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miércoles, 28 de febrero de 2024

Genoveva

Genoveva

Los dos coches rivales, haciéndose traperías continuas entre ellos.

El protagonista y su mujer.

El amigo y su novia actual, que ha acudido con su perro a la carrera.

Genoveva es en la ficción el nombre del coche antiguo de la primera imagen y es una película de 1953 de Henry Cornelius, el director de “Pasaporte para Pimlico” (1949) y “Soy una cámara” (1955), que han colgado los de Filmin en su plataforma.
Es una comedia bastante previsible, con gags razonablemente repetitivos, sin ninguna impertinente arista que pueda turbar la tranquilidad del espectador que, tras una jornada más o menos ajetreada, se deje caer ante el monitor para acabar sin una derrota incondicional el duro día sufrido.
Es eso que se dice una comedia 100% británica, con intervención cíclica de gentelmans y bobbies, rodada por carreteras del sur de Inglaterra y en Londres en unos colores que por momentos se disparan excesivamente, y dedica su tiempo a narrar la rivalidad entre dos amigos amantes de los coches de época que, con sus parejas respectivas, se ponen a disputar un rally de vehículos de este tipo entre Londres y Brighton.
Pero tiene al menos una escena que destaca entre el continuo gotear de gags muy esperables: La novia del amigo / rival del protagonista, una chica muy chic, que ha bebido mucho, se dirige hacia la orquesta y pide le dejen tocar un momento la trompeta. Nadie apostaría por lo que va a hacer, y sus amigos la miran condescendientemente, dispuestos a oír cualquier destrozo de sonido. Pero ¡vaya si toca la trompeta! La chica de sociedad que ha bebido algo más de la cuenta, toca de forma frenética y convincente la trompeta, revolucionando a todo el local.
Ella, como la mujer del protagonista, ambas chicas modernas, pero con un papel en principio secundario, se ve por esta escena que tienen todo un mundo volcánico oculto en su interior, y son las que realmente mueven el cotarro.



Pongo este cartel, que parece danés o algo así, porque sale la chica tocando la trompeta, sacada de la escena que comento.
 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Pasaporte para Pimlico


La ola de calor se hace notar tanto en el barrio londinense de Pimlico, que hasta al caballo de la cuba de agua para regar la calle le han puesto un sombrero de paja.
He vuelto a ver la comedia de la Ealing “Pasaporte para Pimlico” (Henry Cornelius, 1949), en esta ocasión fijándome en cuestiones laterales:
-A qué bando dialéctico del Procés podría haber favorecido aportar la película como antecedente a tener en cuenta. Al margen de que ya se vio qué bando ganó la batalla mediática, por incomparecencia del otro debido a cortedad de miras, la verdad es que no he llegado a conclusiones firmes al respecto. Ambos bandos, de hecho, podrían acercar al ascua su sardina.
-Sentido de humor surrealista. Un ejemplo estaría en ver al bobby reconociéndose, asombrado, como “extranjero”.
-Huellas de la reciente guerra. Siendo 1949 el año de producción de la película, se hacen tremendamente presentes. De forma material directa (ese solar procedente del derrumbe de todo un bloque de casas debido a una bomba alemana), consecuencias de su penosa recuperación (las cartillas de racionamiento tan presentes) o por costumbres adquiridas y plenamente asumidas (la política de crisis en los noticieros, el inmediato despliegue del voluntariado de defensa civil).