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lunes, 7 de enero de 2019

De las hermosas claudicaciones

Porque hay claudicaciones hermosas. Y, si lo son tanto, a veces te provocan hasta ganas de llorar.


Como va de spoiler descarado, mejor que cesen aquí la lectura de esta nota los insensatos que se han aventurado por ella y que, además, no hayan visto aún Petra, la última película de Jaime Rosales. Con esta dispensa de aires casi papales, les brindo la oportunidad de salir del compromiso bien airosos, sin ningún tipo de penalización.


Únicamente para los que queden por aquí: por mucho que destaquen en ella esos travellings insidiosos y esos desplazamientos de cámara tan coreográficos y misteriosos que parecen convertir la cámara en un personaje adicional, y por mucho salto adelante y atrás que defina su estructura, Petra —que, por cierto, se podría titular con otros nombres de personajes del film con mayor motivo— cuenta en realidad una sencilla aunque casi folletinesca historia: la de la incidencia que inesperadamente puede llegar a tener, las vueltas y revueltas que puede llegar a producir un hecho oculto del pasado. Muestra, por un lado, a una pareja mayor cuyos miembros, como pasa en tantas parejas, conviven únicamente por ciertas ventajas que su convivencia les confiere y que —punto clave en la trama— mienten u ocultan la verdad aún sabiendo el mal que eso ocasiona. Por otro lado, muestra a una Petra (Bárbara Lennie) que busca esa verdad; cree rozarla en un par de momentos y otorga distancias, desprecios y desplantes de forma algo ligera, haciendo por su cuenta un juicio moral que ella misma sentencia.


Un desprecio máximo muestra Petra por su suegra —a la sazón, Marisa Paredes—, a quien, atribuyéndole todos los males que aprecia en su marido, no le deja ni ver a su hija Julia, es decir: a su propia nieta.


No es en absoluto trigo limpio —como no lo es casi ningún personaje del film— la mujer interpretada por Marisa Paredes, desde luego, pero llega un momento en el que lo que hemos visto todos los espectadores parece que llega también a Petra. En un encuentro fugaz al final de la película, muestra que ha entendido lo humano del comportamiento de su suegra, en sus faltas y —sobre todo— en su amor por su nieta. Como quien no quiere la cosa, rectificando su actitud, deja caer una pregunta que su interlocutora, ya desengañada, no se espera:


— ¿Quieres ver a Julia?


La emoción que, incrédula ante lo que ha oído, llena de gratitud, expresa Marisa Paredes, llega fuerte a un emotivo espectador como un servidor, ocasionándole problemas, pues está a punto de hacerle perder la compostura que debe mantenerse en un lugar público.


Venga, lo diré: de estar en ese momento en la intimidad del sofá de casa, quizás me hubiera puesto a llorar a moco tendido. Por la grandeza que encierra una tan simple propuesta, ese magnánimo perdón en toda regla.

Petra

El editor de La Charca Literaria, el muy fresco, en vez de volver al trabajo hoy, como cualquier mortal, pese a la dramática situación política mundial va y me dice que sigue de vacaciones. Pero calla, que no he acabado: no contesto con eso, me suelta también que ha tenido que agarrar el presupuesto de Marketing de la publicación para sus gastos de asueto y que por favor haga yo mismo propaganda de que hoy aparece en la revista un texto mío, que va de un ramalazo final que –mire Vd. por dónde- me trasmitió la “Petra” de Jaime Rosales.
¿Hasta cuándo soportaremos los currantes los desmanes de los patronos?
Venga, pese a mi natural discreción en estas cosas, para no poner en peligro mi misérrimo salario, ahí va el enlace:
(En la foto, una foto fija del rodaje de una escena anterior, sacando chispas la relación entre los dos personajes)


domingo, 21 de octubre de 2018

Petra

Mis expectativas no eran muy elevadas, porque no me acababa de convencer su última deriva, con películas como “Hermosa juventud”, que presentó en 2014. Iba sorprendiéndome de cuánto influye el dónde, cómo y con qué estado de ánimo te enfrentas a una película en tu valoración de la misma para responderme por qué ante el “Petra” de Jaime Rosales (2018) he reaccionado en un sentido positivo, absolutamente contrario a la anterior, cuando Fernando Lara me ha ofrecido en bandeja una explicación de lo más clara: “Jaime Rosales tiene un registro diferente para cada relato”, ha dicho.
Arranca la película con personajes que hablan coloquialmente de grandes temas. Pero pasa a otro capítulo, presentado con una cartela anticipatoria, y son otros los elementos que predominan y te llevan a la estimación: pueden ser unos travellings muy incisivos, que trasmiten un enorme misterio, suspense; unas panorámicas que te sitúan en el caso de un capítulo más bien explicativo; una doble utilización de espejos en dos momentos del film (primero de la imagen “falsa” a la “real” en un personaje, de la “real” a la reflejada en el espejo hacia el final con otro personaje) o hasta cierta cesión de pensamiento del director a través de un personaje, que dice que “Si no hay verdad no hay belleza”.
Todo esto se ha producido hace unas horas, completada la sesión con un apasionante coloquio con Rosales conducido por Fernando Lara. Un broche de oro para las muy dinámicas “XIII Jornadas dels Cineclubs”, que ha organizado la Federació Catalana de Cineclubs con el Cineclub “39 Escalons” de Manacor.
À suivre...