lunes, 9 de marzo de 2026

La torre de la introspección

La voz de quien efectúa el recorrido de las mujeres por el reformatorio sigue en off enseñando cómo los niños limpian ellos mismos cotidianamente.

Igual que trabajan en el campo, cultivando parte de sus propios alimentos.

Tanto es así que a veces parece un presidio con redención de penas por trabajo.

Y asisten a clase ellos…

…y ellas.

La primera imagen de “La torre de la introspección” (Hiroshi Shimizu, 1941; ayer en la Filmoteca) no es ésta vez un travelling en retroceso ante el avance de un grupo por un camino: es un plano general que es cruzado de extremo a extremo por un tren, como pasará alguna otra vez en el curso de la película. Pero ese travelling viene inmediatamente a continuación, dándote a pensar (tres Shimizu vistos en esta semana, los tres con la misma secuencia) que se trata de una marca de la casa, cuando menos por esa época.
Los que se mueven tras la cámara y hacia ella no van esta vez a un balneario. Son, en este caso, un nutrido grupo de señoras que, guiadas por un monitor, se disponen a recorrer y conocer por dentro un reformatorio aislado en medio del campo, que acoge a gran cantidad de niños y niñas conflictivos.
Porque si en otras películas de Shimizu aparece siempre algún niño inquieto, que te alegra la velada con su sinceridad, en ésta los hay a patadas. Con retratos de niños -y de sus profesores y padres- que te convencen un montón, sin embargo no me resultó la película de ayer tan exaltante como las otras dos que, en tan corto espacio de tiempo he alcanzado a ver. Y eso por dos motivos.
El primero -coyuntural- es el estado infame de la copia proyectada, que doy por bueno si es esa la única existente que puede verse. En algún momento apreciabas que había una música en la banda sonora, emergiendo del continuo y pesadísimo ruido de fondo general, pero de tan distorsionada que surgía era difícil de captar. Un replique de campañas lo tuvimos que suponer, más que por su extrañísimo sonido, por el plano medio de las campanas en acción. Son todas las vistas hasta el momento copias en 16mm en un estado tal que me recuerdan las que llegaban en los 70 a los cine-clubs, después de miles de pases previos. Ahora que parecen estar en un punto de madurez las restauraciones, llegando sus resultados a muchos festivales, no estaría mal que alguno echase una mano a la Japan Fondation en esa dirección…
El otro inconveniente que no me ha hecho disfrutar del todo de la película ha sido el mar de fondo que intuía en su trama. Tratando el tema que trataba, cualquier espectador debía presuponer que iba a presenciar un final edificante. Ya iba preparado, pues. En este sentido, me gustó mucho cómo iba cerrando plano tras plano Shimizu, sin redondear y sentenciar moralmente de forma redundante, dejándolo todo lo ejemplarizante en una ligera impresión. Pero tras la epopeya de traída de agua que tanto me recordó a “Él pan nuestro de cada día” (King Vidor, 1934), hay un final de cánticos y recitado de propósitos de enmienda y mensaje poético de todos y cada uno de los protagonistas que no pude desligar del todo del inmediato estallido imperial japonés… y de los finales del cine chino de la revolución cultural. A ver cómo pasarán las películas de Shimizu el periodo de guerra y la derrota japonesa.

Los traumas que arrastran les hacen frecuentemente mojar el tatami.

Una nueva interna.

Con dificultades para adaptarse.

Lo que causa preocupación en “su nueva mamá” (su tutora).

Sus difíciles relaciones.

Visita de una madrastra.

Comunicación de que un niño se ha escapado



Y el acto de final de promoción con los propósitos de enmienda y referentes poéticos.
 

sábado, 7 de marzo de 2026

Los masajistas y una mujer




El otro día, comentando la película de Shimizu -“La horquilla”(1941)- acabada de ver en la Filmoteca Valenciana, surgió el debate sobre si la aparición en la trama de masajistas ciegos era sólo para provocar algún gag o si, realmente, existía en el Japón una tradición al respecto.
Ayer, viendo, ya en la Filmoteca de Barcelona, su previa (1938) “Los masajistas y una mujer”, uno de los masajistas del título asumía un papel protagónico y, como los demás que aparecen en la trama, también era ciego. He mirado por internet y ahí informan que eso viene de tan antiguo como desde el siglo XVII, y no por lo que llegamos a aventurar (que no vieran a mujeres desnudas, que tienen un tacto mucho más perfeccionado, etc.), sino simplemente porque, igual como por aquí la ONCE encontró en cederles la venta de su lotería una forma de que tuvieran ingresos, allí vieron que era bueno encaminarlos hacia ese empleo.
Hecha esta digresión, paso ya a hablar de la película.
Lo que son las cosas, ésta de 1938 empieza exactamente igual que empezaba la de 1941: La cámara, en travelling en retroceso enfoca a unos caminantes que se dirigen por un amplio camino entre el bosque hacia un balneario (primera foto). Aquí se trata de dos masajistas… ciegos, que se cruzan con niños o son adelantados por viajeros -estudiantes, excursionistas, un hombre con su sobrino, una misteriosa mujer- que tienen su mismo destino.
Hay más concomitancias entre las dos películas, y no sólo en la referencia a la vida de balneario, hasta el punto que diría que ésta de 1938 parece un poco borrador de la de 1941. Acabaré con eso.
Previamente, los títulos de crédito ya anuncian, por la música de la que van acompañados (si no fuera por el uso de violín y otros instrumentos ajenos, la asignaría a una banda valenciana tocando una pieza bufa), que nos hallamos ante una comedia, que acentúa los elementos cómicos. Ahí está, en el camino de acceso de los masajistas, la forma de hacernos ver, mediante un obstáculo que sortean, lo desarrollado que tienen también el olfato. También, las crueles bromas que gastan los estudiantes a los ciegos, o el encuentro de los estudiantes doloridos por los masajes con las mujeres excursionistas, dando lugar a un divertido sainete (ver serie de tres imágenes también colgadas)
Pero, perdidos entre tanta escena jocosa, van dándose, por una parte, unos impresionantes travellings laterales, que subrayan la estética interior de la arquitectura tradicional japonesa y dan a conocer nuevos espacios en los que se desarrolla la acción y, por otro, planos muy bien encuadrados aportando un tono dramático muy incisivo: esa mirada bajada de la misteriosa mujer, que parece meditar que ya le estará vetado para siempre su regreso al hogar, o ese recorrido de ella sola, protegida por una sombrilla, por la pasarela del río por la que había transitado previamente acompañada.
Este último plano es uno de los que recuerda poderosamente a otro que volverá a aparecer en “La horquilla”, de la misma forma en que en las dos palículas son las miradas y las acciones de niños las que permiten hacer ver cosas a las que de otra manera no se llegaría.
Si en “La horquilla” era el personaje de Chishu Ryu el que representaba de una forma desmedidamente exagerada su cojera, en esta “Los masajistas y una mujer” son los masajistas los que evidencian su ceguera a base de fuertes exageraciones. Me da la impresión de que, poco a poco, Shimizu fue puliendo estas cosas que le aproximaban al primitivo cine cómico para ir yendo a lo esencial, de la que ya aparecen indicios en esta obra menor, pero que se pasa muy bien y tan prometedora resulta.





 

jueves, 5 de marzo de 2026

La horquilla

1 - Excursionistas y peregrinos hacia el balneario. Ellas dos se avanzan y conversan.

El profesor, perturbado por el algarabío.

El profesor, en la poza, repartiendo doctrina ante sus aduladores escuchas.

Teniendo en la Filmoteca, en Barcelona, una retrospectiva muy completa del cine de Hiroshi Shimizu, ¿que hago yo perdiéndomela por todos los motivos posibles? Suerte que la retrospectiva debe estar organizada por la Japon Fondation, con lo que debe extenderse a varias ciudades españolas. En todo caso, ayer pude ver “La horquilla” (“Kanzashi”, 1941) en la Filmoteca de Valencia, en una copia infame, pero que aún así me confirmó que las películas de Shimizu son un tesoro a intentar por todos los medios no eludirlas, ahora que se nos ofrece la oportunidad de disfrutar de ellas.
La primera secuencia de “Kanzashi”, pese al estado de la copia, que impedía una buena visión y entorpecía su audición, ya fascina: Por el ancho camino de un bosque avanzan lo que parecen unos peregrinos, con estandartes y música, vistiendo trajes tradicionales. Delante suyo, un par de mujeres empiezan una conversación (primera imagen). Quizás todos ellos sólo sean, como los tres o cuatro que se colocan al margen del camino para verlos pasar, grupos de excursionistas que van al balneario que será el escenario de toda la película.
El plano siguiente es una panorámica hacia la izquierda siguiendo la entrada de un grupo grande de chicas en ese balneario. Para descansar del trayecto, precisan de la presencia de todos los masajistas del lugar, que vemos dirigirse hacia donde van a atenderlas, no sin dejar de observar que, sorprendentemente, todos ellos son ciegos.
Corte entonces a un plano fijo, en el que aparece un profesor leyendo en su habitación, molesto por el algarabío que ocasionan las chicas (tercera imagen). Ha habido un muy buen raccord sonoro del entorno colectivo -la recepción del balneario del plano anterior- al privado de éste otro plano…
No sigo detallando los siguientes planos de la película, entre otros motivos porque no los recordaría. Sólo hacer notar que nos introducen en los elementos cómicos y costumbristas que van a presidir buena parte de la función: el profesor cascarrabias y agradecido cuando le muestran respeto; una pareja joven con él tan inseguro que le pregunta a cada paso la opinión que ha de dar a su mujer, lo que lo avergüenza ante el temido profesor; dos niños que lo ven todo como un juego; un nada silencioso concurso de ronquidos (en un par de las imágenes colgadas intento reflejar la idea) ; la misma vida del balneario, con por ejemplo esos dormitorios colectivos, cada nutrido grupo sobre un único tatami….
Pero la película también hace ver una escena con una situación extremadamente comprometida entre un chico (que parece ser que está interpretado por Chishu Ryu, el gran actor de tantos Ozu, pero que de tan joven no he reconocido) que en una poza del balneario se ha pinchado el pie con una horquilla, lesionándose, y la chica que accidentalmente dejó caer la horquilla (interpretada por Kinuyo Tanaka, actriz también de Ozu y otros grandes directores japoneses -especialmente Mizoguchi-, incluida ella misma, ahora muy revalorizada gracias a películas como su “Pechos eternos”), que vuelve al balneario para disculparse. Esa escena, confrontándolos a los dos desconocidos solos en una habitación, mostrándonos el embarazo que los domina a ambos, la vi como una de las mejores descripciones del carácter japonés que el cine ha dado. Ella se retira, completamente avergonzada, de la habitación, alcanzando el vecino pasillo. La cámara la sigue hasta encuadrarla allí, ya ella sola, asustada. Corte.
Y la película, claro, es principalmente una historia de acercamiento y desarrollo del amor, envuelta en un cierto halo de inquietud por circunstancias pasadas de ella que no acabé de intensificar (vamos a achacarlo al mal estado de la cinta proyectada…) y otro de nostalgia, representada por esa bellísima secuencia final, en la que advertí por vez primera la presencia de una música no diegética que redondea la impresión, con ella paseando por los mismos escenarios que compartió con él (ultima imagen que he colgado)

El joven matrimonio -obsérvese la retrasada posición de la mujer respecto al marido- preparando el complot.

Presentación entre sí de los accidéntales victima y verduga.

Los dos, dejados solos inmisericordiosament

Los dos hermanos animando la recuperación del herido.

Encuentro en el entorno del apartado balneario.

Ante la imposibilidad de dormir, concurso de ronquidos…

… entre profesor y abuelo.

La constitución de la comunidad de residentes en el balneario.

Acercándonos a la escena final.

Ella, rememorando sus espacios de memoria, que decía Moragas.


 

lunes, 2 de marzo de 2026

Portobello


Sólo dos planos, dos imágenes de dos escenas del segundo episodio de “Portobello” (Marco Bellocchio, 2026), que ya se puede ver en HBO Max.
De la primera escena destacar, sobre todo, una música final. Tórtora sale cabizbajo, esposado, de la comisaría a donde le han llevado. Presentador famosísimo en toda Italia, le está esperando fuera toda una jauría de reporteros gráficos. En un momento dado, oye como el jefe de uno de ellos le dice a su empleada: “Las esposas, tómale fotos de las esposas”. Él, en vez de ocultarlas, enseña sus muñecas aprisionadas con las esposas y luego las muestra a todos, alzando sus brazos. Es el momento de la primera foto.
Pero cuando ésta acabando la escena, pues el coche de la policía se lleva a Tórtora a la prisión, la música que ha estado marcando la pauta, el ritmo de la secuencia, sube de tono y se superpone a toda la jarana a la que hemos asistido. Se diría que cuando la excitación de todos los que ahí han acudido baja, la música, que ha tomado carrerilla, no sólo no baja sino que sigue y hasta se envalentona. A mí me ha sonado como una tarantella de la Nuova Compagnia di Canto Populare, agudizando el sentimiento de estar asistiendo a una ópera bufa. Luego he acudido a los títulos de crédito y visto que no especifican la tonadilla, pero que toda la música de la banda sonora, interpretada en casi todos sus instrumentos por él mismo, viene firmada por Teho Teardo, que veo es un creador musical italiano de prestigio.
He encontrado la escena completa en YouTuve:
Y la segunda escena: Es Tórtora, paseando por el patio de la prisión junto a otro recluso. Desde una casa vecina le sacan fotos, que se publican en la prensa.
La prisión, tan parecida a la Modelo barcelonesa incluso en su hacinamiento y deterioro, es uno de los protagonistas del episodio, y creo que seguirá siéndolo en los siguientes. En éste permite la sugestión que asaltaba al protagonista de un cuento muy cruel de Villiers de l’isle Adam, “La tortura de la esperanza”. Pero aquí va de otra cosa. Tórtora se encuentra con un personaje de la Commedia dell’Arte que, no sé si erróneamente, he identificado con Polichinela.
En cualquier caso, el episodio está saturado de personajes napolitanos.


 

Filmoteca




Después de llevar un tiempo diciendo que la programación de la Filmoteca ha fijado una deriva peligrosa hacia la marginalidad, que puede bajar los índices de audiencia una barbaridad, voy a ver on line el programa del mes de marzo (porque eso sí, el programa del mes sigue llegando a casa muy tarde, bien entrado el mes) y veo una programación increible, que al margen de otras posibles sorpresas, sólo de nombres consagrados anuncia ciclos nada menos que de:
-Johan van der Keuken
-Hiroshi Shimizu
-Christian Petzold
-Mia Hansen-Love
-Fritz Lang periodo mudo
Y a ver cómo se combina todo ello con el Festival D’A, viajes, cursos y otros compromisos…
Por de pronto ya me he perdido y me voy a perder el inicio de la completa retrospectiva de Shimuzu y tengo claro que no podré ver sino una ínfima parte de toda esa oferta.
Porca miseria!



 

martes, 24 de febrero de 2026

Portobello




Pequeña decepción al saber que, por una vez que tenía acceso a la nueva película/serie de Marco Bellocchio, “Portobello” (2026; en HBO-Max), no podía continuar viéndola, pasando al segundo episodio tras haber degustado con gran satisfacción y admiración el primero. Supongo que la plataforma deberá ir desgranando semanalmente los cinco episodios que la completan.
Por el momento, con sus dos ambientes -el del concurso de moda en la RAI de finales de los 70 y principios de los 80 seguido desde todos los hogares y el del peculiar mundo de las prisiones estatales, rebosantes, saturadas de singulares especímenes y dominadas por grupos de la camorra-, el primer episodio nos ofrece, como hizo Bellocchio tan brillantemente en su anterior “Externo notte”, un retazo más de la reciente historia italiana.
Dos ambientes en este primer episodio paralelos, únicamente conectados por los monitores de TV existentes también en las cárceles y que todos los que afrontamos la película/serie sabemos previamente que están condenados a coincidir.
¡Qué bueno es Bellocchio!




 

domingo, 22 de febrero de 2026

Das wandernde Bild














Si se pudiera uno quedar con sólo una parte de película, y olvidarse del resto, entonces yo defendería a capa y espada “La virgen de la nieve” (“Das wandernde Bild”, Fritz Lang, 1920; ayer en la Filmoteca), pero sólo por su primer acto. Bueno: y de propina me llevaba esa imagen posterior de un brazo de la Muerte que toca una campana en sobreimpresión.
¿Qué contiene ese primer acto? Pues, como toca, el inicio de toda la intriga. Y digo bien lo de intriga, porque la siembra mediante buenas artes. En él, una viuda, a todas luces desesperada por algo más que su viudez, sin que podamos saber sus motivos, sube a un tren que la lleva a un pueblo de montaña, causando viva impresión en otro viajero.
Las escenas correspondientes a este tren, de las que he hecho unas capturas, me parecen magníficas. Todo está visto en él desde el punto de vista de ese otro pasajero, observador y cautivado. Como el tren es casi un tranvía, no digo que sean como las de “Amanecer”, pero me las han recordado.
No son sólo las del tren. Cuando poco después va en una barca atravesando el lago en busca de una habitación de hotel, también hay imágenes muy buenas, y la intriga va in crescendo. Pero como se trata de una película de montaña, hacia ella se debe dirigir para que se desarrolle ahí el grueso del film. En otra imagen la vemos ya con ropa deportiva (sic) dispuesta a lo que sea. Y la ascensión y demás ya es cosa del segundo acto, en una amenazante -según los diálogos e intertítulos- montaña que, más que montaña, es un trozo de ladera con una lengua minúscula de glaciar y otro espacio lleno de rocas medio quebradas de donde se desliza de tanto en tanto un buen pedregal.
El tercer acto (hay cinco o seis) es un flashback que nos va a explicar las causas de su desplazamiento hasta la montaña y que devuelve al llano y, concretamente a un ambiente muy chic, en el que se desenvolvía la chica. Luego se volverán más escenas de montaña para profundizar y resolver el drama, pero, desde mi punto de vista, sin opción alguna para que pase a ser una pieza a recordar del género.
Y es que, malicio yo, Fritz Lang ya estaba liado con Thea von Harbou, con la que firma el guión, y ésta, que se revelaría gran partidaria del nazismo, ya debía haber enredado al bueno de Fritz, haciéndole comulgar con un melodrama tirando a ridículo, que sólo te permite echarte unas risas cuando resulta que, en el flashback revelador, la chica se nos había enamorado de un pensador partidario del amor libre que, para más bochorno, luego pensando evoluciona y pasa a otro estadio bien diferente.
Es curioso constatar que reconocidos historiadores y exégetas de Lang ni mientan la película. Y es que se ve que se había perdido, parece ser que llegándose a creer que definitivamente. Pero se encontró a finales de los 89 una copia en Brasil, que sirvió para su reconstrucción. Una reconstrucción parcial, puesto que el metraje reconstruido venía a ser como tres cuartas partes de la duración original. Pero la filmografía de Lang, digo yo, podría prescindir perfectamente de este título, si bien a mí me guste ese primer acto… por razones alejadas del langismo…