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martes, 8 de julio de 2025

La armada Brancaleone


Monicelli estaba muy satisfecho de haberse avanzado en muchos años a Pasolini y su “Decamerón” presentando una perspectiva nueva, nunca explorada hasta entonces, sobre la Edad Media, acabando con una larga serie de filmes ambientados en esa época que sólo sabían hablar de valerosos caballeros compitiendo entre sí, siempre de honor inquebrantable y amor por una doncella virginal de lo más puro.
En su “La armada Brancaleone” (1966; en Filmin) había un poco de todo eso, pero tomado a guasa.
Siempre había considerado la película, protagonizada por Vittorio Gassman, con actrices como Catherine Spaak, María Grazia Buccella o Barbara Steele en escenas muy osadas para la época y secundarios tan divertidos como el viejecillo divertido y muy dinámico Carlo Pisacane, una tontería. Ahora he pasado una muy agradable sesión de sobremesa con ella, riendo de tanto en tanto sus gracias, pues está trufada de gags de cine cómico.
Debo haberme hecho más tolerante o, visto de otra forma, ahora he podido calibrar por fin sus virtudes.





 

Vogliamo i colonnelli


Hasta cinco golpes de estado de extrema derecha fueron abortados en Italia entre 1970 y 1974. Un titular aproximadamente así seguía en 1981 a las declaraciones de un general que fue durante esa época el director del servicio italiano de espionaje.
En ese contexto surge “Vogliamo i colonnelli” (Mario Monicelli, 1973; en Filmin), que explora, con los medios habituales de la comedia italiana, una de estas intentonas. Ugo Tognazzi hace de eficaz incitador de la acción, yendo a visitar a viejos generales añorantes de un pasado dominado por las camisas negras o industriales de dudoso comportamiento ético, así como siendo uno más en numerosas fiestas domiciliarias a las que acude buena parte de la carcundia del país.
Por una vez, dado el percal, la farsa que domina y para mí en muchas ocasiones lastra buena parte de la comedia italiana, está plenamente justificada.
Como aliciente adicional para hacer la travesía, puesto que para identificar los modelos concretos de cada personaje se debería partir de un conocimiento de la sociedad italiana del momento que no poseo, bueno es ver y reconocer ciertas localizaciones renombradas de escenas de la película, como Un Alberobello aún no pasto de las visitas turísticas, el Teatro Olímpico de Vizenza, o La Malcontenta de Palladio (y la bóvila previa) en la que Marco Ferreri encarga a un rico conde coleccionista y celoso marido.
Como es natural, la película fue de las que no se planteó ni llegar a los cines españoles de la época.

Las rimbombantes expresiones cara a la audiencia y las descalificaciones frontales en el Parlamento.

En casa de un general.

Con una hija…

Más proselitismo ante notorios salvadores de la patria fácilmente entregados.

 

lunes, 16 de octubre de 2023

Retratos de cineastas desde la edad de Monicelli




Una de las (pocas) cosas buenas que tiene la edad es que a quien la sufre ya no le importa nada hablar sin pelos en la lengua.
En este sentido, se nota mucho que Goffredo Fofi pescó a Mario Monicelli en un momento ejemplificador de esta etapa cuando conversó con él para el librito “Con il cinema non si scherza” (Cineteca di Bologna, 2011), que estoy leyendo. No es que se ponga a atacar con mala sangre. Simplemente comenta lo que pensaba de verdad y, así, por ejemplo, establece como quien no quiere la cosa unos retratos muy curiosos de una serie de directores de la época, de los que extraigo alguna frase definitoria:
-Gustav Machaty (que se ve que antes de ir a Estados Unidos se cuarteó un poco en la Italia fascista):
“A veces le cogía algo y gritaba: ‘¡Basta, cerrar todo, apagar todo!’ Y el teatro quedaba sumido en la oscuridad, toda la troupe y todos los presentes debíamos quedarnos quietos y en silencio en la oscuridad y él se sentaba en una silla, pero con los pies que no le tocaban al suelo, y se ponía a pensar, y quien sabe qué pensaba, hasta que después de algunos minutos -pero los minutos son largos en la oscuridad- hacia volver a encender las luces, había tenido la inspiración.”
-Mario Camerini:
“El pobrecito decía ‘Yo era antifascista’, y enseguida salía quien replicaba: ‘¡Sí, pero has hecho ‘Il grande apello!’ Hasta él, que había sido antiheroico y antiretórico siempre, que hacía historias de gente común y daba de la burguesía una visión crítica en films como ‘Il signor Max’.”
-Mario Soldati:
“Sobre todo era un literato. (…). Era un hombre muy divertido, un personaje curioso porque era un masoquista, le gustaba que le tratasen mal, que se burlaran de él, que las cosas le terminasen por acabar mal.”
-Alessandro Blasetti:
“Era tan perentorio…” (…) Con los autores no es que tuviera una técnica, sólo quería que hiciéramos exactamente como él decía, forzándolos sin tratar de entender cuál podría ser su aportación. Gritos, repeticiones treinta, cincuenta, sesenta veces la misma escena. Para los autores era una pesadilla.”
-Pietro Germi
“Germi hacía todo él solo, tratando a Blasetti y Zavattini, que habían escrito el guión (de ‘Il testimone’), con mucha amabilidad, pero queriéndolo hacer todo solo. (…) Tenía poquísimos amigos (…)”.
-Riccardo Freda:
“(Tenía un carácter difícil), pero también porque le gustaba mucho el dinero y quería hacer siempre películas muy grandes, importantes,…”




 

viernes, 13 de octubre de 2023

Mario Monicelli. Con il cinema non si scherza. Conversazione con Goffredo Fofi


Me he comprado en Italia este libro, “Mario Monicelli. Con il cinema non si scherza. Conversazione con Goffredo Fofi (Edizioni Cineteca di Bologna, 2011), con el que me parece que, si consigo seguir desentrañando su italiano, creo que me lo voy a pasar muy bien.
Lo he comprado, claro está, interesado por ver qué decía Monicelli de su cine, pero nada más empezar veo que puede ser muy instructivo también para ir haciéndose una idea cabal de la historia italiana.
Por la forma en que plantea sus cuestiones a Mario Monicelli, me han entrado ganas de saber más del escritor y crítico cinematográfico Goffredo Fofi, porque realmente parece mucho más adecuado lo de “conversación” que lo de “entrevista”.
En las primeras páginas plantea Fofi a Monicelli sus ideas sobre el propio nacimiento de Italia como estado, y su primer desarrollo, comparándolo con el de otros países europeos. Traslado algunos párrafos de la respuesta del director de cine:
“Italia desde este punto de vista ha sido siempre nula, no ha tenido nunca un ejército, ha estado siempre ocupada por todos, por los franceses, los españoles, por todos. Si ha habido pese a ello una identidad visible equiparable a la de Francia o Inglaterra ha sido solo a través de la cultura. (…) Han sido la música, la pintura, la escultura, la arquitectura las que han hecho Italia. Italia existía por esto y para Italia la cultura era lo que para Francia era Napoleón, lo que para Inglaterra era Elisabet y su flota. (…) La identidad de éstos países siempre ha sido de carácter abrumador, la de Italia no, Italia había inventado la ópera bufa, el melodrama, el teatro… pero cuando hemos buscado hacer un estado también nosotros, nada. (…) Los grandes espíritus, los escultores, los pintores, los científicos, no son políticos. Y los políticos han fallado en todo, han sido sinvergüenzas, insensibles, saqueadores, empezando por los piamonteses. Es una historia curiosa, la de Italia, un país sin estructura en medio de otros países europeos con su bella espina dorsal, que coincidía con la fuerza militar. Pero Italia ha roto siempre los esquemas, siempre era un italiano el que inventaba algo, que tenía que decir algo en lo que nadie había pensado. Sí, es una historia curiosa la de Europa, con esta península que tocaba los cojones a todos sin ser nada desde el punto de vista económico, militar o industrial, absolutamente nada.”

 

viernes, 31 de diciembre de 2021

I compagni




No es la Milán a la que van a parar Rocco y sus hermanos el escenario de “I compagni” (“Los camaradas”, Mario Monicelli, 1963), sino la también industriosa Turín de final del siglo XIX.
Era más que evidente que la película no pudo estrenarse en su día en España. Creo incluso que no se llegó a estrenar nunca, llegándonos al final, casi acabado el siglo pasado, en formato vídeo. La razón es que se trata de una clarísima explicación, casi una clase magistral de historia, de cómo empezaron las huelgas y qué elementos de todo tipo intervenían en ellas.
Pero esa explicación no está hecha con proclamas lanzadas al viento, mostrando heroicidades sin freno y victorias imparables de la clase obrera, como desgraciadamente (por lo tergiversador) suele hacerse a menudo, sino todo lo contrario: los miedos, las contradicciones, las humanas bajezas de todos. Pero además utilizando un arma invencible, que conquista callada pero radicalmente: el humor, el humor inteligente.
Un cartón pintado con la Piazza de San Carlo y sus dos iglesias gemelas sostiene el título del film. Turín, decíamos. Luego llegaremos a ver la ciudad burguesa de los soportales y hermosos cafés, pero por ahora es sólo una ciudad donde se han concentrado fábricas y población obrera, en unas condiciones de vida de lo más precario, como explica la primera escena. No son los trabajos y preocupaciones de la criadita de “Umberto D” a primera hora de la mañana, sino el despertar de toda una familia obrera lo que vemos. Un chico se prepara para ir a trabajar, intenta lavarse un poco pero se encuentra con que el agua de la jofaina está helada. Despierta a su hermano y atraviesa el comedor/dormitorio, donde del techo cuelga cantidad de ropa tendida, buscando su casi imposible secado.
El chico se dirige, como tantos niños de la época, a trabajar en una fábrica -en este caso una fábrica textil- que vemos en varias secuencias en plena actividad. Catorce horas de trabajo, sueño acumulado, accidentes. Un accidente es la chispa que lleva a la protesta.
La protesta se va organizando a trompicones, con fracasos estrepitosos, todo el mundo queriendo pero sin saber cómo hacer. Las mismas dudas de los diferentes personajes, muy bien caracterizados, son los que hacen divertida a más no poder la acción, quitándole aparentemente la gravedad que parecería debería tener.
La cámara llega a seguir a un inmigrante, al que sin tapujos llaman “el negro” (aunque no lo es) y con él se montan una serie de gags mudos. Pero éste es solo uno de los personajes de un film totalmente colectivo, en la mayoría de escenas del cual hay varios, sí no muchos, personajes en el plano. Incluso cuando aparece el personaje encarnado por Marcello Mastroianni (un profesor siempre hambriento porque no tiene ni un hueso que roer), que hace de agitador social, momento en que uno pensaría que se abandonaría, sigue el carácter colectivo de la película, con sus múltiples personajes e historias.
Cuando más triste se pone la cosa, Monicelli o sus guionistas colocan un gag, que provoca inequívocamente la carcajada del espectador atento.
Y está muy bien ver que, cuando el film da un salto de orbita momentáneo para mostrar el ambiente y la repercusión de los acontecimientos en casa de la familia del propietario de la fábrica, la escena se inicia también con un gag visual. El humor también se expande por ahí. Mano de santo…
Buscaba la película por YouTube y no encontraba ninguna copia subtitulada en español, por lo que al final me he conformado con una subtitulada en portugués aunque, a decir verdad, y pese a que priman los dialectos, apenas si leía los subtítulos, que más bien lían, porque se entiende todo bastante bien. Al acabar vi, después de tanto esfuerzo, que -otro gag- había una copia en VOSE en Filmin a disposición…
Poco le faltará si no es lo que me ha parecido mejor de todo el cine que he visto este año que hoy se acaba.






 

sábado, 17 de junio de 2017

Risate di Gioia

Número cómico de Anna Magnani y Totò, a petición del respetable, en la fiesta de fin de año.
Hoy he tenido la (rara) oportunidad de ver “Risate di Gioia” (Mario Monicelli, 1960) y me ha confirmado eso de que debería rehacerse la historia del cine -al menos- italiano, para entronar definitivamente a películas como ésta. Presenta una noche de fin de año que supongo debió influir lo suyo a Berlanga para su Plácido, por ciertas escenas equivalentes y por un tono general de amargura profunda, algo resignada, bajo la capa de la más divertida comedia.
Uno de los juegos de espejos del film.
Una Anna Magnani que eclipsa a todo lo que tiene a su lado, hasta llegar a hacer que un gran Totó –que recuerda en ciertos momentos al Buster Keaton de “Candilejas”- haga casi sólo de comparsa suyo. Un Ben Gazzara desplazado, haciendo de ladrón italiano que necesita pinche, pero que consigue ser un buen espejo del deseo que cree estar ganándose la Magnani. Esos son los personajes principales de la película, pero también un pobre y bondadoso conductor de metro al que engaña toda su familia, un amercicano borracho empeñado en emular a la Anita Ekberg de “La dolce vita” en la Fontana de Trevi, y que tiene una cartera rebosante de dinero pero bien cogida por una cadena (“¡Pobre Italia!”, exclama al constatarlo el Carpanta que interpreta Totó, que me ha llegado al alma cuando ha visto el paraíso ahí msismo, y ha pedido con energía “¡Dos Fetuccini abundantes!”), o unos aristocráticos alemanes con unos guardianes empleados suyos que parecen provenir directamente de las SS.
La rifa benéfica.
Y unos diálogos como los que gasta la extra de Cinecittà, el personaje de Anna Magnani: Desesperada, le dice a un Totó –“Infortunato”- que le desbarata todos sus planes: “Hay cuatro puntos cardinales: Escoge uno y vete!”
El americano beodo, puento de mira de los ladrones de guante blanco.
Sería un magnífico ciclo para descubrir en la Filmoteca: Cine italiano –comedias, melodramas, poco vistos por aquí- de los años 50 y 60.
Infortunato cuando cree que está a punto de degustar sus fetuccine.
En casa de los alemanes, en unas escenas que hoy en día no serían posibles, por aquello de lo políticamente incorrecto.

El buenazo del conductor del metro, ofreciéndose al personaje de la Magnani en su infortunio.
Penúltima escena de la película, en una iglesia que celebra el 1 de enero.
Y final junto al Tíber.