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viernes, 22 de mayo de 2026

Herencia



Ricardo Íscar se suma en “Herencia” (2026; en Filmin/Docs Barcelona hasta el 1 de junio) a otros cineastas que han seguido el proceso de exhumación de los cuerpos de cuatro jornaleros asesinados durante los primeros tiempos de la guerra civil.
Pero su documental se llama “Herencia” porque eso le sirve para explorar las ideas y circunstancias de sus familiares. La finca donde se va a efectuar la exhumación es suya, heredada de su familia y, seguramente, él ha querido también analizar, con miedo pero decisión, qué lleva él de la sangre de sus abuelos, la mayoría partidarios de Gil Robles y la CEDA, y explora lo que puede haber de incriminatorio en los archivos de esos tiempos tan terribles, respirando y recalcando cuando recoge algún gesto humanitario familiar, señalando que también hubo entre ellos quienes sufrieron persecución por las ideas contrarias y, no se olvide, idos a buscar por incontrolados para acabar tiroteados junto a una carretera. También la herencia recibida y transmitida circula por la película en ese casi silencioso homenaje final a su madre y sus cosas, como en esas otras escenas en que aparece con su muy pequeño hijo, al que debe enseñar que la nieve no quema, sino que está muy fría.
Lleva él mismo el relato de la película, apareciendo entrevistando o conversando con historiadores, familiares supervivientes suyos o de quienes se quiere exhumar su cuerpo, pero también comentando en voz calma y algo dubitativa sus pensamientos y reflexiones a partir de lo que va explorando y sintiendo. Unas de estas reflexiones que más llegan se dan tras la mirada atenta de las fotografías del frente que sacó Francesc Boix, o de los militares sublevados, en Salamanca, provincia de sus abuelos y donde se hacen las excavaciones.
La incredulidad inicial por el poco valor otorgado a la vida humana va dando lugar al descubrimiento de todo un sistema imparable de eliminación del contrario. Una escena muy reveladora recoge en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca alguna de los más de dos millones de fichas confeccionadas con constatadas acciones “izquierdosas” de la población, que serían tenidas muy en cuenta para la persecución posterior. Y parece quedar claramente justificada la necesidad de intentar acabar con el desasosiego de tanta familia, para ver si, exhumando esos cuerpos, conociendo esos papeles que documentan tanta atrocidad y tragedias, se puede frenar su retorno en el futuro.


La divertidísima tía de Ricardo Íscar demostrando su enorme memoria.

Y Ricardo Íscar con su hijo.

 

sábado, 18 de septiembre de 2021

El foso



Un poco a la chita callando, sin avisar demasiado, se ha pasado por La 2 “El foso” (2012), de uno de los realizadores de por estos andurriales de los que conviene no perder la pista, Ricardo Íscar. Ésta, como consta en su cabecera, fue un trabajo que hizo para el Máster de Documental Creativo de la Universidad Pompeu Fabra, en donde es profesor.
“El foso” es a la vez un documental sobre los componentes de la orquesta del Teatro del Liceo de Barcelona, de los que seguimos alguna historia personal hasta en sus países de origen, entre ensayo y ensayo, como del mismo Liceo en su plenitud.
La impresión que da, desde su principio, es de buena mano. En los ensayos iniciales, por ejemplo, logra un eficaz suspense buscando intermitentemente qué hace una chica de la orquesta que aparentemente está quieta o no hace -como vemos- sino leer “Madame Bovary”.
Gustará a gente interesada en la música y en las entrañas de la preparación para su ejecución de sus obras, para curiosos que quieran conocer los espacios del Liceo por dentro y para, en definitiva, quien quiera conocer, bien presentadas por sus protagonistas, varias historias personales.
Y si alguien quiere saber qué hacen en la película esos caballos de la llanura de Mongolia, con los que se abre la película, deberá esperar hasta ver casi su final.
Por ahora aún puede verse en RTVE a la carta, en este enlace:





 

martes, 6 de agosto de 2013

Tierra negra


No había visto ninguna película de Ricardo Íscar, a quien una fuente muy fiable me había elogiado. Tampoco he trabajado nunca en una mina, pero tras haber visto hoy “Tierra Negra” (R. Íscar, 2004) creo conocer bastante más sobre el tema.
Arranca con ruidos potentes: una máquina que tala y pela pinos del bosque, que luego sabremos que sirven para ir apuntalando las galerías; el ascensor que desciende por una chimenea hasta lo más profundo de la mina; el carromato que lleva hasta las vetas de carbón en explotación.
Nos mantenemos en la oscuridad durante la primera media hora, y otras largas secuencias posteriores, por lo que las salidas al exterior marcan un contraste, voluntario, entre infierno y cielo. En el exterior, un antiguo minero sigue por la nieve las huellas de los animales, mientras oye y contesta a las aves que ahora protege. O un minero sale a pasear y conversar emocionado con su hijo, que quiere aprenderlo todo.
Los mineros tienen siempre presentes y hablan de los accidentes que se han llevado a unos cuantos de sus compañeros, lo que no extraña al espectador que puede apreciar que los niveles de seguridad en que trabajan son mínimos. Pese a las exclamaciones de alguno de ellos (“¡Tranquila!”) la tierra se agita con sus extracciones, y vomita y arrastra con estrépito piedras enormes, mientras Íscar o su director de fotografía lo registran. Están ahí mismo. No se les ve ni se les oye, pero se distingue la luz de su casco.