Festival d’A - 2. Conversación con Mía Hansen-Løve.
Previamente a la conversación le efectuaron la entrega del premio que el festival otorga desde hace unos años. Fue el momento en que destacó que España era ya el país más importante para la distribución de su cine. Dio las gracias a Enrique Costa (Elástica), que estaba presente, pero tuvo además un amable recuerdo para Paco Poch -que fue el primero en distribuir su cine- y para el hace poco fallecido José Luis Cienfuegos, que siempre la tuvo en cuenta para hacerla acudir a los festivales que gestionó.
El problema de estas conversaciones, por mucho que te guste el cine del director al que entrevisten, suele ser caer en la banalizacion más absoluta. Se asiste entonces a preguntas del tipo de “¿Cómo es su trabajo con el guión? O ¿Qué tal se llevó con los actores durante el rodaje”, y mil naderías similares a las que el invitado no puede más que contestar con más naderías de lo más esperables, con lo que la pérdida de tiempo y en este caso también de dinero de quienes han acudido a ver a su admirado cineasta es notoria.
En este caso Philipp Engel abordó la cosa muy bien, huyendo de los lugares comunes, tan nefastos ellos.
A bote pronto, la primera pregunta que lanzó, en vez de colocarla en el habitual puesto final, antes de la despedida, fue sobre la película que está preparando en este momento, que ya lleva un largo período de gestación. Según Mía Hansen-Løve, se trata de una película de época, a rodar en España, en el que empezó a pensar hace ya cuatro años. Había leído emocionada el diario de Mary Shelley, y especialmente en todo lo que apuntaba a su madre, la filósofa Mary Wollstonecraft, muerta en el momento de su parto, y decidió mantener una larga discusión al respecto con su madre, profesora de filosofía.
Concedió a Philipp Engel que realmente creía haber llegado a un techo en el tipo de películas efectuadas hasta el momento, y había decidido ponerse a hacer otra cosa. Lo que no pensaba es que eso debiera suponer romper el juramento que se había hecho a sí misma, de no hacer nunca un film de época ni un biopic. Pero la fuerza de las características del personaje a biografiar pudieron con todo ello.
Hizo después Engel, en vez de abordar la típica aproximación a su filmografía de forma cronológica, una condensación de elementos que, en su opinión, generaban un estilo muy determinado de sus películas: no trabajar nunca con un compositor, crear películas con una estructura en dos, mantener la vulgaridad y la violencia siempre fuera de campo.
Mia, sin negar ninguna de ellas, concedió que ciertas cosas de esas que decía marcaban un estilo no las podría abandonar nunca. Señaló que veía muy fácil, por ejemplo, hacer llorar a los espectadores con métodos mecánicos, pero que ella se resistía a eso. Que, sin obviar el lado oscuro que tienen siempre todas las cosas, procuraba buscar siempre la luz.
Iba diciendo todo eso y se le veía que estaba algo incomoda en la tarima. Mostraba cierta angustia en el rostro esperando las preguntas, que no parecían nunca de esas que pueden torearse con un par de pases de muñeca. Y mostraba una gran incomodidad ante la luz de los focos (de interrogatorio en comisaría) que no le permitían divisar las caras de los asistentes en la platea. Fue entonces cuando pidió al menos bajar la intensidad de esa luz pero, al no conseguir nada en ese sentido, se juramentó apechugar con ello y ya siguió el resto de la charla sin darle más importancia.
Acto seguido tengo apuntado que continuó explicando características de su cine. Nombró, por ejemplo, la necesidad que tiene de hacer ver a sus personajes caminando, desplazándose, para poder entenderlos. Es ésta una característica evidente de su cine que, de hecho, he ido notando que ya introdujeron los cineastas de la Nouvelle Vague y siguen en general sus sucesores: verlos desplazarse indica más sobre ellos que todo un diálogo.
La siguiente intervención de Engel fue para lanzarle que, más allá de su adscripción a la denominada post-post Nouvelle Vague, él la veía con ciertos elementos cercanos un cierto cine contemplativo oriental, como el de Ozu. Sonriente, Mia se declaró muy sensible al cine de Ozu, que vuelve a ver con frecuencia, y a su mirada sobre la vida, la familia y la relación entre generaciones. Y lo contrapuso a ese otro cine actual con su adoración excesiva a la técnica, usando drones… (Ahí Philipp saltó instintivamente en su asiento: “¡Los drones son horribles!” -gritó, si bien a bajo volumen). Ella -continuó- cree que no debe situarse nunca por encima de sus personajes. Y no se trataba, creo yo, únicamente de una cuestión debida a la altura a la que vuela el dron…
Más auto lecturas obtenidas a la luz de las preguntas de Engel:
- No podría hacer nunca una película sobre un personaje que me resultase despreciable. No creo que deba hacerse cine a la contra. Porque entonces, obligadamente, se va a manipular para que su papel y su idea aparezcan a todos los ojos totalmente deleznables.
-No creo que el director deba ser un dictador, que exhiba su fuerza en el rodaje. Creo que se obtienen mucho mejores cosas manteniendo una buena relación con ellos.
-Siempre hay cuestiones presupuestarias por las que batallar. En todas mis películas ha sido así.
-Dispenso más tiempo a mis localizaciones (que recorro con mi script, una persona con la que he alcanzado una gran compenetración) que a los ensayos con los actores.
-El cine, entre otras cosas, sirve para mantener la huella de los filmados. En “Un beau matin” quise que apareciera mi abuela, ya centenaria, que murió tres meses después. Fui muy feliz de haber conseguido guardar su huella.
-A la pregunta de si siempre necesitaba tratar aspectos personales para hacer cine, como había pasado en su primer cortometraje, “Le divorce”, admitió que fue el anuncio de su futuro divorcio por parte de su padre, cuando ella tenía 19 años, lo que le lanzó a hacer su primer film. Que me parece que no he visto, rumio…
-Cuando estaba en un Lycée fueron a buscar adolescentes para rodar “Finales de agosto, principios de septiembre”. Fue la experiencia como actriz en ese film, la experiencia colectiva de la ficción, la que me llevó a la realización. Los rodajes son agotadores, pero son como una droga.
¡Y esto fue más o menos todo! Mucho más de lo que me esperaba. Y un poder de llamada importante: el Teatre del CCCB, al que habían añadido muchas sillas, tapando su pasillo central, muy lleno.
Al llegar al centro vi a Oscar Fernández Orengo con ella, como hablando de la foto que le iba a hacer, y un grupito de gente aprovechando para fotografiar el momento. ¡Ésta es la Mía! -pensé-, dirigiéndome hacia ellos e inmortalizarlos en una foto no prevista y, por tanto, no preparada. Pero entre acercarme, sacar la tableta de la cartera y abrir la aplicación de fotos, se me pasó el arroz: se me cruzaron -sin perspectiva alguna- y desaparecieron por la escalera mecánica que lleva a las profundidades del CCCB. Conclusión: que me debo conformar con las fotos sacadas desde mi silla, ya en el teatro. Las colocó en orden inverso.



















































