Parece increíble, pero hasta que no vi su escena cumbre, la apoteosis del disco rayado, la que indica que el uso de un punzón picahielo no era una originalidad de “Instinto básico”, no he caído en que “Scarlet Street” (“Perversidad”; Fritz Lang, 1945) era una nueva versión (muy fidedigna en cuanto a esa escena) de la magnífica “La chienne” (Jean Renoir, 1931). Hasta, por un momento, pensé que se trataba de un homenaje, en el que la copia no va muy a la zaga del modelo.
No sabía yo que tuviese tanto predicamento hoy en día Fritz Lang. Ayer, a las 17h del que me dijeron estaba siendo el día más caluroso del año en Barcelona, la primera de las tres sesiones que la Filmoteca dedica a “Scarlet street” estaba a rebosar. Claro que también debe influir que no quedan muchos más refugios climáticos abiertos, una vez cerrados por vacaciones el Zumzeig, los Texas y los Cnemes Girona, así como en huelga las bibliotecas. Pero, aún así…
Tengo un problema con Edward G. Robinson: me repele bastante su físico, y tengo que superar eso para acceder a tantas buenas películas que interpretó. En ésta hace tal papel de estúpido, colado de forma más que inocente totalmente por una Joan Bennet encarnando a la perfección su papel de explotada por el zafio chulo de Dan Duryea, que inicialmente sólo disfrutas viendo cómo ella borda los detalles de su personaje de cateta dotada de una belleza natural inusitada, así como recogiendo pistas lanzadas sobre la idea que sobrevuela de un inevitable asesinato liberador.
No muy generoso con las tendencias actuales, Lang ridiculiza a Chris Cross (Robinson) otorgándole la vergüenza de cubrir en el hogar un papel reservado para la mujer (se le ve venga a recoger y lavar platos sucios, siguiendo instrucciones de su desagradable y mandona esposa), visión que se complementa con la incredulidad del marchante y del crítico al saber que el pintor que admiran es una mujer, a la que alaba por su “fuerza varonil”.
La película, con atmósferas de tensión logradas por buena puesta en escena, entra definitivamente en un nivel superior cuando trenza, con la aparición de la posible salida de la pintura y una nueva aparición sorpresa -apuntada desde un inicio-, de tal forma que hace salir al respetable de la sala comentando con voz compungida que “ya no se hacen películas como ésta”.
Y, como curiosidad, si la escena final de “You & Me” decía que parecía un avance de “La mujer del cuadro” (1944), ésta vuelve, un año después, al mostrados de la galería de arte: ¡qué obsesión!



















































