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sábado, 14 de febrero de 2026

The outsider


Ni en la esfera del trabajo (primero enfermero, siempre violinista o enredado con cosas de música) ni en la sentimental (una mujer con la que ha tenido un hijo, aunque todos dudan de su paternidad, y otra con la que se casa), ni en la de la amistad (con relaciones llenas de enfrentamientos) puede decirse que el protagonista de “The outsider”, una de las primeras películas (1981) de Bela Tarr, tenga una vida bien encaminada.
De hecho, lo único que tienen continuidad en su vida y en la película (visible en Filmin), llegando siempre a buen término, son las piezas musicales, la mayoría interpretadas por él y/o otros en directo, de principio a fin.
Tarr, precisamente, acaba la función, por acabarla de alguna forma, en un local de banquetes, pasando la atención desde su encuentro con su pareja a unos invitados protocolarios del mundo comunista en el que se desenvuelve el país que, como no podía ser de otra forma, acaban interpretando una pieza musical mientras desfilan los títulos de crédito.






 

sábado, 29 de marzo de 2025

Bela Tarr en el D'A

1. Llegando al Teatre CCCB

Pere Alberó y Carlos R. Ríos

Pere Alberó, intentando explicar que es lo que trasmitió la escena de la primera película de Tarr que vio, y su cine en su totalidad.

Enseñando el galardón. Una tontería, pero acudió contento a su contacto con el público.


Festival D’A -2
No había visto nunca a Bela Parr en directo, pese a que ha estado por aquí varias veces dando clases o cosas así, y no me quería perder la oportunidad que ofrecía el festival de asistir a una entrevista con el que Pere Alberó (que lo ha albergado en la ECIB dando juego a sus alumnos durante toda una semana) ha señalado como “el mejor cineasta vivo de la actualidad”, con motivo de entregarle el recién creado premio de honor del D’A.
Está viejo Bela Tarr. Va renqueante, ayudado con un bastón sus ahora finitas piernas, y luego hemos visto que está muy sordo y tiene un temblor preocupante de manos al sujetar y servirse de una botella de agua, pero eso no quita la jovialidad animosa con la que me (nos) ha saludado al llegar al Teatre CCCB:
-Hellow, boys!
Le he podido hacer unos segundos antes la primera foto gracias a que unos amigos me han dejado colarme en una buena posición en una cola que media hora antes de la cita ya era notoriamente larga. Gracias a ello he podido luego gozar viéndolo y oyéndolo desde una ventajosa tercera fila, la de las fotos siguientes, sacadas en medio de una muy limitadora luz.
Carlos R. Ríos, director del festival ha pasado la palabra a Pere Alberó, que lo ha presentado con las palabras de antes, recordando la primera escena que vio de Tarr (un persistente plano de los suyos, en los que unas vagonetas aéreas mineras iban pasando, con el correspondiente sonido, los postes de sujeción, hasta que el lento movimiento de retroceso de la cámara nos deja ver que todo ese circular es observado por alguien desde una cabina), plano que le convenció de estar viendo la obra de un director singular, y resumiendo la sensación que le causa su cine con la palabra ‘misterio’. Poco después subía Tarr al escenario, recibía el premio, se sentaba junto a un joven alumno que le iba a entrevistar, se apagaron las luces y se pasó un impresionante travelling de “La condena” (la misma película que la indicada por Alberó) en la que la cámara ve cómo se impregna de la humedad de la lluvia un muro, resigue luego éste hacia la derecha y en su movimiento va dejando ver todas las diferentes texturas de la pared exterior de esa casa, un conjunto de personas apelotonadas mirando hacia el exterior -cuelgo alguna de sus imágenes- y una ventana con, en su repisa, una copa de cerveza que va aguándose con lo que cae del cielo, todo ello acompañado en la banda sonora con una pachanguera música de baile.
Lo que más me ha gustado de la proyección de la escena ha sido ver cómo Bela Tarr, sentado de perfil, casi sin ver la pantalla, iba siguiendo casi imperceptiblemente, pero de forma significativa, el ritmo de la música que puso a la escena con su pie. También he hecho una foto, y otra intentando un primer plano del pie, en un gesto inútil por no tratarse de vídeo y no admitir mi tableta zooms sin perder un montón de definición. Pero vaya…
Tras esto ha llegado la larga entrevista con Tarr, a quien le han ido preguntando pormenorizadamente por cómo afrontaba cada una de las fases de la realización de una película.
No eran, creo yo, las preguntas a las que quería contestar el director, ya un poco más allá de todo y a quién, sin embargo, sí que se le veía sumamente interesado en transmitir, en hacer llegar emociones a los que le oían. Lo mismo que intentan sus películas: hacer vibrar un poco, emocionar a sus espectadores.
Ha definido su cine como el producto de la necesidad de compartir: “Muestro lo que siento, lo que veo, porque creo que es importante para vosotros también. Algo que no pasa con la gente de Vanity Fair”. Su mayor objetivo, el de luchar por la dignidad humana.
Y ha repetido en cada una de sus contestaciones, que ha dirigido a los jóvenes cineastas que habían ido a oír su “clase magistral” (aunque lo ha hecho exhaustivo a los que quieran dedicarse a la Arquitectura, o a lo que sea) que lo más importante es que sigan y usen su propio lenguaje, aprendiendo a vivir primero.
Ha arrinconado el guión como algo necesario para bancos, inversores, pero despreciándolo como “sólo papeles”. Ha rebajado la importancia que se le da a las historias, diciendo que ya no hay historias nuevas, que un director no necesita historias, que dejar ver un trozo de pared es también una historia. Y ha dicho que acude a los rodajes, es verdad que con una lista de situaciones, a captar las personalidades y la vida.
Ha hablado de la importancia, sí, de Lázló Krasznahorkai, un magnífico escritor con el que ha colaborado,… pero subrayando que lo suyo es “otro lenguaje”.
Admitiendo que el casting es una cuestión clave, ha puesto a su nivel, sino superior, la de las localizaciones, que son siempre, o han de serlo, significativas. Ha dicho cosas parecidas sobre la música que le proporciona su músico habitual que las que suele decirnos Conrado Xalabarder: que su músico muestra tener sus mismos ideas sobre los sentimientos que se quieren hacer alcanzar y que, en este sentido, un buen músico es para él un buen cineasta.
Cuando, en esa cansina escalera de funciones, ha llegado el turno al montaje, simplemente ha recordado lo que le oyó decir -él muy joven- en una ocasión, de que el verdadero director monta rodando, y recordando a continuación en cambio cómo eran sus tres últimas películas, con cortes de plano continuados.
No podían faltar preguntas sobre el digital y la película de 35mm, que es la que ha empleado. Del digital ha concedido que puede ser una buena ayuda para aprender, pero luego, “una mierda” (sic). Que no entiende eso de utilizar el digital como falso cine. Que lo que debieran hacer es inventar y usar su propio lenguaje.
En resumen, ha repetido un consejo a esos eventuales nuevos cineastas: que sean libres, sin guión, sin límites y que se joda la industria. Y que nunca se hagan profesionales.
Al salir, le hemos visto ir con su joven acompañante hasta el sol. Allí se ha parado, le han puesto una silla y se ha sentado a disfrutarlo un poco. He hecho, una vez más, de paparazzi, captando el momento.
Nos hemos ido agradecidos y emocionados de haber podido oírlo hablar, pues es un gran hombre, lleno de sensatez y buen espíritu, pero algo chocados al comprobar que no parece haber en las jóvenes generaciones, entre los estudiantes de cine actuales, auténticos cinéfilos (en el buen sentido de la palabra, como la utilizaba Serge Daney, el de “cine-hijos”), y se muestran sólo preocupados en adquirir un supuesto manual de cómo deben practicar su futuro oficio. Así íbamos dialogando por la calle dando vueltas a esa idea cuando nos ha llamado Xavier Juncosa, que resulta también había estado asistiendo a la sesión, y nos ha venido con esa exacta reflexión. Vamos, que somos de otra generación.

Proyectándose un travelling de “La condena”, con música sonando teóricamente en el bar del interior.

Y zoom al pie que Tarr iba moviendo suavemente al ritmo.




Las vagonetas mineras de”La condena”

La condena

La condena

Sentado al sol.
 

domingo, 19 de febrero de 2023

La condena




“La condena” (Bela Tarr, 1988; en Filmin) se inicia con una ventana, pero, como ya tenemos efectuados y ordenados los extractos de su primera sesión, que dedicamos precisamente a ventanas, no incluiremos en este ciclo de Ombres Mestres:
Su primera imagen nos ofrece la visión de un paisaje panorámico bastante desolador: unas torres similares a las de alta tensión soportan unos cables que, en vez de electricidad, conducen unos contenedores se supone que llenos de un mineral recién extraído (primera imagen). El plano es lo suficientemente largo -especialidad de la casa- como para dejarnos calcular, a base de sus repeticiones, el momento en el que un estrepitoso ruido, que debe corresponder al momento en el que el contenedor pasa por la torre, se apoderará, una y otra vez, de la banda sonora.
Poco después, un casi imperceptible movimiento de cámara se inicia. Se trata de un retroceso, que hace que el paisaje que estábamos contemplado quede enmarcado por una ventana (segunda imagen). Pero el movimiento no se acaba ahí, sino que sigue, dejando ver la silueta de un hombre fumando, informándonos, pues, de que era él quien estaba observando ese paisaje a través de la ventana (imagen 3).
Hay un corte, dejando ver entonces una pared en primer plano. Se mueve a continuación la cámara lateralmente, para que observemos la cara de un hombre -seguramente, pues, el de antes- afeitándose con una navaja. Oímos el persuasivo sonido de la navaja sobre su rostro y como corre el agua del grifo. Pronto descubrimos que estamos viendo su imagen en el espejo de un baño. De estar contemplando un paisaje que sólo presentaba un movimiento interior repetitivo, rítmico, pasa a contemplarse a sí mismo.
El plano siguiente nos lo sitúa bajando la escalera de su edificio. En un rellano arde algo, quizás una bandeja de cartón con no se aprecia bien qué contenido, a lo que apenas si dirige una breve mirada. Somos nosotros los que, gracias a que la cámara se ha quedado fija, vemos cómo casi se extinguen las llamas, mientras oímos las pisadas del hombre, que ha seguido descendiendo la escalera, y ya se ha perdido de vista.
Oímos el cierre de una puerta (pensamos, pues, que ya debe encontrarse fuera) y al poco rato lo vemos efectivamente en el exterior, quieto, tras una pared, observando sigilosamente a una pareja -¿padre e hija?- acercarse a un coche que se encuentra al otro lado de la destartalada plaza.
Cuando el coche se pone en marcha con sus nuevos pasajeros ya dentro y desaparece por la derecha, la cámara, solo reposicionándose ligeramente, deja que el hombre, con su impermeable totalmente mojado por sus hombros, se aleje, cruzando la plaza y oyendo nosotros el característico ruido de sus zapatos pisando tierra mojada, para entrar en el bloque de pisos del lado opuesto.
El plano siguiente deja de ser un plano general, para ser un plano corto: una sonriente mujer, en el quicio de su puerta, ve como el hombre, en escorzo, le exige:
-¡Déjame entrar!
-¡No! -contesta ella.
-¡Déjame entrar!- dice él, más susurrante.
-He estado pensando mucho… -contesta ella.
En este momento, transcurridos solo ocho minutos y veintitrés segundos de la película, he apagado el monitor. Hay en estos pocos minutos mucho más cine cuidadosamente planificado que lo que se puede ver por el monitor en días enteros, y hay que dosificarlo e irlo digiriendo muy bien, a plena capacidad, sintiendo hondamente cada movimiento de cámara, cada respiración de su banda sonora. No todos los días da uno con un Bela Tarr no visto hasta el momento.



 

sábado, 11 de agosto de 2018

Bergman, Tarr y Tarkovski


Viendo "La Vergüenza" el otro día, en un par de momentos suyos confirmar su influencia, haber servido de referencia en escenas de "El caballo de Turín" de Bela Tarr (no encuentro imágenes de la huida final de los dos personajes, que casaría perfectamente con la huida final de la pareja de "Pasión", por lo que pongo la imagen que salió en el cartel del film, de una idéntica estética) y "Sacrificio" (la casa quemada) de Tarkovski. Para completar la evidencia, extiendo el emparejamiento a todo Bergman, con a la pugna con el arbolito en esta última película con la de "El manantial de la doncella".


Esto podría extenderse a cantidad de películas y realizadores. Basta pensar en Woody Allen...