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lunes, 30 de abril de 2018

Casa de ningú


La cinta de empalmes de trozos de buena parte de las películas que pasan por el Festival d'A deja una sensación más que tristona. El otro día íbamos comentando lo poco atractivo de todo lo que iba saliendo. En un momento aparecían unos viejos de una residencia a los que las enfermeras los pintarrajeaban, les ponían gorros y les hacían bailar canciones de esas bochornosas de parranda. Me salió del alma: "¿Alguien puede ir a ver eso?"
Pues resulta que, sin saberlo, fui a ver la película en que aparecía. Tenía curiosidad por ver cómo sería la primera película de Ingrid Guardiola y acabó siendo una de las de la parrilla preseleccionada. Leí con más detenimiento "su argumento" poco antes de entrar y entonces fue cuando me di cuenta, ya casi sin tiempo de dar marcha atrás, de que era la de la escena de marras. Pero el film tiene la habilidad suficiente como para que uno no salga tan derrotado cómo podría pensarse. Concienciado y confirmado en sus temores sí, pero al menos ese toque con el que está hecha palia y evita el posible tormento.
La realizadora salió a presentarla, dando la impresión de tener en esa tarea unas tablas enormes, explicando que ese era uno de los encargos de la Open Society Foundations (la de George Soros), que obligaba a hacer trabajos que obedecieran a los conceptos de Comunidad, Trabajo y Envejecimiento. Ella convirtió la posible memoria en un ensayo fílmico, y eso es "Casa de ningú" (2017).
Va intercalando secuencias -que a veces se solapan por el sonido- de un pueblo minero leonés en pleno proceso de desaparición con otras de las actividades de una residencia de ancianos. De unos mineros captados sin rostro en las escenas iniciales a los penetrantes rostros, evidencia de un envejecimiento por el que pasaremos todos, con -y ahí hay un tema clave- mayores o menores medios.
Un ensayo fílmico que recuerda que ambos son temas que no merecen el olvido que sobre ellos preside el cartapacio de medidas de los gobiernos, pero que se conforma con acumular datos sobre su existencia. Tras ello tocaría actuar.

martes, 25 de junio de 2013

Mesa redonda Pasolini en el CCCB

Ha empezado muy bien la mesa redonda de hoy en el CCCB sobre Pasolini. Ingrid Guardiola ha presentado a Jordi Balló (que ha vuelto a exponer alguna de las reflexiones que, de alguna forma, han modelado la magnífica exposición de unos pisos más arriba), a Julià de Jòdar (que ha entrado fuerte y punzante diciendo que quienes habrían podido hacer por aquí de Pasolini estos últimos 30 años se pusieron a hablar de gastronomía y fútbol, y asegurando que ya estábamos a un nivel superior, devastador, al del consumismo detestado por Pasolini, aquél en el que cada uno debemos pensar en nosotros mismos como empresa), y a Javier Pérez Andújar (que nos ha ofrecido un recorrido por la familia de Pasolini como sólo él puede hacerlo, para centrar el debacle familiar que –ha dicho- fue realmente su trágica vida).
Pero luego, a decir verdad, entre la mesa y el público se ha entrado en una serie de consideraciones deslavazadas que, desde tan buen arranque, (me) han llevado hasta una cierta insatisfacción, por las expectativas no cubiertas. Al final, la moderadora ha preguntado si alguien quería hacer la intervención final, y no se ha oído nada. Quizás únicamente el batir de alas de unas aves rapaces sobrevolando el descampado de Ostia donde le asesinaron.