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miércoles, 19 de julio de 2023

Mes petites amoureuses




¿Qué fue primero? ¿”Pickpocket”, de Bresson, o “Une simple histoire”, de Hanoun? La voz en off de Daniel en “Mes petites amoureuses” (Jean Eustache, 1975; ayer en la Filmoteca) te lleva en ocasiones a una u otra, ambas, como ésta, películas de recorrido por un arduo camino, con pruebas -a veces fallidas, a veces superadas- que el protagonista ha de ir afrontando.
Daniel (el mismo nombre que el del personaje de Jean-Pierre Leaud en “Le père Noël a les yeux bleus”, y hay quien dice que a Eustache, en alguna de sus salidas nocturnas parisinas, oían que le llamaban así) es en el film un adolescente que vive al cuidado de su abuela en el pueblo (como Odette nos explicaba con respecto a Jean Eustache en “Numéro Zéro”) hasta que su madre lo reclama para que vaya a vivir con ella en “la ciudad”, que no es otra que la Narbonne de los años 50, con ese paseo arbolado de ribera, por donde todos se pasean arriba y abajo como casi único método de contacto con el otro sexo.
Narbonne es la ciudad de Charles Trenet y, al empezar la película, Daniel queda encuadrado frente a la puerta de su casa que da al descuidado patio, donde tiene una bicicleta y suena, acompañando todos los títulos de crédito, “Douce France”: “Mes petites amoureuses” será, pues, entre otras cosas, una más de las piezas documentales sobre la Francia de las clases populares de la mitad del siglo XX que, mirado con perspectiva, fue hilvanando Eustache.
Antes, no obstante, como pasa en “La maman et la putain” con Alexandre, la ventana del dormitorio de Daniel revela que ha amanecido, y él deja la cama para salir precipitadamente de la casa.
En “Jour de fête” el niño que entra en el pueblo, se topa con los carromatos del circo que va a instalarse en él por una temporada, y aquí pasa otro tanto. Más tarde, en la plaza, al igual que en la plaza del pueblo del film de Tati, unos con unos mazos golpean los enormes palos de fijación que mantendrán tensa la carpa.
No será ni mucho menos la única referencia a películas de culto que pueden pescarse a lo largo del metraje. Ángel Diez nos demostró irrefutablemente cómo hay secuencias de “Mes petites amoureuses” que están planificadas exactamente igual que otras tantas de “Zéro de conduite”, “Pickpocket” o “Nosferatu”. Pero supongo que insistiendo en la visión de la película irían saliendo más.
Después de esta presentación inicial, tras la bondadosa abuela de Daniel (papel en el que reconocemos emocionados a la madre de “La Maison des bois”, de Maurice Pialat) llevándolo al circo, se suceden varias escenas relatando anécdotas muy divertidas (la imitación del fakir por parte de Daniel, por ejemplo) y, sobre todo, los primeros avances en el proceloso terreno de las intimidades sexuales, que dominarán sobre todo la etapa de Daniel en Narbonne.
En el desentrañamiento de esos misterios y las técnicas a emplear para superar las pruebas que van llegando, consiste el máximo interés de Daniel, mostrándose, como todo el film, a base de escenas sueltas que acaban con un fundido. Para ello cuenta con dos o tres puntos de observación. Uno es el famoso paseo de Narbonne, en un banco del cual vemos no sólo a Daniel, sino hasta al mismísimo Jean Eustache, haciéndose partícipe de ese ver la vida (observa a parejas de jóvenes besándose) pasar. Un segundo punto de observación es el de la terraza del café (recorrida sobre todo en un espectacular y virtuoso travelling siguiendo el itinerario de dos muchachas, reflejadas intermitentemente en las vidrieras del local) desde el que toda esa maltrecha basca de adolescentes observan el paso de unas u otras chiquillas… que les dejan claro a la primera de cambio, la lección bien aprendida, que lo que andan buscando es un matrimonio. Y, por último, un tercer punto de observación serían los ventanales del taller de bicicletas y motocicletas donde trabaja, de los que se sentía muy orgulloso Néstor Almendros, director de Fotografía del film, y a los que se arrima cada noche Daniel para ver cómo abraza y besa una reincidente vecina.
Por mi parte, sólo dos acotaciones finales para acabar esta ya larguísima nota:
-Jean Eustache fue el único cineasta de la Nouvelle Vague (o sucesor de la misma) que tenia un origen obrero. Quizás otro que se acercaría hasta rozar esa categoría fue únicamente Maurice Pialat. Pues bien: Maurice Pialat aparece en una escena de la película, encarnando a un personaje que resta humos al lector y aspirante a estudioso Daniel, al que le desanima y desengaña con un áspero “¡Serás un pobre como nosotros toda la vida!”
-Daniel, una tarde ventosa, sale victorioso ante la peña en la conquista de una chavalita que previamente le había sonreído muy graciosamente desde el coro parroquial. El final de la película nos indicará que la historia continuará. De hecho, sabemos a dónde llegará la cosa: está explicada en “La maman et la putain”.










 

jueves, 9 de diciembre de 2021

Jean Eustache. Interior cine (y 2)

La recompensa de ver a Daniel triunfante, alcanzando el objeto de su deseo, después de tantos penosos trabajos.



Con sigilo, Daniel aproxima su mano a la pierna de la niña que, como él, observa al coro de la feria...

... de una foma muy similar, inspirada en la secuencia de Pickpocket en la que Michel aproxima, sigilosamente, su mano al bolso de la dama en el hipódromo.

Más tarde, la mirada de Daniel desde el taller de Narbona...

...puede relacionarse con la de Nosferatu. Si bien hay otras escenas en ambos films mucho más emparentadas.

Jean Eustache. Interior cine (y 2)
Dedicado casi en exclusiva al segundo largometraje de Jean Eustache, “Mes petites amoreuses”, la segunda y última sesión del taller de Ángel Diez (organizado por y con intervenciones de Jose Luis Guerin) acabó anoche tras casi cuatro horas de conexión on line: todos queríamos más y nos resistíamos a que acabara.
Es curiosa la deriva de los entusiastas de Eustache, decantando paulatinamente sus preferencias hacia su segundo (primero en cuanto a proyecto) largometraje, que va subiendo en estima a medida que se repite su visión. Se le va descubriendo, al margen de la profunda relación vital con la experiencia del adolescente Eustache –como pasara en “La maman et la putain” con su experiencia más reciente-, una maestría cinematográfica que va dejando boquiabierto –y profundamente emocionado- secuencia tras secuencia.
Quizás lo que más me sorprendió de la sesión fue ver las evidencias de la discreta pero convincente forma con la que Eustache homenajeó a sus maestros,
Bresson fue un modelo claro para el trabajo con los actores, pero independientemente de eso, Diez nos pasó una escena (Daniel acudiendo a la feria y yendo a escuchar al coro de niñas) inspirado claramente en la escena del hipódromo de “Picpocket”, que también pasó. Ver las capturas de dos planos de detalle de ambas…
Más sutil, en su caso, resulta la relación de la película en sus escenas en que aparecen seres con un cierto halo famtasmagórico con otras con ese componente explícito de Mizoguchi.
Pero Diez nos dejó convencidos de una relación que no suele señalarse: con el “Nosferatu” de Murnau. Quizás las escenas de David mirando a las chicas tras la puerta del taller y la de Nosferatu detrás de la ventana (ver también capturas adjuntadas) sólo tengan una relación estilística superficial, por cuanto las intenciones de uno y otro voyeur son bien distintas, pero eso no puede decirse de otra escena que nos pasó, en la que la inspiración es innegable.
Otra inspiración que vio y comentó también Diez fue con Vermeer, sacando punta a la visión, una décima de segundo, del color amarillo de la ropa interior de una chica que pasa en su Mobilette por delante del café de Narbonne, a la que el viento y la velocidad le levantan la falda enseñando su muslo. Es, posiblemente, una deducción descabellada, pero muy interesante, por lo que tiene de demostración de los mecanismos de elaboración de un plano por parte de Eustache y de análisis creativo por parte de Diez.
Si es enormemente productivo el taller es por el exhaustivo conocimiento de Ángel Diez sobre cómo se llevaron a cabo todas y cada una de las escenas del film de Eustache. Eso y sus análisis posteriores dan como resultado la trasmisión de una serie de claves sobre cómo trabajó Eustache la creación y mostración de diferentes tiempos de representación, por ejemplo. El tratamiento del sonido en varias escenas, detalles de la dirección de fotografía de Néstor Almendros, etc. fueron desfilando por el monitor, alcanzando todo una densidad raramente alcanzada en este tipo de cosas.
Empezó la sesión, que no lo he dicho, con otro cuadro de Vermeer, “El geógrafo”. Y es que se ve que Jean Eustache decía a todo el mundo que él era el retratado en el cuadro. En todo caso, es verdad que ese geógrafo tenía un innegable parecido con este cineasta con el que Diez aconsejó que no nos obsesionáramos, porque “hace que te plantees el cine de una forma muy radical”. Experiencia propia la suya.


Previamente, en una escena en la que Eustache aplicó, mediante un interminable travelling, esa suspensión del tiempo que logró en varios momentos, Daniel tiene su primera erección -como explica una voz en off en primera persona- durante la primera comunión, acercándose a la niña que va a tomarla delante suyo. La precisión y laboriosodad incansable de Ángel Diez llegó hasta el punto de buscar -y encontrar- las manos del cura real que ofreció la primera comunión a esos dos niños en la ficción. Ya oficiaba en otro pueblo y guardaba una sorpresa muy interesante bajo su personalidad.

Daniel yendo en tren desde su natal Pessac hasta Narbonne.

En cuya estación una presencia -la de su madre- le espera.

Ángel Diez, intentando vencer la reacción de la vacuna, durante sus explicaciones.

Néstor Almendros haciendo prodigios con la oscuridad de la sala del cine, donde Daniel está viendo a Ava Gardner y acostándose a la ocupante de la butaca de delante.

Captura de una de las escenas más complejas del film, que formalmente contiene una serie de travellings y panorámicas y semánticamente la muestra de la diferencia entre los dos lugares que pueden ocuparse en el cine: la pasividad de la sala de butacas o la puesta en acción en la pantalla.

 

miércoles, 23 de enero de 2019

Mes petites amoureuses

A de Adolescencia. Ésta es la segunda entrada del Dictionnaire Eustache, a la ocasión escrita por Francis Vanoye. Tras su lectura, puede ya decirse que el libro empieza bien, confirmando eso de que prometía buenos momentos.
“Pero estamos bien lejos de los relatos iniciáticos (...), en los que los adolescentes son activos. Daniel debe resignarse a ser más espectador que actor.”
Está hablando, tratándose de Jean Eustache, claro está, de “Mes petites amoureuses”, con Daniel como protagonista y alter ego del propio Eustache.
“Eustache apenas solicita la identificación con Daniel por su simpatía o por compasión. Si emociona, es en profundidad. Porque hay algo de inacabado en esta preadolescencia, el paso adelante que supone no se da del todo y, en cierto modo, todos los personajes de Eustache quedan como fijados a este periodo de incertitud identitaria marcada por la vergüenza, la impotencia, la perpetua decepción, el sentimiento de versatilidad o de falsedad de las mujeres, el recurso al juego de lo imaginario.”