Carlos Benpar y Mariona Bozzo (Filmoteca) ayer, en la presentación de la pleícula.
Tenía muchas ganas de ver la restauración efectuada por Ferran Alberich para la Filmoteca de “Soplo de esplendor” (Carlos Benpar, 1973), que se pasó ayer en olor de multitudes para celebrar el día del patrimonio cinematográfico. Al final resultó que no vi por ningún lado el único plano que recordaba de ella, por lo que volví con la duda de si lo que realmente había visto en su día era “Tom y las moscas” y/o “Ditirambo vela por nosotros” (Gonzalo Suárez, 1967), con la que a veces la confundo, en vez de ésta…
La presentación previa a la proyección que hizo ayer Carlos Benpar fue a la vez arrolladora e intrigante, como suele. Empezó con un homenaje a los cineclubs, explicando que él era de un cineclub (no lo nombró, pero era el Montseny, del Clot) a la altura de otros tres grandes de la época a cuyas sesiones asistía: el Arts, el Mirador y el Ingenieros (del que especificó que era “el que más doctrina daba”).
Continuó explicando algo la (enredada) génesis de la película que se iba a proyectar: él, a parte de ir a esos cine-clubs y a ver todo el cine que podía, empezaba a rodar cortometrajes, recibiendo -explicó- ánimos de Gonzalo Suárez, que acababa de hacer, precisamente, “Ditirambo vela por nosotros”. Empezó, con esa fuerza, rodando los domingos un cortometraje impulsado por lo que acababa de saber y le había conmocionado, que las bobinas de las grandes películas que pasaban los cines, una vez vencida su explotación comercial, eran destrozadas por las distribuidoras a hachazos. Ese cortometraje, “El hachazo”, se pasó de longitud, pues llegó a 40 minutos, y fue entonces cuando pensó en hacer otra película adicional en la que apareciera esa recién rodada, y así surgió, en un proceso que duró en total cinco años, “Soplo de esplendor”.
La película, una vez acabada, aunque no se podía legalizar, porque ni actores ni técnicos estaban sindicados, pasó por los festivales de Locarno, Huelva y Molins de Rey, aunque sobre el pase en el primero Benpar confesó abiertamente, sin complejos, que si la seleccionaron fue porque pensaban que el que no pudiera estrenarse era debido a haber sido prohibida. La legalización no pudo llegar hasta el cambio de ley que obligaba a actores y técnicos a estar registrados en el sindicato, y se estrenó en el Maldá (cosa que ignoraba) en 1982 con el nuevo nombre de “Sombra de gigantes”.
Se apagaron las luces y apareció entonces en la pantalla su impresionante foto y dedicatoria “To Angie…” y un reguero de fotografías de sus directores de cine predilectos: Raoul Walsh, Alfred Hitchcock, Nicholas Ray, Jean Renoir, etc., para dar paso a unas imágenes en color rodadas con medios (luego diría que gracias a una cámara de 35mm que le dejó Rovira Beleta) en la que su alter ego Patricio Raorán, un actor -encarnado por él mismo- es despedido de un western que al parecer se va a rodar junto a la piscina de una casa noucentista, y a continuación toda otra serie de imágenes -la película dentro de la película- en blanco y negro con una textura más primitiva, de 16mm, pese a que se nota el magnífico trabajo de restauración efectuado, porque no había podido verse desde los 70/80 debido a su lamentable estado de conservación.
En ambas películas abundan, junto a escenas de acción, espectaculares contrapicados y, en general, Benpar situó la cámara a baja altura, ofreciendo imágenes de impacto, mezcladas como están con observaciones desde escondrijos, puntos de observación alejados, y demás.
Todos los actores, el personaje de Benpar el primero, están doblados por actores de doblaje, lo que en principio me ha disgustado, pero luego he pensado que, en el fondo, ese aséptico lenguaje, empleado además para frases altisonantes, era con el que estaba acostumbrado Benpar (y todos nosotros) a oír hablar a los personajes de sus películas favoritas.
Aparecen en esa enrevesada película de acción (que únicamente debe entender el mismo Benpar) de inspiración cinéfila unos cuantos extras que ahora hace gracia ver: uno sería Joaquim Romaguera, con y sin barba, en este último caso encarnando a un mago.
Tampoco son pocas las referencias cinéfilas, con inclusión de fragmentos de películas norteamericanas que -dijo en el coloquio- un amigo le replicó en 16mm.
Y, por último, como suele pasar en las películas rodadas en una época pasada, se convierte en un testigo documental extraordinario de la época. Personalmente me hizo dar cuenta de la miseria que se veía en el barrio del Clot y aledaños, con descampados, derribos por doquier, falta de servicios… Al final hay un largo plano de la playa de Castelldefels casi tocando a Les Botigues de Sitges (virada a un color que nadie entendió que representaba el color del esplendor, como dijo en el coloquio, explicando lo que le había costado hacer al laboratorio) y uno se dice que ahí no podía bañarse nadie, apreciándose hasta una cloaca serpenteando entre la arena, que parece tierra llena de derribos.
En el (muy breve) coloquio, aún dio tiempo para que Benpar explicara que el título le vino de una frase de su abuela (“la vida es un soplo”), a la que él respondió que sí eso era así, el cine era un soplo de esplendor. Y también que para pagar de alguna forma a Balcázar, que le concedió hacer el doblaje de su película sin cobrarle absolutamente nada, le hizo de generador de efectos sonoros de peleas de alguna de las películas en gestación en su productora y le escribió un tratamiento de guión para su proyecto más querido: hacer una versión en western de “El séptimo sello”, en el que hizo que la bruja quemada que los protagonistas veían en ésta fueran unos cuatreros ahorcados, y que el juego de ajedrez se convirtiera en juego de cartas.
Como digo, la película es un batiburrillo inextricable, y sus valores hay que buscarlos por otro lado, pero me da la impresión de que el mismo Benpar seguramente sí que la ve de una coherencia superlativa, de la misma forma que cuando se compara con los grandes del cine, aunque se ría, algo queda en su pensamiento.
Acabó con la anécdota de que se quedó admirado viendo que en la película había empleado un elemento (el personaje que hace de director enseña dentro de la película la película que figura que él mismo ha hecho) que también empleó Orson Welles en “Al otro lado del viento”.
“Desde entonces -explicó- sostuve que había muy pocas diferencias entre Orson Welles y yo, pues sólo había que cambiar el rancho de Arizona por la barbería del Clot”. Esta faceta de Carlos Benpar es la que me fascina.
Éste es el único fotograma -junto al de Angie Dickinson. que se encue ntra por internet de la película. Debe corresponder a una escena rodada en su casa, con las paredes repletas de posters y recortes de publicaciones de cine.









































