Ayer, en casa me debatía como el Capitán Haddock ante el dilema. En su caso era sobre si beber o no una botella de Whisky. En el mío si abandonar el microclima casero para ir a ver a media tarde de domingo “Fueros humanos” (“Man’s castle”, Fran Borzage, 1933) en la Filmoteca.
El diablillo me decía que a qué abandonar la comodidad del hogar, afrontando el calor, ese vergonzoso transporte público que hay en festivos, el penoso trayecto hasta el local si, a fin de cuentas, tengo constatado que no me gustan los melodramas.
El ángel bueno de la conciencia, que se notaba que acababa de volver de un cursillo de motivación donde había aprendido nuevas técnicas, me decía como quien no quiere la cosa, como si hablase a otro, mirando hacia la ventana, que creía -y es verdad- que me gustaba Borzage…
El diablillo insistía en preguntarme qué se me había perdido en una película que al parecer se localizaba en un bidonville cercano a la gran ciudad, donde se refugiaban cantidad de víctimas de la depresión producto del crack del 29 y que seguramente enviaría un mensaje de solidaridad buenista sensiblón poco creíble.
Mi ángel de la guarda, profundizando en su nueva táctica, seguía mirando por la ventana y rozó como por casualidad otro de mis puntos débiles: “¡qué curioso -susurrró- con las pocas películas norteamericanas pre-code que suelen proyectar, que pasen una de ellas..!”
Seguramente debí hacer caso al diablillo que acercaba el whisku al bueno de Haddock: a media película, ya vencida la sorpresa inicial del descubrimiento de quien hay detrás del personaje de Spencer Tracy, que vestido con chaqué y sombrero de copa invita a cenar a una hambrienta Loreta Young (un gag ciertamente bueno); pasado el momento pre-code de ver a la pareja bañándose ligeros cual Adan y Eva en el paraíso; de oír alguna heroica fanfarronada del otro personaje femenino (como ese “no escondo nada” mirándose su vestido acoplado a su cuerpo; una vez ya pasado todo eso, realmente me pregunté que por qué razones había ido a ver otro melodrama, un género que no me suele convencer casi nunca.
Pero al poco tiempo empecé a darme cuenta, hasta que una escena por el final me lo sacó hasta como exclamación, de lo bestia de ciertas cosas que descubres en la película. Y por ahí cabe todo un espectro bien amplio de animaladas. A Loreta Young le toca en suerte el papel de una mujer más buena que el pan, convenientemente retratada haciéndole brillar los ojos en cada plano y sería una delicia para feministas radicales adoptarla como ejemplo brutal de sometimiento voluntario al varón. Un varón que viene encarnado por un Spencer Tracy de cabello negro, que más parece un Tom Sawyer crecidito, buenísima persona que, en un acto de amor, le regala a su mujer la entrada para una moderna cocina, y así que podrá hacerle algo más que, sólo, eternamente estofados. Otro personaje femenino, siempre alcoholizado, es, de hecho quien resuelve poniendo la directa la situación planteada, de una forma que no sé yo qué comunidad cristiana aceptaría. Y así.
Pero, sobre todo, me di cuenta de que pocas veces había contemplado yo un melodrama que, aún con sus detalles de comedia, transmitiera una atmósfera opresiva por todos lados, tan sumamente pesada (en el sentido de sometida a un peso brutal), tan difícil de soportar. Pensándolo ahora un momento sólo doy con “Pennies from heaven” (Herbert Ross, 1980j, y aún. Eso sí: el juguete de hojalata que aparece actuando y con su música es una monada.
Y una última cosa, a ver si alguien sabe responderme: el personaje de Spencer Tracy es uno de esos que no puede estar encerrado en ningún sitio, y le abren una ventana en el techo de la barraca por la noche, para que puede ver el cielo. Si algo le excita es oír el silbato del tren, pues sabe que le puede llevar bien lejos. De hecho, en una escena, oye el ruido del tren, mira por la ventana y ve pasar una bandada de aves…
Pues bien: ¿en qué otra película norteamericana, creo que también de los años 30, el personaje entra en trance también cada vez que oye el silbato del tren, de forma que ella tiene miedo que salga y se vaya pitando? No hay forma que me venga a la cabeza.


























































