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miércoles, 12 de agosto de 2026

Romeo und Julia mi schnee


Lubitsch también hizo un “Romeo y Julieta”. Es “Romeo und Julia mi schnee” (1920), o sea, “en la nieve”, porque, casi tomado como una ópera bufa, traslada la historia de los Montesco y Capuleto (aquí Montekugerl y Capulethofer) a una disputada vecindad de Baviera y en pleno invierno, lo que convierte la nieve en arma arrojadiza.
Hay una copia regular, sin sonido y con Intertítulos en alemán, en YouTuve pero, dado lo conocido del tema, sin saber de alemán más allá del buenos días, peligro, adiós y ensalada de patata, se puede seguir bastante bien.
Como se trata de una película hecha simplemente para pasarlo bien un roto, olvidándose, por ejemplo, de las ridículas disputas entre vecinos, confeccionada tirando a groseramente, la historia abandona al final del todo el legado de Shakespeare y acaba cómica y felizmente.
A parte del general tono burlón he podido ver detrás, divirtiéndose, a Lubitsch en ese amanuense del tribunal escribiendo a toda prisa para intentar recoger los improperios que se lanzan los rivales en el juzgado, y también en ese juez que, preocupado, ve que ni la calidad de la morcilla que le han ofrecido los contendientes le decanta la balanza de la justicia para uno u otro lado.
Ver menos



 

miércoles, 22 de julio de 2026

Rosita la cantante callejera


Cuando vemos el principio de “Rosita, la cantante callejera” (Ernst Lubitsch,1923), ya creemos estar ante un Lubitsch de toda la vida: el rey está en una sala palaciega con sus manos en la mesa. De repente aparece un brazo femenino que deposita su mano en esa misma mesa por la izquierda, luego ocurre otro tanto por la derecha, y así sucesivamente, hasta que se cambia el encuadre ampliando el plano y vemos que es porque está jugando con tres jovencitas. Cambio a otro plano con una gran puerta, que se abre de par en par. Un sirviente deja entrar a un personaje masculino, para desesperación del rey.
En la película también se mueven multitudes, pero no es ya Egipto lo que representan sus decorados, sino una Sevilla recreada en estudios ya no alemanes, sino hollywoodianos. Lubitsch ha ido a Estados Unidos para rodar con Mary Pickford, que con unas caídas de ojos de las que la hicieron célebre, es la cigarrera cantante… de la que se encapricha el rey.
El pueblo de Sevilla se mueve y agolpa en las algaradas como en los Caprichos de Goya, el vestuario (de Mitchell Leisen…) y el peinado del rey lo han sacado claramente de un retrato del pintor, y los palacios andaluces contienen cuadros célebres españoles.
Lubitsch, además de hacer desarrollar el cuento, piensa y ejecuta con mano maestra unas cuantas escenas cómicas, como es aquella en la que la destartalada familia de la cigarretera al completo decide acompañarla en la carroza que le ha fletado el rey, captando primeros planos de detalles (los pies que ascienden uno tras otro por el taburete hasta la carroza) o esa otra escena en la que se ve a Rosita (Mary Pickford), ya en una enorme sala del palacio, dando discretos y disimulados paseos ante la fuente de fruta que, a pieza por tramo, va cayendo.
Hay un problema con las copias que se encuentran en YouTube. Unas que van con Intertítulos traducidos al ruso, subtituladas en inglés o español están en muy mal estado, y de tanto en tanto se congelan. Pero otra muy bien restaurada y hasta con subtítulos en español, resulta que va a trompicones y presenta todo el cuadro -incluyendo subtítulos- muy cortada por arriba y por abajo…










 

lunes, 20 de julio de 2026

La mujer del faraón

El rey etíope.

La reina etíope y su servidumbre.


No una gran, sino una enorme superproducción fue “La mujer del faraón” (Ernst Lubitsch, 1922; con copias en YouTube en buen estado y subtituladas, fotogramas congelados sustituyendo los planos perdidos).
Se dice que fue lo bien que se manejaba en este tipo de superproducciones, con cientos de personas corriendo o a caballo en cuadro, decorados realmente faraónicos y trama sentimental superpuesta llevando la intriga, lo que hizo que llamaran a Lubitsch a Hollywood.
En ella se desencadena hasta una terrible guerra entre etíopes y egipcios por el loco amor despertsdo en el faraòn por una esclava griega.
Las sirvientas etíopes van con un pelo afro muy divertido, a lo caníbal de TBO, con una maderita como lápiz para fijarlo.



El faraòn

Al faraòn sòlo le interesan de la hermana del rey etíope sus ricas joyas



 

jueves, 16 de julio de 2026

El gato montés


“El gato montés” (1921; en YouTube) es otra (ésta disparatada) comedia en cuatro actos de Lubitsch.
Llena de personajes caricaturescos, soldados de opereta al mando de un oficial Mecachis qué guapo soy, forajidos muy primitivos dirigidos por una zíngara (Pola Negri) rodeada de secuaces masoquistas.
En realidad es casi un western de broma, que cambia el desierto por la nieve y decorados de comedia musical.
Muchos planos tienen un passepartout para focalizar o ayudar al carácter de la escena y Lubitsch deja en ella diálogos y otras bromas muy suyas que te hacen soltar la carcajada.











 

You and Me


Película plenamente insatisfactoria a la vez que cargada de interés. Así calificaría la no muy vista “You and Me” (Fritz Lang, 1938; anoche en la Filmoteca).
Insatisfactoria por inconstante, porque no cubre ninguna de las expectativas generadas:
-Nada más empezar te frotas las manos con la crítica del consumismo occidental a lo Bertold Brecht con ese prólogo musical de Kurt Weill coreografiado en las diferentes secciones y con sus objetos a la venta de unos grandes almacenes -“¡Hay que pagar!”-, pero esa línea queda abandonada para no ser retomada más que una vez muy posteriormente.
-Cuando piensas que vas a darte con una película de fieros gangsters, te encuentras que la banda ha mutado a grupo angelical, y te encuentras con algo más propio de Frank Capra.
-Cuando es a la comedia romántica a lo “El bazar de las sorpresas” a donde crees acercarte, todo cambia radicalmente.
-Cuando te acomodas para presenciar una película rooseveliana, con un empresario comprometido con el bien social…te das cuenta de que ese afán lleva a comportamientos tan exagerados que te dices que a lo mejor serán irónicos.
También insatisfactoria por lo poco trabajados que están los constantes giros radicales de comportamiento de sus protagonistas, que dejan algo desconcertado ante tanta inconsistencia emocional.
Cargada de interés porque vislumbras a Fritz Lang en sus primeros años de cineasta americano, rey del cine de alcance social:
-Con la fatalidad flotando en el ambiente desde el primer momento.
-Con unos personajes cargados internamente con una culpa que les atemoriza frente al entorno hasta a la hora de dar o recibir un beso.
-Con sombras amenazantes sobre algún personaje, que se concretizará.
-Y hasta un escenario que preconiza el posterior del escaparate de “La mujer del cuadro”.
-Con una Silvia Sidney que seguro vence todos los inconvenientes (aunque luego no haya quien se crea esos números de economía básica -totalmente falseados- para convencer que un robo no es productivo económicamente).
-Con un Ceorge Raft perfecto en su imagen de George Raft, con su Borsalino, rostro imperturbable, traje acartonado, aspecto duro e inquietante. Aunque luego descubras que no sabe salir de esa imagen y mejor es no darle otro tipo de papeles.





 

miércoles, 15 de julio de 2026

Las hijas del cervecero


Pues yo también he escarbado en ese cofre sin fondo que es YouTube, y he sacado de ahí “Las hijas del cervecero” (“Kolhiesels töchter”; Ernst Lubitsch, 1920).
Leisel y Gretel son las hijas de Kolhiesel, el dueño de la taberna, y trabajan para él, pero son completamente diferentes. La mayor es una bruta, egoísta, a la que todos los hombres rehuyen por su antipatía, mientras que Gretel, la pequeña, se hace agradable y atractiva para todos.
Ha resultado ser una comedia muy divertida, tanto por sus gags y enfoques visuales como por sus situaciones y reacciones y las expresiones que aparecen en sus intertítulos, muchas veces en contraste o como consecuencia subrayada de lo que el espectador acaba de ver.



 

jueves, 9 de julio de 2026

La muñeca



Retrocedo un poco para pescar “La muñeca”(Ernst Lubitsch, 1919; en YouTube), que nunca antes había atrapado, posiblemente porque no me atraía lo suficiente.
El (notable) retroceso lo veo en varios sentidos, y no sólo en el cronológico. Se trata de un cuento cómico, presentado su decorado inicial (de cuento infantil) por el propio Lubitsch, con gags en general muy primitivos que deben bastante a la linea de Méliès, pero que veinte años después pierden, para mi gusto, la gracia que pudiera ese tener.
Pongo primero las capturas de las escenas en que aparecen los monjes del convento, de una inocencia similar (aunque con mucha más tosca picaresca germánica lubitschiana incluída) a la de la comunidad franciscana del “Francesco, giullare di Dio” de Rossellini, pues son los que, básicamente, me han salvado la velada.
Primero ese prior del convento cuya preocupación por quedarse sin fondos para su buena marcha no le hace disminuir su apetito. Un prior que ve abierto el panorama cuando oye una cifra que ofrece un noble (saliendole de lo mas profundo la frase “¡Cuantas piernas de cordero podríamos comer con esa cantidad!”). Luego, todo el resto de frailes secundándole pero, sobre todo, después, el encuentro de todos ellos con la chica que se hace pasar por muñeca mecánica.
De todo lo demás, frente a los bastante burdos chistes o situaciones supuestamente graciosas del resto, más propios de teatro de títeres, muy alejados del poder posterior del director en esos terrenos, me quedo con unos pocos primeros planos que localizan ironicamente elementos a destacar:
-El tembleque de las piernas del protagonista, vistas por debajo de una cortina que tapa la visión de su cuerpo (Cortina que, ahora que cuelgo la imagen, a lo mejor se queda en cortinilla para dejar visible solo el elemento en el que quiere incidir, en un procedimiento muy de Lubitsch, como el de la salida de la mujer mundana del hipódromo perseguida por el solterón en “El abanico de Lady Windermere”.
-Las múltiples bocas de los personajes que empiezan la discusión de una herencia, con el futuro legatario aún vivo y coleando.






El niño-adulto bufón, que en alguna ocasión, por su insolencia, también provoca alguna sonrisa.



Lubitsch en la presentación inicial.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

El abanico de Lady Windermere


“El abanico de Lady Windermere” (1925; en Filmin) ya es un Lubitsch por todos sus costados. Basta presenciar su primera escena, introduciendo la simpatía, pero a la vez el arrobo, que le causa a Lady Windermere el acoso amoroso del amigo de su marido. Un rótulo donde aparece un narrador luego ausente (salvo para hacernos notar como se trasmite carácter y circunstancias con la forma en que una persona toca un timbre de una casa), que nos habla de las dificultadas que supone situar a los invitados en una mesa, da paso al primer plano de un tablero donde ella ha de situar, cerca o lejos, al interfecto.
Poco después, una secuencia que juega con el enorme espacio de una sala, los minúsculos bancos en sus extremos y las sucesivas colocaciones de la pareja primero los dos distanciados, luego los dos en la misma banqueta y finalmente ella, aturdida, sóla en una de ellas, en la inmensidad de la sala, nos avisa que, a partir de ella, todo van a ser felices ideas de puesta en escena.
Sobresalen, claro, unas cuantas.
Una es, imperativamente, la que tiene lugar en el hipódromo, sitio de reunión de la high class… y reino del cotilleo más desatado. En un campo de chisteras, correspondientes a caballeros que, junto a la pista, contemplan la evolución de la carrera, se distingue un voluptuoso sombrero. Cuando la poseedora del mismo da media vuelta y se dirige hacia la cámara, hacia las gradas, todas los poseedores de chisteras de su alrededor se giran, para contemplarla a gusto.
No acaba ahí esa escena, pues da paso a todo un juego de observaciones, con el campo visual de uno u otro prismático como marco: todo el hipódromo está atento a esa extravagante mujer, de mala fama. Es la maestría de Lubitsch la que hace que esas miradas se enriquezcan aún más con el entrecruzado de otras cuya lejanía provoca más de un equívoco….
No hay equívoco en el plano que cierra la acción del hipódromo (ese marco o tapa del objetivo de la cámara que va cerrándose sobre la mujer que busca la salida y el cotizado soltero que la persigue: ver imagen), pero sí que el equívoco preside toda la película, basada en una obra de Oscar Wilde que ha sido adaptada para el cine varias veces. La curiosidad de ésta, y su mérito, reside en que el cine sonoro aún iba a tardar unos años en llegar, con lo que, en vez de utilizar las punzantes frases del escritor para llevar la historia, Lubitsch ha de azuzar su ingenio cinematográfico. Y vaya si lo hace,..
Puestos a destripar algunos, tiene la película gags que me suenan a otros de Buster Keaton. Ahí están esas tres damas cotillas sentadas a poca altura, sin que les veamos sus cabezas, hasta que, una y una, van poniéndose en pie para atisbar mejor (imagen: ¿alguien sabe qué obra es la que representa el tapiz con también tres figuras mirando a una cuarta que sirve de fondo? Es para ver si su tema le añade otra ingrediente al conjunto, redondeándolo, o simplemente ejerce de fondo visual).
Pero, sobre todo, hablando de Keaton, se han de nombrar los equívocos provocados por las escenas contempladas sólo parcialmente, no en su totalidad. Los juegos de setos del jardín (los podados en línea recta que hace que solo se vean las cabezas y la planta del porche que solo deja ver a ella, pero no a él) de la mansión donde se desarrolla la fiesta mundana son los mejores y, aunque muy alejados, del mismo estilo de aquellos que dejaban asustado al padre de “El héroe del río” sobre el carácter de su hijo (B.K.) cuando iba a recibirlo a la estación de tren.
Tanto Oscar Wilde como Ernst Lubitsch dejan en evidencia en su obra la hipocresía de una clase social que solo mira las apariencias, y acaba la obra con un cierto “final feliz” quino deja de ser la constatación de acabar con esa lacra. Suerte que Lubitsch se guarda la última en la recámara.






 

martes, 7 de julio de 2026

Madame Dubarry



Me he hecho el propósito de volver a ver todos los Lubitsch que pueda, para ir seleccionando secuencias que lo definan y, puesto que este Wimbledon ya ha perdido mi interés y la etapa del Tour de hoy se anunciaba bastante anodina, en su lugar me he pasado el primero que tienen disponible en Filmin, “Madame Dubarry” (1919).
Creía que iba a ver un drama histórico de mucho cuidado, y a primeras de cambio su humor me ha desorientado. Todo el ascenso meteórico de Jeanne desde sombrerera hasta favorita del rey es bastante divertida y pasa como una exhalación. Además, el embajador español me ha recordado mucho a Salvador Escamilla o a Luis Del Olmo, mientras que el ministro me ha ocasionado otro tanto acercándomelo a Mastroiani (que ya vistió de esa guisa). En sus papeles principales, Pola Negri va de histriónica subida, mientras Emil Jannings (Luis XV) y Harry Liedke, a su lado, se ven como la discreción en persona.
El melodrama, hasta llegar a desatado, surge por la mitad. El rey juega a la gallina ciega con su amante en la Corte, mientras la insatisfacción del pueblo va en aumento. Tanto es así que -licencia poética con la historia- tal parece que la revolución francesa, encadenada de forma acelerada por el final, parece haberla ocasionado, involuntariamente, nuestra chica