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lunes, 9 de diciembre de 2024

Fragmentos del paraiso


Vi, hace ya un tiempo, un buen documental sobre Jonás Mekas. Escribí entonces algo sobre él. Pues bien, leyendo hoy de nuevo el articulín que escribí, pues lo publica ahora La Charca Literaria, me he dado cuenta que me balanceé bien balanceado con una cosa.
Ponía en él que Jonás Mekas nos lanzaba un brindis y se bebía una copa de vino en la “Correspondencia Jonás Mekas-José Luis Guerin” (2011), cuando creo que en realidad esa escena estaba en el previo largometraje de Guerin, “Guest” (2010).
Pero vaya, lo dejo así. Total, ¿qué es la vida, sino un continuo balanceo de aquí para allá, a veces más brusco -hasta descalabrarte-, otras más suave y reconfortante?
Aviso que, aunque sale en “Los lunes, día del espectador”, lo escribí en realidad para esa sección de “Casi llore de emoción al ver esa escena en el cine” que, como ya apenas si voy al cine y es raro que me emocionen de verdad las películas que veo últimamente por otros canales, está hace un tiempo bastante desubicada y desnutrida.
El enlace al artículo, con ‘fake-news’ incluida:

 

Fragmentos del paraíso




Cuando viendo una película te encuentras en la pantalla con alguien llorando, si está bien articulada la cosa, si te crees realmente lo presentado y crees merecido ese llanto, entonces notas que una irritación profunda sube hacia los ojos, y te entran unas ganas fuertes de aflojar toda resistencia y liberar, tú también, el llanto.


Algo así me sucedió el otro día viendo Fragments of paradise (K.D. Davison, 2022), un documental sobre el cineasta Jonas Mekas (1922-2019).


Vayamos, antes de explicar las razones, por un poco de confesiones. Inicialmente me había pasado con las películas del cineasta lituano lo que me suele pasar con buena parte del cine de vanguardia: sentía una cierta curiosidad ante tanto consenso crítico, veía un poco, me cansaba de tanto movimiento constante de la imagen o de saltos bruscos de plano y ahí lo dejaba, manteniéndome posteriormente alejado prudentemente de sus propuestas.


Pero poco a poco fui viendo que sus películas no tenían nada de aparatosas demostraciones sin sentido para sorprender a sus espectadores, sino que eran sencillos y sinceros intentos de captar la belleza y los momentos de bienestar que le rodeaban.


Vi su lírica exposición en Reminiscencias de un viaje a Lituania (1972), con su regreso a su Lituania natal para ver allí a su madre, y su Correspondencia con José Luis Guerín (2011), brindando por nosotros en un bar neoyorquino ante una copa de vino tinto, y ya toda prevención estaba vencida. Últimamente he podido disfrutar, ratificando mi nueva idea sobre su cine, de películas como En el camino, de cuando en cuando, disfruté breves momentos de belleza, ya definitivamente en el carro de sus aduladores.


Así las cosas, acudí hace poco, digo, ante el televisor para ver el documental mencionado, que sigue el clásico esquema de ir alternando secuencias de sus películas y documentación variada con declaraciones de conocidos y famosos. Es un repaso de toda su vida partiendo de sus películas que no está nada mal…


Por el final, en la pantalla del televisor aparece una secuencia de típico cine familiar, si bien es verdad que dotado de las formas de Mekas. La protagonista de la secuencia es su nieta, una cría que acaba de descubrir los sones que puede sacar de una flauta y de una armónica.


La está viendo su hija Oona; su padre ha fallecido unos años antes. Previamente la hemos oído explicando que ella aparecía desde niña en esas películas que Jonas Mekas rodaba continuamente. Se acostumbró a la presencia de la cámara… hasta que, sobre los trece años, adolescente, se enfadó con él y le pidió que dejara de una puñetera vez de filmarla, prohibiéndoselo taxativamente.


Oona resume entonces para nosotros la esencia de todas esas tomas que hacía con su cámara su padre:


—Él los llama “fragmentos de paraíso”, y así lo he vivido yo. Por muy malos momentos que haya, hay pequeños momentos que…


No puede continuar, porque, tan fuerte ella, la emoción la embarga y estalla en llanto.


Y fue entonces, señoras y señores del jurado, cuando, solidarizándome con Oona, mis entrañas estuvieron a punto de dar un lindo espectáculo.

domingo, 27 de noviembre de 2022

En el camino -de cuando en cuando- vislumbré breves momentos de belleza


Jonas Mekas cumpliría este diciembre cien años y Xcèntric lo celebró presentando ayer domingo (también último día de L’Alternativa) los 288 minutos de su muy lírica “En el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza” (2000), una recopilación “no cronológica, sino al azar, según las encuentro en la estantería” que enlaza fragmentos escogidos de sus películas/diarios rodadas a lo largo del tiempo.
Agotadas las localidades, el auditorio del CCCB estaba lleno de un ávido público mayoritariamente juvenil, en general grupos de amigos unidos por la búsqueda y degustación de cine experimental, pero hasta llegué a saber de un jovencito de trece años que había venido de Madrid especialmente para verla.
Aparecen fugazmente en la película, como casi siempre en su obra, unos cuantos artistas del underground, pero en esta ocasión se trata más que nunca de films familiares, con gran protagonismo de su mujer e hijos.
Está dividida en doce capítulos, y en cada uno de ellos la voz de Mekas nos dirige, trabajando en la mesa de montaje de su casa, en la que viste con sonidos y músicas la cinta resultante, una serie de explicaciones sobre su intención, muy clara. Nos informa de que trata de rememorar “una sensación del paraíso” vivida; de que él es un “filmador”, pues lo que le gusta es filmar, más que hacer films. Y, con absoluta modestia, va repetidamente pidiendo excusas porque en su película “no pasa nada”. Llega a decir, riendo, que es una “masterpiece of nothing”.
Está la película (con su singular forma vertiginosa de rodar, montar y pasar lo rodado, que tan penoso debe hacer conseguir una específica captura de pantalla) llena de nieve, de flores, de gatos, pero sobre todo de niños, dando sus primeros pasos o, en general, disfrutando como cosacos.
Su visión y su apoteósico final me ha hecho regresar a casa, tras las cinco horas de proyección, con unas ganas locas de recuperar los vídeos familiares que rodé hasta que mis hijas se hicieron mayores.




 

miércoles, 23 de mayo de 2018

Reminiscencias de un viaje a Lituania


Es curioso ver cómo Jonas Mekas filma y luego presenta en la pantalla de la misma forma a sus amigos del underground neoyorkino que a su familia y amigos lituanos. Todo ello forma parte de sus inmensos, de fabricación constante, diarios. Pero "Reminiscencias de un viaje a Lituania" (1972), que pasaron ayer en el ciclo Mirades de Documental del BEC (Barcelona Espai de Cinema), tiene una serie de características que la hacen de lo más especial en toda su obra.
Por un lado, es muy significativo ese planteamiento de hacer una pieza separada de todos los fragmentos que en ella aparecen. Por otro lado, no en balde se trata de la filmación de su retorno, veinticinco años después de salir huyendo del nazismo, a su país de origen.

Este hecho la convierte en una de sus películas más emotivas, planeando eso por encima de todo su estilo habitual, con sus tomas hechas por una cámara de lo más expresiva en busca de captar el momento, moviéndose fuera de lo establecido por los cánones, con ese peculiar método de montaje acelerado, por no decir sus líricas expresiones y brindis en la banda sonora.

Uno de los momentos más singulares nos presenta a Mekas sorprendiéndose, valorando el tamaño actual de los campos y de las máquinas recolectoras en la colectivizada Lituania. Parece un niño haciendo poesía.

Todo ello se le acepta y valora a él, que ha hecho de sus diarios filmados su forma de vida, por su singularidad, constancia y sinceridad. No se toleran imitadores, porque la copia del estilo Mekas puede ofrecer -de hecho ya lo ha hecho a lo largo del tiempo- resultados de lo más indigestos.

martes, 15 de agosto de 2017

Marcel Hanoun Wedding


Rumiaba qué colgar esta mañana por aquí, y he pensado que estaría bien el enlace a una miniatura (poco más de dos minutos) que ofrece la Filmoteca Shangrila en Vímeo. Se trata de "Marcel Hanoun wedding" (Jones Mekas, 1971).
Está rodado como todas las cosas de Mekas, con esa cámara vertiginosa, temblorosos y nerviosos planos que se suceden -alguno metafórica o directamente ilustrativos- relatando el tema. Unas columnas al son de una animada música clásica, una pareja eufórica, un funcionario en medio de sus papeles que les hace firmar en un libro. Luego un viaje en metro hasta una casa en la que tiene lugar una pequeña fiesta, llena de regalos con flores. La cinta acaba con las bromas sobre los zapatos -con una enorme estrella roja- del cineasta francés.
Me iba despertando pensando que sí, que eso podía colgar, pero veía la carátula del film como si se tratase de un papel viejo, con unos puntos oxidados, alguno en molesto movimiento. Hasta que no me he levantado no he caído en que estaba mezclando imágenes vistas ayer mismo. Por un lado la peliculita sobre la boda. Por otro, una enorme cucaracha alargada amarillenta que boca arriba agitaba sus patas intentando sin conseguirlo enderezarse, a la que vi en el pasillo de salida del supermercado al que había ido a reponer una serie de alimentos para casa. Aunque recordarlos juntos ahora, con Hanoun fallecido ya hace cinco años, no hace más que acrecentar dramáticamente la impresión de fugacidad de la vida que ofrece ese pedacito de la obra de Mekas, vamos a intentar diferenciarlos, y recordar sólo lo festivo de las tomas. Pensar en que Marcel Hanoun también pasó por una boda en 1971, con una judía americana (lo digo, quizás equivocadamente, sólo por su aspecto), y que ella lucía una radiante sonrisa.

O, ahora: https://www.youtube.com/watch?v=BpRPcX2Wt3g