lunes, 1 de junio de 2026

Fueros humanos


Ayer, en casa me debatía como el Capitán Haddock ante el dilema. En su caso era sobre si beber o no una botella de Whisky. En el mío si abandonar el microclima casero para ir a ver a media tarde de domingo “Fueros humanos” (“Man’s castle”, Fran Borzage, 1933) en la Filmoteca.
El diablillo me decía que a qué abandonar la comodidad del hogar, afrontando el calor, ese vergonzoso transporte público que hay en festivos, el penoso trayecto hasta el local si, a fin de cuentas, tengo constatado que no me gustan los melodramas.
El ángel bueno de la conciencia, que se notaba que acababa de volver de un cursillo de motivación donde había aprendido nuevas técnicas, me decía como quien no quiere la cosa, como si hablase a otro, mirando hacia la ventana, que creía -y es verdad- que me gustaba Borzage…
El diablillo insistía en preguntarme qué se me había perdido en una película que al parecer se localizaba en un bidonville cercano a la gran ciudad, donde se refugiaban cantidad de víctimas de la depresión producto del crack del 29 y que seguramente enviaría un mensaje de solidaridad buenista sensiblón poco creíble.
Mi ángel de la guarda, profundizando en su nueva táctica, seguía mirando por la ventana y rozó como por casualidad otro de mis puntos débiles: “¡qué curioso -susurrró- con las pocas películas norteamericanas pre-code que suelen proyectar, que pasen una de ellas..!”
Seguramente debí hacer caso al diablillo que acercaba el whisku al bueno de Haddock: a media película, ya vencida la sorpresa inicial del descubrimiento de quien hay detrás del personaje de Spencer Tracy, que vestido con chaqué y sombrero de copa invita a cenar a una hambrienta Loreta Young (un gag ciertamente bueno); pasado el momento pre-code de ver a la pareja bañándose ligeros cual Adan y Eva en el paraíso; de oír alguna heroica fanfarronada del otro personaje femenino (como ese “no escondo nada” mirándose su vestido acoplado a su cuerpo; una vez ya pasado todo eso, realmente me pregunté que por qué razones había ido a ver otro melodrama, un género que no me suele convencer casi nunca.
Pero al poco tiempo empecé a darme cuenta, hasta que una escena por el final me lo sacó hasta como exclamación, de lo bestia de ciertas cosas que descubres en la película. Y por ahí cabe todo un espectro bien amplio de animaladas. A Loreta Young le toca en suerte el papel de una mujer más buena que el pan, convenientemente retratada haciéndole brillar los ojos en cada plano y sería una delicia para feministas radicales adoptarla como ejemplo brutal de sometimiento voluntario al varón. Un varón que viene encarnado por un Spencer Tracy de cabello negro, que más parece un Tom Sawyer crecidito, buenísima persona que, en un acto de amor, le regala a su mujer la entrada para una moderna cocina, y así que podrá hacerle algo más que, sólo, eternamente estofados. Otro personaje femenino, siempre alcoholizado, es, de hecho quien resuelve poniendo la directa la situación planteada, de una forma que no sé yo qué comunidad cristiana aceptaría. Y así.
Pero, sobre todo, me di cuenta de que pocas veces había contemplado yo un melodrama que, aún con sus detalles de comedia, transmitiera una atmósfera opresiva por todos lados, tan sumamente pesada (en el sentido de sometida a un peso brutal), tan difícil de soportar. Pensándolo ahora un momento sólo doy con “Pennies from heaven” (Herbert Ross, 1980j, y aún. Eso sí: el juguete de hojalata que aparece actuando y con su música es una monada.
Y una última cosa, a ver si alguien sabe responderme: el personaje de Spencer Tracy es uno de esos que no puede estar encerrado en ningún sitio, y le abren una ventana en el techo de la barraca por la noche, para que puede ver el cielo. Si algo le excita es oír el silbato del tren, pues sabe que le puede llevar bien lejos. De hecho, en una escena, oye el ruido del tren, mira por la ventana y ve pasar una bandada de aves…
Pues bien: ¿en qué otra película norteamericana, creo que también de los años 30, el personaje entra en trance también cada vez que oye el silbato del tren, de forma que ella tiene miedo que salga y se vaya pitando? No hay forma que me venga a la cabeza.








 

domingo, 31 de mayo de 2026

Una crónica de Madrid


Me avisó, recomendándomelo, Pere Lopez hace mucho tiempo. Se trata de “Una crónica de Madrid”, episodio de “Los libros” dirigido por Alfonso Ungría en 1976. Como el buscador de RTVE no es que sea una maravilla, cuesta encontrarlo, pero ahí está (enlace abajo).
Sus títulos de crédito iniciales se simulatanean con unas tomas de todo el equipo, con Ungria al frente, en el trabajo. Luego, se rompe el esquema general de la serie. No se trata de la adaptación de un libro, sino que es eso, una crónica de la ciudad que dialoga con lo que diferentes escritores han dicho a lo largo del tiempo sobre la ciudad.
Aunque tiene una línea argumental general, llevada por unos pocos actores que se van cruzando con otros muchos, ese choque con diferentes ambientes que define el Madrid actual, esto es, de 1976 (el piso de estudiantes, la pensión, el bar de la Universidad, un puesto hippioso de El Rasteo, un gimnasio de boxeo, el piso de una amante, el de un matrimonio burgués él con crisis existencial…) viene precedido por unas imágenes documentales rodadas para la ocasión y proyectadas viradas a sepia, todo ello encontraste con las notas de Lope de Vega, Mesonero Romanos, Baroja, etc.
Resulta de interés ir descubriendo, siempre en pequeños papeles, a actores muy característicos del cine español, y los Burning le ponen música rockera a la cosa.
La imagen que cuelgo es desde luego del episodio, pero definitivamente no la pondría nunca como representante suyo. Pero como no se encuentran más por internet, y la aplicación de RTVE no deja hacer capturas de pantalla, pues que remedio…


 

sábado, 30 de mayo de 2026

Das Deutsche Volk




Otra película del Docs Barcelona visible en Filmin, pero menos tiempo aún: el lunes 1 de junio será el último día de su contrato de exhibición en la plataforma. Se trata de “Das Deutsche Volk” (Marcin Wierzchowski, 2025).
El 19 de febrero de 2020, en Hanau, un hombre armado empezó a disparar a toda una serie de jóvenes con rasgos inmigrantes. Murieron nueve de ellos.
Con calma y seriedad, a la que contribuye su blanco y negro, la película va captando alguna declaración oficial de condolencia y las explicaciones de los que pudieron salvarse y familiares de las víctimas, que intentan reconstruir lo que pasó.
Pronto llegamos a la conclusión de que en el múltiple asesinato y en el posterior trabajo y comportamiento de la policía, los vecinos, las autoridades y los órganos judiciales, reside algo más profundo que la obra de un desequilibrado de furibundas ideas de extrema derecha: un sentimiento de profundo racismo está ampliamente asentado.
Quizás vea que la película ofrece demasiada cancha a los familiares de las víctimas (como ese gitano rumano, padre de una de ellas, que parece disfrutar de su protagonismo ante las cámaras) pero, en cualquier caso, la película apunta en la buena dirección: habría que reaccionar pronta y drásticamente, con una contundencia que no se aprecia por ningún lado, si se quiere evitar que algo de ese cariz vuelva a suceder





 

viernes, 29 de mayo de 2026

Numakage Públic Pool


He aquí una película muy adecuada para quienes les gusta seguir sorprendiéndose de lo diferente que es la sociedad japonesa.
Su primera escena ya nos pone sobre aviso: vemos dos poderosas grúas móviles de brazos articulados procediendo a demoler el voladizo que cubría la grada de una de las piscinas protagonistas de “Numakage Públic Pool” (Shingo Ota, 2025; visible en Filmin gracias a ser un programa del Docs Barcelona, pero sólo hasta el 1 de junio), mientras que dos obreros provistos de potentes mangueras riegan toda la zona, para que no se levante ninguna polvareda. Eso solo puede darse ahí…
Esa imagen nos avanza lo que va a pasar, pero la película registra la cuenta atrás hasta el cierre y demolición de las populares piscinas públicas Numakage, ahora asediadas por una serie de condominios que han surgido en los últimos años. Quieren ubicar ahí una nueva escuela.
Ese proceso lo visualizan como el cumplimiento las cinco fases de todo duelo:
1/ Negación, incredulidad
2/ Ira
3/ Negociación
4/ Depresión
5/ Aceptación
En cualquier caso, todas esas fases nos permiten a nosotros espectadores captar, incrédulos, cosas como el orden con el que proceden las familias visitantes a entrar en el recinto y luego esperar para entrar en el agua, los inesperados 10 minutos de descanso ordenados desde un altavoz y seguidos a pies juntitas por los visitantes y ese anuncio posterior de evitar saltar al agua para regresar a ella, contar hasta seis policías llegados para llevarse detenido a un pobre homosexual acusado de ir a la piscina para hacer fotos a otros hombres, las increíbles medidas de seguridad ante cualquier accidente que se toman en el recinto, un vigilante que reprime a un padre que lanza a su hijo a la piscina o las periódicas arengas al ejército de jóvenes salvavidas del sitio.
Pero la película no se contenta con ser la nostálgica cinta (con una algo empalagosa musiquilla por un final que noto excesivamente reiterativo y ternurista) que despedirá a la piscina, sino que comporta también otro tipo de miradas, ajenas a ese proceso. En este sentido, me parece ejemplar la secuencia en que se ve a un hombretón durmiendo junto a su anciana madre y cómo ésta, desconocedora de la orientación sexual de su hijo, empieza a hacerse preguntas cuando ve el minúsculo y florido bañador que se ha comprado o le trae a casa a un orondo amigote.


El nutrido grupo de salvavidas.



La silenciosa procesión de niños acompañados de sus padres, sin salpicar.

El gerente del sitio. 

jueves, 28 de mayo de 2026

La gallina ciega. Historia de una traición


De vez en cuando confirmo el fuerte momento creativo del que disfrutó la televisión en los años 70 gracias a la contratación de un nutrido grupo de realizadores formados en la Escuela Oficial de Cine. Fue ese, a mi entender, una de las épocas de oro de la televisión, que se dejó conquistar por las mejores ideas de puesta en escena cinematográfica.
Anoche fue el caso de “La gallina ciega. Historia de una traición”, el episodio de la serie “Escrito en América” que dirigió en 1979 Alfonso Ungría, basándose en la adaptación de un capítulo de “El señor Presidente”, de Miguel Ángel Asturias.
Tras un avance de las escenas de acción que constituirán parte de su final, la película ofrece una serie de imágenes a cuál más enfermiza. Desfilan una mucama con horribles marcas en su rostro y una pierna destrozada fijada con un armazón metálico, una mujer inyectándose algo en un amoratado brazo, un viejo parapléjico,… También uno que se limpia las uñas con una navaja mientras tres brutales policías golpean a un detenido.
Todo ello pretende dar idea del ambiente opresor del país regido a voluntad por El Presidente. El seguimiento de personajes en planos muy cortos, que no les dejan respirar, acentúa la angustia y tensión del espectador.
Escenas de la obsesión en la fatalidad de un personaje vienen subrayadas por una evocación musical a Vértigo, como luego, escenas de tensión recurren a la música de Psicosis, y unas escenas de amor remiten a otras compuestas por Bernard Herrmann (que no creo que en su momento hubieran pagado derecho alguno…)


 

lunes, 25 de mayo de 2026

Ce n’est qu’au revoir


Un estimulante baño de frescura supone “Ce n’est qu’au revoir” (Guillaume Brac, 2024; en CaixaForum+).
En esta ocasión Brac no nos hace ver cómo vive gente jovencilla la fiesta del 14 juillet, ni cómo se lo pasan en un parque acuático, pero sigue insistiendo, a mí entender en esta ocasión llegando aún mucho más al fondo de la emoción pero sin perder ni un ápice de su mirada amable de siempre, en el retrato generacional de quienes, como dice uno de los personajes, aún tienen todo por vivir.
Un internado cercano a los Alpes franceses ve llegar a chicos que están al final de su bachillerato, pasar ahí un verano…y despedirse, cariacontecidos, cuando finaliza el periodo.
En algún momento he tenido la sensación de estar ante un Frederic Wiseman que hubiera escogido husmear con su cámara por todos los rincones de ese lycée, captando sus dudas, siguiendo sus diversiones (¡ese dominó de colchones!), el desarrollo de sus compromisos, envuelto en sus músicas.









Brac escoge tres o cuatro chicas en las que se centra, elaborando un capítulo para cada una de ellas, encabezado por su nombre. Mientras la cámara sigue sus actividades, ellas, en off, explican lo que les ha acontecido hasta el momento y llevado ahí, y reflexionan sobre su futuro.






 

L'acrobate




El año pasado di con “Dieu sait quoi” (1994), un extraordinario ensayo de Jean-Daniel Pollet, un cineasta de la Nouvelle Vague que tuvo siempre una gran aceptación crítica, y me quedé perplejo. Desde su sketch en “Paris vu par…” (1965) lo tenía asociado a Claude Melki, actor principal también en su largometraje que se estrenó por aquí, “L’amour est gai, l’amour c’est triste” (1971) y muy singular, desde su aspecto físico de pobre tipo hasta sus involuntarias (o no) payasadas.
Ahora en Arte puede verse “L’acrobate” (1976) y en ella Melki es un empleado de local de baños, masajes, sauna y duchas con poco predicamento con las mujeres, que se da de narices con el tango y lo ve como una forma de éxito en la vida… sin que su situación personal, de en el fondo enorme soledad, sin que nadie lo tome en serio, tome otro cariz.
El tango -en salones y en concursos, pero también en medio sórdidas habitaciones y en los pasillos del establecimiento- llena la película, transmitiendo su constante y repetitivo soniquete.








 

La canción de Aixa





Me resulta extrañísimo el poco predicamento que tiene, dentro de la historia del cine español, “La canción de Aixa” (Florián Rey, 1939; en canal Flix Olé) y aventuro que es debido a que, como me pasó a mí hasta anoche, no es muy conocida. No entra en el principal paquete de films de Florián Rey que -esos sí- se pasaban por televisión con frecuencia. Es más: casi siempre que se nombra es casi únicamente para decir que supuso la finalización, por ruptura, del tándem Florián Rey e Imperio Argentina.
Rodada en estudios alemanes y con equipo técnico casi por completo alemán, formando parte de esas películas sobre unos artistas españoles que van a rodar durante la Guerra a Alemania, que sirvieron de base a Fernando Trueba para su “La niña de tus ojos”, juega a la carta del orientalismo -casi todos sus protagonistas representan ser de tribus marroquís- y resultan muy atractivas tanto la toma de imágenes de Tetuán para sus títulos de crédito o el supuesto club inicial a lo “Casablanca”, como vistosas resultan las escenas de los miembros de las kábilas al galope o mostrando su silueta por un punto elevado del horizonte, y hasta los ropajes de los personajes evolucionando en los decorados de lo que figura ser el palacio del Caid, con florituras como las de la Alhambra.
Por lo demás, claro, es una película con canciones de Imperio Argentina (que se ve no tuvieron el éxito esperado) y que narra una historia de rivalidad y honor entre dos nobles de kábilas emparentadas y rivales y, siendo de 1939, tampoco hay que pedir peras al olmo…
Es singular porque al principio conviven dos tendencias en lucha en ella, una “seria”, que marca la línea argumental, y otra despreocupada y llena de intenciones jocosas. Al margen de sus principales personajes, casi todos los demás aparecen en su primera mitad como comparsas con numerito para hacer gracia al público, hasta que, entre sus dos posibilidades, acaba luego la tensión entre drama romántico y comedia decidiéndose categóricamente por el primero, dejándonos ya sin bufones.
Vista ahora, sabiendo que es de 1939, hay una serie de escenas de danza con tules de todo el elenco femenino que te hace frotar los ojos. Incluso la misma Imperio Argentina tiene una escena de preparación para el baño en la que aparece tapando únicamente su cuerpo con unos velos muy traslúcidos, como pone de reclamo el cartel que adjunto al final de las imágenes, con la única salvedad de que en la película su cintura no es ni mucho menos la de avispa del cartel. Consultando la iA sobre ello, me confirma que la película fue una precursora de las dobles versiones que luego, durante la transición, estuvieron a la orden del día: una de las rodadas -a la que ahora, felizmente, podemos ver, estaba destinada al público alemán, mucho más curtido en la cosa de admiración de los cuerpos que el español del bando nacional, al que se reservaba una visión más recatada.