lunes, 2 de marzo de 2026

Portobello


Sólo dos planos, dos imágenes de dos escenas del segundo episodio de “Portobello” (Marco Bellocchio, 2026), que ya se puede ver en HBO Max.
De la primera escena destacar, sobre todo, una música final. Tórtora sale cabizbajo, esposado, de la comisaría a donde le han llevado. Presentador famosísimo en toda Italia, le está esperando fuera toda una jauría de reporteros gráficos. En un momento dado, oye como el jefe de uno de ellos le dice a su empleada: “Las esposas, tómale fotos de las esposas”. Él, en vez de ocultarlas, enseña sus muñecas aprisionadas con las esposas y luego las muestra a todos, alzando sus brazos. Es el momento de la primera foto.
Pero cuando ésta acabando la escena, pues el coche de la policía se lleva a Tórtora a la prisión, la música que ha estado marcando la pauta, el ritmo de la secuencia, sube de tono y se superpone a toda la jarana a la que hemos asistido. Se diría que cuando la excitación de todos los que ahí han acudido baja, la música, que ha tomado carrerilla, no sólo no baja sino que sigue y hasta se envalentona. A mí me ha sonado como una tarantella de la Nuova Compagnia di Canto Populare, agudizando el sentimiento de estar asistiendo a una ópera bufa. Luego he acudido a los títulos de crédito y visto que no especifican la tonadilla, pero que toda la música de la banda sonora, interpretada en casi todos sus instrumentos por él mismo, viene firmada por Teho Teardo, que veo es un creador musical italiano de prestigio.
He encontrado la escena completa en YouTuve:
Y la segunda escena: Es Tórtora, paseando por el patio de la prisión junto a otro recluso. Desde una casa vecina le sacan fotos, que se publican en la prensa.
La prisión, tan parecida a la Modelo barcelonesa incluso en su hacinamiento y deterioro, es uno de los protagonistas del episodio, y creo que seguirá siéndolo en los siguientes. En éste permite la sugestión que asaltaba al protagonista de un cuento muy cruel de Villiers de l’isle Adam, “La tortura de la esperanza”. Pero aquí va de otra cosa. Tórtora se encuentra con un personaje de la Commedia dell’Arte que, no sé si erróneamente, he identificado con Polichinela.
En cualquier caso, el episodio está saturado de personajes napolitanos.


 

Filmoteca




Después de llevar un tiempo diciendo que la programación de la Filmoteca ha fijado una deriva peligrosa hacia la marginalidad, que puede bajar los índices de audiencia una barbaridad, voy a ver on line el programa del mes de marzo (porque eso sí, el programa del mes sigue llegando a casa muy tarde, bien entrado el mes) y veo una programación increible, que al margen de otras posibles sorpresas, sólo de nombres consagrados anuncia ciclos nada menos que de:
-Johan van der Keuken
-Hiroshi Shimizu
-Christian Petzold
-Mia Hansen-Love
-Fritz Lang periodo mudo
Y a ver cómo se combina todo ello con el Festival D’A, viajes, cursos y otros compromisos…
Por de pronto ya me he perdido y me voy a perder el inicio de la completa retrospectiva de Shimuzu y tengo claro que no podré ver sino una ínfima parte de toda esa oferta.
Porca miseria!



 

martes, 24 de febrero de 2026

Portobello




Pequeña decepción al saber que, por una vez que tenía acceso a la nueva película/serie de Marco Bellocchio, “Portobello” (2026; en HBO-Max), no podía continuar viéndola, pasando al segundo episodio tras haber degustado con gran satisfacción y admiración el primero. Supongo que la plataforma deberá ir desgranando semanalmente los cinco episodios que la completan.
Por el momento, con sus dos ambientes -el del concurso de moda en la RAI de finales de los 70 y principios de los 80 seguido desde todos los hogares y el del peculiar mundo de las prisiones estatales, rebosantes, saturadas de singulares especímenes y dominadas por grupos de la camorra-, el primer episodio nos ofrece, como hizo Bellocchio tan brillantemente en su anterior “Externo notte”, un retazo más de la reciente historia italiana.
Dos ambientes en este primer episodio paralelos, únicamente conectados por los monitores de TV existentes también en las cárceles y que todos los que afrontamos la película/serie sabemos previamente que están condenados a coincidir.
¡Qué bueno es Bellocchio!




 

domingo, 22 de febrero de 2026

Das wandernde Bild














Si se pudiera uno quedar con sólo una parte de película, y olvidarse del resto, entonces yo defendería a capa y espada “La virgen de la nieve” (“Das wandernde Bild”, Fritz Lang, 1920; ayer en la Filmoteca), pero sólo por su primer acto. Bueno: y de propina me llevaba esa imagen posterior de un brazo de la Muerte que toca una campana en sobreimpresión.
¿Qué contiene ese primer acto? Pues, como toca, el inicio de toda la intriga. Y digo bien lo de intriga, porque la siembra mediante buenas artes. En él, una viuda, a todas luces desesperada por algo más que su viudez, sin que podamos saber sus motivos, sube a un tren que la lleva a un pueblo de montaña, causando viva impresión en otro viajero.
Las escenas correspondientes a este tren, de las que he hecho unas capturas, me parecen magníficas. Todo está visto en él desde el punto de vista de ese otro pasajero, observador y cautivado. Como el tren es casi un tranvía, no digo que sean como las de “Amanecer”, pero me las han recordado.
No son sólo las del tren. Cuando poco después va en una barca atravesando el lago en busca de una habitación de hotel, también hay imágenes muy buenas, y la intriga va in crescendo. Pero como se trata de una película de montaña, hacia ella se debe dirigir para que se desarrolle ahí el grueso del film. En otra imagen la vemos ya con ropa deportiva (sic) dispuesta a lo que sea. Y la ascensión y demás ya es cosa del segundo acto, en una amenazante -según los diálogos e intertítulos- montaña que, más que montaña, es un trozo de ladera con una lengua minúscula de glaciar y otro espacio lleno de rocas medio quebradas de donde se desliza de tanto en tanto un buen pedregal.
El tercer acto (hay cinco o seis) es un flashback que nos va a explicar las causas de su desplazamiento hasta la montaña y que devuelve al llano y, concretamente a un ambiente muy chic, en el que se desenvolvía la chica. Luego se volverán más escenas de montaña para profundizar y resolver el drama, pero, desde mi punto de vista, sin opción alguna para que pase a ser una pieza a recordar del género.
Y es que, malicio yo, Fritz Lang ya estaba liado con Thea von Harbou, con la que firma el guión, y ésta, que se revelaría gran partidaria del nazismo, ya debía haber enredado al bueno de Fritz, haciéndole comulgar con un melodrama tirando a ridículo, que sólo te permite echarte unas risas cuando resulta que, en el flashback revelador, la chica se nos había enamorado de un pensador partidario del amor libre que, para más bochorno, luego pensando evoluciona y pasa a otro estadio bien diferente.
Es curioso constatar que reconocidos historiadores y exégetas de Lang ni mientan la película. Y es que se ve que se había perdido, parece ser que llegándose a creer que definitivamente. Pero se encontró a finales de los 89 una copia en Brasil, que sirvió para su reconstrucción. Una reconstrucción parcial, puesto que el metraje reconstruido venía a ser como tres cuartas partes de la duración original. Pero la filmografía de Lang, digo yo, podría prescindir perfectamente de este título, si bien a mí me guste ese primer acto… por razones alejadas del langismo…






 

Vampir - Cuadecuc


Pues he descubierto que “vampir-Cuadecuc” (Pere Portabella, 1970) resulta mucho mejor desmenuzándola, viéndola plano a plano, repitiendo escenas para fijarte mejor, que vista de un tirón en una sesión, en que confieso que me ha resultado siempre un tanto pesada.
Es así que puedes apreciar no ya sus escenas en negativo de sonido o blanco y negro forzando sus contrastes, sus anacronías entre el pasado y la contemporaneidad, entre la película de ficción y su rodaje, por no decir su música repetitiva, banda de sonido extraña o distorsionada o música de nivel de vida, sino los momentos de aparición y cruce de cada una de ellas, pensando en sus incitadores, y en todo un equipo disfrutando pervirtiendo todas las reglas canónicas de la ficción.










 

El agente secreto



Ayer, en una sala repleta del cine Balmes, el gozo de haber seguido (otros querían que acabase más rápido) “El agente secreto” (Kebler Mendonça Filho, 2025).
En una primera imagen, descontextualizada del resto, vemos caer una pelota a un patio vecinal, rodeado de rejas. He dado un saltito en la butaca, recordando ese plano en sus anteriores “Sonidos de barrio” (2012) o “Retratos fantasma” (2023), ya dejando pues claro que lo que iba a ver tocaba muy de cerca a su director. Más adelante, cuando el protagonista, tras moverse por su pórtico -donde se anuncia “Tiburón”-asciende a la cabina de proyección del cine Sao Luiz de Recife, te asombras de que el proyeccionista se parezca mucho al de su anterior film documental, el último real proyeccionista del cine de su infancia. Y, para rizar el rizo, antes de esas magníficas y añoradas fotos que ayudaban a identificar a los actores de la función ya acabada, la anécdota final sobre otro cine de Recife, en este caso el Boa Vista.
Pero “El agente secreto” no va únicamente de la añoranza del director por esos cines que tanto frecuentó hoy perdidos. Va mucho más, desde luego, del retrato del gran país -Brasil- durante la dictadura que, además de los destrozos físicos y espirituales que ocasionó, puso el punto de partida al proceso de hundimiento moral en pos de pingües beneficios económicos obtenidos a base de pocos escrúpulos. Y, en eso, la figura de ese bochornoso ingeniero que va en expedición punitiva a Pernanbuco es muy, pero que muy, significativa.
Pero vayamos al prólogo de la película. Las fotos de otra época con esa samba contemporánea dan paso a una imagen estéticamente muy atractiva, que liga con los colores del año que aparece rotulado en la pantalla, 1977: un Volkswagen “escarabajo” amarillo avanza por una carretera rodeada de plantaciones de maíz, hasta dar con una perdida estación de servicio. Allí, el cuerpo de un ladrón agujereado a balazos espera, dando signos de una putrefacción que luego veremos que se extienden a diversas instancias del país, que la policía llegue para investigar lo que sucedió y hacerse cargo del cadáver. Más adelante, entrando ya de lleno en el meollo de la historia, otro amarillo nos llama la atención y nos conduce a otro entorno. Es el uniforme de un empleado de Correos que lleva un telegrama.
Tres capítulos (La pesadilla del niño, Instituto de Identificación y Transferencia de sangre) nos van adentrando en una trama múltiple que va dejando a las claras las arenas movedizas en el que se asentaba el país bajo el dictado del que Kleber Mendonça Filho recalca su imagen, encuadrada y presidiendo las paredes de toda una serie de organismos oficiales.
Por algún momento he sentido esa sensación tan excitante de estar ante una buena película, que sabe ir llevándote. Y, en otro momento posterior, después de la reunión universitaria protagonizada por ese ingeniero visitante (uno de esos iniciales depredadores), un pequeño flashback muestra una tempestuosa cena de compromiso y el discurso de la pequeña pero decidida Fátima, que me ha emocionado en lo más profundo -como hará en la ficción, cuando se lo expliquen, con su padre-, me ha hecho lamentar el que ya no exista La Charca Literaria y que, por tanto, ya no pueda escribir ahí uno de los articulitos de “Casi lloré de emoción al ver esta escena en el cine”.
Y una última consideración: con su película, Kleber Mendonça Filho, en cualquier caso, lo que queda fuera de toda discusión es que ha logrado hacer volver a la vida a ese cosmopolita Recife de los años 70, con sus cines, sus soportales llenos de gente, sus comercios rebosantes de género. Parece que lo llevaba dentro y se lo debía.






 

viernes, 20 de febrero de 2026

Los osos no existen



No sé por qué, no he frecuentado demasiado la filmografía de Jafar Panahi, de la que habré visto únicamente tres o cuatro películas, empezando su visión muy tardíamente, por una atípica que hizo estando en algo así como arresto domiciliario, “This is not a film” (2011).
Ahora he visto en Filmin “Los osos no existen” (2022) y, como me pasa en general con las otras suyas vistas, me quedo admirado por cómo sabe mantener el suspense y la atención con una trama que intuyes desde el primer momento, pero no vas descubriendo de verdad sino paso a paso.
Tiene una primera parte resplandeciente, con ese personaje (el mismo Panahi, director de cine) que va a un pueblo de Irán fronterizo, sin mostrar los verdaderos motivos de su estancia, lo que intriga y hace entrar en sospechas a todos los habitantes del lugar, mientras que a nosotros mismos solo se nos da a conocer que, a distancia y a escondidas, está dirigiendo un rodaje en Turquía, al otro lado de la frontera, una ficción que tiene fuertes puntos de contacto con la historia que paralelamente se da (atendiendo a dos tipos de historia) en el pueblo iraní.
Toda esta primera parte me ha traído a la memoria las sensaciones que me aportó la visión de la hermosa “A través de los Olivos” (Abbas Kiarostami, 1994), gracias a ese luminoso retrato de la ceremonia del lavado de pies de los novios en el río o ciertos detalles de la vida en la misma casa en la que se aloja Panahi y su vecindad.
Pero, pasado ya quizás un tercio de du metraje, el trasfondo político de la película, que ya se había podido intuir, salta al primer plano, la tensión consecuente va aumentando y sigue ahí hasta el último minuto de la cinta.
Habrá que ir completando sin falta la visión de todas sus películas.