miércoles, 3 de junio de 2026

Kika


Entre los estrenos en Movistar, una reciente película belga, “Kika” (Alexe Poukine, 2025)
El año pasado, la joven realizadora Alexe Poukine entregaba un documental en el que diferentes estudiantes que optaban a ser personal sanitario “jugaban”, como método de enseñanza, a comunicarse, hasta para lo más terrible, con sus posibles (ficticios) pacientes. La propuesta era divertida… hasta que, poniéndose seria, entraba un poco en materias más propias de un curso de motivación de empresa.
O su pasado debe ir por ahí o algo se le debió entonces pegar, porque Alexe Poukine entrega ahora, con “Kika”, una película -ésta una ficción- en la que su protagonista ha de bregar inicialmente, como asistenta social, sabiendo entender, asumir, dialogar y convencer, dentro de sus más que estrechos márgenes de maniobra, a personas -como los pacientes hospitalarios- que no están pasando precisamente sus mejores días.
Toda esta primera parte de la película es la que, realmente, la hace atractiva, más allá del morbo del recurso a las posibles actividades sexuales bizarras con las que anuncian en su sinopsis se ha de ver envuelta para ganar un dinero que necesita imperiosamente cuando las cosas le van mal dadas (cuestión que no tiene lugar hasta muy, pero muy, avanzada la película).
Y si toda esa mitad se ve con interés es -al menos así ha sido en mi caso- por dos principales razones: La primera, por su actriz protagonista, Manon Clavel, con la que, dada su naturalidad, es fácil empatizar y luego tener ganas hasta de echarle una mano. La segunda, por los saltos entre escenas (no culmina prácticamente ninguna, que debemos imaginar) y las enormes elipsis con las que va avanzando la acción, dejando de lado engorrosas situaciones que la acercarían a un sensacionalismo no buscado.
Y eso mismo es lo que, me da también la impresión, empieza a escasear en la segunda parte, culminando en una escena en la que toma unas cervezas con unas trabajadoras del sexo, que rompe, para mi gusto, esa barrera que tan positivamente había conservado hasta entonces.
Porque ella se ha ido introduciendo en ese mundo de las BDSM (siglas cuyo significado he debido ir a consultar), hasta que tiene una conversación reveladora con un cliente que desencadena en sus espectadores la percepción de que no sólo la primera parte del film (donde había dado muestras de ello) obedecía a un sólido guion, sino que, viendo cómo una acción de esta parte final corregía otra en sentido contrario de la primera parte, esa característica se podía aplicar al film entero.








 

martes, 2 de junio de 2026

La morte-saison des amours


A poco de iniciar ayer “La morte-saison des amours” (Pierre Kast, 1961; en Netflix) me vi a mí mismo ante una película del tipo de las que buscaba y me satisfacían en cuanto descubrí la existencia de la Nouvelle Vague.
Una pareja joven -él escritor- va a vivir al impresionante lugar en el que Ledoux construyó la perfectamente diseñada Salina Real. Incluso se instala a vivir en uno de sus edificios y, naturalmente, pasea entre ellos. Un sitio en teoría perfecto para que él pueda desarrollar, aislado de todo, su escritura. Pero, en sus visitas al bar local, conoce al cacique local (Daniel Gelin) y a su mujer, y todo se da para que campen en todas las direcciones “les liasons amoreuses”, que me ha parecido ver escrito como subtítulo o argumento de fondo en sus títulos de crédito.
¿Y qué me llevaba a la querencia de películas como esta? Su misma estructura, con esas escuetas voces en off, pero que sin embargo dan cuenta de los pensamientos de sus personajes y de su evolución; el caserón en que figuran vive el conquistador, político y terrateniente, que creo haber visto también de otros rodajes de la época; la música de Delerue, aquí explorando la del siglo XVIII, cuestión ésta que enlaza con la siguiente razón; el siglo de las luces y, a la vez, su espíritu libertino, librepensador…
Todos, y todas, parecen seguir las enseñanzas de Casanova, desde ese benefactor de jovencillas con las que monta a caballo hasta ese escritor mal crecido, pasando por todas las amantes actuales o anteriores del político y latifundista, o la misma mujer del proyecto de escritor, que emprende pensativa paseos por la casa y los espacios exteriores con una falda plisada a cuadros muy años 60.
Y para asegurar ese espíritu (intelectualmente) libertino, basta ver que en una de las conversaciones se discute con vehemencia sobre Françoise Sagan (que está claro marcó una época) o comprobar el tipo de soluciones (impensables sólo unos años antes) que ofrece a los problemas planteados.
Como no he encontrado ninguna captura de imagen de la película con obra de Ledoux, pongo una de internet, de cuando ya, años después, se restauró por completo. Aunque lo quizás más significativo es su distribución geométrica en el espacio, y ésta no aparece…



No es un fotograma de la película, sino una de rodaje.









 

Pele nómada






¡Qué extraordinaria ciudad es -quizás debiera decir con mayor propiedad era- Lisboa! Eso pensaba mientras veía el capítulo en el que sale un barrio de callejas lisboeta por el que pasó la sede de un grupo artístico portugués, el Atelier Real, al que se dedica “Pele nómada” (Joäo Fiadeiro y Aline Belfort, 2025), el que me ha parecido el documental más visible (1) del grupo de Docs Lisboa que presenta CaixaForum+.
El documental vuelve, con acciones ahora recreadas, a las diferentes sedes por las que el grupo desarrolló su actividad, y eso puede interesar a esa excelsa minoría que está atenta a expresiones artísticas contemporáneas.
Pero a mí lo que me ha gustado hasta casi entusiasmarse es, además de los acercamientos a las diferentes sedes de teatro experimental en su decrépito estado actual, acusando el paso del tiempo, la amplísima introducción inicial, que recorre calles de estrechas aceras y calzadas de esos pequeños adoquines típicos portugueses, pequeñas casas forradas con fachada de mosaicos, talleres como los que un día tuvo el barrio de Gracia de Barcelona y hasta un honesto figón de la familia del narrador que por milagro aún no han caído víctimas de la gentrificación.
Véanse para comprobarlo algunas de las fotos que me he tomado la molestia de hacer después de la proyección, rebobinándola.
(1) Si no fuera por el molestísimo retraso de sus subtítulos, que no he sabido de ninguna forma sincronizar…




















Recreaciones actuales de las obras antiguas, en los espacios ya abandonados.




 

lunes, 1 de junio de 2026

Lissy

Lissy, eficiente y simpática expendedora de tabaco y caramelos en un céntrico local berlinés, acosada por su jefe.


Pero enamorada de éste, administrativo de una empresa.

Siempre con dificultades económicas.

Ayer volví a ver una película del que quizás fue el más prestigioso realizador de la RDA, Konrad Wolf, pero en esta ocasión en Arte, donde se podrá aún contemplar hasta el 18 de junio. Se trata de “Lissy” (1957).
Es bien curioso que si su “Tengo 19 años” recordaba mucho al cine soviético, ésta se emparienta totalmente con el cine alemán de la época en la que se desarrolla el inicio de su trama, que acaba comprendiendo todo el proceso de ascensión al poder del nazismo. La agitación brutal de la gran ciudad me pareció muy bien lograda. Se notaba, viendo elementos como los bordillos de las aceras, que todo estaba reconstruido en decorados de estudio, pero al emplear tanto extra y la naturalidad de lo retratado daba perfectamente el pego.
Una voz femenina en off ofrece a lo largo del film unas pocas frases -posiblemente sacadas de la novela de Franz Carl Weiskopf que adapta- que sitúan los sentimientos de la gente, y especialmente la protagonista, Lissy. Todo sigue al dedillo el desarrollo que nos ha llegado en cuanto a los acontecimientos, afín por completo a la historiografía del Este europeo. Pero lo que más asombra es el derroche de habilidades cinematográficas desarrollado por Wolf, con escenas que podrían entrar sin problemas en las antologías de las mejores escenas de vanguardia expresiva del momento.


Y un hermano que no admite su triste situación.