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sábado, 3 de julio de 2021

El hombre de Mallorca


Después de unos comienzos a principios de los 60 muy de “nuevo cine sueco”, Bo Widerberg dirigió a finales de los 60, principios de los 70, las películas que le hicieron famoso internacionalmente (Elvira Madigan, Adalen 31, José Hill). Éstas fueron generalmente alabadas, pero también recibieron críticas por un cierto -decían- esteticismo.
Lo que no sabía es que a continuación entrase en el cine de género. Sin renegar de cierta crítica social, pero sin que en modo alguno se le pueda acusar de esteticismo, “El hombre de Mallorca” (1984), que me parece que no se debió estrenar ya por aquí, pero puede verse ahora en Netflix, sorprende como un policial que sigue las pautas marcadas (un atraco, muertes que se descubren relacionadas, una pareja de policías desprestigiados que se ponen a elucubrar e investigar), para mi gusto con unos resultados magníficos.
Cine negro escandinavo, pues, con nieve, pero urbano -Estocolmo- y sin nada que vez con el gélido género actual, que conforma hoy en día tantas películas y series.





 

domingo, 25 de abril de 2021

Cochecito de niño



Pantalla en negro que se mantiene bastante tiempo, mientras suena un grupo de jazz moderno. Así se inicia “Cochecito de niño” (“Barnvagnen”, Bo Widerbeg, 1963; en Netflix), para dar paso a una chica que va de trabajo en trabajo hasta conocer una noche a un burguesito acomplejado por su madre.
No nos encontramos muy lejos del Free Cinema y sus dinámicos retratos de gente joven de clase obrera, con escenas que se suceden atropellándose unas a otras, de tanto en tanto una posición baja de la cámara y otras particularidades así, ofreciendo una nueva forma de hablar de lo de siempre, pero cambiando de objetivo social.
Al final la imagen desaparece y vuelve a aparecer la banda sonora de jazz dinámico. Por el medio hemos seguido toda la evolución de la chica protagonista de la función, hacia la aceptación de la vida, pero con decidida autoestima. La que marcan, de alguna forma, la secuencia de fotos que cuelgo.





 

viernes, 16 de abril de 2021

Amor 65


Viendo en “Amor 65” (Bo Widerberg, 1965), esa primera salida fuera del trabajo y la ciudad, con su contrastada fotografía en blanco y negro, su forma de mover la cámara y de elaborar los encuadres, de utilizar su sonido y su música (una cadenciosa y preciosa pieza de piano de Bill Evans, “Peace piece”), uno detecta que estamos ante un cineasta que busca con ahínco lo sensorial. Y esa será en sus películas posteriores, hasta posiblemente pasarse y todo, su marca más evidente.
El vacío, la insatisfacción que provoca esa sociedad del bienestar que tuvo en Suecia en los años 60 su mejor modelo y que ahora empezamos a añorar de verdad, está en el origen de esta película de título tan genérico que parece querer sentar toda una categoría.
La insatisfacción, como pasará poco después en “El compromiso” (Elia Kazan, 1969), lleva al protagonista, un director de cine dándole vueltas a su creación, al adulterio.
Esa fase pasa como suelen pasar en general los “affaires”. Entra entonces la película, clasificable como de cine dentro del cine, en un conjunto de citas. El director habla de Godard y Antonioni, y de la imposibilidad de la continuidad lineal anterior en la que se empeñaban los films en un mundo que en que esa continuidad ya no existe. Para dejar más claro el homenaje a Godard, Widerberg filma una conversación de pareja con su cámara girando hacia uno y otra para seguir el diálogo.
Para indicar otro modelo, esta vez en el plano de los sentimientos de los personajes, aparece el actor protagonista de “Shadows” (John Cassavetes, 1959) haciendo de sí mismo, pero es que todos los personajes llevan el nombre del actor que los encarna y hasta el principal, aunque no es él, se parece sospechosamente, con sus gafas, a Bo Widerberg.
Por lo demás, en esta película que es de las que más me han interesado de esta segunda ola de cine sueco contratado por Netflix, mucha cometa dejándose llevar por el aire del momento.