He dejado pasar un tiempo desde la muerte de Gonzalo Suárez, que me pensaba que muchos más reseñarían, evocando sus recuerdos. Al final he podido ver, sí, artículos como el de Fernando Trueba, que lo tenía como un auténtico faro.
Vi con placer, al margen de sus mucho más libres primeras, alguna de sus alabadas películas posteriores, como “Remando al viento”, pero si he de explicar quién fue el Gonzalo Suárez que me asaetó su dardos de lo lindo, haciéndomelo buscar con ahínco, ese fue el autor de sus primeros libros y las adaptaciones que se hicieron de ellos. Era algo por lo que nunca había transitado. Narraciones dinámicas, llenas de suspense, a la vez que desconcertantes, que se leían en un suspiro. Nadie había escrito así antes.
El libro que por casualidad me lo acercó fue “Trece veces 13”, con una cubierta de amarillo chillón que me debió llamar la atención la noche que lo vi en la librería del Drugstore del Paseo de Gracia. Ahí había trece narraciones torrenciales, a cada cual más loca, pero dejando poso. Como ya había leído ese libro y alguno otro suyo, pesqué inmediatamente de dónde venía ese “loco del pijama” del “De cuerpo presente” de Antonio Eceiza, como supe que en esos primeros Aranda, “eso que pasó en Londres” de “Fata Morgana” o esa historia increíble de “Las crueles” no podía sino provenir del gran Gonzalo Suárez.
Busqué y fui comprando todos sus libros, escarbando hasta dar con la rara “Los once y uno”, firmada por su alter ego periodístico Martín Girard. Las siguientes ya aparecieron en editoriales que atestiguaban que la lluvia había calado. “Rocabruno bate a Ditirambo”, también muy buena, salió en una colección de bolsillo, con Edhasa. Y no digamos “Operación doble dos” o “Un gorila en Hollywood”, que lo hicieron en Planeta.
Lo mismo pasó con su cine. La inventiva visual que hay en “Ditirambo vela por nosotros” y “Ditirambo” lo emparentaría con cierto cine de vanguardia, dando solidez a la Escuela de Barcelona. Luego me acuerdo siguiendo vía el Fotogramas esas declaraciones suyas diciendo que iba a hacer un ciclo de películas con guión de hierro, para caer en un cine mucho más establecido tras el fracaso de todos esos intentos, alguno de los cuales entusiasmaron a Sam Peckinpah, personaje que se convirtió en uno de los protagonistas de sus entrevistas y de su obra literaria posteriores. En “Reina Zanahoria” reaparecían sus personajes literarios en una trama y planificación loca que me dejó a medias y fue “Epílogo”, seguramente, su intento más serio de trabajar con Rocabruno y Ditirambo. Aunque quizás ya estaba entrando en un cine formalmente muy cuidado, que mantenía puntos de tensión muy suyos, pero sin ser ya el tobogán emocional que me supuso el suyo inicial.
Si hubiera mantenido su residencia en Barcelona habría sido, sin dudarlo, un candidato seguro para las monografías que durante 28 años hicimos Martí Rom y yo para el Cineclub Associació d’Enginyers. Pero por problemas logísticos ligados a la distancia fue imposible.
Lo pude saludar en persona una única vez. Me hubiera gustado curiosear su famosa casa asturiana, que imaginaba como un paraíso tropical, pero fue aquí, en Barcelona. Me lo presentó su hija, Anne-Hélène, en la Filmoteca, a donde había venido a presentar una película. Le comenté que le había estado intentando localizar, escribiéndole a todos los lados a mi alcance, para ver si quería y podía escribir unas líneas en la monografía que en su momento estábamos haciendo sobre Joaquín Jordá, pero no llegamos a obtener ninguna respuesta. Me comentó que era una lástima, porque lo habría hecho con mucho gusto, pues había sido un gran amigo suyo.
Este verano volvi a ver, fortuitamente, a Anne-Hélène después de bastante tiempo. La pregunta sobre su padre fue inevitable. Me dijo que seguía muy activo, escribiendo. Que hacer una nueva película, debido a su edad -ya eran 92 años- lo tenía muy difícil, aunque habría querido. Tenía apuntado asistir a una sesión de la Filmoteca en la que estaba anunciada su presencia, para rendirle un homenaje por haber recibido el Goya de Honor de 2026, pero ya será imposible verlo de nuevo.
(La foto de Gonzalo Suárez que cuelgo la hizo Bernardo Pérez y salió publicada en El País)





















































