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miércoles, 26 de mayo de 2021

La casa del miedo


Anoche satisfacción grande tras el reencuentro con uno de esos Sherlock Holmes de William Neill, “La casa del miedo” (1945; en Filmin).
No sé si por el tiempo transcurrido desde la visión de la anterior, disfrute importante. No solo Basil Rathbone debe ser quien mejor case con el papel del detective, ni Nigel Bruce quien mas felizmente ofrece un Dr. Watson más divertida y entrañablemente bobo e inútil, sino que me dio la impresión de que, al margen de algún decorado de esos demenciales, la película poseía un productivo argumento para el tipo de serie (esos hombres maduros que forman una asociación y se recluyen en una más que improbable casa con aspecto de iglesia gótica en la costa escocesa, empezando a recibir vía la siniestra mayordoma unos sobres con pepitas de naranja que van anunciando la muerte de cada uno de ellos) y repartía los (contados, es verdad) momentos sherlockhianos por todo el -como siempre agradablemente corto- metraje.
Poco, pero suficiente, de tanto en tanto, en época de escasez.




 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La garra escarlata



Quizás sea lo mejor de “La garra escarlata” (1944, visible en Filmin): El cartero, otro parroquiano y el tabernero, muertos de miedo (primera foto), intentan tranquilizar al párroco cuando él y todos los del lugar oyen de nuevo tañer insospechadamente las campanas de la iglesia. La vez anterior un hecho trágico sucedió con ese aviso. Un arranque de cine de miedo impecable.
Poco después, Sherlock Holmes, que se muestra escéptico como solo él puede hacerlo, asiste junto al Dr. Watson a un encuentro científico, en el que ponente defiende la existencia de hechos sobrenaturales.
Llegados a este punto, habiendo guardado las esencias de lo mejor de la serie de William Neill de los años 40, en la que un engreído Basil Rathbone hizo del detective y Nigel Bruce de su aquí tontaina pero divertido ayudante, si no se dispone de tiempo yo aconsejaría hasta abandonar la partida. Por no haber, no hay ni deducciones de esas tan buenas de Sherlock Holmes. Se ve, sin más, sin el disfrute de ese inicio. Bueno: quizás esté también esa evocación laudatoria al Canadá lanzada en plena contienda mundial.
Este episodio de la serie tiene, no obstante, el aliciente de ser el que causó el pavor del niño Víctor Érice, inspirando muchos años después su hermosa evocación de “La morte rouge”.


 

viernes, 11 de octubre de 2019

Una aventura de Sherlock Holmes


Los títulos de crédito surgen impresionados sobre unas sombras. En ellas se distingue, sobre la luz de un balcón, la silueta de Sherlock Holmes, que viste un batín, fumando de su pipa (primera fotografía).
La imagen que sigue -también únicamente sombras, siluetas- es de impacto: unos bobbies británicos conducen a un prisionero que, cuando se pasa a imagen real, en un juicio, descubrimos que no es otro que Moriarty, el eterno enemigo de Sherlock Holmes.
A estas tempranas alturas de “Una aventura de Sherlock Holmes” (“Sherlock Holmes”, William K. Howard, 1932), que ayer se pasó por la Filmoteca en una copia restaurada por el MoMA, no ha hecho sino aumentarte las expectativas con las que, conspicuo admirador del personaje, te han hecho desplazarte para ver una película que resultaba casi inédita.

A partir de ahí, salvo en contados instantes, que la hacen superar el nivel medio de agradable pasatiempo de sobremesa, la película, si llama la atención es, sobre todo, por una serie de cosas que chocan bastante:
-Primero, desde luego, la elección del actor para encarnar a Sherlock Holmes. Acostumbrados al posterior Basil Rathbone, más tarde su chupada figura ratifIcada por Peter Cushing, cuesta identificar al personaje de las características y magníficas deducciones con este más bien antipático actor (Clive Brook). No es que Sherlock no sea un personaje que se gane, con sus directas, nada políticamente correctas declaraciones y altanera forma de comportarse, la antipatía, pero digamos que al menos yo estoy acostumbrado a que, al actuar desde una elevada, insolidaria distancia, te hace disfrutar de esa antipatía, cosa que no pasa con la de Brook. Desde un principio te dices que vas a disfrutar mucho más con el familiar personaje de Watson y otros secundarios que con el mismo Holmes.
-Watson, sin embargo, apenas aparece, y su lugar lo ocupa un insólito niño -que no recuerdo en ninguna de las narraciones-. A esto hay que añadir otras licencias inauditas, como que Sherlock Holmes está a punto de casarse con una chica de una aristócrata familia, y que Moriarty, como todos los componentes de la banda de criminales que forma para su venganza, más parece un barriobajero personaje de TBO, pese a su gusto por el uso del método científico en sus fechorías, que el refinado aristócrata del crimen que se deduce de la lectura de las famosas obras de Conan Doyle. En resumen: Moriarty exterioriza demasiado su maldad, muy por encima de su -aquí inexistente- refinamiento.


Todo eso último seguramente se deberá a que la película parece ser la adaptación de una obra teatral, que debía jugar con los personajes una vez ya teóricamente acabadas todas las aventuras de Sherlock Holmes que en su día leímos. En cualquier caso, no hay que preocuparse demasiado: como para tranquilizarnos, en otra escena Sherlock Holmes toca el violín.
He dicho al principio que esas escenas iniciales con las siluetas de Sherlock Holmes y Moriarty entre los policías que lo llevan a juicio sí que apelan a la película que andas buscando. Hay más momentos de esos a lo largo del film. Pero es que hay una secuencia en la que la acción lleva a apagar todas las luces. Quizás el mismo realizador, consciente de que es en ese reino de sombras en donde mejor puede recuperar la representación de ese mundo mental, sea quien intente forzarlas.