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sábado, 21 de abril de 2018

La memoria del arquitecto Miguel en el desierto de Atacama

Fui un poco cruel con mi amiga. Le pregunté por sus viajes por todo el mundo. Cuando salió a colación el desierto de Atacama, en el altiplano del norte de Chile, disparé:


—¿Qué viste por ahí?


Como su respuesta no decía nada al respecto, seguí preguntando:


—¿No viste gente buscando algo por el suelo?


Le tuve que explicar lo que había averiguado gracias a la visión de «Nostalgia de La Luz» (Patricio Guzmán, 2010). Ya casi no quedan, porque la mayoría cejaron en su empeño hace muchos años, pero aún hay quien anda buscando -¡y encontrando!- huesecillos esparcidos por ahí. Son quizás de familiares suyos, víctimas de la dictadura chilena. A falta del mar de la punta sur del país (donde, arrojándolos drogados desde un avión, fijados a un pesado trozo de raíl, hicieron desaparecer a muchos prisioneros), en Atacama liquidaron a mucha gente que mantenían encerrada en un campo de concentración que luego, apresuradamente, derribaron. Los enterraron cerca y, cuando vieron que había peligro de que se encontrasen las fosas, con ayuda de excavadoras desenterraron los cuerpos y los colocaron en otros lugares. Pero parece que en el traslado de uno a otro lado, debido a algún altibajo del terreno, restos triturados de sus cadáveres saltaron de la pala de alguna excavadora, yendo a caer por el desierto. Esas piezas fueron las que los familiares, armados de paciencia, fueron recogiendo por amplias y hasta alejadas zonas.


De ese campo de concentración del desierto de Atacama del que apenas quedan imágenes es del que quiero hablar hoy. Lo puedo hacer con una idea bastante clara de cómo era gracias a Miguel, un arquitecto que fue arrebatado de su casa y familia sin explicaciones ni juicio y conducido a un paradero desconocido que resultó ser ese. Preso ahí, Miguel fue memorizándolo todo. Explica en la película que medía todo con sus pasos, dibujando por la noche lo que había calculado y retenido en la cabeza durante el día. Cuando tenía hecho el dibujo de uno u otro barracón, de un detalle, el plano de una visión más general del campo, rompía el papel resultante en pedacitos, que hacía desaparecer en la letrina.


Cuando acabó todo, pudo dibujar de nuevo, con una gran precisión, los planos de todo el recinto. El intento de la dictadura militar de hacer desaparecer cualquier imagen del campo había fracasado.


—“Así es la memoria”— nos dice Miguel mirando a la cámara con una sonrisa de satisfacción. Pequeña, ínfima victoria sobre la barbarie que, quieras que no, emociona.

domingo, 4 de febrero de 2018

Nostalgia de la luz y Botón de Nácar

Cazando la información que nos acercan las galaxias difusas que pueden verse desde los observatorios de Atacama.
"¡Cambiáis la noche por el día!" Eso recuerdo que nos decía mi padre. Una y otro se han debido resituar correctamente, porque ayer -cosas de la edad, seguro- me iba entrando una pereza enorme para ir a la sesión nocturna de "Nostalgia de la luz" (Patricio Guzmán, 2010) en la Filmoteca. Salí derrotado por la pereza, pese a que el cielo estrellado y las grandes extensiones del desierto de Atacama conviene verlos en pantalla grande. Como la edad media de los espectadores de salas de cine diría yo que supera con creces la cincuentena, supongo que la segunda sesión de los fines de semana debe ser la única con posibilidades de ocupar un poco los locales resistentes.
Aunque no es lo mismo, para compensar recordé que la película estaba en Filmin, montándome un buen programa doble con "El botón de nácar" (2015), pues ambas muestran las habilidades de Patricio Guzmán para ligar en una misma masa, dándoles un mismo significado, cosas que otros chefs servirían por separado.
Y buscando restos más precisos, de un pasado más cercano que se ha querido ocultar.
En la primera nos hace descubrir que tanto los astrónomos como los arqueólogos tienen un mismo trabajo: recoger información del pasado. Lo hacen con preferencia -como dice uno de los entrevistados en el documental- en sitios transparentes, que permitan llegar a esa información más fácilmente. El desierto de Atacama es uno de ellos. Como se tata de Patricio Guzmán, que sufrió la dictadura de Pinochet en propia persona y es, desde entonces, el tema central de su filmografía, a astrónomos y arqueólogos suma las mujeres que, por ese mismo desierto, van buscando otra información. Buscan, en este caso, las huellas, los restos de sus desaparecidos, víctimas de la inhumana represión política del periodo. Una búsqueda necesaria, clarificadora, que da pie a una visión -pautada por la suave y pausada voz del propio Guzmán como narrador, similar a la empleada por Herzog en sus documentales- de lo más emotiva.
El agua que envuelve en Tiierra de Fuego a la cordillera de los Andes que previamente se ha hundido en el mar.
Por su parte "El botón de nácar" trenza, por el poder unificador del agua, dos historias terribles de la historia chilena (y argentina): el exterminio de las variadas tribus que poblaban la zona de la Tierra de Fuego y el cruel exterminio (y el método para que no dejase huellas) de toda una generación que en tiempos de Allende parecía que iba a cambiar la historia.
El inicio del fin de las tribus que poblaban estas tierras. Patricio Guzmán hace aparecer en "Botón de nácar", hablar en su idioma, a unos pocos de los 20 supervivientes que ha localizado.
Un programa doble impresionante, proclive a la reflexión, al que sólo le faltó ser visto en una buena sala de cine, con descanso en su intermedio.