jueves, 24 de junio de 2021

Carrere en la memoria


Lo que es la memoria…
Hay películas que recuerdas te gustaron de las que solo retienes una imagen y luego resulta que puede que sea porque esa imagen ha circulado mucho como fotografía por ahí.
Pese a su relativamente reciente restauración, no he vuelto a ver “La torre de los siete jorobados” (Edgar Neville, 1944) desde la primera vez que lo hice, perdida en la nebulosa de los tiempos, por la televisión.
Me dejó muy buena impresión, con ese más que misterioso Madrid subterráneo para dorar la píldora, que viene a apelar la imagen que cuelgo.
Pero si me gustó fue porque esa imagen enlazaba con la que me había formado al leer previamente la novela, a la sazón publicada en una especie de revista (¿era “Novelas y Cuentos”?) en un papel como de periódico, que había encontrado y comprado en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión porque estaba al alcance de mi economía, esto es, una o dos pesetas.
Pero con Emilio Carrere, personaje misterioso y bien peculiar (basta con leer la entrada que le dedica la wikipedia para confirmarlo) guardo yo otra curiosa relación personal, al margen de haberle leído ese relato.
Durante un periodo de la mili, a mis veintiún años recién cumplidos, estuve viviendo en Madrid. Lo hacía en Fuencarral, en un cuartel que, situado enfrente de los Estudios de Cine Roma y cercanos a otros tan belicosos como “El Goloso”, tenía delante de su fachada algo tan surrealista como la imagen que he colgado: en tres especies de cuevas jardineras escavadas en el terreno se podían observar correteando por ahí cientos de blancos conejillos de indias, según lo que se comentaba descendientes de una pareja traída desde Australia.
Pero me desvío. Los fines de semana dormía en Madrid, en la calle Ibiza, en una habitación de una familia que había buscado mi padre entre sus conocidos profesionales. Él era un hombre que se las daba de machote, que de sobrevivir me temo que aún se le vería, apoyado en un bastón, paso firme, a grito pelado entre los practicantes de las concentraciones de Colón.
Pero ella, pequeñita y más que reducida por la presencia avasalladora de él, era una delicada, encantadora mujer con la que alguna noche de sábado, antes de salir yo de jarana, o la mañana del domingo, antes de caminar cruzando El Retiro hasta El Prado, donde quedaba con mis amigos, había entablado largas conversaciones, consiguiendo simplemente que me desvelara cosas de sus conocidos.
Porque es que conocía a cineastas muy especiales de la época, pero además su padre había tenido -siendo ella niña- una tertulia en su casa a la que acudía toda la bohemia intelectual del momento. La imagen que desde entonces me ha quedado y que repito constantemente es la de ella sentada (a la fuerza) en las rodillas de Valle Inclán, preocupada por las porquerías que le podían entrar en la boca, dado lo sucias que tenía él esas guedejas que le caracterizaban. Su padre era Emilio Carrere, lo que me fascinó también un montón, porque ya había leído ya esa novelita y me había hecho, a partir de ella, mil historias en la cabeza.
Claro que igual estoy confundido y su padre era otra persona cuyo nombre no recuerdo, siendo Carrere únicamente otro de sus tertulianos de nombre que me sonaba.
Lo que es la memoria…


 

domingo, 20 de junio de 2021

Fireball: Visitors From Darker Worlds

Observando, a distancia, desde el muro, Werner Herzog. En el escenario del Hall del CCCB montado para Kosmopolis, Clive Oppenheimer contestando a Violeta Kovacsis ante un público de una media de edad bastante joven para lo que suele ser y con un envidiable dominio del inglés.

El cráter -de alrededor de un kilómetro de diámetro- formado por un meteorito en su caída en Australia.

Un científico británico señala a Clive Oppenheimer qué trayectoria llevó el meteorito que cayó en 1492 en Ensisheim (Alsacia), causando una serie de consecuencias políticas.

Si no llega a aparecer la característica voz, medio afónica, de Werner Herzog, comentando en inglés, en off, la primera escena de su “Fireball: Visitors From Darker Worlds” (2020), yo creo que casi todos los que llenaban ayer la sala del CCCB se habrían sentido muy decepcionados.
Por suerte no es así, con lo que nos encontramos ante un documental “de los suyos”, si bien, en su partición de autoría con Clive Oppenheimer, deja a éste el lanzar las preguntas a los entrevistados, cosa que antes también asumía él mismo.
Era la sesión estrella del Kosmópolis. En el Hall, en sillas casi homicidas si pensamos en las tres horas de reloj que duró la cosa, un público de media sorprendentemente joven (y que luego se descubrió buen dominador del inglés: los tiempos cambian), presenció primero la película y luego asistió a una conversación de Violeta Kovacsis con Clive Oppenheimer (presente y contentísimo de haber visto la exposición sobre Marte) y Werner Herzog (vía Zoom).
El documental va de meteoritos que caen a la tierra y lo que eso ha supuesto en cuanto a cambio de culturas imperantes (aunque este extremo, que empieza ágil, pierde fuerza enseguida).
Hay dos o tres escenas espectaculares, marca de la casa, entre las que no es la menor la rodada en el altiplano de la Antártida, pero en su mayor parte el metraje se concentra en entrevistas en sitios modestos a entusiastas científicos de todo el mundo que trabajan en el tema. En este sentido, da un cierto respiro saber que el amigo americano, vía la agencia espacial (NASA), dedica una poca pero preparada gente a observar los cielos en busca de meteoritos potencialmente peligrosos, para poder reaccionar y no acabar como los dinosaurios del Yucatán.
En el coloquio, una espectadora le preguntó a Herzog si, después de haberse recorrido el mundo viendo fenómenos tan impresionantes como los que ha visto, sigue teniendo aún curiosidad para más. Herzog contestó lo que no podía sino contestar: que sentía la misma curiosidad que cuando era un chaval.
Pongo un poco en tela de juicio la veracidad de la respuesta. Su humor, cantidad de bromas que reparte por toda la película, nos dirían que ya no es del todo así, que ahora lo ve todo, refugiado detrás de la cámara, desde una cierta perspectiva, a una cierta distancia. Pero no hay queja. Después de todo lo que ha llegado a ver y nos ha hecho ver, es de lo más natural que sea así.


Una de las entrevistas.

El hallazgo de un meteorito en una batida de caza en el altiplano de la Antártida.

 

miércoles, 16 de junio de 2021

La legión de los hombres sin alma

Bela Lugosi entrega un cuchillo a la dominada protagonista mientras que el propietario del castillo, colado por ella, no puede hacer nada para evitarlo.

El misterioso personaje que representa Lugosi con el un tanto anodino novio de la protagonista.

Una encantadora joyita del cine fantástico que no había visto hasta ahora, “La legión de los hombres sin alma” ("White Zombie”, Victor Halperin, 1932), está repleta de estudiados encuadres, contrastes de su blanco y negro, oscuridades y luces.
Misteriosa y penetrante desde su primera escena, en la que una pareja de novios que recorre una carretera de Haití por la noche ven interrumpida su marcha porque unos están enterrando a sus seres queridos en la misma carretera, temerosos de los ladrones de cuerpos. Pero eso no es lo único que ven esa noche. De la montaña bajan unos cuantos muertos vivientes…
Luego casi toda la acción se desarrolla en un castillo de lo más gótico a la orilla del mar y sus alrededores.
Bela Lugosi no hace más que entrelazar con fuerza los dedos de sus manos y, junto a su hipnótica mirada, conseguir dominar la voluntad de todos los humanos… y de los que lo fueron, los zombies.
Visible en Filmin y Mubi (a punto de caducar sus derechos al menos en esta última).


¡Olé las vidrieras góticas de catedral- visibles en un único plano: otros muestran otros entornos más retorcido y expresionistas- de la sala del castillo!

Otro plano destacable, de lo más pictórico.

La alegre muchachada: los zombies.

 

Carrière hasta como realizador

Peter Brook y Jean-Claude Carrière en una fotografía de Nina Soufy que aparece en el Positif de junio.

Están surgiendo por muchos sitios homenajes a Jean-Claude Carrière, fallecido recientemente. Es ahora cuando caes en la cantidad de teclas que tocó.
De forma inmediata piensas en su colaboración con Luis Buñuel, materializada en los guiones de seis largometrajes realizados y algún otro que no prosperó, pero ya sólo como guionista, la lista de realizadores de primera categoría para los que trabajó, Buñuel al margen, es extensísima: Étaix, Malle, Forman, Ferreri, Berlanga, Schlondorff, Godard, Saura, Wajda, Garrel,…
Hay quien, contrario a su actividad, señala que produjo la estandarización de la obra de cineastas que hasta ese momento habían hecho una obra personal singular. Puede ser, pero no es ésta la opinión de estos últimos, que se deshacen en alabanzas sobre su ayuda y su creativo método de trabajo. En este sentido, es interesantísimo leer en el dossier del último número de “Positif” las declaraciones de gente como Volker Schlondorff, Peter Brook, Philippe Garrel o el mismo Rappeneau, que explican cosas realmente asombrosas.
Con Brook no se trataba de guiones de cine, sino de una colaboración profunda, ideando obras como el Mahabbarata, que surgió tras unos viajes de trabajo por la India. India es uno de sus temas más allá del cine, y le ha dedicado varios libros, como ha dedicado varios a su relación con Buñuel, pero lo que no sabía es que también hay libros suyos sobre temas científicos, como uno sobre Einstein y otro sobre la física cuántica (una conversación con un científico, desgraciadamente no publicado traducido por aquí).
En el dossier de Positif mencionado aparece una nota sobre el cortometraje que dirigió él solo, “La pince à ongles” (“El cortauñas”, 1969), que realizó con Michel Lonsdale de protagonista, durante su trabajo con Milos Forman para “Taking off”.
He visto que estaba por la red (ver enlace abajo) y me lo he pasado: no es en absoluto despreciable. Si se suele decir que un cortometraje debe limitarse a una única idea, pero sólida, éste podría ser puesto como ejemplo. Como suele suceder en bastantes ocasiones en los guiones de Carrière, la idea viene servida a partir de un mínimo, insignificante objeto, un cortaúñas. Son solo once minutos:


Un fotograma de “La pince à ongles”.

 

domingo, 13 de junio de 2021

Mi abuelo y la Catequística de Figueres



La Asamblea de la Federació Catalana de Cineclubs y la reunión de éstos con tal de celebrarla tuvo lugar en un sitio con historia de Figueres: la Cate.
“La Cate” camufla muy poco disimuladamente detrás de su nombre a una institución que este año celebra su centenario, “La Catequística”.
Como expliqué ayer a quien, desprevenido, se puso a mi alcance mientras visitaba la pequeña exposición que han montado para celebrar el centenario, resulta que mi abuelo por parte materna (mi mitad catalana) fue uno de sus fundadores.
Joan Ferrer Albertí, a quien recuerdo de aspecto y -aunque no tuve ocasión de comprobarlo en debate directo- quizás también alguna que otra idea mussoliniana, fue uno de sus fundadores. Hombre se ve que de rancia fidelidad y ortodoxia católica, temeroso del derrumbe de las costumbres de orden, de su faceta como propulsor y organizador de La Catequística explicaban sus hijas lo siguiente:
Las películas que llevaban para pasar a la chiquillería eran, como no podía ser de otra manera, de lo más blanco. Pero, por si a alguien de la cadena le hubiera entrado un inoportuno vientecillo liberal al hacer su trabajo, él mismo se ponía al lado del proyector y, cuando veía que la cosa podía ponerse irrespetuosa con las buenas formas y costumbres a defender a capa y espada, colocaba su corpulenta mano delante del objetivo. Doble filtro, se llama a esa figura.
Por si se tratase simplemente de una leyenda familiar, he buscado por internet y he encontrado esta web, que realmente incluye su nombre como muy ligado al origen de la institución:
Va bien saberlo, porque en los paneles de la exposición explicando la historia no he visto su nombre por ningún lado. La fotografía que hice al primer panel, por cierto, me salió movida, con lo que sólo pongo ahora la imagen de la primera sede, que en él aparecía, un edificio, por lo que puede observarse, bastante lóbrego. Luego cuelgo otro panel, un par de anuncios también expuestos de esos de placa de vidrio que se proyectaban en los intermedios e imágenes de las salas actuales, la primera de ellas con la gente que acudió a la Asamblea ya empezando a llenarla.






 

sábado, 12 de junio de 2021

Dalí i el cinema surrealista



Ayer fue la reunión anual de los cineclubs federados, que en esta ocasión tuvo lugar en Figueres. Los actos “oficiales” (los festivos continuaban hoy) finalizaron con un pase de “Un chien andalou” y “L’age d’or” en copias restauradas, muy limpias y luminosas. Resumen de las consecuencias de la visión: que cuando ya creías que no te revelarían nada nuevo, te sorprenden con toda una serie de novedades inesperadas, en las que nunca habías deparado.
Como introducción, Carme Ruiz, de la Fundació Dalí, presentó su trabajo sobre las dos películas, basado principalmente en documentación custodiada en la Fundació. De su ponencia son las fotografías que cuelgo:
1/ Cristina Jutge, del Cineclub Diòptria, de Figueres, presentando la sesión.
2/ Carme Ruiz, de la Fundació Dalí, leyendo detalles de una carta del material de la Fundació que viene al cuento.
3/ Carnet de estudiante, en la Escuela de Bellas Artes De San Fernando, de Salvador Dalí.
4/ El recado sobre su madre que dibujó Dalí y le causó una definitiva tormenta con su familia. Lo que más me sorprendió, y por eso corrí a hacer la fotografía, fue ver que rodeando la frase se distinguía una silueta que, más que de su madre, podría pensarse de Jesucristo, como un extraño antecedente del que veríamos luego que aparecería en plan protagónico al final de “L’age d’or”.
5/ La casa, con posibilidades, de los Noailles en Hyères, lugar de peregrinación de artistas en busca de la sopa boba…





 

jueves, 10 de junio de 2021

J’aimerais partager un printemps avec quelqu’un




Recibo un mensaje de Mubi en el que me explican que “J’aimerais partager un printemps avec quelqu’un” (Joseph Morder, 2007) está a punto de desaparecer, por lo que debería apresurarme para verla.
Parece que sepan que eso del “journal filmé” debe ser de los tipos de cine que más me gustan y de ahí el aviso, me digo, poniéndome a verla.
Morder empieza mostrando su afinidad con un cineasta que a partir de cierto momento entró también en este tipo de cine personal, utilizando una pequeña cámara como estilográfica y cuaderno de diario. Alain Cavalier le va a visitar a su casa y Morder lo filma, aunque ambos no saben en realidad muy bien qué hacer y decirse.
Logra luego encuadres sueltos muy atractivos, y los que más los que logra desde una habitación del Moulin d’Andé, el del final de “Jules et Jim”, de la que informa que fue también ocupada por Georges Perec y posteriormente por el mismo Alain Cavalier.
El formato permite también intimidades. Las ofrece, solemne, en el apartamento que fue de sus padres. Bueno. Pero mientras está en un puente filmando con una camarita minúscula el Sena, se cruza un chico que le pregunta algo y al que filma, registrando emocionado su cabellera rubia galopando al viento. A partir de entonces Joseph Morder pierde el oremus y su propia figura adquiere, en sus dudas y objetivos centrados en su enamoramiento, un buen peso de ridiculez.
Finaliza, curiosamente, con una sorpresa. El supuesto amante (vete a saber, puesto que hablamos de cine, si el diario es sincero o monta una completa ficción para redondearlo), del que filma su ausencia a la mañana siguiente, se ha dejado un libro que place -al menos por su portada- a Morder. Se trata de una imagen del rostro, radiante, de Ava Gardner. Como vemos muy bien la portada y él recalca la pregunta de si su enamorado leerá español, podemos distinguir perfectamente su título y autor. Es nada menos que el gran “Beberse la vida. Ava Gardner en España”, de Marcos Ordóñez.




 

sábado, 5 de junio de 2021

El cobarde


Pues como dice Mubi, la plataforma que la ha puesto hoy en su catálogo, al año siguiente de “Charulata” (1964), Satyajit Ray hizo con los mismos actores esta pequeña pieza de cámara, “El cobarde” (Kapurush, 1965), a la que yo le distingo un cierto aroma de las obras de tesis del teatro norteamericano de unos años antes.
El argumento es muy sencillo. Un chico que por su trabajo de guionista se recorre el país, es ayudado por un cultivador de té que le lleva a su plantación y le presenta a su mujer, que resulta ser la que fue su antigua amante, años atrás, en Calcuta.
El director de la plantación y rico marido de Karuna, es un hombre ridículo, que se ríe de todo, presenta un decidido gusto por lo británico: habla el idioma continuamente, usa los pantaloncitos cortos de las tropas que anduvieron por la India, ofrece Jerez a sus visitas, juega al golf, viaja en Jeep, se pierde por las delicias del picnic y tararea “El puente sobre el río Kwai”.
En un primer flashback, sabemos del papel que jugó la cobardía en el devenir de la pareja. Un segundo flashback, suscitado por la contemplación de la nuca de la amada, nos lleva a los felices momentos del encuentro previo.
Como en Charulata, la película permite saborear la mano maestra de Ray. Una mirada descompuesta a un espejo de la habitación de la mansión donde le alojan nos acerca de golpe al drama del protagonista. La música, firmada por el mismo director, combina notas del sitar indio con aires occidentales. Unos pesados camiones que pasan por la carretera separan irremisiblemente a la pareja. La cámara, insidiosa, se acerca y rodea al rostro de ella para hacer comprender un sentimiento, una decisión.
A ver si hay suerte y sigue pronto la fiesta.


 

viernes, 4 de junio de 2021

Bill Evans: Paris 1972


Paris, 1972. En la ORTF el Trío de Bill Evans, con Eddie Gómez y Marty Morell. Desfilan piezas como “Quiet Now”, “Autumn leaves” o “Sometime my prince will come”. Es una de las propuestas de grabaciones de jazz (ésta realizada por Bernard Lion) que ha incorporado Filmin.
Veo que al menos ésta se encuentra también en YouTuve, de donde he sacado la fotografía de Bill Evans con americana de cuadros y en su postura frecuente, dejado caer sobre el teclado, pero se ve bastante peor que la de Filmin, que no es perfecta.


 

Liberty belle



1959, un curso agitado el de nuestros vecinos franceses. Julien vuelve al lycée parisino (ese que sale en tantas películas francesas) en un momento en el que las hostilidades entre dos grupos de alumnos sobre la guerra de Argelia llegan al extremo. Favorable al FLN, sus actividades van derivando de la teoría o el casi juego hasta la entrada en tramas que le superan.
Unos cuantos componentes que se pueden obtener de la ficha de “Liberty belle” (Pascal Kané, 1982) y que me han incitado raudo a verla, sin decepcionarme en absoluto, tras su pase por TV5Monde:
-En primer lugar su realizador, Pascal Kané, fallecido el año pasado, antiguo crítico de Cahiers du Cinéma y escritor cinematográfico.
-Producción de Les Films du Losange, el sello de Rohmer.
-Música de Georges Delerue quien, por cierto, reaprovecha en una escena la música de “Tirez sur le pianiste”, que hace sonar en un bar como si Charlie (Charles Aznavour) estuviera tocando el piano en una sala vecina.
-A parte de conocidos actores en papeles principales, como André Dussollier (que hace de colaborador de “Les Temps Modernes”), una ristra de nombres impresionantes, entre los que Juliette Binoche (en su primer papel para el cine), y un conjunto brutal de gentes del oficio haciendo pequeñas apariciones, como Humbert Balsan, Luc Béraud, Marcel Ophuls (profesor de alemán en el instituto), Pascal Bonitzer (también coguionista con Kané) o Luc Moullet.
Con estos mimbres tan cinéfilos, la sólida y trepidante trama urdida por Kané y Bonitzer no decae y presenta unos cuantos guiños muy agradecidos. Así, se vive inicialmente la lucha entre la forma antoniniana y la del Walsh de “Objetivo Birmania”, puesta como modelo frente a la otra para ciertas actividades, se menciona implícitamente a “Avoir vingt ans dans les Aurés” o se indica el paso del tiempo con la proyección de “Pierrot le fou”...
Si a alguien ve que le dice algo un thriller marcado por alguna de estas cosas, yo le aconsejaría estar atento a la programación de TV5Monde, que seguro la volverá a pasar los próximos días.


 

El último sábado

Eleonora Rossi Drago y Julián Mateos, en los entrenamientos del Gran Premio de Motociclismo de Montjuic.

Los Sirex con Julián Mateos parece que en los billares de las Atracciones Apolo.

Creía que formando parte de la mesa redonda Esteve Riambau, director de la Filmoteca, estaba asegurada para la sesión de ayer en La Lleialtat de Sans de “El último sábado” (Pere Balañá, 1967) la copia que recientemente han restaurado.
La sorpresa fue entonces enorme al ver que se proyectaba una infecta, recogida con toda la pelusilla, rayas y píxeles del mundo, además de proyectada deformando los cuerpos de los actores, pero con la cagarruta de FilmoTeca de Catalunya en su extremo inferior derecha. No fue hasta el final del coloquio posterior cuando Riambau explicó que al no tener los derechos del film, habían podido hacer una restauración de la copia depositada en la institucón, pero no editar y comercializar DVDs ni nada parecido.
Pese a ello, la sesión sirvió para descubrir a varias personas por vez primera el único largometraje de Pere Baleñá, esa rara avis del cine catalán, situada en tierra de nadie entre el cine realista de la EOC y la sofisticación de la Escuela de Barcelona.
Carlos Losilla ofreció luego una atractiva mirada a la estructura global de la película, centrando su interés en su perpetuo movimiento, con un personaje en continuo tránsito (con siempre un conjunto de personas cual alborotados insectos a su alrededor), en un movimiento del que también participa la propia cámara (con, como cumbre, ese extraordinario travelling panorámico que registra la ida matutina al
trabajo de los habitantes de los nuevos polígonos de vivienda y de “la Barcelona informal”, caminando casi campo a través bajo las torres de alta tensión para alcanzar la última parada del tranvía) hasta el plano final, en que el movimiento se acaba bruscamente.
Esteve Riambau, por su parte, que pudo hacer una larga entrevista a Balañá poco antes de su muerte, explicó entre otras cosas los terribles problemas con los que se enfrentó Balañá en el rodaje, del que querían apartarlo. Uno no menor fue descubrir que el actor que iba a interpretar a ese apasionado de las motos, tras las que va toda la película, y con la que se movía de un lado a otro, Julián Mateos, no sabía ir en moto...
A mí esta nueva visión de la película me ha aportado, a parte del placer que no se acaba de observar mejor e intentar descubrir los sitios y gentes de la Barcelona de los 60 que en ella aparecen, la constatación de la existencia de esa estructura global de la que hablaba después Losilla. Por un momento la panorámica inicial sobre el puerto parece deshacerse, dándose en sentido inverso, en la escena final. Y un detalle ejemplifica ese intento planificado de dar un carácter global al film, de ir ligando sus piezas: La cámara ha efectuado durante los títulos de crédito iniciales una panorámica por el puerto y luego por un barrio de vivienda social mientras va sonando una musiquilla. En el plano siguiente vemos a Julián Mateos en el lavabo, ante el espejo...mientras canturrea esa misma tonadilla.
Eso de los derechos del film, que acapara alguien que por el momento no comercializa el film, debe extenderse a las imágenes del mismo, porque casi todas las visibles por internet tienen la marca de una gestora de esas que trafica con este tipo de cosas.


Mireia Iniesta coordinando a los componentes de la mesa redonda.

Zoom al exterior de la Cooperativa La Lleialtat.

Y completando el zoom, el edificio global de la Cooperativa. Por dentro es ahora otra estructura totalmente diferente.

 

miércoles, 2 de junio de 2021

Due scatole dimenticate


La mujer rock del doc, así dijo ayer Paolo Pisanelli en la Filmoteca, en el Festival de Films de Dones, que llamaban a Cecilia Mangini, quien a sus noventa años seguía bien activa. Una documentalista que, junto a su marido -Lino del Fra- se dedicó a eso de dar voz a los que no tenían. Y un sitio al que fueron en los años 60, para hacer un documental sobre la defensa de sus habitantes contra los ataques americanos, fue a Vietnam.
El fortuito descubrimiento de una maleta o cajas con viejos negativos de fotografías. Bajo esta trama hemos podido ver últimamente varios documentales recuperando las imágenes y vidas de fotógrafos famosos (Capa, Centellas,...). “Due scatole dimenticate” (Cecilia Mangini y Paolo Pisanelli, 2020) se suma a esa ola, pues Cecilia Mangini dio en su casa con unas cajas olvidadas que guardaban todas las fotografías de su estancia en Vietnam para preparar el documental que no pudieron empezar a rodar.
Nada más empezar la película Mangini se gana a la audiencia explicando la anécdota de su vuelo, en años sesenta, por las enormes extensiones de una URSS -era el mes de diciembre- totalmente nevada:
-¿Qué río es ese? ¿El Volga?
-Camarada, no podemos decírselo, es secreto militar.
Luego empezamos a ver unas extraordinarias fotografías de la gente (sobre todo niños) de Hanoi, poco acostumbrada en la época a ser captada por una cámara.
Más tarde ya nos hemos acostumbrado a la calidad de las fotos, que alcanzan unas características más industriales y bélicas y lo que predomina es el ejercicio de memoria de la nonagenaria Cecilia Mangini, que nos comenta rodando por su casa que a través de las fotos se trasmiten recuerdos, sensaciones, emociones...





 

Facce


Dura sólo cuatro minutos y tengo claro que es, para mí, lo mejor que he visto de cine este año, sí no es en los últimos años.
Se llama “Facce” y formaba ayer parte del programa inaugural de la Mostra Internacional de Films de Dones de este año en la Filmoteca, que consistía en un homenaje a la fotógrafa y documentalista Cecilia Mangini, fallecida el pasado mes de enero.
Vemos una fotografía de una multitud, aparentemente formada únicamente por hombres, todos ellos mirando hacia el objetivo. La cámara recorre entonces algunos rostros y de repente -¡flash!- se detiene ante el rostro de uno de los personajes, oyéndose el sonido como del obturador de una cámara fotográfica. Sigue el movimiento y lo mismo sucede con otro rostro, y luego otro. Es decir, reparamos en los rostros individuales, en los individuos, uno tras otro, de esa compacta multitud.
Por último, un zoom en retroceso lento va dándonos más perspectiva, mientras suena la música de “El barbero de Sevilla”, de Rossini.
En el coloquio posterior a la proyección, Paolo Pisanelli, quien firma la autoría del cortometraje conjuntamente con Cecilia Mangini, pero yo diría que debe ser considerado su auténtico realizador, explicó un poco la génesis de la obra.
El elemento de base es la estupenda fotografía que hizo en Rutigliano (Puglia) Cecilia Mangini (que había nacido en la vecina Mola di Bari) en 1956, durante la fiesta de la patrona. Todos miran a cámara porque están asombrados que una joven fotógrafa, vestida con tejanos, se ha introducido ágilmente entre los músicos y ante el director de orquesta, dispuesto a tocar la pieza de Rossini, enarbolando una cámara fotográfica. La fotografía se utilizó para el cartel de una reciente muestra sobre la Mangini.
Volverá a poderse ver el sábado 12 de junio (de hecho en sesión con “Due scatole dimenticate”, de la que hablaré esta tarde.
En este enlace, un trocito de su final:


 

martes, 1 de junio de 2021

Yella



Mantengo un desacuerdo cíclico con Miguel Martín respecto al cine del alemán Christian Petzold. Él suele despotricar de alguna película suya y yo salgo en su defensa. Aporto entonces razones (combinación de detalles hiperrealistas con momentos fantasiosos, sustrato histórico o mítico de la trama, estudiada planificación,...) que él no ve, pese a intentarlo, por ningún lado. Para cubrir el camino completo de lo repetido ya unas tres o cuatro veces, suele aparecer José Luis Márquez, quien defiende también a ultranza el cine de este realizador.
Ahora llega el momento de dar una vuelta más en esta actividad cíclica: Mubi cuelga hoy en su plataforma “Yella” (2007), que hará unas semanas ya había colgado J.L.Marquez en su muro. La he visto y me ha vuelto a convencer, quizás hasta más que en otras ocasiones.
Yella vive en Wittenberge (antigua ciudad industrial de la Alemania del Este, a una hora de Berlín) y, perseguida por su antigua pareja, Ben, que no se resigna a perderla, huye a Hannover en busca de otra vida, en la que demostrar su valía con los datos financieros.
El substrato histórico habrá que encontrarlo aquí en la relativamente reciente reunificación de las dos Alemanias antes divididas. Una industrial, de industria pesada arcaica, casi imposibilitada para modernizarse. La otra inmersa en el mundo financiero del neoliberalismo, rozando aparentemente el paraíso de los servicios, del bienestar social y material.
El carácter realista de buena parte del film se encontrará en las impresiones suministradas sobre esos dos antagónicos terrenos. La desértica Wittenberge, con edificios apuntalados y las hierbas invadiendo el pavimento de las calzadas por un lado. El impecable y moderno hotel, los funcionales y confortables edificios de oficinas de la otra zona, en los que hacen presencia los desalmados juegos empresariales, como si de una partida de tahures se tratase.
Las notas que infunden un aire fantasmagórico parecen en principio repartidas por el metraje: surgen de golpe con el ruido de un avión rompiendo la barrera del sonido, aparecen luego con las visiones diríamos que premonitorias, anuncios del más allá, que asaltan, siempre ligadas con el agua, a Yella.
Ahora, a esperar que se cubra (o, por qué no, se rompa) el habitual círculo vicioso.