1959


Julien Duvivier, que está recibiendo ahora un descubrimiento elogio crítico del que se le desprendió por completo debido a los dardos lanzados contra su cine por los ‘enfants terribles’ de la Nouvelle Vague, protagoniza el dossier de diciembre de la revista Positif. Lo dedican a su mejor período: la etapa que va del mudo al sonoro.
En el dossier destaca una entrevista aparecida en Cinémonde en septiembre de 1959, una época en la que Truffaut y compañía lo habían convertido en diana de sus diatribas. Es divertido ver como todo en ella, preguntas y respuestas, intentan responder a esos ataques. Varios ejemplos:
-Cuando le preguntan que qué opina del título de primer artesano del cine francés que parecen otorgarle responde, muy cabalmente, que (traduzco a mi aire) “creo que esa virtuosidad técnica es la recompensa de un espíritu innovador, puesto que para adquirirla he debido inventar leyes que no existían cuando debuté en esta carrera”.
Artesano llamaban los de los primeros Cahiers du Cinéma a los realizadores que no llegaban al estadio de “autores”. Por eso mismo Duvivier dice entonces que “independientemente de los que hayan podido ser mis colaboradores, me considero responsable de los films que he firmado”.
Aunque la “autoría” reclamada por los de Cahiers se refería a otra cosa, saca también un denominador común de los films que considera sus mejores: “cuentan historias de amistad y solidaridad, están tintados de pesimismo e ilustran un cierto número de temas que me conciernen mucho, como la maldad de la multitud, la vanidad del esfuerzo, la crueldad del destino y la imposibilidad de escapar de éste”.
Sobre esa “cualidad” que se señalaba en esa época a los films de la NV, la improvisación, osa decir que “pese a que está claro que existe una cierta improvisación en el momento del rodaje, necesaria para adaptarse al decorado, la luz, la personalidad del actor o descubrimientos de última hora, considero que la improvisación por la improvisación es deshonesta, puesto que cuesta muy cara y un director no tiene derecho a olvidarse del coste de su film. Cuando llego al lugar de rodaje, sé lo que quiero. No creo que sea un defecto, sino más bien una cualidad”.
Y en esta línea sigue.
Para los que han descubierto este periodo inicial de Julien Duvivier, sobre todo gracias a su magnífica “Au bonheur des dames”, dejo aquí su respuesta a la pregunta que le hacen sobre los films que realizó entre 1920 y 1930 a los que aún otorga importancia:
“Me acuerdo de un “Poil de Carotte” (1925) y también de un ‘suspense’ llamado “Le reflet de Claude Mercoeur” (1923), así como de una versión muda de “Au bonheur des dames”.


 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Madame Colibrí

Ante el espejo.





El despacho del marido, donde trabaja el hijo mayor.

Padre e hijo en acción, en plano cenital.



El baile de carnaval.

Y el tiempo, a lo cenicienta, pasando por él.

Pasado el baile, el recuerdo en él de la música del baile en que la encontró.

Y el recuerdo para ella, en casa, del baile en el que lo encontró y se dio el “coup de foudre”.

La música…

La discusión familiar. Ella se saca el yugo familiar.

Y parte a encontrarse con él, que parte hacia el ejército colonial dos años.
Un año después de esta “Madame Colibrí” que se puede ver vía YouTube (enlace abajo), Julien Duvivier hacia la extraordinaria “Au bonheur des dames”. Tras haber visto la primera, un melodramón desatado en la que prevalecen finalmente las buenas obras y el orden establecido, me da por pensar que parte del mérito global de la segunda se podría poner en el haber de Zola, autor de la obra de base, que no admite comparación, creo yo, con el autor de la primera.
Pero dejando un poco de lado -ya sé que es mucho dejar- el argumento de “Madame Colibrí” (la baronesa, desatendida por su marido, conoce en un baile a un amigo de su hijo mayor y huye con él para llevar una vida colonial… hasta que la diferencia de edad empieza a acusarse), la película tiene unos cuantos aciertos formales incuestionables, que te dejan admirado.
Estamos ya en 1929, con lo que Duvivier dispone ya de un lenguaje notorio y, como la película es una superproducción, también de unos medios superlativos. Así, utiliza unos cuantos travellings en exteriores, pero sobre todo se hacen notar los de interiores, correspondientes a grandes salones aristocráticos.
Pero en el film hay, sobre todo, una serie de escenas estilo vanguardia de la época muy espectaculares y en general escenas de gran impacto. Dejemos que sean las (numerosísimas, con pies de foto revelando -ojo- toda la intriga) capturas de pantalla que fui haciendo las que lo demuestren…








La llegada de la (joven) vecina.


Vecina aún no alcanzada por la sombra del tiempo…


Una nueva partida, de regreso.


 

martes, 23 de febrero de 2021

La carreta fantástica

Los alegres y algo aristocráticos amigos, insobornables vagabundos calentándose y comentando lo rastrero de este mundo bajo un puente.

Lo aterrador -realmente muy molesto- ruido de la carreta para sus próximas víctimas.

Un ángel que llega a un amor terrenal.

“La carreta fantástica” (Victor Sjöström, 1921) es una de las más famosas películas del cine mudo sueco, pero ignoraba que Julien Duvivier, conocido por aquí por “Pépé le Moko” (1937) y sobre todo por “La bandera” (1935) -ambas con Jean Gabin)-, que cuenta además con películas tan extraordinarias desde el punto de vista cinematográfico como “Aún bonheur des dames” (1930), había realizado en 1939 una nueva versión, que ahora está pasando por TV5Monde.
Rodada casi íntegramente en decorados de los estudios de Billancourt, sin olvidar las imágenes fantasmales de la carreta -algo macarrónicas- y de su disfrazado conductor, como las que hicieron famosa a la de Sjöström, reforzadas aquí por el sonido chirriante de los ejes de la carreta que tanto obsesionan a sus víctimas, casi se convierte en un dramón sobre tiempos lúgubres, como si supiera todas las desgracias que iban a llegar en los años siguientes a su rodaje.


En el local del ejército de salvación.

Louis Jouvet compone un plausible conductor de la carreta.