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domingo, 22 de febrero de 2026

El agente secreto



Ayer, en una sala repleta del cine Balmes, el gozo de haber seguido (otros querían que acabase más rápido) “El agente secreto” (Kebler Mendonça Filho, 2025).
En una primera imagen, descontextualizada del resto, vemos caer una pelota a un patio vecinal, rodeado de rejas. He dado un saltito en la butaca, recordando ese plano en sus anteriores “Sonidos de barrio” (2012) o “Retratos fantasma” (2023), ya dejando pues claro que lo que iba a ver tocaba muy de cerca a su director. Más adelante, cuando el protagonista, tras moverse por su pórtico -donde se anuncia “Tiburón”-asciende a la cabina de proyección del cine Sao Luiz de Recife, te asombras de que el proyeccionista se parezca mucho al de su anterior film documental, el último real proyeccionista del cine de su infancia. Y, para rizar el rizo, antes de esas magníficas y añoradas fotos que ayudaban a identificar a los actores de la función ya acabada, la anécdota final sobre otro cine de Recife, en este caso el Boa Vista.
Pero “El agente secreto” no va únicamente de la añoranza del director por esos cines que tanto frecuentó hoy perdidos. Va mucho más, desde luego, del retrato del gran país -Brasil- durante la dictadura que, además de los destrozos físicos y espirituales que ocasionó, puso el punto de partida al proceso de hundimiento moral en pos de pingües beneficios económicos obtenidos a base de pocos escrúpulos. Y, en eso, la figura de ese bochornoso ingeniero que va en expedición punitiva a Pernanbuco es muy, pero que muy, significativa.
Pero vayamos al prólogo de la película. Las fotos de otra época con esa samba contemporánea dan paso a una imagen estéticamente muy atractiva, que liga con los colores del año que aparece rotulado en la pantalla, 1977: un Volkswagen “escarabajo” amarillo avanza por una carretera rodeada de plantaciones de maíz, hasta dar con una perdida estación de servicio. Allí, el cuerpo de un ladrón agujereado a balazos espera, dando signos de una putrefacción que luego veremos que se extienden a diversas instancias del país, que la policía llegue para investigar lo que sucedió y hacerse cargo del cadáver. Más adelante, entrando ya de lleno en el meollo de la historia, otro amarillo nos llama la atención y nos conduce a otro entorno. Es el uniforme de un empleado de Correos que lleva un telegrama.
Tres capítulos (La pesadilla del niño, Instituto de Identificación y Transferencia de sangre) nos van adentrando en una trama múltiple que va dejando a las claras las arenas movedizas en el que se asentaba el país bajo el dictado del que Kleber Mendonça Filho recalca su imagen, encuadrada y presidiendo las paredes de toda una serie de organismos oficiales.
Por algún momento he sentido esa sensación tan excitante de estar ante una buena película, que sabe ir llevándote. Y, en otro momento posterior, después de la reunión universitaria protagonizada por ese ingeniero visitante (uno de esos iniciales depredadores), un pequeño flashback muestra una tempestuosa cena de compromiso y el discurso de la pequeña pero decidida Fátima, que me ha emocionado en lo más profundo -como hará en la ficción, cuando se lo expliquen, con su padre-, me ha hecho lamentar el que ya no exista La Charca Literaria y que, por tanto, ya no pueda escribir ahí uno de los articulitos de “Casi lloré de emoción al ver esta escena en el cine”.
Y una última consideración: con su película, Kleber Mendonça Filho, en cualquier caso, lo que queda fuera de toda discusión es que ha logrado hacer volver a la vida a ese cosmopolita Recife de los años 70, con sus cines, sus soportales llenos de gente, sus comercios rebosantes de género. Parece que lo llevaba dentro y se lo debía.






 

martes, 9 de julio de 2024

El agente secreto

Ashenden (John Gielgud) con su esposa (Madeleine Carroll), supuesto matrimonio en su representación como espías.

Con “el general” (Peter Lorre) encuentran asesinado a su contacto.

Expedición a los Alpes para eliminar al sospechoso.

El perrito que prevé el peligro para su amo.

Peligro más que cierto…

La primera secuencia de “El agente secreto” (Alfred Hitchcock, 1936; ayer en la Filmoteca) cambia por completo la sensación que ofrecían las dos otras películas británicas del director recientemente vistas. Aparece en ella una capilla ardiente que transmite una solemnidad, una seriedad grande. El que no se trate de un decorado, sino de una sala que debe ser un escenario natural, seguramente ayuda fuertemente a esa impresión.
Aunque luego un personaje, ya con la gente fuera, cierra la puerta y reaparecen a partir de entonces decorados de los habituales, transparencias, bromas y luego flemas británicas, el aviso de estar ante una película hecha con otro molde ya se ha lanzado y, de hecho, por otros motivos vas comprobando que se cumple.
El ritmo que se mantenía en “El hombre que sabía demasiado” y, sobre todo, en “39 escalones”, con la consiguiente atención y disfrute continuados del espectador, decae en el film. Un teórico elemento gracioso lo quiere aportar “el general”, encarnado por un Peter Lorre desarrollando facultades como sátiro y, más tarde, aficiones de hombre sanguinario, pero la verdad es que lo único que me ha hecho sonreír de su performance es la pronunciación de un “¡carramba!” (sic) que suelta, representando ser latinoamericano.
No es que no tenga cosas que no estén bien. Una de ellas, por ejemplo, me ha parecido el imaginativo uso del sonido, aunque sea con medios que se demuestran muy rudimentarios. En varios momentos la banda sonora se llena de un ruido ambiental de fondo muy intenso: el inquietante y constante raspado de la puerta por el perro que nota la ausencia de su amo, la moneda que hace girar en el recipiente de barro cocido el grupo folclórico incrementando la tensión, el agua del arroyo montañoso bajando a trompicones que -como ciertas miradas- preconizan terribles desgracias, el ensordecedor ruido de las máquinas que envuelve la nave de la fábrica de chocolate suizo donde ha ido a situar Hitchcock parte de la trama, etc.
No falta también un tren, donde se concluye todo, pero en él las muertes que suceden, para finalizar la ficción, me da la impresión que -sobre todo una- se producen por la obligación de otorgar un castigo moral a sus víctimas, olvidando toda verosimilitud argumental. En otras ocasiones Hitchcock había estado más fino.
Al volver a casa, corro a leer qué dijeron Truffaut y Hitchcock, con Helen Scott como traductora, respecto a este “Agente Secreto” y, de alguna manera, parecen estar de acuerdo con mis objeciones.
Truffaut confiesa no haberla visto más que una vez y no recordar demasiado, y Hitch dice que “la película no estaba lograda”, ofreciendo unas pocas explicaciones para ello. La tilda de “película de aventuras que no avanza, que rueda en el vacío”.
Pero, como siempre, acaba haciendo reír. Ya que quería situar la trama en Suiza, pensó dotar la película de “lo que hay en Suiza”, esto es: lagos, chocolate y los Alpes. Y acaba con esta convicción: “¡se deben emplear los lagos para ahogar a la gente y los Alpes para hacerla caer por los precipicios!”

El moscón (Robert Young) en el casino con la espía-“esposa”.

Investigando en la fábrica de chocolates suiza.



Para acabar todo en el tren.