Con el precedente melodramático de “Sonido en la niebla” (1956) temía que no resistiría y me dejaría un mal sabor global la última película de Hiroshi Shimizu, que tiene el título ya premonitorio, en ese sentido, de “Imagen de una madre” (1959; ayer en la Filmoteca).
Desde luego acentúa lo lacrimógeno, y excuso decir el lamentable estado en el que encontré, pañuelos de papel agotados, a una amiga al acabar la proyección. Pero la misma presencia de niños muy de Shimizu, alguno con su mala idea dentro, me la colocan en un nivel superior, aunque tiene bastantes cosas diferentes de todas las anteriores vistas, empezando por presentarse en una buena copia ¡y en scope!
La pantalla panorámica la apreciamos, sobre todo, en la escena inicial: Un grupo de niños rodea en un muelle fluvial al niño protagonista, quien suelta una paloma mensajera que emprende vuelo hacia el cielo. Ese ajetreado río, uno de los de Tokio, cruzado por varios puentes, servirá de eje crucial en toda la película. El padre del niño, precisamente, conduce un bus acuático.
Aunque no sean sus últimas películas precisamente las que más me hayan llegado, es triste despedirse de un ciclo como éste de Shimizu que ha pasado por la Filmoteca. A lo largo del mismo he podido ir siguiendo, además de su excepcional tratamiento de los niños, de su retrato de la sociedad, tradiciones y costumbres japonesas, varias constantes de su específica puesta en escena.
En los apuntes que he ido haciendo por aquí ya he ido dando cuenta de, por ejemplo, sus travellings. En sus primeras películas la cámara, retrocediendo, precedía a un grupo de actores que iban avanzando por un camino. Más tarde, unos travellings más complejos hacían cruzar a la cámara los interiores (notablemente de la casa tradicional japonesa, pero también de almacenes y otros espacios), siguiendo en paralelo la dirección de un actor por el que se sintiera interesado, un actor que iba apareciendo y desapareciendo tras mamparas y otros elementos que nos ayudaban a leer tanto al personaje y su situación como a su entorno. En “Imagen de una madre” sigue habiendo alguno de estos potentes movimientos de cámara.
El niño de la película, tras lanzar la paloma, regresa a su casa. Es entonces que vemos un típico callejón de los que tanto hacia construir para sus films Ozu. El plano que nos muestra la recepción en la casa del niño, él llegando frontalmente, con el callejón y la casa o taller de los vecinos detrás suyo es idéntico a muchos de Ozu. En ninguna otra película he tenido esa sensación de emparejamiento con ese otro gran cineasta, pero luego Shimizu no permanece mucho tiempo con ese encuadre. Pone la cámara en movimiento, ya sea en un travelling de esos o con uno de otro tipo, para mostrarnos la acción del personaje en foco o las de los otros de ese espacio. La comparación con Ozu de la película, no obstante, puede ampliarse repasando la trama argumental de esta ocasión, en la que hay una mujer casamentera a la que le buscan y preparan una pareja a su circunstancia y gusto, un viudo cuyo hijo todos opinan que estaría mejor con una madre.
Interesantísima resulta la sucesión de planos que presentan la primera cita -concertada- de la pareja. Shimizu introduce cada fase con un primerísimo plano de los objetos presentes en la inmediata superficie de las sucesivas reuniones, para pasar luego, ampliando campo en el plano siguiente, a la conversación entre ambos y, sobre todo, centrándose en sus miradas, que descubren y aprueban las reacciones del otro. En esa sucesión, se empieza con la mesa del café y sus tazas de té y la última fase de esa noche, tras pasar por un teatro con un monologuista cómico, sucede en una barra de bar americano con la clásica botellita de sake… para él.
Aunque sigue notándose lo bien que dirige Shimizu a los niños (aquí maravilla, a parte del niño centro de atención- la hermana pequeña, un inocente renacuajo a la que le gusta vestir como un pimpollo y que quiere estar bien con todo el mundo), diría que en este caso le falta un poco de la chispa inicial, esa que rebosaba en sus primeras películas hasta la cima de “Los niños del paraíso”. Aquí están las muy valiosas miradas tristes y desconsoladas del niño, pero hay una escena que marca ese punto que me encantaba de sus primeras películas. Al niño en cuestión su padre le dice que si le gustaría tener una madre, a lo que el hijo responde, señalando el retrato de su madre muerta, que su madre es esa. A la insistencia del padre, que le dice que esa es su madre, pero está muerta, y que si no le gustaría tener una nueva madre para que le cuidara, el niño primero mira a su izquierda, para ver, una vez más, el retrato, y luego, poco después, ya que el plano no acaba ahí, hará lo mismo en dirección opuesta, como preguntándose a qué viene ahora marearle a él con esas preguntas tan raras. Ahí encontramos una condensación del estilo Shimizu en su tratamiento de personajes infantiles.
Una cosa muy curiosa es que cuando ya le plantean, sin escapatoria, el matrimonio de su padre y, por tanto, la aparición para él de una nueva madre, el crío empieza a correr, alejándose de su casa. Su carrera recuerda soberanamente a la de Antoine Doinel en “Los 400 golpes” -realizada en el mismo año- y lo más sorprendente es que, según me señalaron después fuentes tradicionalmente bien informadas, no había habido ningún contacto entre Shimizu y Truffaut y sus películas.
Como todo gira alrededor de la (no) aceptación por parte del niño de su nueva madre en su -para él- aparente intento de borrar a la suya auténtica, el recorrido no puede ser sino bastante corto, dando la cosa de sí lo que puede dar de sí, y al menos para mí la película entra en ciertas redundancias (ratificadas por esos primerísimos planos de la recurrente gota de agua cayendo y haciendo el consiguiente ruido en el fregadero) que, no obstante, no supusieron ningún inconveniente para la rendición total del resto del público.




















































