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viernes, 15 de mayo de 2020

La puesta en escena de La maman et la putain


Cuando colgué aquí una entrada sobre “La maman et la putain. Jean Eustache. Politique de l’intime” (Arnaud Duprat & Vincent Lowy, ed.) tan solo había leído su introducción y un magnífico aperitivo (“Dans Paris”, de Antoine de Baecque) sobre la presencia e importancia de la ciudad en la película. Ahora, acabada totalmente su lectura, puedo confirmar que el librito me ha parecido globalmente una pieza de esas a atesorar para, junto al ya alabado “Dictionnaire Jean Eustache” (coordinado por de Baecque), tener bien explorada, por todos sus frentes, la película.
Ya habiendo captado en el Dictionnaire todas las impresionantes simetrías, con sus inversiones o extrañas traslaciones, que existen entre los personajes, hechos y sitios de la película y los de la vida sentimental del propio Jean Eustache, de los que se habla con profusión, quizás lo que yo andaba buscando en el libro era, posiblemente, un análisis en profundidad sobre su puesta en escena. Me explico: ya desde su primera visión, en multitudinaria sesión creo que en la Filmoteca de la calle Mercaders, salí -evidentemente sin la menor idea de lo que de realmente íntimo del realizador había en el film- boquiabierto, tocado, obsesionado, pero sin saber racionalizar y detallar, más allá de su blanco y negro, de sus moldes -dentro del rompimiento que suponía- clásicos, sus elementos constitutivos, esos que lograban tal efecto.
A la hora de escribir el artículo para “Para rondar castillos” (José Luis Marquez ed.), me lancé a ver en detalle la película sobre todo con ese empeño, pero es curioso constatar que, pese a que sí se ven y anoté cuestiones de planificación que ayudaban a la resolución de una u otra escena, cuesta dar con los definitivos y me lancé sobre todo a una descripción detallada de la misma película y como la veía hecha que, claramente, me hacía a mí mismo en ese intento. Formas del cine clásico y notoriamente de ciertos Murnau (citado expresamente), detalles de composición de cuadro y algún movimiento de cámara, presencia de la canción y las formas populares, progresivo oscurecimiento del film,... Todas esas y otras fueron cosas que descubrí e intenté trasmitir en el escrito, pero me costó dar del todo con los referentes más evidentes. Entre éstos, me tuvieron que decir, porque yo no había caído en ello, el más claro: ese peinado de Verónica (Françoise Lebrun) sacado de la mujer (Janet Gaynor) de Sunrise...
Supongo que para superar estas dificultades, los editores han propuesto o acordado con los diferentes autores del mismo explorar los frentes parciales con los que conceptuar el film. Después del mencionado sobre París, yo destacaría el más específico y globalizador de Matthias Alaguillaume (“Des Images qui parlen: mises en scène de la parole dans La maman et la putain”), pero también el de Arnaud Duprat sobre el monólogo final de Verónica, el de Michel Cieutat sobre la “no-dirección de actor según Jean Eustache” o “Une représentation des rapports homme/femme entre modernité et archaïsme” de Geneviève Sellier.
Pero también contiene el librito un artículo de Vincent Lowy, buscando precisamente lo que yo buscaba, “Jean Eustache en el espejo de Renoir”, cuyas consecuencias me parecen muy sintomáticas. Empieza desvelando esas dos imágenes que cuelgo, respectivamente de una escena de “La chienne” de Jean Renoir y de la película que nos ocupa, “La maman et la putain”, de Jean Eustache, y ya te las prometes felices, pues piensas que al hallazgo de estas evidentes similitudes van a seguir otros planos del film confrontados con los de sus referentes, pero nada así ocurre, seguramente porque no existen.
Es más: en las tres interesantes entrevistas con las que los editores cierran el libro, con Luc Béraud, Pierre Lhomme y François Lebrun, únicamente ésta última habla expresamente de la voluntad de cita de Eustache en esa escena, voluntad que pasó totalmente desapercibida -y por tanto no les fue recalcada expresamente por el realizador- tanto por el asistente como por su director de fotografía.

lunes, 4 de mayo de 2020

La maman et la putain. Jean Eustache. Politique de l'intime

Poco antes de la reclusión domiciliaria, un amigo que había estado por Lyon me trajo este libro. Pensé entonces, y atestiguo ahora con sólo leer su prólogo y primer capítulo, que me habría venido de perlas para descubrir algún punto adicional o precisar algún extremo del texto que escribí en el "Para rondar castillos" (José Luis Núñez, coord. Shangrila, 2020), que versaba, en buena parte, alrededor del film de Jean Eustache "La maman et la putain".
Tres entrevistas con colaboradores de Eustache en la realización de esa película (Luc Béraud -que hizo de asistente de dirección-, Pierre Lhomme -de director de fotografía- y Françoise Lebrun -la actriz del sostenido e inolvidable monólogo-) cierran el volumen, que previamente recoge una serie de miradas desde diversos frentes. Varios de los que escriben colaboraron también en la riquísima fuente de información que fue el previo "Dictionnaire Eustache" (Antoine de Baecque, ed., Léo Scheer, 2011).
Y de Antoine de Baecque es, precisamente, ese primer capitulo ya leído, dedicado a desentrañar lo que hay de Paris en la película. De Baecque censa los diferentes espacios parisinos que aparecen en “La maman et la putain” y las acciones que se dan en ellos, para después cuestionarse si a Eustache le gusta la ciudad, como claramente se veía que pasaba con Narbona en su “Mes petites amoreuses”.
Tiene el escrito conclusiones sagaces sobre el carácter del personaje de Alexandre (interpretado por Jean-Pierre Leaud), como esa en la que dice que “la ciudad se revela a menudo a Alexandre, que puede explicarla a sus interlocutoras, generalmente fascinadas, Gilberte, Marie, Véronika. Es la mejor faceta del muchacho: ese conocimiento de un Paris secreto y a menudo desaparecido le confiere el fondo de su seducción.”
Por el final recupera unas frases que dice en la película Alexandre: “Paris luce muy bello por la noche, desembarazado de su grasa que son los coches”. Al leerlo he pensado en que algo así concluí sobre Barcelona anoche, en un paseo que dimos por las calles centrales del Ensanche. Era domingo, tras la ligera liberación producida justo antes de la entrada en vigor de la “fase cero” del desconfinamiento. Sin coches, tiendas cerradas pero luciendo sus escaparates, sin apenas gente, la poca con la que te cruzabas del lugar, porque ni uno solo era turista, pues andaban confinados en sus lugares de origen. En un sentimiento que hacía tiempo que no experimentaba, Barcelona, “sin toda su grasa”, que dice Alexandre, me pareció en su silencio bastante hermosa, llegando a pensar que, pese a tanta desgracia repartida y aún por llegar, ciertas facetas de esta etapa hasta las llegaremos a echar de menos.