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sábado, 21 de marzo de 2026

Ghost elephants




Festival D’A - 1
Recuerdo unas declaraciones de Werner Herzog diciendo sentirse ya muy mayor para soportar él solo el peso de una película y señalando esa como la razón de firmarlas a partir de entonces conjuntamente con otra persona, que cargaba con el grueso de los problemas del rodaje.
Ahora en su “Ghost Elephants” (2025), aparece él solo como director, si bien no sale nunca en pantalla y por ejemplo esa entrevista que figura hacerle en el Kalahari al eterno buscador de los elefantes fantasmas resulta bastante impostada. La cosa es bastante grave, porque no es que no te creas que él esté ahí haciendo la entrevista (que seguro es el caso), sino que la incredulidad se extiende y llega en mi caso hasta el punto que vea toda la actuación del científico como una ficción, como haciendo de actor efectuando una interpretación excesivamente forzada.
Pero, en cualquier caso, en “Ghost elephants” se nota en concepto y hechura la mano de Herzog, y nada más oír en off sus razonamientos presentando el asunto, entras en un terreno confortable, en el que te sientes dispuesto a que te acune y maraville.
La búsqueda de unos inaccesibles elefantes gigantes de las elevadas y húmedas tierras altas angoleñas centra la trama de la película, que, como suele ser habitual en Herzog (a cargo de la narración en off de todo el film), contiene divulgación científica (en este caso muy ligada a las cadenas de ADN), información histórica, muestra de formas de vida de pueblos alejados (aquí los bosquimanos, viviendo en el punto origen conocido de toda la humanidad), cierto manierismo (el elefante evolucionando bajo el agua a cámara lenta) y denuncia de masacres perpetradas por la humanidad (la caza de los animales salvajes por el mero placer de matarlos).
En el fondo, es hasta enternecedor su empeño en hacernos creer que aún hay tierras incógnitas en nuestro planeta y que aún podemos pasar a descubrirlos gracias a sus documentales.










 

miércoles, 6 de agosto de 2025

El gran éxtasis del escultor de madera Steiner


En cámara lenta, con el cuerpo paralelo a los esquís, la boca abierta “por la tensión”, vemos al saltador Steiner realmente volar, en lo que deben ser unos segundos fuera del mundo.
Con tres cámaras, que permitían captar la imagen a una velocidad inaudita, pero aún sólo dando la impresión de ser un locutor deportivo con unos intereses diferenciados, Werner Herzog, con “El gran éxtasis del escultor de madera Steiner” (1974; ayer en la Filmoteca) se encamina un poco más en la búsqueda de la humanidad yendo hacia sus límites, ese anhelo que le ocuparía durante muchas décadas posteriores.
Para el espectador, al margen de ver intrigado los pormenores de una competición de saltos en la entonces incógnita Yugoslavia, es una suerte que el bueno de Steiner, al que ciertamente hemos visto previamente en su taller de ebanista, le caiga bien desde el primer momento.

 

domingo, 20 de junio de 2021

Fireball: Visitors From Darker Worlds

Observando, a distancia, desde el muro, Werner Herzog. En el escenario del Hall del CCCB montado para Kosmopolis, Clive Oppenheimer contestando a Violeta Kovacsis ante un público de una media de edad bastante joven para lo que suele ser y con un envidiable dominio del inglés.

El cráter -de alrededor de un kilómetro de diámetro- formado por un meteorito en su caída en Australia.

Un científico británico señala a Clive Oppenheimer qué trayectoria llevó el meteorito que cayó en 1492 en Ensisheim (Alsacia), causando una serie de consecuencias políticas.

Si no llega a aparecer la característica voz, medio afónica, de Werner Herzog, comentando en inglés, en off, la primera escena de su “Fireball: Visitors From Darker Worlds” (2020), yo creo que casi todos los que llenaban ayer la sala del CCCB se habrían sentido muy decepcionados.
Por suerte no es así, con lo que nos encontramos ante un documental “de los suyos”, si bien, en su partición de autoría con Clive Oppenheimer, deja a éste el lanzar las preguntas a los entrevistados, cosa que antes también asumía él mismo.
Era la sesión estrella del Kosmópolis. En el Hall, en sillas casi homicidas si pensamos en las tres horas de reloj que duró la cosa, un público de media sorprendentemente joven (y que luego se descubrió buen dominador del inglés: los tiempos cambian), presenció primero la película y luego asistió a una conversación de Violeta Kovacsis con Clive Oppenheimer (presente y contentísimo de haber visto la exposición sobre Marte) y Werner Herzog (vía Zoom).
El documental va de meteoritos que caen a la tierra y lo que eso ha supuesto en cuanto a cambio de culturas imperantes (aunque este extremo, que empieza ágil, pierde fuerza enseguida).
Hay dos o tres escenas espectaculares, marca de la casa, entre las que no es la menor la rodada en el altiplano de la Antártida, pero en su mayor parte el metraje se concentra en entrevistas en sitios modestos a entusiastas científicos de todo el mundo que trabajan en el tema. En este sentido, da un cierto respiro saber que el amigo americano, vía la agencia espacial (NASA), dedica una poca pero preparada gente a observar los cielos en busca de meteoritos potencialmente peligrosos, para poder reaccionar y no acabar como los dinosaurios del Yucatán.
En el coloquio, una espectadora le preguntó a Herzog si, después de haberse recorrido el mundo viendo fenómenos tan impresionantes como los que ha visto, sigue teniendo aún curiosidad para más. Herzog contestó lo que no podía sino contestar: que sentía la misma curiosidad que cuando era un chaval.
Pongo un poco en tela de juicio la veracidad de la respuesta. Su humor, cantidad de bromas que reparte por toda la película, nos dirían que ya no es del todo así, que ahora lo ve todo, refugiado detrás de la cámara, desde una cierta perspectiva, a una cierta distancia. Pero no hay queja. Después de todo lo que ha llegado a ver y nos ha hecho ver, es de lo más natural que sea así.


Una de las entrevistas.

El hallazgo de un meteorito en una batida de caza en el altiplano de la Antártida.

 

miércoles, 27 de enero de 2021

Nomad. In The footsteps of Bruce Chatwin

Werner Herzog y Bruce Chatwin, por la época en que se conocieron.

Elizabeth, la mujer de Bruce Chatwin, contemplando un valle galés.

En una cueva de la Patagonia.

Tenía mono de la profunda voz de Werner Herzog relatando las historias de sus documentales, evocada por aquí estos días, por lo que me puse a ver su “Nomad. In The footsteps of Bruce Chatwin” (2019, en Filmin).
En ella Herzog retoma los lugares, esparcidos por todo el mundo, de sus películas coincidentes con los de los libros y viajes de Chatwin, llegando a los momentos en que estuvieron juntos. Como se dice en el documental, prácticamente todos esos lugares le fueron incitados a Bruce Chatwin por los objetos de la vitrina de su abuela.
Así, partiendo de su queridos valles de Gales, viajamos por la Patagonia -asistiendo al relato de la extinción de sus primigenios pobladores-, Australia -donde entramos en el complejo mundo de las canciones que les hacían de mapas y guías a sus aborígenes- o Ghana - donde Herzog rodó su “Cobra Verde” basado en una novela de Chatwin, quien acudió al rodaje, pese a estar ya muy débil por su enfermedad terminal.
Como aparecen secuencias de las películas que va mencionando y comentando el mismo Herzog, tenemos ocasión de estremecernos con una ascensión a mano, sin ningún instrumental (en imagen luego imitada con Tom Cruise en el inicio de un “Misión imposible”), hasta el pico del Cerro Torre chileno, como nos conmovemos viendo la naturalidad con la que Elisabeth Chatwin, esposa de Bruce, explica que le pareció tan normal que tuviera comportamientos homosexuales (Chatwin murió, prematuramente, del Sida). Documental similar a los otros de Herzog, en tanto en cuanto a su absoluta implicación personal, diferente en cuanto a emotivo homenaje al alma gemela perdida.
Al final, los sonidos aborígenes australianos que acompañan los títulos de crédito me han recordado a esos cantos viscerales que entonan tres o cuatro pastores sardos, enlazados por sus hombros concentrados mirando, hasta casi fundirse, con la tierra.


El escalador de ascensión casi insoportable de ver por los que, como yo, padecen vértigo.

Herzog con un antiguo colaborador de “Gritos de piedra”. A su lado, la mochila de Chatwin, regalada por éste poco antes de su muerte.

 

miércoles, 2 de enero de 2019

Lo and Behold, Reveries of the Connected World

Un pionero de internet muestra el primer servidor de la red, situado en Berkeley.
Hay otro documental reciente de Werner Herzog en Netflix, “Lo and Behold, Reveries of the Connected World” (2016), que va de un tema yo diría que inesperado en él: Internet. Sentía curiosidad por ver cómo lo abordaba, pues al menos visualmente no parece muy fácil hincarle el diente. Vaya por delante que, venciendo todas mis reticencias, su visión se me hizo por momentos apasionante, cumpliéndose de nuevo eso de que siempre se aprenden cosas en un documental de Herzog.
Está dividido en diez capítulos. Los primeros, tocando los orígenes del auténtico fenómeno actual, resultan simpáticos. No es fácil entender al completo las explicaciones que hacen diferentes científicos pioneros sobre cómo llegaron y en qué basaron sus exploraciones, pese a que se muestran muy didácticos y simplificadores, pero te haces una idea, dibujándote la imaginación de forma difuminada las formulaciones que se te escapan. Así, me he refugiado en esa divertida anécdota que explica uno sobre el colapso que sufrió un ordenador de la primitiva red de internet cuando un error de programación lo señalaba como de tiempo negativo de procesamiento: todos los mensajes veían que era el ordenador óptimo e intentaban ir por él.
Herzog muestra a unos monjes budistas ante el skyline de Chicago. Supongo que fue a rodar al observatorio astronómico que hay en ese lugar y se quedó asombrado viendo cómo estaban todos pendientes de su móvil: ¿todos han dejado de reflexionar, para convertirse en tuiteros? se pregunta.
Tocando en los capítulos siguientes al inicial los temas de la súbita eclosión de un juego de moléculas divulgado por la red, el de los coches autónomos (su diseñador responde realmente emocionado diciendo que ante un error en un coche, todos los demás aprenden de él y ya no caerán nunca en ese error, cosa que no pasa con los habituales errores humanos) o viendo el cariño con el que un científico trata a su “Robot 8”, su Messi particular en un campeonato de fútbol entre robots, vamos de sonrisa en sonrisa, viendo un maravilloso progreso.
Pero llega entonces el núcleo de la película, con unos capítulos que son, a mi entender, los que la hacen apasionante. Van del lado oscuro de internet. Un primero habla de la velocidad de difusión de imágenes nauseabundas, faltas absolutamente de ética. Un segundo, cambiando radicalmente de tono, te introduce en una comunidad de refugiados alérgicos a las radiaciones de los móviles, reunidos en él área restringida de radiaciones de alrededor de un enorme microscopio. Un tercero viaja a un centro de desintoxicación para adictos de internet en plena naturaleza (ahí te enteras, por ejemplo, que en Corea hay gente adulta que vive con pañales, para no perder tiempo mientras juegan inenterrumpidamente vía internet).
Quizás el más estremecedor de estos capítulos es el siguiente, titulado “El fin de internet”. ¿Alguien ha oído hablar del fenómeno de Carrington, producto de unas llamaradas solares como la enorme que hubo a mitad del siglo XIX? Que vea entonces la película y se prepare, porque ese tipo de cosas suelen darse -dicen- con una frecuencia de cien años y ya han pasado 170... Una pista: habla de la extrema debilidad de un mundo que depende cada vez más de internet...
Un robot procede a revisar el estado de todas sus piezas.
Los siguientes capítulos van de hackers y seguridad en las redes, de la posibilidad de ir a vivir a otro planeta o de la inteligencia artificial y acaba el film con otro par conteniendo interrogaciones y posibles respuestas sobre el futuro. Ya no me han resultado de la intensidad de los anteriores, pero Herzog, con la poderosa y envolvente ayuda de la música de Mark Degli Anotoni, ha sabido salir más que airoso del viaje a un territorio hasta el momento inexplorado por él. Y en este caso se trataba de un territorio virtual.
El multimillonario fundador de PayPal, tras haberse dedicado un tiempo a fomentar el desarrollo de los coches auto dirigidos nos explica en su Centro a qué dedica actualmente sus inversiones. Quiere crear “Space 2”, una colonia en Marte.

martes, 1 de enero de 2019

Into to inferno

Ayer me pareció un buen día para ponerme a ver “Into the inferno” (Werner Herzog, 2016), aunque sólo fuera para confirmar eso que dice el mismo Herzog: que nada es permanente, ni el suelo sobre el que pisamos.

Me quedo atrapado por el tono rítmico de la voz, en un inglés muy inteligible, con el que Werner Herzog narra las cosas tan impresionantes que narra en sus documentales. El principio de esta película se suma, así, a tanto documental que tiene ya rodado por todo el mundo, siempre con una historia extraordinaria explorada y explicada de forma que se te queda grabada.
Clive Oppenheimer, el simpático vulcanólogo -al que conoció en su documental sobre la Antártida- en el que se apoya durante casi todo el film Herzog.
Una escena de las rodadas, sin Oppenheimer, en Corea del Norte. Aparece hasta una en Pionyang, por la que descubrimos que en las estaciones de su suntuoso metro se siguen empleando jefes de estación (en este caso una mujer) que señalan al maquinista cuándo puede ponerse en marcha el convoy. Pero el centro de interés es un volcán situado en la frontera con China, donde el fundador de la actual saga gobernante se “resistió a la invasión de los imperialistas japoneses”.
De éste supongo que uno recordará esas fascinantes imágenes de dos de los tres volcanes siempre activos del mundo, en los que se puede ver directamente magma en su cráter. Pero a mí me suelen quedar grabadas también las breves historias, quizás tangenciales, con las que suele complementar lo mostrado. Aquí, por ejemplo, la de esa pareja de fotógrafos franceses especializados en erupciones volcánicas, a los que vemos joviales, actuando como inmortales, en una filmación... para saber a continuación que fallecieron poco después, entre 41 personas, atrapados en la violenta e inesperada erupción de otro volcán.

En África, encontrando fragmentos de hueso de un homínido de hace 100.000 años. Oppenheimer está con el teatral paleontólogo.
No es, me parece a mí, “Dentro del volcán” de los mejores documentales de Herzog, pese a sus muchos hallazgos. Me da la impresión de que se dispersa demasiado, con esa derivación a un yacimiento en África con un paleontólogo norteamericano bastante histrión, o a ese volcán apropiado míticamente por el régimen de Corea del Norte, aunque esta última historia, por sí sola, podría constituir todo otro documental.

jueves, 20 de julio de 2017

Happy People: A Year in the Taiga


Anoche, cansado de no descubrir nada realmente atractivo entre lo grabado de la televisión, decidí acudir a lo seguro. Me puse a ver, vía Filmin, "Happy People: A Year in the Taiga", un documental sobre los trabajos y la vida a través de las estaciones del año de los aislados cazadores de la traiga siberiana. Un Werner Herzog del 2010 que no había visto.
En su trineo, sorteando los árboles de la taiga.
La versión de Filmin tiene una cosa bastante molesta. Cada vez que el cazador nos cuenta a viva voz en su idioma alguna cosa, los subtítulos que leemos no son la traducción directa de lo que dice, sino de lo que dobla en alemán un locutor. Un procedimiento desgraciadamente muy utilizado en los reportajes televisivos, a los que ese procedimiento tiene el inconveniente de acercarnos en algún momento. Pero, por suerte, es la genuina voz de Herzog la que oímos describiendo como sabe las situaciones a las que se enfrentan esta gente, sin que en esas ocasiones se le superponga la de ningún locutor.
Preparando una trampa.
Repaso ahora mentalmente las escenas que tuvieron el poder de clavarme ante el monitor, siguiendo atentamente unas historias en todos los sentidos tan lejanas, y son muchas, que se recordarán, como sucede siempre con los documentales de Herzog, toda la vida. Te admiras de la destreza del cazador en el uso de sus limitados instrumentos, en medio de un paraje rebosante de nieve y a temperaturas que nos parecerían insoportables reparando una cabaña sobre la que ha caído un árbol, o preparando trampas a lo largo y ancho de una enorme superficie, como, en época ya climáticamente más soportable, de la de él mismo fabricando una cuña, o la de otro haciendo una canoa, o un agujero en el hielo para poder pescar durante el invierno.
El cazador nos cuenta cómo empezó con ese tipo de vida, nos habla de los perros que ha tenido,...
Pero lo que más te impresiona es, diría yo, todo aquello que denota la enorme soledad en la que se encuentra el cazador, recorriendo sus puestos avanzados -que no sabes cómo localiza- a una distancia que, puesta en un mapa reconocible por nosotros, nos dejaría perplejos. En esas condiciones, las referencias a sus perros -su única compañía y principal ayuda en su trabajo- son quizás las más emotivas. Una escena: Por fin de año, el cazador regresa, en medio de una profunda oscuridad, al poblado, a reunirse con su familia, a la que apenas ve nunca. Va en una moto de nieve por esa extensa autopista que constituye el río helado. Son 150 Km. Su perro sigue al trineo o corre a su lado toda la distancia, pues nunca lo deja subir al trineo, como tampoco entrar a dormir en ninguna de sus cabañas.
El perro del cazador, corriendo, noche cerrada, junto al trineo de du amo, que se desplaza por el río helado.

domingo, 26 de marzo de 2017

Werner Herzog en Kosmopolis


No suelo prestar atención a los anuncios, pero me he fijado que en Facebook me aparece constantemente uno con la cara de Werner Herzog, que ofrece una “master class”. Tras eso, viendo cómo se iniciaba el montaje preparado ayer noche en el Kosmópolis del CCCB (Werner Herzog hablando en una tarima con un ceceante Paul Holdengräber –quien ya ha tenido con él alguna que otra vez esa experiencia- sobre su última –y no muy elogiada- película de ficción, de la que se pasaba algún fragmento), me he escamado un poco, temiéndome lo peor: una representación, unos bolos ya requeteensayados, cubriendo el expediente.
Poco a poco he ido erradicando esa sesación, y transcurridas más de dos horas de charla, hasta he disculpado que, mientras se proyectaba un fragmento de una película suya filmada en la jungla, Herzog se acercase a Holdengräber para decirle en el oído que no admitiera preguntas del público: debía estar agotado. Aún así después todavía se ha vuelto a sentar para hablar sobre su experiencia en Corea del Norte, a donde dice que le gustaría volver para rodar una segunda película, y para responder a la pregunta de un filósofo amigo: ¿De qué tienes miedo? Su tajante “A nada”, dado lo vivido por él hasta el momento, no me ha parecido arrogante, y me lo he creído.
La silueta de Werner Herzog ante la pantalla donde se proyecta una escena de uno de sus films, en la que unos monjes tibetanos vana meditar ante las vistas del Sky line de Chicago desde el Planetario.
De cosas más o menos anecdóticas se ha pasado previamente a hablar de los grandes problemas que afectan al planeta: “Hemos tardado unos 8000 años para domesticar a todos los animales, y ahora no dominamos muy bien el mundo. No digo que se deba volver a vivir como en el Paleolítico, pero habría que hacer algo, y no mantener una estúpida mirada naif. Las cosas no pueden acabar bien como sucede en las películas americanas.”
Ha hablado bastante del papa Benedicto XVI, del que le impresionó que en su visita a Auschwitz se preguntara hasta tres tres veces en voz alta “¿Dónde estaba Dios cuando pasó esto?” Dice que se le veía su miedo, evidenciando su pérdida de fe. Según él, por eso dimitió.
Otra cosa que he anotado: Dice no tener un Smartphone, que es una persona analógica, y quiere ver directamente a la gente con la que habla, como nos estaba ahí viendo. Que cree firmemente que los niños han de construir casas de madera con sus manos, no únicamente a través de una aplicación de su teléfono.
Los dos en el escenadio vistos en el reflejo del cristal de la cabina del traductor instantáneo, cuyo rostro se aprecia ligeramente.
Los grandes temas han ido desfilando, y uno de ellos ha sido, curiosamente, el fútbol, del que es un aficionado de esos que se fijan en los movimientos genéricos. Ha alabado a Busquets, porque “es de esos jugadores que saben leer el juego”. Vio el partido del otro día entre el Barça y el París St. Germain, en el que el club blagrana recuperó un 4-0 en contra. Pues bien: señala que después del milagro de esos tres últimos goles posteriores al gol de los franceses que dejaba la cosa en 3-1, y la necesidad para el Barcelona de meter unos imposibles tres goles en diez minutos si quería salvar la eliminatoria, se debería haber cerrado el estadio durante todo un año, para poder pensar en ese hecho extraordinario.
Entre gran y gran tema ha habido tiempo también para que leyera fragmentos de sus escritos al público que abarrotaba el hall del CCCB y una sala anexa desde donde lo veían en streaming. Y también hasta para lo más peregrino, como para señalar que todos los grandes directores son siempre gente que ha leído mucho, para explicar cómo se hipnotiza una gallina (cosa que ya hizo en “Gaspar Hauser”), para asegurarnos que él es de lo más sano que puede encontrarse en Hollywood, donde hay mucho enfermo, o para decir que si le acaban poniendo una camisa de fuerza ese podría ser un buen final para su carrera.
Acabada la sesión fue asaltado por multitud de gente para que les firmara en alguno de sus libros, cosa que hizo pacientemente y con la sonrisa en la boca. En la imagen, firmando un póster de "El enigma de Gaspar Hause" que le tendió un espectador.
Explico una última cosa de las que ha soltado –ésta de gran interés para cineastas-, tras indicar su creencia en que los hechos no llevan siempre, como norma, a la realidad: Que él suele inventar cosas en sus documentales. No para despistar, sino para profundizar.