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viernes, 4 de junio de 2021

El último sábado

Eleonora Rossi Drago y Julián Mateos, en los entrenamientos del Gran Premio de Motociclismo de Montjuic.

Los Sirex con Julián Mateos parece que en los billares de las Atracciones Apolo.

Creía que formando parte de la mesa redonda Esteve Riambau, director de la Filmoteca, estaba asegurada para la sesión de ayer en La Lleialtat de Sans de “El último sábado” (Pere Balañá, 1967) la copia que recientemente han restaurado.
La sorpresa fue entonces enorme al ver que se proyectaba una infecta, recogida con toda la pelusilla, rayas y píxeles del mundo, además de proyectada deformando los cuerpos de los actores, pero con la cagarruta de FilmoTeca de Catalunya en su extremo inferior derecha. No fue hasta el final del coloquio posterior cuando Riambau explicó que al no tener los derechos del film, habían podido hacer una restauración de la copia depositada en la institucón, pero no editar y comercializar DVDs ni nada parecido.
Pese a ello, la sesión sirvió para descubrir a varias personas por vez primera el único largometraje de Pere Baleñá, esa rara avis del cine catalán, situada en tierra de nadie entre el cine realista de la EOC y la sofisticación de la Escuela de Barcelona.
Carlos Losilla ofreció luego una atractiva mirada a la estructura global de la película, centrando su interés en su perpetuo movimiento, con un personaje en continuo tránsito (con siempre un conjunto de personas cual alborotados insectos a su alrededor), en un movimiento del que también participa la propia cámara (con, como cumbre, ese extraordinario travelling panorámico que registra la ida matutina al
trabajo de los habitantes de los nuevos polígonos de vivienda y de “la Barcelona informal”, caminando casi campo a través bajo las torres de alta tensión para alcanzar la última parada del tranvía) hasta el plano final, en que el movimiento se acaba bruscamente.
Esteve Riambau, por su parte, que pudo hacer una larga entrevista a Balañá poco antes de su muerte, explicó entre otras cosas los terribles problemas con los que se enfrentó Balañá en el rodaje, del que querían apartarlo. Uno no menor fue descubrir que el actor que iba a interpretar a ese apasionado de las motos, tras las que va toda la película, y con la que se movía de un lado a otro, Julián Mateos, no sabía ir en moto...
A mí esta nueva visión de la película me ha aportado, a parte del placer que no se acaba de observar mejor e intentar descubrir los sitios y gentes de la Barcelona de los 60 que en ella aparecen, la constatación de la existencia de esa estructura global de la que hablaba después Losilla. Por un momento la panorámica inicial sobre el puerto parece deshacerse, dándose en sentido inverso, en la escena final. Y un detalle ejemplifica ese intento planificado de dar un carácter global al film, de ir ligando sus piezas: La cámara ha efectuado durante los títulos de crédito iniciales una panorámica por el puerto y luego por un barrio de vivienda social mientras va sonando una musiquilla. En el plano siguiente vemos a Julián Mateos en el lavabo, ante el espejo...mientras canturrea esa misma tonadilla.
Eso de los derechos del film, que acapara alguien que por el momento no comercializa el film, debe extenderse a las imágenes del mismo, porque casi todas las visibles por internet tienen la marca de una gestora de esas que trafica con este tipo de cosas.


Mireia Iniesta coordinando a los componentes de la mesa redonda.

Zoom al exterior de la Cooperativa La Lleialtat.

Y completando el zoom, el edificio global de la Cooperativa. Por dentro es ahora otra estructura totalmente diferente.

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

El último sábado

Esteve Riambau, Mariona Bruzzo y Rosa Cardona, ayer en la Filmoteca.

Material del archivo de la Filmoteca -que no tiene depositados únicamente films- sobre la película de Pere Balañà expuesto ayer en una vitrina.

Ayer era el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual y, como tal, la fecha en que la Filmoteca nos tiene acostumbrados a presentarnos unas cuantas primicias sobre los títulos recientemente salidos de su Centro de Restauración. Tras unos momentos de desesperación, porque parecía que no solo esto no iba a ser posible este año, sino que también se tendría que re-programar todo lo ya preparado y presentado para noviembre, una ligera rectificación sobre la consideración de la hora en que se permite llegar a casa volviendo de un espectáculo cultural y un adelantamiento general de los horarios de las sesiones ha permitido mantener tanto en grandes líneas el programa inmediato ya presentado como esta celebración concreta, si bien los asistentes han tenido que optar entre ver la restauración de “El último sábado” o la de unos cuantos cortometrajes muy especiales.
Por razones sentimentales, que explicaré más abajo, escogí ir a ver la película de Pere Balañá, estrenada en su día en 1967.
Esteve Riambau (director de la Filmoteca) y Mariona Bruzzo (responsable de su Centro de restauración) explicaron antes de la proyección el origen e historia de ese día creado por la UNESCO y cómo la Filmoteca intenta celebrarlo, pasando luego Rosa Cardona (Conservadora de la Filmoteca) a centrarse en la historia de restauración digital efectuada y los méritos que presentaba para ello la película, que pasa a integrarse dentro de un catálogo de sesiones con una relación de films destacables que la Filmoteca quiere divulgar urbi et orbi. Si hasta ahora ese trabajo constituía lo que llamaban los “Básicos del cine catalán”, este año han añadido, con el mismo espíritu, lo que llaman “Singulares”, quince largometrajes -entre ellos “El último sábado” y multitud de cortometrajes de todo tipo.
“El último sábado” quedó, en el momento de su estreno, en un terreno difícil. En Madrid los cineastas del Nuevo Cine Español apostaban por unos films que en general podrían situarse bajo la etiqueta de realistas, mientras en Barcelona surgió la llamada “Escuela de Barcelona”, que aplicaba aquella frase tan divulgada de Joaquín Jordá: “Ya que no podemos hacer Víctor Hugo, haremos Mallarmé”. Balañá había estudiado en la Escuela Oficial -empezó en el IIEC- de Cine de Madrid (con Feliu, pero también con Érice o Patino), pero hizo su película -que llevaba rumiando desde hacía mucho tiempo- en Barcelona. Aunque fue denostada por la crítica oficial de la época -buenísima señal- y hubo quien la defendió, lo cierto es que alrededor de la película se formó un cierto vacío, que hizo que Balañà no llegara a filmar ningún largometraje más.
Vista de nuevo ayer, me sabe mal haber notado que en su segunda parte pierde parte de su fuerza inicial, pasando a cubrir lo que parece pudieron ser las exigencias de los promotores discográficos de Karina y Los Sirex, en un intento algo impostado de mostrar un mundo juvenil...que está claro que el propio Balañà no conocía.
Pero con esta salvedad, encuentro que la restauración de la película está más que justificada, tratándose de un documento de valor inapreciable sobre la Barcelona de los años 60. Basta para ello pensar en la panorámica inicial sobre la ciudad, que empieza en una torre del teleférico del puerto y acaba en el humo de las chimeneas de la térmica del Paralelo. O esa escena magistral en la que se sigue el recorrido de los que, partiendo de los nuevos polígonos de viviendas, que aún conviven con las viviendas medio de auto-construcción previas, tienen que bajar por los descampados que había por el final de la Vía Julia, bajo las torres de alta tensión, cruzar un puente sobre las vías del tren y llegar al final de la ruta del tranvía, que deben saturar, rebosando por todos lados, para que los lleve hasta su trabajo.
No sólo eso. Junto a las nuevas viviendas del polígono se ve actuar, por ejemplo, el carro de las basuras, arrastrado aún por un caballo. O se ve una y otra vez cómo los personajes del film recorren las dos Barcelonas, desde la de unas clases trabajadoras que difícilmente van a escapar de su destino -las barriadas señaladas- hasta las de otra clase social (Paseo de Gracia, Mandri, las carreras de Montjuic), o el terreno mixto, pues incluye ambos extremos, de la Editorial Seix Barral, vestida para la ocasión como “Editorial Claris”). Y, por otra parte, junto a una esplendorosa Eleonora Rossi Drago, una buena retahíla de actores, alguno conocido también por otras labores, como Jordi Torras. Todos alrededor del personaje de Julián Mateos, medio Pijoaparte en sus conexiones con la Barcelona burguesa, medio Accatone.

La película es una mina para descubrir paisajes de Barcelona de todo tipo de la mitad de los 60, pero no hay forma de encontrar imágenes por internet. Casi todas las que salen, no sé muy bien por qué, se encuentran “bajo licencia” (Alamy, básicamente). ¿Alguien sabría decir a qué local de futbolines y billares correspondía esta escena. Aunque muy grande y lleno de gente, no me pareció el de la Gran Via, que recuerdo repleto de billares, más espaciados.

Quería poner una foto de Eleonora Rossi Drago, que destaca enormemente, por su clase, en la película, pero no hay forma. Cuelgo ésta de una película italiana, pero en línea.


Aunque se ha hecho ya todo esto muy largo, acabo con la cuestión personal, la ligazón con “El último sábado”. Pere Balañà era ingeniero y, cuando murió, un compañero de promoción y amigo suyo nos pidió a Martí Rom y a mí, como responsables del Cineclub Associació d’Enginyers, hacer alguna cosa para en homenaje suyo. Aceptamos el encargo, que se concretó en la presentación del largometraje en una sesión pública en la sala de la Escuela de Ingenieros, en la Diagonal, y en la edición de un libro, el número 11 de una colección -Techné- que editaba por entonces la Associació d’Enginyers Industrials de Catalunya.
El librito, “Pere Balañà, enginyer i cineasta”, que se editó en marzo de 1997, supuso para nosotros, casi partiendo de cero, una auténtica investigación con -por los secretos que fuimos intuyendo y descubriendo que rodeaban al personaje- elementos policiacos. Entrevistamos a sus amigos y colaboradores y fuimos reconstruyendo sus actividades tanto cinematográficas como en el mundo industrial, que vertimos en un bastante amplio capítulo. Martí Rom, además, escribió sobre la película y, entre otros textos, publicamos también una entrevista inédita con él que había hecho Esteve Riambau pocos meses antes de su muerte y que nos cedió para la ocasión.
Un personaje esencial en el proceso fue el abogado y crítico de cine Arnau Olivar, amigo del cineasta, quien le hizo de albacea testamentario. Gracias a Arnau Olivar pudimos conectar con el heredero de buena parte de los bienes de Pere Balañà y, tras varias conversaciones con él, le convencimos de que lo mejor que podía hacer era depositar todas sus películas, el largo y sus cortometrajes, en la Filmoteca.
No había más copias circulando de “El último sábado”. Recientemente, para un trabajo que hice sobre Barcelona en el cine, quise contar con la extraordinaria escena de que he hablado, y me tuve que contentar con utilizar una copia en VHS de su pase, hace mucho tiempo, por televisión, que estaba realmente muy tronada. Por ese motivo me congratulo enormemente de su restauración y tanto Martí Rom como yo nos orgullecemos íntimamente pensando que un poquito de intervención en la salvaguardia y disponibilidad actual de la película tuvimos.

El librito del que hablo.



 

sábado, 21 de marzo de 2020

El último sábado

Un obrero yendo al trabajo por el terreno, lleno de torrenteras y torres de alta tensión, que había por Vía Julia.
Hay muy pocas fotos de “El último sábado” (Pere Balaña, 1967) y las que hay suelen ir marcadas por Alamy y ser de grupos, aunque sea en el Gran Premio de Motorismo de Montjuic. Es extraño, porque quizás entre lo más notorio de la película esté su presentación en la pantalla de todo ese mundo de los polígonos sociales en construcción y esos terrenos baldíos, con torres eléctricas de alta tensión, que los unían con la ciudad, aún lejana de los puntos de sutura que se hicieron aprovechando el proyecto de Juegos Olímpicos.
No era uno solo el que, faltó de transporte, se desplazaba campo a través a pie, en busca de la lejana parada de tranvía.
De hecho, su protagonista, una especie de Pijoaparte interpretado por Julián Mateos, nos lleva constantemente de la Barcelona burguesa a la Barcelona obrera, razón por la cual este film injustamente bastante olvidado por haberse quedado en tierra de nadie (no era ni de la Escuela de Barcelona ni cine mesetario), debería estar siempre en una antología sobre cine de la ciudad.
Siempre digo que imágenes de éstas son siempre de Llorenç Soler, pero deberemos añadir, por justicia, a Pere Balañà.
Ayer, mientras trabajaba en otra cosa, iba pasando cintas de VHS a DVD y le tocó el turno a esta película, en el monitor sin sonido. De tanto en tanto, distraídamente lo miraba y me quedaba enganchado por alguna de sus escenas, fuertemente documentales.
En la ficción -y posiblemente también en la realidad- és una editorial. Como aparece en otro momento un cartel de Seix Barral igual sea esa.
La calidad de las imágenes es aún peor que las que hay en el disco duro a la espera de pasar a DVD, que había en en VHS, que había en la copia de 35mm. Pero es lo que hay...
La otra Barcelona, por la que también transita el personaje de Julián Mateos. Incapaz de detectar si se trata de J. Sebastian Bach, Mandri o General Mitre...