viernes, 15 de octubre de 2021

Inspector Bellamy


Es extraordinario el efecto que causa, alejado de lo de todo lo que puede verse hoy en día. Por una cosilla que tengo entre manos veo “Inspector Bellamy” (2009), que no es que fuera uno de los Chabrol que más me impresionara y por otra parte apenas recordaba.
Pues bien: aún ahí, en una película marcada además por el protagonismo de un ya entonces enorme -en todos los sentidos- Depardieu, aparecen unas cuantas escenas con cosas de puesta en escena que te dejan boquiabierto.
Una primera introductoria, que de hecho envuelve toda la película, sobrevuela, al son de una canción, la tumba de aquel que decía que quería ser enterrado en el cementerio de Sète, porque estaba a cuatro pasos de su casa: Georges Brassens.
En seguida aparece otra muy significativa, que selecciono mentalmente. El famoso Bellamy, ya retirado y de vacaciones en Nimes, se dice:
-Tiens, tiens!- mirando intrigado por la ventana (e intrigándonos a los espectadores) a alguien que merodea por su jardín y, a continuación, pasamos a seguir una de esas comidas que sabemos marcaron buena parte de la carrera de Chabrol. En la mesa, Depardieu con su mujer y el dentista de ésta.
Tirando ya hacia por el final, Bellamy está paseando con su mujer. Casi se cae en un agujero, pero no lo hace, según dice el mismo, gracias a la suerte, su enorme suerte, de tenerla a ella a su lado, y pasa a abrazarla como si le fuera la vida en ello. Mira por dónde, damos ahí con un impulso muy Nouvelle Vague, que bien podría ser de Truffaut.
Para que el recuerdo a Truffaut coja más substancia, por el final vemos a Bellamy subiendo una escalera (pareciera que Chabrol, sádico subido, hubiera disfrutado haciendo subir continuamente escaleras a un para nada ágil Depardieu/Bellamy…), mirando y valorando en voz alta las piernas de una chica de la trama, tal como hacia el personaje de Charles Denner en “L’homme qui amait les femmes” o concordando con la única visión que tenía desde su subterráneo el de Tritignant en “Vivement dimanche”.
Seguirán más Chabrol, porque debería ver los máximos posible.




 

Terror en el espacio



Hoy un TBO, “Terror en el espacio” (Mario Bava, 1965). Una nave espacial, que cuando sus tripulantes, vestidos como moteros, recorren sus amplios espacios, resuena a chapa metálica. Aún no es la época de la electrónica, con lo que estamos en la de la electrotecnia y todo se rige a base de interruptores de vivos colores, sobre todo rojo y verde. De vez en cuando, se ve por ahí alguna escultura como de Miró.
Buscando fotos para ilustrar esta entrada, unas incorporaban algo que se parecía a un terrorífico monstruo, que la verdad es que no he visto por ninguna parte. Puede que fuera por tratarse de otra película de título o equipo similar o bien porque yo me encontraba en uno de esos momentos en que caía, mecido por los brazos de Morfeo. En cualquier caso, al desvelarme un poco, me he encontrado ante un paisaje que recordaba al que estos días vemos por la tele, en la isla de La Palma.
He ido en pos de un libro muy bonito, de los primeros de cine que tuve (Cine y ciencia-ficción, de Luis Gasca, 1969), que veo me costó 150 pesetas, y leo lo que dice de la película. Tampoco es que se ajuste escrupulosamente a lo visto. Puede ser que hable sólo del guión original y ciertamente no fue respetado ni por asomo o puede ser que, como era habitual en la época cuando se tenía que escribir sobre cine, lo hiciera recordando la película, vista ves a saber cuánto tiempo antes:
“Otro ejemplo de guión inteligente -destrozado por una labor en serie de Mario Bava, acuciado por imperativos de producción y por obra de la censura- es el de Renato Prestiniero en ‘Terrore nello spazio’ (1965). Como ‘los invasores’ que sólo David Vincent ha visto llegar en el serial de TV ‘The invaders’, los extraterrestres de ‘Terror en el espacio’ pueden adoptar la figura humana, posesionándose del cuerpo y el alma de los muertos. Cuando los supervivientes de una expedición astronáutica retornan a la Tierra, sólo sus cuerpos y apariencias físicas regresan, ya que sus almas son las de unos alienígenas. La idea original del guión, desvirtuada por imperativos de la censura, era el presentar a la pareja de supervivientes como los dos nuevos Adán y Eva, que aterrizan en la Tierra -totalmente destruida por un conflicto atómico- para crear una nueva raza a su imagen y semejanza.”





 

Cimarrón



La presentación de personajes y los actores que los encarnan, deliciosa, con giro de cada uno hacia la cámara, aparece al principio de “Cimarrón” (Wesley Ruggles, 1931; a no confundir con la versión de 1960 de Anthony Mann).
La película en sí se inicia, no obstante, con la famosa salida a la hora anunciada de los miles de colonos para hacerse con un terreno en Ocklahoma. Caballos, carretas, hasta gente corriendo empieza una espectacular carrera para hacerse con un trozo del nuevo terreno obtenido de los indios para los blancos.
Más tarde, la trama se centra en el desarrollo de la ciudad de Osage, una población de aluvión, con 10.000 habitantes en sólo una semana, desde ese 1889 hasta 1930, el momento del rodaje del film.
La vorágine de la nueva ciudad, liderada contra los bandoleros (unos matones muy groseros, otros con aires de leyenda) por el editor del periódico local, Yancey Cravat (el hombre de poses para la historia, Richard Dix), admite un ajetreado oficio religioso en una taverna y unos cuantos enfrentamientos y muertes de buen western, lo que permiten que el protagonista marque en una imagen previa a una elipsis, una muesca más en su revólver, vista en primer plano.
Irene Dunne hace de la mujer de Cravat, que se ve forzada a evolucionar desde su clasista, racista y acomodada vida en Wichita hasta la peligrosa y todo por montar en Osage.
La inocencia típica de la fecha en que está hecha la película permite que el gracioso de buena parte de la misma sea un chicuelo negro que tenga el cometido de abanicar la mesa familiar desde la lámpara del techo, o que se llamen gandules a los cherokees y se considere que ya está bien entonces que el gobierno les compre sus tierras a 1,20 $ el acre. Aunque luego se ve que es toda ella, en realidad, un alegato avant la lettre sobre la necesaria independencia y fuerza de las mujeres, así como sobre la igualdad de oportunidades de las diferentes razas.





 

martes, 12 de octubre de 2021

El último guión: Buñuel en la memoria


Palet Palots anunció ayer que por Filmin se encontraba este documental, “El último guión: Buñuel en la memoria” (Gaizca Urresti y Javier Espada, 2008), con una conversación entre Juan Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière que le había maravillado.
Pues aunque creía que sí, no lo había visto nunca, posiblemente porque no da la impresión de haberse distribuido demasiado. Filmin debe haberlo incorporado de forma algo dudosa en sus fondos: varias veces pasa por la pantalla un letrero diciendo que esa copia forma parte de una edición especial reservada para los académicos de cine. Debe ser de esas que les regalan para que voten para los premios Goya.
Es, producida en parte por la televisión aragonesa, una auténtica producción viajera, que ha recorrido cantidad de lugares asociados a Luis Buñuel. Y, entre estos, muchos que raramente aparecen por la pantalla o fotografías. Se nota que los responsables de la película han sabido llamar a las puertas adecuadas.
La cosa empieza con su hijo mayor, Juan Luis, explicando su origen familiar en Calanda, tanto en la casa del centro como junto a la torre cercana al pueblo en la que vivieron y jugaron mucho tiempo.
Poco después se suma Carrière y, ambos ya renqueantes (a uno, viéndolos, se le va la cabeza de tanto en tanto pensando que ya no están con nosotros), hablando los dos entre sí en español, aunque lo habrían hecho con mucho menor esfuerzo en francés, recorren, rememorando historias, el Paseo de la Independencia de Zaragoza, entrando luego en el Teatro Principal.
El encuentro de ambos en la Residencia de Estudiantes de Madrid con Ian Gibson (como más tarde en el terrado del Círculo de Bellas Artes, para hablar de la República) se pone más bien serio, no tan trufado de anécdotas cómo surgen en otras partes del documental, que siempre aporta muy buena documentación, tanto en imágenes fijas como en movimiento.
De allí viajamos a Toledo, para rememorar mínimamente la Orden de Toledo (y luego hablar de Tristana), donde descubro que la Venta de Aires, el sitio donde siempre acababa cuando pasaba por la ciudad, sigue abierta, mientras que cuando leí recientemente un libro de Carrière que me hizo comprobarlo, vi por internet que estaba cerrada y ya la di por muerta y enterrada.
En París es grande la colección de sitios que se recuperan en el paseo: el Pasaje Jouffroy, La Closerie des Lilas, los estudios Albatros, el Studio des Ursulines, Pigalle, El Studio 28,…
Sorprendentemente luego, avisando de lo amplio de su presupuesto, se ha rodado también en Los Ángeles, con la aparición de Rafael Buñuel y familia… ¡y la casa donde vivió Buñuel en los años 40, antes de ir a México, donde el documental recupera a Carrière y ofrece la sorpresa de mostrarnos el estado actual de muchas de las localizaciones de sus películas y una combinación de gran efecto: la visita de Juan Luis Buñuel, con Carrière, a la casa familiar de Xoximilco en su estado actual, con secuencias de una pelicula que rodó el mismo poco antes de abandonarla la familia, aún con muebles y Jeanne Rucar, la mujer de Luis Buñuel, viva y coleando por ahí.
Éste de las localizaciones de rodajes, junto con la mirada cercana de Juan Luis y de Carrière, es uno de los grandes aciertos del film. Posteriormente llegamos a acceder a la habitación del Hotel L’Aiglon de Paris, donde solía alojarse, y salir -como él hacia- al balcón para ver allá y emprender como él alguna profunda reflexión sobre la fugacidad de la vida contemplando las vistas del cementerio de Montparnase.
Transcribo para acabar una de las anécdotas oídas en la película, contada ahora ya no recuerdo si por Carrière o por Juan Luis Buñuel, creo que por este último. Nicholas Ray está hablando con Luis Buñuel y le pregunta, admirado, cuál es su secreto para tener la libertad que tiene de hacer siempre lo que quiere en sus películas. Buñuel le contesta rápidamente:
-El secreto está en pedir menos de 50.000 dólares.
Por si no estuviera claro, Juan Luis añade que Ray se quedó libido y callado y comenta que ni él ni nadie de Hollywood se hubiera conformado con esa cantidad, mientras que su padre sólo quería lo necesario para vivir dignamente.
Una gozada para los amantes del cine y del personaje de Luis Buñuel.





 

lunes, 11 de octubre de 2021

Le sabotier du Val de Loire


Mubi acaba de colgar tres cortometrajes de Jacques Demy de los años 50, de esos que me atrevo a calificar de casi inéditos.
Una vez vistos, personalmente recomendaría “Le sabotier du Val de Loire” (1956). Tiene escenas de tipo etnológico, con todo el proceso de fabricación de unos zuecos y otros aspectos de la vida rural, que ligan muy bien con Georges Rouquier, que figura en los títulos de crédito como su productor, pero también posee unas escenas con encuadres perfectos, muy serenos, que hablan muy bien del primer Demy.




 

sábado, 9 de octubre de 2021

El destino de un hombre



Tenía asociado a Serge Bondarchuk con la fuerza bruta, porque recordaba que sus películas eran anunciadas por “Films Soviéticos” (una revista de propaganda oficial de ese cine) y eran de las que se valían de miles de extras: el ejército soviético. Eso me lo había mantenido alejado de mi atención, pero me dispuse ayer, no obstante, a ver “El destino de un hombre” (1959), ahora también en Filmin, pues venía precedida de muy buenas críticas y aceptación, a ver si me sacaba de encima mi prevención. Como mínimo sería un baño de algo trabajado de forma bien diferente de las que nos escupen continuamente.
Nada más empezar, una impresionante panorámica de casi 360 grados sobre un ondulante y desierto terreno, hasta que la cámara da con un niño caminando por un camino de la mano de su padre, me dejó de golpe desarmado. Pocas películas tienen un inicio tan potente.
A continuación un encuentro y una conversación dan pie a una serie de pequeños flashback, correspondientes a la narración que hace el protagonista de toda su historia personal: encuentro con una chica de la que se enamora (con final de ese flashback registrando el alejamiento de los dos enamorados por un camino, en otro encuadre de impacto), nacimiento del primer hijo, crecimiento de los niños… En pequeños saltos, esos flashback, con sus imágenes enmarcadas con un entorno desenfocado, van dado cuenta de unas vidas felices…hasta que estalla la guerra con Alemania.
En ese momento el padre va a la guerra y queda inmerso en ella, pasando el film, aún centrado en ese personaje, de lo personal a lo colectivo y aparecen las masas que tengo asociadas a las películas posteriores del director.
Los alemanes dan en las siguientes escenas muestras de su maldad, pero no tengo tiempo de ver si eso hace temblar mi consideración de la película -que todo ese inicio de historia personal narrada en pequeños flashback había situado muy alta-, porque en ese momento se me vuelve a cortar la conexión con internet y no hay forma de que regrese con la fuerza necesaria para reemprender la visión. 1959, me estaba diciendo en ese momento, era ya un año bastante alejado de la guerra con Alemania para traerla de nuevo a colación como tema de un film, ya siendo un recurso muy sobado en un cine soviético que ya no sabía o al que ya no le dejaban tratar de los reales intereses de esa sociedad, si bien es verdad que la novela del por otra parte muy oficialista premio Nóbel Mijaíl Shólojov se ve que es de sólo un par de años antes.
Me armo de valor y llamo entonces al número de Movistar, donde una voz femenina me va diciendo reiteradamente que no me retire, que están reiniciando mi conexión, combinando eso con todo un repetitivo concierto musical que me pone de los nervios.
Pasados unos quince minutos, me pregunta si ya tengo restablecida la conexión. Sí que se ha restablecido, pero, aunque reinicio la conexión con Filmin, será porque se trata de un sábado por la noche y en mi zona aumenta mucho el número de gente conectada, será por lo que sea, pero no es con la fuerza suficiente como para permitirme seguir viendo la película.
Cada pocos meses Movistar envía una carta diciendo que es enorme la evolución de los usos de internet que está habiendo y que bla bla bla. Que para que podamos disfrutar de ella son tan estupendos que nos amplían la velocidad de conexión. Y, al final, solo como pequeño detalle sin importancia, que eso nos supondrá un ridículo aumento mensual de unos eurillos en nuestro contrato.
En vez de notar más agilidad en el servicio, lo vamos notando más torpón, con dificultades de acceso, lentitud, cortes y necesidad de emplear la receta esa de apagarlo y volverlo a ponerlo en marcha, a ver si así…
Anoche me prometieron finalmente que nos llamaría un técnico, que vendrá a casa y revisará la línea. Será un día laborable y lo más probable será que verá que en ese momento funciona, con lo que seguiremos igual.
Claro que será de una empresa subcontratada y a lo mejor me explica lo que hay detrás de lo que nos está pasando, como un incremento de uso de las redes superior al absorbible, pero en todo caso es muy difícil que, con los horarios que se debe ver obligado a seguir y la miseria de sueldo que debe cobrar, es difícil que tenga tiempo para experimentar él en su casa lo que experimento yo con el internet de marras, y hasta es probable que el cine soviético, Bondarchuk y hasta si me apuran la línea oficialista del director y del escritor que sirvió de base a su historia le traigan al pairo.



 

Tres hombres sobre una balsa


He escogido “Tres hombres sobre una balsa” (1954) para iniciar la visión del auténtico festival que nos propone Filmin, que hoy ha colgado en su catálogo un buen paquete de films soviéticos de todas las épocas.
La película está dirigida por Mikhail Kalatozov, el director de “Cuando pasan las cigüeñas” (1957), la que avisó a Occidente de que en la URSS se estaba produciendo un cierto deshielo.
Ésta es de tres años antes y parece meridianamente claro que no se habría rodado y hecho de esta manera si no fuera que el padrecito Stalin había ya muerto un año antes y, seguramente, Jrushchov había lanzado ya su demoledor informe contra él.
La trama argumental es mínima (tres amigos desde la infancia se reúnen ya habiendo triunfado cada uno en su especialidad para reproducir un viaje en balsa por un río), pero sirve para establecer una fábula sobre la amistad, la burocracia entorpecedora y cierta corrupción que anquilosa el poder.
A poco de empezar su metraje hay un paseo en coche por Moscú de los dos amigos en busca del tercero, en el que aparecen todos los rascacielos y edificios modernos de la ciudad, presentados como si de Nueva York se tratase. Sólo por esa escena, en mi opinión, ya merecería verse. Entre eso, la bondad de casi todos los personajes, el bienestar que se respira por todos los rincones y la feliz triple conclusión del film, se entenderá que, aunque deje entender la precariedad de la vida en la sociedad soviética del momento, aún se cree algo en el modelo.
Está hecha con unos colores pastel muy propios del cine ruso de esos años, entre los que destacan unos cuantos bien vivos (fruta, farola de la balsa, flores, el azul del cielo) que se deje ver de buena gana.
Además, aunque sea poseedora de un humor de lo más inocente, hasta me he reído en un par de escenas. Una el surrealista rescate del científico, puro cine cómico. Otra, con la frase que vierte la autoridad policial en su interrogatorio cuando el interrogado señala que decía una cosa metafóricamente:
¿Entiende que no se nos permite escribir el protocolo en sentido metafórico?
Inocente, festiva, dejando traslucir algunas críticas al sistema: una sesión provechosa.


 

viernes, 8 de octubre de 2021

El halcón de los mares


No era la tarde de un domingo, pero bueno es también ver en viernes una de piratas y espadachines descansando de toda la semana. Le tocó el turno a “” (Michael Curtiz, 1940), una “de Errol Flynn”.
Entre abordaje y trifulca me he divertido fijándome en cómo esos turbios anglosajones, de los que siempre hemos desconfiado por aquí, echaban una ayudita a la leyenda negra.
No sé si alguna galeaza de las que circularon años atrás por el Mediterráneo se despistó por el océano en el s. XVI, pero me temo que en cualquier caso era muy apetitoso eso de mostrar a los españoles -más bien tontainas, frente a la astucia y agilidad de esos piratas británicos tan patriotas- exclavizando a sus enemigos y poniéndolos a remar hasta la extenuación o muerte. Así pues, mejor convertir los galeones en galeras.
Para acabar de dorar la píldora, ¿qué mejor que sea la Inquisición, con ese puesto suyo tan siniestro, la que juzgue en España a los piratas británicos atrapados? Dan para una escena corta, pero sustanciosa.


 

martes, 5 de octubre de 2021

Los ojos dejan huellas



Ahora que veo reivindicaciones de cine francés y y hasta español de ese que antes se vilipendiaba, ¿qué pasaría si hago yo lo mismo con “Los ojos dejan huellas” (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)
Sabía de la consideración y hasta amistad que le tenía Luis Buñuel desde la época de Filmófono, pese a ser un franquista redomado, pero las veces que me había acercado a películas de Sáenz de Heredia hasta ahora me habían dejado sorprendido de que alguien pudiera dejarlas en buen lugar. Hasta ahora, momento de la pesca de este curioso film por la televisión.
La película me resulta bastante sorprendente por varios motivos. Un primero es el que anuncia ese “18 años” como edad mínima para su visión, del que alarma La 2 con un par de campanitas. Y es que el film está repleto de mujeres fatales, que van por libre, que tienen llave de la casa de su amante y campean por la película planteamientos muy alejados de la capa moralizante que imperaba en la época.
Otro motivo de sorpresa es su elenco. Tanto los internacionales (un Ralf Vallone al que fuerzan una escena para que aparezca en ella con una camiseta imperio y la atractiva Elena Varzi) como los nacionales y, entre ellos, una muy guapa Emma Penella y un Fernando Fernán Gómez que, apareciendo sobre la mitad de la película garantiza una segunda parte con escenas de humor, cosa que parecía vetada en una película tan seria sobre adulterios, sobre gente que de tan resentidos que son se les tilda de comunistas.
Buñuel planea por el film en algunos momentos, aunque sea por esa salida de la pareja a Toledo y la estancia en la Venta de Aires, que tanto frecuentara.
Y, en lo que corresponde a las propias buenas maneras en dirección cinematográfica, que Buñuel vio en el joven Saenz de Heredia encomendándole la realización de un par de films de la productora Filmófono durante la República, o que luego debería poder certificar el haberse convertido en director de la EOC, me ha sorprendido, para bien, en un par de momentos. Uno es cuando están discutiendo si dejarlo estar por esa noche o acudir a la sala de fiestas Saratoga y, por un drástico corte aparece una serie de gente bailando en el Saratoga… El otro momento que me ha llamado la atención lo he detectado al ver como la música que suena en una radio supone un auténtico diálogo con el personaje.




 

miércoles, 29 de septiembre de 2021

The cold blue










En 1943 William Wyler y su equipo se subieron a bombardeos norteamericanos en sus misiones en el continente para filmar sus acciones. Cuando la tripulación de una de esas fortalezas volantes, el “Memphis Belle”, sobrevivió a 25 misiones, como premio enviaron a casa con el avión a sus componentes. Wyler les acompañó y registró en un documental el apoteósico recibimiento que tuvieron en el aeropuerto en el que aterrizaron.
“El frío azul” (“The cold blue”, Erik Nelson, 2018) es un documental que parte de las extraordinarias imágenes tomadas por William Wyler, las ordena y las hace comentar por los que iban en esos bombarderos… ¡75 años después!
Ellos narran cómo se efectuaba toda la operación, que venía a durar unas diez o doce horas, explicando cosas que no suelen aparecer en las crónicas del momento. Esos aviones no iban ni despresurizados ni climatizados. Si alguien de la tripulación se quitaba los guantes entraba en serio riesgo de congelarse las manos. Ese es un ejemplo. Uno de ellos responde, visto ahora, a la pregunta de por qué escogían a gente tan joven (eran veinteañeros) para esa misión: “Las personas mayores tienen más juicio”…
La película la considero sumamente recomendable (la pasaron por La 2, donde supongo se puede aún pescar), pero hay una cosa que me ronda por la cabeza desde su visión. Los chicos -hoy todos ancianos de más de 90 años, que luego siguieron una vida totalmente diferente) se comportaron con un valor a prueba de todo. Muchos murieron en el empeño. Fueron, y así son tratados por la película, como héroes, visto el riesgo y penurias que tuvieron que pasar. Pero… mientras la iba viendo, no pude sino pensar que esa misión tan valerosa y arriesgada era la de un bombardeo. Eran, me parece a mi, los agresores de una gente que recibía sobre sus cabezas la carga letal de esos obuses que, por su peso, casi impedían que el avión se elevase de la pista. De las auténticas víctimas, de las que no se habla, no se ve absolutamente nada en el documental.





 

martes, 28 de septiembre de 2021

La arboleda del Sur



Aunque sea muy tarde, ya oscureciendo totalmente, no puedo olvidar la cita con la Arboleda de El Sur.
Por cierto que la casa sigue en pie, parece -por las luces- habitada y conserva la veleta en forma de gaviota en su tejado, apuntando, precisamente, hacia el sur.
Pero no sé si habrá cambiado de propietarios o será una nueva generación de los previos la que ha talado buena parte de la vegetación que la cubría y tapaba bastante la casa mirando desde la carretera. Por otra parte, no sé si es que las obras de mejora están a medio hacer, pero el parterre y esa estructura verde para sostener rosales y plantas trepadoras que conducía a Rafaela Aparicio siguen ahí, pero hechos unos zorros, por lo que yo diría que puede temerse por su futuro.





 

lunes, 27 de septiembre de 2021

La solitude du chanteur de fond




El vídeo no lo dice, pero creo que esta interpretación de “Le Chant des partisans” procede de “La solitude du chanteur de fond” (Chris Marker, 1974), que ayer proyectó la Filmoteca en una sesión para ya despedir a Marker, Montand y Signoret.

Un documental que, por otra parte, desvelaba también el fuerte carácter del cantante (¡pobre Bobby Castella, su pianista!) y la preciosa casa que compartía con Simone Signoret en Autheuil, en Normandía (ver en las tres imágenes la sala de su interior, llena de estanterías con libros, ventanas con vistas al jardín, piano,..).

https://www.youtube.com/watch?v=8NEJMetXm80








sábado, 25 de septiembre de 2021

L’armée des ombres



Joseph Kessel formó parte de la resistencia francesa durante la II Guerra Mundial y es de suponer que en su novela “L’armée des ombres” reprodujera unas cuantas historias dispersas de la misma. Fue el libro que (hilvanando las historias bajo un argumento organizador, sí es que no estaba ya así) utilizó Jean-Pierre Melville para su película del mismo título, de 1969, que ayer pasó la Filmoteca.
La película se inicia (foto 1j con el impresionante desfile del ejército alemán, marcando el paso bajo el Arco de Triunfo de l’Etoile, en Paris. A ese ejército se va enfrentar -esa es la tesis expresada en el mismo título de la novela y película- otro ejército, actuando en la sombra.
En la película Lino Ventura (a la sazón con gafas, para darle un cierto aire intelectual) es un jefe de la resistencia (Philippe Gerbier) que aparece enseguida detenido por la policía francesa y conducido a un campo de concentración. El ruido de sus zapatos pisando el fango del mismo durante el largo paseo hasta su barracón nos hace, como espectadores, ponernos muchas cuestiones, que iremos respondiéndonos poco a poco.
La tensión en toda la primera parte de la película (para mí la mejor) está lograda a base de ruidos de ambiente como ese de las pisadas. Poco después el personaje de Lino Ventura es conducido a la sede de la Gestapo. En una sala de espera donde recae con un jovencito también detenido (foto 2) la tensión viene dada por el tic-tac de un reloj en medio del silencio de la madrugada. Más tarde Gerbier, huyendo, se refugiará en una barbería, dando pie a la breve pero potente intervención de Sergi Reggiani en el film. Pues bien: es el ruido del jabón que extiende el barbero por la cara del cliente y más tarde el ruido de su navaja afeitando los que marcan el diapasón de nuestra angustia como espectadores, nerviosos pensando cómo podrá salir de ese embrollo.
Como quiere demostrar la terrible escena de la eliminación del joven delator (tras escena de la foto 3), también llena de pequeños sonidos ambientales y poco diálogo, toda esa actividad no se trata de un juego, sino de algo bien serio. Pero es verdad que luego alguna historia, por rocambolesca, se hace muy difícil de creer y uno ya olvida la tensión para darse cuenta de que se encuentra ante una de esas películas que simplemente fomentaban su afición por el cine.
Conviene quedarse hasta el final, por cierto, pues es entonces cuando, siguiendo una cierta tradición lamentablemente hoy casi olvidada del todo, circulan las imágenes de los diferentes personajes, pudiendo leer a su lado quien es el actor que ha encarnado a cada uno.



 

Viejo calavera


Viendo que “Viejo calavera” (Kiro Russo, 2016), está producida por un sindicato minero, la primera idea fue pensar que sería una meritoria, pero no demasiado atractiva película boliviana sobre la dura vida de los mineros.
Algo hay de eso, como vemos en las escenas en el interior de la mina (por otra parte impecable y muy atractivamente fotografiada), en la que todos mascan coca para poder soportar el trabajo, pero la sorpresa reside en que el film, proyectado en el Festival de Locarno, escoge mostrar ese oscuro ambiente minero siguiendo la pista de un desgraciado zumbado, que comete pequeños hurtos para hacerse con lo que se mete en el cuerpo y alucinarse en discotecas, hasta que tras la muerte de su padre, vencida la paciencia de su padrino, éste se decide a colocarlo con él en la mina.
El chico, al que cuesta entender un montón (como a todos los demás que mascan coca, agravado por lo que él por su parte se mete dentro) sigue causando problemas, pero la cosa llega a una enternecedora escena final, en una camioneta yendo por Los Andes, que a mí me ha recordado, por muy alejadas que puedan resultar, a varías películas sobre la difícil educación de un inadaptado. La lista es larga y de seres totalmente diferentes entre sí (Gaspar Hauser, Victor de l’Aveyron, el François de “La infancia desnuda”, King Kong,…), pero siempre llega ese momento de comprensión y empatía…
La película la deja ver Le Cinéma Club hasta el próximo jueves en este enlace:


 

viernes, 24 de septiembre de 2021

César en su trabajo, vestido para asistir a continuación a una boda.

Con Rosalie en el coche, tras la boda.

No recordaba tan divertida toda la primera parte de “César et Rosalie” (Ella, él y el otro”, Claude Sautet, 1972; ayer en la Filmoteca). Lo consigue el dibujo extraordinario que se hace en ella del personaje de César, magistralmente interpretado por Yves Montand. Es éste un tipo sin educación, fanfarrón, grosero pero divertido, siempre el rey de la fiesta, un hombre que todo lo arregla a base de su (mucho) dinero, ganado en sus negocios de chatarra con habilidad y esfuerzo.
Su rival en el amor de Rosalie (Romy Schneider) no puede ser alguien más opuesto a él: un dibujante algo retraído, discreto, guaperas, interpretado por Sami Frei (quien en cuanto aparece dirías que es Arcadi Espada…).
En la sala de la Filmoteca surgieron varias risas nerviosas, lanzadas por unas cuantas mujeres, en dos o tres ocasiones. Se mostraban incrédulas, sorprendidas por cómo de obediente se mostraba Rosalie ante los evidentes desprecios machistas de los hombres de la función, siempre pidiéndole que lavara algo, trajera bebidas o hiciera café o la comida, asumiendo que esa era la obligación y el puesto en la sociedad de la mujer. En cada ocasión Rosalie parece aceptar dócilmente también que ese es realmente su cometido y se dispone a hacer lo que le dicen.
Pero la cosa es mucho más complicada que eso, como la misma trama de la película, que acentúa luego la real libertad de acción de Rosalie (por otra parte una mujer en la que recae lo difícil de la negociación con los clientes o proveedores, a la vez que demuestra ser una inteligente y sensible diseñadora de apartamentos).
César, el personaje de Montand es ciertamente un bruto (en alguna de sus explosiones me recordó algún film de Buñuel, como “Él”), pero se demuestra en realidad un pobre desgraciado, que no sabe cómo hacer para seguir adelante.
Por suerte, cuando ya veía venir una temible solución estilo Chabrol, la trama se abre a libérrimas posibilidades, lo que no deja de estar nada mal.
Claude Sautet sorprende por la agilidad que imprime a toda esa primera parte, en que queda tan bien dibujado el carácter extraordinario de César y, más tarde, sin ese vertiginoso ritmo, cómo, a base de planos medios, más próximos que los iniciales, entra a descubrir el conflicto y lo que esconde cada personaje.
Pero también debe decirse que “César et Rosalie” es un auténtico recital de dirección de actores. Montand y Schneider se hacen recordar, mientras que surge también por ahí una cría, Isabelle Huppert, que dará que hablar.


David -el “otro” del título español, con la hija de Rosalie en sus brazos-, Rosalie y César.