martes, 2 de junio de 2026

La morte-saison des amours


A poco de iniciar ayer “La morte-saison des amours” (Pierre Kast, 1961; en Netflix) me vi a mí mismo ante una película del tipo de las que buscaba y me satisfacían en cuanto descubrí la existencia de la Nouvelle Vague.
Una pareja joven -él escritor- va a vivir al impresionante lugar en el que Ledoux construyó la perfectamente diseñada Salina Real. Incluso se instala a vivir en uno de sus edificios y, naturalmente, pasea entre ellos. Un sitio en teoría perfecto para que él pueda desarrollar, aislado de todo, su escritura. Pero, en sus visitas al bar local, conoce al cacique local (Daniel Gelin) y a su mujer, y todo se da para que campen en todas las direcciones “les liasons amoreuses”, que me ha parecido ver escrito como subtítulo o argumento de fondo en sus títulos de crédito.
¿Y qué me llevaba a la querencia de películas como esta? Su misma estructura, con esas escuetas voces en off, pero que sin embargo dan cuenta de los pensamientos de sus personajes y de su evolución; el caserón en que figuran vive el conquistador, político y terrateniente, que creo haber visto también de otros rodajes de la época; la música de Delerue, aquí explorando la del siglo XVIII, cuestión ésta que enlaza con la siguiente razón; el siglo de las luces y, a la vez, su espíritu libertino, librepensador…
Todos, y todas, parecen seguir las enseñanzas de Casanova, desde ese benefactor de jovencillas con las que monta a caballo hasta ese escritor mal crecido, pasando por todas las amantes actuales o anteriores del político y latifundista, o la misma mujer del proyecto de escritor, que emprende pensativa paseos por la casa y los espacios exteriores con una falda plisada a cuadros muy años 60.
Y para asegurar ese espíritu (intelectualmente) libertino, basta ver que en una de las conversaciones se discute con vehemencia sobre Françoise Sagan (que está claro marcó una época) o comprobar el tipo de soluciones (impensables sólo unos años antes) que ofrece a los problemas planteados.
Como no he encontrado ninguna captura de imagen de la película con obra de Ledoux, pongo una de internet, de cuando ya, años después, se restauró por completo. Aunque lo quizás más significativo es su distribución geométrica en el espacio, y ésta no aparece…



No es un fotograma de la película, sino una de rodaje.









 

Pele nómada






¡Qué extraordinaria ciudad es -quizás debiera decir con mayor propiedad era- Lisboa! Eso pensaba mientras veía el capítulo en el que sale un barrio de callejas lisboeta por el que pasó la sede de un grupo artístico portugués, el Atelier Real, al que se dedica “Pele nómada” (Joäo Fiadeiro y Aline Belfort, 2025), el que me ha parecido el documental más visible (1) del grupo de Docs Lisboa que presenta CaixaForum+.
El documental vuelve, con acciones ahora recreadas, a las diferentes sedes por las que el grupo desarrolló su actividad, y eso puede interesar a esa excelsa minoría que está atenta a expresiones artísticas contemporáneas.
Pero a mí lo que me ha gustado hasta casi entusiasmarse es, además de los acercamientos a las diferentes sedes de teatro experimental en su decrépito estado actual, acusando el paso del tiempo, la amplísima introducción inicial, que recorre calles de estrechas aceras y calzadas de esos pequeños adoquines típicos portugueses, pequeñas casas forradas con fachada de mosaicos, talleres como los que un día tuvo el barrio de Gracia de Barcelona y hasta un honesto figón de la familia del narrador que por milagro aún no han caído víctimas de la gentrificación.
Véanse para comprobarlo algunas de las fotos que me he tomado la molestia de hacer después de la proyección, rebobinándola.
(1) Si no fuera por el molestísimo retraso de sus subtítulos, que no he sabido de ninguna forma sincronizar…




















Recreaciones actuales de las obras antiguas, en los espacios ya abandonados.




 

lunes, 1 de junio de 2026

Lissy

Lissy, eficiente y simpática expendedora de tabaco y caramelos en un céntrico local berlinés, acosada por su jefe.


Pero enamorada de éste, administrativo de una empresa.

Siempre con dificultades económicas.

Ayer volví a ver una película del que quizás fue el más prestigioso realizador de la RDA, Konrad Wolf, pero en esta ocasión en Arte, donde se podrá aún contemplar hasta el 18 de junio. Se trata de “Lissy” (1957).
Es bien curioso que si su “Tengo 19 años” recordaba mucho al cine soviético, ésta se emparienta totalmente con el cine alemán de la época en la que se desarrolla el inicio de su trama, que acaba comprendiendo todo el proceso de ascensión al poder del nazismo. La agitación brutal de la gran ciudad me pareció muy bien lograda. Se notaba, viendo elementos como los bordillos de las aceras, que todo estaba reconstruido en decorados de estudio, pero al emplear tanto extra y la naturalidad de lo retratado daba perfectamente el pego.
Una voz femenina en off ofrece a lo largo del film unas pocas frases -posiblemente sacadas de la novela de Franz Carl Weiskopf que adapta- que sitúan los sentimientos de la gente, y especialmente la protagonista, Lissy. Todo sigue al dedillo el desarrollo que nos ha llegado en cuanto a los acontecimientos, afín por completo a la historiografía del Este europeo. Pero lo que más asombra es el derroche de habilidades cinematográficas desarrollado por Wolf, con escenas que podrían entrar sin problemas en las antologías de las mejores escenas de vanguardia expresiva del momento.


Y un hermano que no admite su triste situación.





 

Fueros humanos


Ayer, en casa me debatía como el Capitán Haddock ante el dilema. En su caso era sobre si beber o no una botella de Whisky. En el mío si abandonar el microclima casero para ir a ver a media tarde de domingo “Fueros humanos” (“Man’s castle”, Fran Borzage, 1933) en la Filmoteca.
El diablillo me decía que a qué abandonar la comodidad del hogar, afrontando el calor, ese vergonzoso transporte público que hay en festivos, el penoso trayecto hasta el local si, a fin de cuentas, tengo constatado que no me gustan los melodramas.
El ángel bueno de la conciencia, que se notaba que acababa de volver de un cursillo de motivación donde había aprendido nuevas técnicas, me decía como quien no quiere la cosa, como si hablase a otro, mirando hacia la ventana, que creía -y es verdad- que me gustaba Borzage…
El diablillo insistía en preguntarme qué se me había perdido en una película que al parecer se localizaba en un bidonville cercano a la gran ciudad, donde se refugiaban cantidad de víctimas de la depresión producto del crack del 29 y que seguramente enviaría un mensaje de solidaridad buenista sensiblón poco creíble.
Mi ángel de la guarda, profundizando en su nueva táctica, seguía mirando por la ventana y rozó como por casualidad otro de mis puntos débiles: “¡qué curioso -susurrró- con las pocas películas norteamericanas pre-code que suelen proyectar, que pasen una de ellas..!”
Seguramente debí hacer caso al diablillo que acercaba el whisku al bueno de Haddock: a media película, ya vencida la sorpresa inicial del descubrimiento de quien hay detrás del personaje de Spencer Tracy, que vestido con chaqué y sombrero de copa invita a cenar a una hambrienta Loreta Young (un gag ciertamente bueno); pasado el momento pre-code de ver a la pareja bañándose ligeros cual Adan y Eva en el paraíso; de oír alguna heroica fanfarronada del otro personaje femenino (como ese “no escondo nada” mirándose su vestido acoplado a su cuerpo; una vez ya pasado todo eso, realmente me pregunté que por qué razones había ido a ver otro melodrama, un género que no me suele convencer casi nunca.
Pero al poco tiempo empecé a darme cuenta, hasta que una escena por el final me lo sacó hasta como exclamación, de lo bestia de ciertas cosas que descubres en la película. Y por ahí cabe todo un espectro bien amplio de animaladas. A Loreta Young le toca en suerte el papel de una mujer más buena que el pan, convenientemente retratada haciéndole brillar los ojos en cada plano y sería una delicia para feministas radicales adoptarla como ejemplo brutal de sometimiento voluntario al varón. Un varón que viene encarnado por un Spencer Tracy de cabello negro, que más parece un Tom Sawyer crecidito, buenísima persona que, en un acto de amor, le regala a su mujer la entrada para una moderna cocina, y así que podrá hacerle algo más que, sólo, eternamente estofados. Otro personaje femenino, siempre alcoholizado, es, de hecho quien resuelve poniendo la directa la situación planteada, de una forma que no sé yo qué comunidad cristiana aceptaría. Y así.
Pero, sobre todo, me di cuenta de que pocas veces había contemplado yo un melodrama que, aún con sus detalles de comedia, transmitiera una atmósfera opresiva por todos lados, tan sumamente pesada (en el sentido de sometida a un peso brutal), tan difícil de soportar. Pensándolo ahora un momento sólo doy con “Pennies from heaven” (Herbert Ross, 1980j, y aún. Eso sí: el juguete de hojalata que aparece actuando y con su música es una monada.
Y una última cosa, a ver si alguien sabe responderme: el personaje de Spencer Tracy es uno de esos que no puede estar encerrado en ningún sitio, y le abren una ventana en el techo de la barraca por la noche, para que puede ver el cielo. Si algo le excita es oír el silbato del tren, pues sabe que le puede llevar bien lejos. De hecho, en una escena, oye el ruido del tren, mira por la ventana y ve pasar una bandada de aves…
Pues bien: ¿en qué otra película norteamericana, creo que también de los años 30, el personaje entra en trance también cada vez que oye el silbato del tren, de forma que ella tiene miedo que salga y se vaya pitando? No hay forma que me venga a la cabeza.