Jesús Franco no gana para desengaños en “El extraño viaje” desde la muerte de sus padres. Invoca al tiempo pasado continuamente: “¡Con lo buenas que estaban las peras del huerto de papá!” ¿Cuáles podrían ser esas riquísimas peras del huerto de papá, a conservar en la memoria? Aquí –Cine- se intenta recopilar y dejar visibles las impresiones a vuelapluma, en general sin documentación ni análisis previos, de la reciente visión de alguna película que me haya causado buenas vibraciones.
lunes, 30 de marzo de 2026
Portobello
lunes, 16 de marzo de 2026
Portobello
lunes, 2 de marzo de 2026
Portobello
martes, 24 de febrero de 2026
Portobello
jueves, 22 de agosto de 2024
Enrique IV
lunes, 19 de febrero de 2024
Pagliacci y Per una rosa
lunes, 3 de abril de 2023
Los dos últimos Bellocchios
viernes, 23 de diciembre de 2022
Esterno notte
martes, 20 de diciembre de 2022
Aldo Moro
miércoles, 19 de octubre de 2022
Marx può aspettare
Marx puede esperar
Cuenta Marco Bellocchio en un documental que recomiendo buscar y ver —Marx può aspettare (2021)— que eso le dijo su hermano gemelo Camilo cuando, allá por su juventud embutida en la perpetua búsqueda de revolucionar el mundo, le anduvo pinchando con sus apremios políticos.
Pues sí: Marx puede y debe esperar cuando temas mucho más vitales le asaltan a uno. Había cosas más importantes, piensa ahora Bellocchio, tras dedicar su película a repensar, cincuenta años después, con la ayuda de toda su familia, en la desaparición, en 1969, de Camilo.
Es un documental que recomiendo a quienes se han emocionado con alguna película del cineasta, porque gracias a él se puede ver de otra forma toda su obra. De repente, con su contemplación, se averigua que su reflejo en ella de la locura, de sus ataques al fanatismo religioso o al lastre de la familia que siempre contiene, no son por algo circunstancial y genérico, sino que obedecen a aspectos vividos, claramente autobiográficos.
Uno de los familiares supervivientes, a los que pregunta para reconstruir la infancia y juventud, suya y de su hermano gemelo, es su hermana María Luisa. Bellocchio la entrevista siempre acompañada de su otra hermana, Letizia, quien repite alguna de sus palabras que cree puede haber resultado confusa, porque María Luisa es, desde su nacimiento, sordomuda.
Habiendo sido su madre seguidora fiel de la doctrina católica más severa, cuyas ideas parece que supo transmitir sobre todo a sus hijas, Bellocchio le pregunta a María Luisa por sus expectativas de una supuesta vida futura, sobre qué querría ver en la prometida vida eterna:
—No quiero ver a Dios —contesta María Luisa—. Allí querría ver a mamá, a papá, a mis hermanos, a la familia —dice con ese tono hueco, pero profundo, de los sordomudos que han aprendido a emitir palabras, aunque no las pueden oír.
Bellocchio pone entonces una foto grupal, de todos los miembros de su familia que le quedan con vida: hermanos, hijos, sobrinos, nietos… Ni que decir tiene que el efecto es inmediato, humedeciéndote los ojos de forma súbita, por la lucidez emocional de entender no solo la escena, sino todo lo que representa que el cineasta la ofrezca ahora, casi al final, por ley natural, de su carrera.
Tras una autocrítica por la frialdad y la falta de amor que pudo dominarle en algún momento, de lo que se arrepiente enormemente, acaba la película.
jueves, 7 de julio de 2022
Marx può aspettare
lunes, 16 de diciembre de 2019
Il traditore
viernes, 12 de mayo de 2017
La tabla de salvación de Massimo
«Non si può vívere senza Rossellini», dicho así, categóricamente. Y uno, que ya había pasado por Roma città aperta, Paisa y Germania anno zero, se sentía súbitamente tocado por una verdad inapelable, sin saber cómo no había oído a nadie proclamar antes así, a los cuatro vientos, lo tan evidente. Lo decía un personaje de Prima della revoluzione, una película sobre la que, cuando alguien mencionaba su título, me gustaba subrayar, poniendo cara de placer (falsamente) recordado y ya perdido, aquello de que «quien no ha vivido antes de la revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir».
Pero todo esto es sólo para poner una nota de ambiente y situarnos. Estaba arrancando la década de los 60. En Francia había surgido la Nouvelle Vague. Por los demás países, siguiendo el ejemplo, había hecho eclosión un nuevo cine que traía aires nuevos y decía mucho más. En Italia, ese nuevo cine tenía además un marcado carácter político y, como tal, a España sólo pudo llegar años más tarde, gracias a la mayor tolerancia de las salas de arte y ensayo. Así lo hicieron los primeros films de los hermanos Taviani con Valentino Orsini, de Francesco Rosi,… Pero sobre todo los de Bernardo Bertolucci y Marco Bellocchio.
De este último eran las películas más virulentas. Leo Castel iba en plan insolente con I pugni in tasca, y en otra película se nos advertía que La Cina é vicina. Siempre, en éstas y en las siguientes (que llegaron a pasarse hasta en salas S para, a continuación, dejar de llegarnos), Bellocchio hacía un alegato visceral contra la familia, el ejército, la iglesia y todas las instituciones y costumbres burguesas. Por eso sorprende un poco ver ahora una película suya en la que todo gira alrededor de la bestial hendidura producida en un niño cuando muere súbitamente su madre. Una herida que vemos que no cicatrizó ni de adolescente, ni de joven, ni de hombre bien maduro, como apreciamos en los tiempos pasado y presente de esta Felices sueños (2016). Quizás Bellocchio, ya con bastantes más años encima, aborda últimamente los temas con más comprensión, con una notoria tolerancia hacia la humanidad.
Pues bien, pasemos a los lloros o, para ser más precisos, a la pugna por controlar un poco esa emoción que empuja por salirte por los ojos cuando te alcanza la escena, una escena que, por lo demás, es hasta divertida. Massimo ha ido a ver a una doctora de guardia que previamente le ha resuelto, vía un teléfono de emergencias médicas, un estado de ansiedad gordo. Tras un pequeño diálogo tranquilizador, ella le receta:
— Si vuelve a sentirse mal, llame a un amigo de confianza.
— ¿Puede ser Vd.? — le pregunta rápidamente un preocupado (pero, a la vez, viendo ahí el cielo) Massimo. A lo que la guapa doctora no puede más que responder mediante una risa espontánea, mostrando su espléndida dentadura.
La película podría llegar a ser, si se entra en ella, «de mucho llorar». Emociona reconocer en una escena a Roberto Herlitzka, el magnífico actor que hacía de Aldo Moro secuestrado en Buenos días, noche, dando una clase sobre el Universo. O podría uno ponerse a llorar a moco tendido, si no sonase un poco excesiva, la lectura ficcionada de esa carta al lector que Máximo escribe finalmente en el diario, recordando el gesto de su madre de pasar por su cama para taparlo, despidiéndose así de él. O al ver la felicidad trasmitida en esos grandes momentos del aprendizaje del baile con su madre. Pero a mí ha sido en ese preciso instante, con ese diálogo, cuando, pequeña sonrisa tirando de los labios superiores hacia la nariz, un efluvio de ternura casi se lleva por delante mi compostura debida a una sala de estreno.
Por un momento he pensado que por fin esa doctora, esa chica tan agradable, va a sacar a Massimo de ese pozo tan negro en el que le dejó la desaparición de su madre, y me he regocijado sinceramente, alegrándome por él, con toda la ilusión del mundo. De la misma forma que me reconforta que desde la última vuelta del camino, que diría Baroja, Marco Bellocchio tenga claro y haga ver que lo que hicieron con Aldo Moro esos estudiantes fue una salvajada, o que se descubra a sí mismo, tan combativo como era, con un cierto fondo sentimental, que ya no se esfuerza en ocultar.
viernes, 24 de junio de 2016
Abbasso il zio
Arranca con esta imagen, la cruz con velo en movimiento, la tapia del cementerio en primer término. Se trata de “Abbasso il zio” (1961), un cortometraje inicial de Marco Bellocchio, muy atractivo visualmente.


































