miércoles, 24 de junio de 2026

La nación muerta



Sales de ver “La nación muerta” (Radu Jude, 2017; ayer en la Filmoteca) con una molesta sensación de “déjà vu” y del poder cíclico y extensible de los acontecimientos.
En buena parte porque Jude la hace empezar y acabar con una misma imagen de un paisaje bien difuso y porque regresan a la banda sonora unas marchas militares, proclamas patrióticas y de loa al líder sospechosamente parecidas a las del principio.
Lo del “déjà vu” porque esa presencia constante en las imágenes de las armas, de la defensa de nuestros valores a base de la creación de ejércitos imbatibles y ese buscar un chivo expiatorio de todos los males son temas que llenan últimamente las noticias…
Jude montó su película, como acostumbra, definiendo un esquema que sigue a rajatabla, lanzándose hasta las últimas consecuencias a ello. Aquí ese esquema supone:
-Las fotografías de un retratista rumano de 1937 a 1946, acompañadas por proclamas, músicas y discursos llenos de retótica de cada época… y elocuentes silencios.
-La lectura de las notas del diario de un médico judio que habita en Bucarest y sigue, desesperado, todo el proceso histótico de la subida (y luego caída y sustitución por el comunismo) del fascismo rumano, su poder irradiador y su acoso acelerado a la población judia.
Cuando tiene un tema así de serio en el que mostrar tal cual sin dejar de aplicar su ironía, Radu Jude es brutal… y bien convincente.





 

Rosa de Areia



Hoy he tenido oportunidad de regalarme la visión de “Rosa de Areia”, la última película de Antonio Reis y Margarita Cordeiro, que no había logrado ver hasta el momento.
Se trata de una continua ensoñación, con alguna que otra imagen subyugadora y una cámara en movimiento que te intriga prometiéndote mostrarte algo sorprendente. Cuando la cámara se detiene, asistimos a parlamentos pausados, recitados de historias y leyendas o pensamientos constatación de sometimientos varios, batallas presentes y pasadas y las muertes que supusieron.
Mucho más coreografiada y estilizada que otras cintas suyas, no la he visto a su altura, si bien tiene la virtud de recordarlas.





Una imagen que podría haber sido del Delvaux de “Belle”…




 

lunes, 22 de junio de 2026

Aeropuerto

Por fin, entre espectágulo de folclore regional y otro diferente, les dejan ir a la pista de baile.

Para que luego digan que el cine no es un correlato directo de la situación sociopolítica del momento… A principios de los años 50 el gobierno norteamericano reemprendió relaciones diplomáticas con el gobierno franquista y se firmó un pacto por el cual España entraba en el bloque occidental, instalándose bases norteamericanas en su territorio. De 1953 es “Aeropuerto” (Luis Luciá; Canal Flix Olé) y todo parece hecho para señalar que aquí no ha pasado nada y que éste es el mejor país del mundo, abierto a todos.
Hay que fijarse en la conversación que tiene un policía con un republicano exiliado:
-(Un policía:) Vd. es de los que se largaron de España al acabar la guerra, y no para hacer turismo, precisamente…
-Oiga, que hay que tener en cuenta que yo he tenido durante toda la guerra un cura escondido en mi casa, y que además le daba lentejas…
Al poco rato entra el comisario, una bellísima persona, a la que no le importa nada que ese hombre (Manolo Morán) haya tenido algún desliz político en el pasado, teniéndose que ir al exilio mexicano, y se burla de lo que cuenta la prensa extranjera sobre la falta de libertades en la Península. Para que se entienda, deja dicho esto:
-Por ahí dirán lo que quieran, pero aquí cada uno sigue haciendo lo que le da la gana.
Si recuerdo bien, “Aeropuerto” (George Seaton, 1970) recogía las múltiples historias que se daban en un aeropuerto y un vuelo. Lo que no sabía es que el cine americano era un copión absoluto, porque sacaron la fórmula de una película española anterior en casi veinte años. Para que luego digan.
Me dispuse a ver anoche el “Aeropuerto” español, que desde luego es Barajas, para ver qué daban de sí Fernando Fernán Gómez, Julia Caba Alba, Pepe Isbert, Xan das Bolas y tantos otros. Fernando Fernán Gómez, sobre todo, está muy bien, y ciertas cosas de los demás también, pero aunque una escena cita a La Codorniz para hacerla su claro referente de la forzada comedia, en general las situaciones que quieren ser cómicas van alargándose y repitiendo hasta hacerse muy pesadas.
Por otro lado, la sala de fiestas de categoría internacional que aparece en la escapada nocturna de la pareja tiene como espectáculo un cuadro de danza regional (que te has de chupar de pe a pa) al que, para que se vea lo de la diversidad regional luego sigue un cuadro andaluz, Juanito Reina cantando “Yo soy esa” y hasta un chotis. Vamos, que por ahí también encerrona.
Para más INRI no falta una historia sensiblona y de retorno a la bondad de la vida matrimonial como la de Fernando Rey con una niña repelente insufrible, como era de rigor doblada por una adulta. La niña tiene éxito y en un plis plas consigue la reconciliación y regreso al casto amor del matrimonio, como demuestra que, después de muchos años sin hablarse, la mujer del personaje de Rey le lleve, solícita, zapatillas de estar por casa para que se las ponga.


Del prólogo que narra en ofrecer aceleradamente, para dar más risa, la historia del transporte a lo largo de la humanidad, hasta llegar al avión de pasajeros.

Manuel Morán, exiliado en México que no puede esperar más para reencontrarse con la esencia de las juergas en una taberna de su barrio madrileño, abandonando el supuestamente agradabilísimo exilio. Vamos: viene a decir eso de ¿qué iban a buscar tan lejos que tenían en casa?

Julia Caba Alba y su martirizado León.

La niña insufrible, tan buena y sabia ella, la pobre, y esa mujer que tan tristemente se ha alejado de ese marido que no hace sino abandonarla continuamente.

El principio del regreso al amor matrimonial, ella trayéndole a él las pantuflas, como debe ser.

 

domingo, 21 de junio de 2026

Memory




Las películas que pasaron sin ser vistas...
¿Será un debilitamiento neuronal producto de los primeros calores estivales importantes? Habitualmente rehuyo o abordo con suma precaución las películas de Míchel Franco, por ese cierto deje sensacionalista que suelen contener. Grabada de la televisión (M+) hace meses y a punto de borrarse automáticamente del saco de películas apartadas para poderlas curiosear un poco cuando sea, este domingo me he puesto “Memory” (Míchel Franco, 2023) y -de ahí mi asombro- la he seguido con interés hasta su final.
No tiene ninguna escena de esas de marcada provocación. De adolecer de algo, quizás sería, precisamente, de idealizar ciertas cosas y mantenerse a buena distancia del fango, cuando en otras de sus películas diría que Franco se habría revolcado ampliamente en él.
Película sobre la memoria, sobre las cosas a retener en la memoria y las que no. Me ha parecido notable como te hace ir reconstruyendo ese pasado que marca indeleblemente, a través de toda una serie de detalles, señas consecuencia del mismo.
Quizás también haya colaborado, para que negarlo, que sea Jessica Chastain, y precisamente esa Jessica Chastain de la película, su protagonista.




 

L'homme qui dort


Anoche acudí a una larga relación de películas apuntadas para ver y di con ésta de la que en su día me habló Miguel: “L’homme qui dort” (Georges Perec -en realidad autor de su guion, adaptando su libro- y Bernard Queysanne, 1974; puede verse una buena copia subtitulada en YouTube).
Los seguidores de Perec reconocerán en seguida al autor en ese inicio que marca los pormenores de un despertar de la ciudad y de un estudiante que, poco después, decide abandonar sus exámenes, sus estudios y todo, como hizo el mismo Perec en su vida.
Se trata de un abrirse a la vida que puede recordar, en cierta manera, al de “Love Me Tonight” (Robert Mamoulian, 1932), si bien aquí es, justamente, para irse cerrando paulatinamente.
Pero si hablaba de pormenores era porque el personaje y con él la película y esa voz femenina en segunda persona de la banda sonora van enumerando una y otra vez los elementos de la chambre de bonne que le hacen de dormitorio. Un procedimiento de Perec que tanto interesaba a Vila Matas.
En este inicio de la habitación y en la primera salida a las calles y sitios de París se da la preponderancia absoluta no tanto de los textos de Perec de la banda sonora, que esos se harán dueños más tarde, sino de los sonidos, que se aprecian -para que se me entienda- como si se produjeran en un plano más cercano al del monitor en el que se proyecta la película.
La chambre de bonne con sus carteles de Magritte y Escher, aunque no se abandona del todo, va dejando paso a un París vacío, propio del verano y la voz en off y todo va repitiéndose, alargándose, acelerándose, como si tuviera prisa en dejar claro que el abandono total tampoco es solución.








 

jueves, 18 de junio de 2026

Corazones cicatrizados



La película se suma a las que ya han representado el “Cristo muerto” de Mantegna.



Unos retratos dibujados y -sobre todo- unas pocas fotografías que pasan con los títulos de crédito nos vienen a informar que la historia contada a continuación tiene una base bien real. Las fotografías se tornan en unos dibujos tirando a grotescos y la cámara se acerca a su firma: M. Blecher. Un rótulo informa que la película está “inspirada vagamente en unos cuantos relatos de Max Blecher”.
La escena posterior ya nos introduce por completo en “una película de época”, como denuncian el sombrero de paja del protagonista y esas maletas que hacen ver que están llenas pero de las que, como es habitual para no fatigar a los actores, su balanceo dice lo contrario.. y, un poco después, entramos en el escenario principal del resto del film, un sanatorio antituberculoso (pero éste de tuberculosis ósea) digno de Wes Anderson.
Estoy hablando de “Corazones cicatrizados” (Radu Jude, 2016; ayer en la Filmoteca, dentro de su retrospectiva).
Los tratamientos, situaciones y perspectivas de muchos de los pacientes, incluido el protagonista, son tirando a trágicos -como corroboraría ese plano calcado al “Cristo muerto” de Mantegna que he pescado, sorprendido de lo numerosas que son ya las películas que lo hacen suyo-, pero el tratamiento que le da Jude es, aparentemente, otro, y de ahí esa citada estética que recuerda a Wes Anderson.
Las películas de Radu Jude no se suelen parecer entre sí, y ésta no es una excepción, pero quizás sí lo hace respecto a otras suyas posteriores esos intertítulos, se supone que extractos de los diarios de Blecher o pensamientos suyos, que aparecen pautando la trama, y resultan siempre bastante insospechados.
Y luego están alguna escena que parece rodada por Julia Ducornau, ese volver a “la realidad” en el epílogo y, sobre todo, los años treinta de su país -Rumania-, que nos hace seguir constantemente, por varios medios.
No me suele entusiasmar al cine de Radu Jude, ahora tan de moda, pero esta suya me ha parecido una buena película, digna de mucha atención.


Un sanatorio alocado que me llevó a pensar en ciertas películas de Wes Anderson.



Las continuas bromas (el protagonista no hace sino citar continuamente a diversos autores, de forma muy graciosa) ocultan una poética muy intensa.

 

sábado, 13 de junio de 2026

El batallón de las sombras




Anoche me disponía a ver otra de esas películas del canal FlixOlé. En “El batallón de las sombras” (1957) consta como director Manuel Mur Oti, y en unas cuantas más suyas además de “Cielo negro” se pueden ver escenas magistrales, pues tenia una mirada muy cinematográfica.
Y, realmente, sus títulos de crédito te dejan admirado. Van pasando sobre un fondo en el que aparecen sobreimpresiones de venga mujeres -el batallón de las sobras del título- caminando hacia cámara.
No es un hecho aislado. Toda la película tiene un look muy atractivo. Lo malo es que todo eso sirve para una historia costumbrista / social (la protagonizan los de un patio de vecinos y sus nunca logradas aspiraciones), repleta de escenas melodramáticas y requetesabidas de antemano, que me la hizo insufrible, no llegando a su mitad.


Eran tan pacatos que alguien debió pensar que este letrero era necesario por si alguien pensaba que el discurso negativo que soltaba al principio el narrador era pura -y angustiosa de mala- broma. Nadie veía que precisamente así era como quedaban bien retratados.

 

Jaime/Ahmad Natche



Ayer sí asistí a la segunda sesión (1) dedicada al cineasta fallecido ahora hace un año Jaime/Ahmad Natche (2), en una retrospectiva que honra al cine Zumzeig y que sería de justicia que siguiese por otros lados.
Se presentaron tres de sus películas:
Su hermano Sami, venido de Alicante especialmente, explicó que la primera de ellas, “La llamada de las piedras” (1998), de treinta minutos, es, de hecho, lo primero que rodó en cine, y que obedeció a la impresión que le causó un viaje familiar (en el que él también intervino) con su padre a su ciudad natal, Hebrón/Al Jalil, la única población palestina que conoce -añadió- que tiene un enclave de colonos israelíes en su mismo corazón. Lo que allí vio le impresionó tanto que sacó una cámara y se puso a rodar.
En la ciudad entrevistó a una serie de habitantes, historiadores y miembros locales de la Autoridad Palestina que, entre otras cosas, explican que siempre había habido ahí una comunidad judía, cuya convivencia con la mayoritaria palestina en tiempos pasados había sido total, asistiendo ambas a celebraciones y ayudándose en caso necesario. Los hechos de 1929 (leo por internet lo que pasó) dejaron a la ciudad sin judíos hasta tras la guerra de los seis días y el control israelí de Cisjordania.
Pero en lo que sobre todo se centra la película, acudiendo a ver el trabajo de obreros, a entrevistar a familias que declaran su miedo pero su decisión inquebrantable de mantenerse en sus casas pese a las presiones, es en esas piedras del título. Hebrón, se dice también en la película, es, con Damasco, Jericó y Jerusalén (por ahí debiera estar también Alepo), de las ciudades más antiguas del mundo. Y los palestinos emprenden la restauración de sus casas para hacerlas habitables y que no sean desalojadas por los colonos israelíes, al tiempo que se quejan de indefensión por la existencia de soldados que se colocan en los terrados de sus casas y les despiertan de madrugada, haciéndoles salir, con la excusa de que están buscando a terroristas.
Prefigurando toda una mirada cinematográfica, Natche acaba su película rodando a dos niños (ver imagen) que, sonrientes, miran a su vez a cámara.
La segunda película, “Cada pez a su estanque” (2007) es, en su forma -mucho menos inmediata y mucho más planificada- y duración (58 minutos), completamente diferente. Nace del descubrimiento de los hermanos Natche de que en una escuela alicantina, el Colegio Inmaculada de los Jesuitas de Alicante, en plenos años 60, se rodó por parte de los alumnos de la clase del hermano que les daba Latín (que a su vez les daba clases de cine), una película. Jaime fue a encontrarse con todos sus protagonistas y captó en ellos (ya siendo profesor jubilado, médico, empresario taurino, abogado mexicano, arquitecto, restaurador, profesora de química,…) su actividad actual… y manteniendo un poso evidente de su experiencia infantil.
Rodada con forma ortodoxa y pequeños guiños de montaje (como esa pintada captada en la calle cuando quien habla es un sindicalista), incorpora buena parte del metraje de la pieza realmente rodada en 1966, de idéntico título.
Por último se proyectó la más corta, “El contacuentos” (2019), captación (con el sólo inserto de la filmación de unas paredes con carteles teatrales entremezclados que habla a la vez de una actividad cultural histórica y sirve para ofrecer una nota casi abstracta formalmente) de cómo un director sigue y corrige un ensayo teatral palestino. Acaba bruscamente, como hizo la vida de Natche: la había interrumpido y hecho aparcar en un cajón su enfermedad.
En el coloquio, Sami explicó que su hermano había estudiado clases de Comunicación Visual y asistió dos años a la escuela de San Antonio de los Baños, en Cuba, para aprender montaje.
Por circunstancias que no vienen al caso, aunque no conocí en persona a Jaime/Ahmad, mantuve durante un periodo bastante largo previo a que se agravase su enfermedad una cierta correspondencia, intercambiando bastantes correos electrónicos, lo que me fue suficiente para saber que se trataba de una persona de lo más constante y agradable.
Conocer ayer en el Zumzeig a su hermano, que se definió a sí mismo como muy parecido a él, compartiendo su afición al cine, no hizo sino certificar mi idea adquirida por el intercambio electrónico.
(1) - En la sesión de anteayer se pasó, junto a dos pequeños cortometrajes su largometraje, “Dos metros de esta tierra”, que puede verse en Filmin.
(2) Con motivo de su muerte se publicó bien poco -de forma que, si se hace una consulta por internet, en muchos sitios aún lo dan por vivo-, pero por lo menos apareció un articulo excepcional en la revista “Caimán. Revista de Cine” número 200 a él dedicado, escrito por Manuel Asín, cuya lectura recomiendo encomiásticamente.