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lunes, 3 de febrero de 2025

Powell y Pressburger (2ª parte)


Powell y Pressburger alcanzaron se situaron en la primera línea del cine británico con sus películas “propagandísticas” de la época bélica. Ya quisiéramos que las propagandas bélicas tuvieran su consistencia y honradez...
Luego cambiaron de temas. Su mayor éxito residió en “Las zapatillas rojas”, una película que nunca he soportado, pero eso es cosa mía, no extensible. Después de estar en la cumbre, se fue extinguiendo la exitosa marca de “The archers”. Y hasta que Scorsese consiguió volver a distribuir sus películas, Michael Powell llegó a pasar una amarga época de ostracismo.
El lunes pasado en La Charca Literaria me publicaron la primera parte, y hoy aparece la segunda del escrito que hice sobre esta peculiar pareja cinematográfica:

 

lunes, 27 de enero de 2025

Esos arqueros que siempre daban en la diana (1)




Tenemos previsto dedicar una sesión de Ombres Mestres al tema de los mapas en el cine —en su versión tan evocadora de los viajes—, sesión que esperamos cuente con esta escena:


Desde un pequeño velero, con el reducido pasaje de dos hombres y una mujer, se divisa una isla de grandes acantilados. Uno de los hombres, que parece haber vivido ahí anteriormente, la observa, entre la emoción y el temor. Estamos hablando de cuando las islas debían sufrir el terrible aislamiento que indicaba su nombre, y no la invasión y desnaturalización producidas por el turismo. Un flashback nos va a explicar la naturaleza y razones de esos miedos atisbados, pero antes veremos al patrón del velero mirando la isla con sus prismáticos: se trata de Michael Powell, el director de la película que así se inicia, The edge of the world (1937). Sobre él y sobre todo el cine que luego ideó junto a otro personaje singular, de carácter diametralmente opuesto al suyo —Emeric Pressburger— va este escrito.


The edge of the world, que Powell dirigió antes de conocer a Pressburger, no fue su primera película, pero sí la que le dio fama entre los del oficio. Los pocos que la vieron en su momento se fijaron en lo bien que había filmado la isla escocesa y, o bien le abrieron la puerta para dirigir otras obras personales, o bien se anotaron su nombre, para tenerlo en cuenta en un futuro compartido.


Antes de esa película Michael Powell había dirigido un montón de películas muy cortas, de bajo presupuesto, para servir a esa picaresca que yo creía exclusiva del cine español: daban créditos para la importación de filmes norteamericanos, que eran los que realmente funcionaban en las salas. Todas ellas son hoy en día invisibles, o por lo menos no sé dónde pueden encontrarse. No deben ser nada del otro mundo, hechas deprisa y corriendo, pero él las defiende enormemente, porque le enseñaron a vencer todo tipo de problemas en su realización y le hicieron aprender en profundidad su oficio. Aunque él ya había entrado en el mundo del cine previamente, colaborando en películas de Rex Ingram


Emeric Pressburger, por su parte, era húngaro, pero se había hecho un nombre escribiendo guiones en el cine alemán con la poderosa UFA para directores del prestigio posterior de Robert Siodmak o Max Ophuls, hasta que, siendo de origen judío, huyó del país para refugiarse en Gran Bretaña. Powell, en asociación larguísima con él, lo define con cierta extrañeza por sus costumbres, tan alejadas de las suyas. Mientras él era un hombre de acción, que necesitaba conocer las historias y los lugares de los que iba a hablar, y solía ir, muchas veces en solitario, al sitio de los hechos, emulando hazañas que llegaron a salir en los periódicos, para luego explicar lo aprendido y vivido con la idea de que Pressburger estructurara todo eso y le diera un enfoque especial, este último era un hombre al que le gustaba la vida confortable. Tenía un buen coche, que utilizaba una vez al año para hacer una ruta gastronómica por Francia, visitando a sus amantes y teniendo siempre como etapas las estrellas de la Guía Michelin.


Powell había nacido el 30 de septiembre de 1905 en una granja del condado de Kent, a ocho kilómetros de Canterbury, hijo de un padre bala perdida, jugador, amante de los caballos, muy ausente, y de una madre que había recibido una educación esmerada y tenía muchos contactos familiares de alcurnia, lo que le ayudó para superar las ausencias y luego la separación de su marido.


La experiencia de la visión de la Intolerancia de Griffith dice Powell[1] fue la que le hizo decidirse a ser director de cine, pero su conocimiento de celebridades del mundo del espectáculo y de la política le llegaron también bien pronto, aun siendo un crío, de forma directa, gracias a que su padre compró, con unas insólitas ganancias de juego, un pionero hotel en Cap Ferrat, en una Costa Azul entonces casi inexplotada. Por ahí trabó conocimiento con Isadora Duncan, Winston Churchill, la actriz y sufragista Lilly Langtry… y otros muchos.


Fue también su padre, por los contactos que obtenía por la Costa Azul, quien le introdujo en los que fueron durante mucho tiempo unos estudios cinematográficos muy importantes, los de la Victorine, en Niza, donde muchos años después François Truffaut rodaría La noche americana. Allí Rex Ingram estaba rodando una de sus grandes superproducciones, Mare Nostrum, y Michael Powell entró a trabajar en su escudería. Powell, agradecido, señala a las producciones de Ingram, entonces en la cima del cine y hoy un tanto olvidado, como su verdadera escuela cinematográfica. De entre la gente que conoció en La Victorine, además, fue de dónde sacó la mayoría de los técnicos de todas sus producciones posteriores. Y por la zona de Niza tuvo también la suerte de conocer, además, a artistas como Bonnard o Matisse.


De regreso a Inglaterra, Powell trabó contacto con Alfred Hitchcock como fotógrafo de plató de su Champagne (1928) y, de creerle, luego le dio muchas ideas durante la escritura del guion de su Blackmail (1929). En cualquier caso, su conocimiento mutuo y amistad siguieron existiendo a lo largo del tiempo.


Es con la llegada del sonido, en 1931, que Michael Powell empieza su carrera como realizador, y lo hace con uno de los quotaquickie de los que antes hablaba, de 43 minutos, para la Fox. A partir de entonces no paró. Hasta 1936 comenta en sus memorias que aceptaba todo lo que le proponían, lo que supuso nada menos que 19 películas, todas hechas muy rápidamente, en un par de semanas, con mucho diálogo, para compañías como la Fox, la Gaumont británica o alguna otra, que engrosaban así lo que llamaban su Powerty Row. Así, sin parar, hasta The edge of the world, que Powell acompañó de un libro sobre su trabajo en la isla.


Tras ese empeño, Powell ya no quiso volver a hacer esas películas de serie B, dando su etapa de aprendizaje como acabada. Como no veía posibilidades de poner en marcha ninguna obra personal, estuvo a punto de ir a vivir y trabajar a Hollywood, la auténtica Meca del cine en esos momentos, cuando aparece en su carrera el nombre de Alexander Korda, un húngaro que había realizado en Francia, y luego en Inglaterra, para Paramount, cantidad de versiones de la misma película en diferentes idiomas —un procedimiento de locos que funcionó toda la primera época del cine sonoro—, y que pasó a establecerse por su cuenta, teniendo unos éxitos enormes con películas como La vida privada de Enrique VIII (1933) o Las cuatro plumas (1939, dirigida por su hermano Zoltan.


Alexander Korda había visto y admirado The edge of the world, y le propuso a Michael Powell que realizara sus películas en su productora, London Films. Emprende entonces Powell, como luego haría casi siempre, un viaje —en este caso por Singapur y Birmania— para la preparación de su primera película bajo ese paraguas, con grandes actores contratados por Korda (Merle Oberon, Conrad Veidt, Sabú), pero cuando ya lo tiene todo a punto, el productor le baja los humos, aplazándole su proyecto y proponiéndole otro guion para hacer de forma inmediata. Para ayudarle a adaptar el guion le presenta a otro húngaro como él, Emeric Pressburger. Y este será el inicio de una larga asociación.


Por aquel entonces —como empieza ahora a pasar y la gente no acaba de darse cuenta del enorme peligro amenazante— empezó a haber un ambiente prebélico. Todas las películas que hará Michael Powell a partir de entonces y hasta finalizada la II Guerra Mundial están relacionadas con este contexto pre-bélico y luego bélico. Powell habla de ellas como “películas propagandísticas”, pero basta ver alguna para darse cuenta de que lo que prevalece de su visión es en primera instancia la intriga, las aventuras, la diversión y el placer que suministran. Es más, alguna de ellas nunca dirías que están rodadas en tiempos de guerra, pues tratan al enemigo con una mirada ponderada, alejándose de lo maniqueas que suelen ser todas las películas del género bélico.


En un primer film de este estilo, The spy in black (1934), Powell cuenta ya con la insustituible figura de Vincent Korda quien, a partir de entonces, le construyó unos muy cuidados decorados reproduciendo escrupulosamente todo tipo de espacios, ideales para lo pensado por Powell para sus películas. Era esa El espía negro, una película para alertar de los posibles espías alemanes y estaba rodada en uno de esos ambientes amados por el realizador, las islas Órcadas.


Las siguientes ya se produjeron en tiempos de guerra.


(La próxima semana publicaremos la segunda parte de este estudio sobre Powell y Pressburger).


[1] Prácticamente todos los datos biográficos que aparecen por aquí los he sacado de la enorme —dos volúmenes de unas ochocientas páginas alargadas con letra pequeña cada uno— biografía que Michael Powell escribió al final de sus días. Tengo y leí la versión francesa Une vie dans le cinéma y Million dollar movie (su segundo tomo), aparecidos en 1997 y 2000 respectivamente, en edición del Institut Lumière / Actes Sud fomentada por su amigo Bertrand Tavernier.

El año Powell-Pressburger


El año pasado fue para mí, en buena parte, en lo que respecta al cine, mi año Powell-Pressburger, porque, al margen de haber visto por vez primera la película que abrió la filmografía de calidad del primero, leí también sus memorias.
Ya lo he dicho en varias ocasiones por aquí: leí esos extraños dos volúmenes en su traducción y edición en francés del Institut Lumière/Actes Sud. Obra descomunal, cada volumen de unas 800 páginas de letra pequeña, con un formato vertical alargado que no hace precisamente cómoda su lectura, se nota en seguida, tanto en su inicio como en su final -que casi coincidió con el final de su vida- que su escritura no fue un proyecto secundario para su autor.
Lírica descripción de su libertad infantil por la campiña de Kent su inicio, maratón para dejar escrito su final -que parece ser dictó, falto de fuerzas-, el empeño de Michael Powell se aparta de las memorias al uso. Escritas ciertas escenas tanto sobre la preparación de sus películas como de su vida privada con un grado de detalle extraordinario, como si reviviera antiguas conversaciones de ahora mismo, deben tener por fuerza un grado de invención, de acomodación en la cabeza de los hechos, muy fuerte.
Una explicación sobre cómo acaba el libro creo que es sumamente explicativa de lo que digo: ¡montó su final tergiversando la cronología para lograr el efecto que deseaba! Es decir, como pone por algún lado su traductor y encargado de la edición, hizo un montaje específico, al modo de los de sus películas. Quiso acabar relatando la muerte de su compañero de fatigas, Émeric Pressburger, y montó un capítulo haciéndole acudir a despedirse, y dando así conjuntamente fin a sus recuerdos.
Con largos periodos abandonados en la mesita de noche, la travesía por las páginas de estos dos volúmenes, que me trajeron en enero los Reyes Magos, me duró hasta casi consumirse el año. Eso, conjuntamente con la visión adicional de alguna de sus películas, ya con otra mirada, te hace alcanzar una proximidad que se suma a la fuerte atracción que siempre ha tenido para mí su obra.
Quise aprovechar esa proximidad para escribir algo que mínimamente la transpirara, pero ahí empezaron los problemas. Una cosa es quedarse boquiabierto con el placer que suministran ciertas películas y otra bien diferente condensarlo y trasmitirlo en un escrito.
No estudio en profundidad ni dulce azucarillo, en La Charca Literaria tuvieron la amabilidad de publicarme, partido en dos, el texto resultante del intento cuando éste me salió excesivamente largo.
Hoy aparece en la publicación su primera parte:

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Powell habla de Pressburger

Emeric Pressburger, en el jardín de su casa.

El señor de la fotografía es Émeric Pressburger, un nombre indisolublemente asociado a Michael Powell, envuelto en un cierto misterio y un gran desconocimiento que sólo la lectura de las memorias del segundo me empiezan a desvelar parcialmente.
Húngaro, asumiendo un puesto y fama de buen guionista en la todopoderosa UFA de la preguerra, como tantos judíos que tuvieron la oportunidad, huyó de Alemania. En Gran Bretaña otro húngaro, Alexander Korda, para quien empezó a elaborar allí guiones, lo presentó a Powell, con el que fundó y compartió a partir de entonces el prestigioso sello de The Archers y una enorme y variada cantidad de buenas películas.
Da la impresión de que, con caracteres muy diferentes, se entendían a la perfección. Powell viajaba a los lugares donde quería rodar una película, para encontrar localizaciones e imbuirse de la historia que quería contar. Hombre atlético, alguno de los recorridos que se marcó, a pie, a caballo,… fueron auténticas aventuras, increíbles hasta para los locales. Desde esos lugares le enviaba impresiones y diferentes anotaciones a Pressburger, o volvía a su lado, para que ligara éstas con la historia que ya habían acordado emprender, que invariablemente escribía Pressburger y dirigía Powell, aunque firmaran todo los dos. Fue una asociación larga, al 50%, alabada por ambos.
En el segundo volumen de sus memorias, cuando Michael Powell empieza a hablar del periodo de indecisión que siguió a la puesta en marcha de “Los cuentos de Hoffman”, que les ratificó que debían deshacerse de los tejados ofrecidos por Rank o Korda y les llevó hasta a dirigir films cada uno por su lado, dedica un capítulo a narrar uno de los viajes de su camarada para satisfacer lo que él llama su “tour de france gastronómico” por restaurantes, en su mayoría tres estrellas Michelin. Transcribo aquí uno de ellos:
-Salida a las 4h de la mañana de su casa de Hamstead, al volante de su Bentley.
-En Southampton embarque hacia Cherburgo.
-Allí llegada al albergue familiar donde dormir después de haber tomado unas ‘ártichauts sauce hollandaise’, ‘langoustes à l’armoricaine’ y un ‘soufflé crème de menthe’, con buen surtido de quesos y frutos, “todo ello regado de un champagne d’Epernay, muscadet de la rive nord de la Loire frappé y un ballon de cognac de la cave personal du patron”
-A las 6h partida hacia un hotel al borde del Loira donde tomar el aperitivo a las 11h, pues “ya ha reservado su comida: un ‘chateaubriand sauce béarnaise' seguido de un enorme 'meringue crème Chantilly' especialidad de la casa.
-Salida a las 14,15 "para poder cenar y dormir en el famoso Château de La Gaze, en las Gorges du Tarn"
-"Al día siguiente, salida tarde, a las 8h, para recorrer los solo 350 Km para comer a la orilla del Ródano… y así seguir"

Con Michael Powell.

Fotografía que he encontrado del Château de la Caze, en las Gorges du Tarn.

Y una del Kronenhalle de Zurich. ¿A que recuerda poderosamente a la Brasserie Flo, Antonio?
 

martes, 11 de abril de 2023

One of our aircraft is missing


Según parece la primera película firmada a dúo por Michael Powell y Eric Pressburger, “One of our aircraft is missing” (1942) es también ejemplo de su buen hacer.
Basada en una historia escrita por el mismo Pressburger, forma parte de sus producciones efectuadas durante la guerra. Aquí no hay sino desprecio por los soldados alemanes como invasores, pero no se denigra a su población civil, recordada con añoranza por uno de los protagonistas, que había visitado su país años antes. Se subraya el heroísmo de los militares británicos, pero los elogios, atemperados por el humor de la flema inglesa, se compartien también con los vertidos a los holandeses, convertidors para la ocasión casi todos ellos en resistentes.
Como suelen hacer, un avance misterioso se ofrece al público para acuciar su curiosidad: un avión parece volar sin tripulación. Pero su historia -avisan- se inicia dieciséis horas antes, y así vemos a la tripulación del bombardero británico preparándose para un raid aéreo sobre Stuttgart, con el objetivo de destruir la fábrica de la Mercedes Benz.
Ya en el avión, del que vemos el poco espacio que dejan los cables y demás material para los humanos, unas tomas aéreas, que debían ser espectaculares en esa época, narran con detalle el paso del canal (el ruido del motor no oculta el encogimiento de corazón que debe suponer dejar de ver su país, quizás para siempre), el cruce de la línea costera holandesa (el ruido atronador marcando la tensión creciente), las señales geográficas (línea de ferrocarril, río) seguidas para la orientación de la nave…
Porque se trataba de un DVD, porque si hubiera sido una cinta de 35mm lo que proyectaron ayer, diría que se habían saltado la penúltima bovina: la proyección duró unos treinta minutos menos que anunciado en las bases de datos y en la pantalla de la taquilla de la misma Filmoteca. Unas acciones del rescate final de los pilotos no acababan de entenderse, pero no importa demasiado: puedes fácilmente atribuirlo a la habilidad narrativa de las elipsis del dúo de geniales realizadores.


 

jueves, 6 de abril de 2023

La batalla del Río de la Plata

El capitán del Graf Spee y el de un mercante británico hundido, departiendo.

El capitán británico, curioseando el buque estrella alemán.

El comodoro de la flotilla de cruceros británicos, hundiendo una estrategia para atrapar al Graf Spee.

“La batalla del Río de la Plata” (1956) es la típica película de batallas navales de la II Guerra Mundial, pero rodada por Michael Powell y Émeric Pressburger. No es que se escape demasiado del relato triunfalista sobre la heroicidad del vencedor, pero alguna cosa de ellos tiene.
A mí me ha interesado, primero, por otros motivos. Me parece que no llegó a estrenarse nunca en España y se perdió entonces un seguro espectador, como sin duda habría sido mi padre, entusiasta y gran conocedor de las batallitas navales (vistas desde lejos) con protagonismo británico. Sabía recitar toda su flota, y discernir todas las siglas que empleaban.
El episodio evocado por el film, la caza del acorazado alemán “Graf Spee”, que había hundido cantidad de barcos desde el inicio de la guerra, por parte de tres cruceros británicos, con el sorprendente final de la nave, me lo había explicado alguna que otra vez, y hasta creo recordar que ilustrado por dibujos del Ilustrated London News.
Toda la presentación inicial de la situación es impecable y muy espectacular la precisión visual -dadá la época de la película- de operaciones como el aprovisionamiento (con hombres y combustible) desde el barco nodriza al Graf Spee.
A Powell y Pressburger les podemos atribuir, supongo, ciertos colores del film y todo ese dibujo que hay en él del respeto por la casi perdida caballerosidad entre enemigos (aquí siguiendo el código del mar), algo que también vertebraba, por ejemplo, su “Coronel Blimp”.
Cuando la cosa se pone un poco pesada con la batalla, las pérdidas de vidas y materiales ocasionadas y todo eso, la acción se traslada inesperadamente a Montevideo, donde, además de los embajadores europeos de las naciones en liza, aparece la ciudad festejando su neutralidad y entreteniéndose con el espectáculo del acorazado alemán en su puerto. Por ahí surge hasta Christopher Lee ofreciendo una versión de chulo latino muy curiosa.
Una visión aérea de los terrados de la embajada británica y las calles de la ciudad de Montevideo, por cierto, me recordaron, aunque aquí se trata de un plano fijo y no de los casi tropicales movimientos de cámara del referente, a “Soy Cuba” (1963), de Kalatanazov. Aquí no hay el choque entre lo soviético y el tropicalismo, pero la confrontación del espíritu latino con la supuesta flema británica también tiene su cosa.
La vi anoche en la Filmoteca, donde la vuelven a pasar esta tarde.


El embajador británico en Montevideo, asomándose al balcón.
 

viernes, 17 de marzo de 2023

49th parallel

Los seis alemanes, preparados para bajar a tierra después de que su submarino ha hundido un barco canadiense.

Los dos amigos canadienses -quebecois uno (Laurence Olivier), hablante inglés el otro- son sorprendidos en la Bahía de Hudson por los alemanes.

Huida delos alemanes inicialmente en avión.

¿Cómo se las ingeniaban Powell y Pressburger para hacer películas apasionantes de no importa qué tema?
No había visto “49th parallel” (“Los invasores”, Michael Powell, 1941) y a estas alturas tener al alcance una película desconocida de la pareja es un regalo de los dioses, con lo que me faltó tiempo para acudir ayer a la Filmoteca a verla.
La película formaría parte del cine británico efectuado durante la II Guerra Mundial, con todo lo que esto supone de instrumento pedagógico / propagandístico que ayudaba a la marcha de la contienda, pero aún con esa losa a cuestas, ya sabemos que ellos dos saben hacer films sorprendentes y extraordinarios, como “El espía negro” (1939), “Vida y muerte del Coronel Blimp” (1943) o “Un cuento de Canterbury” (1944).
Emeric Pressburger firmó un guión lleno de aventuras… ocasionadas por unos tripulantes de un submarino alemán que se quedan en tierra canadiense y han de huir hacia un Estados Unidos que aún no ha entrado en guerra. Ellos representan el modelo nazi en toda su aberración y, en su huida van encontrándose a diferentes contrincantes que sostienen de forma clara las razones de la democracia frente a la barbarie.
Me recordó, en su recorrido a través del Canadá, a “The Railroder”, de Buster Keaton, y los alemanes en sus uniformes y en buena parte comportamiento a los bomberos de “Farenheit 451”, de François Truffaut.
La película se convierte en una celebración de la variedad de etnias y tolerancia en la convivencia en el “Dominio” de Canadá y en un divertido manual sobre el nazismo y sus perversiones.
La vuelven a proyectar el sábado 25. Es un poco larga, porque tanto la democracia como el nazismo se han de explicar en su amplia variedad de formas e ideas, pero yo no me la perdería.

Llegada de los alemanes a una colonia muy solidaria y religiosa. Como son de origen alemán, los intentan arengar.

Los alemanes se ocultan entre la multitud que acude a la Fiesta del Indio de Winnipeg.

Un escritor (Leslie Howard) que vive una experiencia de aislamiento en las montañas da a leer un libro de Thomas Mann a su inesperado huésped, tras haberle enseñado los cuadros que se ha llevado consigo, todos ellos de pintura considerada decadente por los nazis (Picasso, Matisse).
 

domingo, 7 de noviembre de 2021

The small back room


Descubrí que en Netflix habían colgado una película de Michael Powell y Emeric Pressburger que no conocía. Eso implicaba ipso facto una promesa de dicha inaplazable: la vi anoche y la promesa pasó a ser un hecho.
Se trata de “Hour of glory” (“The small back room”, “Su peor enemigo” como título español de esos moralizante; 1949).
Su acción se sitúa en Gran Bretaña en 1943, en plena guerra mundial. Siendo una realización de unos años más tarde, no obstante, ya puede apartarse bastante del film de descarada propaganda que podría hacer suponer el primer título que he puesto, con el que se encuentra en la plataforma. Al contrario. Algo que no parecería posible de señalar en tiempos de guerra, como las rencillas entre armas y departamentos, las patadas bajo la mesa entre unos y otros mandatarios por figurar, cosas así, constituyen buena parte de la trama.
Es magnífico ver lo bien ambientado que se nos ofrece primero ese caserón donde trabaja en un régimen especial el protagonista, experto en explosivos, con otros científicos y militares. Luego, la escena casi cómica de la visita del ridículo secretario del ministro o la maestría con que se nos presentan las reuniones de trabajo con altos cargos, descubriendo un funcionamiento que se mantendría muy parecido en empresas hasta la actualidad. En una de ellas, la sala de reunión es recorrida por la cámara mediante un travelling que nos va mostrando a los asistentes al ritmo en el que un ordenanza va cerrando las cortinas de loa balcones, para oscurecerla
Los centros de decisión no son lo único que aparecen vivamente retratados por Powell y Pressburger, ofreciendo una sensación de realidad grande. Solo hay que ver, en este sentido, ese bar repleto de militares, en el que se abre paso ella acompañada de un oficial en busca del protagonista. O restaurante tan frecuentado a mediodía, en el que entra uno: la cámara y el nuevo comensal van viendo la serie de gorras militares y bombines hasta dar con el único sombrero civil informal, el de nuestro hombre.
Película con eso a lo que antes se llamaba “humor inglés” y diálogos inteligentes (hasta el punto que en ocasiones me ha costado seguirlos
🙂
), cuenta sin embargo la historia de una continua tensión, del protagonista consigo mismo, acomplejado por tener una prótesis en vez de una de sus piernas, en tensión amorosa constante con esa mujer que es su agarre con la vida y con varios objetos de gran significado, como los relojes y una botella de whisky, que hasta llegan a dar pie a una escena que recuerda la preparada por Dalí para el “Recuerda” de Hitchcock.
Aún quedará, digo yo, alguna otra película de por época de Michael Powell y Emeric Pressburger esperándonos. No todo está perdido.


 

martes, 2 de febrero de 2021

Corazón salvaje




La semana pasada comentaba mi alta estima por las películas de Michael Powell, codirigidas con Emeric Pressburger a partir de un cierto momento. Todas tienen elementos que las convierten en únicas, fáciles de distinguirlas de las de los demás. Quizás únicamente no me atreva ahora, en todo caso, con las de ballet en decorado de ídem (Los cuentos de Hoffmann), pero las demás suelen ser fuente de placeres variados, empezando por su extrañeza, que las hace tan atractivas.
Pensando en eso, anoche, que no sabía por dónde navegar, busquè, encontré y escogí ver “Corazón salvaje” (“Gone to earth”, 1950), pues salvo esa imagen con ella en plan animal salvaje, como una cabra montesa por entre un roquedal (que además quizas sea en realidad de algo estilo “Marianela”), no la tenia presente. Natural: dado lo que narra, no creo que se a fase mostrando por la televisión patria.
Es una más de entre las suyas de esas de tantos colores estrepitososamente contrastados, imposibles, acentuados hasta resultar un precedente claro de los últimos experimentos de Godard, como eran en el fondo los más uniformes de “Narciso negro”. Al menos en la copia de Filmin, restaurada bajo los auspicios de Scorsese.
Hay en ella por momentos tanta variada fauna como en la escena del descenso del rio de “La noche del cazador”, cantidad de personajes “tocats de l’ala” (excéntricos, vamos a decir) y una Jennifer Jones que no me resultó en su papel lo atractiva que podía haberla sido otra actriz, pero aún así la película frece en conjunto un rato sorprendente, distinto.
Las imágenes que cuelgo no tienen, desgraciadamente, el estallido de colores que tanto llama la atención de la copia de Filmin




 

domingo, 29 de diciembre de 2019

Emboscada en la noche


¿Qué mejor, para una insulsa tarde de domingo, que ver una película de Michael Powell y Émeric Pressburger?
En Filmin hay varias y -¡arbricias!- una de ellas no la había visto nunca. Era “Ill met by moonlight” (“Emboscada en la noche” o “Inteligence Service”, 1957) y tiene el aliciente adicional de estar rodada en Creta, en decorados naturales, con espléndidos paisajes de las montañas y barrancos del sur de la isla.
Dirk Bogarde hace de militar británico que ayuda a la resistencia cretense contra los invasores alemanes y tiene la feliz (pero arriesgada de poner en práctica) idea de secuestrar al general al mando de las tropas alemanas en la isla. Un film, pues, de aventuras, pero sin abandonar nunca la ironía y buen humor de losque siempre hacen gala la pareja de realizadores.
El general alemán considera que la resistencia de la isla está formada por bárbaros y Philedem (el nombre como conocen en Creta al Mayor interpretado por Bogarde) le recuerda que era un pueblo de filósofos y gente muy culta...
Una película que, de haberse estrenado en su día, habría seguro entusiasmado a mi padre, siempre entregado a la cosa esa de la estética, la flema y la astucia militar británica, él que no vistió de caqui en su vida.