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miércoles, 17 de diciembre de 2025

Carta de una desconocida

El -doble- viaje en la atracción del tren del Prater vienés.

Vuelvo de llevar una sesión sobre “Carta de una desconocida” (Max Ophuls, 1948) y ahora veo que tras una visión anterior había escrito por aquí unas cosas… que había olvidado por completo y no he tenido en cuenta para la sesión.
En el anuncio de la sesión aludí a que Ophuls había entregado, como primera película de peso de su etapa norteamericana una obra llena de duplicidades, en la que las repeticiones, las dos veces, el número dos se colaba por todos lados. La misma película tiene dos partes claramente diferenciadas: una primera en la que el crescendo anímico es vertiginoso y en la que luce como nunca esa danzarina cámara, con su continuo movimiento de vaivén (que escribió Paulino Viota) marca de la casa, y una segunda en la que aunque la cámara no ceja su movimiento, éste es más apagado, acorde con el penoso giro de la trama, y predominan muchos planos fijos, estos -empezando por el inicial- y toda esta parte bastante tenebrosos.
Pero las duplicidades son muchas más: por dos veces va Lisa a la estación de tren para una despedida, por dos veces oye decir que la ausencia será únicamente de dos (¡dos!) semanas; la obra se abre y se cierra con un coche de caballos; dos son los viajes completos alrededor del mundo que la pareja recorre en esa inocente atracción en forma de tren del Prater vienés -esa que leí era una confrontación entre un espejismo del viaje con el mismo espejismo del amor que conforma toda la película-; dos son las ciudades que aparecen en la historia, la cultural y mundana Viena y la cuartelera y encorsetada Linz; dos son los Stefan de la trama (exactamente como el autor del relato en que se basa la película, como muy bien me han hecho ver esta mañana), como dos son las idas -con desenlaces bien diferentes- de Lisa a la casa de Stefan; dos los ilusionantes encuentros amorosos de Lisa… cuando ella ya no espera nada al respecto, que se corresponden luego con dos pérdidas del amor cuando cree que la cosa ya está hecha y será para siempre. Pero, sobre todo, dos son las ocasiones en las que la cámara se posiciona en un tramo elevado de la escalera del edificio, para poder contemplar desde allí la entrada del músico acompañado de una mujer: en la primera ocasión la mirada es la de la propia Lisa, adolescente, mientras que en la segunda ocasión la cámara cede la mirada al espectador.
Los movimientos de cámara con los que Ophuls danza alrededor de sus personajes Viota los califica, además de lo del vaivén, de “movimiento agitado sin desplazamiento ni salida”. Aunque en realidad él está hablando del movimiento de sus personajes, un “movimiento browniano de personajes que no logran salir de su situación, que no logran encontrar la paz”. Pues creo que corresponde a Truffaut la frase de que Ophuls trataba siempre temas eternos: el deseo sin el amor, el placer sin el amor, el amor sin reciprocidad.
Por su parte, René Predal habla de que en sus películas hay una “continua tensión entre la movilidad y la teatralidad. Espacios sofocantes que se encuentran constantemente modificados por la ilusión de la fluidez, los trompe l’oeil, la vitalidad de los decorados y lo patético de las pasiones. Pero esta aspiración hacia lo elevado se encuentra siempre contrabalanceada por los signos mortíferos (lo que en la pintura eran los Vanitas) que pintan la ligereza de las apariencias de una sombría melancolía”.
Como se ha comentado bastante en la sesión, la película es más que apta para estos tiempos en que se buscan mujeres “empoderadas”. El personaje de Jean Fontaine (que se aseguró su protagonismo como mujer del productor de la cinta) no hace sino saltarse todas y cada una de las convenciones de la época, aunque sea -¡ay!- con consecuencias catastróficas, pero nunca éstas mostradas, como sería de esperar, con intenciones ejemplificadoras.
Por último, decir que he lanzado al auditorio una advertencia, una maldad, que también leí previamente por algún lado. El punto de vista de una película es algo a tener cuenta y no olvidar nunca al contemplarla. Sus rompimientos te hablan en muchas ocasiones de la poca solidez de alguna de ellas… o suelen ser muy reveladores sobre las intenciones del autor. En esta película la historia nos muestra siempre el punto de vista de ella. ¿Quién nos dice que no es, de principio a fin, toda una ensoñación de ella o, por qué no, toda una auténtica falsedad?

Ese -doble- punto de observación de la escalera del edificio.

Una cosa que también hemos comentado. En el primer encuentro de la pareja –este fotograma es unos segundos posterior- el vidrio de la puerta separa a los dos. También los barrotes o sombra de los mismos que aparecen acompañando multitud de ocasiones a Lisa. Aquí este lazo de cuerda en forma de soga también ha hecho soltar ríos de tinta…

Más barrotes, estos no de prisión, sino en forma de dolorosa y puntiaguda lanza.

El baile… que recuerda tanto a los de “Madame D”, largos como para acabar agotando a los músicos.

Más barrotes, éstos en Linz.
 

sábado, 14 de agosto de 2021

Only yesterday



Quienes conocen mis gustos cinematográficos saben que no me pirran los melodramas. Claro que todo es relativo, porque ¿Qué es el “Abismos de Pasión” -o hasta el “Él”…- de Buñuel sino un melodrama? ¿O no es esa maravilla de Ophuls, “Carta de una desconocida” también un melodrama desatado? Y bien que me apasionan entonces.
Pues resulta que la Filmoteca está haciendo este agosto un ciclo -ademas del de Marker- dedicado a “Melodramas cruzados” y hace eso, cruzarlos entre sí. Ayer precisamente cruzaba la película de Ophuls con otra de John M. Stahl -uno de los grandes maestros del melodrama- también basada en la obra de Zweig, “Parece que fue ayer” (“Only yesterday”, 1933).
Todo su inicio es impecable. Con pocos elementos pinta la debacle del crash del 29, escogiendo el pequeño receptáculo de un limpiabotas para ofrecer -con la elegancia del off- una muestra del drama desencadenado.
Luego, una fiesta de la buena sociedad -es divertido ver cómo una entra en la casa saludando a la anfitriona y ni siquiera mira a la sirvienta a la que le entrega guantes y abrigo- sirve también muy bien para ofrecer la idea de la expansión del drama.
Empieza el flashback, dando imagen a lo que explica una carta… La historia del encuentro de la pareja protagonista en otra fiesta previa, durante la época de la Primera Guerra Mundial, también está filmada brillantemente, de forma dinámica y divertida. No es solo por razón de diversión. Hay un muy inteligente raccord entre unas explosiones en el campo de batalla… y una esperada cama de hospital…donde va a nacer un niño.
Vamos: que ya estoy yo que no quepo de satisfacción en la butaca, contentísimo de estar asistiendo a una lección de cine de los años 30, de las que me pierden.
Pero entonces… me empieza a invadir paulatinamente una extraña -pero en mí habitual con el género- comezón. Surgen uno u otro detalle, aún en medio de escenas con tratamiento cómico o por lo menos contenido, con todo aquello que me repele -en plan genérico- en los melodramas. La dirección de Stahl pierde lo que tenia de elegante y dinámica y se cae ya de buenas a primeras en planos de las carantoñas de un bebé, de esas que hacen sonreír a la platea con murmullos extasiados que claman un “lo mono que es”.. Vienen, y eso que antes se habían sorteado, los diálogos aclaratorios que ninguna falta hacían y tienes la sensación de que están estirando la goma melodramática hasta casi romperla.
En fin: que estoy mirando a ver si doy con alguna película que me permita cumplir el encargo del responsable de La Charca, que me solicita que escriba y le envíe varios artículos de esos de “Casi lloré cuando vi esa escena en el cine”, pero si ha de ser con las escenas hechas para ello en el film, con ese niño vestido de militar que luce matador y se hace insoportable, lo tengo crudo.
(Como suele ser habitual, no se encuentran por internet casi imágenes de esa primera mitad que he definido como impecable. Ni una sola del pánico en la bolsa ni, ni mucho menos, de la extraordinaria y muy sobria escena, sin acentuar las tintas, escena en el limpiabotas. Tampoco en la elegante fiesta posterior…)





 

sábado, 11 de mayo de 2019

Carta de una desconocida

Volviendo de una sesión de “Carta de una desconocida” (Max Ophuls, 1948), unas cuantas cosas en las que he reparado, algunas de ellas por vez primera:
- Por descontado esa (doble) escena maestra, en la que vemos cómo Louis Jourdan y Jean Fontaine entran en la casa del primero y se abrazan. Podría ser una escena de felicidad, pero Ophuls nos lo desmiente: Nos los hace observar desde la escalera, precisamente acomodando la cámara en el mismo emplazamiento de una escena previa, desde el que ella, mucho más joven, le observaba entrar con otra mujer (fotografía 1). Ella se derrite, radiante de felicidad, pero nosotros, espectadores, sabemos que sólo es una más en una cadena de conquistas.

- La utilización de elementos físicos y sombras de forma alegórica. En el primer encuentro entre los dos, ella aparece detrás de barrotes, marcos de puertas y listones de vidrio y, por si fuera poco, las sombras de los de una ventana completan el efecto de estar como enjaulada (fotografía 2), quizás como premonición de ese estado de prisionera suya que va a adoptar a partir de entonces.

- En dos escenas muy similares, ella se despide de su amante y de su hijo, pensando que será por poco tiempo (¡un par de semanas!). En la primera, entre los dos amantes aparecen los barras puntiagudas, en forma de lanza, de una valla interior de la estación, singularizándose en dos -las dos semanas...- (fotografía 3). En ambas la escena acaba con ella regresando a su casa franqueada por todos esos notorios, punzantes barrotes (fotografía 4)

- Me dicen que toda la película está rodada en decorados. Entonces, esa divertida escena de la pareja en esa atracción que simula un tren recorriendo sitios pintorescos del mundo entero (fotografía 5) sería, entre otras cosas, la sublimación del decorado.

- La escena de rotura entre marido y mujer se produce en una sala con una pared posterior llena de sables. Al margen de ayudar a la violencia del momento, puede suponer una premonición del desenlace.
- Hay un momento retomado y magnificado en “Madame de...” (1953). La pareja baila (fotografía 6) hasta la extenuación... de los músicos, aquí de una orquesta femenina.

- Una escena al mero estilo Buñuel o Hitchcock, que se resistían a ser redundantes y dejaban que el espectador viera (de lejos, o a través de un cristal) lo que pasaba sin oír los diálogos, porque ya le habían informado previamente de lo que iba a pasar. Aquí vemos cómo ella le responde un sonoro no al pretendiente (fotografía 7), con lo que el posterior momento de la comunicación de la rotura del noviazgo entre ella y el teniente a la familia ya lo podemos ver a distancia, sin oír lo que se dice.

- Y debería volver a verla para confirmarlo o negarlo, pero al buscar fotografías con las que ilustrar está entrada he dado con el momento en que ella descubre a su madre con su amante. Lo hace, precisamente, desde un punto elevado de la escalera (fotografia 8), muy parecido al de su mirador inicial, desde el que descubrió al pianista llegando con una amante.

lunes, 3 de febrero de 2014

Ombres Mestres - Escaleras

Hablaremos de otro tramo de esta escalera de “Carta de una desconocida” (Max Ophuls), porque aparece en una de las secuencias seleccionadas para la sesión dedicada a “Escales” del próximo lunes 17 de febrero, en la segunda de las tres sesiones (la primera el lunes 10) de este cuarto ciclo de “Ombres Mestres. Les lliçons dels grans del cinema”, del Cineclub Associació d’Enginyers.
Si alguien quiere y puede apuntarse, será más que bienvenido. Aún harían falta bastantes inscripciones. Toda la información en este enlace: