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domingo, 27 de octubre de 2024

PedidosYa

El magnífico inicio de la película.

Javier García Pelayo, gallego propietario del local donde se reúnen los repartidores esperando pedidos.

No me gusta, y hasta detesto, el rap. ¡Pero de qué forma irrumpe en ese inicio de “PedidosYa” (Gonzalo García Pelayo, 2024), en uno de los mejores raccords que he visto últimamente!
Empieza la película con la imagen captada por una cámara baja, circulando avanzando sobre los adoquines de una calle (primera imagen), para, de repente, saltar a la imagen oscilante de un repartidor en su bicicleta sobre esos mismos adoquines, todo envuelto por un rap sobre su oficio en la banda sonora. Una forma excelente de transferir el punto de vista hacia el de esos chicos, bicicleta y bolsa en forma de cubo aislada térmicamente en ristre: ese será el mundo que, desde dentro, nos presentará la película.
Aquí en Barcelona, esa tropa, casi siempre bajo la insignia de Glovo, está copada por pakistaníes, sospecho que no por la intervención de mafias ni nada por el estilo, sino por ser el nivel más bajo de toda la escala social, quizás en pugna con los sub-saharauis que recogen hierros de los contenedores. Si alguna vez has observado un poco esos corrillos expectantes que se forman junto a locales que elaboran comida y has sentido curiosidad por saber cómo es su día a día, está puede ser tu película, aunque en ella se trate de argentinos -es verdad que también con una mano delante y otra detrás- de la potencia local que le da nombre, PedidosYa.
Las preocupaciones y estímulos que según el film mueven a esos chicos son lo obvio de hacerse con un poco de dinero, la propia bicicleta, el disfrutar con la compañía, soñar con un poco de sexo placentero, el fútbol como religión, rito y ceremonia, y el rap como expresión poética.
Todo eso lo vemos gracias a un leve hilo argumental, por el que el protagonista, uno de la tropa, tiene un más que improbable ligue con una clienta, estudiante de Historia que vive en Belgrano.
El oficio de los chavales da para numerosos travellings de acompañamiento en sus desplazamientos, y también para ver el corrillo que forman junto al establecimiento que regenta un gallego (Javier García Pelayo, uno de los más atractivos regalos de la película) que introduce en sus empanadillas un relleno más que sospechoso.
Hay, en mi opinión, otra escena muy buena en la película, que retrata un mundo que, no por casualidad, fascina a su director. Se trata de una tarde en La Bombonera, el campo de fútbol del Boca Junior, desde -lo mejor- los preparativos de una tarde de juego, las gradas vacías y su paulatina ocupación de un público aficionado, expectante, hasta el griterío casi orgásmico que provoca un gol local.
La película, que inicia un nuevo grupo de diez -¡y van tres- y sigue en los 70 minutos de todas sus últimas, acaba con un rap coral que me recuerda otros finales corales de GGP, como el de “Todo es de color” (2016).
Tirando la casa por la ventana, no sé con que mirada económica asociada, Gonzalo García Pelayo, que ya dejó sus primeras diez películas hechas en un año en Filmin (De las que recomiendo con convicción “7 Jereles”, “Tu coño” y “Dejen de prohibir, que no alcanzo a desobedecer todo”), dice tener intención de poner graciosamente a disposición en su web Cine Pelayo las diez que está realizando ahora (“Otro año, diez más”), y al menos así lo ha hecho ya con ésta, cuyo enlace adjunto:

Una tarde en la Bombonera.

Hasta el gol local.

E imagen del rap final coral.
 

viernes, 4 de agosto de 2023

Amigas en un camino de campo

Por una indiscreción de su productor general he podido ver “Amigas en un camino de campo” (Santiago Loza, 2022).
Su trama es extremadamente sencilla, de forma que no tengo que ir preguntando en su desarrollo quién es esa u ese otro, o cosas de ese estilo: Se trata básicamente de un paseo invernal de dos amigas que, a la vez, es una despedida. Primero parten para repartir unas hogazas de pan elaborado artesanalmente por una de ellas, luego en busca de un meteoro que ha caído por la zona.
Ellas dos no son sus únicos personajes. Están también la hija de la primera, una amiga con la que ésta se reencuentra, y otros vecinos que van también en busca del meteorito. De tanto en tanto, uno de los personajes lee de un viejo libro. En una ocasión la cámara nos muestra la portada de “Muchos poemas”, de Roberta Iannamico. He ido a mirar por internet, y se trata de una poeta que es de la zona de Argentina en la que creo que se ha efectuado el rodaje, con lo que es posible que cuando señalan hacia una casa, diciendo que es la de Roberta Iannamico, lo sea en realidad. Su poesía, pues, es también la protagonista del film.
Impresionan todo el rato los amplios espacios por los que se mueven, la cámara siguiendo a los personajes a una cierta distancia, aunque en ocasiones se vuelve una cámara cercana, atrapando entonces la vida vegetal y animal de la zona, el despierto riachuelo, incluso la actividad artesanal. Siguiendo el ejemplo de su productor, Gonzalo García Pelayo, Santiago Loza no desprecia la oportunidad de ofrecer la espectacular fachada monumental del cementerio por el que pasan las amigas.
Ellas pasean, por cierto, vestidas con anoraks de color azul una y carmín la otra, unos colores que, combinados en el encuadre, dan a veces la impresión de que nos encontremos ante un lienzo o fresco renacentista italiano.
Como cierran el círculo y se han hablado, una cierta plenitud las invade a ellas y a nosotros, sus espectadores. Los vecinos, en cambio, habían partido también en búsqueda del meteorito, una búsqueda que puede ser reflejo de la de otra cosa, indeterminada.




 

sábado, 25 de marzo de 2023

Siete Jereles en el In-Edit

Hoy, en el Festival In Edit, en los cines Aribau de Barcelona, Gonzalo García Pelayo presentará la última película que ha realizado con Pedro G. Romero, "Siete Jereles".
¿Alguien gusta de Jerez, de los caballos, del flamenco, del cine o incluso de los drones por una vez no reñidos con este último? Pues entonces yo no me lo perdería. Y además en pantalla grande.
Parece que por la web no hay ya entradas disponibles, pero dice él mismo que alguna seguro que sobrará a última hora. Si existe seguro que él procurará agenciarla para que el lleno corresponda a lo que se ofrece. Gran acontecimiento. Para mí una de las grandes películas del momento.
No hay ninguna descripción de la foto disponible.
 
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¿Recapitula Gonzalo Garcia-Pelayo y por eso le presenta “Siete Jereles” (Pedro G. Romero y Gonzalo Garcia Pelayo, 2022) retrocediendo por las calles de Jerez de la Frontera, mientras se cruza con gente que avanza normalmente? El caso es que vuelve, en ese año de rodar cine por todo el mundo, a Andalucía, a Jerez, y se envuelve, se arropa con sus músicas.
Caballos corriendo libres en penumbra, luces de la ciudad al fondo. Son los caballos jerezanos los que nos llevan al interior de sus calles, sus cascos resonando por los adoquines y otros pavimentos, mientras se presentan los títulos de crédito. Corte y aparece Jerez en el blanco y negro de un documental o programa (¿”Rito y Geografia del Cante”?) de por 1970. Y, sucediéndose con rapidez, vemos placas de calles jerezanas con nombres asociados al flamenco. Vaya por delante que mi abuelo era de Jerez de la Frontera. La conexión emotiva con la película, conseguida en sólo unos pocos, preciosos, minutos. Más tarde reflexioné sobre la sorpresa y emoción que se habría llevado si, en un ejercicio imposible con el tiempo, se la hubiera podido proyectar…
Esta mañana me he dicho que disponía de un momento para ver un trozo de “Siete Jereles” y así no retrasar más su visión esperando disponer de las dos horas que dura. Pero, una vez iniciada con ese espectacular encadenado de cosas que presenta, ¿a ver quién es capaz de dejarla a mitad? La he visto hasta el final, retrasando todo lo demás.
Gonzalo continúa caminando hacia atrás y, como el avance de los siete caballos sigue, ves claro que se producirá el encuentro, que tiene lugar en la Peña La Bulería. Allí José de los Camarones -el que tan bien sabe anunciar el género en venta- inicia los cantes e interpretaciones musicales -hay hasta guitarras eléctricas- que van sucediéndose en una continuidad perfecta durante todo el resto de la película.
Reconforta ver cómo tiene lugar ese encadenado, con una cámara que se mueve continua, pero majestuosamente. Ahí, al principio, ves al cantaor y la cámara te lleva a otros… que acabando su intervención se levantan y tienen una salida grupal del edificio en el que estaban que me ha recordado a cómo salen del estudio todos sus ocupantes al empezar “Annette”. Más adelante, por ejemplo, ¡cómo irrumpe la cámara en el teatro y entran en juego las tres chicas violinistas y el contrabajo para seguir más tarde con otros en ese mismo espacio! O, avanzado ya el film, saliendo de otro de los increíbles escenarios -una iglesia con su dorado retablo iluminado- atravesar la cámara en retroceso (como GGP, si bien aquí da la impresión de que es, más que nada, para adquirir perspectiva) su portal e ir pasando sin frenar del cante de uno a otro cantaor que van apareciendo y siendo dejados atrás en su camino, hasta que unos truenos anuncian un cambio de tercio, que se materializa con la lluvia posterior, en una de las opciones de ese montaje realizado por Sergi Dies, de quien supe por vez primera como montador de Joaquín Jordá. En resumen: una serie de tours de force escenográficos como para que ya nadie pueda decir que, de esa manera, es fácil hacer 10+1 películas en un año: todo lo contrario.
¿Va la cámara siempre en retroceso? No, porque hace otro tipo de movimientos, pero nunca se tiene la sensación de una cámara incisiva, que te quiere obligar a ver esto o aquello. Todo parecen encuentros fortuitos, felices encuentros a los que lleva el azar, en una noche fantástica, que tiene ese halo de irrealidad que suelen acarrear las noches acertadas.
Otro protagonista de la función es el dron, que eleva la cámara hasta contemplar -siempre de noche, recuérdese- los patios con vida, iluminados, de la ciudad. Seguramente consciente de las críticas que muchos ponemos al uso excesivo del dron últimamente, una escena de la que no puedo evitar ver su ironía nos presenta una ceremonia de ascensión a los cielos de uno de esos aparatejos, ante las alabanzas casi a capela del coro que luego oímos, pero vemos quedarse en el patio desde el que ha ascendido, tomados desde la cámara del mismo dron en cuestión.
Los siete jereles corresponden a los siete aspectos de Jerez presentados por la película , que aparecen anunciados en siete carteles numerados. Pero hay también uso de frases para acentuar algo, a las que tan aficionadlo es Gonzalo Garcia Pelayo, aquí concentradas en intertítulos de fondo rojo. Una, por ejemplo, es ésta que he anotado:
“En todas las partes del mundo
sale el sol cuando es de día
y a mí me sale de noche
Hasta el sol va en contra mía”
Está colocada tras la aparición de los dos hermanos Garcia-Pelayo, Gonzalo y Javier, quienes, recordando y paseando por Jerez, llegan a la casa de su infancia.
Quizás haya que recalcar otra vez que la noche es otra de las grandes protagonistas de la velada, pues nada está rodado de día. Pasean por la noche hasta las que se confiesan diurnas, mientras un letrero recalca:
“El sol cuando es de noche”
También va la cámara en retroceso cuando pasa entre los miembros de la banda municipal en formación, bajo unos soportales, seguramente improvisados ante la aparición inesperada de la lluvia. Y, en ese momento, viendo los rostros de los diferentes músicos de la banda tocando, me he imaginado la ilusión que les hará verse (y que les vean los suyos) en una película que será ya para siempre la película de Jerez.
Más cosas: nombres. La película está firmada por Gonzalo Garcia-Pelayo y Pedro G. Romero, quien hace un cortísimo cameo y además es quien firma el guión. Está, desde luego, emparentada con otra hecha por ambos al alimón, “Nueve Sevillas”, con lo que ya tiene película GGP de sus dos ciudades andaluzas, o de las tres, pues también está, aunque diferente, “alegrias de Cádiz”. Viendo “Siete Jereles” y su perfección visual, creo que es de justicia también destacar el nombre de su director de fotografía, Alex Catalán.
Poco frecuentador de actuaciones de flamenco, la película me ofrece la oportunidad -la suerte- de conocer a gente como Diego Carrasco, en este caso rodeado de lo que me recuerda a los comparsas estilo carnaval de Cádiz. O a muchos otros para mi anónimos artistas, que cantan cosas como ésta:
“Hay estrellitas del cielo
que yo las cuento y no están cabales.
Faltan la tuya y la mía
Que son las principales”
Viendo, por el final, en lo que un intertítulo señala como “la noche de los proletarios”, a un modesto y sorprendente cantaor y bailarín, allí evolucionando pegado a la puerta de una casa, recupero el lápiz y, yendo a la impresión global causada, escribo:
Un monumento.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Siete Jereles



Un peliculón, del mejor cine del año pasado, sobre Jerez y el mundo del flamenco podrá verse en el Aribau el próximo sábado. Gratuito hasta agotarse las localidades en el enlace de abajo.


https://es.in-edit.org/siete-jereles/?utm_source=sendinblue&utm_campaign=In-Edit%202023%20-%20Siete%20Jereles&utm_medium=email&fbclid=IwAR3d3YeHYWieOr0gx-xOJtX8qVmLI0ASl84JllfPCqsUmTsXFRMu3AxzqwY

sábado, 12 de noviembre de 2022

Siete Jereles


¿Recapitula Gonzalo Garcia-Pelayo y por eso le presenta “Siete Jereles” (Pedro G. Romero y Gonzalo Garcia Pelayo, 2022) retrocediendo por las calles de Jerez de la Frontera, mientras se cruza con gente que avanza normalmente? El caso es que vuelve, en ese año de rodar cine por todo el mundo, a Andalucía, a Jerez, y se envuelve, se arropa con sus músicas.
Caballos corriendo libres en penumbra, luces de la ciudad al fondo. Son los caballos jerezanos los que nos llevan al interior de sus calles, sus cascos resonando por los adoquines y otros pavimentos, mientras se presentan los títulos de crédito. Corte y aparece Jerez en el blanco y negro de un documental o programa (¿”Rito y Geografia del Cante”?) de por 1970. Y, sucediéndose con rapidez, vemos placas de calles jerezanas con nombres asociados al flamenco. Vaya por delante que mi abuelo era de Jerez de la Frontera. La conexión emotiva con la película, conseguida en sólo unos pocos, preciosos, minutos. Más tarde reflexioné sobre la sorpresa y emoción que se habría llevado si, en un ejercicio imposible con el tiempo, se la hubiera podido proyectar…
Esta mañana me he dicho que disponía de un momento para ver un trozo de “Siete Jereles” y así no retrasar más su visión esperando disponer de las dos horas que dura. Pero, una vez iniciada con ese espectacular encadenado de cosas que presenta, ¿a ver quién es capaz de dejarla a mitad? La he visto hasta el final, retrasando todo lo demás.
Gonzalo continúa caminando hacia atrás y, como el avance de los siete caballos sigue, ves claro que se producirá el encuentro, que tiene lugar en la Peña La Bulería. Allí José de los Camarones -el que tan bien sabe anunciar el género en venta- inicia los cantes e interpretaciones musicales -hay hasta guitarras eléctricas- que van sucediéndose en una continuidad perfecta durante todo el resto de la película.
Reconforta ver cómo tiene lugar ese encadenado, con una cámara que se mueve continua, pero majestuosamente. Ahí, al principio, ves al cantaor y la cámara te lleva a otros… que acabando su intervención se levantan y tienen una salida grupal del edificio en el que estaban que me ha recordado a cómo salen del estudio todos sus ocupantes al empezar “Annette”. Más adelante, por ejemplo, ¡cómo irrumpe la cámara en el teatro y entran en juego las tres chicas violinistas y el contrabajo para seguir más tarde con otros en ese mismo espacio! O, avanzado ya el film, saliendo de otro de los increíbles escenarios -una iglesia con su dorado retablo iluminado- atravesar la cámara en retroceso (como GGP, si bien aquí da la impresión de que es, más que nada, para adquirir perspectiva) su portal e ir pasando sin frenar del cante de uno a otro cantaor que van apareciendo y siendo dejados atrás en su camino, hasta que unos truenos anuncian un cambio de tercio, que se materializa con la lluvia posterior, en una de las opciones de ese montaje realizado por Sergi Dies, de quien supe por vez primera como montador de Joaquín Jordá. En resumen: una serie de tours de force escenográficos como para que ya nadie pueda decir que, de esa manera, es fácil hacer 10+1 películas en un año: todo lo contrario.
¿Va la cámara siempre en retroceso? No, porque hace otro tipo de movimientos, pero nunca se tiene la sensación de una cámara incisiva, que te quiere obligar a ver esto o aquello. Todo parecen encuentros fortuitos, felices encuentros a los que lleva el azar, en una noche fantástica, que tiene ese halo de irrealidad que suelen acarrear las noches acertadas.
Otro protagonista de la función es el dron, que eleva la cámara hasta contemplar -siempre de noche, recuérdese- los patios con vida, iluminados, de la ciudad. Seguramente consciente de las críticas que muchos ponemos al uso excesivo del dron últimamente, una escena de la que no puedo evitar ver su ironía nos presenta una ceremonia de ascensión a los cielos de uno de esos aparatejos, ante las alabanzas casi a capela del coro que luego oímos, pero vemos quedarse en el patio desde el que ha ascendido, tomados desde la cámara del mismo dron en cuestión.
Los siete jereles corresponden a los siete aspectos de Jerez presentados por la película , que aparecen anunciados en siete carteles numerados. Pero hay también uso de frases para acentuar algo, a las que tan aficionadlo es Gonzalo Garcia Pelayo, aquí concentradas en intertítulos de fondo rojo. Una, por ejemplo, es ésta que he anotado:
“En todas las partes del mundo
sale el sol cuando es de día
y a mí me sale de noche
Hasta el sol va en contra mía”
Está colocada tras la aparición de los dos hermanos Garcia-Pelayo, Gonzalo y Javier, quienes, recordando y paseando por Jerez, llegan a la casa de su infancia.
Quizás haya que recalcar otra vez que la noche es otra de las grandes protagonistas de la velada, pues nada está rodado de día. Pasean por la noche hasta las que se confiesan diurnas, mientras un letrero recalca:
“El sol cuando es de noche”
También va la cámara en retroceso cuando pasa entre los miembros de la banda municipal en formación, bajo unos soportales, seguramente improvisados ante la aparición inesperada de la lluvia. Y, en ese momento, viendo los rostros de los diferentes músicos de la banda tocando, me he imaginado la ilusión que les hará verse (y que les vean los suyos) en una película que será ya para siempre la película de Jerez.
Más cosas: nombres. La película está firmada por Gonzalo Garcia-Pelayo y Pedro G. Romero, quien hace un cortísimo cameo y además es quien firma el guión. Está, desde luego, emparentada con otra hecha por ambos al alimón, “Nueve Sevillas”, con lo que ya tiene película GGP de sus dos ciudades andaluzas, o de las tres, pues también está, aunque diferente, “alegrias de Cádiz”. Viendo “Siete Jereles” y su perfección visual, creo que es de justicia también destacar el nombre de su director de fotografía, Alex Catalán.
Poco frecuentador de actuaciones de flamenco, la película me ofrece la oportunidad -la suerte- de conocer a gente como Diego Carrasco, en este caso rodeado de lo que me recuerda a los comparsas estilo carnaval de Cádiz. O a muchos otros para mi anónimos artistas, que cantan cosas como ésta:
“Hay estrellitas del cielo
que yo las cuento y no están cabales.
Faltan la tuya y la mía
Que son las principales”
Viendo, por el final, en lo que un intertítulo señala como “la noche de los proletarios”, a un modesto y sorprendente cantaor y bailarín, allí evolucionando pegado a la puerta de una casa, recupero el lápiz y, yendo a la impresión global causada, escribo:
Un monumento.


 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Tu coño



Segunda entrega de parte de la increíble serie de películas que se ha marcado en el límite de un año Gonzalo Garcia-Pelayo. En esta ocasión la entrega supone dos películas, a sumar por el momento a las (¡sólo!) seis previas.
Dejo “para más adelante” la visión de “Mi coño”, la anunciada película porno del pack, en prevención de que me resulte intragable, optando pues por “Pensamiento insurrecto”.
Al empezar a verla confirmo que Agapito Maestre, el filósofo que diserta durante los 74 minutos que hace durar GGP a todas las piezas del conjunto, es el que recordaba de sus apariciones ahora no sé si en el programa de cine de Garci o en el cultural de Sánchez Dragó, el caso es que sin que me cayera nada bien, con su sonrisa -que no sé si es un rictus- autosuficiente. Será por esta aversión personal, será por lo que sea, pero esta larga perorata en la que teóricamente Agapito diserta sobre todo lo divino y lo humano, que luego ves que se reduce a tres o cuatro ideas redundantes, sin que los dos acólitos situados en cuadro consigan en ningún momento (si acaso llegan a exteriorizar también ellos sus obsesiones) reconducir el flujo de citas hacia una necesaria profundización. Y sin esa necesaria profundización, esas superficiales ideas, con las que explicadas certeramente y en profundidad puedo llegar a coincidir, me resultan sólo una apología política de oposición. Así las cosas, ¿qué le diré a Gonzalo? -me pregunto.
Es entonces cuando pongo en circulación, perdida toda esperanza, “Mi coño” y sorprendentemente, desde el primer momento veo que me resulta la más sugestiva de todas las de la hazaña 10+1 que he visto hasta el momento, dicho sea sin ninguna ironía debido a su tema: la continua y explícita jodienda abarca la mayoría de su metraje.
Es en ella en la que se aprecian, desde un primer instante, las más variadas e imaginativas ideas de puesta en escena, con la aparición de la voz en off del director dando precisas instrucciones, la utilización de monitores que reproducen tomas previas en el propio cuadro, de pantallas múltiples, la aparición de anunciados o no anunciados “visitantes” que irrumpen durante la función para, a la par que ejercen de mirones, recitar sus sensaciones en lo que constituye una notoria antología sobre el goce amatorio, o de los actores leyendo unos diálogos banales de su teórico papel en el film en rodaje, o insertando un par de interludios en las que el actor le hace una encuesta rápida a la actriz, con ese maravilloso silenciado final del segundo “juego” (que así los titulan) en el que la actriz va dando en sus respuestas informaciones suficientes para encuadrar la película también en la nómina de las que facilitan una posible justificación social a la práctica de ciertos trabajos relacionados con el sexo.
Como en todas las películas de las del grupo de 10+1 y muchas de las otras dirigidas por Gonzalo García-Pelayo, en la pantalla surgen unas sobreimpresiones que recalcan palabras o frases destacadas de lo que se oye en la banda sonora y, en ella especialmente, una preciosa musica, interpretada en varias ocasiones en directo en la habitación de los actos, te hace plantearte si no estarás asistiendo a un completo tratado filosófico sobre el dulce vivir.
También habría que decir que, si todos estos positivos efectos se logran es gracias a haber dado con Macarena Lewis, quien encarna maravillosamente en todo su cuerpo y alma su personaje.
Así que una me compensa con creces a la otra, y espero que Gonzalo no se tome así a mal mi reacción.





 

martes, 12 de julio de 2022

Las 6 primeras de las 10+1 de García-Pelayo

“Dejen de prohibir, que no alcanzo a desobedecer todo”, la que, a fin de cuentas más fresca y con más puentes tendidos a las películas anteriores de Garcia-Pelayo me ha resultado.

La imagen nocturna de esa nueva parte construida de Nursultán, la antigua Astana, por donde se pasearán reflexionando nuestros protagonistas, en duelo por una desaparición, haciendo un casting para conocer bien el futuro. Lo que pasa es que a mí me lleva a huir de ese futuro, donde premia una dudosa estética y el frío vacío.

Una imagen light de “Así se rodó Carne Quebrada”.

No me he dado el atracón que se han dado Gonzalo García-Pelayo y parte de su equipo preparando, rodando y luego terminando (en éstas están ahora) sus 10+1 películas del año, sino que únicamente he visto las seis primeras ya acabadas por completo y aun así ando como un alma en pena, pasándome por la cabeza sus imágenes y sonándome con insistencia alguna de sus músicas, como un mantra. No puedo imaginar lo que puede haber supuesto, estar suponiendo, todo esto para ellos.
Visto lo visto, y aunque aún me quede para la visión total casi la mitad de los films del paquete, intento ahora una mirada buscando una comprensión global. Que creo válida, porque estas seis películas ya vistas están, me parece, más cerca del proyecto inicial, que se planteaba como de 7 (he ahí un número que seguro no era casual…) + 1.
Y me parece que, más allá de las preferencias o decepciones de cada uno con cada pieza, es lícito y necesario contemplarlas así, como piezas de un conjunto.
Todas y cada una de ellas, corroborando lo anterior, duran 70 minutos (un 7 y un 0). Conociendo la querencia de su director por las matemáticas, apuesto lo que sea a que en su planteamiento dio rienda suelta a la combinatoria, una rama de esa ciencia que tengo más que olvidada, pero que seguro que ha tenido en cuenta para establecer el completo abanico que previó ofrecer. Combinaciones (más que variaciones, porque en este caso el orden afecta, pero de otra forma) de m elementos (m de muchos, pero muy lejos de lo habitual en una producción media de por aquí) sin repetición (aunque en una ocasión ahora no sé si es José de los Camarones se multiplica), tomados (principalmente) de dos en dos.
Porque son las parejas y las dobles parejas lo que más se da entre y en las diferentes películas. Hay dos películas ambientadas por el sur de la India, un actor principal suele trabajar en un par de películas, se podrían emparentar las de una narradora en off con acento extranjero y todo de cosas de este estilo.
Trazos genéricos para la totalidad también pueden encontrarse. Entre éstos, los mensajes y subrayados escritos, las conversaciones que intentan profundizar en los sentimientos personales, la frecuente utilización del dron (supongo que como medio eficaz y económico), escenarios naturales muy buscados correspondientes a sitios espectaculares pero no excesivamente conocidos, la detectable presencia de una forma o de otra en pantalla del equipo de cine que está rodando la película, las coplas y las músicas, la idea del caleidoscopio (visible tal cual en Diario Tamil) y, en general, las ganas, la curiosidad por conocer y sentir más.
Otras reflexiones que me han bailado por la cabeza corresponden a películas concretas.
Así, viendo “Ainur”, la que empieza con la espectacular imagen nocturna del nuevo Nursultán (imagen), me dije que quizás obedeciera al deseo de Gonzalo Garcia-Pelayo de recordar a alguien desaparecido de su vida, pero no acudiendo a revisar el pasado, sino por el contrario buscando respuestas en el futuro, en una ciudad completamente nueva (y que, personalmente, por lo ahí visto no me convence en absoluto y más bien me asusta, como a uno de los personajes).
Creo que es Javier García-Pelayo quien en un momento de “Así se hizo Carne quebrada” la compara con “Frente al mar”, película que combinaba las escenas de jodienda con las de reflexión filosófica. En ella era un caserón y la playa de Chiclana el único escenario, mientras que la actual combina escenarios naturales de España y Portugal de los más espectaculares (la costa en Zambujeira, el embalse de Bolarque o esa inacabable escalera de Lamego), pero prefiero mil veces ese delicioso acento y la frescura de las chicas de “Frente al mar”, que tengo grabados en la mollera desde el momento en que se estrenó, que los ejercicios sexuales que, sin tapujos, se muestran ahora.
La siguiente es un “Alma quebrada” que se muestra como tal por sus sentidas canciones, alternando lugares del recuerdo con serenos ambientes y paisajes. Es en ésta donde se oye en su banda sonora que “la historia es lo de menos. Lo que importa es la emoción”, algo que, me digo yo, podría valer como lema de todas. Una más que da a conocer parajes naturales y urbanizados impresionantes, como la plaza de Tembleque o la extrañísima de Arévalo.
“Chicas en kerala” se inicia, documental puro en ficción pura, captando la ajetreada calle urbana y sus sonidos desde un coche en el que figuran ir nuestras protagonistas, registrando esa primera impresión que tanto marca. Con rincones de la India vistos como nunca, la nieta de Gonzalo Garcia-Pelayo, que es una lástima que por edad no recordara nada de todo eso con lo que ha convivido durante el rodaje, durmiendo con un chupete en el que está escrita la palabra “amor”, uno de los leit motiv de la serie entera. Es la película en la que más se siente eso del agua del río fluyendo, como la vida.
Por último, “Diario Tamil”, que arranca con Gonzalo Garcia-Pelayo con sueño atrasado en su silla de director, luego mostrando esa enorme roca sagrada… y sus temibles escaleras. Es la que he visto como más de pie a tierra, sin planos de dron que son frecuentes en las demás, no sé si por una limitación forzada o voluntariamente. Con o sin hierba ingerida, la presencia de la música india, los 108 pasos claves de los mantras.


Y una llena de serenidad de “Alma quebrada”, con sus cuatro protagonistas en cuadro.

Los parajes recorridos en “Chicas en Kerala”.

Las dos protagonistas (una de esas parejas, en transmisión continua) y Darío (Javier García-Pelayo, quien se quedará abajo ante la primera escalera), encaminándose hacia la roca sagrada al principio de “Diario Tamil”