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sábado, 28 de diciembre de 2019

En tranvía



Aunque no viene del campo, hay un tranvía que va por la ciudad y una pareja en él.

Por un momento he creído estar viendo de nuevo “Amanecer” (“Sunrise”, F.W. Murnau, 1927).

viernes, 27 de septiembre de 2019

Amanecer

Solo he encontrado esta regular captura (y otra más pequeña en la que se ve más la locomotora) de esa impresionante -por su fuerza- escena inicial del film. Vista en la gran pantalla del Phenomena, en copia de total nitidez, no hay color...

No hay que desdeñar las ocasiones que se brinden de ver “Amanecer” (“Sunrise: A song of two humans”, F. W, Murnau, 1927), película de la modernidad, la puesta en escena y la emoción a raudales, en óptimas condiciones. Ayer Phenomena ofrecía una sesión -lo había hecho otra vez hace un mes- en esas condiciones...
El casi cartel publicitario de líneas marítimas. No he encontrado capturas de la llegada de la barca con veraneantes a la aldea.
En esta ocasión, además de admirarme de esos prodigios de transfiguración emocional del campo en la ciudad como centro de excitantes placeres y de la ciudad en el campo como remanso de paz y felicidad, además de -como viniera a decir también Eustache en su “La maman et la putain”- sufrir y gozar de los acusados contrastes entre la noche y el día, de tantas cosas que el film de Murnau (¡qué empobrecimiento el de la historia del cine sí de ella desapareciera este cineasta!), me he fijado sobre todo en las escenas de modernidad, de las que denotan, lejos del cartón piedra de la aldea, lo que “Amanecer” tuvo de reflejo de una época radiante, si bien es verdad que conduciéndose directamente hacia la hecatombe.
Nuestra pareja llegando a la sala de fiestas...
Así, bebí como nunca, una vez más, de todas las escenas que tienen a la plaza de esa ciudad repleta de tráfico como protagonista, pensando que tenía que repasar en “Los proverbios chinos de F. W. Murnau” lo que explica Luciano Berriatúa sobre de dónde salió, cómo obtuvo esa ciudad que, siendo norteamericana en sus elementos ocupantes (los coches, los policías, las otras personas, algún neón), tanto tiene de alemana o centroeuropea.
Y ya instalados para cenar tirando la casa por la ventana.
Pero, sobre todo, se me fueron los ojos en esas escenas iniciales de la estación y, poco después, de la mención al turismo y la llegada del barco repleto de turistas a la aldea ribereña, así como, ya traspasada su media parte, la vorágine del parque de atracciones y restaurante sala de fiestas. Intentaba asumir las impresiones no que me causaban hoy en día a mí como luminoso reflejo de una estética art decó, sino las que pudieron llegar a causar en los espectadores de su momento. La potencia de ese tren surgiendo en diagonal de uno de los múltiples estratos de la moderna y transparente estación (con una imagen similar a la obtenible desde una terraza superior de la actual Berlin Hauptbahnhof), la silueta de esa bañista recortándose sobre una playa con la estética de los sofisticados carteles turísticos de entonces e inmediatamente después esa otra mujer en el barco sobre la imagen de la iglesia y las tres casas de la aldea, el inacabable panorama de ocio de ese centro nocturno,...
La ciudad por la noche...
Sí Leopoldo Pomés decía que le gustaban las fotografías que no se le acababan, qué no podría decir de este “Amanecer”...
Y por el día.


miércoles, 3 de julio de 2019

Murnau en La maman et la putain

Alexandre lleva a Veronique a “Le train bleu”.

Para un trabajillo para el que me he comprometido estoy viendo atentamente “La maman et la putain” (Jean Eustache, 1973) y descubriendo cantidad de cosas que no recordaba. Ayuda volver a ver las películas, sobre todo, cuando conoces los sitios que aparecen en ellas, cosa que podía no suceder en las primeras visiones.
“No tener dinero no debe querer decir comer mal”, le replica a Veronique cuando le cuestiona por qué le ha llevado a ese sitio si no tiene dinero y ha tenido para hacerlo que pedir prestado. He estado cenando en “Le train bleu” en una única ocasión. Una vez previa sólo estuve husmeando un poco. No es que la comida fuera especialmente buena, pero el sitio es espléndido. De hecho, estaba por razones de trabajo con un grupillo en un hotel vecino e incité a mi entonces jefe para que nos llevara ahí a cenar, diciéndole que no podía dejar de conocer “Le train bleu”...
En el trozo del film de más secuencias por cafés y exteriores, Alexandre lleva a Veronique a cenar en “Le train bleu” y le explica que le gusta ese sitio (carísimo, pero a visitar por su carácter) porque es como un film de Murnau: “Está entre el campo y la ciudad, entre la noche y el día”, le dice
Alexandre a Veronique: “Este sitio me recuerda a Murnau (está pensando, sobre todo en ‘Amanecer’): Está entre el campo...
.Se encuentran cosas muy certeras, a la par que hermosas, viendo con detenimiento una película como ésta.
“... y la ciudad”.

miércoles, 27 de junio de 2018

La seducción en la mirada


Aunque alguien me echará la artillería encima, diré que me suelen resultar interesantes los libros de César Antonio Molina y éste "Tan poderoso como el amor" (Destino, 2018), que reflexiona sobre el amor en base al análisis argumental de cien películas, no iba a dejarlo de lado, por lo que he empezado su lectura.
Para hablar de la seducción que la mujer de la ciudad causa en el hombre protagonista del "Amanecer" de Murnau, coloca inicialmente una frase de "De la seducción", de Jean Baudrillard:
"La seducción de los ojos, la más inmediata, la más pura, 'la que prescinde de palabras', sólo las miradas se enredan en una especie de duelo, de enlazamiento inmediato, a espaldas de los demás, y de su discurso: encanto discreto de un orgasmo inmóvil y silencioso".
¡Che, qué cosas! Pero suceden.