jueves, 4 de junio de 2026

Las alas de la paloma


Anoche estuve navegando por Netflix siguiendo la carta de navegar facilitada por Sergio para buscar qué ver y recordando cuando había tenido acceso, hace unos años, a la plataforma: es una de las mejores formas de ocupar el tiempo que, en principio, tenías reservado para ver una película.
Al final vi que había una película de Benoît Jacquot y tuve un cortocircuito: dejé de buscar más para verla. Cuando descubrí que estaba protagonizada por Dominique Sanda e Isabelle Huppert, me reafirmé en la decisión.
“Las alas de la paloma” (1981) es una versión cinematográfica de la novela del mismo título de Henri James. No sé si lo había leído (al menos he comprobado que no conservo por casa el libro), pero hallé en ella, de repente, el rastro del escritor.
Digo eso no por la ambientación casi completa de la trama en Venecia -ciudad que me ha resultado más cercana a lo que fotografiaría un turista cualquiera que al espíritu veneciano de James-, sino por haber dado súbitamente -ya bien entrado en su metraje- con rasgos de esas situaciones de sus novelas en que se dice algo pero sin decirlo claramente, como dando giros alrededor de lo que podría decirse directamente y, por otra parte, con tramas tirando a malévolas, lo que se va comprobando a medida que avanza.
Hasta ese momento sólo había deparado en un realizador, Jacquot, que actuaba como si estuviera saliendo de sus primeros films tan minoritarios para adentrarse en una apuesta decididamente comercial. Algún diálogo, tal como está servido, roza el sublime ridículo, y alguna secuencia me pareció que llegaba a tener el aroma de una fotonovela, cuestión ésta casi confirmada al ver aparecer por ahí, en un pequeño papel, a Jean Sorel, tan de esa estética.
Con todos los peros del mundo, la seguí, no obstante, con mucha más atención e interés que las docenas de películas que pasan habitualmente por ahí como novedades. Y ha sido después cuando he visto del todo claro que, adaptándola a un tiempo actual (pero en el que los turistas no atiborran Venecia y vive gente en sus palacios), su trama tiene efectivamente todos los ingredientes de Henri James: Venecia y sus riquezas (el conocedor local-Michele Placido- que lleva a su bellísima y equívoca turista -Dominique Sanda-a ver la iglesia de Veronés, una heredera multimillonaria alojada en el Danieli acompañada y vigilada por su madrina en su indolente estancia veneciana, un proceso que trastoca dramáticamente las intenciones,…)







 

miércoles, 3 de junio de 2026

Kika


Entre los estrenos en Movistar, una reciente película belga, “Kika” (Alexe Poukine, 2025)
El año pasado, la joven realizadora Alexe Poukine entregaba un documental en el que diferentes estudiantes que optaban a ser personal sanitario “jugaban”, como método de enseñanza, a comunicarse, hasta para lo más terrible, con sus posibles (ficticios) pacientes. La propuesta era divertida… hasta que, poniéndose seria, entraba un poco en materias más propias de un curso de motivación de empresa.
O su pasado debe ir por ahí o algo se le debió entonces pegar, porque Alexe Poukine entrega ahora, con “Kika”, una película -ésta una ficción- en la que su protagonista ha de bregar inicialmente, como asistenta social, sabiendo entender, asumir, dialogar y convencer, dentro de sus más que estrechos márgenes de maniobra, a personas -como los pacientes hospitalarios- que no están pasando precisamente sus mejores días.
Toda esta primera parte de la película es la que, realmente, la hace atractiva, más allá del morbo del recurso a las posibles actividades sexuales bizarras con las que anuncian en su sinopsis se ha de ver envuelta para ganar un dinero que necesita imperiosamente cuando las cosas le van mal dadas (cuestión que no tiene lugar hasta muy, pero muy, avanzada la película).
Y si toda esa mitad se ve con interés es -al menos así ha sido en mi caso- por dos principales razones: La primera, por su actriz protagonista, Manon Clavel, con la que, dada su naturalidad, es fácil empatizar y luego tener ganas hasta de echarle una mano. La segunda, por los saltos entre escenas (no culmina prácticamente ninguna, que debemos imaginar) y las enormes elipsis con las que va avanzando la acción, dejando de lado engorrosas situaciones que la acercarían a un sensacionalismo no buscado.
Y eso mismo es lo que, me da también la impresión, empieza a escasear en la segunda parte, culminando en una escena en la que toma unas cervezas con unas trabajadoras del sexo, que rompe, para mi gusto, esa barrera que tan positivamente había conservado hasta entonces.
Porque ella se ha ido introduciendo en ese mundo de las BDSM (siglas cuyo significado he debido ir a consultar), hasta que tiene una conversación reveladora con un cliente que desencadena en sus espectadores la percepción de que no sólo la primera parte del film (donde había dado muestras de ello) obedecía a un sólido guion, sino que, viendo cómo una acción de esta parte final corregía otra en sentido contrario de la primera parte, esa característica se podía aplicar al film entero.








 

martes, 2 de junio de 2026

La morte-saison des amours


A poco de iniciar ayer “La morte-saison des amours” (Pierre Kast, 1961; en Netflix) me vi a mí mismo ante una película del tipo de las que buscaba y me satisfacían en cuanto descubrí la existencia de la Nouvelle Vague.
Una pareja joven -él escritor- va a vivir al impresionante lugar en el que Ledoux construyó la perfectamente diseñada Salina Real. Incluso se instala a vivir en uno de sus edificios y, naturalmente, pasea entre ellos. Un sitio en teoría perfecto para que él pueda desarrollar, aislado de todo, su escritura. Pero, en sus visitas al bar local, conoce al cacique local (Daniel Gelin) y a su mujer, y todo se da para que campen en todas las direcciones “les liasons amoreuses”, que me ha parecido ver escrito como subtítulo o argumento de fondo en sus títulos de crédito.
¿Y qué me llevaba a la querencia de películas como esta? Su misma estructura, con esas escuetas voces en off, pero que sin embargo dan cuenta de los pensamientos de sus personajes y de su evolución; el caserón en que figuran vive el conquistador, político y terrateniente, que creo haber visto también de otros rodajes de la época; la música de Delerue, aquí explorando la del siglo XVIII, cuestión ésta que enlaza con la siguiente razón; el siglo de las luces y, a la vez, su espíritu libertino, librepensador…
Todos, y todas, parecen seguir las enseñanzas de Casanova, desde ese benefactor de jovencillas con las que monta a caballo hasta ese escritor mal crecido, pasando por todas las amantes actuales o anteriores del político y latifundista, o la misma mujer del proyecto de escritor, que emprende pensativa paseos por la casa y los espacios exteriores con una falda plisada a cuadros muy años 60.
Y para asegurar ese espíritu (intelectualmente) libertino, basta ver que en una de las conversaciones se discute con vehemencia sobre Françoise Sagan (que está claro marcó una época) o comprobar el tipo de soluciones (impensables sólo unos años antes) que ofrece a los problemas planteados.
Como no he encontrado ninguna captura de imagen de la película con obra de Ledoux, pongo una de internet, de cuando ya, años después, se restauró por completo. Aunque lo quizás más significativo es su distribución geométrica en el espacio, y ésta no aparece…



No es un fotograma de la película, sino una de rodaje.









 

Pele nómada






¡Qué extraordinaria ciudad es -quizás debiera decir con mayor propiedad era- Lisboa! Eso pensaba mientras veía el capítulo en el que sale un barrio de callejas lisboeta por el que pasó la sede de un grupo artístico portugués, el Atelier Real, al que se dedica “Pele nómada” (Joäo Fiadeiro y Aline Belfort, 2025), el que me ha parecido el documental más visible (1) del grupo de Docs Lisboa que presenta CaixaForum+.
El documental vuelve, con acciones ahora recreadas, a las diferentes sedes por las que el grupo desarrolló su actividad, y eso puede interesar a esa excelsa minoría que está atenta a expresiones artísticas contemporáneas.
Pero a mí lo que me ha gustado hasta casi entusiasmarse es, además de los acercamientos a las diferentes sedes de teatro experimental en su decrépito estado actual, acusando el paso del tiempo, la amplísima introducción inicial, que recorre calles de estrechas aceras y calzadas de esos pequeños adoquines típicos portugueses, pequeñas casas forradas con fachada de mosaicos, talleres como los que un día tuvo el barrio de Gracia de Barcelona y hasta un honesto figón de la familia del narrador que por milagro aún no han caído víctimas de la gentrificación.
Véanse para comprobarlo algunas de las fotos que me he tomado la molestia de hacer después de la proyección, rebobinándola.
(1) Si no fuera por el molestísimo retraso de sus subtítulos, que no he sabido de ninguna forma sincronizar…




















Recreaciones actuales de las obras antiguas, en los espacios ya abandonados.