sábado, 17 de octubre de 2026

El huerto de Ágatha (Amalie Atkins)


Una menguada, con la cerviz muy vencida, mujer, entrada en mucha edad, camina decidida por el borde de una carretera, junto a un amplio campo de cereales. Se trata de Agatha, la prácticamente única protagonista de “El huerto de Agatha” (“Agatha’s almanac”; Amalie Atkins, 2025; en Filmin).
Una amiga, Pruden, me estaba insistiendo estos últimos días en que la viera y, una vez hecho, entiendo perfectamente sus razones: Hay algo en la película que remite a los cuidadosos y ordenados detalles que presiden una mercería, y no en balde Pruden le dedicó todo un delicado libro a los elementos que se trajinaban en uno de esos establecimientos.
Agatha parece llevar ella sola, ya con pocas fuerzas pero con constancia y gran habilidad, método y orden (esos planos que nos muestran los miles de inscripciones escritas en “cinta americana” y pegadas para identificar cada elemento e indicar su precisa utilización) su inacabable huerto y el aprovechamiento en confituras y demás las cosechas que de él obtiene.
Me gusta más el título original, porque juega con el paso de los días del año y los trabajos asociados a cada uno de ellos, como esos calendarios antiguos que indicaban las frutas , santos y acontecimientos de cada época.
Imposible no empatizar con esa obstinada mujer, empeñada en ir efectuando los trabajos cotidianos asociados a su jardín y registrando las enseñanzas acumuladas.








 

viernes, 16 de octubre de 2026

Límites (José Luis Guerin)

Marina Garcés y Albert Lladó, un poco antes de la charla pública, hablando con José Luis Guerin, quien no quiso saber previamente qué le iban a preguntar y, así, mantener la sorpresa y más fresca la sesión.

A veces, para pescar un poco de pensamiento provechoso, hay que desplazarse a la periferia, como la que en algún momento fue Nou Barris (hoy, curiosamente, el sitio al que me voy a referir, que en su momento fue algo tan retirado de la vista y el conocimiento como un manicomio, es uno de esos contados puntos de centralidad, con actividad real, de la ciudad).
Digo todo esto porque ayer Marina Garcés y Albert Lladó, encuadrando el acto en la Biennal del Pensament, conversaban en la Plaça Major de Nou Barris (junto a la sede del distrito, instalada en una parte de lo que fue el inmenso Institut Mental de la Santa Creu, en Sant Andreu) con José Luis Guerin sobre el concepto de “Límites”.
Siendo ese el concepto a discutir y dado que, como vi luego, era además entendido en su aspecto territorial, que no personal, fue natural que le preguntaran mucho sobre su última película, “Historias del buen valle”, no por casualidad rodada en ese barrio barcelonés tan alejado del centro como es Vallbona.
Explicó José Luis Guerin alguna cosa que a la fuerza ya había mencionado en la larguísima tournée promocional de la película, pero recalcando aspectos curiosos, que vale la pena mencionar.
Corrigiendo a Albert Lladó en su presentación, señaló que llegando a Barcelona en coche por la autopista que viene de Francia, lo primero que te recibe es una pancarta colocada en el Puente de Sarajevo que da la bienvenida a la ciudad, pero resulta que “ya has dejado atrás Vallbona, que ha quedado descartada”. Precisó al poco rato que, saliendo por esa misma autopista, el único sitio en que se podría divisar Vallbona sería cuando aparece una gasolinera, pero dos grandes paneles publicitarios a su espalda lo obstaculizan. Y tuvo gracia entonces su recuerdo histórico de “la ciudad Potemkin”, esas fachadas de atrezzo que colocaban en San Petersburgo para que la zarina no pudiera contemplar la miseria que ocultaban.
Recordó dos ideas que llevaba en la cabeza cuando empezó a trabajar en la película:
-que todas las ciudades, en un principio, se construyeron sobre el campo.
-que en cualquier sitio pueden encontrarse ecos de la aldea global (en Vallbona -y en la película- se oyen más de diez lenguas diferentes…).
Pero que no ocultaba que, al visitar el barrio, se encontró con un espacio totalmente mudo, sin gente, haciendo sentir una desolación absoluta… Que no venció el golpe hasta que descubrió que debía adoptar la mirada de quienes ahí vivían, y que fijándose en lo que veían y cómo lo veían fue como encontró la elocuencia hasta entonces mancante de esos lugares.
No podía faltar alguna anotación sobre su forma de trabajar en la elaboración de una película como esa. Mencionó la confusión que veía en ocasiones en sus alumnos, que confundían lo visible con lo real, cuando -comentó- lo real no siempre es visible. También, la cantidad de cineastas que se lían un montón rodando tramas de lo más enrevesado, sin darse cuenta de lo que tienen delante de sus ojos. Y acabó, en este apartado, recalcando su método de trabajo, de no partir de nada preconcebido (nada de guión), sino ir captando lo que le ofrece su alrededor, verlo y trabajarlo en el montaje, lo que le lleva a replantearse cosas, quizás a rodar algo más, etc.
Surgió un clásico suyo, pero muy pertinente, como es la distinción entre los hacedores de reportajes y los verdaderos cineastas. El reportero de televisión da señales en muchas ocasiones de que su tiempo le parece más importante que lo que le rodea. En ese sentido el cine podría y debería actuar de contrapoder de la televisión, mirando de cerca, con humildad, dispensando tiempo, como ya hizo Flaherty para llegar a su “Nanouk el esquimal”.
Otra acotación sobre el cine vino de evocar el nombre dado por los Lumière a su invento, frente a otros (Vitascopio, bioscopio) de sus competidores, que decían dar a ver con él la vida. Los hermanos franceses escogieron Cinematógrafo, esto es, escribir el movimiento: consideraban que era fundamental el proceso de escritura, que obviaban los demás.
Correspondiendo no sé si al debate o a la respuesta que dio a una pregunta del coloquio final, apunté en la tableta que también me sirvió para captar las imágenes que cuelgo esta máxima, que va en realidad a la esencia misma del cine: “En todo buen cine, la nobleza está en el momento en que la cámara no muestra lo que se narra, sino que es el espectador el que lo construye en su cabeza” (y evocó ahí a la impresionante “Shoah”: poco antes, recordando el magnífico pozo que decía un personaje de la película que había en su parcela, valorando la presencia en él de una anguila, todos recordamos como, viendo en su día la escena, visualizamos en nuestra cabeza a esa anguila evolucionando en sus aguas).
Un cándido asistente, ya acabando el turno del público, le preguntó qué película haría si pudiera disponer de todo el presupuesto que quisiera, sin limitaciones, y puso en un brete a José Luis Guerin, que se las vio y deseó para encontrar una respuesta. Al final recordó lo que había visto el día anterior -y tantas veces- en los telediarios y dijo: “Una película sobre los bedeles que sirven agua en el Congreso, inventando nuevas imágenes a esas tan repetidas”. Explicó en seguida que era una broma, extendiéndose en que era consciente, como todos los directores del momento, que no existe hoy en día ese concepto de ofrecer llevar a la pantalla una idea a un productor y que sea éste el que provea todo lo necesario, pero me relamo sólo de pensar la película que podría hacer sobre los bedeles del Congreso…
Para acabar. Se ve que a los protagonistas de las sesiones de este “Desencadenar el presente” de la Biennal del pensament les advierten que al final les exigirán una pregunta para que el domingo, en un encuentro de cierre especial, con la gente que asista, vayan abriendo (literalmente) melón a melón con cada pregunta. Después de definir la petición como una canallada, Guerin lanzó su pregunta para abrir el melón correspondiente. Vino a decir que siempre vemos el poder como algo ajeno, fuera de nosotros, y que su pregunta era cómo gestionar nuestro poder cotidiano que, desde luego, también tenemos.


El escenario montado junto a la sede del distrito. A la izquierda, una de las peinetas que inicial en Parc del Mig de Nou Barris.


En el patio de la sede del distrito. Jose Luis Guerin viendo muy interesado las fotos de la exposición "El dret a la ciutat: Els barris de muntanya de Sant Genís a Trinitat nova".

Y es que la primera que vio fue ésta de Carles Cardoner en la que se ve a unos vecinos recogiendo el material cedido por el ayuntamiento para instalar ellos mismos en su barrio el sistema de alcantarillado del que adolecían. Se trata de Roquetes, pero podía haber sido también Vallbona…

Muy contento viendo otra coincidencia con Vallbona: los tranvías antiguos que sirvieron un tiempo de escuela.

Ya anocheciendo, acabando el acto.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

Chris Marker (Le livre impossible) (Maroussia Vosser)


Si Sergio se lamentaba de que las memorias de Max Ophuls le aportaban bien poco sobre su forma de hacer cine, no sé que diría de este libro dedicado a Chris Marker por una persona muy próxima a él.
A Maroussia Vossen vamos a llamarle, por lo que en el mismo ibro cuenta, algo así como hija adoptiva del famoso documentalista.
Maroussia, ella misma artista y coreógrafa. le dedicó en 2016 (Le Trípode) un libro medio escueta biografía, medio diario personal de recuerdos y sensaciones tras su muerte, todo él compuesto de cortos párrafos, de unas seis líneas cada uno.
Da, en todo caso, para ratificar lo poco que trascendía de la vida del personaje, dejándolo rodeado de misterio. Entre las cosas que dice Maroussia, ésta que de cría nunca sabía donde vivía y le tenía que escribir siempre a una lista de correos; que su familia no fue sino cuando murió que se enteró de que se trataba de alguien notoriamente célebre, o algo quizás sabido pero para mí desconocido por completo: que fue durante un tiempo secretario de Antonin Artaud.
Poca cosa más trasciende: lo que más o menos ya sabíamos de que vivía rodeado de pantallas encendidas de forma continua, igual que consultaba en todo momento periódicos, revistas y correos electrónicos; que, muy amigo suyo, le hizo acompañar al funeral por Tarkovski y que nunca lo había visto tan emocionado; que le enviaba postales de todos los puntos del mundo, con al menos un mensaje evidente, pero siempre un par de ellos escondidos; que tenía a Mompou como uno de sus compositores contemporáneos preferidos, como en otro tipo de música optaba por Eno y, por supuesto, Bill Evans y Miles Davis.
Y bien poco sobre su propia obra: que no quería saber nada de “Cuba, sí” ni de su magnífica “Lettre de Sibérie”, mientras que hubiera deseado que se conociera por encima de todo su única novela, “Le coeur net”, dice Maroussia que posiblemente inspirada en novelas de Saint-Exupéry, a quien tenia en gran estima.
Tras la lectura del libro, Chris Marker sigue siendo un personaje, si cabe, más misterioso.



 

martes, 13 de octubre de 2026

Les mille et un jours du Hajj Edmond

Daniela Rosenberg, directora del festival de Cine Judío, Simone Bitton y la traductora del francés, ayer, en la sala Chomón de la Filmoteca.



¿Cómo no sentir sino vergüenza al tener que reconocer, después de teóricamente haber visto mucho cine durante toda la vida, que yo previamente desconocía la cuarentena de documentales que dice haber hecho tamaña directora?
Simone Bitton presentó personalmente y atendió al coloquio de su “Les mille et un jours du Hajj Edmond“ (2024) anoche en la Filmoteca, dentro del Festival de Cine Judío, que le dedica un mini-ciclo. Ésta es su última película realizada por el momento, dentro de una producción exclusivamente de documentales que realiza lentamente, pues calcula que últimamente hacer una película le lleva unos cuatro años.
Antes de la proyección, en una corta presentación, advirtió que ésta era una película muy diferente a las suyas anteriores, pues por primera vez ha hecho un film en primera persona, un film no intimo, pero sí muy personal. (Y aquí se sonrió reflexionando que le asombra ver a tanto cineasta novel que desde su primera película hace un film de este tipo, mientras que a ella le ha costado 49 años decidirse a ello.
¿Y qué es esta película que me ha impresionado tanto, pareciéndome admirable? Simplemente, “un film-carta”, dedicado “a una persona mayor que ella, que cuenta mucho para ella”. Es su primer film-carta, mientras que confiesa pedirles siempre que desarrollen uno a sus alumnos de documental. Y está dedicado a un judío marroquí, como ella misma dice, “una identidad en vías de desaparición”. Pero no un elemento cualquiera de esa identidad, sino una persona muy sencilla y popular y, a la vez, gloria nacional de la literatura marroquí, exiliado a París, de donde no volvió a vivir a su país hasta sus últimos años: Edmond Amran El Maleh, según las palabras de Simone Bitton nacido con la revolución rusa (1917) y muerto con la revolución árabe (2010)”.
La película sigue, gracias a documentos personales encontrados o aportados, la vida de ‘Hajj’ -como familiarmente le llamaban sus amigos- desde la cosmopolita ciudad de Casablanca de los años 30, entonces con 30 sinagogas y una elevada población judía, que llevaba buena parte de su comercio, como sus padres, notables comerciantes que disponían de un impresionante edificio en el Boulevard París, con un patio interior rodeado de galerías, hoy dedicado a los turistas, pasando por su actividad (y luego abandono) en el Partido Comunista Marroquí (y sus colaboraciones con seudónimo en el diario Espoir), su exilio en París (con sus recepciones en su apartamento del Boulevard de Monparnasse 144 y su boda con su inseparable compañera) y su final retorno a Marruecos para acabar residiendo en Essaouria (en contacto siempre con los medios artísticos e intelectuales del país).
Pero, a la vez, la película, a base de una cámara serena, habitualmente fija, sin mostrar ninguna brusquedad, interroga a sus diferentes amigos sobre la personalidad del escritor y les hace leer un trozo de alguna de sus obras, revelando entonces a un hombre de una humanidad a raudales y un escritor, desde su inicial “Parcours immobile”, de categoría, inmenso. Un proceso éste en el que también nos hace descubrir casas privadas antiguas y actuales, talleres de artistas, hermosos cafés, semiabandonados cementerios marinos, etc., todos ellos increíbles.
La forma poética de hacer de Bitton en esta película me ha recordado en ocasiones a la de dos cineastas muy amigos entre sí: Chris Marker y Àgnes Varda.
Quizás el mejor resumen de lo que vimos anoche se lo oí decir a Daniela Aparicio, cuando tomó el micrófono en el coloquio para agradecer a la directora su película y preguntarle una serie de cuestiones sobre situación social y política que (los suyos, quizás no bien entendidos del todo, pero sobre todo los de otra espectadora posterior) me dio la impresión que le incomodaron un poco, pues esperando ella como esperaba hablar de las atmósferas que había intentado retratar con su película le hacían actuar como la politóloga que era definiendo la situación política actual, de la que ya había mostrado, sin estridencias, todo lo que sabía.
La frase / definición de Daniela que tanto me gustó como definición de la película vino a decir aproximadamente que la película era un homenaje a esa humanidad que, a pesar de todos los pesares, aún existe. Y es que algo parecido va sacando de la película cualquier espectador, maravillándose tanto del recorrido del destinatario de la carta como de esos artistas, escritores, que, actuando en sus refugios, dan fe de vida hasta en el panorama más hostil.
En el coloquio posterior Simone Bitton tuvo tiempo para indicar que había rodado la película antes, pero que empezaba a montarla (y el montaje, dijo, es la fase donde se configura sobre todo una película como ésta) en octubre de 2023, cuando empezaron a suceder en la Palestina donde ella tanto ha trabajado, los horribles hechos que aún nos conmueven. Aunque desfallecida por lo que iba sabiendo de todo un genocidio, se dijo entonces que era precisamente en ese momento cuando voces como la suya, diciendo lo que dice, eran más importantes que nunca, precisamente en un tiempo en el que Marruecos e Israel empezaban a vivir una luna de miel. Que no podían dejar su identidad raptada por gente que comete tales atropellos, aunque sean mayoritarias sus posturas.
Y su reflexión: “es misión del documentalista guardar las huellas, la memoria. Hay muchas ruinas en mi trabajo. Filmando ruinas judías en Marruecos tengo la sensación de haber filmado ya eso en Palestina. (…) Se da una paradoja sangrienta en que nosotros, exiliados de nuestro país, desalojemos a otros en Palestina, produciendo un nefasto reemplazo, que no encuentro cómo definir, una especie de y tragedia shakespeariana, gravísima.”
Según la directora, esta bella película coproducida de forma mayoritaria por Marruecos, se ha pasado en dos ocasiones por la segunda cadena marroquí, con gran éxito de audiencia. La primera de estas ocasiones se contabilizaron 1,5 millones de personas viéndola.
Si alguien quiere ver la película, la puede encontrar en la plataforma gratuita, abierta a todos, Tv5Monde.
Y hoy vuelve a la Filmoteca Simone Bitton a presentar dos de sus películas anteriores… a las que por otros compromisos no podré acudir. La rabia de no poder estar en todo…










 

lunes, 12 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez


He dejado pasar un tiempo desde la muerte de Gonzalo Suárez, que me pensaba que muchos más reseñarían, evocando sus recuerdos. Al final he podido ver, sí, artículos como el de Fernando Trueba, que lo tenía como un auténtico faro.
Vi con placer, al margen de sus mucho más libres primeras, alguna de sus alabadas películas posteriores, como “Remando al viento”, pero si he de explicar quién fue el Gonzalo Suárez que me asaetó su dardos de lo lindo, haciéndomelo buscar con ahínco, ese fue el autor de sus primeros libros y las adaptaciones que se hicieron de ellos. Era algo por lo que nunca había transitado. Narraciones dinámicas, llenas de suspense, a la vez que desconcertantes, que se leían en un suspiro. Nadie había escrito así antes.
El libro que por casualidad me lo acercó fue “Trece veces 13”, con una cubierta de amarillo chillón que me debió llamar la atención la noche que lo vi en la librería del Drugstore del Paseo de Gracia. Ahí había trece narraciones torrenciales, a cada cual más loca, pero dejando poso. Como ya había leído ese libro y alguno otro suyo, pesqué inmediatamente de dónde venía ese “loco del pijama” del “De cuerpo presente” de Antonio Eceiza, como supe que en esos primeros Aranda, “eso que pasó en Londres” de “Fata Morgana” o esa historia increíble de “Las crueles” no podía sino provenir del gran Gonzalo Suárez.
Busqué y fui comprando todos sus libros, escarbando hasta dar con la rara “Los once y uno”, firmada por su alter ego periodístico Martín Girard. Las siguientes ya aparecieron en editoriales que atestiguaban que la lluvia había calado. “Rocabruno bate a Ditirambo”, también muy buena, salió en una colección de bolsillo, con Edhasa. Y no digamos “Operación doble dos” o “Un gorila en Hollywood”, que lo hicieron en Planeta.
Lo mismo pasó con su cine. La inventiva visual que hay en “Ditirambo vela por nosotros” y “Ditirambo” lo emparentaría con cierto cine de vanguardia, dando solidez a la Escuela de Barcelona. Luego me acuerdo siguiendo vía el Fotogramas esas declaraciones suyas diciendo que iba a hacer un ciclo de películas con guión de hierro, para caer en un cine mucho más establecido tras el fracaso de todos esos intentos, alguno de los cuales entusiasmaron a Sam Peckinpah, personaje que se convirtió en uno de los protagonistas de sus entrevistas y de su obra literaria posteriores. En “Reina Zanahoria” reaparecían sus personajes literarios en una trama y planificación loca que me dejó a medias y fue “Epílogo”, seguramente, su intento más serio de trabajar con Rocabruno y Ditirambo. Aunque quizás ya estaba entrando en un cine formalmente muy cuidado, que mantenía puntos de tensión muy suyos, pero sin ser ya el tobogán emocional que me supuso el suyo inicial.
Si hubiera mantenido su residencia en Barcelona habría sido, sin dudarlo, un candidato seguro para las monografías que durante 28 años hicimos Martí Rom y yo para el Cineclub Associació d’Enginyers. Pero por problemas logísticos ligados a la distancia fue imposible.
Lo pude saludar en persona una única vez. Me hubiera gustado curiosear su famosa casa asturiana, que imaginaba como un paraíso tropical, pero fue aquí, en Barcelona. Me lo presentó su hija, Anne-Hélène, en la Filmoteca, a donde había venido a presentar una película. Le comenté que le había estado intentando localizar, escribiéndole a todos los lados a mi alcance, para ver si quería y podía escribir unas líneas en la monografía que en su momento estábamos haciendo sobre Joaquín Jordá, pero no llegamos a obtener ninguna respuesta. Me comentó que era una lástima, porque lo habría hecho con mucho gusto, pues había sido un gran amigo suyo.
Este verano volvi a ver, fortuitamente, a Anne-Hélène después de bastante tiempo. La pregunta sobre su padre fue inevitable. Me dijo que seguía muy activo, escribiendo. Que hacer una nueva película, debido a su edad -ya eran 92 años- lo tenía muy difícil, aunque habría querido. Tenía apuntado asistir a una sesión de la Filmoteca en la que estaba anunciada su presencia, para rendirle un homenaje por haber recibido el Goya de Honor de 2026, pero ya será imposible verlo de nuevo.
(La foto de Gonzalo Suárez que cuelgo la hizo Bernardo Pérez y salió publicada en El País)




 

domingo, 11 de octubre de 2026

Jakten

Mireia Fernández, secretaria de la FCC, presentando la sesión.

Una más que agradable sorpresa resultó la muy interesante película que cerró ayer la “Setmana del Cineclubisme” de la Filmoteca. Era la sesión que programa una federación de cineclubs de otro país. Este año fue la Federación de Noruega la que sugirió pasar “Jakten” (“La cacería”, Erik Lochen -el abuelo de Joachim Trier-, 1959). En un vídeo introductorio proyectado, un representante noruego señaló que la película, que se llegó a pasar en Cannes, fue considerada la mejor noruega de los primeros cien años de cine, pero a la vez obtuvo un fracaso comercial absoluto.
Pasan los títulos de crédito sobre lo grabado por una cámara que sigue por una sinuosa carretera junto a un lago a un coche, mientras suena una dinámica música de un conjunto de jazz estilo Modern Jazz Quartet. Pronto, bajo la batura de un narrador que nos informa que sonó un disparo y nos interroga, aparecen por un páramo un par de policías que se llevan, custodiada, una caja de muerto. Toda la película restante como espectadores nos iremos cuestionando quién será el muerto...
Suspense, pues, con mucha tensión en bastantes momentos, pero también mucha modernidad en la factura de la película:
-Los tres protagonistas (dos amigos y la mujer de uno de ellos, que van juntos de cacería a la desierta montaña) hacen las veces de narradores, exteriorizando sus pensamientos, dialogando en off entre sí y con el mismo espectador.
-Raccords audaces, muy rompedores, dan un enorme ritmo a la función.
-Elementos de puesta en escena muy bien puestos, que explican perfectamente lo que se juega entre los componentes del trío: en una secuencia, ella, viendo que la fotografía de los dos amigos excede del marco disponible, tras dudarlo un buen rato, recorta y tira … la imagen de su marido. En otra, el también enamorado amigo es relegado por el otro del match de tenis que disputaba con la chica y pasa a contemplarla entonces a ella tras el enrejado de aluminio que circunda la pista, un poco a la manera en que “Les mistons” del cortometraje de Truffaut observan a otra adorada tenista como era la encarnada por Bernardette Lafont…
-Hay hasta un sorprendente giro por el cual unos figurantes se arrogan sus derechos como publico del film y exigen saciar su chismosa curiosidad…
Durante un extenso primer tiempo de la película seguimos por el páramo al trío, que han acudido a cazar, les observamos -ahí y en otros momentos- con muchos contrapicados, les vemos recorrer los extensos y abiertos paisajes, cómo pisan zonas de vegetación medio inundadas, cómo corren a lo lejos su pareja de perros, cómo éstos olfatean una pista por unos matorrales, espantan a unas aves que emprenden el vuelo y los tres cazadores les disparan.
Cuando tanta escena de paseos y actividad por las montañas, estéticamente impresionantes, podrían llegar a suponer un cierto estancamiento en la película, se produce una brusca rotura en forma de flashback irrumpiendo con la dinámica musica de jazz. Es un largo flasback que nos informa del recorrido previo y pensamientos de los tres personajes, los dos que acaban casándose y el tercero, que siente una atracción brutal por la mujer y del que la película remarca su deseo en unos planos muy sensuales.
Mira por dònde, el de ayer se trató de un programa que demuestra lo que siempre sostengo: debemos desconocer cantidad de películas muy buenas de cinematografías que no han dominado nunca el mercado cinematográfico. Ya me froto las manos pensando a qué otra federación de cineclubs le pedirá la Federació Catalana el año que viene que nos rescate otra joya desconocida.











 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Pasolini. Un viaggio in Italia

Bernardo Bertolucci, en sus declaraciones a Xavier Juncosa en “Pasolini. Un viaggio in Italia” (1999), vista ayer en la Filmoteca, dentro de la Setmana del Cineclubisme.

Un travelling de Accattone.

Un tonto malentendido hizo ayer que el coloquio que esperábamos sirviera para preguntar a Xavier Juncosa desde la mesa y por parte del público todo aquello que les había suscitado la visión de su “Pasolini. Un viaggio in Italia” no pudiera realizarse y que la breve presentación de esta segunda sesión de la Setmana del Cineclubisme se doblase en cuanto a tiempo, pero ya de forma algo alocada, sin un rumbo claro, aportando datos a los que Juncosa habría podido aportar coherencia. Hubo de ser por los pasillos y el vestíbulo de la Filmoteca donde el realizador respondiera a los corrillos de gente que le preguntaba cómo había logrado concertar entrevistas tan interesantes y demás.
La película, en una Sala Laya muy llena, diría que interesó vivamente al auditorio, muy atento durante toda la proyección.
De ella me gustaría ahora aquí, centrarme en las sustanciosas declaraciones que Juncosa consiguió de Bernardo Bertolucci, en este caso de interés, además de humano, fundamentalmente cinematográfico.
Se refiere el fragmento que quiero resaltar a la experiencia de ambos, Pasolini y Bertolucci, como director y ayudante de dirección de “Accattone”, el primer -y para mí también de los más bellos- largometraje de PPP.
Como es sabido, Pasolini, novato en estas lides, en vez de acompañarse de un ayudante de dirección experimentado que pudiera compensar su bisoñez, lo hizo con el hijo de su amigo poeta Attilio Bertolucci, que era un entusiasta del cine, pero que no había tocado una cámara ni estado en rodaje alguno.
Y es entonces cuando, con muy bellas palabras, Bertolucci le explica a Xavier Juncosa la vivencia que eso supuso para ambos: cuando se disponían a rodar un primer plano, era -comenta- como si estuvieran inventando el primer plano; cuando se disponían a utilizar un carrito para hacer un travelling, se igualaban a Griffith y a otros pioneros del lenguaje de cine, y pasaban, como ellos, a estar inventando ese movimiento de cámara. Así de nuevo era todo para ellos. Creían estar inventando el cine.


Martí Rom hablando de Xavier Juncosa y Pier Paolo Pasolini en la Sala Laya de la Filmoteca.

 

El árbol del conocimiento

Eugene Green, junto a Àlex Portlés, presidente de la Federació Catalana De Cineclubs, previniendo a los nuevos espectadores ante posibles extrañezas en la película que iban a ver.


“A medida que el mundo se vuelve más sombrío, mis películas se aproximan cada vez más a la comedia, hasta el punto que la próxima será una comedia plena. Pero, si los observas bien, los temas que se tratan en ellas son muy serios”.
Así respondió Eugene Green anoche en la Filmoteca, en el coloquio de su “El árbol del conocimiento” (2025), a quien le había visto en esta su última película un tono especial de comedia. En realidad se trata de un cuento muy claro, con enseñanza moral, que utiliza elementos de fabula fantástica y ahí está, a la vez, lo que vi que más se valora y, en su extrema y desnuda sencillez, donde también pueden encontrarse los problemas de su película.
Pero antes que nada me gustaría decir que tuvimos la oportunidad de ver esa película y gozar de un Eugène Green que, con notorio esfuerzo, hizo presentación y llevó el coloquio plenamente en catalán (mostrando así su amor por las lenguas periféricas) gracias a que se inauguraba en la Filmoteca la Setmana del Cineclubisme, organizada por la Federació Catalana de Cineclubs, que había otorgado el Premio Nunes Internacional al realizador. Llegué tarde a la cita y entrega, pudiéndole oír sólo prevenir al auditorio, diciéndole que a primera vista sus películas pueden parecer una marcianada, pero que sí se persevera se acaba viendo que no lo son tanto, porque, tras no haber conseguido comunicar telefónicamente con la Filmoteca, nuestra buena y pronto imprescindible amiga, la iA, tras hábil interrogatorio, me había asegurado que la Filmoteca, debido a la nueva alerta meteorológica que acababa de sonar, había suspendido todas las sesiones…
Empieza muy bien, en mi opinión, mientras muestra los títulos de crédito, la película, haciendo aparecer Eugene Green dos de sus bestias negras: las autopistas -en este caso de la ‘banlieu’ lisboeta- y un centro comercial, incluyendo un anuncio en éste de una auténtica hamburguesa portuguesa (sic), mientras un coro da en la banda sonora solemne cuenta de Monteverdi, para a continuación dirigir sus dardos hacia ridículas formas de turismo en el centro de la ciudad. No en balde, en el coloquio posterior, Mireia Iniesta le sonsacó que el origen del film había sido la tremenda decepción que sufrió al regresar poco antes a Lisboa (donde hay que recordar que bastante había filmado alguna de sus mejores películas) y encontrarse con una ciudad totalmente cambiada, destrozada su alma por el turismo.
A partir de ese inicio la confrontación con ese turismo lleva inicialmente a una farsa grotesca con un personaje con poderes mágicos porque ha vendido su alma al diablo en lo que considera haber sido un buen precio y luego a un completo cuento de hadas, una fábula que acaba con mensaje de amor universal, destruyendo el mal, pero sin violencia, quizás argumentando que el problema no son las personas, todas ellas encantadoras, sino las multitudes faltas de personalidad.
En la película presenciamos los típicos diálogos pausados y declamatorios de sus actores (en el coloquio también detalló que buscando borrar en ellos toda psicología), recogidos en estrictos -cambio por corte- plano / contraplano frontales a cámara fija. Y, acercándose a otros cuentos de hadas que también ha hecho, hace aparecer un buen conjunto de animales, especialmente un muy amable perro y un pequeño y dócil burrito. De camino de regreso a casa (el metro, cerrado), un amigo me hizo ver el extraño apego que tiene Green a este animal.
Y la semana del cineclubismo que seguirá hasta el domingo. Esta tarde, a las 18h, “Pasolini. Un viaggio in Italia” (Xavier Juncosa, 1999) con, entre otros, Silvana Mauri, Dacia Maraini o Attilio y Bernardo Bertolucci dando las claves de la personalidad, molesta y profética, de un personaje que se echa a faltar enormemente en nuestro tiempo.


Con Mireia Iniesta, vicepresidenta de la FCC, durante la presentación del coloquio.