lunes, 13 de julio de 2026

Magallanes


Con la boca pequeña confesaré que “Magallanes” (2025; ayer en el Verdi) es la primera película de Lav Díaz que acabo viendo hasta su final. Para llegar a esa hazaña quizás haya influido (sus seguidores dirán sí estoy o no en lo cierto) que ésta es algo más corta y tiene un aspecto bastante diferenciado al de sus películas anteriores. Viéndola, y comparando con lo suyo a lo que había accedido anteriormente, por de pronto ésta es, podríamos decir, casi una superproducción: hay muchas localizaciones y de las difíciles, es de época e interviene hasta un barco (o al menos un trozo de un barco).
Pero su fondo, esas ganas de lanzar su discurso más o menos panfletario (que no digo que no tenga mucho de verdad) es el mismo, y ahí me surgen unas de las risas que puede provocar la película: está producida en buena parte por el gobierno portugués y el gobierno español. Me imagino la escena: un funcionario aceptando satisfecho porque se trata de hablar de una gloria nacional. Si llegan a ver cómo se exalta a las glorias nacionales en el resultado…
La película tiene un prólogo: unas mujeres indígenas (¿malacas?) anuncian la llegada del hombre blanco, y se dicen que las profecías se han cumplido. Intuyendo que luego el punto de vista será siempre el de los “descubridores”, me he hecho a la idea que Lav Díaz ha situado esa escena al principio para decir donde están sus simpatías, aunque también queda claro viendo luego todas las animaladas a la que se dedican los que retienen el punto de vista…
Tras un corte, la escena siguiente viene dominada por la sangre y la muerte. En una playa se mezclan cadáveres de indígenas y conquistadores. La película no habla de la vuelta al mundo del navío de Magallanes, pues se centra únicamente en la vida de éste. Quizás para substituir a ese recorrido circular, la película viene a acabar con otras dos escenas muy similares a las dos iniciales. En una, excepcionalmente, el punto de vista vuelve a quienes lo habían ostentado en la primera. En la otra, se repite la imagen de la playa…










 

domingo, 12 de julio de 2026

Jacques Tati caído de la luna


En Filmin, “Jacques Tati, caído de la luna” (Jean-Baptiste Péretié, 2021). Con pocas cosas que resulten nuevas (quizás alguna relativa a “Playtime”), pese al poso tristón que deja su visión, qué placer volver a ver y reírse con escenas de todas sus películas…

 

Merlusse

Lo dicho…


Anoche quedé encantado de haber podido ver “Merlusse” (1935; en Arte). ¿Estaba “The holdovers” (“Los que se quedan”, Alexandre Payne, 2023) inspirada en esta obra de Marcel Pagnol? Porque el rema de ambas es el mismo: unos profesores -y entre ellos un cascarrabias- deben quedarse durante unas vacaciones para atender a los niños no reclamados por sus familias. Una historia sobre las posturas de la educación dura y la educación blanda, sobre críos que se buscan cada uno la vida que pueden, y que acaba como un cuento de Navidad.
Unas imágenes con aire documental del Lycée, muy alejadas del aspecto habitual de Pagnol, dan paso a un interior, una sala donde los padres esperan a sus hijos, que van acudiendo, avisados, para llevárselos, pero la cámara pasa al corredor, donde el bedel y chico para todo está barriendo y entona con convicción artística una canción.
Y es que lo mejor de la película, además de su perfecto ambiente, en la línea de “Zéro de conducirte”, está en lo bien dibujados e interpretados que están todos sus personajes, como éste.
Además de éste, entre los chicos de variadas edades aparece un supuesto hijo del rey de un país de por la indochina, que dice cosas bajo la idea de una jocosa mirada imperialista que hoy sería políticamente tan incorrectas que me temo nos lo perderíamos, o también el mismo subdirector y su carácter de lo uno y lo contrario, que elevan la comedia muchos enteros.
Pero, para mí, además de la confirmación de por qué Pagnol se hizo tan popular y sus obras constituían invariablemente grandes éxitos, la película supone el descubrimiento de una especie de Míchel Simon pequeño, en el papel del más veterano de los alumnos. Sus frases, sus gestos…alcanzan la genialidad.



El de la izquierda, con sus aires de connaisseur, es el que digo: tronchante.

Cada uno con su carácter muy bien marcado.


 

viernes, 10 de julio de 2026

Ricardo y la pintura




Recuerdo haber leído un librito de memorias de Bulle Ogier en que creo decía que ella y su marido Barbet tenían una casa e iban a menudo a la Bretaña. Será así o no de esta manera, pero me imagino a Barbet y Ricardo Caballo viéndose por ahí, coincidiendo en largas y sustanciosas conversaciones y el primero diciéndole al segundo: “¡Esto hay que sacarlo en una película!”
Barbet Schroeder, a quien pudimos ver la última vez en la Filmoteca presentando su obra anterior (“El venerable W”, 2017), es ya mayor (nació el 26 de agosto de 1941), notamos que se movía temeroso, asegurando el tiro, con cierta dificultad, pero en 2023 se lanzó a rodar este “Ricardo y la pintura”, que hoy ha colgado Filmin en su plataforma y recomiendo a todos los que les atrae la pintura y la historia del arte aunque sólo sea un poquillo.
En la película vemos al pintor argentino (de origen, por cierto, valenciano) residente en Francia desplazarse a una gruta al pie de acantilados atlánticos para pintar unas tablas que luego ensambla a modo de un rompecabezas. Pero, sobre todo, le oímos explicar detalles sobre sus pintores predilectos (Caravaggio, Velázquez, Monet), sus lecturas, sus entornos vitales y su mismo recorrido como pintor, enseñándonos cuadros de sus diversas épocas.
También es curioso ver cómo se expresan y dibujan unos pocos alumnos, críos de una escuela que ha creado, totalmente gratuita. O ver a Ricardo tocando y valorando, ahora que varias películas han sacado a la palestra el tema, viejos y enormes robles.
Para mencionar más elementos de interés, hay en el film también un poco de metacine, pues vemos, sin tapujos, algo de la cocina interna, muy artesanal, del rodaje. Barbet aparece además como uno más y también explica algo, como lo hacen un par de antiguos conocidos del pintor, y va bien, porque no creo que pueda llegar a ser buena, llena de interés, una conversación en la que todo fluya en un único sentido.
Hecha la recomendación, solo una nota marginal adicional: al final de los títulos de crédito, Filmin señala que los subtítulos se han hecho gracias a la Generalitat de Catalunya. Es curioso, porque he visto la versión subtitulada en español, no en catalán. Y quizás podrían ahorrarse la mención, porque he pescado de tanto en tanto, cuando me fijaba en ellos, unos disparates impresionantes. La única explicación que le encuentro es que los ha hecho una máquina aún no muy cuarteada en este trabajo









 

jueves, 9 de julio de 2026

La muñeca



Retrocedo un poco para pescar “La muñeca”(Ernst Lubitsch, 1919; en YouTube), que nunca antes había atrapado, posiblemente porque no me atraía lo suficiente.
El (notable) retroceso lo veo en varios sentidos, y no sólo en el cronológico. Se trata de un cuento cómico, presentado su decorado inicial (de cuento infantil) por el propio Lubitsch, con gags en general muy primitivos que deben bastante a la linea de Méliès, pero que veinte años después pierden, para mi gusto, la gracia que pudiera ese tener.
Pongo primero las capturas de las escenas en que aparecen los monjes del convento, de una inocencia similar (aunque con mucha más tosca picaresca germánica lubitschiana incluída) a la de la comunidad franciscana del “Francesco, giullare di Dio” de Rossellini, pues son los que, básicamente, me han salvado la velada.
Primero ese prior del convento cuya preocupación por quedarse sin fondos para su buena marcha no le hace disminuir su apetito. Un prior que ve abierto el panorama cuando oye una cifra que ofrece un noble (saliendole de lo mas profundo la frase “¡Cuantas piernas de cordero podríamos comer con esa cantidad!”). Luego, todo el resto de frailes secundándole pero, sobre todo, después, el encuentro de todos ellos con la chica que se hace pasar por muñeca mecánica.
De todo lo demás, frente a los bastante burdos chistes o situaciones supuestamente graciosas del resto, más propios de teatro de títeres, muy alejados del poder posterior del director en esos terrenos, me quedo con unos pocos primeros planos que localizan ironicamente elementos a destacar:
-El tembleque de las piernas del protagonista, vistas por debajo de una cortina que tapa la visión de su cuerpo (Cortina que, ahora que cuelgo la imagen, a lo mejor se queda en cortinilla para dejar visible solo el elemento en el que quiere incidir, en un procedimiento muy de Lubitsch, como el de la salida de la mujer mundana del hipódromo perseguida por el solterón en “El abanico de Lady Windermere”.
-Las múltiples bocas de los personajes que empiezan la discusión de una herencia, con el futuro legatario aún vivo y coleando.






El niño-adulto bufón, que en alguna ocasión, por su insolencia, también provoca alguna sonrisa.



Lubitsch en la presentación inicial.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

El abanico de Lady Windermere


“El abanico de Lady Windermere” (1925; en Filmin) ya es un Lubitsch por todos sus costados. Basta presenciar su primera escena, introduciendo la simpatía, pero a la vez el arrobo, que le causa a Lady Windermere el acoso amoroso del amigo de su marido. Un rótulo donde aparece un narrador luego ausente (salvo para hacernos notar como se trasmite carácter y circunstancias con la forma en que una persona toca un timbre de una casa), que nos habla de las dificultadas que supone situar a los invitados en una mesa, da paso al primer plano de un tablero donde ella ha de situar, cerca o lejos, al interfecto.
Poco después, una secuencia que juega con el enorme espacio de una sala, los minúsculos bancos en sus extremos y las sucesivas colocaciones de la pareja primero los dos distanciados, luego los dos en la misma banqueta y finalmente ella, aturdida, sóla en una de ellas, en la inmensidad de la sala, nos avisa que, a partir de ella, todo van a ser felices ideas de puesta en escena.
Sobresalen, claro, unas cuantas.
Una es, imperativamente, la que tiene lugar en el hipódromo, sitio de reunión de la high class… y reino del cotilleo más desatado. En un campo de chisteras, correspondientes a caballeros que, junto a la pista, contemplan la evolución de la carrera, se distingue un voluptuoso sombrero. Cuando la poseedora del mismo da media vuelta y se dirige hacia la cámara, hacia las gradas, todas los poseedores de chisteras de su alrededor se giran, para contemplarla a gusto.
No acaba ahí esa escena, pues da paso a todo un juego de observaciones, con el campo visual de uno u otro prismático como marco: todo el hipódromo está atento a esa extravagante mujer, de mala fama. Es la maestría de Lubitsch la que hace que esas miradas se enriquezcan aún más con el entrecruzado de otras cuya lejanía provoca más de un equívoco….
No hay equívoco en el plano que cierra la acción del hipódromo (ese marco o tapa del objetivo de la cámara que va cerrándose sobre la mujer que busca la salida y el cotizado soltero que la persigue: ver imagen), pero sí que el equívoco preside toda la película, basada en una obra de Oscar Wilde que ha sido adaptada para el cine varias veces. La curiosidad de ésta, y su mérito, reside en que el cine sonoro aún iba a tardar unos años en llegar, con lo que, en vez de utilizar las punzantes frases del escritor para llevar la historia, Lubitsch ha de azuzar su ingenio cinematográfico. Y vaya si lo hace,..
Puestos a destripar algunos, tiene la película gags que me suenan a otros de Buster Keaton. Ahí están esas tres damas cotillas sentadas a poca altura, sin que les veamos sus cabezas, hasta que, una y una, van poniéndose en pie para atisbar mejor (imagen: ¿alguien sabe qué obra es la que representa el tapiz con también tres figuras mirando a una cuarta que sirve de fondo? Es para ver si su tema le añade otra ingrediente al conjunto, redondeándolo, o simplemente ejerce de fondo visual).
Pero, sobre todo, hablando de Keaton, se han de nombrar los equívocos provocados por las escenas contempladas sólo parcialmente, no en su totalidad. Los juegos de setos del jardín (los podados en línea recta que hace que solo se vean las cabezas y la planta del porche que solo deja ver a ella, pero no a él) de la mansión donde se desarrolla la fiesta mundana son los mejores y, aunque muy alejados, del mismo estilo de aquellos que dejaban asustado al padre de “El héroe del río” sobre el carácter de su hijo (B.K.) cuando iba a recibirlo a la estación de tren.
Tanto Oscar Wilde como Ernst Lubitsch dejan en evidencia en su obra la hipocresía de una clase social que solo mira las apariencias, y acaba la obra con un cierto “final feliz” quino deja de ser la constatación de acabar con esa lacra. Suerte que Lubitsch se guarda la última en la recámara.






 

martes, 7 de julio de 2026

Les hautes solitudes



Sólo para espectadores avezados, de esos que saben del misterio que puede desprender y transmitir el (buen) cine.
En Arte, pero en el Arte francés, puede verse “Les hautes solitudes” (Philippe Garrel, 1973), una película sin sonido, en blanco y negro, con trozos impecables, otros con una fotografía muy decaída y hasta granulada, del periodo inicial del cineasta francés, aún sin claudicar ante ninguna de las imposiciones del cine comercial.
Primero Nico, luego sobre todo Jean Seberg adquiriendo carácter de “protagonista”, también Tina Aumont. Y, con mucha superficie reflectante, Laurent Terzieff. Rostros a veces alegres, casi siempre sufrientes.
Sólo en una ocasión los planos están separados por un fundido en negro, que transporta al misterio del cine de los orígenes. Pero, salvo en ese caso, todos van uno tras otro por corte, y se acaban dando la impresión de que se ha agotado la cola de película obtenida para filmar.
El encuadre perfecto, la profundidad del retrato logrado con la complicidad de esas actrices, ese blanco y negro,… dotan a la película de un aura que la sitúa a medio camino entre el film familiar, el “ahora me han entrado ganas de filmarte: sigue donde estás” y cierta experiencia mística, como la que trasmitía intensamente el milagro final de “Ordet”.
Pero no son sólo unos ‘rushes’ sacados por el cineasta, bellos encuadres de tres mujeres que le son muy próximas. Garrel intenta contarse a sí mismo una historia íntima y contárnosla a sus espectadores. Habla de ellas y, por lo tanto, habla de si mismo.