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sábado, 20 de noviembre de 2021

Cuando pasan las cigüeñas

El plano inicial.

Viendo pasar las cigüeñas.

Fui pasándome anoche varios principios de películas soviéticas de esas que ha incluido últimamente Filmin en su catálogo, pero iba abandonándolas una tras otra. Tuvo que ser con “Cuando pasan las cigüeñas” (Mikhail Kalatozov, 1957), la película que ganó la Palma de Oro al año siguiente en Cannes, anunciando un posible deshielo en la URSS, con la que me quedara para verla de nuevo hasta el final.
Y es que, ya desde la primera escena, en un muelle junto al río, el poderío visual que muestra la película es total, justificando las voces que decían que la fuerza que había producido esas maravillas del cinema soviético de vanguardia en los años 20 y 30 seguía circulando por algunas venas de los nuevos cineastas.
Historia de amor imperecedero de una joven pareja cuando estalla la guerra que los separa, conviene ver, si no se cree lo que digo, cualquiera de esos planos en picado, los personajes solitarios caminando allá abajo, alejándose de la cámara, las veloces subidas y bajadas de la escalera de la casa de ella o bien esas otras secuencias en las que la cámara recoge con una extraña habilidad cómo la protagonista femenina avanza con dificultad entre la multitud.
Signos del deshielo rudo que se intuyó en Occidente, atentos al desarrollo de los acontecimientos tras la muerte de Stalin, hay en el film alguno, si se tiene la buena voluntad de buscarlos, pero vete a saber si son realmente lo que parecen o una casualidad: en una de las escenas de la despedida porque el hijo se va a la guerra, se valora el sentimiento casero por encima del impostado discurso encomiástico del comité fabril. También me ha resultado algo sarcástico el comentario de un personaje reconfortándose por lo que se oye por un altavoz de que no hubiera nada reseñable en el frente mientras vemos sacar venga soldados heridos de un tren.


Otro de los preciosistas planos en picado.

En las escaleras de la casa de ella.

Entre la multitud.

 

lunes, 15 de noviembre de 2021

La carta que nunca fue enviada


Lo primero que vemos de “La carta que nunca fue enviada” (Mikhail Kalatozov, 1960; en Filmin) está captado desde un helicóptero. Éste agita las aguas de un gran río, desde el que le despiden un equipo de cuatro personas.
Esas cuatro personas, tres hombres y la mujer de uno de ellos, forman un equipo de geólogos que parten en verano hacia Siberia a mirar de encontrar diamantes, donde diversos científicos han elucubrado que deben existir.
La tensión inicial la causa, claro está, la mujer, de quien cae enamorado el segundo del equipo, mientras que luego la que marcará la pauta de la acción, ya entrado el otoño, será la impenetrable taiga siberiana que, a base de películas, uno va sabiendo cómo se las gasta.
A una llamada de emergencia que efectúan por radio responden desde Moscú con sólo retórica, lo que me ha llevado por un momento a pensar en una cierta crítica política, pero en seguida los hechos se encargan de aclarar que de eso nada.
El film se convierte, en su segunda parte, en un angustioso recorrido hacia la casi imposible salvación, que por momentos recuerdan a embates de ciertos westerns. Kalatozov, que ya sabemos tiene un pulso que recuerda el de los grandes cineastas de la vanguardia de los años treinta, nos da todo un recital en sus tomas, aportando relieves inusitados de los expedicionarios sobre el fondo del paisaje o de los cielos y todo tipo de espectaculares escenas desde el punto de vista formal.




 

sábado, 9 de octubre de 2021

Tres hombres sobre una balsa


He escogido “Tres hombres sobre una balsa” (1954) para iniciar la visión del auténtico festival que nos propone Filmin, que hoy ha colgado en su catálogo un buen paquete de films soviéticos de todas las épocas.
La película está dirigida por Mikhail Kalatozov, el director de “Cuando pasan las cigüeñas” (1957), la que avisó a Occidente de que en la URSS se estaba produciendo un cierto deshielo.
Ésta es de tres años antes y parece meridianamente claro que no se habría rodado y hecho de esta manera si no fuera que el padrecito Stalin había ya muerto un año antes y, seguramente, Jrushchov había lanzado ya su demoledor informe contra él.
La trama argumental es mínima (tres amigos desde la infancia se reúnen ya habiendo triunfado cada uno en su especialidad para reproducir un viaje en balsa por un río), pero sirve para establecer una fábula sobre la amistad, la burocracia entorpecedora y cierta corrupción que anquilosa el poder.
A poco de empezar su metraje hay un paseo en coche por Moscú de los dos amigos en busca del tercero, en el que aparecen todos los rascacielos y edificios modernos de la ciudad, presentados como si de Nueva York se tratase. Sólo por esa escena, en mi opinión, ya merecería verse. Entre eso, la bondad de casi todos los personajes, el bienestar que se respira por todos los rincones y la feliz triple conclusión del film, se entenderá que, aunque deje entender la precariedad de la vida en la sociedad soviética del momento, aún se cree algo en el modelo.
Está hecha con unos colores pastel muy propios del cine ruso de esos años, entre los que destacan unos cuantos bien vivos (fruta, farola de la balsa, flores, el azul del cielo) que se deje ver de buena gana.
Además, aunque sea poseedora de un humor de lo más inocente, hasta me he reído en un par de escenas. Una el surrealista rescate del científico, puro cine cómico. Otra, con la frase que vierte la autoridad policial en su interrogatorio cuando el interrogado señala que decía una cosa metafóricamente:
¿Entiende que no se nos permite escribir el protocolo en sentido metafórico?
Inocente, festiva, dejando traslucir algunas críticas al sistema: una sesión provechosa.


 

miércoles, 23 de agosto de 2017

La sal de Svanetia

Las torres medievales que cortaban el paso a los visitantes indeseados.

Georges Sadoul veía a "La sal de Svanetia", o "Sal para Svanetia" (Mikhail Kalatozov, 1930: Una nueva incorporación al catálogo de la Filmoteca Shangrila en Vimeo, que está de un generoso que se sale) como un alma gemela de "Las Hurdes/Tierra sin pan" de Buñuel. Claro que luego he mirado el libro sobre el cine ruso y soviético de Jay Leyda, y éste ya decía lo mismo.
Un par de paisanos hacen pasar el liviano puente sobre el río a sus cabalgaduras, que se resisten.


Es verdad que ambas hablan de las malas condiciones de vida y del retraso secular de las poblaciones de dos zonas geográficas aisladas, incomunicadas con el progreso, pero al margen de eso no veo demasiada similitud en cuanto a realización se refiere, que se apoya en ésta en muchos planos inclinados y montaje "soviético" de los que la de Buñuel, a mi entender, carece. Eso al margen, seguramente me siga quedando con "Tierra sin pan", a la que estimo enormemente, pero esta "Sal para Svanetia" me parece otra película de esas a ver obligadamente (pero para disfrutar viéndola, claro).
Si quitamos la inclinación de la roca podríamos pensar que se trata de "Hombres de Arán", pero son dos habitantes de la zona rompiendo la pizarra para arreglar el techo de los edificios junto a las torres.

Esquilando a un niño como antes ha hecho con una oveja.

Supongo que para evitar problemas en su primera película, Kalatozov, que se hizo famoso en Occidente por su mucho más amable "Cuando pasan las cigüeñas" (1957), saludada como muestra temprana del deshielo, coloca un cartel de apertura con una frase de Lenin que justificaría todo lo que se descubre después, y acaba con un final triunfalista, con todo de hominus sovieticus, en un alarde de fuerza física, construyendo la carretera que va a acabar para siempre con el aislamiento de Svanetia.
Esquilando a un niño como antes ha hecho con una oveja.

Para hacer fuerza con su peso durante la trilla del escaso cereal, una mujer coloca a su bebé en la cuna encima de la plataforma, y se coloca a su lado, tejiendo.

En medio, con rompimientos a base de los indicados planos inclinados y trepidante montaje, con composiciones osadas y claroscuros, con primerísimos planos a personas, animales y cosas que quiere mostrar en detalle, Kalatomozov habla de los primitivos trabajos y de la auténtica miseria de la región, rodeada de unas enormes y nevadas montañas, y para ello echa mano de la falta de sal que acusan todos los animales, que lamen con fruición las piedras donde ha meado un pastor, para poder consumir así el mínimo de sal disuelto en la orina. Y habla, claro, de una religión que hace mantener unas tradiciones propias de "Lejos de los árboles".
La iglesia esquilma económicamente a los parroquianos, y les mantiene en la ignorancia, atados a unas tradiciones criminales.