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jueves, 10 de junio de 2021

J’aimerais partager un printemps avec quelqu’un




Recibo un mensaje de Mubi en el que me explican que “J’aimerais partager un printemps avec quelqu’un” (Joseph Morder, 2007) está a punto de desaparecer, por lo que debería apresurarme para verla.
Parece que sepan que eso del “journal filmé” debe ser de los tipos de cine que más me gustan y de ahí el aviso, me digo, poniéndome a verla.
Morder empieza mostrando su afinidad con un cineasta que a partir de cierto momento entró también en este tipo de cine personal, utilizando una pequeña cámara como estilográfica y cuaderno de diario. Alain Cavalier le va a visitar a su casa y Morder lo filma, aunque ambos no saben en realidad muy bien qué hacer y decirse.
Logra luego encuadres sueltos muy atractivos, y los que más los que logra desde una habitación del Moulin d’Andé, el del final de “Jules et Jim”, de la que informa que fue también ocupada por Georges Perec y posteriormente por el mismo Alain Cavalier.
El formato permite también intimidades. Las ofrece, solemne, en el apartamento que fue de sus padres. Bueno. Pero mientras está en un puente filmando con una camarita minúscula el Sena, se cruza un chico que le pregunta algo y al que filma, registrando emocionado su cabellera rubia galopando al viento. A partir de entonces Joseph Morder pierde el oremus y su propia figura adquiere, en sus dudas y objetivos centrados en su enamoramiento, un buen peso de ridiculez.
Finaliza, curiosamente, con una sorpresa. El supuesto amante (vete a saber, puesto que hablamos de cine, si el diario es sincero o monta una completa ficción para redondearlo), del que filma su ausencia a la mañana siguiente, se ha dejado un libro que place -al menos por su portada- a Morder. Se trata de una imagen del rostro, radiante, de Ava Gardner. Como vemos muy bien la portada y él recalca la pregunta de si su enamorado leerá español, podemos distinguir perfectamente su título y autor. Es nada menos que el gran “Beberse la vida. Ava Gardner en España”, de Marcos Ordóñez.




 

lunes, 1 de marzo de 2021

L’arbre mort

La historia, como buen melodrama que se precie, se inicia con un encuentro en un transatlántico.

Pero sus caminos, al llegar a destino, divergen, yendo cada cual con su pareja.

De tanto leer cosas sobre Joseph Morder como uno de los más destacados autores del “Cine del Yo”, de la elaboración de diarios filmados europeos, junto a Alain Cavalier y su compadre Gerard Courant, en cuanto he visto que Mubi había programado su “L’arbre mort” me he lanzado a verlo.
De 1988, no es ningún trozo de sus diarios, sino todo un largometraje del que lo primero que destaca es el empleo del subformato. Tiene los colores y la textura de éste y las limitaciones (duración de los planos, casi imposibilidad de banda sonora síncrona) que suele acompañar a las cintas de S8 o 16mm que parecen haberse utilizado para exteriores e interiores respectivamente.
Lo del sonido se resuelve a base de un narrador en off que explica la historia y con la lectura, también en off, de cartas, así como toda una sonorización -música y canciones- al margen.
Quiere ser “L’arbre mort”un tórrido melodrama, bastante decadente, compuesto de encuadres repletos de motivos muy cálidos, casi ardientes. Tiene un argumento folletinesco, con golpe de estado caribeño y todo, notándose en él la llama de cierto cine amateur -o underground- setentero, como por aquí hubo el de Padrós -que se quedó en intento- o el de un Zulueta.
Una llama que está visto que no se apaga.


Rodado en parte por Niza se ve que se comenta que cada encuadre sería, en origen, un homenaje cinematográfico (habrá que ver a qué homenajea ese descenso de una mujer por una escalera de madera) o pictórico. Este sería deudor de Matisse.



El propio Joseph Morder interpreta a un personaje, que lee la carta que ha recibido, cerrando el film.