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domingo, 18 de diciembre de 2022

Tarde de domingo


Viendo hoy domingo ¿qué tal comparar con dos otras tardes de domingo, la de Carlos Saura (1957) y la de Basilio Martin Patino (1960)? Enlaces abajo.
Ambas son prácticas del último curso de la escuela de cine, en blanco en negro, de unos treinta minutos. Siendo en las dos el domingo su tema, es divertido ver el cierto protagonismo, tanto en una como en la otra, del ABC del domingo.
La de Saura empieza con lo que supongo debe ser un homenaje al despertar de la criadilla del “Umberto D” de Vittorio de Sica. Luego aparece, haciendo un cameo, solicitando unos churros de buena mañana, Antonio Saura. Más tarde todo es probar cómo incrementar la luz de la habitación cuando en la trama se abre su persiana, cómo engarzar un reportaje de una sala de fiestas, etc.
La de Patino, con más buscadas notas visuales y de sonido, podría pasar -es curioso- mucho mejor como película de fotógrafo, lo que era principalmente entonces Saura, aunque también se ven en ella los matices de su siguiente gran película.


 

viernes, 3 de julio de 2020

Nueve cartas a Berta

Durante el confinamiento, la Filmoteca Española desempolvó unas cuantas películas que tenía perdidas por sus archivos y se pudo ver la muy curiosa “Paseo por los letreros de Madrid”, que hicieron en los 60 Basilio Martin Patino y José Luis García Sánchez. Miras “Nueve cartas a Berta” (Basilio Martin Patino, 1966), que ahora te deja revisar cómodamente, en perfectas condiciones, Filmin, y nada más iniciarse, un dinámico baile de letreros de locales como ese se reproduce.
Pero no son recuerdos tan festivos y alegres de traer a la memoria los que más acerca la película. Patino supo captar la pobreza y hasta tortura espiritual que supuso durante su juventud, para él y para otros muchos, el franquismo. Alguno, de tan exagerado, visto hoy en día, puede llegar a causar alguna risita, pero su acumulación recuerda lo funesto del ambiente.
“Sobrevaloré esto de aquí, los amigos, esta tranquilidad”, le escribe a su regreso de Inglaterra, ya totalmente arrepentido de haberlo emprendido, Lorenzo a Berta, la hija de un exiliado que conoció allí, en una de sus cartas. Ya ve la ilusión del reencuentro con su ciudad y sus amigos superada por la mediocridad, por la cerrazón ambiental absoluta.
Sin haberla visto desde hace montones de años (apenas si recordaba, además del tono general, la visita y paseo nocturno por la ciudad monumental con el viejo profesor, nostálgico perdido, llegado temporalmente desde el exilio), me ha hecho mucha ilusión notar como la iba revalorizando, lejos de que me resultara, como temía pudiera pasarme, de una terrible pesadez su recuento de lo ya sabido.
He encontrado en ella ahora numerosísimos detalles para mi de de lo más valiosos. Unos son muy festivos, como lo de los letreros, ese baile de pueblo digno de “El extraño viaje” o esos otros bailes modernos estilo Madison más “de sociedad”. También produce regocijo dar con intérpretes más o menos casuales como Ivan Tubau o Ricardo Muñoz Suay.
Pero la gran mayoría son de los tristones, de esos que iban configurando un deprimente estado de cosas que aún nos asombra a los que vivimos aunque sólo fuera un poco de esa época que pudiéramos dejar atrás: las habladurías, el rezo del rosario, los solemnes encuentros y celebraciones de la Hermandad de Alféreces Provisionales, los curas como paisaje omnipresente, la novia formal que tenía que regresar a la hora de la cena a la residencia de monjas, la “siempre alegre” tuna, los anuncios de la radio, la amplia e intensa lectura del ABC, la somnolencia en el casino, el sonido y los comentarios del fútbol en la tele los domingos por la tarde, el servilismo (la casi obligada felicitación al director del banco), la misa dominical, el sempiterno “No te metas en líos”,... Unas constantes paladas de tierra que mantienen semienterrado al personaje de Emilio Gutiérrez Caba en el papel de su vida, que nunca más podrá sacarse de encima.
Pero también se aprecian cosas que indicaban que Patino representaba una renovación de aupa en el cine español: Lorenzo va dando paseos por las callejas de la ciudad, y la imagen se congela dando lugar a las posibles fotografías que quisiera enviar a Berta. O esta otra: Lorenzo pasea con su novia (han estado discutiendo, cuando la va a buscar, sobre qué hacer, sin que a ninguno de los dos se le ocurriera nada) por la ciudad. Se encuentran con un par de amigas de ella, que la saludan, le dicen algo y se despiden, tras lo cual la pareja prosigue su paseo. Es entonces que Patino aproxima la cámara a un escaparate de detrás del sitio del encuentro, que muestra unas cuantas fotos de boda, el destino que irremisiblemente les aguarda.





viernes, 15 de mayo de 2020

Paseo por los letreros de Madrid

Lo he visto en el muro de Esther González Couso y no me he resistido a traerlo a mi casa. Viene firmado en los años 60 por J.L Garcia Sánchez y M. Pascual, pero se dice que por ahí rondaba también Basilio Martin Patino. No me gusta como está hecho, como se dice, pero sí, y un montón, lo que en él se ve y se dice. Se llama “Paseo por los letreros de Madrid”, no llega a durar media hora y no deja de ser una historia de la urbanización y vida de la ciudad hasta finales de los 60.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Madrid


Dos preguntas me voy haciendo durante la visión hoy del “Madrid”, de Basilio Martin Patino. Una primera es si tenía en su momento (1987), con sus imágenes desordenadas -que dice un personaje-, con su entonces inusual metacine, con su aspecto más televisivo que cinematográfico, alguna posibilidad de éxito. Una segunda es qué habría hecho hoy en día Patino si se hubiera o le hubieran propuesto una película con la misma ciudad de Madrid de protagonista.
En la película, un realizador alemán (el Rüdiger Vogler de Wenders) recorre en la actualidad (años 80) la ciudad confrontándola con la que resistió -el famoso “¡no pasarán!” de 1937- en una época que ya parece lejana y sólo permanece en las historias de los abuelos (Luis Ciges). Así, ante el acceso al templo de Nebod, para su coche, saca de una carpeta unas cuántas fotos del asalto al Cuartel de la Montaña y, con dificultades, se pregunta con qué ángulo, en qué preciso lugar, estarían sacadas.
Las preguntas, voy cogiendo experiencia en ello, son retóricas. La película fue un buen fracaso en su día (aunque ahora veo que ha alcanzado con el tiempo la cifra nada despreciable de 80.000 espectadores) y Patino no la puede hacer ahora, porque ya murió. Lo más parecido a lo que se enfrentó en sus últimos tiempos fue “Libre te quiero” (2012). Si en vez de esa hubiera intentado volver a atacar el tema, se habría encontrado con una ciudad de Madrid muchísimo más cambiada, ya sin huella alguna recuperable de todo ese pasado. Y con Luis Ciges también ya desaparecido.

sábado, 30 de marzo de 2019

Caudillo


Recuerdo que a principios del los 70 (debería ser 1973 o 1974) Paco Betriu nos presentó a José Luis García Sánchez. Persona -como Betriu- con una conversación riquísima, estuvimos en el Navarra del Paseo de Gracia hablando de todo. Le pedimos información sobre los cineastas valiosos a los que, viviendo y trabajando en Madrid, no teníamos acceso fácil. Por supuesto el nombre de Basilio Martin Patino apareció en seguida. Garcia Sánchez, de hecho, llevaba un tiempo trabajando para él. “Patino está haciendo una película de la que no se puede ni hablar, porque si se enteran no sé qué pasaría”, explicó.
Esa película era “Caudillo”, que se pasó ayer en La 2 de RTVE y he vuelto a ver esta tarde. Nada más comenzar, divierte reconocer, entre las voces en off de la película (con un sonido, por cierto, muy deficiente, supongo que debido a las malas condiciones de producción), la de Antonio Gamero. Luego, en los escuetos títulos de crédito, quedaron reflejados, además de José Luis García Sánchez, nombres como los de Bernardo Fernández, configurando así toda una troupe de amigos, con afinidades políticas, que se dedicaron al cine, colaborando siempre entre ellos.

Patino y sus ayudantes recogieron y trajeron desde archivos extranjeros y de todos lados fotografías, pero sobre todo reportajes de la época que en el momento en que se permitió el estreno de la película (1977) apenas se habían visto. Seleccionaron las tomas que les interesaron y las montaron acompañadas de músicas populares del momento. “Canciones para después de una guerra”, aunque prohibida, ya se había hecho, por lo que Patino ya estaba ducho en la materia.

La película se anuncia centrada en Franco, pero la verdad es que, junto a la biografía de éste, explora en realidad la guerra civil y sus antecedentes. Es un montaje con una estructura rara, porque de hecho lo que explica no sigue estrictamente un orden cronológico, habiendo acontecimientos por los que se pasa hasta tres veces. Pero Franco, en su ascenso meteórico en la carrera militar, señalando la casualidad de la muerte accidental de sus máximos rivales en la dirección del Glorioso Follón, está siempre por ahí atrás.

Viéndola ahora te dices que tampoco es una película tan radical. Va dando la palabra a unos y otros. A “nacionales” y a “rojos”. Cada uno explica los hechos a su aire. Con un aire marcial, subiéndose por las nubes en un lenguaje florido difícilmente soportable por lo asfixiante, los primeros. Con arengas que intentan insuflar un optimismo que cuesta creer, los segundos. Sólo de vez en cuando, como es el caso del escrito desengañado final de Unamuno, existen acusaciones directas que no suenan a proclamas. Pero radical o no en sus planteamientos, en esos años la guerra civil y no digamos la figura de Franco era aún inviolable, con lo que la película ya se hizo sin esperanza de que pudiera verse... inmediatamente.

Ahora, cuando ya los documentos que aporta los conocemos por haberlos visto con frecuencia, al margen de la emoción de alguna imagen, de la rabia incitada por algún discurso, te vence, o al menos a mí me ha pasado, una enorme pesadumbre. Es difícil no pensar que ciertas cosas parecen reproducirse hoy en día, y te angustias pensando que, más allá de los heroísmos o lo que fuera que te podían haber arrebatado en su día, lo que prevalece es ese montón de muertos, de heridos, de sangre, de destrucción.