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lunes, 30 de marzo de 2026

Portobello


No es que los medios de comunicación queden en ella precisamente ensalzados.
Con el episodio 5 (centrado básicamente en el macro juicio contra el presentador de TV Enzo Tórtora y otros acusados de formar parte de la Camorra que tuvo lugar en Nápoles en los años 80) y el episodio 6 (en el juicio de apelación), termina “Portobello” (HBO), una serie de Marco Bellocchio que, como su anterior “Externo notte”, supone un paso más del cineasta en su intento de ofrecer un sólido retrato de la sociedad italiana reciente.
Con series como ésta, yo también me convierto en aficionado al formato.




 

lunes, 16 de marzo de 2026

Portobello

“Portobello” (Marco Bellocchio, 2026) entra en su tercer episodio en un mundo cercano a la fantasía. En un penal ve cómo un preso está imbuido en su práctica zen. Asiste a la marciana fiesta que los presos han organizado para celebrar el cumpleaños del director. Por un enorme y lujoso salón de la procuraduría vemos cruzar una enorme rata. Junto a la prisión acuden unos personajes circenses con la música que Nino Rota compuso para el final de “Fellini 8 1/2”, con el que acaba el episodio.
En el cuarto, por su parte, asistimos al regreso a su cálido domicilio de Milán. Alguno de sus pensamientos -viendo alguna fotografía antigua que cobra vida, por ejemplo- o ese suplicio que le supone la gente que está atenta a su furgón para hacerle preguntas o fotografías, puede llevarnos a pensar si no será que empieza a cuestionarse de su pasado lleno de banalidad en la televisión. Esa TV que, en el caso de un festival de la canción ganado por Romina Power y Al Bano, hermana a presos y guardianes…y hasta a toda la sociedad, porque igual pasa en la casa del antiguo y popular presentador.
El camino hacia el macrojuicio se va recorriendo a pasos agigantados.
(Entre paréntesis diré que no ha habido forma de que pudiera poner en el 4º episodio de HBO lcon subtítulos correctos en español -aparecían los de otro episodio- y al final éste lo he visto en versión original italiana subtitulada en italiano).

El salón que recorre el juez de instrucción Fontana, superado por las tristes circunstancias en las que ha de ejercer su trabajo, lo hemos visto antes atravesado velozmente por una enorme rata.



 

lunes, 2 de marzo de 2026

Portobello


Sólo dos planos, dos imágenes de dos escenas del segundo episodio de “Portobello” (Marco Bellocchio, 2026), que ya se puede ver en HBO Max.
De la primera escena destacar, sobre todo, una música final. Tórtora sale cabizbajo, esposado, de la comisaría a donde le han llevado. Presentador famosísimo en toda Italia, le está esperando fuera toda una jauría de reporteros gráficos. En un momento dado, oye como el jefe de uno de ellos le dice a su empleada: “Las esposas, tómale fotos de las esposas”. Él, en vez de ocultarlas, enseña sus muñecas aprisionadas con las esposas y luego las muestra a todos, alzando sus brazos. Es el momento de la primera foto.
Pero cuando ésta acabando la escena, pues el coche de la policía se lleva a Tórtora a la prisión, la música que ha estado marcando la pauta, el ritmo de la secuencia, sube de tono y se superpone a toda la jarana a la que hemos asistido. Se diría que cuando la excitación de todos los que ahí han acudido baja, la música, que ha tomado carrerilla, no sólo no baja sino que sigue y hasta se envalentona. A mí me ha sonado como una tarantella de la Nuova Compagnia di Canto Populare, agudizando el sentimiento de estar asistiendo a una ópera bufa. Luego he acudido a los títulos de crédito y visto que no especifican la tonadilla, pero que toda la música de la banda sonora, interpretada en casi todos sus instrumentos por él mismo, viene firmada por Teho Teardo, que veo es un creador musical italiano de prestigio.
He encontrado la escena completa en YouTuve:
Y la segunda escena: Es Tórtora, paseando por el patio de la prisión junto a otro recluso. Desde una casa vecina le sacan fotos, que se publican en la prensa.
La prisión, tan parecida a la Modelo barcelonesa incluso en su hacinamiento y deterioro, es uno de los protagonistas del episodio, y creo que seguirá siéndolo en los siguientes. En éste permite la sugestión que asaltaba al protagonista de un cuento muy cruel de Villiers de l’isle Adam, “La tortura de la esperanza”. Pero aquí va de otra cosa. Tórtora se encuentra con un personaje de la Commedia dell’Arte que, no sé si erróneamente, he identificado con Polichinela.
En cualquier caso, el episodio está saturado de personajes napolitanos.


 

martes, 24 de febrero de 2026

Portobello




Pequeña decepción al saber que, por una vez que tenía acceso a la nueva película/serie de Marco Bellocchio, “Portobello” (2026; en HBO-Max), no podía continuar viéndola, pasando al segundo episodio tras haber degustado con gran satisfacción y admiración el primero. Supongo que la plataforma deberá ir desgranando semanalmente los cinco episodios que la completan.
Por el momento, con sus dos ambientes -el del concurso de moda en la RAI de finales de los 70 y principios de los 80 seguido desde todos los hogares y el del peculiar mundo de las prisiones estatales, rebosantes, saturadas de singulares especímenes y dominadas por grupos de la camorra-, el primer episodio nos ofrece, como hizo Bellocchio tan brillantemente en su anterior “Externo notte”, un retazo más de la reciente historia italiana.
Dos ambientes en este primer episodio paralelos, únicamente conectados por los monitores de TV existentes también en las cárceles y que todos los que afrontamos la película/serie sabemos previamente que están condenados a coincidir.
¡Qué bueno es Bellocchio!




 

jueves, 22 de agosto de 2024

Enrique IV


Creo que no estrenada en su día, hasta ayer en la Filmoteca no había visto “Enrique IV” (1984), de uno de los directores de cine por los que profeso más admiración, Marco Bellocchio.
¿Qué le pudo interesar a Bellocchio de la obra de Pirandello del mismo título en que se basa?
El clero, la milicia, la familia, la locura. Esos son los principales temas que toca, una y otra vez, en sus diferentes películas, por una razón que finalmente se nos hizo diáfana a los que hemos tenido la suerte de ver una de sus últimas obras, “Marx puede esperar” (2021). Aquí, en “Enrique IV” se habla un poco de todo eso, pero sobre todo se trata de una película más suya -hay otras que inciden también frontalmente en ese tema- sobre la locura.
Cuesta un poco entrar en la película, hacerse cargo de lo que estás viendo. Por una parte vemos que en un Mercedes viaja una sofisticada pareja -al parecer con el título de duques- hasta un enorme caserón con forma de castillo. Pero esta acción del presente se alterna con la de una partida de gente joven vestida de trajes de época, a caballo. Son los recuerdos de ella (Claudia Cardinale) -a los que luego se sumarán los de él (Marcello Mastroiaini) desde el castillo- reviviendo cómo en esas circunstancias el que suponemos debía ser su pareja se cae del caballo y queda aturdido, sin reaccionar. Otro de los pasajeros del coche es un psiquiatra, quien, al parecer, tiene un plan para hacer volver a la razón, veinte años después, a quien sufriera ese accidente, que desde entonces se cree “Enrique IV”, de quien vestía, y ha pasado todo ese largo periodo en un establecimiento en el que todos, vestidos de época, le siguen la cuerda.
El psiquiatra, buscando obsesivamente peces por cualquier sitio o recipiente con agua, da síntomas de estar como una chota, lo que debiera poner en aviso a los espectadores de por donde va a ir la cosa.
En “El jardín de las delicias” (Carlos Saura, 1970) un hombre -Saura se inspiró en Juan March- tiene un accidente de coche y sufre un trastorno mental. Para hacerle recuperar su memoria (están en juego los dineros de Suiza, bajo un código que le quieren hacer recordar), su familia le representa acciones del pasado, para provocarle una chispa en su cabeza que le haga volver en sí. La idea del psiquiatra de “Enrique IV” es similar: se trata de provocar al obnubilado (Marcello Mastroianni) un choque mental, a base de luz, con el presente, y de dar cuerda al reloj que ha estado paralizado veinte años, para que se de de narices con su pasado y presente, para volverlo a la cordura.
Dónde se descubrirá que está la cordura y dónde la locura es la clave de la película. Es el personaje del loco el que, en un momento dado -y podría estar diciéndolo el mismo Bellocchio- señala lo molesto del loco, puesto que “hunde todos los cimientos de la sociedad”.
Película extraña, difícil…hasta que le pescas lo que busca. Y si a alguien no le convence, siempre le queda dejarse llevar por el precioso “Oblivion” de Astor Piazzolla, que marca en un par de momentos la banda sonora del film:

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Pagliacci y Per una rosa

La mesa familiar en “Pagliacci”. La familia, una vez más en Bellocchio.

Mubi sorprende con la estupenda sorpresa de colgar en su plataforma dos cortometrajes que Marco Bellocchio hizo hace unos años para la RAI, que por un momento recuerda lo poderosa e importante que fue, dando vida al mejor cine italiano, el más moderno y sugerente, de los años 70.
Se trata de “Pagliacci” (2016) y “Per una rosa” (2017).
El primero, denso, necesitado de un par de vueltas para su plena comprensión, de ambiente operístico, con personajes contemporáneos emulando a Electra y Citemnestra, lo he visto como una nueva incidencia de Bellocchio en el mundo de la familia, las tensiones y pasiones que provoca y reprime.
La segunda, rodada en un enclave tan familiar a Bellocchio como Bobbio, su río y su puente, que ya pudimos ver en películas previas suyas (yo recuerdo “Vacanze in Val di Trebbia” -1980- y “Sangue del mío sangue” -2025-), se aferra a su faceta de relato corto, con pequeñas historias relativas a los personajes que están o pasan por el bar de la cabecera del viejo puente.
A ver si sigue la racha y Mubi insiste en su papel original de descubrirnos películas de interés que no nos habían llegado.

Tras los pasionales ensayos teatrales, la bronca en casa. (“Pagliacci”)

El protagonista de una de las historias encadenadas que cuenta “Per una rosa”.

En “Per una rosa”, el puente de Bobbio, visto desde el bar centro de las historias. 

lunes, 3 de abril de 2023

Los dos últimos Bellocchios


Tengo para mí las dos últimas peliculas de Marco Bellocchio, “Marx può aspettare” (2021) y “Esterno notte” (2022), como dos de los momentos de cine mas agraciados de los últimos tiempos. Por eso suelo leer todo lo que veo que habla de ellas, y más si se trata de declaraciones de su autor.
Cahiers du Cinéma dedica en su número de marzo un artículo y le hace una entrevista a Bellocchio sobre “Esterno notte”, esta última extendida en el correspondiente número de “Positif”, que incluye también un magnífico texto interpretativo del film escrito por Yannick Lemarié, otro sobre “Marx può…” de Jean-Dominique Nuttens y, por último, otra entrevista específica con Bellocchio.
El texto de Lemarié dice una serie de cosas que me han resultado sumamente de interés a la hora de reflexionar sobre la película. Entre las cuales, tras situar el tema del film en la turbulenta historia de esos años del plomo, con los que la ha querido inscribir Bellocchio, las siguientes:
-Que Bellocchio nos cuenta en la película “la vulnerabilidad de una nación que lucha para preservar una unidad socavada por la guerra del 39-45. (…) Ni los jefes parlamentarios, ni los militares, ni el Papa, ni los militantes revolucionarios están preparados para trabajar conjuntamente. Y la segmentación misma de la serie acentúa esta impresión de fragmentación, casi de desintegración”.
-Que se puede analizar en cada personaje que ha perdido su fe en lo suyo.
-Que, frente a este “campo de ruinas espiritual, sólo sobrevive la figura del sacrificado (…), quien acepta todos los riesgos por el bien de la República. Se convierte en esa víctima expiatoria cuya sangre salvará a todo el país, ese nuevo y temporal Cristo cuya ejecución restablecerá la concordia nacional. Además de por la evocación de ‘Cristo se paró en Éboli’ (Francesco Rosi, 1979), los indicios de tal asimilación se multiplican: la atención que Moro presta a los niños y al pueblo; su manera de hablar, digna de un prelado; su debilidad en el momento de enfrentarse a la muerte; su forma de regresar entre los vivos, incluso su cólera final”.
Y acaba recordando el libro que leía la brigadista en “Buongiorno, notte”: “Sacra famiglia”, comentando que “en esa breve obra, Engels y Marx defendían el amor como una manifestación de la naturaleza humana y una forma de tomar en cuenta las realidades sociales”. Justo lo que sostiene todo el pensamiento de Moro.
Por su parte, Nuttens, en su artículo explica que “casi simultáneamente a la realización de ‘Esterno notte’, cuya finura de análisis y sensibilidad tanto impresionan, Bellocchio asume un riesgo posiblemente aún mayor abriendo su puerta para desvelar a todos, sin narcisismo, buscando la verdad, lo que ha construido al cineasta, al hombre en el que se ha convertido, a la obra que ha creado. ‘Marx può aspettare’ toca el corazón de lo que ha explorado toda su vida: la relación entre lo íntimo y lo político en amplio sentido, la alianza del documento, de la objetividad y de la exploración de las fuerzas oscuras que atraviesan cada individuo. Es bello, es perturbador, es universal”.
Corre un chorro de satisfacción por las venas de uno cuando ve escritas, bien hilvanadas, buena parte de las reflexiones que han asaltado torpemente tu cabeza.


 

viernes, 23 de diciembre de 2022

Esterno notte


Acabada de ver al completo “Esterno notte”, me ratifico por completo en el enorme alcance de la película (2022) de Marco Bellocchio, que ya intuía y manifesté por aquí tras haber visto tan sólo su primer episodio.
Esa perspicaz observación de toda una sociedad italiana (empezando por las altas instancias de la política e Iglesia), con su punto grotesco, que se desarrolla durante todos los episodios del film, culmina en el último.
Sabemos de la progresiva indignación que mostró durante su largo secuestro Aldo Moro por la publicación de las cartas que envió desde el cautiverio, pero Bellocchio se erige con la autoridad necesaria para poner en su boca el temible repaso “a toda esa banda jesuítica” en una confesión que, de existir, nadie pudo escuchar.
Poca crítica más mordaz puede oírse contra la Democracia Cristiana, pero no sólo ellos reciben un duro varapalo, pues la película no olvida tampoco las inmaduras y trágicas acciones de los miembros de las Brigadas Rojas, y así podríamos seguir con todos los estamentos que desfilan por el film: sólo se salva algún recuerdo íntimo, quizás falseado, de la más inmediata familia.
Los mínimos gestos habidos para intentar salvar a la persona han sucumbido ante las enarboladas sempiternas “razones de Estado” (ese magnífico plano de Paulo VI pasando en su silla de ruedas por delante de la mesa donde está acumulado el dinero preparado inútilmente para el rescate, sin siquiera mirarlo).
Y, acabada la representación, contrariando todas las peticiones expresas en su contra, una solemne música (habría que analizar la música que va apareciendo en diversos momentos de la película) nos indica que sí hubo cínicos, jesuíticos, funerales de Estado, discursos cariacontecidos: la, ésta sí, eterna representación que no ceja.


 

martes, 20 de diciembre de 2022

Aldo Moro


Tenía previsto hablar esta mañana sobre otra cosa, pero anoche vi el primer capítulo de los seis en que han dividido a “Exterior noche”, la película de Marco Bellocchio (2022, en Filmin), y no puedo dejar de pensar en ella.
Me golpeó de forma decisiva la canción de Jeanette, “¿Por qué te vas?”, que inunda la banda sonora del film en un momento decisivo de la trama, marcando el final del capítulo, que veo han sabido colocar con precisión.
Luego me han estado pasando por la cabeza ideas como el poder increíble del cine para rememorar los hechos históricos y, de poder ser, ordenarlos y darles un sentido; la fuerza que mantiene a sus años Marco Bellocchio, dando una lección de cine, de construcción de un personaje y de muchas otras cosas… una vez más; cómo dignifica la profesión de actor una película -o serie, sí se quiere- como ésta, con esa inapelable interpretación, por parte de Toni Servillo como un Pablo VI, según propia confesión, “muy cansado”, o la del propio actor que hace de Aldo Moro, Fabrizio Gifuni, o unos cuantos secundarios. Otros, que hacen de Andreotti, Cossiga, etc, ya son más arquetipos, sin la humanidad de los primeros.

Satisfacción absoluta pensar que aún me quedan por ver cinco capítulos. 

miércoles, 19 de octubre de 2022

Marx può aspettare


Hay pequeñas películas, hechas como ésta literalmente “en familia”, que suelen pasar desapercibidas, pero a cuyos realizadores les iba la vida en ellas, y se nota.
Vi antes del verano “Marx può aspettare” (Marco Bellocchio, 2021) gracias al DVD que me prestó un amigo, y enseguida vi que era para mí una de las películas del año.
Como, además, una de sus escenas -por el final, siempre por el final, tras larga labor de zapa…- me llegó emocionalmente, escribí estas líneas para que La Charca Literaria, que las publica hoy, las sacase en la sección esa que alimento de tanto en tanto, donde confieso que “Casi lloré cuando vi esa escena en el cine”.



 

Marx puede esperar

Cuenta Marco Bellocchio en un documental que recomiendo buscar y ver —Marx può aspettare (2021)— que eso le dijo su hermano gemelo Camilo cuando, allá por su juventud embutida en la perpetua búsqueda de revolucionar el mundo, le anduvo pinchando con sus apremios políticos.


Pues sí: Marx puede y debe esperar cuando temas mucho más vitales le asaltan a uno. Había cosas más importantes, piensa ahora Bellocchio, tras dedicar su película a repensar, cincuenta años después, con la ayuda de toda su familia, en la desaparición, en 1969, de Camilo.


Es un documental que recomiendo a quienes se han emocionado con alguna película del cineasta, porque gracias a él se puede ver de otra forma toda su obra. De repente, con su contemplación, se averigua que su reflejo en ella de la locura, de sus ataques al fanatismo religioso o al lastre de la familia que siempre contiene, no son por algo circunstancial y genérico, sino que obedecen a aspectos vividos, claramente autobiográficos.


Uno de los familiares supervivientes, a los que pregunta para reconstruir la infancia y juventud, suya y de su hermano gemelo, es su hermana María Luisa. Bellocchio la entrevista siempre acompañada de su otra hermana, Letizia, quien repite alguna de sus palabras que cree puede haber resultado confusa, porque María Luisa es, desde su nacimiento, sordomuda.


Habiendo sido su madre seguidora fiel de la doctrina católica más severa, cuyas ideas parece que supo transmitir sobre todo a sus hijas, Bellocchio le pregunta a María Luisa por sus expectativas de una supuesta vida futura, sobre qué querría ver en la prometida vida eterna:


—No quiero ver a Dios —contesta María Luisa—. Allí querría ver a mamá, a papá, a mis hermanos, a la familia —dice con ese tono hueco, pero profundo, de los sordomudos que han aprendido a emitir palabras, aunque no las pueden oír.


Bellocchio pone entonces una foto grupal, de todos los miembros de su familia que le quedan con vida: hermanos, hijos, sobrinos, nietos… Ni que decir tiene que el efecto es inmediato, humedeciéndote los ojos de forma súbita, por la lucidez emocional de entender no solo la escena, sino todo lo que representa que el cineasta la ofrezca ahora, casi al final, por ley natural, de su carrera.


Tras una autocrítica por la frialdad y la falta de amor que pudo dominarle en algún momento, de lo que se arrepiente enormemente, acaba la película.

jueves, 7 de julio de 2022

Marx può aspettare


Las posibilidades de seguir emocionándose hasta el paroxismo con el cine las he vuelto a comprobar con la película que acabo de ver.
En el festival de Cannes de este año ha habido el acuerdo unánime entre todos los comentaristas a los que he leído en destacar la serie de seis episodios sobre el asesinato de Aldo Moro, “Eterno noche”, que presentó un activísimo Marco Bellocchio de 84 años, pudiéndose ver ahí en una única sesión de más de cinco horas.
Pues bien: un amigo -al que debo agradecer ya el gesto- me ha dejado el DVD (versión original italiana, con subtítulos para sordos) de su anterior largometraje, “Marx può aspettare” (2021), un documental muy personal, que hace ver ahora todas sus películas desde otro punto de vista.
Su secuencia inicial muestra una comida en la que Marco Bellocchio ha reunido a toda su familia, con la aún etérea idea de sacar de ahí una película a la que va dándole vueltas. La familia, esa casa familiar de Piacenza, va a ser la protagonista del documental, pero éste está centrado específicamente en un ausente, Camilo, hermano gemelo de Marco, muerto en 1969, a los 29 años, en unas circunstancias que se aclararán en el film.
El documental se compone básicamente de los trozos de entrevistas efectuadas por Marco Bellocchio a los diferentes miembros de su familia (él mismo aparece haciendo declaraciones para la ocasión) y otras personas allegadas a Camilo, pero en su principio surgen unos cortes documentales en los que el realizador muestra su ironía respecto a la propaganda católica que dominó su infancia, y éstos riman con la entrevista casi final con un jesuita que, pese a las carcajadas de Bellocchio, tilda este documental como su acto de confesión, al que otorga, además, su absolución.
Secuencias de diferentes películas de Bellocchio están montadas entre las conversaciones familiares sobre Camilo. Desde la primera de ellas te hacen caer de golpe en el origen, profundamente autobiográfico, de tantos obsesivos extremos (la familia, la religión, la locura) que reflejaban.
El peso dramático de ciertos miembros, muy especiales, de la familia, el fanatismo religioso de la madre, todo va conformando un ambiente de la casa familiar del que escapar.
Es una película íntima, centrada en el mundo familiar de Marco Bellocchio, pero qué duda cabe que el documental se abre hasta dar todo un retrato generacional, muy acusado, de la Italia de la postguerra. Con un relámpago de Luigi Tenco incluido.




 

lunes, 16 de diciembre de 2019

Il traditore

Hubo un tiempo en el que el cine estaba en primer plano. Grandes cineastas, de reconocido prestigio cultural, presentaban sus películas, la noticia aparecía en los periódicos y saltaba de boca en boca en las conversaciones. La expectación por ver qué había dicho uno u otro de esos realizadores en su película y cómo lo había dicho era enorme, porque se contaba con ellos para conocer de más cerca unos hechos, unas posturas, unos planteamientos sociales o estéticos que, sin duda, enriquecían a sus espectadores y entraban a formar parte de su base de conocimiento y discusión.

Marco Bellocchio era uno de esos directores de cine de referencia y, a sus ochenta años, sigue considerando el cine como su medio de expresión, de acercamiento a los espectadores, a los que orienta ese gran espejo que puede ser el cine para que se vean reflejados, piensen, extraigan conclusiones. Viendo la magnífica “Il traditore” (2019), recuperas las ganas de ir al cine, reconociéndolo como un medio fantástico de formación... y placer.

Todo el mundo, a estas alturas, ya sabrá que “El traidor” repasa una historia reciente de la Mafia -o, admitiendo la corrección efectuada por Buscetta, el protagonista, la Cosa Nostra-, y que con su apunte certero, mucho más cercano, menos peliculero, muchos dicen que supera a “El irlandés”, otra película de tema similar que está teniendo mucho éxito y haciendo hablar de ella.
No entraré a describir ni valorar en detalle la película. Solo diré que resulta, en mi opinión, valiosa, de esas que hacen importante que siga existiendo ese espectáculo colectivo que es el cine. Que conviene ir a verla, sentirse tensionado, a veces aludido, en otras sobresaltado, siempre informado por ella. Y que a la salida se puede entablar una conversación sobre lo que sabíamos del tema y nos ha hecho recordar, sobre las sensaciones que nos ha trasmitido.

Y también diré que Bellochio convence y se muestra hábil para atraer nuestra atención y, en muchos momentos, obtener nuestra identificación en ciertas escenas. Porque, como demuestra una que todos los mínimamente conocedores de la historia estaban esperando, nos hace vivir los acontecimientos, literalmente, desde dentro.

viernes, 12 de mayo de 2017

La tabla de salvación de Massimo

«Non si può vívere senza Rossellini», dicho así, categóricamente. Y uno, que ya había pasado por Roma città aperta, Paisa y Germania anno zero, se sentía súbitamente tocado por una verdad inapelable, sin saber cómo no había oído a nadie proclamar antes así, a los cuatro vientos, lo tan evidente. Lo decía un personaje de Prima della revoluzione, una película sobre la que, cuando alguien mencionaba su título, me gustaba subrayar, poniendo cara de placer (falsamente) recordado y ya perdido, aquello de que «quien no ha vivido antes de la revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir».


Pero todo esto es sólo para poner una nota de ambiente y situarnos. Estaba arrancando la década de los 60. En Francia había surgido la Nouvelle Vague. Por los demás países, siguiendo el ejemplo, había hecho eclosión un nuevo cine que traía aires nuevos y decía mucho más. En Italia, ese nuevo cine tenía además un marcado carácter político y, como tal, a España sólo pudo llegar años más tarde, gracias a la mayor tolerancia de las salas de arte y ensayo. Así lo hicieron los primeros films de los hermanos Taviani con Valentino Orsini, de Francesco Rosi,… Pero sobre todo los de Bernardo Bertolucci y Marco Bellocchio.


De este último eran las películas más virulentas. Leo Castel iba en plan insolente con I pugni in tasca, y en otra película se nos advertía que La Cina é vicina. Siempre, en éstas y en las siguientes (que llegaron a pasarse hasta en salas S para, a continuación, dejar de llegarnos), Bellocchio hacía un alegato visceral contra la familia, el ejército, la iglesia y todas las instituciones y costumbres burguesas. Por eso sorprende un poco ver ahora una película suya en la que todo gira alrededor de la bestial hendidura producida en un niño cuando muere súbitamente su madre. Una herida que vemos que no cicatrizó ni de adolescente, ni de joven, ni de hombre bien maduro, como apreciamos en los tiempos pasado y presente de esta Felices sueños (2016). Quizás Bellocchio, ya con bastantes más años encima, aborda últimamente los temas con más comprensión, con una notoria tolerancia hacia la humanidad.


Pues bien, pasemos a los lloros o, para ser más precisos, a la pugna por controlar un poco esa emoción que empuja por salirte por los ojos cuando te alcanza la escena, una escena que, por lo demás, es hasta divertida. Massimo ha ido a ver a una doctora de guardia que previamente le ha resuelto, vía un teléfono de emergencias médicas, un estado de ansiedad gordo. Tras un pequeño diálogo tranquilizador, ella le receta:


— Si vuelve a sentirse mal, llame a un amigo de confianza.

— ¿Puede ser Vd.? — le pregunta rápidamente un preocupado (pero, a la vez, viendo ahí el cielo) Massimo. A lo que la guapa doctora no puede más que responder mediante una risa espontánea, mostrando su espléndida dentadura.


La película podría llegar a ser, si se entra en ella, «de mucho llorar». Emociona reconocer en una escena a Roberto Herlitzka, el magnífico actor que hacía de Aldo Moro secuestrado en Buenos días, noche, dando una clase sobre el Universo. O podría uno ponerse a llorar a moco tendido, si no sonase un poco excesiva, la lectura ficcionada de esa carta al lector que Máximo escribe finalmente en el diario, recordando el gesto de su madre de pasar por su cama para taparlo, despidiéndose así de él. O al ver la felicidad trasmitida en esos grandes momentos del aprendizaje del baile con su madre. Pero a mí ha sido en ese preciso instante, con ese diálogo, cuando, pequeña sonrisa tirando de los labios superiores hacia la nariz, un efluvio de ternura casi se lleva por delante mi compostura debida a una sala de estreno.


Por un momento he pensado que por fin esa doctora, esa chica tan agradable, va a sacar a Massimo de ese pozo tan negro en el que le dejó la desaparición de su madre, y me he regocijado sinceramente, alegrándome por él, con toda la ilusión del mundo. De la misma forma que me reconforta que desde la última vuelta del camino, que diría Baroja, Marco Bellocchio tenga claro y haga ver que lo que hicieron con Aldo Moro esos estudiantes fue una salvajada, o que se descubra a sí mismo, tan combativo como era, con un cierto fondo sentimental, que ya no se esfuerza en ocultar.

viernes, 24 de junio de 2016

Abbasso il zio


Arranca con esta imagen, la cruz con velo en movimiento, la tapia del cementerio en primer término. Se trata de “Abbasso il zio” (1961), un cortometraje inicial de Marco Bellocchio, muy atractivo visualmente.
Una pandilla de niños saltan, en sus juegos, la tapia. Cuando al cabo de un rato se van de ahí corriendo, la cámara les sigue. Al disgregarse, escoge a uno de los niños, que toma, sin abandonar el ritmo, la recta carretera hacia Piacenza, la ciudad natal del realizador. Llegan a un entorno urbano y niño y cámara se desvían rápidamente en ángulo recto hacia la izquierda, por otra carretera que nos vuelve a llevar al campo. Plano general entonces hacia la derecha, a un cerco de piedra semi-derruido, a donde corren, dejando la cámara atrás, todos los niños. Es el cementerio viejo, ahora abandonado. Dentro, los niños buscan y coleccionan pequeños huesos olvidados entre la tierra, dejan una pintada…
Se puede encontrar como extra en el DVD de “I pugni in tasca” (1965), el primer largometraje de Bellocchio, que aún refleja la rabia que de joven debía acumular en un entorno cerrado sobre si mismo: a la familia, la religión, la sociedad bien estante provinciana…