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lunes, 10 de agosto de 2020

Crisis


La magnífica escena inicial. Flirt del pintor en casa de la protagonista, a la que dedica un esbozo, ante la presencia de la amiga de vida disoluta, la del caracolillo en la frente.

Ella se siente ahogada en casa, con un marido que no hace más que dedicarse a su trabajo.

Domingo noche. ¿Alguna duda sobre qué película ver, para que no vuelva a resultar como máximo ese usual “se puede ver...”? José Luis Márquez acude en nuestra ayuda y en su “Festival de verano” comparte (ver enlace a una copia espléndida en YouTube, con rótulos subtitulados en español, al final), entre otras, “Crisis” (Georg Wilhelm Pabst, 1928), que no recordaba conocer (y de la que, una vez vista, sólo me sonaba la imagen, que ha circulado bastante, del muñeco boxeador).
No es la película de Pabst, ni de lejos, que más me ha gustado, pero se convendrá en que tiene trozos excelentes. Krakauer destacaba casi únicamente el de la desatada fiesta central en el club, porque le servía para caracterizar toda una sociedad, pero resultándome éste algo reiterativo -no sé si por la música colocada para la restauración de la copia-, yo señalaría como tal toda la primera media hora, con ese extraordinario planteamiento del drama. Ahí está todo (diseño de la casa burguesa, del estudio del pintor, vestuario, encuadres, el enfoque de esa frustrada historia de pasión) lo que configuraría, como señalaba “De Caligari a Hitler” la modernidad de la sociedad de la República de Weimar.
La “crisis” del título español (el “Abwege” original es más apropiado: “Por el mal camino”) es la de un matrimonio berlinés adinerado o, más concretamente, la de la mujer (Brigitte Helm, la de “Metrópolis”), en busca de una “engañosa” libertad cuando una amiga “de vida disoluta” que su marido no quiere que frecuente, le pregunta por qué “se deja aprisionar”.

Y las circunstancias la lanzan al club nocturno de fiestas.

YouTube, que es muy pacato, advierte algo así como que la película contiene escenas que pueden herir tu sensibilidad o causarte un profundo daño de no ser que el espectador tenga la suficiente estatura moral como para resistirlo, y obliga dar su consentimiento para no ser responsable de condenaciones eternas. Pero la verdad, como no sea por lo supuestamente sicalíptico de la fiesta en el club o por el empuje con el que la protagonista parece lanzarse a liberarse del descuido que muestra por ella su marido y hacia un adulterio, no le veo yo la osadía. Es más, por el tercio final he empezado a arrugar la nariz, pensando si uno de los guionistas, Ladislao Vajda, no estaría ya haciendo prácticas para su posterior “Marcelino, pan y vino” y ayudando a edificar una moralízate, de lo más sólida, lección, en prevención de alocadas ideas de las damas que se sintieran identificadas en su abnegada vida doméstica.

 

jueves, 20 de febrero de 2020

Misterios de un alma

La escena inicial. Afilando la navaja de afeitar junto a una ventana, igual que años más tarde Buñuel iniciaría su “Un perro andaluz”.
Luis Buñuel confesó su aprecio por las películas de Pabst, que había visto en Paris. Quizás el aprecio se trocó casi en mimetismo, porque “Misterios de un alma” (Georg W. Pabst, 1926) se inicia con una escena que remite directamente al inicio de “Un perro andaluz” (1929). Si Buñuel (en persona) aparecería en su película afilando una navaja junto a una ventana, Pabst había iniciado la suya, unos años antes, con su actor haciendo otro tanto en un emplazamiento similar.
Más cosas de esta película se le debieron quedar rodando por la cabeza a Buñuel, porque, por ejemplo, en uno de los sueños que pueblan el film ya aparecen cabezas humanas haciendo de badajo de campanas, como esa de Don Lope que veía Tristana en el film de 1970...
El químico, en su laboratorio, donde empieza a tener comportamientos extraños.
Pero dejemos de lado a Buñuel, para ir directos a esta película que entró de lleno en las teorías psicoanalíticas que invadieron Europa por aquel entonces, aunque parece que molestó bastante a Freud. Ese tratamiento del método psicoanalítico fue el motivo, entiendo, por el que “Los misterios de un alma” fuera la película emblemática de Ramon Sala, en homenaje del cual se pasó anteayer en la Filmoteca.
Quiere atajar, sin saberlo, su subconsciente.
Tiene el film, a mi moda de ver, dos partes realmente diferenciados. Una primera me resultó extraordinaria, llena de -como sugiere el título- misterio. Al caballero que quiere afeitarse junto a la ventana le pide su mujer que le corte con la navaja el nacimiento de unos pelos del cogote y le ofrece el cuello a su navaja justo cuando se oyen unos gritos por la vecindad, anunciando un crimen.
Y acude a un doctor que le adivinó una razón de su comportamiento.
Es una vecindad, hay que decirlo, de barrio acomodado de la ciudad, luminoso, diametralmente opuesto a las oscuridades de los decorados de “La calle sin alegría”. Las oscuridades, con sus contrastes y extrañezas, llegan con el regalo de una figura y una daga, que rápidamente toman plaza en los sueños del caballero, poblados a la vez con la figura de un explorador que bien podría entrar a formar parte del episodio africano del “Tabú” de Miguel Gomes. Y entre dagas, abrecartas, cuchillos y su aversión a plena luz del día, por su incitación para acabar con ellos una vida, así como entre torres que entran en erección, bebés habidos y no habidos, se mueve el film que, desgraciadamente, entra en toda una segunda parte aclaratoria, manual de psicoanálisis en mano descifrando cada clave, y resolviendo paso a paso el caso de forma tan plana y ortodoxa que acaba borrando hasta en buena medida el entusiasmo despertado.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Homenaje a Ramón Sala en la Filmotca

Josep M. Català, Esteve Riambau, Rosa Álvarez y Javier Garay, ayer en la Filmoteca, en el acto en homenaje a Ramón Sala.
A veces se hace un homenaje a alguien pasando una película que no ves por dónde puede representarle, pero en una ocasión como la de ayer en la Filmoteca en recuerdo de Ramon Sala, fallecido este verano, parece que la escogida para acompañar la mesa redonda preparada era de lo más adecuado. Se trató de “Misterios de un alma” (Georges W. Pabst, 1926), y se ve que fue una película realmente emblemática para él, pues se pasó media vida mirando de obtenerla y pasarla, obsesionado por ella.
Pero antes de hablar de la película, mejor hacerlo de la presentación inicial, y de lo que se dijo en ella de Ramon Sala.
Mi recuerdo principal sobre él es de los años 70 y de verle con su compañera Rosa Álvarez (también presente ayer en la Filmoteca), investigando y dando a conocer sus pesquisas sobre Laya Films, la productora de la Generalitat durante la guerra civil. Fue a tenor de lo explicado ayer por Esteve Riambau y luego en detalle por Jesús Garay sobre su participación en el equipo de la Filmoteca de la calle Mercaders cuando recordé otras cosas, que tenía más olvidadas o concentradas en otras personas. Será porque ese grupo fundacional era realmente estricto, muy duro en la fijación inamovible de su postura política y en la baja consideración de todo lo que que se moviera apartado de su línea, y realmente lo explicado y escrito por Ramon Sala y Rosa Álvarez en aquellos años sobre el cine de la República, al margen de descubrirte todo un mundo, tenía otro tono mucho más digerible que el marcadamente áspero de las publicaciones en las que predominantemente todo ese grupo participaba.
Yo no ligaba a Jesús Garay con Ramon Sala y ayer me recordaron que trabajaron juntos en la Filmoteca y escribiendo en las mismas publicaciones. Y luego he caído en que en el “Nemo” inicial (1977) del primero creo recordar que aparecía como actor el segundo.
Fotograma de “Nemo” (Jesús Garay, 1977). El barbudo de la derecha es Ramón Sala, ¿no?
De toda esa etapa quedó en Ramon Sala el interés por el cine de la República, pero se ve que otra línea suya de interés, según todos recalcaron ayer, fue el psicoanálisis.
Josep María Català habló ayer en la mesa redonda de esto y de haber coincidido con él dando clases en la UAB, a la que ha definido -creo que se refería a la Universidad actual en general- como una universidad neoliberal, muy pragmática, que expulsaba de sí el pensamiento, para defender luego que a esa Universidad, con esas características, no podía interesarle un personaje tan crítico como Ramon Sala, de la misma forma que alguien tan entusiasta de lo suyo (lo ha dibujado muy bien, entrando en clase con una cantidad ingente de cintas VHS, sin tiempo para pasar secuencias de todas ellas) solo podía acabar siendo considerado como un profe excéntrico por unos alumnos muy faltos de curiosidad.
Catalá acabó ayer hablando de proyectos nunca llevados a buen puerto por Sala, como la edición de un libro sobre Frankenstein coincidiendo con su 200 aniversario el 2018 y como la organización de un ciclo de cine sobre los filósofos post estructuralistas franceses. Pero si algo recordaré en el futuro de su charla es la aproximación personal hacia él que hizo, con ese referido dibujo académico, repitiendo luego esa expresión suya negando una forma de pensar (“¡se olvidan del sujeto!”) o mediante esa idea de que a los diferentes temas que les unían sumó mucho el saber que habían nacido el mismo día del mismo mes del mismo año. Y todo un relato de haberse enterado con meses de retraso de su fallecimiento y esa sensación de doble pérdida al saberlo, porque no sólo le había perdido a él, sino también todas esas sensaciones de que podía encontrárselo que tuvo pasando una y otra vez cerca de su casa...cuando ya había muerto.
La fotografía de Carme Esteve que he sacado por la red, obtenida en el Flickr del Ateneu Barcelonés.
Pero, con todo, la intervención más emocionante fue la de Rosa Álvarez Berciano, su mujer, quien no quería en un principio subir a la mesa, pero acabó haciéndolo, muy afectada por su pérdida, hablando de él como con una cierta distancia para ser objetiva, pero de una forma que me pareció muy sincera, sin escatimar notas sobre su difícil carácter.
“Era original y difícil de encajar, por lo que no me extraña que no cayera bien en la Universidad”, empezó. “Parecía transparente, pero era muy opaco. Era una pieza única”, continuó. “Fue mi primer profesor... y el más interesante”, remató.
Y, como a todas éstas me he vuelto a exceder en el tamaño de la entrada, dejaré lo que quería apuntar de la película luego proyectada para otro momento...
(La fotografía más reciente de Ramon Sala es de Carme Esteve y la he sacado de la cuenta de Flickr del Ateneu Barcelonés.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Carbón



Un ufano alemán quiere sacar a bailar a una francesa.

No es tanto un film sobre la minería (que también, porque contiene todos sus clásicos elementos) como un alegato contra la guerra mediante la solidaridad entre los obreros de ambos lados de la frontera de dos países supuestamente enemigos. Hoy, en el Aula de Cinema de la Filmoteca era el día de “Carbón” (“Kamaradschaf”, Georg Wilhelm Pabst, 1931).
En la nave de las duchas, las ropas de los mineros permanecen colgadas en las alturas, en una imagen muy sorprendente.
Côté minas: Si se tratase de un film americano de la época serían más que razonables los temores ante una encerrona continua en un decorado pobretón haciendo de mina, todo barnizado por situaciones penosas y heroismo a mansalva. Pero se trata de un film de Pabst, y con un raro valor documental: el pueblo, las instalaciones mineras con esas típicas torres de los pozos, sus ascensores, unas naves para duchas, hasta alguna galería pueden pasar todos ellos por perfectamente reales. De esa forma, la pelicula permite entender el funcionamiento de una mina incluso mejor que accediendo a las instalaciones ahora visitables.... pero sin actividad alguna.
El pueblo minero.
Côté proclama internacionalista anti-guerra: El film se inicia con casi una reyerta entre tres alemanes que acuden a un baile de un pueblo francés fronterizo por un tonto malentendido. Más tarde, mineros alemanes voluntarios acuden como equipo de rescate auxiliar a echar una mano cuando hay un accidente en la mina francesa. Al final, ya pasado todo, un francés hace un discurso de agradecimiento y otro alemán el suyo, este último diciendo que no ha entendido nada del anterior, pero que está claro que ha debido decir lo que él también piensa: que por encima de lo que digan por ahí arriba, la mina francesa y la alemana forman una única mina, y todos los de uno y otro lado son ante todo mineros.
Madre e hija que ya perdieron a su marido/padre se consuelan ante el accidente que ha afectado a su hijo/ hermano ... y novio al que había abandonado por querer seguir siendo minero.
Unos pocos años después, al igual que hicieron en la contienda anterior (reflejada en la escena en la que el minero siniestrado cree estar viendo en el minero alemán que le viene a rescatar bien equipado al soldado alemán que entró con su careta antigás en su trinchera e iba con intención de matarlo) los obreros de uno y otro dado se dejaron arrastrar docilmente, y en muchos casos convencidos, a otra carnicería contra el vecino.
Tres alemanes cruzan la frontera por su cuenta por una antigua galería común, para ver si pueden sacar por ahí a los siniestrados.


lunes, 22 de agosto de 2016

La calle sin alegria


El maestro Joan Pineda, ya ante el piano, mientras el público espera el inicio de la sesión. En la Filmoteca, los domingos, suelen ofrecer gratuitamente el diario Ara...
Ésta es la calle sin alegría de la escena inicial. Siempre contemplada de noche, con su bruma.
La cola nocturna para poder comprar a la mañana siguiente un pedazo de carne.
El siniestro carnicero, "príncipe de la calle".


Antes de la sesión de ayer en la Filmoteca con “La calle sin alegría” (Die freudlose gasse, George W. Pabst, 1925), Joan Pineda me explicaba cómo preparaba el acompañamiento al piano que iba a hacer, que no difería del de cualquier otra sesión similar. Aproximadamente: Busca la idea general de la película, y la asocia a algún fragmento musical, que será el que, con diversas variaciones, acompañe todo el film. Como el público del cine mudo está muy perdido, añadió, intenta facilitarle su visión y comprensión. Así, asocia cada personaje principal a una música, que repite en cada ocasión en que vuelve a aparecer.
La auténtica protagonista, la mirada perdida -repetida unas veinte veces, a la que se preste la mínima ocasión- de la Garbo.

Pese a los esfuerzos del maestro Pineda, y a haberme mantenido sorprendentemente muy despierto durante su larguísimo metraje (¡Dos horas y media en la copia de ayer!), a su mitad estaba bastante perdido y algo desanimado: Poco fisonomista, había confundido personajes entre sí, y me estaba cansando de tanta exageración interpretativa, del trazo grueso que –al contrario que otros films de la misma época- dominaba. Un corte de la proyección debido a una falsa alarma en el edificio arregló las cosas. El trozo final de la película, con su latido de revolución social y sus trozos definitivamente “escandalosos” para la época, la recondujeron de nuevo a la intensidad que –por otros motivos- acusé en su primera parte.
No todo son ambientes sórdidos. Los ricos y especuladores van a salones mundanos y restaurantes de postín, mientras entretejen sus intrigas amorosas y financieras. Y en la misma calle vive la familia burguesa, venida a menos -como corresponde a la tormentosa Alemania de entreguerras- del personaje de Greta Garbo. Para superar la deporeciación de las acciones compradas por su padre ella comienza por alquilar una habitación del piso familiar a un soldado americano de la Cruz Roja, que ha ido a analizar la miseria vienesa.
Un abrigo de pieles que sigue los vaivenes de la bolsa. Y una alcahueta con gran éxito.

Pero es verdad que la copia vista (con treinta minutos más que cualquier otra vista hasta el momento) tiene algo de puzzle de fragmentos descompensados. Reconstruida a través de trozos recuperados de diferentes filmotecas, mantiene calidades de imagen, texturas e incluso colores diversos. Y, pese a ser tan larga, con sus en ocasiones bruscos cambios de escenas y su final, da la impresión de que aún deben faltarle escenas, como, por otra parte, indica ese fotograma congelado, de tres bellezas de cabaret desnudas, en lo que debe ser un número de espectáculo, que aparece en dos momentos concretos.
Esta imagen no aparecía en la película, pero se atribuye a ella por internet. Puede ser. En las escenas finales el público bienestante acude a un espectáculo escandaloso, mientras la gente se muere de hambre, lo que ocasiona casi una revuelta popular.
Y ésta es la foto que, a falta de la secuencia correspondiente, aparece en el montaje de la película vista.

Rodada en interiores y exteriores decorados, esta película que aparece destacada en todas las historias de cine presenta un mundo de crápulas especulando en la bolsa (arrastrando en su cruel juego a algún alma inocente) y divirtiéndose mientras las mujeres sin posibles deben prostituirse para llevar algo de comer a sus hogares. Y los amagos de una revolución social. Dio a conocer, por otra parte, a una desconocida Greta Garbo, toda miradas lánguidas, luciendo tipo y ojazos.