jueves, 9 de julio de 2026

La muñeca



Retrocedo un poco para pescar “La muñeca”(Ernst Lubitsch, 1919; en YouTube), que nunca antes había atrapado, posiblemente porque no me atraía lo suficiente.
El (notable) retroceso lo veo en varios sentidos, y no sólo en el cronológico. Se trata de un cuento cómico, presentado su decorado inicial (de cuento infantil) por el propio Lubitsch, con gags en general muy primitivos que deben bastante a la linea de Méliès, pero que veinte años después pierden, para mi gusto, la gracia que pudiera ese tener.
Pongo primero las capturas de las escenas en que aparecen los monjes del convento, de una inocencia similar (aunque con mucha más tosca picaresca germánica lubitschiana incluída) a la de la comunidad franciscana del “Francesco, giullare di Dio” de Rossellini, pues son los que, básicamente, me han salvado la velada.
Primero ese prior del convento cuya preocupación por quedarse sin fondos para su buena marcha no le hace disminuir su apetito. Un prior que ve abierto el panorama cuando oye una cifra que ofrece un noble (saliendole de lo mas profundo la frase “¡Cuantas piernas de cordero podríamos comer con esa cantidad!”). Luego, todo el resto de frailes secundándole pero, sobre todo, después, el encuentro de todos ellos con la chica que se hace pasar por muñeca mecánica.
De todo lo demás, frente a los bastante burdos chistes o situaciones supuestamente graciosas del resto, más propios de teatro de títeres, muy alejados del poder posterior del director en esos terrenos, me quedo con unos pocos primeros planos que localizan ironicamente elementos a destacar:
-El tembleque de las piernas del protagonista, vistas por debajo de una cortina que tapa la visión de su cuerpo (Cortina que, ahora que cuelgo la imagen, a lo mejor se queda en cortinilla para dejar visible solo el elemento en el que quiere incidir, en un procedimiento muy de Lubitsch, como el de la salida de la mujer mundana del hipódromo perseguida por el solterón en “El abanico de Lady Windermere”.
-Las múltiples bocas de los personajes que empiezan la discusión de una herencia, con el futuro legatario aún vivo y coleando.






El niño-adulto bufón, que en alguna ocasión, por su insolencia, también provoca alguna sonrisa.



Lubitsch en la presentación inicial.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

El abanico de Lady Windermere


“El abanico de Lady Windermere” (1925; en Filmin) ya es un Lubitsch por todos sus costados. Basta presenciar su primera escena, introduciendo la simpatía, pero a la vez el arrobo, que le causa a Lady Windermere el acoso amoroso del amigo de su marido. Un rótulo donde aparece un narrador luego ausente (salvo para hacernos notar como se trasmite carácter y circunstancias con la forma en que una persona toca un timbre de una casa), que nos habla de las dificultadas que supone situar a los invitados en una mesa, da paso al primer plano de un tablero donde ella ha de situar, cerca o lejos, al interfecto.
Poco después, una secuencia que juega con el enorme espacio de una sala, los minúsculos bancos en sus extremos y las sucesivas colocaciones de la pareja primero los dos distanciados, luego los dos en la misma banqueta y finalmente ella, aturdida, sóla en una de ellas, en la inmensidad de la sala, nos avisa que, a partir de ella, todo van a ser felices ideas de puesta en escena.
Sobresalen, claro, unas cuantas.
Una es, imperativamente, la que tiene lugar en el hipódromo, sitio de reunión de la high class… y reino del cotilleo más desatado. En un campo de chisteras, correspondientes a caballeros que, junto a la pista, contemplan la evolución de la carrera, se distingue un voluptuoso sombrero. Cuando la poseedora del mismo da media vuelta y se dirige hacia la cámara, hacia las gradas, todas los poseedores de chisteras de su alrededor se giran, para contemplarla a gusto.
No acaba ahí esa escena, pues da paso a todo un juego de observaciones, con el campo visual de uno u otro prismático como marco: todo el hipódromo está atento a esa extravagante mujer, de mala fama. Es la maestría de Lubitsch la que hace que esas miradas se enriquezcan aún más con el entrecruzado de otras cuya lejanía provoca más de un equívoco….
No hay equívoco en el plano que cierra la acción del hipódromo (ese marco o tapa del objetivo de la cámara que va cerrándose sobre la mujer que busca la salida y el cotizado soltero que la persigue: ver imagen), pero sí que el equívoco preside toda la película, basada en una obra de Oscar Wilde que ha sido adaptada para el cine varias veces. La curiosidad de ésta, y su mérito, reside en que el cine sonoro aún iba a tardar unos años en llegar, con lo que, en vez de utilizar las punzantes frases del escritor para llevar la historia, Lubitsch ha de azuzar su ingenio cinematográfico. Y vaya si lo hace,..
Puestos a destripar algunos, tiene la película gags que me suenan a otros de Buster Keaton. Ahí están esas tres damas cotillas sentadas a poca altura, sin que les veamos sus cabezas, hasta que, una y una, van poniéndose en pie para atisbar mejor (imagen: ¿alguien sabe qué obra es la que representa el tapiz con también tres figuras mirando a una cuarta que sirve de fondo? Es para ver si su tema le añade otra ingrediente al conjunto, redondeándolo, o simplemente ejerce de fondo visual).
Pero, sobre todo, hablando de Keaton, se han de nombrar los equívocos provocados por las escenas contempladas sólo parcialmente, no en su totalidad. Los juegos de setos del jardín (los podados en línea recta que hace que solo se vean las cabezas y la planta del porche que solo deja ver a ella, pero no a él) de la mansión donde se desarrolla la fiesta mundana son los mejores y, aunque muy alejados, del mismo estilo de aquellos que dejaban asustado al padre de “El héroe del río” sobre el carácter de su hijo (B.K.) cuando iba a recibirlo a la estación de tren.
Tanto Oscar Wilde como Ernst Lubitsch dejan en evidencia en su obra la hipocresía de una clase social que solo mira las apariencias, y acaba la obra con un cierto “final feliz” quino deja de ser la constatación de acabar con esa lacra. Suerte que Lubitsch se guarda la última en la recámara.






 

martes, 7 de julio de 2026

Les hautes solitudes



Sólo para espectadores avezados, de esos que saben del misterio que puede desprender y transmitir el (buen) cine.
En Arte, pero en el Arte francés, puede verse “Les hautes solitudes” (Philippe Garrel, 1973), una película sin sonido, en blanco y negro, con trozos impecables, otros con una fotografía muy decaída y hasta granulada, del periodo inicial del cineasta francés, aún sin claudicar ante ninguna de las imposiciones del cine comercial.
Primero Nico, luego sobre todo Jean Seberg adquiriendo carácter de “protagonista”, también Tina Aumont. Y, con mucha superficie reflectante, Laurent Terzieff. Rostros a veces alegres, casi siempre sufrientes.
Sólo en una ocasión los planos están separados por un fundido en negro, que transporta al misterio del cine de los orígenes. Pero, salvo en ese caso, todos van uno tras otro por corte, y se acaban dando la impresión de que se ha agotado la cola de película obtenida para filmar.
El encuadre perfecto, la profundidad del retrato logrado con la complicidad de esas actrices, ese blanco y negro,… dotan a la película de un aura que la sitúa a medio camino entre el film familiar, el “ahora me han entrado ganas de filmarte: sigue donde estás” y cierta experiencia mística, como la que trasmitía intensamente el milagro final de “Ordet”.
Pero no son sólo unos ‘rushes’ sacados por el cineasta, bellos encuadres de tres mujeres que le son muy próximas. Garrel intenta contarse a sí mismo una historia íntima y contárnosla a sus espectadores. Habla de ellas y, por lo tanto, habla de si mismo.












 

Madame Dubarry



Me he hecho el propósito de volver a ver todos los Lubitsch que pueda, para ir seleccionando secuencias que lo definan y, puesto que este Wimbledon ya ha perdido mi interés y la etapa del Tour de hoy se anunciaba bastante anodina, en su lugar me he pasado el primero que tienen disponible en Filmin, “Madame Dubarry” (1919).
Creía que iba a ver un drama histórico de mucho cuidado, y a primeras de cambio su humor me ha desorientado. Todo el ascenso meteórico de Jeanne desde sombrerera hasta favorita del rey es bastante divertida y pasa como una exhalación. Además, el embajador español me ha recordado mucho a Salvador Escamilla o a Luis Del Olmo, mientras que el ministro me ha ocasionado otro tanto acercándomelo a Mastroiani (que ya vistió de esa guisa). En sus papeles principales, Pola Negri va de histriónica subida, mientras Emil Jannings (Luis XV) y Harry Liedke, a su lado, se ven como la discreción en persona.
El melodrama, hasta llegar a desatado, surge por la mitad. El rey juega a la gallina ciega con su amante en la Corte, mientras la insatisfacción del pueblo va en aumento. Tanto es así que -licencia poética con la historia- tal parece que la revolución francesa, encadenada de forma acelerada por el final, parece haberla ocasionado, involuntariamente, nuestra chica





 

domingo, 5 de julio de 2026

Para una tumba sin nombre


Santa María, la ciudad fundada por Brausen. Un médico (Eduardo Calvo) que escribe la historia, tras salir del sueño en que aparece ella (Susana Mara) con un chivo y Eusebio Poncela rubio.
De entre los episodios de “Escrito en América” (en RTVE play), el que mejor adentra, con su larga secuencia introductora la cámara en continuo movimiento, en la novela que adapta -en este caso de J. C. Onetti- para mí sería “Para una tumba sin nombre” (Juan Tebar, 1979)







 

sábado, 4 de julio de 2026

Olivia




Marcada por su año de realización, 1951, tanto por su aparente contención como por la sorpresa al dar hoy con ella por todo lo contrario, “Olivia” (Jacqueline Audry; vista en TV5 Monde) es una rara avis, a no valorar por su factura (con una iluminación, por ejemplo, esforzada -el uso de velas en la acción es frecuente- pero torpe y desastrosa), sino por su apuesta por entrar sin miedo en su universo.
Una muchacha inglesa entra en un aislado colegio de señoritas francés, donde desarrolla una pasión descontrolada por la directora.
Buscando fotos por internet para ilustrar esta entrada veo que ya le han colgado el sambenito (o quizás mejor el luminoso para atraer audiencia) de obra “queer” pionera, avanzada a su tiempo.







 

viernes, 3 de julio de 2026

La tarta del presidente


Película amable, pese a todo lo que representa, “La tarta del presidente” (Hasán Hadi, 2025; en M+ y Filmin) me hace bascular entre la simpatía y la resistencia a dejarse llevar. Me explico.
Aunque iraquí, si lo he entendido bien, su director vive en Estados Unidos, y su voluntad ha sido rodar la película en el sitio que quiere retratar, su Irak natal. Por ahí me empiezan las suspicacias. Ha hecho una película que, aunque contenga escenas de calle similares a las que nos hemos acostumbrado gracias a las llegadas desde Irán, se ve pensada para tocar el corazoncito occidental. Su protagonista es una niña, muy agraciada, con la que empatizar por su situación (vive con su abuela, sin padres, en una situación muy precaria), su imagen divertida (va a todos lados con un gallo) y su forma de actuar (comportamiento volátil de niña, pero voluntad de hierro para perseguir sus objetivos).
Las notas de ambiente también resultan un tanto enfatizadas: la acción figura desarrollarse durante la guerra contra Iran, y de forma continua se oyen (y a veces se ven, gracias a manipulaciones digitales) cazas iraquíes cruzando atronadoramente el espacio aéreo. En ese sentido, todavía más notable es la proliferación de carteles propagandísticos representando a Saddam Hussein, convertido también en un icono -algo así como la encarnación del mal- para los espectadores occidentales.
Dicho todo lo anterior, sin poder dejar de pensar en todo eso como imposturas, sumado a la voluntad de una fotografía siempre "bonita", una plácida sesión que se sigue con agrado…
Como cuestión de interés especial, las diferentes muestras de arquitectura moderna que aparecen, definiendo bastante aspectos funcionales del lugar. No olvido que la embajada de Estados Unidos en Bagdad había sido diseñada por Josep Lluís Sert, y que buena parte de los arquitectos de la modernidad habían pensado obras para la capital.