viernes, 3 de abril de 2026

La imagen de una madre


Con el precedente melodramático de “Sonido en la niebla” (1956) temía que no resistiría y me dejaría un mal sabor global la última película de Hiroshi Shimizu, que tiene el título ya premonitorio, en ese sentido, de “Imagen de una madre” (1959; ayer en la Filmoteca).
Desde luego acentúa lo lacrimógeno, y excuso decir el lamentable estado en el que encontré, pañuelos de papel agotados, a una amiga al acabar la proyección. Pero la misma presencia de niños muy de Shimizu, alguno con su mala idea dentro, me la colocan en un nivel superior, aunque tiene bastantes cosas diferentes de todas las anteriores vistas, empezando por presentarse en una buena copia ¡y en scope!
La pantalla panorámica la apreciamos, sobre todo, en la escena inicial: Un grupo de niños rodea en un muelle fluvial al niño protagonista, quien suelta una paloma mensajera que emprende vuelo hacia el cielo. Ese ajetreado río, uno de los de Tokio, cruzado por varios puentes, servirá de eje crucial en toda la película. El padre del niño, precisamente, conduce un bus acuático.
Aunque no sean sus últimas películas precisamente las que más me hayan llegado, es triste despedirse de un ciclo como éste de Shimizu que ha pasado por la Filmoteca. A lo largo del mismo he podido ir siguiendo, además de su excepcional tratamiento de los niños, de su retrato de la sociedad, tradiciones y costumbres japonesas, varias constantes de su específica puesta en escena.
En los apuntes que he ido haciendo por aquí ya he ido dando cuenta de, por ejemplo, sus travellings. En sus primeras películas la cámara, retrocediendo, precedía a un grupo de actores que iban avanzando por un camino. Más tarde, unos travellings más complejos hacían cruzar a la cámara los interiores (notablemente de la casa tradicional japonesa, pero también de almacenes y otros espacios), siguiendo en paralelo la dirección de un actor por el que se sintiera interesado, un actor que iba apareciendo y desapareciendo tras mamparas y otros elementos que nos ayudaban a leer tanto al personaje y su situación como a su entorno. En “Imagen de una madre” sigue habiendo alguno de estos potentes movimientos de cámara.
El niño de la película, tras lanzar la paloma, regresa a su casa. Es entonces que vemos un típico callejón de los que tanto hacia construir para sus films Ozu. El plano que nos muestra la recepción en la casa del niño, él llegando frontalmente, con el callejón y la casa o taller de los vecinos detrás suyo es idéntico a muchos de Ozu. En ninguna otra película he tenido esa sensación de emparejamiento con ese otro gran cineasta, pero luego Shimizu no permanece mucho tiempo con ese encuadre. Pone la cámara en movimiento, ya sea en un travelling de esos o con uno de otro tipo, para mostrarnos la acción del personaje en foco o las de los otros de ese espacio. La comparación con Ozu de la película, no obstante, puede ampliarse repasando la trama argumental de esta ocasión, en la que hay una mujer casamentera a la que le buscan y preparan una pareja a su circunstancia y gusto, un viudo cuyo hijo todos opinan que estaría mejor con una madre.
Interesantísima resulta la sucesión de planos que presentan la primera cita -concertada- de la pareja. Shimizu introduce cada fase con un primerísimo plano de los objetos presentes en la inmediata superficie de las sucesivas reuniones, para pasar luego, ampliando campo en el plano siguiente, a la conversación entre ambos y, sobre todo, centrándose en sus miradas, que descubren y aprueban las reacciones del otro. En esa sucesión, se empieza con la mesa del café y sus tazas de té y la última fase de esa noche, tras pasar por un teatro con un monologuista cómico, sucede en una barra de bar americano con la clásica botellita de sake… para él.
Aunque sigue notándose lo bien que dirige Shimizu a los niños (aquí maravilla, a parte del niño centro de atención- la hermana pequeña, un inocente renacuajo a la que le gusta vestir como un pimpollo y que quiere estar bien con todo el mundo), diría que en este caso le falta un poco de la chispa inicial, esa que rebosaba en sus primeras películas hasta la cima de “Los niños del paraíso”. Aquí están las muy valiosas miradas tristes y desconsoladas del niño, pero hay una escena que marca ese punto que me encantaba de sus primeras películas. Al niño en cuestión su padre le dice que si le gustaría tener una madre, a lo que el hijo responde, señalando el retrato de su madre muerta, que su madre es esa. A la insistencia del padre, que le dice que esa es su madre, pero está muerta, y que si no le gustaría tener una nueva madre para que le cuidara, el niño primero mira a su izquierda, para ver, una vez más, el retrato, y luego, poco después, ya que el plano no acaba ahí, hará lo mismo en dirección opuesta, como preguntándose a qué viene ahora marearle a él con esas preguntas tan raras. Ahí encontramos una condensación del estilo Shimizu en su tratamiento de personajes infantiles.
Una cosa muy curiosa es que cuando ya le plantean, sin escapatoria, el matrimonio de su padre y, por tanto, la aparición para él de una nueva madre, el crío empieza a correr, alejándose de su casa. Su carrera recuerda soberanamente a la de Antoine Doinel en “Los 400 golpes” -realizada en el mismo año- y lo más sorprendente es que, según me señalaron después fuentes tradicionalmente bien informadas, no había habido ningún contacto entre Shimizu y Truffaut y sus películas.
Como todo gira alrededor de la (no) aceptación por parte del niño de su nueva madre en su -para él- aparente intento de borrar a la suya auténtica, el recorrido no puede ser sino bastante corto, dando la cosa de sí lo que puede dar de sí, y al menos para mí la película entra en ciertas redundancias (ratificadas por esos primerísimos planos de la recurrente gota de agua cayendo y haciendo el consiguiente ruido en el fregadero) que, no obstante, no supusieron ningún inconveniente para la rendición total del resto del público.











 

Hitler's Hollywood



No ha sido hasta después de atender muy atento a toda “Hitler's Hollywood” (Rüdiger Suchsland, 2017), la muy interesante película que ha colgado hoy Filmin, que me he dado cuenta de que ya la había visto hace unos años. Reconocía, claro, imágenes de las secuencias de películas que va encadenando, pero no recordaba su afiliada intención y lo bien que la va consiguiendo.
El cine alemán bajo el nazismo se merecía un inteligente, bien anclado y enfocado resumen como éste.






 

jueves, 2 de abril de 2026

Monsieur La Souris


¡Pues no habré pasado veces ni nada por la carátula de “Monsieur La Souris” (1941) en TV5Monde+, buscando alguna perdida película interesante a ver!
Hasta que ayer caí en que su realizador era nada menos que Georges Lacombe, el que se inició en esto del cine con esa joya sobre los bidonvilles que rodeaban París que es “La zone” (1928) y me dispuse a verla por si algo de esa se le había impregnado.
Ningún parecido formal entre ambas. En su segunda mitad la más reciente tiene también escenas rodadas en escenarios naturales, aunque de mayor alcurnia que la primera, pero sus escenas principales están rodadas en evidentes decorados. Las tomas de escenarios naturales dan a “la zona” una espontaneidad y frescura enormes al tiempo que le otorgan un carácter documental único, mientras que “Monsieur La Souris” (se ve que aquí se llamó “El misterio del automóvil”) tiene mucho de teatro de bulevar. Su protagonista es, eso sí, también un representante del más bajo estrato de la sociedad, un vagabundo, que conserva en este caso la elegancia de una vida que algún día tuvo.
Es y está tratada como comedia de costumbres, pero está basada en un relato de Georges Simenon, y parte de un muerto…que desaparece.
Su fuerte, y el motivo por el que la atiendes con placer de principio a fin no es, sin embargo, su trama policiaca. La atracción reside, indiscutiblemente, en unos actores salidos del teatro más popular, que ofrecen unos personajes extraordinarios. Raimú es Monsieur La Souris, pero cada vez que aparecen es un gozo que cuente con ese inspector Lognon (Regné Bergeron) o ese inocente y feliz Mr. Cupido (Raymon Almas), cada uno de ellos con sus expresiones listas para convencer de su autenticidad.










 

martes, 31 de marzo de 2026

El mago del Kremlin




¿Por qué se habrá embarcado Olivier Assayas en una película como “El mago del Kremlin” (2025)? En su filmografía se dan tanto obras inequívocamente personales (ahí están para atestiguarlo “Las horas del verano” o “Tiempo compartido / Hors du temps”) como films que de mirada personal introspectiva tienen bien poco. De éstas, unas dan la impresión de querer estar a la orden del día y rozan tendencias del gusto del momento, mientras que otras abordan temas de la historia política reciente de esos que en algún momento inundaron los periódicos.
En estos últimos casos, puede dar tanto una de cal como otra de arena y, para apreciarlas o denostarlas, influye mucho el momento que tengas a la hora de su visión. Ayer por la tarde, un martes de cielo despejado de las vacaciones de Semana Santa, yendo al cine Balmes, pagando una cantidad ridícula por la entrada gracias a los auspicios del Ministerio de Cultura,… todo hizo para impulsarme a contemplar buena parte de su metraje con agrado y hasta a aplaudir internamente ciertos de sus apuntes.
Con origen en un libro de gran éxito en Francia, del que sacaron un guión Assayas y Emmanuel Carrère, la película avanza a base de la narración que, teóricamente, vierte el protagonista (inductor en la sombra de la política y las artimañas rusas desde Yetsin y, sobre todo, bajo Putin, personificado por un actor con una caracterización que no sé yo si es un acierto) a un cronista occidental que llega en el presente a Moscú para una investigación y posibilita así enterarse de todo al espectador. No se queda sin embargo ahí la película, pues de vez en cuando recalca algún detalle de guión curioso (como el para sus críticos significante vaso de leche que se bebía Gorvachov en sus comparecencias) o deja caer algún buen detalle cinematográfico (la estremecedora caída de nieve contra los vidrios de la ventana de Moscú donde se encuentra el personaje occidental que conduce inicialmente la trama, o una específica mirada perdida de la prácticamente única protagonista femenina avanzándonos lo que será su separación).
Todo va dirigido en ella a ir mostrando las fases de la construcción de un mito (ese Putin al que todos acaban llamando Zar) pero, con el paso del tiempo, la sesión va decayendo, porque el juego, con tanta continua presencia de todos y cada uno de los clichés sobre Rusia… vistos desde el mundo occidental, va cansando y aburriendo un poco. Quizás, en mi caso, por rebelarme ante la excesiva sencillez con la que se quiere resolver toda la deriva política actual (o bueno: la previa -aunque ahí siga- a la de más rabiosa actualidad).
Pero el placer de poder ir a un buen cine por cuatro chavos un día de vacaciones no te lo quita nadie.






 

lunes, 30 de marzo de 2026

Portobello


No es que los medios de comunicación queden en ella precisamente ensalzados.
Con el episodio 5 (centrado básicamente en el macro juicio contra el presentador de TV Enzo Tórtora y otros acusados de formar parte de la Camorra que tuvo lugar en Nápoles en los años 80) y el episodio 6 (en el juicio de apelación), termina “Portobello” (HBO), una serie de Marco Bellocchio que, como su anterior “Externo notte”, supone un paso más del cineasta en su intento de ofrecer un sólido retrato de la sociedad italiana reciente.
Con series como ésta, yo también me convierto en aficionado al formato.




 

domingo, 29 de marzo de 2026

Cosas del doblaje


Cosas del doblaje.
Como me estuve viendo de nuevo la película y luego entreteniendo leyendo todo lo que pude sobre ella, me enteré de los principales cambios que supone “Las uvas de la ira” (John Ford, 1940) respecto de la novela de John Steinbeck de la que sacó un guión Nunnally Johnson.
Uno importante fue el cambio de orden de la secuencia en la que la familia de Tom Joad (Henry Fonda), una vez alcanzada California desde su Oklahoma de origen, va a parar al campamento federal, ejemplo de las cosas puestas en marcha por la política del New Deal de Roosevelt. En la película ese es el último campamento en el que se les ve alojarse, lo que deja al espectador con una cierta esperanza aún sabiendo de su incierto futuro. En el libro la familia lo abandonaba… para ir a trabajar en un sitio en el que inconscientemente estaban haciendo de esquiroles, alojándose en otro campamento… en el que les ocurren innumerables desgracias suplementarias. Sí, justamente el campamento del que llegan en la película a ese otro absolutamente modelo.
Pues bien: No sé si se recordará la escena en que Fonda entra en la oficina del responsable del Centro (Grant Michel, personaje escrito basándose en uno verdadero y caracterizado en la película de forma que recuerda al presidente Roosevelt) para darle unos cuantos datos. A esa (ver la captura) me refiero.
Le pregunta cuántas personas forman su familia.
-Ocho -contesta. Y tras una pausa precisa: “¡ahora!”
Al espectador le pasan por la cabeza las dos personas que han fallecido en el largo trayecto desde Oklahoma, que han reducido consecuentemente el grupo familiar significativamente. Pero en el doblaje de la escena (que casualmente pude apreciar esta semana en la sesión sobre el New Deal a la que asistí) entiendo que han querido colaborar a la ducha de optimismo aportada por el cambio de orden señalado y hacen precisar a Tom Joad con un giro ligeramente diferente, en vez de “ahora”, lo siguiente:
-¡Por ahora!
En este caso, el espectador español que sigue la película con su doblaje, deja de pensar en las tristes muertes, para pensar en el “Estado de buena esperanza” -que se decía entonces- en que se halla la hermana de Tom.
Entre el baño de optimismo ofrecido por un campamento que trata a sus huéspedes con dignidad, como si realmente fueran humanos, y no la escoria que parecen representar para los demás, y la noticia del próximo feliz acontecimiento del nacimiento de un nuevo componente de la familia, el espectador puede irse con el ánimo más relajado a casa, sin tanta preocupación por esos pobres desgraciados.
De hecho, el cambio de orden de las secuencias aportaba a la película una pequeña sinrazón, mostrada en la carga del camión a la hora de la partida que te dejaba un poco intrigado: ¿Por qué para irse de ese modélico campamento el resto de la familia se preocupa tanto por el estado de salud de la hermana de Tom, como si estuviera enferma, cuando sólo estaba embarazada? Respuesta: porque, para entonces, ella ya había dado a luz…un niño muerto.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Cartas a mis padres muertos



Festival D’A - 9
Soy un fervoroso partidario de buena parte del cine de Ignacio Agüero, y “Cartas a mis padres muertos” (2025) pasa a sumarse a su lista de films que lo confirman.
No cualquiera puede ponerse a hacer el tipo de cine suyo que me emociona y gusta, muy similar en su estructura a los (buenos) diarios filmados. Se necesita ser un buen narrador, tener una buena capacidad para mirar las cosas, saber plasmarlo en sus tomas y, además, tener su voz y forma de decir. Y, por encima de todo, buenas historias que trasmitir.
Él, como otros muchos, también usa su entorno más inmediato (familia, amigos, territorios) para urdir sus historias. Eso está bien, pero es que además la historia reciente de su Chile natal y en el que vive tuvo ese trágico hecho crucial que perforó y partió su recorrido. El golpe militar y la represión que le siguió se cuela por todas las rendijas de la sociedad chilena.
Su familia tiene, como indica el titulo de su película ahora presentada, un papel básico en ella, como lo también lo tiene -ya la tuvo en otra magnífica película previa- su casa familiar, junto al monte Provincia (también protagonista de otra buena película previa). Agüero se recrea en su exhuberante jardín, lleno de flores, siguiendo los recorridos de sus gatos, guardando silencio o mientras explica algo; encuentra parecidos a todas las nubes que cruzan el cielo; hace un paregírico del cine de los 70; introduce y comenta los films profesionales que el mismo rodó y los films familiares que rodaba su padre; se cuela en la fábrica metalúrgica que dirigía éste y se pone a entrevistar a un dirigente sindicalista de esa misma fábrica represaliado durante la dictadura de Pinochet.
Los desaparecidos de la dictadura, como es de rigor, tienen un papel importante y emocionalmente potente, aquí con la apoyatura de imágenes que ya utilizó en otra de sus películas. Y, como siempre, te transmite mensajes que luego te van a ir rondando por la cabeza, como esa respuesta del sindicalista a la pregunta de “¿A dónde han ido a parar todos esos obreros?”: “Los obreros están ahora en China”.
Te va envolviendo en un clima que te subyuga y, cuando, después de explicar los crímenes que se le atribuye haber cometido a Pinochet para apartar del medio a todos aquellos que pudieran hacerle sombra (como se dice de su por él admirado Franco…), callando y diciendo con pausa te explica la potente acción del nieto del general Prats, que te hace salir del cine con el espíritu un nivel más arriba de lo habitual…





 

La escuela de Shinomi


Un patio de colegio. En una esquina discuten dos niños. “La escuela de Shinomi” (1955; ayer en la Filmoteca) es de nuevo -te dices- otra película de Hiroshi Shimizu repleta de niños. Pero uno de ellos recoge y calza su mochila escolar y, al alejarse, apreciamos que al andar va arrastrando un pie, dejando un rastro discontinuo en el suelo: la película va una vez más de niños, y de niños marginados, pero en esta ocasión la marginación la da que tienen parálisis infantil.
Una indiscreción de la nota de la Filmoteca te explicaba, efectivamente, que “iba” de una escuela -no esa inicial- para niños con parálisis infantil, y fui a verla con un miedo terrible de que se tratara de una película de esas “edificantes”, que marcan en ello todas sus intenciones. “La escuela de Shinomi” no escatima escenas de lo más melodramático, pero sigue siendo un Shimizu, lo que la hace, con todas sus imperfecciones, muy interesante de ver.
Construida inicialmente a base de flashbacks narrados en off por la pareja protagonista, y luego con alguna otra escena también narrada en off, explica historias muy sencillas sobre la educación de toda una chiquillería aquejada de la polio. Todos, con sus más y sus menos, son de una bondad más allá de lo esperable, lo que contrasta con otras escenas que evidencian la crueldad innata del resto de los niños.
Me he ido encariñando con la forma de hacer cine de Shimizu. Por ejemplo, noto que tarda en cerrar cada plano para pasar a la secuencia siguiente, lo que ofrece tiempo al espectador, unos segundos, para valorar la profundidad de lo visto.
Igualmente, he detectado tres travellings muy suyos y destacables,
-El primero culmina la temprana escena en el hospital -que, por cierto, certifica el papel totalmente secundario, sin potestad alguna, de la mujer en el Japón de esa época-. El profesor queda impactado por la noticia recibida, y se aleja solitario, meditabundo, por un amplio pasillo del centro hospitalario. La cámara le sigue…hasta acabar de cerrar -esta vez con mayor lentitud que la habitual- el plano.
-Los otros dos son de los de marca de la casa, ya observados en otras películas de la retrospectiva. En el primero la cámara se desplaza lateralmente por sus raíles hacia la derecha mostrando para seguir la acción -en una visión entrecortada- la confortable y muy vivida casa tradicional de la familia del profesor. El movimiento inverso de respuesta -la cámara se desplaza lateralmente ahora hacia la izquierda- se da en esta ocasión por el final en un exterior. Primero sólo vemos las hierbas altas que bordean el camino por el que se desplaza la cámara, hasta que se abre el horizonte, sobre otro camino perpendicular por el que caminan con esfuerzo, también alejándose, los alumnos de la escuela. Entonando sus cánticos, van a echar cartas al correo.
A quien no le convenza demasiado la película, por cómo se decanta hacia lo melodramático (la horrible música de piano eléctrico sería otra causa esta vez más que razonable), tiene entonces aún la posibilidad de verla como un espléndido tratado sobre la casa japonesa. Y, si se quiere, sobre arquitectura japonesa en general, pues aún aparecen otros espacios -en esta ocasión modernos años 50- como clases y hospitales.
Pero no hay que tener miedo, por si, al tema de la película. La situación de los niños con polio y sus familias era muy penosa, pero para afrontarla, Shimizu presenta las mismas acciones que ya había hecho en su primeriza “La horquilla”. En ella, Chisü Ryü se había clavado en el pie, entrando en un baño de esos exterior japonés, una horquilla de pelo. No se entiende muy bien por qué, para recuperarse de la infección causada, debía emprender asiduamente unos pesados ejercicios, hasta poder caminar de nuevo normalmente: ya lo veíamos ahí retándose a sí mismo para ir, con un esfuerzo descomunal, hasta el próximo árbol. Un par de niños, veraneantes en el mismo balneario, le iban dando sincopados gritos de ánimo para que, poco a poco, fuera consiguiendo su hazaña. Pues bien: en “La escuela de Shinomi” se repiten, con el mismo espíritu, escenas como esa. Sólo basta cambiar a Chisü Ryü por un niño afectado de polio, intentando levantarse él sólo del suelo o alcanzar una meta. Los dos niños se han convertido en todo un coro. Y todos ellos han aprendido a mostrar, durante la película, su específico modo de cojera. Chisü Ryü, unos diez años antes de “Cuentos de Tokio”, realmente se veía esforzándose, pero lo hacía fatal.

La crueldad innata de los niños