Ayer abrí la cartelera (es un decir, porque ya se sabe que ahora es bien difícil encontrar una…) y no di, a primera vista, con ninguna película que me atrajera lo suficiente. Al final consideré arriesgarme con la que creía para mí desconocida Ana Serret, y el riesgo al ver su “Apuntes para una ficción consentida” (2024; en el Cinemes Girona y Zumzeig), fue recompensado: no hay otras películas así ahora o recientemente en cartel. “Así” quiero decir que no siga el esquema habitual, conocido hasta la saciedad, que se repite sin cese, sabiendo ya anticipadamente tú, como espectador, los esfuerzos que va a cubrir y todo lo que te puede ofrecer.
Lo curioso fue que, después de regresar anoche a casa, molesto por la asquerosa humedad que lo impregna todo, pero muy satisfecho por la sesión, me enteré de que había visto la anterior película de su directora, “El Sr. Liberto y los pequeños placeres” (2017), y que también me había resultado muy interesante. Autora a seguir habemus, pues…
Oí hace poco quien me decía que viendo el primer plano de una película ya sabe si ésta va a valer o no la pena. Pues bien: el primer plano de los “Apuntes…” es de los que te hacen pensar que lo que vas a ver sigue su propio camino, y puedes esperar lo mejor. Lo describo.
Una chica (Violeta Rodríguez), que luego sabemos quiere ser actriz, se encuentra asomada en un balcón de una casa con fachada de ladrillos, abiertas las dos hojas de la puerta del balcón detrás suyo de par en par. Pero en seguida se rompe con la idea costumbrista: está mirando fijamente a la cámara y es su voz (en off) la que nos guiará por la trama. Rápidamente piensas que vamos a seguir sus actividades y ella será la protagonista, pero no es así. La protagonista es una suiza alemana que vino a España hace unos años, que también tiene proyectos teatrales, y es su compañera de piso (Isabelle Stoffel). Ella seguirá siendo durante toda la función únicamente la narradora.
A partir de ahí, la acción -que no detallaré- se desarrolla a saltos entre Madrid -el Madrid, diría, de Jonás Trueba, con cuyas películas guarda un cierto parentesco el film- y Basilea. Siempre siguiendo los intentos de la protagonista por realizar sus proyectos y unas cuantas notas de situación de ambos lugares.
En una ocasión, la vemos reflexiva y descubrimos que se encuentra junto a su antiguo marido, director teatral, ante un cine con el cartel de “La paura” (imposible no relacionar su estado con el de ella) y otras dos películas de Rossellini con Ingrid Bergman…
Pasado un tiempo, me asaltó la idea (no sé si del todo cierta) de que las escenas se iban resolviendo sin música alguna. Y, tras pensar eso, surgió una escena en la que un nuevo conocido toca, en una casa, el piano, con lo que tenemos música en directo, diegética, que a continuación acompaña, ya de forma no diegética, la salida de la casa de los amigos, toda ella con una puesta en escena muy coreográfica, que acaba con la pareja -ella llevando a pie su bici, caminando calle arriba.
Ese mismo piano suena luego con las imágenes de uno de los tránsitos a Basilea y se nos queda sonando para dar el tono de otras escenas, hasta que descubrimos que no se trata sino de una grabación que está oyendo ella… hasta que se quita los auriculares.
Para rematar,en los títulos finales de crédito suena una preciosa y dinámica Tarantela.
Para dar cuerpo y sentido a su título, por el final la película da pie a unas escenas que ofrecen, con un sentido plenamente documental, un abanico de tiendas tradicionales supervivientes (de pasada se ve, por ejemplo, Caramelos Paco) y reflexiones sobre la gentrificación muy certeras, como la de ese librero que se reconoce un símbolo de la gentrificación del barrio a donde se ha visto obligado a trasladarse en busca de costes de alquiler más baratos para su negocio.
Una agradable sorpresa, que espero ya no lo sea tanto (por ya habitual) cuando toque la próxima película de Ana Serret.





















































