lunes, 25 de mayo de 2026

Ce n’est qu’au revoir


Un estimulante baño de frescura supone “Ce n’est qu’au revoir” (Guillaume Brac, 2024; en CaixaForum+).
En esta ocasión Brac no nos hace ver cómo vive gente jovencilla la fiesta del 14 juillet, ni cómo se lo pasan en un parque acuático, pero sigue insistiendo, a mí entender en esta ocasión llegando aún mucho más al fondo de la emoción pero sin perder ni un ápice de su mirada amable de siempre, en el retrato generacional de quienes, como dice uno de los personajes, aún tienen todo por vivir.
Un internado cercano a los Alpes franceses ve llegar a chicos que están al final de su bachillerato, pasar ahí un verano…y despedirse, cariacontecidos, cuando finaliza el periodo.
En algún momento he tenido la sensación de estar ante un Frederic Wiseman que hubiera escogido husmear con su cámara por todos los rincones de ese lycée, captando sus dudas, siguiendo sus diversiones (¡ese dominó de colchones!), el desarrollo de sus compromisos, envuelto en sus músicas.









Brac escoge tres o cuatro chicas en las que se centra, elaborando un capítulo para cada una de ellas, encabezado por su nombre. Mientras la cámara sigue sus actividades, ellas, en off, explican lo que les ha acontecido hasta el momento y llevado ahí, y reflexionan sobre su futuro.






 

L'acrobate




El año pasado di con “Dieu sait quoi” (1994), un extraordinario ensayo de Jean-Daniel Pollet, un cineasta de la Nouvelle Vague que tuvo siempre una gran aceptación crítica, y me quedé perplejo. Desde su sketch en “Paris vu par…” (1965) lo tenía asociado a Claude Melki, actor principal también en su largometraje que se estrenó por aquí, “L’amour est gai, l’amour c’est triste” (1971) y muy singular, desde su aspecto físico de pobre tipo hasta sus involuntarias (o no) payasadas.
Ahora en Arte puede verse “L’acrobate” (1976) y en ella Melki es un empleado de local de baños, masajes, sauna y duchas con poco predicamento con las mujeres, que se da de narices con el tango y lo ve como una forma de éxito en la vida… sin que su situación personal, de en el fondo enorme soledad, sin que nadie lo tome en serio, tome otro cariz.
El tango -en salones y en concursos, pero también en medio sórdidas habitaciones y en los pasillos del establecimiento- llena la película, transmitiendo su constante y repetitivo soniquete.








 

La canción de Aixa





Me resulta extrañísimo el poco predicamento que tiene, dentro de la historia del cine español, “La canción de Aixa” (Florián Rey, 1939; en canal Flix Olé) y aventuro que es debido a que, como me pasó a mí hasta anoche, no es muy conocida. No entra en el principal paquete de films de Florián Rey que -esos sí- se pasaban por televisión con frecuencia. Es más: casi siempre que se nombra es casi únicamente para decir que supuso la finalización, por ruptura, del tándem Florián Rey e Imperio Argentina.
Rodada en estudios alemanes y con equipo técnico casi por completo alemán, formando parte de esas películas sobre unos artistas españoles que van a rodar durante la Guerra a Alemania, que sirvieron de base a Fernando Trueba para su “La niña de tus ojos”, juega a la carta del orientalismo -casi todos sus protagonistas representan ser de tribus marroquís- y resultan muy atractivas tanto la toma de imágenes de Tetuán para sus títulos de crédito o el supuesto club inicial a lo “Casablanca”, como vistosas resultan las escenas de los miembros de las kábilas al galope o mostrando su silueta por un punto elevado del horizonte, y hasta los ropajes de los personajes evolucionando en los decorados de lo que figura ser el palacio del Caid, con florituras como las de la Alhambra.
Por lo demás, claro, es una película con canciones de Imperio Argentina (que se ve no tuvieron el éxito esperado) y que narra una historia de rivalidad y honor entre dos nobles de kábilas emparentadas y rivales y, siendo de 1939, tampoco hay que pedir peras al olmo…
Es singular porque al principio conviven dos tendencias en lucha en ella, una “seria”, que marca la línea argumental, y otra despreocupada y llena de intenciones jocosas. Al margen de sus principales personajes, casi todos los demás aparecen en su primera mitad como comparsas con numerito para hacer gracia al público, hasta que, entre sus dos posibilidades, acaba luego la tensión entre drama romántico y comedia decidiéndose categóricamente por el primero, dejándonos ya sin bufones.
Vista ahora, sabiendo que es de 1939, hay una serie de escenas de danza con tules de todo el elenco femenino que te hace frotar los ojos. Incluso la misma Imperio Argentina tiene una escena de preparación para el baño en la que aparece tapando únicamente su cuerpo con unos velos muy traslúcidos, como pone de reclamo el cartel que adjunto al final de las imágenes, con la única salvedad de que en la película su cintura no es ni mucho menos la de avispa del cartel. Consultando la iA sobre ello, me confirma que la película fue una precursora de las dobles versiones que luego, durante la transición, estuvieron a la orden del día: una de las rodadas -a la que ahora, felizmente, podemos ver, estaba destinada al público alemán, mucho más curtido en la cosa de admiración de los cuerpos que el español del bando nacional, al que se reservaba una visión más recatada.













 

sábado, 23 de mayo de 2026

Pere Gimferrer. Retrato de un artista adolescente


Insospechado inicio para un programa sobre un escritor. Pero es que empezar con la elaboración de su menú habitual dice bastante de la forma de hacer de Poldo Pomés, siempre tocando cosas que se hacen muy cercanas.
Es por este motivo que, en esa misma escena, arrugué la nariz al ver que, en contra de la eficacia del sonido directo o de un sencillo rótulo, oí a una actriz/locutora haciendo una muy formal introducción del personaje protagonista de “Pere Gimferrer. Retrato de un artista adolescente” (Poldo Pomés y Lidia Penelo, 2026; en CaixaForum +), hasta que poco después sospeché y en los títulos de crédito finales acabé confirmando que la locución, como supongo mucho de todo el orden (esos capítulos que van pasando como capítulos de un libro, cubriendo todo el espectro de temas Gimferrer, esas entrevistas tan encuadradas y convencionales) eran de la propia Penelo, quien no en balde figura como la artífice de la idea motriz del documental.
Hacer un documental (y no sólo un documental, sino también un libro) sobre Gimferrer entraba cada año en la lista de posibles monografías que Martí Rom y un servidor confeccionábamos y discutíamos anualmente para hacer en el Cineclub de la Associació d’Enginyers, en los que siempre buscábamos personajes por los que corriera un río subterráneo ligado al cine, y éste nos lo ofrecía visible desde el primer momento, como compañero en Film Ideal de Ramón Terenci Moix o Vicente Molina Foix. Hasta que finalizó la serie sin que se lo hubiéramos propuesto. Nos quedamos con las ganas. No por casualidad Vicenç Altaió dice en el mismo documental que todo en Gimferrer llevaría hacia una buena película.
Basta para detectarlo, en el documental que nos trata, cómo se le ve excitarse observando al azar los títulos de todo tipo de los volúmenes recogidos en la biblioteca de Dámaso Alonso integrada en la de la Real Academia de la Lengua. O esa fiel interpretación que inesperadamente nos hace de una canción de “My fair lady” que, naturalmente, se sabe de memoria.
Eso sí. Prefiero mil veces los momentos robados, como los que oímos antes de la primera entrevista y cerrando toda la pieza, con los títulos de crédito, en los que Pere Gimferrer se preocupa, interesado, nervioso, muy picada su curiosidad sobre cómo van a hacer el plano.


 

viernes, 22 de mayo de 2026

Herencia



Ricardo Íscar se suma en “Herencia” (2026; en Filmin/Docs Barcelona hasta el 1 de junio) a otros cineastas que han seguido el proceso de exhumación de los cuerpos de cuatro jornaleros asesinados durante los primeros tiempos de la guerra civil.
Pero su documental se llama “Herencia” porque eso le sirve para explorar las ideas y circunstancias de sus familiares. La finca donde se va a efectuar la exhumación es suya, heredada de su familia y, seguramente, él ha querido también analizar, con miedo pero decisión, qué lleva él de la sangre de sus abuelos, la mayoría partidarios de Gil Robles y la CEDA, y explora lo que puede haber de incriminatorio en los archivos de esos tiempos tan terribles, respirando y recalcando cuando recoge algún gesto humanitario familiar, señalando que también hubo entre ellos quienes sufrieron persecución por las ideas contrarias y, no se olvide, idos a buscar por incontrolados para acabar tiroteados junto a una carretera. También la herencia recibida y transmitida circula por la película en ese casi silencioso homenaje final a su madre y sus cosas, como en esas otras escenas en que aparece con su muy pequeño hijo, al que debe enseñar que la nieve no quema, sino que está muy fría.
Lleva él mismo el relato de la película, apareciendo entrevistando o conversando con historiadores, familiares supervivientes suyos o de quienes se quiere exhumar su cuerpo, pero también comentando en voz calma y algo dubitativa sus pensamientos y reflexiones a partir de lo que va explorando y sintiendo. Unas de estas reflexiones que más llegan se dan tras la mirada atenta de las fotografías del frente que sacó Francesc Boix, o de los militares sublevados, en Salamanca, provincia de sus abuelos y donde se hacen las excavaciones.
La incredulidad inicial por el poco valor otorgado a la vida humana va dando lugar al descubrimiento de todo un sistema imparable de eliminación del contrario. Una escena muy reveladora recoge en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca alguna de los más de dos millones de fichas confeccionadas con constatadas acciones “izquierdosas” de la población, que serían tenidas muy en cuenta para la persecución posterior. Y parece quedar claramente justificada la necesidad de intentar acabar con el desasosiego de tanta familia, para ver si, exhumando esos cuerpos, conociendo esos papeles que documentan tanta atrocidad y tragedias, se puede frenar su retorno en el futuro.


La divertidísima tía de Ricardo Íscar demostrando su enorme memoria.

Y Ricardo Íscar con su hijo.

 

Novedades del viernes


Los viernes tengo por costumbre ponerme después de comer ante el televisor y revisar qué novedades aporta Filmin.
Suele ser un momento en que lejanamente recupero ese otro en que estudiaba minuciosamente la cartelera de un gran periódico o de una publicación especializada para seleccionar, sin que se me escapase ninguna joya escondida,las películas que vería el fin de semana. Aquí ahora voy mirando una a una las nuevas películas incorporadas a la plataforma, si no las conozco miro su trailer (y la mayoría de las veces lo cierro de forma inmediata, al ver que va con un espantoso doblaje que me ahuyenta) o consulto un mínimo de documentación, para saber si la he visto y qué pensé de ella en su día, saber de su realizador o tener alguna opinión fiable sobre su interés y, si algo de eso se da, la paso al apartado de “guardadas”, para verlas en cuanto tenga el momento oportuno para ello.
Pero he puesto “lejanamente” al hablar de ese sentimiento compartido con el de cuando escarbaba entre los estrenos y no me saltaba ni uno especialmente interesante, y lo he hecho porque habitualmente el recorrido es decepcionante, por lleno de mediocridades o propuestas de lo más standard, que no sorprenden ni una migaja, con lo que la cosecha suele ser escuálida.
En cambio, luego será lo que será, pero las propuestas de hoy al menos no puede decirse que sean más de lo mismo. Serán luego un plomazo, pero por lo menos escapan de ese equivalente al MRI, el Modo de Representación Institucional del que hablaba Noel Burch, o cuando menos esa es la apariencia que, antes de verlas, dan.
Las razones hay que encontrarlas, sin duda, en que incorporan parte del programa del Docs Barcelona y toda una colección de piezas de bajo presupuesto que conforman el Filmin Music Fest.
Por lo menos prometen un buen tiempo para descifrar qué aportan de la ilusión suscitada.



 

La Grazia


Con planos tan enfáticos, tan lejanos a mi gusto, sin embargo ayer me convenció “La Grazia” (Paolo Sorrentino, 2025; en el cine Balmes).
Un taciturno -y siempre pensando en su fallecida esposa- presidente de la República (Mariano de Santis, interpretado por Toni Servillo) al que le quedan seis meses para el retiro, ha cubierto todo su trabajo pendiente, salvo dos casos: la firma de un decreto sobre la eutanasia y su decisión sobre si conceder o no dos indultos. Tiene tiempo casi toda la película para reflexionar sobre ellos.
Película de múltiples simetrías, de espejos en los que se refleja su principal personaje y su situación, empezando por frases que oye y luego, adaptándolas, dice y culminando con su identificación con un astronauta no sujeto a la fuerza de la gravedad. Todos sus casos plantean prácticamente lo mismo, y se cuestiona si seguir su costumbre de no decidir nada, que tan bien le ha ido hasta el momento.
Eso hace pensar en que es, primero de todo, una película de férreo y muy trabajado guión, que funcionaría incluso, por difícil que pueda ser imaginárselo, con otro actor que Servillo, desde luego su principal y gran baza.
Hay, con todo, varias secuencias Sorrentino, pese a mostrarse en este caso relativamente contenido. Una es la cruel y al tiempo desopilante recepción del presidente portugués (otro espejo para nuestro protagonista), sorprendida por un violento chaparrón y no menos fuerte ventada, acentuados ambos por la música, de la que habrán sucesivos pero aislados ecos en escenas posteriores.
Otras, las correspondientes a magnificentes interiores. Si “La grande bellezza” me dio unas enormes ganas de patear los terrados romanos, ésta hace lo propio con los salones del Quirinal. Claro que a lo mejor no se rodó allí, pues esperando para leer el final de los kilométricos títulos de crédito finales, no los vi aparecer por ningún lado, mientras que sí lo hacía el Palacio Real de Turín.







Su actor, ante la foto de rodaje de la escena de la recepción del presidente portugués.