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lunes, 22 de septiembre de 2025

¿Dónde se escondió el humor de Jacques Tati?



Veo en el ordenador un vídeo. En él un homenot de Vic se dirige a la cámara desde una habitación de su casa mientras de fondo, sin sonido, se desarrollan las imágenes iniciales de Les vacances de Mr. Hulot. 


No necesito ese sonido escatimado, porque viendo las imágenes lo recupero instantáneamente. Ahí está ese altavoz ininteligible de la estación de tren que parece ser el causante de que la multitud pase atropelladamente de un andén a otro, ese cochecito que parece construido en casa que avanza sincopadamente, a golpes de petardos que expulsa con estrépito por el tubo de escape. Ese majestuoso cochazo que adelanta en un santiamén al cochecito envolviéndolo en una espesa nube de polvo, expulsándolo de la carretera hasta que, con unos cuantos petarditos más, se reincorpora y reencuentra su velocidad de crucero… hasta que su llegada al balneario vacacional también atrae, vía sonora, a todos los presentes…


Notando lo extremadamente bien planificadas y ejecutadas que están esas secuencias, me he preguntado dónde se ha perdido esa habilidad (a base de un trabajo de órdago) derrochada aquí a espuertas, y cómo es que no parece haber nadie en la actualidad que haya recogido, ni que sea parcialmente, esa herencia. Me he dicho también que ya tenía tema para este artículo: El humor de Tati y su falta de descendencia.


Lo primero lo daré por sabido. Es para evitar situaciones entre los eventuales lectores como la que viví yo hace muchos años, que explico ahora mínimamente como justificante, en descargo. 


Se trata de uno de los momentos, prolongado por lo que parecían ser interminables horas, más comprometidos en los que me he visto inmerso. Estaba yo en un proyecto en una fábrica que la empresa en la que trabajaba tenía en Galicia. Su director, muy atento (con unas atenciones que los presupuestos fabriles fueron haciendo disminuir con el tiempo drásticamente), me invita a una comida en un buen restaurante del centro de la ciudad. Allí entro en conocimiento de que es un gran aficionado al cine, conspicuo lector en su día de Film Ideal, para más señas. 


Una cosa lleva a otra, y así me veo en el compromiso de acompañarle una tarde, a la salida del trabajo, a su domicilio, donde ha prometido enseñarme el guion de una película cómica que tiene escrito. Un trabajo, recalca, que surge directamente del humor de Jacques Tati.


No le basta con enseñármelo, un grueso folleto de amarillentos papeles que saca de una cartera de documentos. ¡Se ofrece a leérmelo! A lo que, claro está, sería una falta tremenda de cortesía negarse, con lo que respondo con cara de satisfacción y un miedo interno gordo sobre lo que se me viene encima.


Se trataba de un guion clásico, con los diálogos de cada personaje, acompañados de la descripción de las acciones de los personajes y de los lugares en que se desarrollaban. Que me maten si recuerdo algo más que era un autobús municipal bastante saturado en el que coincidían dos personas y provocaban, con sus acciones y frases correspondientes, las risotadas y miradas orgullosas y cómplices del director, interrumpiendo mínimamente la lectura, y que esa secuencia, con esas interrupciones, parecía que iba a prolongarse toda la noche si no hubiera sido que su mujer, salvadora, llamó discretamente a la puerta y avisó de la hora que era. El director de fábrica y flamante autor de guiones de comedia a lo Tati se sorprendió, me preguntó si no me importaría continuar con la lectura otro día y, lanzado, nos convenció a mujer y espectador/oyente de la audición a ir a cenar a otro restaurante para celebrar su talento. Durante la cena estaba exultante, y recuerdo que explicó otras muchas cosas por efecto del excesivo alcohol, pero ya no fueron de cine y me las callo.


Desde ese momento entiendo claramente que una cosa es el resultado de los gags de Jacques Tati y otra es escribir sobre ellos. Y sé que hacer leer un guion cómico, o cualquier escrito que hable de gags cómicos, es un acto que conviene evitar, porque maldita la gracia que suele tener. Para eso están las películas originales…


Pero vayamos a lo segundo, lo de los posibles herederos. En Les vacances de Mr. Hulot (1953) ya había muchas escenas en las que Tati fijaba la cámara y dejaba ver cómo los múltiples actores evolucionaban en el encuadre marcado. Pero, con el tiempo, el cineasta fue haciendo más complejo el contenido de sus encuadres, aficionándose a unos alocados planos secuencia cuya preparación debía suponer un trabajo ímprobo, llegando a la cima de este proceso con Playtime (1967). Por esta razón, de muchos practicantes de los planos secuencia, y más si hacen comedias, se suele decir que guardan cierto parentesco con Jacques Tati.


El mismo Luís García Berlanga, quien, por cierto, ya había hecho un Novio a la vista (1954) que tenía mucho de Jour de Fête (1949) y, sobre todo, de Les vacances de Mr. Hulot, también tuvo ese proceso de ir agudizando sus planos secuencia. Pero, no obstante, pese a esta similitud, yo diría que, en vez de irse acercando a Tati, fue alejándose de él. Salvo en algún caso excepcional (ese plano final de ¡Vivan los novios! de 1970), Berlanga no tuvo en su etapa final la capacidad de Tati para componer sus planos secuencia visualmente, más allá de hacer jugar y hablar, moviéndose como en una endemoniada colmena, a sus personajes.


En cambio, a mí siempre me ha parecido Otar Iosseliani un cineasta que sí, que recuerda muchas cosas de Tati. En Lundi matin (2002) marcaba la pauta de cada nuevo día con la llegada de un tractor al cruce de la casa donde vivía una excéntrica vieja dama, conductora de 2CV. No era sólo la planificación escénica, también los sonidos definían sus secuencias.


Pero, lamentablemente, Otar Iosseliani falleció hace un par de años, dejándonos sin sus siempre sorprendentes películas.


Otro director que en mi opinión también tiene puntos de contacto con Tati es Roy Andersson, es verdad que con una vena mucho más ácida que Tati. Pero Andersson hace tiempo que vendió su casa / estudio y dejó de hacer cine…


¿No queda nadie vivo y en activo, pues? Yo aventuraría un nombre, el de Elia Suleiman. De origen palestino, pero con pasaporte israelí, no tengo idea de cómo le estará dejando el cuerpo todas las barbaridades que están pasando por esa parte del mundo. Era magnífica su mirada irónica sobre sí mismo y su país, pero a saber si todavía será capaz de mantenerla.

domingo, 28 de abril de 2024

Chantrapas

Los tres amigos, tras la proyección privada inicial del de la izquierda.

Ellos tres en un flashback

“Chantrapas” (2010; ayer en la Filmoteca, donde se volverá a pasar el próximo jueves 2 de mayo) es una de las películas de la última época de Otar Iosseliani cuya acción tiene lugar en Georgia -aquí una Georgia urbana-, para luego continuar en Francia, como pasó con la misma carrera y vida del cineasta.
Dos chicos y una chica se proyectan en una sala la película que ha hecho uno de ellos, en la que un campo lleno de flores (con colores de lo que podría ser una película de Paradjanov) es arrasado y se construye una pista de cemento encima. La chica, que ve el mensaje de que todo lo bello es arrasado por el progreso, le dice que no enseñe la película, que le puede traer problemas. Después de esto, los tres se dan una palmada dos a dos, como si fueran jugadores de la NBA, y se van cada uno por su lado.
Esta es la escena inicial, antes de aparecer su título, de la película. A continuación aparecen tres niños y para que los espectadores entendamos que entramos en un flashback, vemos como los tres niños se dan esa misma palmada que hemos presenciado antes. No había visto a Iosseliani nunca con tantas ganas de ser comprendido.
Los niños van creciendo siempre unidos y, cuando ya son mayorcitos, circulan por una carretera en bicicleta. Hace su presencia un coche grande, negro, y su conductor ofrece llevar a la chica en él. Acabamos de presenciar la captación para el Partido Comunista de la chica, y entendemos entonces por qué ella, en la escena inicial, toma una postura censora.
A continuación vamos viendo la evolución como cineasta del protagonista, siempre viendo su relación con su familia (tres generaciones viven en la misma casa), en el barrio (¡ese decrépito barrio de la tercera edad!) y en el ambiente del trabajo, de sus rodajes y montajes, donde los choques con los funcionarios es constante.
Harto de las cortapisas oficiales para con sus películas, el chico se va a París. En una imagen bastante chocante, lo vemos subir al tren equipado con un pequeño maletín como de médico, una jaula con pájaros y un violoncelo en su estuche. Los pájaros no son mirlos, sino palomas, pero aún así yo he interpretado esa jaula de pájaros y ese estuche de violoncelo como dos elementos que aluden al mismo Iosseliani, que emprendió ese mismo viaje. Serían, en mi (más que dudosa) teoría, evocaciones de sus más famosos largometrajes iniciales, “Erase una vez un mirlo cantor” y “Pastorali”.
La evolución de los acontecimientos en París nos dicen que las dificultades para mantenerse independiente haciendo cine, las inferencias para cambiar sus películas, son las mismas en su Georgia natal que en el mundo occidental. Y, en las dos y en cualquier caso, el público siempre adverso, reticente a ver sus películas.
Para que podamos confirmar la relación del cine de Iosseliani con el de Jacques Tati, por el final aparece nada menos que Pierre Étaix haciendo de uno de los personajes, como aparecen igualmente cineastas/críticos de cine franceses.
Película de las más claras de Iosseliani, cuando ya creía que la íbamos a terminar sin que ningún hecho fantástico la cruzara, aparece de repente… una sirena. Y también, como tenía por costumbre, aparece el propio Otar Iosseliani, encarnando a un georgiano que dejó su país huyendo del comunismo. Invariablemente, cada vez que veo su rostro, no puedo evitarlo, recuerdo al peluquero de mi barrio de crío y de joven, el que me cortó el cabello desde que tenía un año hasta que ya había superado los treinta.
Con esta sesión ya acabo mi ciclo Iosseliani en la Filmoteca, porque la que queda la vi hace poco y la tengo bastante presente. Me sorprendo, una vez más, que las salas donde se proyecta no revienten de asistencia, como compruebo que sus películas, que yo casi siempre valoro enormemente, son ninguneadas o rechazadas por los espectadores. Aunque sólo fuera, al margen de la inteligencia y motivos de diversión que aprecio en ellas, porque, en una época en la que ya te imaginas lo que va a pasar en casi todas las películas que vas a ver, en Iosseliani nunca es previsible lo que pasará a continuación, lo que te hace ir, como espectador, de sorpresa e sorpresa. Un placer bien raro hoy en día.

Rodando una película en Georgia

Los hombres de negro del partido siempre incidiendo en su trabajo.

Obsequio para el funcionario del partido decisor.

Él, con su equipaje para ir al exilio.

Pierre Étaix, nexo con el Jacques Tati con el que se asemeja tantas veces su cine.
 

sábado, 20 de abril de 2024

Brigants. Chapitre VII


El proteccionista, aficionado -se ve que como Iosseliani- a la bebida., lo que puede hacer que se equivoque de bobinas…

Por el medio de la calle de la ciudad circulan tanquetas o disparan obuses piezas de artillería.

Los tres vagabundos.

La escena del conflicto georgiano ofrece un destacado aspecto de cosa real.

Quizás no esté tan mal, como respuesta, el desconcierto que causa “Brigants. VII” (Otar Iosseliani, 1996; ayer en la Filmoteca), y sea esa una de las sensaciones buscadas.
Repitiendo la escena inicial al final (una de esas matanzas por un adolescente, como rechazo moralizante de lo que ve en su propia casa: un strip póker muy regado con alcohol), la siguiente escena nos sitúa, por sus tipos, en ambiente claramente georgiano y podría posibilitar que viéramos toda la trama como producto de una película que se muestra en una sala de proyección.
Sea eso así o no, el caso es que iremos viendo -como ensoñación de los personajes del mundo actual o no- escenas de la Edad Media (con cruentas batallas y un noble burlado por su mujer cuando le instala un cinturón de castidad) y de una supuesta época actual en Georgia, con la gente habituada a convivir con combates en las mismas calles de la ciudad. Pero, cuando ya apenas nos sorprende la alternancia entre esas dos épocas, pasamos a ver también la de la deriva pesadillesca del comunismo staliniano, con purgas internas incluidas.
Las acciones de las tres épocas, además, están interpretadas por los mismos actores, aunque a duras penas puede decirse que interpreten a perfiles de carácter similar.
Posiblemente sea en el reflejo de la época stalinista donde Iosseliani es más crítico, donde deja correr la más sórdida farsa. Basta ver las escenas del pionero adiestrado por su padre en las artes de la tortura, que a su vez espía y denuncia las actividades de sus propios padres, contento de servir así al partido.
Todo ese batiburrillo de escenas va sucediéndose rápidamente, a ritmo se diría que de comedia, como apuntaría la música de la cinta, y mostrándonos personas que parecen saber bien los trabajos que desempeñan.
En una especie de epílogo, la acción se sitúa en París, por la rue Mouffetard y alrededores. Los brutales disparates, lejos de concentrarse en Georgia, se extienden.
De hecho, la película podría seguir todo el tiempo que quisiera, mostrando esas barbaridades por más épocas y lugares. No acabar nunca, como esa esperpéntica realidad a la que ya damos por normal y que viene a reflejar.
¡Ah! Ese animal que aparece inesperadamente en unas cuantas de las últimas películas de Iosseliani, el pavo real, lo podemos ver también aquí, aunque quizás tenga más papel una cacatúa.

La más sórdida farsa se desencadena con las historias de la época stalinista.

Los preparadores del instrumental de tortura en una pausa.

El pionero denunciando a sus padres ante su tutor.

El strip póker.

Los vagabundos en el Paris actual.


 

domingo, 14 de abril de 2024

La chasse aux papillons


La alegre muchachada de Haré Krishna, con sus bailes y cánticos, ocupando uno de los “gazon”

Notario y mayordomo acuden a la clase de canto del “maestro” de Haré Krishna con una de sus alumnas.

Las dos hermanas del chateau, desayunando con una que arrambla con antigüedades y la criada.

El vecino notario encuentra pescando aúna delas hermanas.

Si mi decepción fue grande con “Et la lumière fut” (1989), hasta llegar a preguntarme, viendo el cuento elaborado, qué había ido a hacer tan lejos, el siguiente largometraje de Otar Iosseliani, “La chasse aux papillons” (1992; ayer en la Filmoteca, donde volverá a pasarse el próximo miércoles 17) vuelve a alcanzar, para mí, las más altas cotas de su filmografía.
Obra coral inmensa, sigue excepcionalmente, no obstante, una clara y rígida trama argumental y, si bien hay un par de apariciones sobrenaturales, están en esta ocasión perfectamente ensambladas en la historia.
Se abre con una divertida sorpresa, cual es descubrir bajo el personaje contumaz bebedor al cura del pueblo, además componente de la banda de viento local.
A la mañana siguiente, ellas van a misa, mientras ellos sacan a sus caballos y vemos toda una organizada comunidad rural francesa de libro, con su mercado semanal y todo, viviendo junto a un chateau regentado por dos ancianas hermanas (que utilizan una armadura como perchero), del que van desapareciendo cubertería y mobiliario de forma acelerada.
El panorama que se nos presenta de ese noble caserón que en algún tiempo fue, hace deducir que está en franco expolio. Una de las hermanas acoge en sus jardines a una alegre muchachada del Haré Krishna, que “se tragan todo lo que les da de comer”. El vecino notario organiza continuas ventas de antigüedades y un supuesto Marahá parece que va a esquilmar todas las joyas.
La conclusión es clara: todo está en auténtica descomposición, aunque posiblemente podemos extrapolar el resultado: las noticias de la radio no hacen más que hablar de atentados por todos lados y de países que apenas pueden vencer la temible inflación que sufren.
No parece afectar este estado de cosas únicamente al mundo occidental. Un recuerdo de la propietaria nos lleva al fantasma de un antiguo novio, militar zarista, muerto en duelo, que tiene la divertida fisonomía del propio Iosseliani. Y una pequeña visita al piso colectivizadlo de una rama familiar que no salió de Moscú nos ofrece así mismo una mirada nada halagüeña sobre la alternativa.
Iosseliani puro y excepcional, la pantalla es siempre un hormiguero burbujeante, cada uno funcionando a su aire, ofreciendo un conjunto que es, ciertamente, un organismo vivo, pero imprevisible. Salvo, claro está, la constatación de encontrarnos en un momento de expolio total.

Iosseliani, en fantasma militar zarista.

Y, para completar, más fantasmas del chateau
 

viernes, 5 de abril de 2024

Pastorali

Los críos del lugar reciben entusiasmados el nuevo espectáculo.

Choque de culturas. En la ventana del tren un jocoso Iosseliani guiña un ojo. Él es también de los que vienen de la ciudad.

Se sale de “Pastorali” (Otar Iosseliani, 1975; ciclo en la Filmoteca) como después de haber recibido uno de esos chaparrones que caen en la película y es de suponer en Georgia.
No puede decirse que sea una obra estática, de ambiente, porque es en realidad cíclica (acaba donde empezó) y todo el rato está sucediendo de todo -en imagen y en banda sonora- sin parar, de forma acelerada. Pero supongo que Iosseliani la facturó como retrato cariñoso, pero a pólvora, de su país. Éste fue su último largometraje producido por la entonces Unión Soviética, y el siguiente ya sería de bandera francesa.
El país presentado es tanto el de los estudiantes de música de la ciudad como los del perdido lugar campestre a donde acuden para ensayar con una tranquilidad que creen encontrarán en el campo y decididamente no encuentran.
Allí subsiste la economía agrícola y ganadera primitiva del lugar, pero escondida de unas autoridades que aún ya forzando el trabajo agrario colectivo, saben perfectamente la economía subterránea que todos practican,y se aprovechan también de lo lindo de ello.

El trabajo en el Koljós.

Conflictos entre vecinos. Esta señora se enfurece viendo que están haciendo una ventana desde donde verán todos sus movimientos.

La adolescente que descubre, admirada, que existe otra forma de vida.
 

miércoles, 3 de abril de 2024

Hojas que caen

Su vecino, que dice haber sacado brillantes notas en sus estudios, pasa a trabajar en el laboratorio. Él, que confiesa un simple aprobado, a las bodegas

Celebrando en casa de uno de sus subordinados, sorprendidos por su camaradería.

La chica con la que todos intentan ligar.

Después de tantos años rogando por ella, la retrospectiva de Otar Iosseliani ya empieza en la Filmoteca. Con el tiempo se han podido ir viendo bastantes de sus películas por aquí y por allá y, por poco (murió hace unos meses), se ha borrado de cuajo la posibilidad de oírlo y verlo en directo, pero en cualquier caso éste es, sin duda, uno de los grandes ciclos del año.
Lo de anoche fue un programa doble. Como el largometraje -“Hojas que caen”, 1966- empezó con unas escenas rurales de un banquete a base de vino, por un momento creí que asistía a un documental que completaría, junto al corto inicial -“Tudzhi”, 1964, rodado en unos altos hornos- un programa de documentales que informaban de una sociedad que seguía, en los años 60, muy cercana al siglo XIX.
Pero “Hojas que caen” es una ficción, con el estilo inconfundible del primer Iosseliani y, si bien lo que se ve tiende lazos con la forma de vida tradicional, está asociado totalmente, además de su autor, a las circunstancias del momento y a un preciso lugar (totalmente urbano).
Igual que en “Tudzhi” se ve a las claras que Iosseliani no está interesado en reflejar las penosas condiciones de trabajo de los obreros de la siderurgia y menos de glorificar su abnegado trabajo, y a la que puede los retrata en un descanso, intentando vivir la vida que ese penoso trabajo les niega, en “Hojas que caen” muestra el choque entre la espontaneidad e inocencia de un chaval (que se nos hace inevitablemente simpático) que vive en una casa con sus hermanas pequeñas y madre y se pone a trabajar de técnico en unas bodegas, al tiempo que intenta infructuosamente cortejar a una chica, pero todo ello envuelto en una anquilosada, sin escapatoria, sociedad soviética como la georgiana.
Para que no queden dudas, durante el ocio familiar casero suena la radio,que vomita sin parar rollos absolutos sobre productividades y proezas alcanzadas.
Se comenta que Iosseliani se había dejado llevar, en sus últimos años, tras su exilio a Francia, por el alcohol, y viendo la película te dices que, vista la alegría con la que retrata las cogorzas de los trabajadores, que la ven como única escapatoria, la cosa, o al menos la querencia, debe venir de antiguo.
He apuntado una frase que le dicen al chico cuando duda en hacer la vista gorda sobre una producción vinícola que no reúne las condiciones y le quieren hacer pasar como buena:
“No es un momento para tener principios”
La frase, creo, resume perfectamente todo un real estado de cosas, más allá de la verborrea oficial que intentaba dominarlo todo.

Él recoge una hoja caída por el suelo.

Diferencias con su vecino sobre cómo actuar respecto al vino del tonel 49 y sobre muchas cosas más.
 

jueves, 19 de agosto de 2021

Jardins en automne

Vincent, cuando ya no es ministro, saluda al primer ministro africano con el que se intercambiaba regalos y cazaba.

La vida de lujo del ministro y su amante.

El nuevo ministro y su equipo entran en el despacho del cargo.

Con la convicción de que el mundo no tiene remedio, Iotar Iosseliani parece decirnos en “Jardines en otoño” que hay que asumirlo con la mejor de las disposiciones y, haciéndose de la capa un sayo, pasar el trago como mejor se pueda.
Después de un relativo éxito de estima, con películas corales como “Les favoris de la lune”, “Adieu plancheur des baches” y “Lundi matin”, sin saber por qué, ésta que ayer pasaron en la Filmoteca, “Jardins en automne” (2006) me parece que fue la primera de Iosseliani de la nueva hornada que no se estrenó por aquí .
Siempre se dice que los films de esta época de Iosseliani recuerdan bastante a los de Jacques Tati. Quizás para confirmar el parentesco, en la escena que hace de preámbulo tres personas llegan al taller de fabricación de ataúdes y coinciden en uno de ellos como el objeto de sus preferencias: el primero es Pierre Étaix, que colaboró inicialmente con él.
No es el único cameo o colaboración actoral que puede verse en la película. Otro de los que coinciden en desear ese ataúd y que después aparecerán como amigos del protagonista es el crítico recientemente fallecido Jean Douchet, y hay varios más. Incluso el mismo Iotar Ioselliani tiene un papel bastante destacado. Por cierto que me comentaron que es bastante amigo de beber hasta el punto que debe tener un buen porcentaje de alcohol en la sangre y en una de las escenas en que aparece su personaje tiene precisamente una trompa de aúpa. Me ha parecido que se golpeaba la cabeza fuertemente contra una mesa, ofreciendo una interpretación de lo más convincente…
¿Qué vamos observando en la película? Pues a un ministro, con sus chanchullos y prebendas, aprovechadas por él y su amante, que es sustituido por otro que hace otro tanto. El original, que hace las veces de protagonista pese a tratarse de un film muy coral, ve que su casa está ocupada por una familia numerosísima de negros. No se preocupa lo más mínimo y sigue viviendo, trampeando, bebiendo y pasándolo bien con sus amigos, ya sin ninguna prebenda.
Tuve miedo que cayera en la extravagancia total al saber que Michel Piccoli (que aparece en el film y por eso, para entrar a formar parte de su ciclo, es por lo que han incluido al film en la programación de la Filmoteca) hacia nada menos que de madre anciana del protagonista. Nada de eso. Hace de una vieja muy amable y risueña, siempre dispuesta a hacer la vida agradable a todo el mundo.


Vincent, ya libre de su cargo, va a pedir ayuda a su madre (Michel Piccoli).

Jean Douchet, Iotar Iosseliani y ?, bebiendo unos vinos entre amigos, haciendo sus papeles en el film.

 

jueves, 14 de enero de 2021

Chant d’hiver

Una tricoteuse recoge en su delantal la cabeza, aún con pipa, del barón ejecutado. Eso dará pie a la aparición, real o figurada, de la cabeza en la época actual...

La hija del capo uniformado se cruza con uno de los ladronzuelos, que se enamora perdidamente de ella.

Una aristócrata, envejecida, pero que acoge y apoya, como nuestra “duquesa roja”, a los más desfavorecidos.

Siempre he dicho que una retrospectiva Iosseliani sería una de las mejores que podría organizar la Filmoteca. No sé si para poder contar con su presencia el coronavirus o lo que sea habrá ya hecho mella en él, pues es un hombre de 86 años, pero en 2016 al menos mostraba tan buenas facultades como para hacer una película tan compleja como ésta “Chant d’hiver” que colgó ayer Mubi.
Por aquí se estrenaron sus “Adieu, plancher de vaches” (1999) y “Lundi matin” (2002), pero luego al menos yo, con unas ganas terribles de seguir viendo sus películas tras esas dos, que me entusiasmaron, perdí su pista.
Suelo relacionar el cine de Otar Iosselliani con el más complejo de Jacques Tati, porque esas dos obras corales, de construcción laboriosa a base de planos secuencia planificados de forma milimétrica, en la que parece que todo un ejército de personajes, en un continuo ballet, van encadenando sus actividades a medida que la cámara da con ellos, me lleva a ciertas escenas de “Playtime” o “Traffic”.
Los planos secuencia están también muy presentes en este “Chant d’hiver”, y son posiblemente lo que más resulta de la cinta, que mentiría si no dijera que desconcierta en grado superlativo.
Se inicia la película durante la revolución francesa, con una ejecución de un barón en la guillotina ante un selecto público de mujeres haciendo calceta, para seguir tras el título, en un buen salto, con unas vertiginosas escenas de lo que parece alguna reciente guerra del Este, en la que está presente el más bestial saqueo. Es en este trozo donde todo ese mecanismo de los planos secuencias es más admirable. Pero luego, tras otro salto espectacular, estamos ante venga extrañas escenas de “la actualidad”, ambientadas en París, con la única aparente ligazón con las anteriores de que surgen unos mismos actores, como dando continuidad a los personajes a través del tiempo.
Aristócratas venidos a menos o aún con un gran poder material, vagabundos, un curioso grupo de perros, dinámicos ladronzuelos que actúan combinados como nos enseñaron en “Pickpocket” que debían actuar para ser productivos, se suceden, con un repelente contra-personaje uniformado (mismo actor que el del verdugo inicial) que viene a ser encarnación de un corrupto y despótico, llevado a la bufonada, poder.
No entendí nada, pero sí constaté, divertido, las tundas que daba Iosseliani a unos cuantos personajes y manejos muy del orden del día.
Parece realmente ambientada toda ella en invierno, pero me da que el título puede también indicar que la humanidad se halla, ciertamente, de forma ganada a pulso, en un cierto estado invernal, y este extraño, para mí casi indescifrable, film (eran mucho más claras esas otras dos películas citadas, y no digamos otras anteriores), podría ser la flor, el canto que, pese a todo, aún produce.


El desalojo de un asentamiento.

Dos fundamentales personajes, por muy erráticos que resultarán para mí cabeza, del film.

Dos del equipo de ladronzuelas, siempre a la carrera (por sus pies, en patines, en bici) y en pareja.

Y falta el más pequeñajo de atrás, más potragónico incluso.