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jueves, 13 de agosto de 2020

Formas de mirar(se)


Ha resultado una buena sorpresa este libro, que tenía guardado desde 2013 en espera de lectura, y al que me habría ido bien acudir en varias ocasiones en que he citado dos películas extraordinarias, tanto para mí como veo que también para su autor las mejores de sus respectivos directores, “Una mujer en Paris” (Charles Chaplin, 1923) y “Playtime” (Jacques Tati, 1967).
Dice Imanol Zumalde en la introducción de su “Formas de mirar(se). Diálogos sin palabras entre Chaplin y Tati, Lewis mediante” (Biblioteca Nueva, 2013), que el largo tiempo transcurrido entre que escribió el manuscrito y encontró una editorial que quiso darlo a conocer le hizo repasar el texto centenares de ocasiones, limándolo y simplificándolo en cada una de ellas, haciéndolo más inteligible.
Aún queda en el libro mucho término de esos que trufan los estudios académicos, neologismos creados, quiero pensar, en un intento de referirse a procedimientos que carecen de terminología precisa para identificarlos, pero que hacen tan farragosa una lectura a nosotros los profanos. Pero no hay que inquietarse. Si bien prevalecen, está su significado claramente, por varias aproximaciones, explicado.
Esta secuencia de “Una mujer de Paris”, pese a que no incluye a ningún personaje principal de la trama, es señalada por Zumalde como la clave de toda la película. En ella Chaplin trabaja con el fuera de campo, con lo que no puede verse, de una forma que entusiasmó e influyó un montón en Lubitsch. Además de que la protagonista del streaptease y quien le ayuda no dejan de verse -dice- como piezas de un proyector de cine y esa enrollada sábana como el celuloide que va de una bobina a otra

La tesis del libro, avanzada, desarrollada y concluida en él, es la de una cierta simetría entre la obra de Chaplin y la de Tati, y entre esas dos películas que he citado al inicio en particular. Y, para ello, y ahí está la gracia de la operación, Zumalde procede, paso a paso, a ahondar en la observación de las películas y en determinadas secuencias suyas en particular (de las que adjunta detalladas imágenes), dando lugar a un apasionante recorrido que, aunque llegue en algún momento a conclusiones sobre su gestación y significado que seguramente nunca se les habría ocurrido ni a Chaplin ni a Tati, ofrecen una interpretacion redonda, muy completa, sin fisuras.
Sobre hablar de lo que no se ve o se ve por su reflejo o intermediación, sobre intentos de dar borrón y cuenta nueva al hacer esa película y sobre batacazos que hacen tornar al redil, así como sobre el “aquí estoy yo” autoral, va la cosa. Pocas veces esas dos películas, los recorridos de esos dos grandes directores, resultan tan bien, de manera tan precisa, explicados.

No se ve nada bien, pero no he encontrado otra captura mejor. En la escena de la estación de tren hace su aparición Chaplin (quien por primera vez no es protagonista de una de sus películas) haciendo de porteador de maletas, vestido de tal forma que -à mí me pasó en una primera y quizás en una segunda visión, no ya en la tercera- puede pasar desapercibido para el espectador.

De la misma forma que en “Playtime”, en la escena inicial en el aeropuerto, aparece “un” Mr. Hulot.

 

martes, 25 de octubre de 2016

Playtime


En el fotograma de "Playtime", la chica americana vestida de verde ha accedido al escenario del ya deteriorado, pero poco antes flamante nuevo restaurante Royal Garden y toca una delicada pieza al piano. El momento después llega la escena que me indujo a escribir la cosilla esta que hoy, de forma inconsciente, publican en "La Charca Literaria"

À Paris autrefois

Esta escena me atacó muy recientemente y localizó mi fibra sensible en un flanco inusitado, porque lo creo tener, en general, bastante bien defendido.


Estaba viendo Playtime (Jacques Tati, 1967) en el cine, en copia gloriosamente restaurada. Ya ha pasado de todo en la inauguración del Royal Garden, un restaurante con ganas de sorprender por su elegante modernidad y que, curiosamente, recuerda mucho a los que han surgido desde entonces cerca de nuestras casas. Con su decoración hecha trizas por continuos desajustes entre lo pensado para su diseño y su respuesta ante la realidad, los músicos de la orquesta se han ido a casa porque han llegado al límite de lo soportable. Una chica americana acede entonces a tocar el piano, y de los ritmos africanos bailados frenéticamente por los comensales se pasa a una preciosa y calmada pieza. Una señora francesa se acerca a felicitarla. Le comenta que hace mucho tiempo era una buena cantante, y se pone a interpretar una antigua cancioncilla. Hemos llegado al momento.


La canción es À París autrefois, y habla de eso, de la ciudad que vivió en otro tiempo, de unos acordeones, no entendí mucho más. Momento de calma entre la vorágine y el caos, no es que la gente que llena el restaurante, ni siquiera el espectador, haga un mínimo caso a la cantante y a su canción, que se pierde entre el general follón que lo domina todo. Pero en esta ocasión la canción ha sabido encontrar su camino, al menos conmigo. Un camino allanado por la visión previa del París de toda la vida que hace a Mr. Hulot salir a una terraza exterior del moderno y frío edificio de aluminio y vidrio, idéntico a los de otras ciudades de todo el mundo. O por aquel destartalado kiosco de flores que fotografía esa misma americana que toca el piano, turista atípica, que siempre se aparta de su grupo atraída por pequeños detalles que humanizan el entorno. Allanado por lo que fue y se resiste a desaparecer.

jueves, 25 de agosto de 2016

Playtime

Dentro de una hora, en el Verdi, una buena oportunidad para ver la película más elaborada de Jacques Tati en pantalla grande.
Tativille



Uno de los gays visuales más serios.

El neón director.
El ambiente que se ha hecho luego omnipresente de los aeropuertos, los grupos de turistas,...