lunes, 12 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez


He dejado pasar un tiempo desde la muerte de Gonzalo Suárez, que me pensaba que muchos más reseñarían, evocando sus recuerdos. Al final he podido ver, sí, artículos como el de Fernando Trueba, que lo tenía como un auténtico faro.
Vi con placer, al margen de sus mucho más libres primeras, alguna de sus alabadas películas posteriores, como “Remando al viento”, pero si he de explicar quién fue el Gonzalo Suárez que me asaetó su dardos de lo lindo, haciéndomelo buscar con ahínco, ese fue el autor de sus primeros libros y las adaptaciones que se hicieron de ellos. Era algo por lo que nunca había transitado. Narraciones dinámicas, llenas de suspense, a la vez que desconcertantes, que se leían en un suspiro. Nadie había escrito así antes.
El libro que por casualidad me lo acercó fue “Trece veces 13”, con una cubierta de amarillo chillón que me debió llamar la atención la noche que lo vi en la librería del Drugstore del Paseo de Gracia. Ahí había trece narraciones torrenciales, a cada cual más loca, pero dejando poso. Como ya había leído ese libro y alguno otro suyo, pesqué inmediatamente de dónde venía ese “loco del pijama” del “De cuerpo presente” de Antonio Eceiza, como supe que en esos primeros Aranda, “eso que pasó en Londres” de “Fata Morgana” o esa historia increíble de “Las crueles” no podía sino provenir del gran Gonzalo Suárez.
Busqué y fui comprando todos sus libros, escarbando hasta dar con la rara “Los once y uno”, firmada por su alter ego periodístico Martín Girard. Las siguientes ya aparecieron en editoriales que atestiguaban que la lluvia había calado. “Rocabruno bate a Ditirambo”, también muy buena, salió en una colección de bolsillo, con Edhasa. Y no digamos “Operación doble dos” o “Un gorila en Hollywood”, que lo hicieron en Planeta.
Lo mismo pasó con su cine. La inventiva visual que hay en “Ditirambo vela por nosotros” y “Ditirambo” lo emparentaría con cierto cine de vanguardia, dando solidez a la Escuela de Barcelona. Luego me acuerdo siguiendo vía el Fotogramas esas declaraciones suyas diciendo que iba a hacer un ciclo de películas con guión de hierro, para caer en un cine mucho más establecido tras el fracaso de todos esos intentos, alguno de los cuales entusiasmaron a Sam Peckinpah, personaje que se convirtió en uno de los protagonistas de sus entrevistas y de su obra literaria posteriores. En “Reina Zanahoria” reaparecían sus personajes literarios en una trama y planificación loca que me dejó a medias y fue “Epílogo”, seguramente, su intento más serio de trabajar con Rocabruno y Ditirambo. Aunque quizás ya estaba entrando en un cine formalmente muy cuidado, que mantenía puntos de tensión muy suyos, pero sin ser ya el tobogán emocional que me supuso el suyo inicial.
Si hubiera mantenido su residencia en Barcelona habría sido, sin dudarlo, un candidato seguro para las monografías que durante 28 años hicimos Martí Rom y yo para el Cineclub Associació d’Enginyers. Pero por problemas logísticos ligados a la distancia fue imposible.
Lo pude saludar en persona una única vez. Me hubiera gustado curiosear su famosa casa asturiana, que imaginaba como un paraíso tropical, pero fue aquí, en Barcelona. Me lo presentó su hija, Anne-Hélène, en la Filmoteca, a donde había venido a presentar una película. Le comenté que le había estado intentando localizar, escribiéndole a todos los lados a mi alcance, para ver si quería y podía escribir unas líneas en la monografía que en su momento estábamos haciendo sobre Joaquín Jordá, pero no llegamos a obtener ninguna respuesta. Me comentó que era una lástima, porque lo habría hecho con mucho gusto, pues había sido un gran amigo suyo.
Este verano volvi a ver, fortuitamente, a Anne-Hélène después de bastante tiempo. La pregunta sobre su padre fue inevitable. Me dijo que seguía muy activo, escribiendo. Que hacer una nueva película, debido a su edad -ya eran 92 años- lo tenía muy difícil, aunque habría querido. Tenía apuntado asistir a una sesión de la Filmoteca en la que estaba anunciada su presencia, para rendirle un homenaje por haber recibido el Goya de Honor de 2026, pero ya será imposible verlo de nuevo.
(La foto de Gonzalo Suárez que cuelgo la hizo Bernardo Pérez y salió publicada en El País)




 

domingo, 11 de octubre de 2026

Jakten

Mireia Fernández, secretaria de la FCC, presentando la sesión.

Una más que agradable sorpresa resultó la muy interesante película que cerró ayer la “Setmana del Cineclubisme” de la Filmoteca. Era la sesión que programa una federación de cineclubs de otro país. Este año fue la Federación de Noruega la que sugirió pasar “Jakten” (“La cacería”, Erik Lochen -el abuelo de Joachim Trier-, 1959). En un vídeo introductorio proyectado, un representante noruego señaló que la película, que se llegó a pasar en Cannes, fue considerada la mejor noruega de los primeros cien años de cine, pero a la vez obtuvo un fracaso comercial absoluto.
Pasan los títulos de crédito sobre lo grabado por una cámara que sigue por una sinuosa carretera junto a un lago a un coche, mientras suena una dinámica música de un conjunto de jazz estilo Modern Jazz Quartet. Pronto, bajo la batura de un narrador que nos informa que sonó un disparo y nos interroga, aparecen por un páramo un par de policías que se llevan, custodiada, una caja de muerto. Toda la película restante como espectadores nos iremos cuestionando quién será el muerto...
Suspense, pues, con mucha tensión en bastantes momentos, pero también mucha modernidad en la factura de la película:
-Los tres protagonistas (dos amigos y la mujer de uno de ellos, que van juntos de cacería a la desierta montaña) hacen las veces de narradores, exteriorizando sus pensamientos, dialogando en off entre sí y con el mismo espectador.
-Raccords audaces, muy rompedores, dan un enorme ritmo a la función.
-Elementos de puesta en escena muy bien puestos, que explican perfectamente lo que se juega entre los componentes del trío: en una secuencia, ella, viendo que la fotografía de los dos amigos excede del marco disponible, tras dudarlo un buen rato, recorta y tira … la imagen de su marido. En otra, el también enamorado amigo es relegado por el otro del match de tenis que disputaba con la chica y pasa a contemplarla entonces a ella tras el enrejado de aluminio que circunda la pista, un poco a la manera en que “Les mistons” del cortometraje de Truffaut observan a otra adorada tenista como era la encarnada por Bernardette Lafont…
-Hay hasta un sorprendente giro por el cual unos figurantes se arrogan sus derechos como publico del film y exigen saciar su chismosa curiosidad…
Durante un extenso primer tiempo de la película seguimos por el páramo al trío, que han acudido a cazar, les observamos -ahí y en otros momentos- con muchos contrapicados, les vemos recorrer los extensos y abiertos paisajes, cómo pisan zonas de vegetación medio inundadas, cómo corren a lo lejos su pareja de perros, cómo éstos olfatean una pista por unos matorrales, espantan a unas aves que emprenden el vuelo y los tres cazadores les disparan.
Cuando tanta escena de paseos y actividad por las montañas, estéticamente impresionantes, podrían llegar a suponer un cierto estancamiento en la película, se produce una brusca rotura en forma de flashback irrumpiendo con la dinámica musica de jazz. Es un largo flasback que nos informa del recorrido previo y pensamientos de los tres personajes, los dos que acaban casándose y el tercero, que siente una atracción brutal por la mujer y del que la película remarca su deseo en unos planos muy sensuales.
Mira por dònde, el de ayer se trató de un programa que demuestra lo que siempre sostengo: debemos desconocer cantidad de películas muy buenas de cinematografías que no han dominado nunca el mercado cinematográfico. Ya me froto las manos pensando a qué otra federación de cineclubs le pedirá la Federació Catalana el año que viene que nos rescate otra joya desconocida.











 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Pasolini. Un viaggio in Italia

Bernardo Bertolucci, en sus declaraciones a Xavier Juncosa en “Pasolini. Un viaggio in Italia” (1999), vista ayer en la Filmoteca, dentro de la Setmana del Cineclubisme.

Un travelling de Accattone.

Un tonto malentendido hizo ayer que el coloquio que esperábamos sirviera para preguntar a Xavier Juncosa desde la mesa y por parte del público todo aquello que les había suscitado la visión de su “Pasolini. Un viaggio in Italia” no pudiera realizarse y que la breve presentación de esta segunda sesión de la Setmana del Cineclubisme se doblase en cuanto a tiempo, pero ya de forma algo alocada, sin un rumbo claro, aportando datos a los que Juncosa habría podido aportar coherencia. Hubo de ser por los pasillos y el vestíbulo de la Filmoteca donde el realizador respondiera a los corrillos de gente que le preguntaba cómo había logrado concertar entrevistas tan interesantes y demás.
La película, en una Sala Laya muy llena, diría que interesó vivamente al auditorio, muy atento durante toda la proyección.
De ella me gustaría ahora aquí, centrarme en las sustanciosas declaraciones que Juncosa consiguió de Bernardo Bertolucci, en este caso de interés, además de humano, fundamentalmente cinematográfico.
Se refiere el fragmento que quiero resaltar a la experiencia de ambos, Pasolini y Bertolucci, como director y ayudante de dirección de “Accattone”, el primer -y para mí también de los más bellos- largometraje de PPP.
Como es sabido, Pasolini, novato en estas lides, en vez de acompañarse de un ayudante de dirección experimentado que pudiera compensar su bisoñez, lo hizo con el hijo de su amigo poeta Attilio Bertolucci, que era un entusiasta del cine, pero que no había tocado una cámara ni estado en rodaje alguno.
Y es entonces cuando, con muy bellas palabras, Bertolucci le explica a Xavier Juncosa la vivencia que eso supuso para ambos: cuando se disponían a rodar un primer plano, era -comenta- como si estuvieran inventando el primer plano; cuando se disponían a utilizar un carrito para hacer un travelling, se igualaban a Griffith y a otros pioneros del lenguaje de cine, y pasaban, como ellos, a estar inventando ese movimiento de cámara. Así de nuevo era todo para ellos. Creían estar inventando el cine.


Martí Rom hablando de Xavier Juncosa y Pier Paolo Pasolini en la Sala Laya de la Filmoteca.

 

El árbol del conocimiento

Eugene Green, junto a Àlex Portlés, presidente de la Federació Catalana De Cineclubs, previniendo a los nuevos espectadores ante posibles extrañezas en la película que iban a ver.


“A medida que el mundo se vuelve más sombrío, mis películas se aproximan cada vez más a la comedia, hasta el punto que la próxima será una comedia plena. Pero, si los observas bien, los temas que se tratan en ellas son muy serios”.
Así respondió Eugene Green anoche en la Filmoteca, en el coloquio de su “El árbol del conocimiento” (2025), a quien le había visto en esta su última película un tono especial de comedia. En realidad se trata de un cuento muy claro, con enseñanza moral, que utiliza elementos de fabula fantástica y ahí está, a la vez, lo que vi que más se valora y, en su extrema y desnuda sencillez, donde también pueden encontrarse los problemas de su película.
Pero antes que nada me gustaría decir que tuvimos la oportunidad de ver esa película y gozar de un Eugène Green que, con notorio esfuerzo, hizo presentación y llevó el coloquio plenamente en catalán (mostrando así su amor por las lenguas periféricas) gracias a que se inauguraba en la Filmoteca la Setmana del Cineclubisme, organizada por la Federació Catalana de Cineclubs, que había otorgado el Premio Nunes Internacional al realizador. Llegué tarde a la cita y entrega, pudiéndole oír sólo prevenir al auditorio, diciéndole que a primera vista sus películas pueden parecer una marcianada, pero que sí se persevera se acaba viendo que no lo son tanto, porque, tras no haber conseguido comunicar telefónicamente con la Filmoteca, nuestra buena y pronto imprescindible amiga, la iA, tras hábil interrogatorio, me había asegurado que la Filmoteca, debido a la nueva alerta meteorológica que acababa de sonar, había suspendido todas las sesiones…
Empieza muy bien, en mi opinión, mientras muestra los títulos de crédito, la película, haciendo aparecer Eugene Green dos de sus bestias negras: las autopistas -en este caso de la ‘banlieu’ lisboeta- y un centro comercial, incluyendo un anuncio en éste de una auténtica hamburguesa portuguesa (sic), mientras un coro da en la banda sonora solemne cuenta de Monteverdi, para a continuación dirigir sus dardos hacia ridículas formas de turismo en el centro de la ciudad. No en balde, en el coloquio posterior, Mireia Iniesta le sonsacó que el origen del film había sido la tremenda decepción que sufrió al regresar poco antes a Lisboa (donde hay que recordar que bastante había filmado alguna de sus mejores películas) y encontrarse con una ciudad totalmente cambiada, destrozada su alma por el turismo.
A partir de ese inicio la confrontación con ese turismo lleva inicialmente a una farsa grotesca con un personaje con poderes mágicos porque ha vendido su alma al diablo en lo que considera haber sido un buen precio y luego a un completo cuento de hadas, una fábula que acaba con mensaje de amor universal, destruyendo el mal, pero sin violencia, quizás argumentando que el problema no son las personas, todas ellas encantadoras, sino las multitudes faltas de personalidad.
En la película presenciamos los típicos diálogos pausados y declamatorios de sus actores (en el coloquio también detalló que buscando borrar en ellos toda psicología), recogidos en estrictos -cambio por corte- plano / contraplano frontales a cámara fija. Y, acercándose a otros cuentos de hadas que también ha hecho, hace aparecer un buen conjunto de animales, especialmente un muy amable perro y un pequeño y dócil burrito. De camino de regreso a casa (el metro, cerrado), un amigo me hizo ver el extraño apego que tiene Green a este animal.
Y la semana del cineclubismo que seguirá hasta el domingo. Esta tarde, a las 18h, “Pasolini. Un viaggio in Italia” (Xavier Juncosa, 1999) con, entre otros, Silvana Mauri, Dacia Maraini o Attilio y Bernardo Bertolucci dando las claves de la personalidad, molesta y profética, de un personaje que se echa a faltar enormemente en nuestro tiempo.


Con Mireia Iniesta, vicepresidenta de la FCC, durante la presentación del coloquio.










 

domingo, 4 de octubre de 2026

El año nuevo que no llegó


No me atrajo excesivamente cuando pasó por el Festival D’A (de nuevo un rumano hablando del final de Ceasescu casi cuarenta años después, me dije) y la carátula de su pase en Movistar, donde al final la he visto era tan poco atractiva que la dejé pasar. Pero una pequeña reseña de Javier Rueda en el Caimán de septiembre me hizo entrar la curiosidad. Empece a ver “El año nuevo que nunca llegó” (Bogdan Muresanu, 2024; en Movistar) ayer después de comer y cuando llevaba una media hora sin enterarme demasiado (hora de quedarse algo traspuesto), viendo que tenía su atractivo, me espabilé, rebobiné y la vi entera, pasando yo a clasificarla como una de las películas a tener en cuenta de la temporada.
Me ha parecido muy bien reflejado el ambiente malsano que refleja de toda una sociedad derrotada, pintada a través de las historias de unas cuantas personas de un barrio de Bucarest en proceso de demolición … al día siguiente “de lo que pasó en Timisoara” como se comenta con la boca pequeña varias veces. En Timisoara, como se recordará, se dio el motivo desencadenante que hizo estallar el hartazgo final de los rumanos con su régimen.
Ahora mismo no recuerdo sonrisas en las caras de ninguno de los personajes, ni del régimen ni de los demás. Sí una cara que marca dureza o profunda tristeza.
Y sin embargo, sin risas ni nada que se le parezca, la película está trufada de pequeños retazos de humor, extendiéndose para mí uno de ellos a la historia quizás más desquiciada, con la carta que, para desesperación de su padre, ha escrito un coherente y bondadoso chavalín a Papá Nieves.
En su última parte las historias de los diferentes personajes van trenzándose de forma más acelerada, en un proceso de aumento de la tensión, llevándonos hasta un final que, curiosamente, aún con otros moldes, me ha recordado mucho al de “El sol del futuro”, de Nani Moretti.






 

jueves, 1 de octubre de 2026

Le bon plaisir


Bastante mal valorada, pero me apetecía mucho más verIa que otras muchas de la amplia oferta, opté anoche por “Le bon plaisir” (“Mi amante prohibido”, Francis Girod, 1984; en la plataforma gratuita TV5Monde con subtítulos en español). Resultó una sesión bien placentera, porque acumula una serie de detalles muy interesantes.
La antigua amante (Catherine Deneuve) del actual Presidente de la República Francesa (Jean-Louis Trintignant, reproduciendo rasgos de algunos muy identificables) le llama para decirle que le han robado una carta que le escribió hacía diez años sumamente comprometedora.
A parte de los señalados actúan Míchel Serrault (como astuto ministro del Interior), Hippolyte Girardot (jovenzuelo despreocupado) o Michel Auclair. Pero también, en pequeños papeles, Alexandra Stewart o Jacques Doniol Valcroze. Y hay más: la produjo Marín Karmitz, está basada en un libro de Françoise Giraud (quien ayudó a adaptarlo) y tiene música de George Delarue.
Todo el reflejo del ambiente en el Elíseo y otros sitios presidenciales, de las relaciones entre los que lo frecuentan y con los que tienen contacto con ellos y de la torpe brutalidad del poder y las artimañas de la policía del Ministerio del Interior están, en mi opinión, muy conseguidos. También resulta interesante la forma tan blanca con la que muestra una pasión homosexual.
Una secuencia que me ha resultado muy interesante. Nos hallamos en el avión presidencial, de regreso de un viaje oficial. El presidente, un tipo odioso, repara en una inocente chica que le sirve algo y entabla con ella una corta conversación a la que acompaña con un juego de miradas que nos hace ver que colmará próximamente su instinto depredador. Cuando la chica se retira, queda él solo con su mujer, a la que sólo utiliza para actos representativos como primera dama. Le despierta bruscamente con su bastón. “¡Estabas roncando!”- le dice…


 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Pasolini. Un viaggio in Italia


La que viene, en la Filmoteca, es la “Setmana del Cineclubisme”. Organizada por la Federació Catalana de Cineclubs, ocupará sesiones de martes a domingo. El martes se repartirán sus premios anuales, incluido el internacional, que este año ha ido a parar a Eugène Green, quien vendrá a presentar su último film, “A Árvore do Conhecimento” y charlará con Mireia Iniesta. Y seguirá toda una semana con presentación de otras películas.
Quiero aquí, sobre todo, publicitar la sesión del martes 7, a las 18h. Correspondía al Premio Nunes del año pasado escoger el programa de ese día, y Martí Rom, a mi entender con muy buen criterio, ha decidido pasar y presentar un film de Xavier Juncosa, siendo el elegido “Pasolini. Un viaggio in Italia” (1999).
Me temo que no habrá tiempo ahí de hacerlo, por lo que lo digo por aquí: Se está en deuda con un cineasta como Xavier Juncosa. “Pasolini. Un viaggio in Italia” es una muestra muy pertinente de su curiosidad intelectual, que le llevó a obras magnas como las imprescindibles doce horas de su “Integral Sacristán”, un repaso al “estado del arte” de los 90 en cuanto a componentes del mundo de la cultura de por aquí.
El documental que se verá en la Filmoteca recoge el viaje que Juncosa, acompañado de una cámara y de un micro, además de cargado de fe y perseverancia, hizo por los lugares en que vivió Pasolini, recabando el conocimiento que de él se tenía veinticinco años después de su muerte. En un crescendo de tono, culmina el recorrido con entrevistas extraordinarias, absolutamente perdurables, a figuras como Silvana Mauri, Laura Betti, Dacia Maraini o Attilio y Bernardo Bertolucci, quienes, entre otras cosas, dejan bien asentado el carácter profético de Pasolini, pues previó mucho antes por dónde, tristemente, iba a ir el mundo en el que vivimos.





 

La bestia anda suelta


Al mismo tiempo que sus novelas en Destino, en septiembre de 1997 apareció un libro de Marcos Ordóñez que seguramente debió venderse más en librerías de cómic y contracultura que en librerías de cine o generalistas, aunque recuerdo que tuvo buena distribución.
Era “La bestia anda suelta. ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo!”, en el que presentó una única entrevista, que trenzó a base de varios encuentros por aquí y por allá con el entonces nuevo y acelerado director de cine.
Hay que tener en cuenta que, para entonces, Alex de la Iglesia había hecho únicamente varios cortometrajes, a cada cual más tremendo, y sólo, como largometrajes, “Acción mutante”, “El día de la bestia” (de gran impacto en taquilla, y origen del título del libro) y la recién finalizada excursión que supuso “Pepita Durango”, sin haber seguido un camino que, aunque siguiera añadiendo elementos frikies, fueron mucho más trillados, llegando a hacer incluso adaptaciones, en principio, muy alejadas de su mundo inicial.
Así las cosas, como cuenta en el libro, Marcos coincidió con el director en el jurado del festival de Sitges y allí y después debieron tener conversaciones inacabables sobre todo, que en algún momento dieron pie al libro.
“Todo” es todo lo que movía a ambos por entonces: mucho cómic, cine de todo tipo, pero sobre todo del considerado de segunda categoría escondiendo disfrutes especiales, y mucho de lo que se ve a simple vista que habían absorbido con fruición ambos de la tele o de cualquier lado al que hubieran tenido acceso.
La edición correspondió a Glénat, la editorial de Bande Dessinée, que había abierto sucursal por estos lares bajo la dirección de Joan Navarro, el a su vez editor de la imprescindible y tan hermosa Cairo, y bajo el sello de una colección, dirigida por Jordi Costa, que llevaba el flamante título de “Biblioteca Dr. Vétigo”. Hago una foto de la página en que se anunciaban otros títulos de la misma colección, para que se vea por dónde transitaba, y de lo que me costó el libro en Áncora y Delfín, un precio muy bajo para el momento, como correspondía entonces a lo que era una colección en verdad popular, casi lo que había sido hasta entonces, una publicación de kiosco.





 

martes, 29 de septiembre de 2026

Portrait de l'artiste en sale môme


Cuando Yann Dedet vino sustituyendo a Sylvie Pialat a la magnífica retrospectiva que le hizo la Filmoteca, pudimos ver la cantidad de cosas que podía aportar para el conocimiento del director, de su forma de ser y de hacer cine. No en vano fue montador (en ocasiones sustituyendo en último momento a las montadoras originales) de varias de sus películas o desarrolló en ellas otro tipo de trabajos -incluido el de actor-.
Vi este libro suyo -“Portrait de l’artiste en sale môme” (P.O.L., 2026)- en la Torcatis de Perpignan y rápidamente lo aparté para llevármelo. Con emoción doble, porque su editorial le había puesto una faja que, con una conocida imagen de Pialat con media sonrisa, aclaraba su contenido.
Dedet se sumerge en su relación con Pialat y explica todo lo que le pasó por la cabeza cuando, emocionado, entró a trabajar con él por vez primera, cuando vio los cortes y amarguras que hizo pasar a sus actores y colaboradores, cuando notó ya su familiaridad y posible amistad… que no le garantizó su contratación para su última película, “Le garçu”.
Pero, sobre todo, desvela confidencias de difícil acceso de otra forma, la razón última de ciertas escenas (presentes o eliminadas en el montaje final), explica detalles impagables de la forma de hacer de Pialat, de sus intereses y desintereses, de sus prioridades, etc. Lo hace, eso sí, con un lenguaje muy bien escrito, pero tan coloquial, metafórico e irónico que -conocedor sólo de un francés funcional- en muchas ocasiones se me ha hecho arduo, hasta el punto de quedarme a medias entendederas en algunos casos.
Entre las confidencias, a parte de unos cuantos motes que Pialat dispensaba a diestra y siniestra, hay cosas como que, en un momento de enfado, Pialat definió a Depardieu como “un camión con motor de Velosólex”.
En un momento Dedet define “Loulou” como “un film en el que los amantes se abrazan en todas las esquinas de los planos, bajo las columnas del metro, en los cafés, en los callejones con o sin salida, en las boîtes, en las calles, en el extrarradio, y en las camas que se rompen”.
Sobre “Police” explica como Pialat y Depardieu maltrataron a Sophie Marceau, pero aaclarando que ésta “no era utilizada más que por su status, como si le hicieran pagar representar el star-system”.
Sobre a lo que está más atento Pialat a la hora de montar: “más al centro vital de cada secuencia que a sus enlaces narrativos con su antes y después”. Y, más adelante, señala que “él escoge los rodajes prioritariamente a los rerodajes, corta siempre las bisagras que se empeña en escribir en cada guión, porque sus relatos están construidos por grandes piedras talladas, ajustadas sin mortero”.
Y sobre su forma de actuar: “Segunda vez que vivo esta particularidad: cuando Pialat vuelve a rodar una secuencia, ésta no reemplaza jamás el primer rodaje; la escena original sólo se vive una vez y la guarda como un tesoro, tirando a la papelera las pálidas segundas copias que no tienen esos defectos gracias a los cuales sus films laten por encima de los demás”.
Pero también habla de forma muy interesante sobre el montaje: “No existe el aburrimiento durante los montajes (pues) el trabajo de escultura, de arquitectura y de musicalidad es embriagador. Y si algunos guiones no están aún listos cuando se ruedan, entonces es aún más vigorizante el trabajo, pues tienes la impresión de rehacer el mundo o, por lo menos, de participar en rediseñar las parcelas de un mundo inventado. Se piensa entonces que se mejora el film”.
Acaba Yann Dedet con una frase algo melancólica: “No sé cuando volveré a ver ‘rushes’ que dan tantas ganas de vivir”.


 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Les veuves de quinze ans



En su libro sobre Pialat, del que hablaré aquí en una próxima entrada, Yann Dedet empieza hablando de trabajos del director en películas de otros realizadores, y comenta:
“En ‘Les veuves de quinze ans’, film del que Jean Rouch dirá no reconocer como suyo, pero que quedó en mi memoria como una de las primeras libertades anunciantes de la nouvelle vague, Pialat encarna un fotógrafo. Dice a su joven modelo que ‘no vale la pena quedarse en bolas’ haciéndole al tiempo unas preguntas de una indecencia que la desviste, de otro modo, mucho más. Su brutalidad sin adornos me marcó, pues las personalidades punzantes quedan más en la memoria que las otras”.
Aunque luego resulta que ya había visto el cortometraje, posiblemente en Filmin, que lo tiene en su catálogo, ni qué decir que he corrido a verlo al localizarlo en YouTube: