Anoche estuve navegando por Netflix siguiendo la carta de navegar facilitada por Sergio para buscar qué ver y recordando cuando había tenido acceso, hace unos años, a la plataforma: es una de las mejores formas de ocupar el tiempo que, en principio, tenías reservado para ver una película.
Al final vi que había una película de Benoît Jacquot y tuve un cortocircuito: dejé de buscar más para verla. Cuando descubrí que estaba protagonizada por Dominique Sanda e Isabelle Huppert, me reafirmé en la decisión.
“Las alas de la paloma” (1981) es una versión cinematográfica de la novela del mismo título de Henri James. No sé si lo había leído (al menos he comprobado que no conservo por casa el libro), pero hallé en ella, de repente, el rastro del escritor.
Digo eso no por la ambientación casi completa de la trama en Venecia -ciudad que me ha resultado más cercana a lo que fotografiaría un turista cualquiera que al espíritu veneciano de James-, sino por haber dado súbitamente -ya bien entrado en su metraje- con rasgos de esas situaciones de sus novelas en que se dice algo pero sin decirlo claramente, como dando giros alrededor de lo que podría decirse directamente y, por otra parte, con tramas tirando a malévolas, lo que se va comprobando a medida que avanza.
Hasta ese momento sólo había deparado en un realizador, Jacquot, que actuaba como si estuviera saliendo de sus primeros films tan minoritarios para adentrarse en una apuesta decididamente comercial. Algún diálogo, tal como está servido, roza el sublime ridículo, y alguna secuencia me pareció que llegaba a tener el aroma de una fotonovela, cuestión ésta casi confirmada al ver aparecer por ahí, en un pequeño papel, a Jean Sorel, tan de esa estética.
Con todos los peros del mundo, la seguí, no obstante, con mucha más atención e interés que las docenas de películas que pasan habitualmente por ahí como novedades. Y ha sido después cuando he visto del todo claro que, adaptándola a un tiempo actual (pero en el que los turistas no atiborran Venecia y vive gente en sus palacios), su trama tiene efectivamente todos los ingredientes de Henri James: Venecia y sus riquezas (el conocedor local-Michele Placido- que lleva a su bellísima y equívoca turista -Dominique Sanda-a ver la iglesia de Veronés, una heredera multimillonaria alojada en el Danieli acompañada y vigilada por su madrina en su indolente estancia veneciana, un proceso que trastoca dramáticamente las intenciones,…)


















































