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viernes, 1 de agosto de 2025

El robo del códice


Siento una debilidad inconfesable que confesaré aquí: Desde que vi las series que hicieron Elias León Siminiani y Justin Webster sobre asuntos de crímenes que habían tenido una repercusión mediática tan grande como para producirles esos programas, grabo y me pongo a mirar el inicio de las que se anuncien por tv.
Quiero tranquilizar un poco: no estoy del todo enfermo, y suelo eliminar la grabación, asqueado, a los pocos minutos. A la que se ponen a dilatar los tiempos, a repetir y a poner músicas de misterio o a soltar carnaza para ir atrapando al respetable, puerta.
La que me trae aquí, cuyos tres capítulos acabo de ver, es “El robo del códice” (Elena Molina, 2022; RTVE). No es que no tenga buenas dosis de esas nefastas características, pero he llegado a su final. Más que nada, por la curiosidad ante lo carpetovetónico que se revela en ella.
A ver: que roben el valioso Códice Calixtino de la Catedral de Santiago de Compostela, acontecimiento que inundó los noticias de todos lados, no tiene nada de carpetovetónico, pero si lo tiene, y mucho, el funcionamiento interno que se refleja en la serie de una institución como esa catedral y todo ese entorno que cobija.
Si a eso se suma una serie de puyas al comportamiento de unos jueces y policías que se pierden por aparecer en la tele y alguna cosa más, pues… eso justifica, parcialmente, el sacrificio de soportar de lleno tanto convencionalismo con el que está hecha.
Todo sea por la imagen de la picaresca, casi de grabado antiguo, que uno se forma sobre el recorrido que al menos en ese caso hacían las monedas y billetes depositados en los cepillos “para las almas del purgatorio”, para un santo milagroso o para lo que se les hubiera ocurrido a sus forjadores.

El extraño recorrido de un empleado (quizás deba decir un “autónomo”) de la catedral, grabado por una cámara.

El antiguo Deán y el antiguo organista de la catedral, hoy, en declaraciones para la serie.

Ante una gran expectativa, la policía y el estamento judicial llegan a la plaza del Obradoiro para hacer entrega del contenido envuelto por esa toalla.

Y reflejo para las cámaras de todos los medios.
 

miércoles, 27 de junio de 2018

La seducción en la mirada


Aunque alguien me echará la artillería encima, diré que me suelen resultar interesantes los libros de César Antonio Molina y éste "Tan poderoso como el amor" (Destino, 2018), que reflexiona sobre el amor en base al análisis argumental de cien películas, no iba a dejarlo de lado, por lo que he empezado su lectura.
Para hablar de la seducción que la mujer de la ciudad causa en el hombre protagonista del "Amanecer" de Murnau, coloca inicialmente una frase de "De la seducción", de Jean Baudrillard:
"La seducción de los ojos, la más inmediata, la más pura, 'la que prescinde de palabras', sólo las miradas se enredan en una especie de duelo, de enlazamiento inmediato, a espaldas de los demás, y de su discurso: encanto discreto de un orgasmo inmóvil y silencioso".
¡Che, qué cosas! Pero suceden.

domingo, 2 de junio de 2013

Kubrick fotógrafo


Ya acabando “Donde la eternidad envejece” (César Antonio Molina, Destino, 2012), me encuentro en él con unas frases muy pertinentes dedicadas al inicial Kubrick fotógrafo, y otras en las que describe una de sus fotos en concreto, que corro a cotejar en esa “casi todas las maravillas a nuestro alcance” que es Google:
“Kubrick, el joven fotógrafo, admiraba también a los pintores expresionistas alemanes, Grosz, Otto Dix o Max Beckmann. El homenaje a todos ellos se lo hizo retratando magistralmente a George Grosz en medio de la Quinta Avenida. El pintor, elegantemente vestido, a caballo sobre una silla en la que reposa sus brazos, con un gran puro en la mano derecha que deja ver los gemelos de la camisa, tiene la mirada perdida, ensimismada en el movimiento frenético de la ciudad. Las personas lo evitan y los coches emiten un sonido infernal. Mientras tanto, él, impávido, bajo o junto a un cartel que impide aparcar. Esa postura contestataria del pintor frente a la cámara resume toda la crítica social de su obra.”


 

viernes, 26 de abril de 2013

Le genou de Claire


C. A. Molina dedica un capítulo de su “Donde la eternidad envejece” (Destino) al lago Annecy. Pero lo despacha con una frase. En lo que realmente está interesado es en “Le genou de Claire” (Erich Rohmer, 1970), que le sirve para hablar del deseo y, como no, del paso del tiempo:
“(…) para alcanzar su presa, el cazador se valdrá de una treta dolorosa. La razón es más fácil de vencer que el deseo. Claire, con su novio, está subida a una escalera de tijera cogiendo cerezas. Traje azul, falda muy corta, zapatos blancos. Ambos jóvenes coquetean mientras invitan al visitante a que pruebe la fruta. Adán y Eva invitando al otro, al desconocido, al pecado. Jérôme prueba el fruto prohibido, apoya su mano izquierda sobre la escalera de madera y se queda ensimismado con la rodilla de Claire, cuya dobladura le impide alcanzar el enigma de la vida con la mirada. Este personaje es un mirón que se encuentra fuera de juego. Su deseo crece cuando ve cómo el novio, después del partido de tenis, le toca la rodilla. El despertar de los celos, del deseo. ‘La perturbación que me provoca me da como un derecho sobre ella. Sabes –se lo está contando a Aurora-, estoy convencido de que la merezco más que cualquier otro’ ”