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viernes, 22 de agosto de 2025

La hija del Corsario Negro


En busca de comedias italianas antiguas para mí desconocidas, que me están dando más disgustos que alegrías, he visto de carambola “Yolanda, la hija del corsario negro” (Mario Soldati, 1953, basada en una novela de Emilio Salgari), que no es una comedia, sino una película de aventuras de esas que iban que ni pintadas como elemento de programa doble de los jueves por la tarde estivales de mi infancia.
Los buenos son los valerosos corsarios que a las órdenes de la corona británica se apoderaban del botín que obtenian de los mercantes españoles. El malo rematado es el Conde de Medina, pérfido gobernador de Maracaibo, quien en su día asesinó al padre -el Conde de Ventimiglia, alias El Corsario Negro- de la protagonista.
Las aventuras se suceden sin descanso de principio a fin, hay bailes palaciegos, combates de espadachines y varias peleas corales, en los que todos los actores participantes hay aprendido con aplicación a simular tres movimientos. May Britt (que acabó de ver que aún vive, y tiene 91 años) hace de Yoli, la hija del Corsario Negro, y luce en casi todos los planos del film su cara sonriente.
Supongo que habría sido (¿o fue?) la segunda -la buena- de uno de esos programas dobles mencionados. Pero si hubiera sido la primera no pasaba tampoco nada. Habría salido en el descanso, emocionado, corriendo y dando saltitos como si de uno de sus protagonistas se tratase, para comprarme un anís de esos gordos del bote que había en Can Cors. Me duraba en la boca durante toda la película de la segunda parte.





 

lunes, 16 de octubre de 2023

Retratos de cineastas desde la edad de Monicelli




Una de las (pocas) cosas buenas que tiene la edad es que a quien la sufre ya no le importa nada hablar sin pelos en la lengua.
En este sentido, se nota mucho que Goffredo Fofi pescó a Mario Monicelli en un momento ejemplificador de esta etapa cuando conversó con él para el librito “Con il cinema non si scherza” (Cineteca di Bologna, 2011), que estoy leyendo. No es que se ponga a atacar con mala sangre. Simplemente comenta lo que pensaba de verdad y, así, por ejemplo, establece como quien no quiere la cosa unos retratos muy curiosos de una serie de directores de la época, de los que extraigo alguna frase definitoria:
-Gustav Machaty (que se ve que antes de ir a Estados Unidos se cuarteó un poco en la Italia fascista):
“A veces le cogía algo y gritaba: ‘¡Basta, cerrar todo, apagar todo!’ Y el teatro quedaba sumido en la oscuridad, toda la troupe y todos los presentes debíamos quedarnos quietos y en silencio en la oscuridad y él se sentaba en una silla, pero con los pies que no le tocaban al suelo, y se ponía a pensar, y quien sabe qué pensaba, hasta que después de algunos minutos -pero los minutos son largos en la oscuridad- hacia volver a encender las luces, había tenido la inspiración.”
-Mario Camerini:
“El pobrecito decía ‘Yo era antifascista’, y enseguida salía quien replicaba: ‘¡Sí, pero has hecho ‘Il grande apello!’ Hasta él, que había sido antiheroico y antiretórico siempre, que hacía historias de gente común y daba de la burguesía una visión crítica en films como ‘Il signor Max’.”
-Mario Soldati:
“Sobre todo era un literato. (…). Era un hombre muy divertido, un personaje curioso porque era un masoquista, le gustaba que le tratasen mal, que se burlaran de él, que las cosas le terminasen por acabar mal.”
-Alessandro Blasetti:
“Era tan perentorio…” (…) Con los autores no es que tuviera una técnica, sólo quería que hiciéramos exactamente como él decía, forzándolos sin tratar de entender cuál podría ser su aportación. Gritos, repeticiones treinta, cincuenta, sesenta veces la misma escena. Para los autores era una pesadilla.”
-Pietro Germi
“Germi hacía todo él solo, tratando a Blasetti y Zavattini, que habían escrito el guión (de ‘Il testimone’), con mucha amabilidad, pero queriéndolo hacer todo solo. (…) Tenía poquísimos amigos (…)”.
-Riccardo Freda:
“(Tenía un carácter difícil), pero también porque le gustaba mucho el dinero y quería hacer siempre películas muy grandes, importantes,…”




 

jueves, 16 de marzo de 2023

12 registi per 12 città


La Bolonia de los Bertolucci

Me gustan las ciudades italianas y me gusta el cine. Por fuerza, pues, me había de gustar “12 registi per 12 città” (1989), por lo que no he parado hasta que un amigo me ha prestado su DVD. Sólo ahora veo que hay una copia en YouTube, es verdad que sin subtítulos (pero poca falta hacen), cuyo enlace pongo abajo.
Debo decir que la decepción es fortísima viendo el primer episodio, dedicado nada menos que por Antonioni a darse un paseo de imágenes por el patrimonio de Roma.
Y también en general, que se nota la disposición de grandes medios puestos a disposición para la obra (ese helicóptero al que recurren muchos cineastas), pero aventuraría que sus toscos movimientos de cámara u ópticos indicaría premura de tiempo para su realización.
Unos cuantos acuden, con menor o mayor gracia, al narrador. Varios se basan, incluso representándola, en la historia, la tradición, literatura o la leyenda.
Casi entran ganas de dejarlo estar cuando llega la, para mí, joya de toda la sesión, la dedicada por Bernardo y Giuseppe Bertolucci a Bolonia. Una niña que juega al escondite nos lleva por la ciudad, introduciéndonos por sus grandes edificios, dejándonos vivir con emoción sus obras, hasta acabar cruzándoles una banda musical que toca La Internacional. Es el episodio que mejor preserva el misterio de la ciudad.
Por suerte, luego también el tono general se eleva, con Ermano Olmi sobre Milán, Francesco Rosi atreviéndose solo a dar “Due note” sobre Nápoles o incluso un viejo Mario Soldati que entabla una reflexión sobre Turín a la vista de una pareja besándose.
Y no sale Venecia, ni Parma, Bérgamo, Navona, Siena, Lucca, Pisa, Perugia, Brescia, Cremona, Padova, Ferrara, Modena,…
Y quedaría aún sitio para Pasolini, Fellini (que, es verdad, hizo su “Roma”), Bellocchio, Comencini,…
¡Qué país, Italia, y qué cineastas!

Lina Wellmullet (que no me suele gustar mucho) saca, sin embargo, a estas mujeres de Bari

Alberto Lattuada pasa rápido de las callejas como ésta de Génova a montarse en un vehículo y rodar desde él recorriendo las autovías las casas de la ciudad.

El beso ante la indiferencia de los turineses que provoca la reflexión de Soldati.