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sábado, 22 de enero de 2022

Vive le tour!

Vive le Tour!

Otros espectadores de una etapa en Vive le Tour!

La caravana publicitaria en Vive le Tour!

En el verano de 1965 una etapa del Tour de Francia, saliendo de Francia, acabó en Barcelona. Saliendo de Aix-les-Termes, los ciclistas subieron el Puimorens, cruzaron la frontera por Bourg Madame, subieron la Collada de Tossa pasando un calor endiablado que les hizo pararse en las fuentes que encontraban por el camino y siempre en persecución de un Pérez Francés que se había escapado en solitario en el kilómetro 14, llegaron a la meta, situada en Montjuic, donde a Perez Francés le esperaba su mujer y a todos una tribuna “muy oficial”.
De todo eso ni me enteré, pero mis padres nos llevaron a verlos pasar desde una cuneta de la N-152, cerca de Tona. Recuerdo una espera pasadísima, la emoción de la caravana publicitaria previa, para ver qué tiraban a los espectadores, el paso de Perez Francés -aunque no supimos quién era- y luego todo el pelotón, como un emborronado de colores, que nos pareció iban de paseo.
Lo de la caravana publicitaria era, sin duda, lo más llamativo, aunque luego comparábamos lo recogido con los paquetes de chiclé y otras cosas que habíamos recogido años antes en la playa de L’Escala lanzados desde avionetas y no había color.
La expectación popular -monjas y todo tipo de clero incluido- y la caravana publicitaria es también lo que más me ha atraído del cortometraje “Vive le Tour” que Louis Malle hizo del de 1962, aún con los míticos Anquetil, Poulidor y Bahamontes, y ha sido el que, vuelto a ver esta mañana, me ha traído el recuerdo.
He encontrado este reportaje de la INA sobre la etapa del de 1965:
Y aquí una copia de “Vive le tour!” (Louis Malle, 1962), que hasta el viernes también puede verse vía Le Cinéma Club:


Pérez Francés refrescándose en la Plana de Vic durante la 11 etapa del Tour de 1965

La desordenada y multitudinaria llegada de los corredores a Montjuic.

La “tribuna muy oficial” que los espera.



 

lunes, 20 de septiembre de 2021

¿Dónde poner la cámara?


Es una fotografía que hice en Mantova, pero sólo la pongo como recurso, al no haber encontrado fotos con los dos sin la presencia adicional de Buñuel.
Según Jean-Claude Carrière, Louis Malle “decía de Truffaut que ‘no tenía el sentido del cuadro’, contrariamente a Godard, maestro en la materia”.
Eso sólo, dando pie a señalar aquellos cineastas cuyos planos se ve siempre que tienen encuadres estudiados y eficaces (esto último es esencial, porque si no…) diferenciándolos de otros cineastas que parece que compongan el cuadro al tuntún, ya nos llevaría a curiosas listas y discusiones, pero me gustaría anotar también aquí el juego que dice Carrière haber hecho también con Godard, pero muy frecuentemente con Malle:
“(…) Nos gustaba ir juntos a exposiciones, museos, planteándonos a menudo el mismo género de preguntas delante de un cuadro: ‘¿Dónde está la cámara? ¿Con qué objetivo?’ “.
Quien no haya pensado nunca, en esas circunstancias, en este género de cosas, que tire la primera piedra.


 

jueves, 7 de enero de 2021

Mi cena con André



Me veo a mí mismo, cuando se estrenó “Mi cena con André” (Louis Malle, 1981), ufano más no poder, con dinero en los bolsillos y hasta en cuenta corriente, debido a ya tener trabajos con sueldo decente, que me permitían , aunque sin exagerar, salir por ahí sin la preocupación de si me iba a alcanzar lo que llevaba en la cartera.
Quizás por eso, recuerdo la gran satisfacción experimentada con la película, pero de ella retuve únicamente esas cosas a las que me estaba lanzando por entonces: el placer de ese ritual del restaurante en buena compañía, en un apartado rincón que protege y anima a una conversación a fondo, esa copita de Amaretto que, para redondear la cosa, pide Wally Shaw, ese actor de físico tan especial que ya siempre más asociaríamos con el personaje de la película.
Tras verla de nuevo hoy, producto de un pase televisivo que tuvo su repercusión por aquí, he podido reparar en lo que es seguro que provocó que pasara a ser un film de culto. Entrando en la conversación de cada uno de ellos (Wallace Shawn y André Gregory, que interpretan sus propios papeles), he podido constatar cómo representaban dos formas de pensar la vida, más “espiritual” el segundo, más “sensual” el primero, reflejando características que, como dice Malle, explosionaron en los años 60 y 70, y de las que la película no deja de ser su cierre, su despedida.
Tengo un libro de entrevistas de Philippe French con Louis Malle que he ido a consultar tras la visión del film (para eso están, sobre todo, este tipo de libros, para hacerse una idea cabal de lo visto, confrontando ideas con lo que ha pasado por tu cabeza durante la proyección). En el mismo, al margen de señalar una serie de cosas básicas, muy importantes sobre el film (como que partió de un guión de Shawn, con lo que el personaje de André estaba escrito por Wally..., o que insistió a ambos para que “actuasen”, interpretasen su correspondiente papel, como lo haría un actor) y de explicar con gran lujo de detalles toda la evolución del proyecto y de su realización, acaba Malle con esta frase, aproximadamente:
“(...) Encontré una mujer a la que conocía vagamente, esposa de un productor, que me dijo que había visto ‘My dinner with André”, y no cesaba de repetir que había encontrado el film maravilloso y después, en un momento dado, añadió: ‘he visto tu nombre y sé que has participado, que lo has realizado, pero qué has hecho, exactamente?’ Pensé que era el mejor elogio que podía hacerme. La mayoría de los espectadores, fuera de los que conocen un poco por dentro el cine, debieron creer que me contenté con colocar una cámara a un lado y otra en el otro lado, y que lo filmé todo en una tarde, mientras que los dos actores improvisaban. Llegar a dar esta impresión al espectador fue para mí un éxito enorme, que me complació muchísimo.”


 

martes, 7 de agosto de 2018

Les amants

El 2 CV, descapotado y a punto de despegar.

Por explicaciones previamente recibidas iba dispuesto a contemplar “Les amants” (Louis Malle, 1958) como un tratado sobre el amor. Sus iniciales títulos de crédito, de hecho, lo confirman. Van apareciendo sobre un mapa con un río. A su orilla derecha se distingue el “Lago de la indiferencia”, seguramente producto de aguas estancadas. Por el contrario, en su orilla izquierda pueden leerse toda una serie de pasos sucesivos (ternura, confianza, amistad, reconocimiento,…) que parecen poder llevar sus aguas hacia el “Mar peligroso” en el que desemboca.

Así dispuestas las cosas, uno empieza luego a preguntarse por dónde se encauzará la lección, qué fábula nos adiestrará sobre los meandros o aguas rápidas amorosas, porque no acabamos de vislumbrarlas por el terreno de un marido opaco o el de un amante (José Luis Villalonga) que casi parece poder recibir el título de “oficial” con más causa que el anterior, si bien ha dejado caer previamente tras un partido de polo (ésta es otra posibilidad frecuente: el amor como competición) un convincente “He estado a punto de perder por pensar todo el rato en ti” dirigido a su amante Jeanne (Jeanne Moreau).

Pero cuando menos te lo esperas surge de forma imprevista, imparable, el sentimiento amoroso, ese impulso capaz de desestabilizar lo más sólidamente fijado. Malle se planteó en casi toda su filmografía su siguiente film como completamente diferente al anterior y como un paso más en su decisión de abordar temas tabú para la sociedad de su tiempo. Así pasó en su extraordinaria “Lacombe Lucien”, quizás la primera en mostrar la Francia colaboracionista, o con “Le soufle au coeur” y su incesto. En “Les amants” el agente revolucionario que echa todo por la borda, que sale victorioso de tanta mezquindad y vacuidad, es el amor a contracorriente, en esa Francia que también vio aparecer por entonces las historias de Françoise Sagan. Porque el film acaba con un viaje en coche que tiene todas las características (una vez aparcadas las dudas que siembran la aparición de un niño y una mirada profunda a un espejo) de un despegue de avión por una pista de aeropuerto.

De haberla visto en un monitor nos habríamos quedado sin otro de los elementos a recordar de la función: Esa fotografía de Henri Decae, con esos continuos travellings, esa cámara en movimiento siguiendo a los personajes en medio de ese grandioso entorno que cubría toda la enorme pantalla panorámica de la sala grande de la Filmoteca. O quizás no habríamos apreciado en lo que vale esa banda sonora cubriendo esas mismas escenas con silencios sólo rotos con el débil sonido de la naturaleza, cuando no por esos comentarios en off que salpican todo el metraje, yo diría dichos por la propia Jeanne Moreau hablando de su personaje en tercera persona. El relato de ese tratado.
Previamente, una profunda mirada al espejo del café de carretera, que hace dudar.


viernes, 19 de mayo de 2017

Louis Malle le rebelle


Vi hace poco "Louis Malle, le rebelle" (Pierre-Henri Gibert, 2016), un documental sobre el director francés, centrado únicamente en su biografía como cineasta, dejando al margen a sus Candice Bergen y demás.
No es que fuera precisamente una maravilla, empezando por su mismo título, pero sí que hacía pensar en su tesis: que siempre planteó su cine -quizás excepción hecha de "¡Viva María!"- buscando un tema con el que sacudir un poco al espectador. ¿Hay que recordar que su "Lacombe Lucien" fue la primera película en enseñar una Francia de la resistencia con visos de realidad? ¿Que su film autobiográfico hablaba directamente del incesto? ¿Que su "Adiós, muchachos" no era, como confesión, nada complaciente? Etc.
Salió de una de las familias más adineradas de Francia, pero se aplicó a remover las costumbres y consciencias, a base, además, de un cine extraordinariamente popular. No es mal empeño, y no estaría mal contar ahora con unos cuantos Louis Malle.

miércoles, 31 de julio de 2013

Vania en la calle 42


Son esos personajes profundamente insatisfechos de Chejov, que creen que podrían haber vivido de otra manera, los que te mantienen en vilo durante todo el metraje de “Vania en la calle 42” (Louis Malle, 1994, que ahora ha acabado de pasar por el canal Ctk). Pero ya desde el principio gusta ver cómo Malle pasa, de forma inapreciable para el espectador, de las conversaciones de los actores que se reencuentran en un viejo y ruinoso teatro para ensayar una obra de teatro a las conversaciones de ellos mismos ya representando sus papeles en “Tío Vania”.
Más adelante, el director, otros actores y una accidental espectadora del ensayo se acercan a la mesa donde sigue otra escena de la obra o, aún más adelante, todos hacen una pausa para tomar un tentempié. Y poco a poco uno va entrando en la lasitud, la desesperanza, la profunda tristeza de esos personajes, mientras se oyen de tanto en tanto, resonando por las bóvedas del viejo teatro, los ruidos del infernal tráfico de ahí fuera, en la 42 St.
Visto el éxito, me he quedado con ganas de revisar otra película “teatral” de Malle, “Mi cena con André”. Será pronto.