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martes, 1 de abril de 2025

Bruno Dumont

Philipp Engel y Bruno Dumont, en el escenario de l’Auditori del CCCB, En la mesa, entre ellos, la placa - premio del D’A que acababan de otorgarle. En este certamen del festival hay placa para él y Joanna Hogg, además de la correspondiente al premio honorífico para Bela Tarr.


Poco antes de la sesión, Oscar Fernández Osorio me enseña la fotografía que acaba de hacer a Bruno Dumon. El rayo de luz que cruza el retrato en mi fotografía debe ser la espada de luz, estilo Guerra de las Galaxias, que aparece un par de veces en “L’empire”.

Festival D’A - 3 y 4
La pregunta que se imponía hacer a Bruno Dumont, hasta el punto que ayer era interesante ir para ello a la entrevista que le iba a hacer Philipp Engel, era qué le había pasado para dejar atrás la intensidad, impregnada de un cierto halo metafísico, de sus películas iniciales y pasar a esas últimas películas en las que predomina un tono caricaturesco total.
Pero ya respondió a eso, por su propia cuenta, ayer, en la presentación en el festival de su último film, cuando comentó que llegó a hartarse de hacer un cine tan trágico. Que haciendo “Camile Claudel”, que no es precisamente una pieza chistosa, se dio cuenta que se reían mucho él y Juliette Binoche, y se quedó pensando la jugada. Hizo entonces “P’tit Quinquin”, que era también un tema trágico, pero lo vendió como comedia… y funcionó. La vida tiene elementos de tragedia y de comedia a la vez, las fuerzas del bien y del mal generan siempre algo complejo, que hace intervenir esos dos mundos. Esa es la condición humana.
Será eso que tan sólidamente defiende u otra cosa, el caso es que “L’empire” (2024) me parece lo que en Cataluña se llama una “poca-soltada”, pero al tiempo es verdad que te ríes con unas cuantas de sus ocurrencias (quizás no tanto como con “Ma loute” (“La alta sociedad”)… y también llegas a apreciar en ella, por encima de las animaladas que se ven, que por momentos pone en juego y afloran a su superficie temas de gran vuelo. Y que él -quedó claro el domingo- valora igualmente tanto sus primeros films como los de su segunda etapa, diciendo que siempre se plantean los mismos temas en todos ellos.
Ya personados en el Auditori del CCCB ayer, Philipp Engel le preguntó de buenas a primeras de dónde le surgió ese misticismo latente en sus primeras películas como director. Su respuesta fue que no le surgió por el mismo cine, sino por su formación filosófica, por la que tuvo que plantearse las eternas cuestiones del bien, el mal, etc. De ahí le vino lo de hablar de otra forma, cinematográficamente, de cuestiones muy complicadas. Y esa ha sido su pauta de actuación siempre.
A partir de ahí, añadió otro dato sobre su idea previa a la gestación de su primer film, “La vie de Jesus’” (1997). Tenía por entonces un amigo con el que lo pasaba francamente bien, le gustaba mucho estar con él, pero resulta que tenía un problema: era racista. Dijo ayer que rodó “La vie de Jesus” para saber lo que tenía en su vientre ese chico, al que dibujó en el papel del protagonista, Freddy. De la misma forma, para saber por qué Freddy era malo, se embarcó recientemente en el rodaje de “L’empire” (2024). Allí se explica todo: era malo porque era hijo de Belcebú.
Volviendo a lo del tono de tragedia o de comedia de sus películas, señaló que hizo “L’humanité” ya sintiéndola como “p’tit Quinquin”, pero se frenaba él mismo. Con la serie (“Quinquin”) ya no se frenó. Trataba un tema serio, pero con puesta en escena de comedia.
Bruno Dumont se caracteriza, aunque ha llegado a rodar con grandes estrellas, como Juliette Binoche o Léa Seydoux, por utilizar en sus películas, incluso en papeles protagónicos, a actores no profesionales (“naturales”, les llamó él todo el rato), del mismo sitio en que se localiza la acción. Sobre esto versó mucho rato el coloquio.
Sostiene Dumont que tanto con el actor profesional como con el “natural” se ha de actuar buscando su registro. El actor natural no puede, evidentemente, ponerse a interpretar otros papeles que los que tienen en la vida real, como sí hace el profesional, que llega a captar en su mente el ideal del personaje. Son limitados, pero esa limitación es un tesoro, porque te obliga a pensar una puesta en escena acoplada a ellos. Explicó sobre esto una cosa muy divertida y a la vez muy significativa sobre el actor “natural” más característico de las series de Quinquin, el que hace del Comandante, que también aparece ahora brevemente en “L’empire”: Son tan limitados estos actores que no saben moverse por donde les dices, les tienes que poner toda una serie de marcas en el suelo y entonces se pasan todo el tiempo mirándolas, para no equivocarse. Pero, gracias también al montaje, de todo eso los espectadores no se dan cuenta. Viendo esas continuas miradas suyas al suelo, piensan que está actuando, creando su papel la mar de bien…
Igual que con los actores naturales hay que encontrarles su registro y limitarse a él, adaptando toda la puesta en escena para ello, con los profesionales, que son compositores de un carácter, también hay que encontrar su tono, la forma. Se debe ir regulando “el color” de su actuación en diferentes ensayos (lo que resulta un trabajo muy satisfactorio para ellos) y tienes el montaje para escoger el que más conviene. Pero también has de adaptarte a las características de cada uno de ellos. Preparando “France” se dio cuenta de que Léa Seydoux era muy divertida, y cambió todo lo pensado sobre su papel, que no era en principio cómico.
Sobre otros aspectos, como el del uso de los guiones, Dumont opina como también explicó Tarr el otro día: son útiles para facilitarlos y convencer a productores y financieros, pero nada más: papeles.
Por el final de la sesión dió una serie de pinceladas sobre la esencia de lo que persigue con su cine que me parecieron de gran interés. Las enumero aquí escuetamente:
-Yo no soy moralista. Procuro sólo mostrar, sin indicar lo que en mi opinión está bien y lo que está mal.
-Procuro encontrar formas con las que desequilibrar al espectador, hacerle salir de su posición de confort con todo aquello que conoce y se siente cómodo.
-También intento forzar a los actores procurándoles choques. Un ejemplo (ahora no sé si era de “L’humanité”): rodé la escena de amor sin ella, con lo que la pareja del actor era una pared. Choques de éstos ofrecen siempre resultados.
Acabó confesando las dificultades, cada vez mayores, con las que se encuentra para hacer su cine. Lo resumió con esta frase: “La gente ve el cine como lo real, cuando deberían verlo sólo como una proposición. Debido a esto, no quieren que ironices sobre la gendarmería, sobre los gordos, etc…”. Te van limitando.

Buscaba un fotograma de “L’empire” en el que éste grupo de compagnons van en sus blancos caballos (los vemos de espaldas) por el medio de una calle con casas a cada lado, para comparar el plano con otro muy parecido de “La vie de Jésus” en la que una serie de mozalbetes van agrupados en motocicletas, pero no lo he encontrado. Pero bueno, éste similar puede servir.

Y se correspondería con éste de “La vie de Jesús”. Dumont siempre rueda (como Kubrick, pero sin alterar los escenarios) cerca de su casa, por Pas de Caláis - Le Nord, y ese paisaje impregna todas sus películas.
 

sábado, 30 de abril de 2022

France ya en plataformas


Desde luego no es que estuvieran muy boyantes, pero está claro que se está haciendo todo de una forma que va a acabar con las salas de cine que quedan en poquísimo tiempo.
Por ejemplo: Anoche Movistar+ estrenó en una de sus cadenas “France” (Bruno Dumont, 2021). Independientemente de lo que pueda pensarse de la película (sé que ha sido muy criticada, pero no me ha resultado tan desastrosa como aproximación, en plan parodia, a la situación y repercusión popular no sólo de los reporteros en los medios de comunicación, sino también de otras muchas cosas, (auto)ironizando hasta con los que ponen sus lacras en evidencia), se trata de un film aún no estrenado en nuestro país en salas, estos días presentado como première en el Festival D’A y uno de los de más éxito reciente -cuenta con actores tan populares allí como Léa Seydoux o Benjamin Biolay y la divertida aparición de Emmanuel Macron o Ángela Merkel- en nuestro país vecino.
En Francia han reducido recientemente el tiempo entre las distintas ventanas de distribución, pero aún así una película no puede pasarse en una plataforma hasta pasados tres meses de su estreno en salas.



 

miércoles, 17 de junio de 2020

Acomodadores y estrenos esperados

Ya no quedan salas como ésta, pues se convirtieron todas en multisalas, lo que hace difícil económicamente la solución vía acomodador...
Sorpresas de la vuelta al cine. En una reciente reunión on line entre cineclubs, surgió una no despreciable vía para situar a los espectadores en la sala optimizando su capacidad y respetando las distancias necesarias para evitar eventuales contagios: resucitar la figura del acomodador.
No es una tontería: o se contrata un software sofisticado que posiblemente no esté al alcance de todos, o se pierde capacidad estando ésta ya reducida o se separa parejas y familias que habitan en la misma casa y van juntos al cine o esto. En el caso de un cine-club saldría económico, puesto que sería uno de la junta, a añadir a sus trabajos como voluntario, sin cobrar nada.
Pero es que ahora veo que eso mismo dicen en un dossier de “Les Inrockuptibles” dedicado al “Regreso al cine”.

Ondine (Petzold)

Annette (Leos Carax)
Aprovecho, ya puestos, a desvelar unas cuantas cosas que he pescado en ese dossier entre las enormes dudas de cuándo presentar las distribuidoras sus films, acumulados durante todo este periodo: si ahora mismo, si on-line, si este verano, sí d urante el otoño o si esperando a un gran festival del año próximo, que de todo hay.
Sobre las que tengo ciertas expectativas: En Francia, “Ondine” (Christian Petzold) se estrenará el 23 de septiembre. Quedan por decidir unas cuantas que estaban destinadas al Festival de Cannes de este año, que acabó suspendiéndose: “Annette” (Leos Carax), “Par un demi-clair matin” (Bruno Dumont) y “Bergman island” (Mía Hansen-Love). Es más que probable que ésta última al menos espere al año que viene para exhibirse.


Par un demi-clair matin (Dumont) 
Bergman Island (Hansen-Love)


Le sel des larmes (Garrel)
Por lo que respecta a “Le sel des larmes”, de Philippe Garrel, su distribuidora dice algo que me ha dejado aturdido: “(como) la clientela tan cinéfila del cine de Philippe Garrel tiene una cierta edad -sic-, creo que no será la primera a volver a las salas”. Y han decidido entonces esperar para su estreno: el 22 de septiembre.

sábado, 13 de julio de 2019

Hadewijch

Tras ver ayer en la Filmoteca “Hadewijch” (Bruno Dumont, 2009), creo que me puedo dar a ese generalmente nocivo lamento por una experiencia perdida, ya irrecuperable. En este caso la de esa reconfortante sensación de salir de ver unas películas como las iniciales de Dumont que te convencían más o menos, pero que te sacudían en la butaca con una intensidad enorme, dejando la impresión de que ahí había un camino inexplorado de lo más rico. Un camino a recorrer, ávido, asistiendo a la aparición de su siguiente film.
Hadewijch -Celine- por el obsesivo sendero empedrado del convento.
En 2011 estuve, gracias a la Federación Catalana de Cineclubs, en el festival de Locarno. Si el programa de largometrajes a ver para discernir el premio Quijote era amplio, además del retraso que provocó mi inexperiencia, le sumé mi voluntad de ver unos cuantos films de otras secciones. Había entonces oído mucho sobre Bruno Dumont, como un cineasta con nombre a retener, pero vi que por horarios el pase de su “Hadewijch” era incompatible con el de una película del certamen oficial que no me podía perder. Aún así entré en la sesión, para ver cómo se respiraba en las películas del realizador. A la media hora, aunque seguía imantado por la fuerza de las secuencias que veía en la pantalla, tuve que salir del cine, corriendo para no perderme la otra, inexcusable, cita.

Ayer pude confirmar, siguiendo la fuerza de trozos de esa primera hora, que no tuve una alucinación. Luego la película se mete por unos berenjenales que no me interesan demasiado, pero al final, entrelazando los caminos inversos paralelos de los dos personajes de la función, vuelve a alcanzar la intensidad que me habría gustado, personalmente, que no hubiera abandonado nunca.
Porque ese Dumont, al margen del desconcierto sorprendente que siguen produciendo sus parodias actuales (ese “Concoin et les z’inhumains” -2018-, que ya alcanza para mí lo aborrecible) y la errónea idea de que pueda estar en un mismo terreno con sus historias místicas actuales tipo “Jeannete, la infancia de Juana de Arco” -2017- (para mi de lo más plúmbeo), sí despertaba ganas de seguir viendo su cine.
El inverosímil ambiente familiar de Celine.
En “Hadewijch” sigue viéndose que, más allá de los increíbles ambientes extremos (el rígido convento vs el ambiente familiar del palacete del s. XVIII de la Isla de Saint-Louis parisina), de las inverosímiles reacciones de la protagonista (esa candidez con la que se deja abordar por el grupo de jóvenes magrebíes), una mística del siglo XIII transplantada por Dumont a nuestra época, que Dumont tenía una habilidad para penetrar en lo más profundo desde la superficie. Su forma de rodar el paisaje es, en este sentido, única, muy reveladora. Como la forma de dotar de intensidad a algún plano.

Es aparentemente sencillo. Ayer vi que basta con un lento, casi imperceptible travelling de aproximación dentro de lo que es ya un primer plano del rostro de la protagonista. Lo que pasa es que, para no caer en el ridículo, ese plano se ha de preparar con los anteriores y hacer en el momento oportuno, claro.

sábado, 17 de diciembre de 2016

L'humanité


Hay otra película de Bruno Dumont en Filmin, "L'Humanité" (1999), aunque ésta requiere de mayor tiempo (148 minutos).
Nada más empezar, te dices un "¡A este hombre le pasa algo!" Dejado caer en un campo de cultivo labrado, o cuando, ya en el coche, se pone a oír alelado una pieza clásica tocada en clavicémbalo. El plano siguiente muestra la causa de su pavor: se ve el cuerpo desnudo de una niña, con la vagina destrozada, tirado en medio del campo.

Es el mismo paisaje que el de "La vie de Jesus" (1997), probablemente el pueblo de Bailleul, en el Pas de Caláis. Los diferentes personajes también se apoyan en el muro exterior de su pequeña casa, y siguen con la vista a la (escasa) gente que pasa por la calle.
Pharaon, el hombre que hemos visto al principio, un personaje border line (quizás debido a un trauma personal que se nombra en la película en un par de ocasiones) que vive con su madre, hace las veces de un improbable inspector de policía, a las órdenes de un comisario no menos peculiar. Obsesionado con su vecina, le vemos allá pasmado, mirando fijamente uno de los violentos coitos de ésta con su novio, yendo con la pareja a cenar o paseando con ellos por la cercana playa desde la que, con un tiempo adecuado, puede verse la costa inglesa.

Mientras, las referencias a la niña asesinada, o las mínimas investigaciones seguidas para intentar la resolución del caso, van pautando el paso del tiempo. Sirven para retratar una comunidad estancada, sin nervio, por la que va pasando sin fructificar el tiempo.

martes, 13 de diciembre de 2016

La vie de Jesus


He visto en Filmin "La vie de Jesus" (Bruno Dumont, 1997). Pocas veces tan bien filmado el mundo rural actual y sus conflictos, en este caso el norte de Francia (Pas de Caláis). Sus personajes se asoman frecuentemente a los quicios de las puertas de sus viviendas, para, si tienen mucha suerte, ver pasar a alguien. Sus auténticos protagonistas, gente joven, se reúnen en bandas que recorren en moto a toda velocidad las calles de la población y las pequeñas carreteras de los alrededores. A veces van más lejos, pero acaban siempre en medio de la nada, sin saber qué hacer. Un día hay una parada musical en la que participan muchos de los habitantes del pueblo. Se reúnen, para iniciar su marcha, en un café aislado, "Au coin perdu"...

Se trata de gente joven desocupada, en todo caso cobrando la percepción de la prestación por desempleo. No tienen muchos dedos de frente, y sólo actúan envalentonados en grupo, martirizando a los pocos árabes de la población.

Uno de ellos, Freddy, centra la atención. Se pasa el día, cuando no va en motocicleta o coche con su grupo, en la cama con Marie (la rubia con pelo a lo garçon Marjorie Cottreel, extraña flor en ese entorno). Es capaz de impulsar las mayores animaladas grupales a la vez que muestra una exquisita delicadeza y sensibilidad adiestrando a su pájaro cantor. Para completar el cuadro sufre repentinos ataques epilépticos, estando sólo cuidado por su madre, que regenta el café de la esquina. Sabe que tiene la enfermedad, y le molesta profundamente. Torpe como él sólo, no hace más que caerse de la moto. Se ve a las claras que todos ellos no han vivido, y no saben cómo van a vivir. En una escena van en grupo al hospital, donde agoniza uno de ellos. Se nota que no saben qué hacer ante una situación que les resulta, a su edad, insólita.
Una imagen queda marcada de la película: Freddy avanza a pie, en primer plano, subiendo en plan cowboy por la calle del pueblo, los edificios de uno y otro lado haciéndole de telón de fondo.

Yo la consideraría una gran película, que da para reflexiones varias.