miércoles, 24 de julio de 2019

Decálogo 3: santificarás las fiestas


Parece que está teniendo mucho éxito el ciclo Kieslowski de la Filmoteca, acudiendo siempre pronto el público para obtener un buen sitio, porque se llena. Por una cosa u otra aún no había ido a ver ninguna y ayer, habiendo acabado antes de lo que pensaba otra cosa, me decidí a ir a ver la sesión de “Dekalog 3” y “Dekalog 4” (ambas de 1990).
Guardo buen recuerdo de las últimas películas de Kieslowski (con el correspondiente miedo de que una nueva visión me las hiciera caer porefectistas o por lo que sea) y un recuerdo irregular, con cosas atractivas y otras no tanto, de las de sus inicios. Aunque no las había visto todas, se me hacía un poco cuesta arriba volver a lo que recordaba unos escenarios fríos y feos, algo sórdidos, de arrabal de ciudad comunista.
Nada más empezar “Decálogo 3: Santificarás las fiestas”, aparece un hombre disfrazado de Papá Noel caminando en medio de la nieve yendo hacia un típico bloque de esos de viviendas sociales, de material prefabricado. Ahí están, me dije, el frío y la sordidez. Pero perseveré, superado esa impresión superficial, y seguí muy bien la trama de este capítulo en el que al protagonista se le cae encima, literalmente (un árbol de navidad sobre su coche) la nochebuena.
Y perseverando me encontré con el reencuentro de lo que fue una inexplicable separación, con las dobles caras que se demuestra tienen todas las situaciones, sobre la dificultad de superar ciertas soledades y cómo se llegan a comprender cuando ya nada se puede torcer para compensarlas.

martes, 23 de julio de 2019

Mary salid what She said


Creo que nadie la habrá entendido, pero que a prácticamente todos habrá entusiasmado. Unos se habrán quedado con esos lamentos en bellas pero fragmentadas frases de Darryl Pinckney por el alejamiento de esa Francia de la que fue reina (que a mis amigos les recordaron cierto tono de Marguerite Duras en “India Song”), otros con esos constantes ritornelos que permiten pescar todo aquello que se habían perdido anteriormente, otros con la coreografía exhibida a la que se entrega Isabelle Huppert de una forma increíble, otros con esas líneas, fondos blancos, luces minimalistas marca de la casa Robert Wilson, otros -los más- con el auténtico “tour de force” al que vete a saber cómo (el por qué se llega a intuir) se ha sometido Isabelle Huppert, que ha recibido la ovación más larga que he oído en mi vida tras una obra de teatro: desde mi posición privilegiada, en la segunda fila de la sala grande del Teatre Lliure, me ha parecido ver que en un par de momentos la reacción del público -toda la sala en pie, aplaudiendo a rabiar- le ha llegado realmente a emocionar.
Si tengo líos importantes para saber moverme y captar sin error las relaciones de parentesco en mi propia familia, excuso decir lo difícil que se me hace retener el árbol genealógico y las pendencias familiares de, por ejemplo, la estirpe de Enrique VIII. Teresa me explicó previamente a grandes trazos lo que se coció por ahí entre hijas de Enrique VIII como Isabel y la prima de éstas, la escocesa Maria Estuardo, protagonista de la función. Lo olvidé enseguida, pero algo me quedó y debo decir que eso resulta una suerte inusitada para pescar alguna que otra cosa de lo que sucede en la obra. Pero no basta y, a la vez, no importa demasiado. La conexión está por otro lado.
“Mary salid what She said” me da la impresión de que será de esas obras que recordarás toda tu vida. Aunque sólo sea por cómo movía IP los brazos, bogando, para luego navegar de nuevo, entregada, en dirección contraria.


 

domingo, 14 de julio de 2019

El viajante


Pues hasta ahora no había visto “El viajante” (Asghar Farhadi, 2017), pese a que sus dos anteriores films (“Nader y Simin, una separación” y “El pasado”) me habían también gustado mucho. Pero no sé por qué siempre debo pararme a tomar impulso para ver este tipo de películas.
En “Nader y Simin” o en ésta, como en otras películas iraníes de sus contemporáneos, me intereso desde el principio por los detalles que dan de una ciudad como Teherán o de la sociedad que la habita, que se descubre muy diferente de cómo la creemos. Pero esos detalles se van captando a través de una trama, alrededor de un pequeño accidente, que te arrastra con la intriga que genera por todo su metraje.
En “El viajante”, un profesor de instituto y su pareja, que ensayan y luego representan “Muerte de un viajante” con otros cómicos, deben abandonar con prisas su casa, desalojados por el peligro de colapso que ha ocasionado las obras de construcción del edificio vecino. Buscando piso donde vivir provisionalmente, bastante desesperados, se oye este diálogo:
-Esta ciudad no tiene arreglo. Se debería derribar todo y volver a hacerlo de nuevo.
-Es lo que hicieron y mira lo que pasó -le contestan, haciéndole dar una ojeada por el entorno.

Este ambiente de desasosiego con el entorno, con el que se intenta convivir de la mejor manera, está siempre presente, pero hay también en los dos films un cuestionamiento moral, de los que corroen.
En “El viajante” el profesor sufre en un taxi colectivo las sospechas de acoso de su vecina de asiento, quien pide al conductor cambiar de asiento con el chico que va como copiloto. En la representación teatral, la actriz tiene un lapsus que la deja sin dar su réplica: ha captado una mirada lasciva hacia ella de un espectador. Pero es que previamente ha sufrido un asalto en su casa, cuando estaba duchándose. La captación de este tipo de cosas y la repuesta que le da cada uno hace preguntarte, como espectador, donde te situarías tú ante eso y qué tipo de respuesta le darías, valorando incluso si llegarías a traspasar ciertos límites morales llegado el caso de tomar venganza.

sábado, 13 de julio de 2019

Hadewijch

Tras ver ayer en la Filmoteca “Hadewijch” (Bruno Dumont, 2009), creo que me puedo dar a ese generalmente nocivo lamento por una experiencia perdida, ya irrecuperable. En este caso la de esa reconfortante sensación de salir de ver unas películas como las iniciales de Dumont que te convencían más o menos, pero que te sacudían en la butaca con una intensidad enorme, dejando la impresión de que ahí había un camino inexplorado de lo más rico. Un camino a recorrer, ávido, asistiendo a la aparición de su siguiente film.
Hadewijch -Celine- por el obsesivo sendero empedrado del convento.
En 2011 estuve, gracias a la Federación Catalana de Cineclubs, en el festival de Locarno. Si el programa de largometrajes a ver para discernir el premio Quijote era amplio, además del retraso que provocó mi inexperiencia, le sumé mi voluntad de ver unos cuantos films de otras secciones. Había entonces oído mucho sobre Bruno Dumont, como un cineasta con nombre a retener, pero vi que por horarios el pase de su “Hadewijch” era incompatible con el de una película del certamen oficial que no me podía perder. Aún así entré en la sesión, para ver cómo se respiraba en las películas del realizador. A la media hora, aunque seguía imantado por la fuerza de las secuencias que veía en la pantalla, tuve que salir del cine, corriendo para no perderme la otra, inexcusable, cita.

Ayer pude confirmar, siguiendo la fuerza de trozos de esa primera hora, que no tuve una alucinación. Luego la película se mete por unos berenjenales que no me interesan demasiado, pero al final, entrelazando los caminos inversos paralelos de los dos personajes de la función, vuelve a alcanzar la intensidad que me habría gustado, personalmente, que no hubiera abandonado nunca.
Porque ese Dumont, al margen del desconcierto sorprendente que siguen produciendo sus parodias actuales (ese “Concoin et les z’inhumains” -2018-, que ya alcanza para mí lo aborrecible) y la errónea idea de que pueda estar en un mismo terreno con sus historias místicas actuales tipo “Jeannete, la infancia de Juana de Arco” -2017- (para mi de lo más plúmbeo), sí despertaba ganas de seguir viendo su cine.
El inverosímil ambiente familiar de Celine.
En “Hadewijch” sigue viéndose que, más allá de los increíbles ambientes extremos (el rígido convento vs el ambiente familiar del palacete del s. XVIII de la Isla de Saint-Louis parisina), de las inverosímiles reacciones de la protagonista (esa candidez con la que se deja abordar por el grupo de jóvenes magrebíes), una mística del siglo XIII transplantada por Dumont a nuestra época, que Dumont tenía una habilidad para penetrar en lo más profundo desde la superficie. Su forma de rodar el paisaje es, en este sentido, única, muy reveladora. Como la forma de dotar de intensidad a algún plano.

Es aparentemente sencillo. Ayer vi que basta con un lento, casi imperceptible travelling de aproximación dentro de lo que es ya un primer plano del rostro de la protagonista. Lo que pasa es que, para no caer en el ridículo, ese plano se ha de preparar con los anteriores y hacer en el momento oportuno, claro.

jueves, 11 de julio de 2019

Hergé à l’ombre de Tintin

Éste fue mi primer álbum de Tintín
El primer álbum de Tintin que tuve en mi vida fue “Aterrizaje en la luna”, que me dieron en una entrega de premios de final de curso a alumnos de toda la escuela tras haber hecho yo el primer grado (6 años). Pese a ser ese un libro muy especial, centrado en un único tema y escenario, lo devoré. Mis padres me preguntaron poco después si tenía algún regalo que me hiciera ilusión y les dije que me gustaría tener el libro del que “Aterrizaje en la luna” era continuación, “Objetivo la luna”, especificándoles muy claramente que en la librería debían decir que era un libro de Tintin, al que debían llamar Ten-ten, porque era francés.
En fiestas señaladas, ya no sólo para mí, sino también para mis hermanas, que también se hicieron fieles seguidoras de “Las aventuras de Tintin” de la Editorial Juventud, recuerdo la emoción de ir hasta el kiosco de la plaza Lesseps, donde nos esperaba el último tomo aparecido de la colección. (El problema vendría después, con la discusión para ver quien lo iba a leer primero).
La exposición a Tintin de la Fundación Miró, en 1984.
Una colección, todo hay que decirlo, que fue apareciendo sin orden ni concierto, y sin que en la editorial tuvieran la decencia de informar cuál habría sido su orden lógico de lectura. Las sorpresas que te llevabas eran inauditas: ¿pues no vimos aparecer como si no lo conociéramos previamente, ni nosotros ni Tintin, al capitán Haddock en “El cangrejo de las pinzas de oro”, sobradamente conocido y preferido ya por todos. Y así. Disponiendo ya de una cierta madurez lectora recuerdo que un juego al que nos retábamos era el de colocar los álbumes por su orden lógico...
Ya universitario, al coincidir con gente que, como yo, había quedado atrapado en su infancia con las múltiples vías que abrían los tintines, recuerdo haberme visto entablando conversaciones en las que, recordando los libros y dibujos, discutíamos sobre países y paisajes bien lejanos, historias fantásticas que estaban siempre ancladas en la realidad o escenas jocosas de sus personajes más bien caracterizados. De hecho, el que menos nos gustaba era el propio Tintin. Como culminación de esto, recuerdo haber participado en el que autodenominamos I Congreso de Tintinologia de Barcelona, a la sazón en casa de un amigo, pero que a partir de sus discusiones, en las que participó gente como Cifré o Juan Bofill, yo diría que salió la idea de la pionera exposición -antes del merchandaising que invadió todo este mundo- de la Fundación Miró.
El profesor Auguste Piccard, modelo inspirador del profesor Tornasol.
Bueno: si a alguien se le quedó como a mi incrustado el mundo de Tintin, yo diría que este “Hergé à l’ombre de Tintin (Hugues Nancy, 2017, coproducido y distribuido por Arte, visto en TV5Monde. En el primer comentario pongo el enlace actualmente disponible en internet, pero en versión original a palo seco) va a interesarle mucho.
He descubierto en él cosas que no sabía o que, sí las había leído, se me habían pasado por alto u olvidado. Una primera surge con el origen del nombre artístico del dibujante (Georges Remy firmaba con sus iniciales GR, que luego invirtió -RG-, para, a fuerza de leerlas -en francés-, llegar al nombre de Hergé. Pero hay bastantes más , al igual que repasa de forma muy interesante toda la biografía de Hergé ligándola a su reflejo en sus historietas.
Así, sabemos de esa primera etapa del que había sido boy scout bajo la tutela del abad Wallez; el momento preciso en el que el viento transforma el peinado de Tintin, hasta entonces hacia atrás, dando por resultado su característico mechón de pelo; de su matrimonio con la secretaría del abad y poco tiempo después su independencia del Abad; del contacto con Tchang y el inicio de la precisión de detalles en los álbumes con “El loto azul” (Como dice una estudiosa suya en el documental, “Tintin deja de correr, camina, respira, de manera más humana”).
También cómo toma forma la “línea clara”, cómo explica el mismo Hergé como se produce la colocación de sus historias en “un universo real, en el que una montaña sea una montaña,...”, de donde surge el nombre de Müsstler, el dictador de Syldavia (con lo evidente que lo veo ahora) o todo el tema de sus supuestas posiciones ideológicas y colaboraciones durante la ocupación de Bélgica y demás acusaciones y el efecto que tuvieron en él.
Hergé, esclavizado por su personaje.
Sigo un poco: la aparición del color, la forma de transformar las viñetas para el diario “Le soir” en las tiras de los álbumes con todas las disquisiciones sobre la composición de éstos que eso comporta, el nacimiento del personaje de Tormasol a partir de la figura de un científico belga (Auguste Piccard) del que vemos un reportaje, la creación de la revista Tintin, del estudio con colaboradores como Edgar P. Jacobs, Jacques Martin (especialista en modelismo: aviones, coches, barcos) o Bob de Moor que le permitieron centrarse él más en la propia historia y sus personajes.
Pero si algo me ha interesado aún más, porque nunca había pensado en ello, es todo lo que hablan una serie de conocedores de Hergé sobre las relaciones de la obra con sus estados de ánimo y diferentes sucesos de su vida íntima. Un ejemplo: la inquietud que transfiere “Las 7 bolas de Cristal” sobre el mundo de la locura, en un momento en que se hacía patente la enfermedad mental de su madre.

miércoles, 10 de julio de 2019

Charles Pathé et Léon Gaumont, premiers géants du cinéma

Por TV5Monde pasan “Charles Pathé et Léon Gaumont, premiers géants du cinéma” (Gaëlle Royer y Emmanuelle Nobécourt, 2016), que de una forma muy clara, sin exageraciones notorias ni notas autorales grandilocuentes, informa de los orígenes del cine francés, a partir de la rivalidad de los dos patronos.
Por su mediación te enteras que Pathé iba para tarambana, mientras que Gaumont, mucho más señorito, tenía una gran afición por la técnica que la ruina sobrevenida a su familia estuvo a punto de frustrar, pero que salvó con un oportuno braguetazo. Esto y que se apoyara en la gente adecuada (primero su secretaria y protegida Alice Guy, luego Louis Feuillade) le distinguió totalmente de su rival.
En 1900, con las grandes exposiciones, dice el documental, la gente se pirraba por los nuevos inventos: la acera rodante, unas bicicletas con las que se podía flotar e ir sobre agua (que ahora he visto en el lago Como que vuelven a estar de moda), etc. Y el cine, proyectado en barracas, estaba entre las atracciones.

La historia de los dos se acelera: copias de Melies, los dramones realistas de Ferdinand Zecca que lanza Pathé, los emisarios de éste lanzados a crear sucursales y rodarlo todo por las ciudades del mundo, incluida Barcelona, la creación de los estudios de Joinville, con 2000 obreros a los que Pathé otorgaba ciertas ventajas sociales.
Gaumont, por su parte, con un público más burgués, dedicado íntegramente a la explotación de diversos inventos, como el fonógrafo.
Más tarde, Pathé crea su red de cines permanentes, tiene un éxito inusitado con Max Linder y se lanza a la conquista de Norteamérica. Gaumont contraataca substituyendo a Alice Guy, que se ha casado e ido a Estados Unidos por Louis Feuillade.
Si uno lanza el Pathé Journal, el otro hace otro tanto con el Gaumont Actualités. Pathé entra en el mundo de las vedettes (Mistinguet) y Gaumont crea la sala más lujosa que pensarse pueda, el Gaumont Palace y, más adelante, lanza “Fantomas”.

Tras la parada de la guerra, Pathé lanza en Estados Unidos, con un éxito enorme los seriales: “Los peligros de Paulina”. Gaumont sacará entonces, gracias a Feuillade, “Les vampires” con una Musidora que populariza las vamp.
Pero la guerra ha destrozado a Francia y la primacía del cine mundial pasa a los Estados Unidos... Tanto Pathé como Gaumont se refugian en el cine de vanguardia, de gran calidad: L’Herbier, Epstein, Gance.
Pero los dos son ya mayores. Pathé deja de producir y lanza el Pathé Baby. Gaumont, a la muerte de Feuillade, también abandona. Los dos se van a vivir a la Costa Azul, que entonces si era lo que sugiere el nombre...

viernes, 5 de julio de 2019

Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques

Mr. West conducido en un trineo por un estafador que hace muy bien el papel de contrarrevolucionario.
Cuenta Jay Leyda, en su biblia sobre el cine ruso y soviético, que tengo por casa, que “Las extraordinarias aventuras de Mr. west en el país de los bolcheviques” (1924, hoy en la Filmoteca) constituyó la auténtica prueba de ensayo para que Kuleshov demostrara lo que venía preparando en los últimos años, esto es: que en la URSS podía hacerse un cine de montaje “rápido” como el norteamericano o el cine de aventuras francés y que de actores preparados específicamente para el cine podían esperarse mejores resultados que de los actores de formación teatral.
Ésta fue una de esas películas de las que se hablaba mucho en los textos de cine, pero que casi nadie había visto fuera de Rusia, donde tuvo un éxito grande. La trama es sencilla y proclive a continuos elementos cómicos, así como luego para una buena propaganda del régimen que, como también dice Leyda, Kuleshov, muy inteligentemente, no exageró.
Los timadores le enseñan la “bárbara forma” de tomar el té de los bolcheviques.
Resumiendo: Un ciudadano norteamericano algo tontaina, con una ligera retirada, con sus gafas, a Harold Lloyd -Mr. West-, va a desplazarse a Moscú. Él y otros personajes se nos presentan diáfanamente, recortados sobre fondos negros, sin detalles de escenarios... que no se conocen. Como ha leído y visto a los temibles bolcheviques en revistas americanas, va preparado a las tierras de esos salvajes, acompañándose, para defenderse, de un cowboy. Una banda de estafadores, para hacerse con los dólares del incauto, no tienen más que darle todo lo que ha venido a buscar y que realmente cree encontrar...
Uno disfrazado de terrible bolchevique.
Al llegar a Moscú se producen unas cuantas persecuciones con coches y trineos, como después hay hasta una pequeña lucha en la que unos a otros se embadurnan sus caras con crema. Pero lo más curioso para un espectador actual es ver cómo se nos muestra un Moscú hecho unos zorros, invadido por la nieve, con calles llenas de charcos y nieve. Y eso que se tratan de parajes cercanos al Kremlin y la plaza roja... Incluso después, cuando toca retratar al Moscú real y a los auténticos bolcheviques, aparece un edificio de la Universidad con unos desconchados fenomenales.
Aventuras junto al Kremlin.
La película no es ninguna maravilla, pero se sigue bastante bien, riéndote de tanto en tanto. Es curioso ver cómo los que serían luego realizadores de mucho nombre, como Pudovkin o como Boris Barnet, quien luego sí que haría extraordinarias comedias, protagonizan la función. Pero es que todos los actores, incluidos estos dos, surgieron de la fábrica de Kuleshov...

miércoles, 3 de julio de 2019

Murnau en La maman et la putain

Alexandre lleva a Veronique a “Le train bleu”.

Para un trabajillo para el que me he comprometido estoy viendo atentamente “La maman et la putain” (Jean Eustache, 1973) y descubriendo cantidad de cosas que no recordaba. Ayuda volver a ver las películas, sobre todo, cuando conoces los sitios que aparecen en ellas, cosa que podía no suceder en las primeras visiones.
“No tener dinero no debe querer decir comer mal”, le replica a Veronique cuando le cuestiona por qué le ha llevado a ese sitio si no tiene dinero y ha tenido para hacerlo que pedir prestado. He estado cenando en “Le train bleu” en una única ocasión. Una vez previa sólo estuve husmeando un poco. No es que la comida fuera especialmente buena, pero el sitio es espléndido. De hecho, estaba por razones de trabajo con un grupillo en un hotel vecino e incité a mi entonces jefe para que nos llevara ahí a cenar, diciéndole que no podía dejar de conocer “Le train bleu”...
En el trozo del film de más secuencias por cafés y exteriores, Alexandre lleva a Veronique a cenar en “Le train bleu” y le explica que le gusta ese sitio (carísimo, pero a visitar por su carácter) porque es como un film de Murnau: “Está entre el campo y la ciudad, entre la noche y el día”, le dice
Alexandre a Veronique: “Este sitio me recuerda a Murnau (está pensando, sobre todo en ‘Amanecer’): Está entre el campo...
.Se encuentran cosas muy certeras, a la par que hermosas, viendo con detenimiento una película como ésta.
“... y la ciudad”.

lunes, 1 de julio de 2019

1954, la Riviera: et Willy Rozier créa Callaghan

La serie de Callaghan
Producto ligero de esos que van muy bien para degustar mientras se está en una si es/no es siesta, “1954, la Riviera: et Willy Rozier créa Callaghan” (Sonia Medina, 2016; TV5Monde), informa sobre varias cosas de esas ligeras de los años 50, pero que hablan bastante bien de toda una época.
La narradora del documental es la hija de Willy Rozier, a la sazón campeón de natación, olímpico en 1928, corredor automovilístico, actor... que se convirtió en los años 50 en realizador cinematográfico, rodando en los estudios de la Victorine de Niza. En Filmin, por ejemplo, hay una película suya con BB.
Como tal realizador, el documental habla sobre todo de los cuatro films que rodó con el atlético actor británico Tony Wright, creando la serie de Callaghan, una especie de héroe estilo Eddie Constantine, o James Bond...
De la blancura del reportaje habla que, si bien se indique en él que Willy Rozier era un tipo bastante extravagante (vivía con su familia en un barco, retó a un duelo, que ganó, a un periodista que le había insultado), se pase por alto sin mencionarlo que murió al descerrajarse un tiro.
Willy Rozier

jueves, 27 de junio de 2019

El sabor del sake

Las chimeneas que, en “plano vacío” han iniciado el film, contempladas tras un proceso de aproximación desde el despacho del protagonista.
Esa estética moderna suya tan años 60, con esos decorados grises y azulados en los que domina alguna colorida pieza de plástico, esos mecanismos de circulación interior por los mismos, me recordaron varias veces el “Mi tío” de Jacques Tati.
Este pasillo con un corredor transversal al fondo tan común en los planos de Ozu, forma parte de los “planos vacíos” de aproximación inicial a la trama y aparece luego en repetidas ocasiones, para ubicar sin problema la escena.
En 1962 Yasujiro Ozu estrenaba su última película, “El sabor del sake”, otro de los films del autor con guión suyo y de Kogo Noda que presenta a sus protagonistas -ellos- cayendo una y otra vez en las manos del alcohol, poniendo en marcha esa compañía casamentera que va a dejar sólo al viudo Chishu Ryu mediante la boda de su hija. Ayer, seleccionada por Mercedes Sampietro, se pasó por la Filmoteca y al llegar anoche a casa tras su visión, fui a buscar, al igual que tras la de un film de Hitchcock el libro de Truffaut, el libro de Marta Peris, “La casa de Ozu”, para ver qué decía de la misma, pues es una de las películas de las que habla en extenso.
Chishu Ryu se aproxima a uno de los bares del típico callejón especializado, repleto de letreros luminosos.
Entresaco del capítulo de Marta Peris únicamente dos ideas, un par de cuestiones que, más allá del desarrollo de la tesis de todo el libro, son de esas que parecen una obviedad una vez leídas, pero que indican una extensa, detallada reflexión previa hasta caer en ellas.
Chishu Ryu hablando seriamente (se nota que no lo ha hecho nunca) con su hija.
En uno de esos puntos explica que el protagonista de la película no es la hija, sino el padre, quien, en el transcurso de esa trama como siempre fraccionada a base de “planos vacíos” (como les llama ella) que enlazan entre sí las escenas “de acción”, tiene una serie de encuentros con su pasado, como una reunión de antiguos alumnos “con su viejo profesor y un encuentro con un soldado a su cargo durante la guerra” que, entre otros, serán los que le despertarán su inquietud sobre el paso del tiempo y por el futuro de su hija.
Chishu Ryu hablando seriamente (se nota que no lo ha hecho nunca) con su hija.
En otro, centrándose en una secuencia en que se escenifican los conflictos del matrimonio del hijo mayor, habla de uno de esos planos aparentemente “vacíos”, pero cargados de significados: aparece su esposa sacudiendo una estera en el balcón y Marta Peris nos alecciona de que “tal y como explica el plano vacío de la fachada del edificio que abre esta escena, repleta de colchas, edredones y alfombras, se trata de un gesto rutinario que se renueva cíclicamente junto al resto de cuidados de la casa. Por tanto, se puede deducir entre líneas que no se trata de una situación aislada entre el matrimonio, sino recurrente.”
Los tres antiguos compañeros de estudios, dándole al sake. De hecho, como uno de los elementos que hablan de la enorme transformación japonesa, el sake es sustituido en muchas escenas por el whisky de los antiguos enemigos.
Da gusto, al margen de dejarse llevar por esas aparentes repeticiones de trama de las películas de Ozu, bajar de tanto en tanto a observar el desmenuzamiento de sus planos y escenas, esos pequeños detalles que hacen a sus películas, además de tan emotivas, tan consistentes.
En la parada de tren. El tren aparece inicialmente sólo en off, en la banda sonora, pero luego también en vivo en escenas como ésta para, señala muy sugerentemente Marta Peris, ayudar a fijar la idea de la fugacidad de la vida.

lunes, 24 de junio de 2019

Le mystère Koumiko



La cámara de Chris Marker previamente ha recogido el nombre de un letrero de un comercio o local: Kurosawa. Al poco tiempo, capta un cartel de "Los paraguas de Cherburgo". Cambio de plano, pasando a sonar de fondo la música de esa película. Por la pantalla desfilan entonces varios emplazamientos de Tokio, la gente protegida de la lluvia con sus paraguas. Este emocionante homenaje al film del amigo aparece en "Le Mystère Koumiko" (1965), que Le Club Cinéma deja ver esta semana, hasta que el próximo viernes lo reemplace por otro corto o mediometraje.
Chris Marker fue a Japón por los Juegos Olímpicos de 1964, tras el radical cambio económico y social del país, poniéndose a filmar lo que veía como tenía por costumbre. Esbozó el retrato de una japonesa nacida en Manchuria, Koumiko, que es a la vez un magnífico retrato de Tokio y el nuevo Japón que florecía, para asombro de Occidente, en ese momento.
El enlace a la película, que será reemplazada el próximo viernes por otra:

domingo, 23 de junio de 2019

Crepúsculo en Tolio




Me temo que no resultará muy verbenero, pero es lo que hay y de lo que puedo hablar: acabo de ver "Crepúsculo en Tokio" (Yasujiro Ozu, 1957).

Empieza con un callejón de esos de bares y Chishu Ryu acudiendo a uno de ellos a la salida de su trabajo en el banco. Luego hay en ella interludios con trenes (que están incluso presentes de forma radical en la trama), planos de la casa japonesa, Setsuko Hara haciendo de hija de Ryu (pese a que aparece con una tristeza en su rostro bastante inusual), problemas generacionales con una hija díscola, un altar casero, planos interiores de estética increíble, etc, por lo que todo apunta a que nos encontramos con un Ozu genuino.

No obstante, no es de los que más he disfrutado. Su trama de alcance social, con un tono muy moralista, protector a toda costa de la familia, ese Japón bastante maltrecho y oscuro que aparece, todo conduce hacia un melodrama desatado, superando lo que uno podría pensar de Ozu.

Al final la soledad del hombre maduro aparece como camino para una solución y encauza las aguas de nuevo. Un sol radiante lo inunda todo por vez primera, pero aún así no encuentro del todo ese reconfortante matiz que convierte la visión de las películas de Ozu en un placer genuino, continuo.



sábado, 22 de junio de 2019

1992



Puestos a ver series de TV, me he tragado los diez episodios de la italiana "1992". Claro que tal como acaba es bien probable que aparezca una segunda temporada, que igual se llama "1993".
Cosas curiosas: cómo pinta el derrumbe del Partido Socialista, la caída del Partido Democrático (impagable, muy bien dibujado, ese vecino), los primeros éxitos de la Liga Norte y la aparición de una figura mediática con un gran futuro, Berlusconi.
Al escribir ahora estás cosas, pensando en eso de que Italia siempre suele ofrecernos nuestro futuro con unos años de antelación, he calculado que si eso pasó allí en 1992, aquí parecía reproducirse unos veinte años después. Ahora, tras las últimas elecciones, no lo veo tan claro, pero vaya.



viernes, 21 de junio de 2019

Dead Souls

Se llama "Dead souls" (2018). Quizás porque se habla en ella de muchos desaparecidos. Quizás porque, tras oír el largo relato de cada uno de los entrevistados, aparece un cartelito diciendo que murió posteriormente en tal fecha, Por una u otra cosa, el larguísimo documental de Wang Bing (8h 14 min) nos acerca a eso, a almas muertas, a las que da visibilidad y voz.
Los entrevistados (desde el año 2005 o así) eran los supervivientes que encontró y quisieron salir a explicar sus años recluidos en un centro de reeducación para anti revolucionarios durante la década de los 50. Viejos gritones, gesticulantes, escenificando muchas veces lo que explican, da la impresión de que hablan a raudales porque hasta entonces no habían querido decir nada de esa cuestión, o nadie les había querido escuchar como hace Bing.

El tema de fondo es atroz. A ese lugar fueron a parar gente que había mostrado sus reticencias a la revolución, pero también otras de forma más que arbitraria. Uno de ellos explica que Mao dijo que había un 5% de gente antirrevolucionaria que debía combatirse y, dóciles, como pasa, por cierto, hasta en las empresas ante la más ocasional frase del líder, los jerarcas del partido se impusieron la obligación de apartar, "regenerándolos por el trabajo" al 5% exacto de cada grupo. Si no se encontraba un derechista, se actuaba contra cualquier persona. Primordialmente contra alguien que, por ejemplo, había sido bastante certero en la solicitada crítica al Partido. Pasada una primera etapa, da la impresión que también por un malentendido por jerarcas que querían quedar bien con sus superiores y dijeron que su centro era autosuficiente, llegados los años 60/61, la población apartada de sus hogares empezó a quedarse sin comida. A un trabajo forzado agotador sumaban una mínima, totalmente incompleta, alimentación. La gran mayoría murieron, exhaustos, literalmente de hambre.

Las entrevistas cubren casi todo el metraje de "Dead Souls". Están realizadas en interiores, en las viviendas de los entrevistados, en general sumamente modestas. Sólo de tanto en tanto, Bing hace un movimiento de cámara para hacer aparecer en cuadro a la mujer del entrevistado o seguir las vicisitudes de un espectacular funeral, con el ataúd porteado con gran esfuerzo por un polvoriento sendero que va desmoronándose a su paso. O bien, cámara en mano, se desplaza por lo que queda del sitio de reclusión...hasta dar con unos huesos tirados por ahí de aspecto de lo más humano.
Para la primera parte había reservado entrada, no fuera que, después de los esfuerzos para llegar a verla, estuviera lleno. Viendo que debíamos ser únicamente una docena de espectadores ya no reservé para la segunda. En ésta éramos sólo cinco en la sala del Zumzeig. Me dio la impresión de que yo era el único que repetía, después de haber acudido a una primera parte en que me atacó el sueño y lo pasé fatal.

Miquel M. Freixas, que presentó el film, en esta segunda ocasión nos iba animando: "Ya veréis: la recordaréis toda la vida y estaréis orgullosos de haberla visto. Yo estaba ahí y la vi, diréis". En esta segunda parte, ya más descansado, pertrechado debidamente (agua, caramelos) para no caer derrotado por las más de cuatro horas de vocerío en chino, de proyección sin pausa alguna, conseguí interesarme de verdad por el relato de casi todos los personajes, sin haber de esperar a esos movimientos complementarios de cámara de Wang Bing en busca de la mujer del entrevistado que tiene un gesto o complementa algo parecería que mirando Dios sabe dónde o a esos profundos momentos en que lo que se ve no es el cuadro fijo de una entrevista, sino toda una condensación de contundentes sentimientos. Y estoy finalmente de acuerdo con lo que nos decía Freixas.