Simone Bitton presentó personalmente y atendió al coloquio de su “Les mille et un jours du Hajj Edmond“ (2024) anoche en la Filmoteca, dentro del Festival de Cine Judío, que le dedica un mini-ciclo. Ésta es su última película realizada por el momento, dentro de una producción exclusivamente de documentales que realiza lentamente, pues calcula que últimamente hacer una película le lleva unos cuatro años.
Antes de la proyección, en una corta presentación, advirtió que ésta era una película muy diferente a las suyas anteriores, pues por primera vez ha hecho un film en primera persona, un film no intimo, pero sí muy personal. (Y aquí se sonrió reflexionando que le asombra ver a tanto cineasta novel que desde su primera película hace un film de este tipo, mientras que a ella le ha costado 49 años decidirse a ello.
¿Y qué es esta película que me ha impresionado tanto, pareciéndome admirable? Simplemente, “un film-carta”, dedicado “a una persona mayor que ella, que cuenta mucho para ella”. Es su primer film-carta, mientras que confiesa pedirles siempre que desarrollen uno a sus alumnos de documental. Y está dedicado a un judío marroquí, como ella misma dice, “una identidad en vías de desaparición”. Pero no un elemento cualquiera de esa identidad, sino una persona muy sencilla y popular y, a la vez, gloria nacional de la literatura marroquí, exiliado a París, de donde no volvió a vivir a su país hasta sus últimos años: Edmond Amran El Maleh, según las palabras de Simone Bitton nacido con la revolución rusa (1917) y muerto con la revolución árabe (2010)”.
La película sigue, gracias a documentos personales encontrados o aportados, la vida de ‘Hajj’ -como familiarmente le llamaban sus amigos- desde la cosmopolita ciudad de Casablanca de los años 30, entonces con 30 sinagogas y una elevada población judía, que llevaba buena parte de su comercio, como sus padres, notables comerciantes que disponían de un impresionante edificio en el Boulevard París, con un patio interior rodeado de galerías, hoy dedicado a los turistas, pasando por su actividad (y luego abandono) en el Partido Comunista Marroquí (y sus colaboraciones con seudónimo en el diario Espoir), su exilio en París (con sus recepciones en su apartamento del Boulevard de Monparnasse 144 y su boda con su inseparable compañera) y su final retorno a Marruecos para acabar residiendo en Essaouria (en contacto siempre con los medios artísticos e intelectuales del país).
Pero, a la vez, la película, a base de una cámara serena, habitualmente fija, sin mostrar ninguna brusquedad, interroga a sus diferentes amigos sobre la personalidad del escritor y les hace leer un trozo de alguna de sus obras, revelando entonces a un hombre de una humanidad a raudales y un escritor, desde su inicial “Parcours immobile”, de categoría, inmenso. Un proceso éste en el que también nos hace descubrir casas privadas antiguas y actuales, talleres de artistas, hermosos cafés, semiabandonados cementerios marinos, etc., todos ellos increíbles.
La forma poética de hacer de Bitton en esta película me ha recordado en ocasiones a la de dos cineastas muy amigos entre sí: Chris Marker y Àgnes Varda.
Quizás el mejor resumen de lo que vimos anoche se lo oí decir a Daniela Aparicio, cuando tomó el micrófono en el coloquio para agradecer a la directora su película y preguntarle una serie de cuestiones sobre situación social y política que (los suyos, quizás no bien entendidos del todo, pero sobre todo los de otra espectadora posterior) me dio la impresión que le incomodaron un poco, pues esperando ella como esperaba hablar de las atmósferas que había intentado retratar con su película le hacían actuar como la politóloga que era definiendo la situación política actual, de la que ya había mostrado, sin estridencias, todo lo que sabía.
La frase / definición de Daniela que tanto me gustó como definición de la película vino a decir aproximadamente que la película era un homenaje a esa humanidad que, a pesar de todos los pesares, aún existe. Y es que algo parecido va sacando de la película cualquier espectador, maravillándose tanto del recorrido del destinatario de la carta como de esos artistas, escritores, que, actuando en sus refugios, dan fe de vida hasta en el panorama más hostil.
En el coloquio posterior Simone Bitton tuvo tiempo para indicar que había rodado la película antes, pero que empezaba a montarla (y el montaje, dijo, es la fase donde se configura sobre todo una película como ésta) en octubre de 2023, cuando empezaron a suceder en la Palestina donde ella tanto ha trabajado, los horribles hechos que aún nos conmueven. Aunque desfallecida por lo que iba sabiendo de todo un genocidio, se dijo entonces que era precisamente en ese momento cuando voces como la suya, diciendo lo que dice, eran más importantes que nunca, precisamente en un tiempo en el que Marruecos e Israel empezaban a vivir una luna de miel. Que no podían dejar su identidad raptada por gente que comete tales atropellos, aunque sean mayoritarias sus posturas.
Y su reflexión: “es misión del documentalista guardar las huellas, la memoria. Hay muchas ruinas en mi trabajo. Filmando ruinas judías en Marruecos tengo la sensación de haber filmado ya eso en Palestina. (…) Se da una paradoja sangrienta en que nosotros, exiliados de nuestro país, desalojemos a otros en Palestina, produciendo un nefasto reemplazo, que no encuentro cómo definir, una especie de y tragedia shakespeariana, gravísima.”
Según la directora, esta bella película coproducida de forma mayoritaria por Marruecos, se ha pasado en dos ocasiones por la segunda cadena marroquí, con gran éxito de audiencia. La primera de estas ocasiones se contabilizaron 1,5 millones de personas viéndola.
Si alguien quiere ver la película, la puede encontrar en la plataforma gratuita, abierta a todos, Tv5Monde.
Y hoy vuelve a la Filmoteca Simone Bitton a presentar dos de sus películas anteriores… a las que por otros compromisos no podré acudir. La rabia de no poder estar en todo…