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martes, 21 de noviembre de 2023

Un’agenzia matrimoniale


Pues “L’amore in città” (1953) será un film de episodios, pero comprende episodios magníficos, que se ven aún hoy con admiración.
Fellini se encarga de uno de sus episodios mediante un cuento, “Un’agenzia matrimoniale”), que viste como su relato del caso que creó y se encontró como periodista, cuando le encargaron investigar sobre las agencias matrimoniales.
Recorremos con él (travellings por sus pasillos) un viejo palazzo de la vieja Roma, donde habitan un montón de variopintas, siempre muy humildes, familias.
Entra luego en fase de cuento casi fantástico, digno de su imaginación… para acabar cayendo en la clara visión de por donde se mueve la dura realidad.
Eran éstos unos cortometrajes que cubrían, en su época de presentación, varios objetivos: facilitaban una tarde de cine nada despreciable, con la sensación de tiempo aprovechado que ofrece el buen cine, permitían a la gente recorrer otras realidades y, por último, daban más de una información sobre dónde asentaban sus vidas los espectadores.
Tengo alguna confusión. Habla el DVD del primer número de “Lo spettatore”. ¿Es ésta la revista cinematográfica en cuya concepción -dicen todas las crónicas- empezó la relación de Marco Ferreri con el cine?


 

sábado, 21 de octubre de 2023

Luci del varietà




Rafel Miret presentó ayer “Luci del varietà” (Federico Fellini y Alberto Lattuada, 1950) en la Associació Nusos diciendo que una de las cosas que más le gustan de la película es esa secuencia inicial, en la que se ve a un viejo caminando, cojeando de forma notoria, que asciende de noche por una calle, hasta por fin entrar en un teatro de variedades de lo más cochambroso. El teatro está lleno de un público muy popular y por su pasillo central corren y bailan unos niños pequeños. En el escenario se suceden una serie de números tirando a tronados, como el del faquir de la imagen y, cuando acaba cada uno, el encargado de la claque se levanta y hace aplaudir a los suyos.
Él decía gustar de esta escena porque le recuerda cosas de su propia biografía, pero creo que cualquiera podría estar de acuerdo con la aseveración. Después de la proyección habló también de esa escena final que da un carácter cíclico a todo, y diría que también sería eso otra de las cosas de la película que se quedan en la memoria.
Para explicar al auditorio de que iba la película les nombró otra por aquí más conocida, “El viaje a ninguna parte” (1986), aventurando algo que tiene muchos visos de realidad, como es que Fernando Fernán Gómez tuviera ahí de referencia, sobre todo en esos planos de la troupe caminando por la carretera hasta el pueblo de la actuación, a esta “Luci del varietà”.
Me hizo gracia, porque viendo a continuación la película, pesqué otro momento -éste mucho más corto- en el que FFG (en esta ocasión no actor, sino solamente director) la tuvo seguramente también presente. Estoy hablando de “Él extraño viaje” (1964). El alcalde del pueblo consigue acallar desde el balcón las protestas de los jóvenes del lugar, que se habían inquietado por el retraso de la fiesta del domingo. Entra al salón desde la habitación y no puede reprimir su desagrado con un:
-¡Qué pueblo más inculto!
Pues bien. En “Luci del varietà” es un artista incomprendido por el público el que se retira con un:
-¡Qué público hediondo!


 

domingo, 31 de octubre de 2021

El jeque blanco

Llegada de la pareja de recién casados al hotel.

Una presencia de lugares de Roma muy fuerte.

Me ha gustado ver ahora, con perspectiva, “El jeque blanco”, el primer largometraje en solitario de Federico Fellini (1952).
La pareja de recién casados llega a Roma para una visita planificada al minuto por el marido en función de su familia romana, con audiencia del Papa incluida, mientras la dominada mujer tiene por su parte en su cabeza la intención de conocer a “El Jeque Blanco”, con el que se ha carteado.
La separación entre ambos que visualmente captamos a su llegada al hotel mediante un sacerdote que se interpone entre ellos y luego con la reja del ascensor en que se la lleva el mozo del hotel veremos enseguida que se constituirá en el tema de todo el film.
Se ve claramente la influencia de los fumetti (medio en que había trabajado Fellini a su llegada a Roma), todos sus personajes caricaturas, con figuras como ese intruso en calzones de baño y camiseta imperio que está siempre en medio, embobado. Tiene todas las puyas a la Iglesia, al funcionariado y al sentimiento patriótico que queramos. Pero lo bueno es que es una producción modesta y el mismo Fellini aún no se copiaba a sí mismo, con lo que está, me parece a mí, en el justo límite antes de entrar en la caricatura absoluta, manteniendo una frescura que será ya difícil encontrar en sus últimas películas.
¡Ah! Y Nino Rota empezó a experimentar las alegrías de fanfarrias que mostró con el posterior “8 y 1/2”.


El conocimiento en persona de una especie de Rodolfo Valentino con más relleno haciendo del personaje de El Jeque Blanco.

El magnífico intruso del traje de baño estilo bañera y la camiseta imperio.

 

domingo, 3 de enero de 2021

Europa. Un relato necesario


Mentiría si digo que me he leído este “Europa. Un relato necesario” (José Enrique Ruiz-Domènec, RBA, 2020) en una exhalación. Todo lo contrario. Incluso he estado tentado de dejarlo, agotado, en varias ocasiones.
Es una edición revisada y ampliada de un libro de éxito suyo, que intenta buscar mediante un repaso histórico (del año 312 al 2019) la esencia de Europa. Posiblemente un espectro temporal tan amplio es el causante de que, pese a sus repletas 400 páginas, determinados periodos y hechos sean tocados únicamente sobrevolando por ellos, buscando en una frase feliz caracterizarlos. De ahí también que, ignorante del trasfondo de tanto, no me haya acabado enterando de mucha cosa.
Si los capítulos intermedios son escuetos y pasa por ellos a una velocidad de crucero altísima, no pasa así por el último, sobre los tiempos más cercanos, redoblado por una coda, algo reiterativa, en la que quiere dejar claras sus conclusiones.
No creo que sea destripar el libro decir aquí cuáles son esas conclusiones o, al menos, las que me han quedado a mí como tales. La principal, por repetida hasta la saciedad, sería que estamos en una situación de lo más crítica. Y yo me he resumido en dos las causas que indica. Por un lado, la existencia de dos potencias disputándose la región: la Unión Europea y Rusia (deja a Putin como un auténtico diablo). Por otro, la irrupción de lo que clasifica como el nacional-populismo.
Este nacional-populismo, extendiéndose por toda Europa, es el que lo tiene amargado, sobre todo porque araña en buena medida, le usurpa su idea principal. Esa idea sería que se debe pensar el futuro estudiando el pasado. Pero en este trance, se queja, se han olvidado, apartándolos, de los historiadores. Mientras que los nacionalistas-populistas acuden al pasado para simplificarlo, restarle complejidad, adaptarlo a sus necesidades, y llenan el panorama de las famosas fake-news.
Habla en el libro no solo de hechos de esos que siempre se han estudiado en los libros de historia, sino que también hace un barrido, que ahora se diría transversal, por aspectos culturales, aparentemente anecdóticos, de la época analizada. Con su personalidad tan teatral a cuestas, he notado a Domènec interesado, más que nada, en el golpe de efecto. Me ha parecido, ya que no está ante un auditorio al que pueda asombrar poniéndose de pie, acompañándose mediante un gesto que demuestre sus tablas, que en ciertas fases se vende por un buen adjetivo, por una frase literaria, para redondear su párrafo, dejándolo ahí, volando su significado, inalcanzable más allá de su belleza, por las nubes.
Podría achacar a mi ignorancia mucho de lo que da sin que me entere demasiado bien qué quiere decir. Por eso me he detenido en alguna cosa que explica de películas y cineastas, por aquello de que los tengo más frecuentados. Pongo aquí unos pocos ejemplos:
-Tras hablar de la llegada del desatado consumismo a la Europa de los años 60 y de la inmigración desde el Tercer Mundo, suelta: “Godard sintió una necesidad sensual de filmar ese mundo en ‘Alphaville’: película de culto pues mostró los límites morales de la abundancia.” ¿Fue hecha ‘Alphaville’ para mostrar -o de ella se deducían- los límites morales de la abundancia?
-Sobre Bergman y Dreyer, diría que olvidando la real cronologia de las obras suyas que cita, suelta frases de esas que no sé yo si realmente sirven para asentar su tesis o bien sólo para ofrecer el aroma ambiental que busca encontrar. Hablando de la aparición de la socialdemocracia dice: “En ‘Fresas Salvajes’, antes que nadie, y en sueco, Ingmar Bergman descubrió el mundo interior de esa nueva sociedad auspiciada por la socialdemocracia. Lejos de toda intención nostálgica o emotiva, dotó al hecho de un lenguaje, de unos personajes y de un espacio. Con ello, Bergman inauguró la cinematografía que acompañaría a Europa en la búsqueda del paraíso socialdemócrata, como Dreyer había creado con ‘Gertrud’ el cine de las grandes soledades, del misterio de la vida”.
-Y hablando de ‘La Nueva Ola’: “Y Federico Fellini, de pasado neorrealista, que realizó un cruel retrato de la sociedad mundana en ‘La dolce vita’ y ‘Ocho y medio’. Con ambas películas abrió la puerta a un paraíso vedado al cine: los entramados temporales”.
Y yo que creía que eso venía de la ‘Intolerancia’ de Griffith...







 

martes, 23 de junio de 2020

Fellini 8 1/2


Va de ese final de “Fellini 8 1/2”, que reconcilia con la película hasta a los más contrarios. Pero también de una música de Nino Rota bien aprovechada, de Radio 3 , de mis hijas cuando iban al cole y, básicamente, de Chichirichachi.
Todo ello sale hoy publicado en La Charca Literaria, aquí:

Son las siete y media, te tienes que levantar

Para que se te desate el impulso fuerte de llorar en el cine, la película tiene que estar bien avanzada o cerca del final. Debe haber tenido tiempo de haberte puesto en situación, de captar por dónde van los personajes hasta hacértelos conocer y entender, y eso no se logra en un plis plas.


Eso provoca que en los escritos de esta sección suela referirme a la escena final, donde se acumula y quizás estalla toda la tensión adquirida durante la hora y media (bueno, ahora hay la tendencia malsana de alargar la cosa hasta más allá de las tres horas) de proyección.


En este caso no hay que preocuparse, que no destripo nada, puesto que lo único que hago es recordar una escena que todo el mundo ha visto y saboreado, aunque haya estado navegando previamente por el film que la contiene, con más pena que gloria, mirando el reloj.


Mira que una película como el Fellini 8 1/2 está alejada del lagrimón producto de la emoción… Mira que huyo despavorido de películas y escenas de películas con payasos, por la grima que me suelen dar. Y, sin embargo…


Sin embargo, pasadas las dos largas horas de 8 1/2 en las que Marcello Mastroianni,  el alter ego del creador, va dando tumbos, intentando hundirse y no ser visto por toda esa tropa —a veces esperpéntica— de gente que espera mucho de él, no sé cómo lo hacen, pero llega una epifanía.


Como la epifanía va servida con la música de Nino Rota, y de un Nino Rota inspirado, la epifanía es doble, con lo que le podemos poner hasta un re delante: la re-epifanía. Mastroiani/Fellini está en esa escena mesándose los cabellos en su coche porque al fin ha comprendido lo que representan para él, y hasta para nosotros que las estamos viendo, “esas dulcísimas criaturas” a las que pide perdón, porque de repente ha caído en lo justo que es “aceptarlas, amarlas”. Había visto un instante antes a una Claudia Cardinale radiante, sonriendo, lo que ya da para resucitar a un muerto, pero entonces ve también, con otros ojos, vestidos de blanco como ella, a todos esos otros personajes que hasta esa escena le agobiaban. En ese momento se dice a sí mismo que la vida es una fiesta, y anima a vivirla juntos.


Empieza luego a sonar la música, interpretada por una triste charanga, cuatro pobres payasos, seguidos o precedidos de ese crío que no puede ser otro que Mastroiani/Fellini de niño. Les da instrucciones, los dirige, hasta que se abre la lona que la tapaba y entonces se ve a toda la comparsa —viejos y jóvenes— que tenía rondando por su cabeza, descendiendo a sus órdenes, dándose a continuación la mano para hacer una serpiente animada, como esa que, capitaneada por mi abuelo, imagino —por relatos familiares— que recorría sinuosa y bailonga el pasillo de la casa de mis padres en un par de fiestas sonadas.


Hay otro recuerdo personal que se suma para que viva esa escena final de Ocho y medio con emoción y una sonrisa en la cara. Ahora, Radio 3 sigue estando bien porque no tiene publicidad y emite algún programa con música buena, pero si retrocedemos en el tiempo, emitía programas singulares, que creaban comunidad. Cuando mis hijas eran pequeñas e iban al colegio, ya habían eliminado casi todos ellos, pero algunos de los de entonces recordaban esa época dorada. Uno de ellos era Chichirichachi.


Chichirichachi se anunciaba como programa-despertador. Ponían canciones y músicas magníficas, pero sobre todo sus interludios estaban llenos de concursos (recuerdo el de Bebés calvos, por ejemplo) y relatos (como La lama Juancha. Zen para principiantes) llenos de imaginación y de buen humor. Además, era inevitable no enamorarse de la voz de Sara, su locutora. Pues bien, cuando llegaba la hora, sonaba la musiquilla esta de Nino Rota, a la que le ponían una letra para la ocasión, dando como resultado una cancioncilla de lo más pegadiza. Con ella entrábamos cantando al dormitorio de mis hijas, despertándolas para llevarlas al cole e ir luego  nosotros a la oficina:


¡Son las siete y media


Te ties que levantar.


Son las siete y media


Te ties que levantar.


Levántate ya


Y estíiirate


Que te está esperando


un café!


… aunque era un zumo de naranja. El caso es que todos entrábamos con buen ánimo, desde luego, en ese nuevo día.

lunes, 10 de febrero de 2020

Amarcord

La aparición del mítico Rex.
Está muy bien ese inicio con los milanos volando por toda la ciudad, anunciando la llegada de la Primavera...
El árbol (había puesto la encina, pero me temo que es otro tipo de árbol, del que no conozco su nombre) del Voglio una dona!
“Amarcord” (Federico Fellini, 1973) forma parte de ese pequeñísimo grupo de películas de las que te acuerdas de casi todas sus escenas, por tiempo que haya pasado desde la última visión. Ha entrado a formar parte del conocimiento personal y colectivo, hasta bien dentro. El jocoso recuerdo de cada uno de los profesores escolares, el pobre loco que se sube a un árbol ygrita angustiosamente “Voglio una dona!”, el misterio de un día de espesa niebla, la salida en barcas para divisar el paso del Rex, el día de la fuerte nevada que hace salir a la gente para ver caer los copos hasta de la sesión del cine Fulgor,...
La comida familiar.
Queda entonces redescubrir pequeños detalles olvidados sorprendentemente, porque se descubren muy buenos: ese barbero contando a sus parroquianos que fue el hijo número 14, por lo que su padre, desesperado, le puso por nombre Definitivo. Ese presumido empresario de cine, que disfruta orgulloso siendo llamado Ronald Colman. El mandatario fascista obligado a decir frases definitivas, soltando eso de “Juventud granítica” para valorar públicamente a los chicos que le dedican un ejercicio. Esa prueba definitiva (ahora todo me aparece como definitivo...) de amor que el ridículo tío fascista dice que le ha dado una porque le ha ofrecido su “intimidad posterior”.
La Gradisca yendo de paseo con sus amigas.
Muy bien. Un auténtico placer, pues. Si no fuera porque ayer domingo hasta se agotaron las entradas y la sala Chomón de la Filmoteca estaba abarrotada, con lo que el calor animal, acompañado de la potente exhalación de alguna próxima digestión difícil, se hacía insoportable. Eso y que mi vecino de butaca (y yo sin escapatoria posible), reía y gesticulaba ante todas las gracias y, sobre todo, iba canturreando por lo bajinis íntegramente la brillante música de Nino Rota, dando un auténtico concierto de rumor de fondo. Un placer, digo, que se me convirtió por momentos en tortura.

viernes, 7 de febrero de 2020

Fellini 8 1/2


También “Fellini 8 1/2” (1963) se inicia con una escena en la que el personaje (la cámara), escapando en este caso de un atasco, se eleva hacia el cielo, para mirar la superficie de la tierra y sus gentes desde ahí. Como en “Andrei Rublev” (1966) o “La infancia de Iván” (Andrei Tarkovski, 1962: la casualidad de haberla visto precisamente ayer...). Quizás obedezca a la intención de los cineastas, en esa época, de elevarse para contemplar con perspectiva su mundo...

En el film acabado de ver hoy en una abarrotada sala Chomón de la Filmoteca la escena acaba, definiéndola como pesadilla, en la caída libre desde las alturas. Sigue luego otra escena en un escenario casi de Kubrick, en un interior de un balneario, para pasar luego al escenario principal del film, los jardines del gran balneario al que se ha ido a refugiar el creador para ver cómo saca del atasco su film. Toda una colmena de personajes rodean y desesperan a Marcello Mastroianni, hasta que de pronto aparece Claudia Cardinale, que corta de cuajo y deja muda la banda sonora.

Borrachera de recuerdos de infancia, con sueños en que aparecen sus padres (impagable esa escena en el cementerio, en la que su padre le recrimina como quien no quiere la cosa la poca altura del techo de su mausoleo), atropellado revoltijo de pensamientos, pesadilla de encuentros, sugerencias, peticiones de gente próxima que atosiga al realizador en escenas convertidas ya en icónicas o no, que agotan al espectador hasta que, de repente, un instante único te justifica todo ese calvario anterior. Y no siempre corresponde a una nueva aparición de Claudia Cardinale.

Y la redención -si hiciera falta- de toda la película mediante su famosa escena final, junto al mar, con la Epifanía del niño dirigiendo a esos destartalados payasos, Marcello haciendo evolucionar a toda la troupe, volviendo a la esencia, el origen de las cosas. Y la emoción de la música de Nino Rota otorgando una nueva vida.

miércoles, 8 de enero de 2020

Los Fellinis

Este fotograma de I Vitelloni (una película, por cierto, con dos o tres imágenes extraordinarias, de esas que perdurarán siempre) acogía desde la pantalla, detrás del sitio del presentador, a los que llegaban a la Sala Chomón.
La mini-rentrée posterior a tanta fiesta, tanto banquete y tanta consecuencia en la dimensión estomacal se dio ayer, en cierta manera, en la Filmoteca, con la inauguración de la retrospectiva dedicada a Federico Fellini, que este año se habría hecho centenario.

En la sala pequeña se proyectó el magnífico documental que sobre él realizó Ettore Scola y luego, en una sala grande repleta era “I Vitelloni” su primer film proyectado. Pero antes Esteve Riambau habló de Fellinis, así en plural, en una presentación que espero se publique en el blog de la Filmoteca o por donde sea, para explorar las diferencias que, siempre bajo la batuta de Federico Fellini, marcan los films del realizador según sean sus colaboradores.

Su tesis, muy sugerente, fue que las películas de Fellini pueden dividirse bastante fácilmente, aunque por encima de todos quede manejando los hilos ese de miura o que fue el de Rímini, según quien fuera su principal co-guionista (Pinelli, Guerra o Zapponi), sus directores de fotografía (Martelli, Di Venanzo, Rotunno o Delli Colli) y no tanto su músico, puesto que la impronta de Rota fue seguida humildemente por Piovani.
Una guía a seguir en el ciclo que ahora se inicia con un nuevo aliciente para la observación de las películas. Con esta nueva pista yo creo que ya sé distinguir ahora con razones cuál es el Fellini que estimo y cuál el que no soporto.
La charla, que incluyó también los nombres de colaboradores iniciales o de miembros de la troupe como unos no tan famosos escenógrafos, se extendió también por otros derroteros para caracterizar la esencia de Federico Fellini.

viernes, 2 de agosto de 2019

I Vitelloni


Pues al final resultará más que fundamentada la fama de niño terrible de la crítica que adquirió rápidamente François Truffaut. Véase, para probarlo, lo que escribió sobre la para mí muy apreciable "I vitelloni" (1953), según he leído en el libro recopilación de las críticas que hizo para la revista "Arts":
"La película, rodada por el célebre guionista de 'Il miracolo' (episodio de 'L'amore'), Federico Fellini, habría podido ser escrita y realizada por los vitelloni, dado el grado de desidia y blandura en la concepción de su guión y de su puesta en escena.
A pesar de todo, 'I viteloni' es un film agradable, porque en Italia los actores son lo bastante espontáneos como para salir victoriosos de una dirección de actores inexistente, los paisajes lo bastante puros como para ser fotogénicos a pesar de un director de fotografía apresurado, el buen humor lo suficientemente comunicativo como para traspasar por si mismo la pantalla e instalarse, como si estuviera en casa, en la descansada mente de los espectadores más exigentes".

viernes, 19 de enero de 2018

La Strada en Les fantômes du souvenir


El otro día dejé caer por aquí que ciertos payasos melodramaticos me dejaban con mal cuerpo y, sorprendentemente, descubrí que era un sentimiento bastante compartido. Lo curioso es que hace unas noches he empezado la lectura de las memorias de Serge Toubiana, el que fuera director de Cahiers du Cinéma y más tarde de la Cinemateca francesa, quien parece padecer de algo similar.
El libro ("Les fantômes du souvenir", Éditions Grasset, 2016) creo que me va a deparar -de hecho ya lo está haciendo- muy buenos momentos, pues lo noto muy bien escrito y toca temas que me tocan muy de cerca, con las sensaciones sobre el cine en primer término. Pero vayamos a la casualidad que provoca estas líneas:

En el primer capítulo (que titula "La strada") explica el recuerdo que le dejó la primera vez en que sus padres le llevaron a un cine, en su Túnez natal. Fueron a ver la película de Fellini y, como me pasó a mí, confiesa que (traducción libre) le “causó un miedo increíble y suscitó una repulsión profunda". Y sigue:

"No soporté a Giulietta Messina disfrazada de clown triste, interpretando Gelsomina, personaje pobre de espíritu con unos enormes ojos saltones. Tampoco me gustaba Anthony Quinn en su papel de feriante, inflando sus músculos para liberarse de la cadena con la que se había rodeado el torso (...). En mi recuerdo era sin duda este universo del circo ambulante, solitario y desarticulado, el que rechazaba." Y, más adelante: "De esa visión del film de Fellini nació mi desconfianza con respecto al circo, sinónimo de tristeza."