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lunes, 6 de mayo de 2024

Tokyo monogatari






Supongamos —y es sólo un supositorio— que has de escribir algo sobre Tokyo monogatari (Yasujiro Ozu, 1953). ¿Qué puede ya decirse de ella que no se haya dicho mil veces? Que si la cámara situada a la altura del ojo de alguien sentado en un tatami. Que si la práctica ausencia de movimientos de cámara y también escasos primeros planos, como manteniendo una cierta distancia de respeto con el drama que, sin duda, pese a los diferentes conatos de humor, estamos contemplando. Que si su carácter circular, acabando la trama de la película en el mismo lugar en que empezó. Que si profundamente japonesa, pero con toques occidentales. Que si historias, en el tiempo presente, sobre gente común, de la pequeña burguesía. Que si la incursión de costumbres occidentales en el mundo tradicional japonés. Que si la desintegración de la familia tradicional y las diferencias generacionales debidas al inexorable paso del tiempo…


Pero, por suerte, aquí lo que me toca es reflejar momentos de profunda emoción proporcionados por la visión de alguna secuencia de la película, y, por lo tanto, puedo olvidar todo eso y centrarme en esta tarea.


Voy, pues, siguiendo su orden de aparición, a una secuencia que inicialmente puede parecer un interludio de esos, típico de Ozu, que me he dejado arriba de referenciar. En el talud vecino a la casa, en el que los vecinos tienden la ropa, vemos, de lejos, que hay alguien. Ya con la cámara en una posición más cercana podemos observar que se trata de Tomi, la mujer que con su marido ha llegado a Tokio desde su residencia en su originaria Onomichi para visitar a sus hijos mayores, que viven en la ciudad, y a su pequeño nieto. Han salido a pasear juntos. Ella se queda contemplando, embelesada, cómo el crío recoge con cierta habilidad unas flores. Emprende entonces una evidente reflexión sobre el paso del tiempo, un tiempo que pronto pasará a protagonizar su nieto, al que ella debe dejar paso. Una música algo lastimera, a base de violines, redondea el efecto.


Más adelante, Noriko, la nuera de Tomi, viuda del hijo muerto durante la guerra, que es, realmente, la que mejor se porta con los abuelos, interesándose siempre por ellos y sacándolos a pasear, está en su trabajo como administrativa en una oficina cuando recibe por teléfono la noticia de que la anciana, con la que recientemente intimó evocando ambas el emocionado recuerdo de su marido, se está muriendo. La vemos a ella, pensativa, muy afectada por la noticia. Ozu efectúa entonces un cambio a un plano general de la parte trasera de un edificio de oficinas, que hemos de suponer es el de la de Noriko. Ahí se está construyendo un nuevo edificio y las obras provocan un ruido hiriente y ensordecedor, que casa perfectamente con el estado provocado en su cabeza.


Más. La familia y allegados entonan unos cánticos en el funeral de Tomi. Keizo, el hijo pequeño, al que, según hemos visto, le ha fastidiado bastante recibir en Osaka a sus padres, a su regreso de Tokio, abandona el templo desconsolado, consciente por vez primera de su gran pérdida. Noriko acude a ver si está bien y, en la puerta del templo, él expresa su lúcido desconsuelo: «Lo he perdido todo para siempre, y ya nunca podré demostrarle hasta qué punto la quería».


Y una última escena, doble, a para rememorar aquí: Los hijos ya se han marchado hacia sus casas respectivas. Asistimos a una conversación entre Shükichi y Noriko, su nuera, alrededor de la memoria del hijo muerto. Él, mostrándole su gratitud, le entrega a ella el reloj que su mujer llevaba desde joven.


Noriko (la siempre inmejorable Setsuko Hara) regresa a Tokio en tren y contempla el reloj que le ha regalado. Suena el silbato del tren y hay un cambio a otro plano, en el que podemos observar un amplio panorama, con las vías del tren y un río por el que pasa un barco pausadamente, con un sonido que parece el ronco tictac de un reloj. 


El efecto vuelve poco después, tras haber dejado la cámara a Shükichi (el actor asociado por siempre a Ozu, Chishû Ryû) diciendo que los días sin ella se hacen más largos y aparecer en la pantalla la palabra FIN. 


Guardo el pañuelo que ha recogido mis emociones antes de que se encienda la luz de la sala.

jueves, 21 de marzo de 2024

Cuentos de Tokio


Pues que he vuelto a ver “Cuentos de Tokio” (Yasujiro Ozu, 1953) y, claro está, me he emocionado en dos o tres ocasiones, con lo que malo será que no salga de todo eso un “Casi lloré…” para La Charca Literaria. Pero, además, he visto dos o tres cosillas de su construcción en las que no me había fijado en ocasiones anteriores:
La primera es como Ozu engarza entre sí tres escenas sucesivas, las dos primeras pudiendo o no ser paralelas en el tiempo, la tercera suponiendo un lapso de tiempo transcurrido. Se trata de dos raccords, vía sutil uso de unos abanicos que unos y otros personajes, de uno y otro plano, agitan para aliviarse del calor imperante.
Noriko (Setsuko Hara), la viuda del hijo muerto durante la guerra, pese a no tener lazos sanguíneos con ellos, es la que mejor se porta con los padres. La vemos dándoles un paseo turístico por Tokio, para lo que ha debido pedir un día libre…que su jefe le concede pero le recuerda que le será descontado. En un momento de descanso se les ve a los tres contemplando una vista y agitando, acalorados, sus abanicos. En el plano siguiente vemos a los dos hijos mayores, que son los que viven en Tokio y han recibido la visita de sus padres. Están… agitando sus abanicos, también acalorados, y pensando qué pueden hacer con ellos para que no les perturben su vida profesional, hasta que deciden comprarles una estancia en un balneario junto al mar. En el plano siguiente, quienes agitan sus abanicos suavemente son los padres, relajándose, contemplando el mar, con los albornoces cedidos por el balneario.
En otra, Noriko recibe telefónicamente la noticia de que su suegra, con la que muy recientemente había intimado, se está muriendo. Entristecida, acude pensativa hacia una ventana. Hay entonces un cambio de plano y la cámara parece recoger de golpe, de lejos, la fachada exterior de la oficina en la que trabaja. Entre la cámara y la fachada se aprecia la estructura de un nuevo edificio (¡sí: los nuevos tiempos, que arrasan con los antiguos!) en construcción, pudiéndose oír entonces en la banda sonora un ruido ensordecedor, auténticamente molesto.

 

martes, 21 de marzo de 2023

Tokyo-ga



Desgraciadamente la voz de Wim Wenders no es la de Werner Herzog. Si lo hubiera sido, “Tokyo-ga” (1985; vista en Movistar, también ahora en el catálogo de Filmin) habría adquirido un carácter hipnótico del que no se habría desposeído ya nunca y sería recordada como el mejor homenaje posible, inimitable, a Yasujiro Ozu.
La torpe dicción (al menos en inglés) de Wenders impide apreciar en lo que valen -por certeros- sus directos elogios al cineasta, de cuyas películas muestra en su documental una selección de una justeza impresionante.
Aporta pocas cosas para la eventual preparación de una visita a la capital japonesa, aunque la impresión que causa la visión de sus jugadores de pachinco o los que masivamente se entrenan en medio de la ciudad golpeando pelotas de golf, permanecen -lo digo por experiencia propia- en la retina.
Y un mérito: debo reconocerla como la película que me aportó por vez primera imágenes de la tumba de Ozu, objeto ya entonces de peregrinación.
Al ponerme a verla anoche me recorrió un cierto escalofrío cuando oí en ella a Wenders decir que habían pasado veinte años de la muerte de Ozu. ¡Sólo! -pensé-, y un rápido calculo me ofreció el resultado de los otros cuarenta suplementarios ya transcurridos.
Pero a únicamente esos veinte años, que para Wenders representaban muchos, pudo aún entrevistar al discretísimo Chishu Ryu, dejándose luego fotografiar en un andén junto a una serie de seguidoras… de una serie televisiva en la que intervenía entonces y al director de fotografía Youharu Atsuta, quien se enfada consigo mismo al ver que no ha podido retener la emoción del recuerdo del realizador al que sirvió con una lealtad absoluta.
Y un recuerdo respetuoso para Setsuko Hara, a quien Wenders debió, sin duda, buscar con ahínco para hacerla salir en su documental. Pero es que ella había decidido, cuando Ozu falleció, retirarse y no volver a participar nunca más en un rodaje.




 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Cuentos de Tokio

En el terrado de la casa, viendo pasar los barcos.
Cuando encuentro a alguien que aún no ha visto nada de Ozu y muestra cierto interés, le encasqueto “Cuentos de Tokio” (1953) con la convicción de que voy a formar otro adepto a la causa, porque es de esas películas que puedes recomendar a gente de cualquier tipo (sensible, claro) con la seguridad de que no saldrán defraudados.
En ésta no se atalayan, pero vaya. Los padres han ido una temporada a Tokio, a ver a sus hijos.
Película sobre la alegría y el temor que infunde el tiempo que pasa, sobre la confrontación de dos formas de vida, sobre abuelos, hijos y nietos, sobreropa tendida, trenes, santuarios y balnearios, sobre atalayas desde las que contemplar pensativamente la vida de la ciudad o de una zona de ribera.
De nuevo en el terrado de la casa.
Ahora, vista anoche envuelta entre las demás del ciclo dedicado a Yasujiro Ozu de la Filmoteca, aprecio que es quizás la película en la que Ozu se toma más tiempo para decir las cosas, pero las dice directamente, sin subterfugios, no solo a través de las sutiles referencias que suele emplear en otras.
En el balneario
Cuelgo unas cuantas imágenes de la película, todas con personajes del film (interpretados la troupe completa de Ozu...) atalayándose.
Plano más de cerca. Ahora no recuerdo cuál va antes del otro. Creo que es al revés de como lo he puesto.