miércoles, 15 de abril de 2026

El corazón del bosque


Hay un momento luminoso en “El corazón del bosque” (Manuel Gutierrez Aragón, 1979), una película en la que, por lo demás, predominan las oscuridades.
Amparo (Ángela Molina), a quien aún no conocemos, se halla en el anual y frecuentado baile de la romería del lugar. Está conversando con otras dos mujeres cuando, súbitamente, le parece reconocer una cara entre la multitud. A la que se confirma a sí misma que es quien sospecha, una sonrisa aparece en su rostro. Una sonrisa que rápidamente esconde y pasa a disimular, porque por ahí cruzan unos números de la Gurdia Civil y lo último que quiere es que reparen en el recién llegado.
¡Cómo llenaba la presncia de Ángela Molina las películas de Borau y Manuel Gutiérrez Aragón!



 

Leonora Carrington. El juego surrealista




Para ver mucha obra y saber de la personalidad de Leonora Carrington, vale la pena este “Leonora Carrington. El juego surrealista” (Javier MArtín-Domínguez, 2012).
Con intervenciones acertadas de gente que la conoció sobre todo en su última etapa, ya viviendo en México, tiene su punto de mayor interés el que está rodado poco antes de su muerte, y aparece ella, a sus más de 90 años, en su casa y por ahí, haciendo declaraciones coloquiales, en inglés mezclado con español con acento mexicano, que revelan buena parte de su carácter.






 

martes, 14 de abril de 2026

Sesión Anahit Simonian

Anahit Simonian, que no cabía en sí de gozo, es una persona muy discreta, y se confesó no obstante preocupada ante tanta atención, y verse en la pantalla tan enorme como la habían representado. También explicó que suele ir vestida, cuando toca el piano en una sala de cine, con un vestido oscuro, para no restar protagonismo a la pantalla, pero que ayer había ido, conscientemente, vestida de colores primaverales.

Tengo un problema con films de vanguardia que se apoyan en gran medida en la animación, los efectos luminosos, las geometrías. Los puedo contemplar un tiempo… limitado, y los acepto y hasta disfruto, generalmente, cuando acuden a la figura humana o un entorno naturalista, en el que se puede urdir, aunque sea mínimamente, una historia, un sentimiento. Esto abarca no solo todo ese cine experimental alemán de entreguerras, sino también otras obras de la vanguardia clásica, incluyendo por ejemplo, la de Man Ray.
Por otra parte, entrando ahora en el tema de la música en el cine mudo: hay quien no soporte que se asocie una cinta con una música que no sea la pensada originalmente para la película, aunque no exista o se haya perdido totalmente esa. Les doy frecuentemente la razón, al entender que en ocasiones eso puede suponer una tergiversación horrorosa de la obra original.
Pero ayer, en la sesión de las 20h de la Filmoteca, me pareció ver en la composición pensada y ejecutada por Anait Simonian la perfecta banda sonora para atender a “Emak-Bakia” (Man Ray, 1926). Música de ensueño inicial y final, mientras la pantalla muestra sus imágenes flotantes; música con notas sueltas que marca la pauta rítmica para los saltos de diferentes elementos; siempre la emoción acrecentada con las estilizadas imágenes de la mujer subiendo y bajando o en el bólido de época, del ajedrez, y de otras con humanos del film. Me dio la impresión de estar viendo, en esta ocasión, un Ray, una “Ema-Bakia”, totalmente vivificados.
El famoso film de Man Ray inició la segunda sesión con intervención suya del ciclo dedicado a la pianista, que también incorporaba otra obra tan famosa como “At land” (Maya Deren, 1944), para la que Simonian (que en el coloquio explicó que tuvo grandes dudas sobre si no era mejor dejarla sin música, porque veía que es perfecta para ver sus imágenes sin sonido alguno, y que toda música le puede resultar bien superflua) ejecutó una música en esta ocasión completamente diferente, sencilla y profunda. Quizás hasta denotando ese respeto, de no quererse imponer ante esa película con la que, según Carlos Tejada en el libro que dedicó a la directora, Maya Deren acababa ya de exorcizar sus fantasmas personales.
Sin temer la comparación con dos obras gigantes como las nombradas, Anahit Simonian organizó la sesión intercalando entre ambas y finalizándola con dos obras del fotógrafo (y pareja y padre de sus hijos) Guillaume Poussou.
A mi, una persona limitada para atender lo explicado al principio, la que -hechas las conversiones de escala económica precisas- situaría a ese nivel sería la de menores ambiciones artísticas, “De l’autre coté” (2023), en la que el juego con el relato de Lewis Carroll les hace dialogar -vía piezas del puesto del ajedrez- con el cortometraje de Maya Deren. La hija pequeña de los dos artistas (en este caso él a la cámara y ella al piano) lleva la narración, inicialmente a base de capturas de fotogramas sueltos, siempre con una sencillez y espontaneidad artística envidiable, constituyendo una pieza artística, pero que no abandona su carácter de original y logrado film familiar. Para “Novo mundo live / Dream Machine” (2026), Guillaume Poussou nos avanzó, a modo de azafata por los altavoces de un avión, su deseo de que tuviéramos un buen vuelo, y para ello piano y una extraña máquina con un tronco lleno de electrodos incorporada (ver la -demasiado oscura- foto que le hice al finalizar la proyección), cuyos sonidos no supe diferenciar en algún momento de los del piano de Anahit Simonian al que estaba conectada, envolvían y a veces punteaban (ruidos de agua, por ejemplo) unas imágenes llenas de reflejos en una historia simbólica, con ciertas repeticiones para recalcar cosas


De la de Man Ray

Ídem

De l’autre coté.

Alice

At land

A la izquierda, el tronco reseco con sus cables. A la derecha, los aparatos de control de la caja metálica que era lo único que veían los espectadores.

La familia al completo.

 

Buñuel dando un sermón


El sacerdote dando un sermón desde el púlpito es Luis Buñuel.
Se trata de una escena de “En este país no hay ladrones” (Alberto Isaac, 1965) que me ha dado a conocer el interesante “Imprescindibles” dedicado a Leonora Carrington, que he visto este mediodía.



 

domingo, 12 de abril de 2026

El mejor cine catalán de los 25 primeros años del s.XXI


Como dice María Jacarica, no es Sight & Sound,… pero se le parece. Allí tenías la dificultad de reducir tus preferencias sobre la historia del cine a diez títulos, pero en ésta la cosa ha sido quizás más complicada, porque había una serie de restricciones multidireccionales para poder escoger una película que no existían en la otra:
-Sobre su duración: Debía ser de más de 60 minutos
-Sobre su naturaleza: nada de series ni obras para TV
-Sobre su momento de elaboración / estreno: los 25 primeros años del siglo XXI, pero considerando también como “estreno” su pase en un festival o bien su edición en DVD.
-Sobre su origen: se trataba de recoger el “cine catalán”, y eso lo definieron como dirigida por un realizador catalán (no sé cómo debían circunscribir ese extremo) o con producción, aunque fuera con una participación muy pequeña, catalana.
En lo que a mí me toca diré que se me hacía muy difíciI conocer si un título tenía o no producción catalana y para ello acudí al instrumento ofrecido, la base de datos del Catalán Films. ¡Nunca lo hubiera hecho! Es una base de datos estructurada por años, lo que, en principio, solucionaba el problema para adjudicar una película o no al periodo analizado. Pero, pasados dos o tres años, empecé a ver que el número de “películas catalanas” iba en un aumento que, si bien no era exponencial, era enorme. Sólo muy al final, cuando ya estaba desesperado de pasar tantas pantallas con pantallitas de títulos absolutamente desconocidos para mí, me di cuenta que se podía seleccionar, para cada año, únicamente los medio o largometrajes. Aún así, me hice cruces de la cantidad de cine no estrenado, pues ese era otro dato que la base de datos creo recordar que incorporaba.
Viendo los resultados globales, saco un par de conclusiones:
-Para dar una idea equilibrada, en la que ciertos títulos no queden desfavorecidos por ser demasiado recientes, este tipo de encuestas se deberían hacer con unos cinco años ya transcurridos tras el periodo. Lo mismo que pasa con las numerosas votaciones anuales, en las que siempre hay títulos perjudicados porque gente las votó el año anterior o posiblemente las votaría el siguiente, en menor medida, aquí. Yo, por ejemplo, he votado (creo) todos los largometrajes (no los cortometrajes, aunque considero que entre ellos hay más de una obra maestra) de José Luís Guerin estrenados en el periodo. No lo he hecho con “Recuerdos de una mañana”, porque no se había aún pasado -lo hace ahora en el Zumzeig- por aquí pero, por ejemplo, tampoco el “Historias del buen valle”, que me reservaba para dentro de veinticinco años… Pues bien. Hay quienes -18- la han votado, cuando no se ha estrenado en cine hasta febrero 2026 y, aunque la habían pasado en L’Alternativa, pensé que lo lógico sería esperar a su estreno anunciado. Más gente habrá pensado como yo o, sencillamente, no la había visto aún a la hora de las votaciones, como puede pasar con alguna otra de reciente estreno.
-Nadie excepto yo, por lo que veo, ha votado a películas que, teniendo participación catalana en la producción, nunca las consideraría como tales, por mucho que figuren en la base de Catalan Films. Pero ahí las vi, al verlas no me resistí a mencionarlas y eso comporta que haya colocado en mi lista la marcianada -por ejemplo- de una película vietnamita…:
¡Ah!: La barra superior de las páginas de la web -que enlazo aquí abajo- permiten curiosas averiguaciones cruzadas como quien ha votado determinada película y qué otras películas ha mencionado.


 

lunes, 6 de abril de 2026

Manhunter


Podrá resultar extraño, pero hasta anoche no había visto nunca “Hunter” (“Manhunter”, Michael Mann, 1986; grabada de TCM).
Me suena que la película (me sueca más de “Manhunter” que para el mí inexplicable título español de “Hunter”: ¿quisieron mantener por vez primera el original, pero se dieron cuenta de que ya estaba ocupado?) es algo así como un referente de culto. Pero es que nunca he tenido demasiada ansiedad por ver los títulos de este estilo del momento.
Así, desde mi despiste, la primero que me sorprendiò anoche fue la aparición de Hannibal Lecter y comprobar que la trama era la de “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991), porque ésta -de aproximado mismo estilo- y la siguiente de la serie sí llegué a verlas.
Pero la mayor sorpresa me sobrevino al oír sonar, en un momento crucial,
“In-A-Gadda-Da-Vida" de Iron Butterfly. ¿Cuando debió ser la última vez que hice girar ese LP, que marcò roda una època?
Sin el plano final de clásico pero con look moderno anuncio de seguros habría estado mejor, a mi entender, la película, que veo que tiene una valoración en las bases de datos muy inferior a la de su remake.



 

sábado, 4 de abril de 2026

Fantasmas


Tanto la anterior “Wolfsburg” (2003) como “Fantasmas” (Christian Petzold, 2005; ayer en la Filmoteca) ponen en primer plano personajes de dos mundos -uno sofisticado, con dinero; el otro en pura línea de subsistencia- y los entremezcla. En esta última la chica huérfana que va de centro asistencial a otro y conoce a la alocada Toni (que posiblemente tenga un pasado mucho más estable económicamente) tiene un encontronazo con los personajes -un matrimonio, ella inestable mentalmente-cuyas acciones hemos ido viendo en paralelo.
La única diferencia entre ambas sería que, mientras que el juego de tensión en que va adentrándose “Wolfsburg” puedes ir imaginándotelo desde el hecho fundamental que tiene lugar en su inicio, en “Fantasmas” -lo que la hace para mí mucho más atractiva- es casi imposible determinar cuál será el próximo paso que dé la trama.





 

viernes, 3 de abril de 2026

La imagen de una madre


Con el precedente melodramático de “Sonido en la niebla” (1956) temía que no resistiría y me dejaría un mal sabor global la última película de Hiroshi Shimizu, que tiene el título ya premonitorio, en ese sentido, de “Imagen de una madre” (1959; ayer en la Filmoteca).
Desde luego acentúa lo lacrimógeno, y excuso decir el lamentable estado en el que encontré, pañuelos de papel agotados, a una amiga al acabar la proyección. Pero la misma presencia de niños muy de Shimizu, alguno con su mala idea dentro, me la colocan en un nivel superior, aunque tiene bastantes cosas diferentes de todas las anteriores vistas, empezando por presentarse en una buena copia ¡y en scope!
La pantalla panorámica la apreciamos, sobre todo, en la escena inicial: Un grupo de niños rodea en un muelle fluvial al niño protagonista, quien suelta una paloma mensajera que emprende vuelo hacia el cielo. Ese ajetreado río, uno de los de Tokio, cruzado por varios puentes, servirá de eje crucial en toda la película. El padre del niño, precisamente, conduce un bus acuático.
Aunque no sean sus últimas películas precisamente las que más me hayan llegado, es triste despedirse de un ciclo como éste de Shimizu que ha pasado por la Filmoteca. A lo largo del mismo he podido ir siguiendo, además de su excepcional tratamiento de los niños, de su retrato de la sociedad, tradiciones y costumbres japonesas, varias constantes de su específica puesta en escena.
En los apuntes que he ido haciendo por aquí ya he ido dando cuenta de, por ejemplo, sus travellings. En sus primeras películas la cámara, retrocediendo, precedía a un grupo de actores que iban avanzando por un camino. Más tarde, unos travellings más complejos hacían cruzar a la cámara los interiores (notablemente de la casa tradicional japonesa, pero también de almacenes y otros espacios), siguiendo en paralelo la dirección de un actor por el que se sintiera interesado, un actor que iba apareciendo y desapareciendo tras mamparas y otros elementos que nos ayudaban a leer tanto al personaje y su situación como a su entorno. En “Imagen de una madre” sigue habiendo alguno de estos potentes movimientos de cámara.
El niño de la película, tras lanzar la paloma, regresa a su casa. Es entonces que vemos un típico callejón de los que tanto hacia construir para sus films Ozu. El plano que nos muestra la recepción en la casa del niño, él llegando frontalmente, con el callejón y la casa o taller de los vecinos detrás suyo es idéntico a muchos de Ozu. En ninguna otra película he tenido esa sensación de emparejamiento con ese otro gran cineasta, pero luego Shimizu no permanece mucho tiempo con ese encuadre. Pone la cámara en movimiento, ya sea en un travelling de esos o con uno de otro tipo, para mostrarnos la acción del personaje en foco o las de los otros de ese espacio. La comparación con Ozu de la película, no obstante, puede ampliarse repasando la trama argumental de esta ocasión, en la que hay una mujer casamentera a la que le buscan y preparan una pareja a su circunstancia y gusto, un viudo cuyo hijo todos opinan que estaría mejor con una madre.
Interesantísima resulta la sucesión de planos que presentan la primera cita -concertada- de la pareja. Shimizu introduce cada fase con un primerísimo plano de los objetos presentes en la inmediata superficie de las sucesivas reuniones, para pasar luego, ampliando campo en el plano siguiente, a la conversación entre ambos y, sobre todo, centrándose en sus miradas, que descubren y aprueban las reacciones del otro. En esa sucesión, se empieza con la mesa del café y sus tazas de té y la última fase de esa noche, tras pasar por un teatro con un monologuista cómico, sucede en una barra de bar americano con la clásica botellita de sake… para él.
Aunque sigue notándose lo bien que dirige Shimizu a los niños (aquí maravilla, a parte del niño centro de atención- la hermana pequeña, un inocente renacuajo a la que le gusta vestir como un pimpollo y que quiere estar bien con todo el mundo), diría que en este caso le falta un poco de la chispa inicial, esa que rebosaba en sus primeras películas hasta la cima de “Los niños del paraíso”. Aquí están las muy valiosas miradas tristes y desconsoladas del niño, pero hay una escena que marca ese punto que me encantaba de sus primeras películas. Al niño en cuestión su padre le dice que si le gustaría tener una madre, a lo que el hijo responde, señalando el retrato de su madre muerta, que su madre es esa. A la insistencia del padre, que le dice que esa es su madre, pero está muerta, y que si no le gustaría tener una nueva madre para que le cuidara, el niño primero mira a su izquierda, para ver, una vez más, el retrato, y luego, poco después, ya que el plano no acaba ahí, hará lo mismo en dirección opuesta, como preguntándose a qué viene ahora marearle a él con esas preguntas tan raras. Ahí encontramos una condensación del estilo Shimizu en su tratamiento de personajes infantiles.
Una cosa muy curiosa es que cuando ya le plantean, sin escapatoria, el matrimonio de su padre y, por tanto, la aparición para él de una nueva madre, el crío empieza a correr, alejándose de su casa. Su carrera recuerda soberanamente a la de Antoine Doinel en “Los 400 golpes” -realizada en el mismo año- y lo más sorprendente es que, según me señalaron después fuentes tradicionalmente bien informadas, no había habido ningún contacto entre Shimizu y Truffaut y sus películas.
Como todo gira alrededor de la (no) aceptación por parte del niño de su nueva madre en su -para él- aparente intento de borrar a la suya auténtica, el recorrido no puede ser sino bastante corto, dando la cosa de sí lo que puede dar de sí, y al menos para mí la película entra en ciertas redundancias (ratificadas por esos primerísimos planos de la recurrente gota de agua cayendo y haciendo el consiguiente ruido en el fregadero) que, no obstante, no supusieron ningún inconveniente para la rendición total del resto del público.











 

Hitler's Hollywood



No ha sido hasta después de atender muy atento a toda “Hitler's Hollywood” (Rüdiger Suchsland, 2017), la muy interesante película que ha colgado hoy Filmin, que me he dado cuenta de que ya la había visto hace unos años. Reconocía, claro, imágenes de las secuencias de películas que va encadenando, pero no recordaba su afiliada intención y lo bien que la va consiguiendo.
El cine alemán bajo el nazismo se merecía un inteligente, bien anclado y enfocado resumen como éste.






 

jueves, 2 de abril de 2026

Monsieur La Souris


¡Pues no habré pasado veces ni nada por la carátula de “Monsieur La Souris” (1941) en TV5Monde+, buscando alguna perdida película interesante a ver!
Hasta que ayer caí en que su realizador era nada menos que Georges Lacombe, el que se inició en esto del cine con esa joya sobre los bidonvilles que rodeaban París que es “La zone” (1928) y me dispuse a verla por si algo de esa se le había impregnado.
Ningún parecido formal entre ambas. En su segunda mitad la más reciente tiene también escenas rodadas en escenarios naturales, aunque de mayor alcurnia que la primera, pero sus escenas principales están rodadas en evidentes decorados. Las tomas de escenarios naturales dan a “la zona” una espontaneidad y frescura enormes al tiempo que le otorgan un carácter documental único, mientras que “Monsieur La Souris” (se ve que aquí se llamó “El misterio del automóvil”) tiene mucho de teatro de bulevar. Su protagonista es, eso sí, también un representante del más bajo estrato de la sociedad, un vagabundo, que conserva en este caso la elegancia de una vida que algún día tuvo.
Es y está tratada como comedia de costumbres, pero está basada en un relato de Georges Simenon, y parte de un muerto…que desaparece.
Su fuerte, y el motivo por el que la atiendes con placer de principio a fin no es, sin embargo, su trama policiaca. La atracción reside, indiscutiblemente, en unos actores salidos del teatro más popular, que ofrecen unos personajes extraordinarios. Raimú es Monsieur La Souris, pero cada vez que aparecen es un gozo que cuente con ese inspector Lognon (Regné Bergeron) o ese inocente y feliz Mr. Cupido (Raymon Almas), cada uno de ellos con sus expresiones listas para convencer de su autenticidad.