Me iba diciendo, yendo al Zumzeig cine-bistró, que si me gustaban las
películas de Jean-Claude Brisseau era por los trazos que se apreciaba
en ellas de las de Maurice Pialat. Eso de haber sido asistente de
dirección suyo debió dejar, lógicamente, secretos lazos entre algunas
cosas de sus obras. Una podía ser, seguía rumiando, su predilección por
personajes incómodos, con los que puede ser en un principio difícil
empatizar. Jean Yanne, o el mismo Pialat haciendo de actor en sus
propios films, aunque profundamente humanos, no suelen ser los típicos
modelos edificantes, y pasa igual con otros cuantos de los de Brisseau.
Ahora se estrena, aunque en unas condiciones muy peculiares (V.O.
subtitulada en inglés) "La fille de nulle part" (2012), y es claramente
una buena oportunidad, atinando día y horario, para frecuentar ese
peculiar y agradable cine. Yo lo he hecho, y se me han caído por el
suelo todos mis esquemas, como se caían las cosas en el apartamento del
film, movidas por no sé muy bien qué sustrato paranormal. Nada de
Pialat. En un momento (conversación con el amigo junto al Sena, en la
Ille de Saint-Louis), en todo caso, me ha recordado poderosamente a
Rohmer, también un cineasta con gran relación con Brisseau. Pero por lo
demás la película es muy suya, y por no tener, no tiene ni el tono de
otras de su autor.
Los dos personajes principales, el
interpretado por Brisseau mismo (nacido en 1944) y el interpretado por
una chica de 26 años (que dicen los títulos de crédito que ha colaborado
en el guión) no es que sean personajes incómodos. Ambos alejados de los
cánones de belleza, en algún momento pueden resultar un increíble par
de frikies. Él, sobre todo, con su enorme estómago, sus estrepitosas
zapatillas deportivas blancas y con su peculiar forma de interpretar,
hace cuestionarte, a poco del inicio, qué será esa rareza que estás
viendo.
Pero poco a poco, la película, con sus excentricidades y
fantasmagorías incluidas, te va ganando, porque vislumbras ahí un
juguete que Brisseau -y de ahí el que haya optado por interpretarlo él
mismo- ha pergeñado, en su propia vivienda parisina, con sus mismos
pesares, para darse vida.
Lo de menos es si la historia
(solitario hombre "en la recta final del camino", que ve en la aparición
de una joven la ocasión de vivificar sus últimos años, y eso sea dicho
sin ningún matiz erótico por el medio) resulta muy trillada, y
posiblemente poco creíble. Lo de más la intensidad que le mete a unas
cuantas escenas, arropadas con el Adagietto de la 5a de Mahler, sus
estanterías llenas de libros, DVD y hasta VHS de cine, y cosas así.