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miércoles, 1 de mayo de 2024

Un nen bon minyó


Día de los trabajadores. Todos hemos sido más o menos trabajadores, por lo que nos obsequiamos una fiesta a nosotros mismos. Ya va bien.
Alcanzada la edad de la jubilación, no digo yo que no sigan haciéndose cosillas, pero se cambia el estatus de trabajador (o asimilado) por el de jubilado. Por cuestión de edad, que no sé cómo se me ha echado encima, mis amigos van alcanzando este nuevo status, y últimamente he visto proliferar en este sector la elaboración de las correspondientes memorias. Tanto es así, que recientemente estuve cenando en una mesa de cuatro y el único que no había escrito y publicado sus memorias (o que no estaba en proceso de culminar ese proceso) era yo.
Entre los amigos del mundo de la escritura sobre cine también se da este fenómeno, y la semana pasada, sumándose a otras experiencias cercanas similares, Rafel Miret, crítico de cine de la revista “Dirigido por” desde casi sus orígenes y escritor de, entre otros de tema cinematográfico, un libro sobre Luchino Visconti, ha publicado sus memorias, en este caso correspondientes a su infancia y juventud, periodo vital muy ligado a su pueblo natal, Castellolí.
Para ilustrar su portada, ha escogido una fotografía que le sacaron, vestido de punta en blanco, en el estudio Foto Solé, de Igualada, que justifica totalmente el título que ha dado al volumen: “Un nen bon minyó”.
Por el momento sólo he tenido tiempo de ojear el libro en diagonal, viendo que en él destacan unas muy curiosas y divertidas imágenes que sitúan muy bien las fechas en las que se desarrolla la aventura: portadas de discos, calendarios, anuncios, historietas gráficas, libros de texto, programas,…además de las obligadas fotografías.
En lo que respecta al cine, veo que hay un capítulo a él dedicado (“El cinema o la gran il.lusió”) y un anexo de diez peliculas localizadas en el mundo rural, con las que debió, en algún momento, verse identificado.

Seguiré informando. 

sábado, 21 de octubre de 2023

Luci del varietà




Rafel Miret presentó ayer “Luci del varietà” (Federico Fellini y Alberto Lattuada, 1950) en la Associació Nusos diciendo que una de las cosas que más le gustan de la película es esa secuencia inicial, en la que se ve a un viejo caminando, cojeando de forma notoria, que asciende de noche por una calle, hasta por fin entrar en un teatro de variedades de lo más cochambroso. El teatro está lleno de un público muy popular y por su pasillo central corren y bailan unos niños pequeños. En el escenario se suceden una serie de números tirando a tronados, como el del faquir de la imagen y, cuando acaba cada uno, el encargado de la claque se levanta y hace aplaudir a los suyos.
Él decía gustar de esta escena porque le recuerda cosas de su propia biografía, pero creo que cualquiera podría estar de acuerdo con la aseveración. Después de la proyección habló también de esa escena final que da un carácter cíclico a todo, y diría que también sería eso otra de las cosas de la película que se quedan en la memoria.
Para explicar al auditorio de que iba la película les nombró otra por aquí más conocida, “El viaje a ninguna parte” (1986), aventurando algo que tiene muchos visos de realidad, como es que Fernando Fernán Gómez tuviera ahí de referencia, sobre todo en esos planos de la troupe caminando por la carretera hasta el pueblo de la actuación, a esta “Luci del varietà”.
Me hizo gracia, porque viendo a continuación la película, pesqué otro momento -éste mucho más corto- en el que FFG (en esta ocasión no actor, sino solamente director) la tuvo seguramente también presente. Estoy hablando de “Él extraño viaje” (1964). El alcalde del pueblo consigue acallar desde el balcón las protestas de los jóvenes del lugar, que se habían inquietado por el retraso de la fiesta del domingo. Entra al salón desde la habitación y no puede reprimir su desagrado con un:
-¡Qué pueblo más inculto!
Pues bien. En “Luci del varietà” es un artista incomprendido por el público el que se retira con un:
-¡Qué público hediondo!


 

domingo, 5 de marzo de 2023

Miret, Delclós y El hombre que mató a Liberty Valance

Tomás Delclós y Rafel Miret.

Es difícil acotar estas cosas, pero creo que conocí a Rafel Miret y a Tomás Delclós a principios de los 70. Acudían a las especiales sesiones que montábamos los sábados por la tarde en el CCI, un cineclub de ahí lejos, la zona universitaria de la Diagonal.
Ambos descubriendo al tiempo todo ese cine recuperado que llegó durante la transición, recuerdo haber visto en el Alexis o cines del estilo alguna polémica película con el segundo, y luego salir y dar largos paseos discutiendo, siempre con acento crítico, sobre lo visto.
Cuando conocí mejor a Rafel Miret, creo, ya había dejado de ver a Tomas Delclós, algo alejado de la cosa cinéfila por sus actividades profesionales, y después sólo (con tilde) me crucé con él en dos o tres ocasiones.
Todo esto lo he recuperado en la memoria tras asistir ayer a una estupenda sesión organizada por Miret, en la que Delclos presentó “El hombre que mató a Liberty Valance”. La presentación me pareció magnífica, tanto por lo esclarecedor de su biografía como de lo cinematográfico.
Lo de su biografía lo digo porque Rafel Miret, al introducirlo, le fue sacando, es verdad que casi con sacamuelas, una a una sus etapas como periodista. Reconoció haber trabajado durante diversas temporadas en Dirigido Por, Fotogramas (“con una directora que no escribía una línea, pero sabía hacerlo muy bien, por lo que aprendí un montón”) -donde llegó a hacer de sustituto temporal de Jaume Figueras como Mr. Belvedere cuando éste, cansado, lo dejó-, Tele-Exprés, Avui, El Periódico y, finalmente, El País, donde, después de llevar Cultura y Espectáculos (“un trabajo de despacho, es decir, leyendo muy poco -poca cultura- y viendo muy poco espectáculo”), fue ascendiendo, haciendo de todo (“excepto Economía y Política, porque en todo lo otro se puede aprender mucho, pero hablando con un economista o un politico, no se aprende nada”), hasta llegar a ser subdirector.
Fue entonces cuando, habiéndose lanzado a opinar sobre periodismo, que señaló estaba pasando unos momentos apurados, viéndome tomar alguna nota, me lanzó una amenazadora advertencia:
-¡Eh! ¡No me saques esto en Facebook!
Con lo que -decepcionando un servidor un montón al bueno de Mr.Peabody- pasaremos al punto cinematográfico…
Comentó la preferencia de “El hombre que mató a Liberty Valance” por parte de unos cuantos famosos, explicando entre otras cosas que Javier Cercas había estructurado su “Soldados de Salamina” invirtiendo la estructura narrativa de la película.
Siendo de 1962 -continuó-, John Ford ya había más que demostrado anteriormente dominar el color y, sin embargo, la preparó en blanco en negro, cosa que se suele explicar por alguna de estas tres razones:
-Esconder la edad de los galanes.
-Ahorrar
-Jugar con las sombras
Ni que decir tiene que Tomas Delclós se decantó por apoyar esta última teoría, señalando que -como comprobamos más tarde- contenía unas escenas -todas las relacionadas con el duelo nocturno- deudoras del mejor cine expresionista.
La presentó como un western crepuscular, que presenta el arrinconamiento de todo un mundo, un poema a la renuncia amorosa y una película que le emociona a cada nueva visión.
Por mi parte, tras verla de nuevo, no negaré ninguna de esas aseveraciones. Al contrario: creo que daré una alegría al editor de “La charca literaria”, que siempre me está reclamando nuevos textos, porque creo haber sacado suficiente material para escribir otra entrada para la sección “Casi lloré cuando vi esa escena en el cine”. Y además diré que:
-Tomas Delclós recalcó, con razón, que, si bien el cine de John Ford suele ser recordado por los grandes panoramas abiertos, esta película está rodada en su mayor parte en interiores, y con cantidad de gente en cuadro. Ahora que estoy en cierta fase de obsesión por el tema, añadiría que es también una película de continuas y notorias ventanas y puertas. No sólo desde el interior se configura lo que va a llegar porque se ve a través de una ventana lo que pasa en la calle o desde la calle se vislumbran las luces y a veces siluetas de los interiores, sino que muchos de los interiores se configuran como espacios dobles, articulados, con una puerta entre ambos. Así, por ejemplo, Ranson Sttodard (James Stewart) es enmarcado por una de esas puertas interiores mientras observa cómo su amada Halley (Vera Miles) dispensa una inusitada atención al cactus ofrecido por Tom Doniphon (John Wayne)
-Me pareció impresionante, a poco de empezar el film, el acercamiento de la cámara hacia el antiguo shérif cuando éste, respondiendo a Halley, que le había hablado de lo enormemente cambiada que estaba la ciudad, sentencia que “el desierto sigue igual”.
-Capté la amargura con la que el senador (James Stewart) asume esa frase final que le dicen: “Nada es demasiado para el hombre que mató a Liberty Valance”.
Y me gustó mucho lo que Tomas Delclós echó en cara, ya en el coloquio, al personaje de James Stewart: que le dijera a Halley que qué mal no haber visto nunca una rosa, sembrando en ella la comezón por ir a vivir al Este.

Desde la cocina, James Stewart observa la emoción de ella ante el obsequio de un cactus que le ha hecho John Wayne.

Sombras provocadas por la luz de una ventana.

Interior y exterior.

Dos espacios, dos cuerpos articulados, con una puerta como bisagra entre ellos.

Y más.
 

sábado, 15 de octubre de 2016

Los Visconti de Rafel Miret


Rafel Miret sabe de la vida y obras de Visconti lo que poca gente. Incluso ha hecho viajes a Italia con él como principal objetivo. Lo ha demostrado hoy con la sesión que ha preparado para los socios de la asociación cultural para los que programa. Ha sido a base de piezas documentales alrededor de "El Gatopardo", que ha finalizado con las fotos personales que hizo en esos viajes a las casas italianas de Visconti y utilizadas para la película.

Entre los documentales el muy interesante "Luchino Visconti" (Carlo Lizzani, 1999), que deja claro cómo se colabora en una biografía de este estilo cuando quien lo solicita es un realizador del nivel de Lizzani, quien aparece él mismo explicando sus recuerdos junto a muchísimos directores y actores que en algún momento colaboraron con Visconti en cine, ópera o teatro. Se suceden en el documental impagables declaraciones de Vittorio Gassman hablando de sus iniciales interpretaciones teatrales, explicando que era "un jovenzuelo con la raqueta en la mano", o un divertido Mastroianni confesando que se daba a la bebida para soportar los trajes emperifollados que le imponía el director para una obra de época. Y otras intervenciones varias, con las que saber, por ejemplo, que fue Visconti quien hizo que la Callas aprendiera a caminar.