Mostrando entradas con la etiqueta Rivette. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rivette. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de febrero de 2026

La belle noiseuse - Divertimento


Aún con los ecos de haber vuelto a ver esta mañana “La belle noiseuse - Divertimento” (Jacques Rivette, 1992), dejo por aquí unos cuantos de los diferentes temas suscitados por su visión.
Los temas son muchos y variados. A la evidencia del tema del pintor y su modelo, y ese poder medio vampírico del primero sobre el segundo, se suman otros cuantos como temas de fondo de la película:
-El proceso de envejecimiento y un eventual proyecto rejuvenecedor que lo contrarresta.
-El amor, tanto en tiempos de madurez como en tiempos juveniles.
-La gestación de un cuadro.
-La captación de lo que realmente subyace detrás de un retrato.
-La sustitución de Liz (Jane Birkin) por Marianne (Emmanuelle Béart), ratificado en la película por ese collar que la primera quiere ceder a la segunda.
-La desnudez.
-El poder equivalente de la pintura y la taxidermia.
-El ideal de la obra maestra absoluta como culminación.
A todos estos se podría añadir -los señala Bernard Dufour, el pintor cuyas manos substituyen a las de Míchel Piccoli cuando éstas no alcanzan- el de las quimeras, esos animales míticos cuyo cuerpo está formado por la combinación de los de dos o más seres. Del interior del Chateau d’Assas, lugar de rodaje de la mayor parte del rodaje, lo primero que vemos es la sala de las quimeras (esa que le gusta a Liz, el personaje de Jane Birkin, “porque no tiene nada”), donde se encuentran dos figuras de quimera (ver el fotograma). Una podría ser Liz/Marianne. Otra -dice también Dufour- la figura tricéfala del pintor Frenhofer, encarnada por Piccoli el actor, Dufour el pintor y Rivette el cineasta.
En cuanto a lo que previamente recogí como carpintería del film, me gustaría indicar por aquí:
-Su punto de partida, confesado por Rivette mismo. Una mujer joven que es forzada a hacer de modelo, al principio lo hace como desafío y luego es atrapada por el juego.
-Que aunque dé la impresión de obra sumamente prefigurada y planificada, cada día de rodaje se acababa sin saber qué tocaría hacer el día siguiente. El equipo de tres guionistas, presente en el chateau, se ponían cada noche a escribir cómo seguir lo completado el día transcurrido. Esa misma noche, o la mañana siguiente, daban a cada actor los textos que debían decir en la nueva sesión.
Y dos o tres cosas finales que me han rondado por la cabeza viendo la película:
-Marianne baja del altillo del taller de pintor, envuelta en su “peignor” y con un palito sosteniendo el pelo, tal una princesa japonesa resignada al sacrificio, tal la Emperatriz Yang Kwei Fei.
-El intento de Frenhofer me ha recordado enormemente al de Antoñito López intentando captar la realidad de ese esquivo membrillero en “El Sol del membrillo”.
-Más que con los juegos de Rivette (de los que no distingo sino alguna escasa huella), en varias ocasiones me ha parecido enfrentarme a los ambientes y colores de Rohmer.
Carlos F. Heredero dejó escrito en un texto suyo sobre la película que se trata totalmente de una típica película de Rivette, únicamente cambiando el teatro por la pintura como metáfora de la puesta en escena cinematográfica. Yo no lo tengo tan claro.






 

lunes, 2 de febrero de 2026

La belle noiseuse


Revisitándola, preparando un próximo trabajillo, me surge la curiosidad de saber por qué razones Rivette escogió a Bernard Dufour como pintor, y más precisamente las manos del pintor Frenhofer (Michel Piccoli) en “La belle noiseuse” (Jacques Rivette, 1991).
Acudo a internet y doy con unos cuantos cuadros suyos, según los pies de foto “paisajes españoles,” entre los que se distinguen Las Ramblas, Cadaqués, un peñón de la costa… Son cuadros que me parecen un poco del montón, del estilo que abunda en casas de subasta barcelonesas.
Su visión me deja aún más intrigado. Posiblemente el director y teórico de la Nouvelle Vague escogió a Dufour no a partir de estos cuadros, sino por la que parece ser su etapa inicial, abstracta, o, mejor, su transición del abstracto al figurativo.
Y, felizmente, así lo he confirmada después, leyendo declaraciones suyas.







 

martes, 31 de octubre de 2023

Rivette por Birkin


Cuando murió Serge Gainsbourg, Jane Birkin enterró junto a él a Munkey, su peluche desde niña, y dejó de escribir su diario, al que iba destinado como si de cartas personales se trataran.
La llegada de su tercera hija, Lou, le incitó a escribir uno nuevo, hasta que con la muerte de la mayor, Kate, paró en seco. Este libro que encontré en Perpignan está compuesto por una selección de sus entradas. Suelen ser de Estados de ánimo, de alegrías y miedos en su relación con su familia, pero a la hora de editarlo, le añadió de tanto en tanto alguna aclaración adicional sobre los personajes o sitios de los que salían en ellos. De ahí extraigo estas frases que dedica a Jacques Rivette, que hacen incrementar mi impaciencia en espera de la biografía que Antoine de Baecque dijo que sobre él estaba escribiendo. La anotación surge con respecto al rodaje de “L’amour par terre” (1984), film que rodó con él y con Geraldine Chaplin como compañera:
“Rivette apenas comía, yo le guardaba algún plátano, ¡lo imprescindible para que sobreviviera! Observaba muy bien a la gente. (…) El último día de rodaje, estaba tan enojada de no tener el texto a interpretar (él no se lo pasaba hasta poco antes de rodar las escenas del día), que arañé mis antebrazos hasta sangrar para no extrangularlo. Nunca he sabido si sabía realmente lo que nos iba a pasar o si lo iba descubriendo como nosotros, día tras día.”
(…)
“Lo vi una vez, mientras yo desayunaba con Jacques (Doillon) en una terraza cercana a la Gare du Nord, pasando por ahí. Había leído ya Libé y Le Monde, trotaba hacia la sesión de las 14 horas. Veía tres films al día, guardaba todos los artículos de todas las revistas. Lubtchansky, su director de fotografía, un hombre de un gran encanto, me había explicado que en casa de Rivette había senderos entre columnas de periódicos, por los que se escabullía. Había un sitio para la nevera, pero sin nevera, no respondía al teléfono y era necesario deslizar tu mensaje por debajo de la puerta. Un personaje entrañable.”


 

jueves, 16 de junio de 2022

El cine como mostrador de fantasmas


En casi total oscuridad, Serge Daney y Jacques Rivette hablan de fantasmas a los que, con los años, siempre acaban evocando las películas.
Por poner un ejemplo, Rivette habla de las películas que ha hecho, a lo largo del tiempo, con Bulle Ogier. En la última, ya fallecida Pascale, comenta la evidencia de que, sin que para nada se hablara de ella en la película, Pascale era una presencia innegable.
Una joya, a ir degustando con fruición, este episodio de Cinéma de notre temps, “Jacques Rivette. Le veilleur” (Claire Denis, 1990).



 

lunes, 6 de junio de 2022

Haut bas fragile

Una de las chicas sale de la clínica donde ha pasado los últimos cinco años.

Y va, dándose tiempo, a un pequeño hotel. La habitación tiene una terraza que da a esa casa con mansardas, que en algún momento definió a Rivette.

Pasé anoche una velada Jacques Rivette, viendo su “Haut, bas, fragile” (1995).
Parece que Rivette la hizo de forma rápida, cuando su productor le pidió algo ligero para resarcirse del fracaso económico que le supuso su anterior “Juana de Arco” (1994).
Aún así, con poco presupuesto, dura casi tres horas y contiene un poco de todo lo que ha frecuentado Rivette a lo largo de su filmografía: primero, desde luego, unas chicas jóvenes que circulan a pie, en Mobilette o hasta en patines por un París muy suyo (en este caso el del Parc Montsouris y alrededores), una del ellas ayudándose de un mapa; luego una sociedad maléfica que llama la atención de una de las tres protagonistas; no olvidándonos de las tablas teatrales, aquí trocadas por un viejo salón de baile, donde Anna Karina canta a un amante perdido.
Todo combinado en esta ocasión con números de comedia musical a lo Jacques Demy dentro de una trama que resulta por una vez muy inteligible. Una trama triple, que se entrelaza, llegando sorprendentemente a conclusiones, correspondiente a las historias de esas tres chicas mencionadas, historias ligadas con un pasado familiar que intriga, a uno no vivido y olvidado debido a haber estado en coma un largo periodo y a uno violento huido, respectivamente.
Por el principio, aparece Rivette haciendo un cameo: cree reconocer a una de las chicas en cuestión, como algo de un pasado ya bastante lejano, quizás dieciocho años: la chica pone pies en polvorosa.
Después de haber visto ésta, ya solo me faltará ver la causante, por su descalabro, de ésta (“Jeanne, la pucelle”) y alguna variación de los Rivette ya vistos. No tendré prisa por agotarlo. Hay que prolongar, en lo posible, los placeres vivificantes.


Otra chica, ha que huye de un hecho violento, se mueve y baila constantemente. Aquí en el café salón de baile.

Número musical arrancado de repente (se dejan sentir llegar) en el Parc de Montsouris (aunque creía que era el de les Buttes Chaumont).

En Paris de los alrededores de Rivette, aquí con una calle con adoquines que he visto en Google Maps que existe y, efectivamente, es cercana al Parc Montsouris.

 

domingo, 21 de marzo de 2021

Le Pont du Nord

Pascale Ogier en su Mobylette alrededor de las estatuas de Paris.

Bulle Ogier situándose en un Paris lleno de trenes.

Revisando el mapa/juego de la oca.

Hay varias páginas web con un mapa del Paris de “Le Pont du Nord” (Jacques Rivette, 1981; en Mubi). Es del todo punto natural, porque es quizás -y eso ya marca un grado superlativo- la película que hizo Rivette más exploradora de un cierto París.
El mapa utilizado se convierte en realidad en el juego de la oca, y de casilla en casilla van yendo, mapa mediante, Bulle y Pascale Ogier, con interferencias de Pierre Clementi y Jean-François Stévenin.
Todo empieza con un espectacular recorrido alrededor de las estatuas de bronce -leones, en su mayoría- con la cámara siguiendo a una Pascale Ogier en Mobylette, mientras Bulle Ogier recorre entre otros algún sitio que también se frecuentaba -creo- en “Out One” y, de tanto andar, se le rompe la bota y la ata de forma parecida a como hacía con su destrozado zapato el protagonista de “Paris nous appartient”.
Las dos se encuentran. “Una primera vez, un accidente; la segunda, quizás azar; pero la tercera, eso es el destino”, dice Pascale. Y con ellas ya inseparables vamos por un Paris lleno de trenes y de escaleras que se suben constantemente, para acabar en las zonas donde se produce el final de los recintos fabriles para transformarlos en viviendas.
Lo que tiene el ver las películas con la perspectiva que da el tiempo: Por un lado he visto (una tontería) que en el terrado del Arco de Triunfo de l’Étoile habían puesto ya en el año de rodaje unas barandillas metálicas en forma de palos clavados verticalmente, que antes no estaban. Pero por otra (ésta ya de peso), el saber del destino de la hija actriz te hace seguir las evoluciones de esa pareja, madre e hija en la vida real, de una manera bien diferente, que alcanza su cima con el desenlace de la ficción.


En un París en proceso de desaparición: ¡el albergue de la manzana dorada. Posta a caballos!

Esta secuencia, con Pascale Ogier tomada como si fuera desde la mira de una escopeta, te lleva, entre otras de la relación con su madre, a grandes reflexiones.

 

domingo, 11 de octubre de 2020

La religiosa


Andaba yo dilucidando en qué se vislumbraba la relación de “La religiosa” (1966, ayer en la Filmoteca) con los otros films de Jacques Rivette, porque la verdad es que quizás se vea un poco el mundo teatral en el ritual que se gasta en un convento, o los juegos grupales en el siguiente convento al que va a parar Suzanne Simonin, pero realmente no llegaba a ver el típico mundo de Rivette representado en esa tan consistente trama, que sigue fielmente, excepción hecha del final (como me dijo a la salida un aplicado lector) la obra de Diderot.
Cuando, de repente, en el momento en que Suzanne (Anna Karina), desesperada por las penalidades sin fin que está sufriendo en el convento, se saca la toca de la cabeza y la arroja al suelo donde, contorsoniándose, va a parar ella misma, me ha parecido estar viendo a Marianne (Emmanuelle Béart) en “La Belle Noiseuse” (1991) en una de sus forzadas poses de modelo.
La imagen capta otro momento, pero creo que servirá para trasmitir la sensación que, por un momento, me cruzó por la cabeza.


 

sábado, 13 de junio de 2020

Le coup du berger


Esta semana me han dado el enlace de “Le coup du berger”, la primera película de Jacques Rivette (1956). Vista hoy en día, es una rareza en la que aparecen o con la que están relacionados todos los que pueda pensarse y alguno más: Rivette, desde luego, pero también Chabrol, que cedió su piso para el rodaje, Straub, que hizo de ayudante de dirección y hasta el amigo infantil de Truffaut, Robert Lachenay, como ayudante de operador. Pero es que además aparecen también como figurantes, acompañando a Jean-Claude Brialy, Doniol Valcroze, Chabrol, Godard, Truffaut, Lachenay y el mismo Rivette.
La película (28 min) me parece una delicia, de una frescura increíble. Tiene del Rivette posterior su esqueleto como juego, pero esa situación de varias parejas reales y posibles me ha sonado a otro que está aquí ausente, Rohmer.
He aquí su enlace (en Vimeo hay otra copia, en ese caso subtitulada en inglés): https://youtu.be/GkdPdAG1ftU

lunes, 6 de abril de 2020

Out 1 - y 8: De Lucie à Marie

Emilie viéndose, sorprendida, por su haz y envés.
Todo tiene su final. Lo tienen hasta estas entradas sobre “Out 1”, de la que anoche vi su octavo y último episodio, “De Lucie à Marie”, por lo que cabe pensar que también la tendrá (esto es una nota de esperanza) la crisis del maldito coronavirus...
Una de esas escenas de representación juvenil improvisada, mal interpretada y planificada, lo que la eterniza... de las que está llena la película, pese a lo cual, uno pierde las defensas ante ella y el espíritu juguetón que representa.

A veces me digo si los recorridos entre nombres femeninos que encabezan los títulos de los episodios no serán los que vemos pasan por el ligón, grande y destartalado de Thomas, el personaje interpretado por Michel Donsdale. Pero enseguida lo dejo, sin ponerme a pensar en ello.
Tras 
-pensar en la posibilidad de la existencia de fantasmas en el caserón de Obade, en Normandia
-asistir a una conversación entrando en bucle
-comprobar lo ligón que es el personaje de Michel Donsdale (pese a que viéndolo en sus últimos papeles no lo habrías dicho nunca)
-oír un posible adiós de Colin a las fantasías, que “le han alejado del amor”.
-oír al personaje de Françoise Fabian decir que es muy bonito lo de escribir libros, charlar en cafés, etc., pero que es frustrante que no haya luego nada más
-ver a Frédérique, pistolón en mano, emular las películas de Feuillade o, mejor, a Franju emulando a Feuillade,

...todo se precipita y acaba de forma inesperada, mucho antes de lo esperable.
Creo que este plano, tal como está en la imagen, no aparece nunca así, tan marcado, imagen real y reflejada en el espejo en el mismo fotograma.
Habrá que buscar, pues, otro film de estos míticos nunca vistos por interminables para dar con ellos la lata, pero, como ya vi recientemente también “Al oeste de los raíles” y no encuentro otro de esa naturaleza, mejor que acabe de una vez lo del coronavirus y salgamos con bien de todas sus consecuencias.
Frédérique, con máscara, con un pistolón, parece trasladarnos a la un poco posterior “Noches rojas”, o a una serie de Franju de la época, en la que, tras su “Judex”, emulaba a Feuillade.

domingo, 5 de abril de 2020

Out 1 Episodio 7: D’Emile à Lucie

Paris siempre de fondo. O, mejor, siempre integrado en la película. Buscando fotos de este episodio para colgar aquí, he visto que existe una web que parece bastante sólida que propone el plano de París de “Out 1”, ubicando las diferentes escenas que tienen lugar en cada distrito de la ciudad.
¿Y si fueran los ejercicios teatrales en los ensayos del par de grupos, ya casi totalmente destartalados en este penúltimo episodio (7, “D’Emile à Lucie”), los que marcaran la clave de todo el “Out 1” de Jacques Rivette? Thomas, el director de uno de ellos, les dice a los de su grupo que lo que debe primar es el estado de disponibilidad, el deseo de juego, de divertirse, no otro objetivo preciso.

¿Y si todo lo que me cuenta es un juego?

También es en el taller, ya vacío, donde Sarah (Bernardette Lafont) le dice como única solución a Colin (Jean-Pierre Leaud), después de preguntarle si no sabe que todo lo que ha estado haciendo puede ser peligroso y regalarle un péndulo, que debe jugar.
Habrá que tomar cartas en el asunto...
Si bien es verdad que antes, en una de las entrevistas que provoca Colin intentando desvelar el misterio, Warok le pregunta si no será todo lo que le cuenta un juego, a lo que él responde que eso no es posible, que en ese caso toda la magia, todo el mundo misterioso que compartimos, se derrumbaría estrepitosamente.
En medio de diálogos en un indescifrable idioma, un obsequio y un camino: “Juega”...
Tranquilos, que ya sólo queda el octavo y último episodio.

sábado, 4 de abril de 2020

Ouit 1: Episodio 6. De Pauline à Emilie

Lo más parecido a un inicio de menage à trois.
Veo que “Out 1” (Jacques Rivette, 1971) está compuesto de ocho episodios y anoche ya vi el sexto, “De Pauline à Emilie”, por lo que no me durará, como pensaba, todo el periodo de confinamiento...
En este episodio no sé si todos los espectadores, pero al menos yo, escéptico como mínimo en los dos anteriores, recibo sorprendido ciertas evidencias que hacen tomar consciencia de que sí hay en la trama realmente un grupo organizado, que detecta que ha de volver a la acción.
Frédériqu, que en el episodio anterior cambió de ropa, dejando sus pantalones, pero también de peinado, cortándoselo, pero no llegó a despistarme con ello pese a lo mal fisonomista que suelo ser (  ), se acerca a un café donde ve a otra de sus víctimas a quien asaltar.
Presenta, y eso sucede por primera vez desde el episodio inicial, poco rato de su metraje siguiendo los dos ensayos teatrales. Los de “Los siete contra Tebas” se repartieron en un mapa Paris y salen a buscar, a preguntar, foto en mano, a una persona. Los de “Prometeo encadenado” parecía que no iban a tener en el capítulo ninguna de sus largas performances y, aunque al final sí que tienen una corta aparición en el taller, se dedican en ella a una improvisación más propia del burlesque que otra cosa.
La chica más bajita de “Los siete contra Tebas”, en su investigación callejera por la zona que le ha tocado de París.
Por otra parte, apenas hay reuniones y conciliabulos en interiores. En estas condiciones, este sexto episodio es casi plenamente callejero y es divertido ver como sus filmaciones debieron ser efectuadas sin apenas preparación, aprovechando la ligereza, lo elemental del equipo de rodaje, para captar la vida de la ciudad. En muchos planos se ve a la gente que se cruza con ellos sorprendida, observando con curiosidad a la cámara. Quizás el caso más descarado y a la vez divertido es la de un Jean-Pierre histriónico perdido, memorizando o interregándose sobre un texto de Balzac, que recita repetidamente, mientras que cantidad de niños le siguen, atraídos por el espectáculo.
Colin por una calle estrecha de a Paris, seguido de muchachos que han observado que se estaba rodando.
Colin, siguiendo a Sarah, va a parar, precisamente, al taller de ensayos de Prometeo, donde interroga a Thomas haciéndose pasar por periodista de Paris-Jour. Le pregunta, claro, por la relación entre Los Trece y Prometeo, y el director teatral acaba enseñándole un juego de cartas, “Los trece”, que no es sino un nombre sofisticado para algo muy parecido a lo que aquí llamábamos, con mucho menos glamour, “El burro”. Un ejemplo de cómo Rivette escoge elementos de lo más triviales y los hace integrarse y participar en el engranaje del misterio.
Un encuentro revelador...

viernes, 3 de abril de 2020

Out 1 - 5. De Colin a Pauline

Esta imagen, tan sugerente, la había visto yo por revistas de cine cantidad de veces. Así se iban formando, antes, a partir de imágenes que se iban sedimentando en la memoria, las ganas de ver cine. Es un plano fugaz, que surge en un par de ocasiones, en un ensayo de la obra de Prometeo, sin más relevancia.
Anoche, tarde, con sueño no respetado, no disfruté del quinto episodio de “Out 1” (Jacques Rivette, 1971). Este “De Colin a Pauline” sirvió, no obstante, para que me surgiera esa duda que siempre surge en algún momento cuando sigues la trama de un Rivette: la posibilidad que toma cartas de naturaleza de que todas las historias misteriosas que van surgiendo no sean más que agua, agua que fluye sin llevar a nada.
Colin se acerca a Pauline en las veladas que tiene en el espacio de su tienda con resonancias orientales... para sólo oír hablar de mermeladas.
Eso cobra fuerza viendo el poco vuelo, la nula importancia que da el personaje de Doniol-Valcroze o el de Françoise Fabián al chantaje de Frédérique, que quiere venderles las cartas que les ha robado, o una Pauline que solo habla de mermeladas ante Colin, cuando éste quiere algo más sustancioso.
Otra de esas escenas con imagen icónica en segundo plano. Françoise a Fabián, burlona, atiende a su chantajista.
Para ir apuntando los cameos que van apareciendo, otro más de gente de los Cahiers que se suma, Michel Delahaye, nombre presente en buenas entrevistas, casi míticas, de la revista.
Colin, entre la investigación y sus sentimientos.

jueves, 2 de abril de 2020

Out 1 - 4: De Sarah a Colin

El paseo y conversación, seguidos por la cámara en mano, de Thomas y Sarah.
Se reproduce ese final del episodio 3 a lo “Centauros del desierto”, pero en blanco y negro, y llega en seguida, ya en color , la que quizás es la escena que más me gustó ayer del episodio 4 (“De Sarah a Colin”) de “Out 1” (Jacques Rivette, 1971). Thomas y Sarah se pasean por la playa, el primero convenciendo a la segunda de volver a Paris con él, para poder supervisar, “desde fuera”, la obra de teatro sobre Prometeo. La pareja va desplazándose junto a la orilla del mar en lo que es un atardecer ya no de verano y una cámara en mano entonces muy poco vista en el cine comercial les va siguiendo o precediendo.
Porque “Out 1” es un ejemplo de la ligereza -y sensación de realidad- que ofrecían las cámaras de 16mm de la época. Esa cámara en mano se repite por muchas escenas del episodio, quizás no con desplazamientos tan notorios como éste, pero sí en muchas escenas callejeras y también persiguiendo la acción de los ensayos e improvisaciones teatrales.
Es algo ahora muy común, pero debía resultar bien extraño entonces: No importaba tanto la supuesta “calidad de imagen”, sino el captar como fuera todo lo importante. Así, siguiendo las improvisaciones del grupo de Prometeo, son varias las ocasiones en que descubrimos la sombra del cameraman, de la misma cámara o hasta de la jirafa de sonido. Pero eso no solo no importa, sino que le da un cierto valor añadido...
Balzac en mano, decisiones: “derecha, recto, izquierda: ¡derecha!”
El grupo de “L’angle du hasard” sigue sus reuniones, y en una se presenta Colin (J.P.Leaud), que ya no se hace el sordomudo, pidiendo trabajo en el nuevo periódico que preparan. Quizás sólo quiera preguntar a Pauline (Bulle Ogier) si es de Los 13, como hace después en su casa, obteniendo una misteriosa respuesta por su parte. El número 13 va surgiendo, por cierto, por aquí y por allí, con las 13 personalidades diferentes que se dice en el paseo por la playa que hay en Thomas, si se piensa bien en las casi 13 horas de duración de la película completa, etc...
Sonsacando a Pauline sobre Los 13.
La preparación de la obra de Prometeo es para el espectador más llevadera en esta ocasión, porque se trata de una sesión de meditación trascendental, seguida atentamente -como recalcan las panorámicas en primer plano de su cara- por Sarah.
El cameo importante de turno es en esta ocasión de otro histórico del Cahiers du Cinéma, Jacques Doniol-Valcroze, que recibe la visita de Frédérique mientras juega solo al ajedrez.
Jacques Doinel-Valcroze, como acaudalado dedicado al comercio al por mayor, recibe la inesperada visita de Frédérique cuando juega contra sí mismo al ajedrez.
Todo acaba con una insólita y larga escena en casa de Pauline, a la que llega Thomas (¡todo va ligando entre sí!), pero que se desarrolla a base de una increíble improvisación con un par de niñas muy pequeñas y un perro, siempre imprevisibles, todos sentados en una alfombra en medio de la sala de un piso de esos parisinos de por 1800.pero lo más interesante es que tanto en esa escena como en la del ajedrez, hay una figura que aparece de fondo, nombrada, como ya pasó en episodios anteriores, y va adquiriendo el valor de una referencia de peso: El espectador solo hace que oír hablar, sin verlo, de ese Pierre, que parece haber tenido su gran presencia en el pasado e influencia en todo lo que está pasando.
Aunque sin momentos de pesadez extrema, dado que la improvisación teatral fue tan reposada, tampoco ha sido el episodio que hasta ahora más me entusiasmase. Más bien me ha resultado, salvo por lo señalado, bastante anodino. Un poco como el confinamiento actual, ya en su tercera semana. Siguen pasando cosas terribles, pero se va entendiendo todo lo que pasa y puede pasar y, sobre todo, se va adquiriendo una consciencia de que debemos estar ya por la mitad del proceso.